miércoles, 27 de febrero de 2013


La inconsistencia de la oración y de los milagros
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía

Los dirigentes de la Iglesia Católica se contradicen cuando defienden que la oración puede modificar los planes y decisiones de Dios, previamente establecidos de acuerdo con su supuesta sabiduría, inmutabilidad, providencia y perfección infinitas.
La jerarquía católica afirma que Dios es inmutable y omnisciente, y, como consecuencia, que desde la eternidad ha predeterminado de modo infalible todos los sucesos del Universo y, entre ellos, los actos humanos. Por otra parte, afirma igualmente el valor de la oración a Dios, a la virgen María y a cualquiera de los llamados santos para conseguir por su mediación determinados favores que el hombre les implore.
Esta segunda doctrina, la que se relaciona con la importancia de la oración, es especialmente importante para el funcionamiento de la organización católica, pues todas las ceremonias, misas, comuniones, novenas, rosarios, viacrucis, espectáculos, procesiones, entierros, bautizos, rogativas, bodas y demás ceremonias de los dirigentes católicos van ligados a diversas oraciones por las que se ruega a Dios –a la Virgen o a cualquier santo- que realice -o intercedan a Dios para que realice- determinada acción en nuestro beneficio particular o en aquello que cada uno juzga como su beneficio particular, al margen de que encaje o no con los planes eternos de la supuesta providencia divina. El mismo jefe de la jerarquía católica se asoma todos los días a un balcón de la basílica de San Pedro en el Vaticano para el rezo del “Angelus” y, en otras ocasiones, para rezar por los enfermos, por los difuntos, por los heridos, por la paz del mundo, por la solución de determinados problemas… Y, de ese modo, resulta evidente que la actividad relacionada con las oraciones tiene una importancia esencial y definitiva como justificación de existencia de la iglesia católica o la de cualquier religión en general.
CRÍTICA: Sin embargo y aunque a primera vista pueda parecer que este punto de vista acerca de las diversas oraciones y ruegos a Dios tenga sentido, conviene hacerse la siguiente pregunta: ¿Tiene algún sentido la oración? Si la doctrina de la predeterminación divina, defendida ya en el Antiguo Testamento, fuera válida, entonces es evidente que la oración no tendría sentido alguno en cuanto ya todo estaría programado por Dios desde la eternidad, de manera que rezar implicaría pedirle a Dios que se olvidase de sus planes para realizar aquello que se le pidiese mediante las oraciones. Pero, si la oración tuviera sentido, entonces lo que sería evidente es que la acción divina no estaría necesariamente predeterminada por Dios, el cual no sería inmutable en sus decisiones sino que estaría sometido a variaciones de criterio como consecuencia de la presión que las peticiones humanas ejercieran sobre él a la hora de aceptarlas o rechazarlas.
Pero, en definitiva, lo más importante del asunto es que estas doctrinas son contradictorias entre sí.
Como consecuencia de su antropomorfismo la jerarquía católica –al igual que la de la práctica totalidad de religiones- considera que las oraciones humanas pueden modificar las decisiones de su divinidad, negando de modo implícito la inmutabilidad, la sabiduría, la providencia y la perfección de su Dios, cualidades que, por otra parte, proclaman como dogmas de fe.
Al margen de su carácter contradictorio, esta doctrina tiene una importancia primordial para el enriquecimiento económico de la organización católica en cuanto de este modo y mediante las diversas ceremonias y rituales “mágicos” relacionados con las diversas oraciones y las correspondientes tarifas económicas  establecidas en relación con muchas de ellas, la jerarquía católica recauda una ingente cantidad de dinero. Mediante estas oraciones y rituales se ruega a Dios por la salvación de las almas de los difuntos, por las víctimas de un terremoto, por los combatientes de un bando de una guerra, por los combatientes del otro, por la victoria de un bando en esa guerra, por la victoria del otro, por la paz del mundo, por el buen funcionamiento de los tanques y aviones de guerra, por el Papa, por Franco, por Hitler, por el rey, por el alma de un familiar, por los pobres del mundo para que soporten su situación con cristiana resignación, por los ricos para que agradezcan a Dios sus riquezas y para pedirle que las incremente, por que Dios nos libre de las sequías, por que nos libre de los diluvios, por librarnos de cualquier plaga, por librarnos de una enfermedad, por habernos salvado de morir en un accidente, por no habernos librado pero para que nos conceda la eterna salvación, para que nos toque la lotería, por haber hecho que nos tocase, por el perdón de nuestros pecados, por el perdón de los pecados ajenos, por la conversión de los judíos, por la conversión de Rusia, por el milagro de curarnos de una enfermedad curable o incurable, por agradecerle el aumento de nuestro patrimonio obtenido mediante la explotación del prójimo, para agradecerle lo bien que vivimos en “el primer mundo” mientras una tercera parte de la población mundial sufre y muere en medio de la más absoluta miseria…
En definitiva, la oración se convierte de este modo en el núcleo fundamental de casi todas las ceremonias religiosas y en lo que da sentido a la asistencia de los fieles al recinto religioso en donde las oraciones parecen llegar mejor a su destino, hasta el punto de que sin ellas esos mismos locales –las iglesias- dejarían de tener sentido.
La jerarquía católica, al fomentar esta doctrina, tan imprescindible para su funcionamiento y para la prosperidad de su negocio, parece olvidar que Dios, siendo infinitamente bueno, omnipotente y omnisciente, no necesitaría que nadie, a través de sus oraciones, tratase de recordarle lo que tiene que hacer ni tratase de influir en él pidiéndole que cambiase sus planes, realizando acciones contrarias a sus designios eternos.
Aunque puede parecer natural que uno recurra a Dios cuando se encuentra ante una dificultad frente a la cual se siente impotente, esa actitud es incongruente con las doctrinas religiosas acerca de Dios, quien, en cuanto fuera omnipotente, omnisciente e infinitamente bueno, haría siempre lo mejor por lo que no tendría sentido pedirle que lo hiciera.
Es más, en el fondo de esta cuestión existe una especie de dilema que conduce a una contradicción la cual sólo se resolvería con la desaparición de cualquier forma de oración que implicase una petición a Dios, fuera del tipo que fuese.
En efecto, el núcleo del problema se encuentra en el siguiente dilema:
-Cuando uno hace una petición a Dios o bien le pide que realice lo mejor, o bien le pide que realice algo que no es lo mejor.
-La primera parte de la alternativa o bien implicaría una especie de desconfianza consciente o inconsciente hacia Dios, por suponer que sólo hará lo mejor si uno se lo pide y no porque sea infinitamente bueno, o bien implicaría cierta ignorancia en asuntos de “Teología” por desconocer que Dios siempre hace lo mejor y que, en consecuencia, no tiene sentido pedirle que lo realice, ya que el hecho de que haga lo mejor no puede ser consecuencia de la oración sino de la absoluta perfección divina.
A lo largo de su historia más remota, la humanidad ha creado una imagen antropomórfica de los dioses o del Dios de las religiones monoteístas, de manera que del mismo modo que ha considerado natural pedir favores a los poderosos con la confianza de que las súplicas y manifestaciones de respeto y sumisión podrán influir en una predisposición más favorable respecto a sus peticiones, así también llega a creer que la mejor o peor predisposición de Dios depende igualmente de las súplicas y oraciones mediante las cuales le manifieste su adoración y su fidelidad, y no son consecuencia exclusiva de su sabiduría y de su bondad infinitas.
-Por otro lado, la segunda parte de la alternativa implicaría la absurda pretensión de tentar a Dios, al rogarle que dejase de hacer lo mejor en un sentido absoluto para hacer lo que uno valorase como lo mejor para él.
A la objeción según la cual, aunque Dios realice siempre lo mejor, desea que el hombre se lo pida, se responde indicando que es absurdo pedir lo que de antemano se sabe que necesariamente se ha de producir por ser lo mejor y por depender de Dios, que sólo actúa de acuerdo con este principio. Además, suponer que Dios desea que el hombre le pida cualquier cosa presupone de nuevo esa interpretación antropomórfica de Dios, pues, si Dios fuera perfecto, sería una equivocación suponer en él la existencia de deseos, ya que sólo quien carece de algo puede desearlo, pero por definición un ser perfecto de nada carece y, por ello, nada desea.
Quizá alguien pudiera objetar que sería el hecho de pedirle algo a Dios lo que convertiría esa petición en algo bueno. Pero ya en el siglo XIV Guillermo de Ockam señaló que la bondad de cualquier realidad estaba subordinada a la omnipotencia divina; y, en consecuencia, que Dios había establecido los distintos valores no porque fueran buenos en sí mismos, sino que eran buenos porque Él así lo había establecido, de manera que no existía nada que fuera bueno en sí mismo de forma que sirviera de guía a la que se sometieran las decisiones divinas, pues en tal caso Dios dejaría de ser omnipotente por estar subordinadas sus decisiones a ese supuesto bien absoluto que estaría por encima de su propio poder en cuanto debería servirle de guía.
Esta situación se presenta como mayormente absurda en cuanto la bondad o maldad de cualquier acción divina dependiera de que el hombre la pidiese a Dios, en lugar de que su bondad o maldad dependiera de la propia divinidad, tal como consideraba Ockham. Tomando, pues, como referencia estas observaciones, si se hace depender el bien de una acción del hecho de que el hombre la pida, en ese caso se estaría negando la omnipotencia de Dios al subordinar su voluntad a un principio ajeno al de su supuesta voluntad omnipotente. Además, aceptando ese planteamiento, uno podría pedir a Dios que matase a todos sus enemigos; pero no parece que tal petición se pudiera convertir en buena por el mero hecho de pedirla. Por lo tanto, parece claro que el criterio de bondad de cualquier acción o de cualquier fin que uno se proponga debería encontrarse en la propia voluntad divina.
En definitiva, toda esa tradición relacionada con las distintas modalidades de la oración tiene un componente esencial y exclusivamente antropomórfico por el que se tiende a ver a Dios como un ser cuya voluntad puede ser comprada o modificada mediante suplicas, sacrificios, ayunos, gestos de sumisión y obediencia, etc. Y, en este sentido, habría que considerar la oración –entendida como petición- como una ofensa a Dios, pues o bien supondría una desconfianza en que Dios fuera a hacer lo mejor si no se le pidiese que lo hiciera, o bien una pretensión de tentar a Dios, pero, en cualquier caso, no tendría sentido verla como un acto piadoso.
En definitiva, en cuanto la mayor parte del ritual cristiano gira en torno a la oración y en cuanto la oración sería una ofensa a Dios, en esta misma medida el conjunto de rituales y ceremonias establecidos por la jerarquía de la secta católica carece de sentido: Así sucede no sólo con las diversas ceremonias relacionadas con lo anteriormente señalado, como especialmente la Misa, sino también con las distintas oraciones prefabricadas, como el Padre nuestro, el Ave María, la Salve, la Letanía, el Rosario, el Vía Crucis, el Réquiem, y todas las ceremonias cuya esencia se relaciona siempre con peticiones y ruegos a Dios.
Eliminada la oración del ritual religioso, ¿qué sentido podría tener acudir a las iglesias? ¿Qué se le podría decir a Dios que él no supiese? ¿Habría que acercarse a la Iglesia para agradecer a Dios sus favores? Pero a Dios no le supondría ningún esfuerzo ni dificultad el hacerlos; además, si los hiciera, no sería porque el hombre se lo pidiese sino porque serían una manifestación de la perfección divina, según la cual actuaría siempre, tanto cuando pareciese que beneficiaba al hombre como cuando pareciese que le perjudicaba.
En definitiva, Dios haría siempre lo mejor y no podría hacer otra cosa porque su perfección le llevaría a querer sólo mejor, y, por ello, en el mejor de los casos la oración carecería de sentido.
Aceptando esta crítica, alguien podría argumentar que la oración podría ser un medio para sentir más intensamente la unión con Dios, venciendo así el sentimiento de soledad que en ocasiones acompaña al hombre y adquiriendo una conciencia renovada de la presencia de Dios y de su constante protección. Sin embargo, desde el momento en que uno tratase de ponerse “en contacto con Dios”, sólo estaría demostrando su desconfianza respecto a su constante omnipresencia y esa conducta sólo sería una muestra de debilidad, por lo que no podría significar un mérito de ninguna clase.
Por ello, si a la Iglesia no la guiasen intereses económicos, como los que comprobamos en los grandes montajes del Vaticano, de Lourdes, de Fátima y de tantos otros lugares de peregrinación y de negocios montados en torno a la esperanza en los milagros de María y de muchos otros objetos de devoción, debería prohibir o eliminar la oración. Pero, claro está, eso implicaría su suicidio como organización económica, que es lo que esencialmente es, pues la existencia de los ambiciosos intereses económicos de la jerarquía católica, cuya economía se sustenta en la ingenua credulidad de la mayoría de los católicos de base, es el obstáculo más importante para la superación de este antropomorfismo criticado ya por Platón mucho antes de la aparición del Cristianismo.
2. Un aspecto complementario de la anterior contradicción es el que se relaciona con la supuesta existencia de milagros, entendidos como modificaciones de los planes eternos de Dios, como si de pronto Dios descubriese que se había equivocado en ellos, lo cual estaría en contradicción con su supuesta sabiduría infinita.
Esta doctrina –al igual que la del punto anterior- contradice la supuesta omnisciencia divina por la cual los planes de Dios, al ser perfectos e inmutables, no pueden ser modificados como consecuencia de peticiones humanas que le hicieran variar de opinión. Sin embargo, desde hace ya muchos siglos la jerarquía católica ha encontrado en esta creencia otra forma de diversificar sus inmensos negocios, inculcando en los fieles la idea de que Dios realiza milagros, alterando el funcionamiento de las leyes naturales, emanadas de sus teóricas leyes eternas.
Como ya se ha dicho, la misma crítica dirigida en contra del valor de la oración vale igualmente para los milagros en cuanto son contradictorios con la supuesta sabiduría y poder infinitos del Dios católico. En efecto, quienes creen en los milagros parece que no tienen en cuenta la predeterminación divina, aspecto de la omnipotencia divina según el cual, de acuerdo con su poder y sabiduría infinita, Dios ha establecido todos y cada uno de los sucesos que se producirán en el Universo a lo largo de cada instante “hasta la consumación de los siglos”.
La creencia en los milagros sólo se explica a partir del antropomorfismo de suponer que, de pronto y a última hora Dios, de manera directa o por la mediación de su “madre” o de alguno de los considerados “santos”, cambia sus planes eternos y los rectifica para resolver un asunto particular que, al parecer, no previó cuando desde la eternidad “predeterminó” el desenvolvimiento de todos y cada uno de los sucesos. Esta doctrina supondría el absurdo de considerar que o bien Dios se equivocó al establecer sus designios eternos, o bien se equivoca ahora cuando los modifica, atendiendo a las súplicas de los hombres o dejándose llevar de la compasión, como si anteriormente no la hubiera tenido en cuenta. Ambas partes del dilema contradicen la idea de la absoluta perfección divina y, por ello, son evidentemente falsas.
Por otra parte, resulta sarcástico y de un egoísmo ciego y ridículo llegar a creer que Dios o la Virgen o cualquier santo puedan estar pendientes del reuma o de la parálisis de alguien, con tal que tenga suficiente dinero como para ir a peregrinar a Lourdes, y considerar al mismo tiempo perfectamente natural que se olviden de los muchos miles de niños que cada día mueren de hambre en medio de la más absoluta miseria, niños que habrían sido olvidados por Dios y por la Virgen por no haber podido viajar a Lourdes o a cualquier otro santuario “taumatúrgico” para ser escuchados adecuadamente, como si estos lugares tuvieran la exclusiva de las telecomunicaciones con Dios, María o el resto de los “santos”.
Un aspecto curioso y a la vez asombroso de esta cuestión es que, según la Biblia, ¡inspirada por el Espíritu Santo!, en ella se cuenten, como si se tratase de lo más natural del mundo, no sólo los milagros o prodigios de Yahvé –como, por ejemplo, los de las famosas plagas de Egipto-, sino también los prodigios producidos por los sacerdotes egipcios, que fueron capaces, al igual que Aarón, de lanzar sus bastones al suelo y hacer que se convirtieran en serpientes, al margen de que la serpiente de Aarón fuera más fuerte y se comiera a la de los sacerdotes egipcios:
“los magos de Egipto hicieron lo mismo con sus encantamientos: tiró cada uno su bastón, y también se convirtieron en serpientes, pero el cayado de Aarón devoró los bastones de los magos”[1].
Lo mismo sucedió con la primera plaga, la de la conversión del agua en sangre, y con la segunda, la de la invasión de las ranas, que los sacerdotes egipcios lograron igualar[2], aunque más adelante la magia de los sacerdotes egipcios ya no pudo llegar más lejos, a diferencia de la de Moisés y Aarón, que se sostenía en el poder de Yahvé, muy superior al de los dioses vecinos.
Sin embargo, a los dirigentes católicos les interesa pasar por alto estas contradicciones de las que es más que probable que sean conscientes, tratando más bien de fomentar la creencia en tales fenómenos por diversos motivos como, en primer lugar, por los suculentos beneficios económicos que consigue en la serie de “santuarios” –como los de Lourdes y Fátima- repartidos por gran parte del planeta, que se convierten en lugares de “turismo religioso” en los que, aunque no se produzcan los milagros solicitados, sí se produce el milagro económico consistente en la creación y desarrollo de boyantes comercios, dentro y fuera de los correspondientes “santuarios”, y los correspondientes ingresos económicos para los dirigentes católicos. Y, en segundo lugar, porque la histeria colectiva que va asociada a la aglomeración en esos lugares de fieles que comparten las mismas creencias tiene un efecto multiplicador en el crecimiento de su fanatismo, y tal situación les lleva a creer más firmemente en la verdad de sus doctrinas, lo cual, aunque sea un error absurdo, contribuye al crecimiento del gran negocio de la secta, que es la que se enriquece y disfruta de los beneficios obtenidos en las ceremonias teatrales que organiza en tales lugares en espera de los correspondientes “milagros”, los cuales sólo son un espejismo derivado de un adecuado montaje, relacionado igualmente con una histeria colectiva que, efectivamente, puede provocar, en tales circunstancias, que un paralítico pueda llegar a andar aunque su manifestación histérica reaparezca luego en otra parte del cuerpo.
Como anécdota ilustrativa en relación con los supuestos milagros y apariciones sobrenaturales, en la localidad valenciana de Alzira, el “vidente” Ángel Muñoz consiguió convencer a un puñado de gente sencilla de que cada mes se le aparecía la Virgen del Rosario en el Racó de les Vinyes para trasmitirle mensajes similares a los de las niñas de Fátima. Las limosnas de esta gente le permitieron “ganar” (?) dinero suficiente como para comprar una casa, que convirtió en “convento”, y seis apartamentos en la playa de Gandía, convenciendo a sus devotos de que todos los meses se le aparecía la Virgen.
Engaños similares se han producido en diversos lugares de España, como en El Palmar de Troya (Sevilla) o como en el Escorial (Madrid), donde la Virgen “se aparecía” a una señora, Amparo Cuevas, y donde los captados por esta persona han formado una agrupación religiosa que obliga a sus adeptos a donar su patrimonio a la organización y a vivir en sus residencias y alejados de sus familias.
El resultado obtenido por estos “iluminados” es similar al obtenido en Lourdes, con la diferencia de que el negocio de Lourdes tiene una historia más larga y por ello mismo está mucho mejor organizado. Y, al haber sido reconocido por los altos dirigentes de la secta católica como lugar santo de auténtica aparición de la Virgen, ha llegado a un nivel muy alto de prosperidad económica, mientras que estos otros lugares pueden prosperar, según como enfoquen su negocio, o llegar a ser denunciados o “desautorizados” por los mismos dirigentes de la secta católica en el caso de que pretendan actuar por libre, sin estar integrados en su organización.
Si alguien dudase de la falsedad de los supuestos milagros, podría reflexionar en el hecho de que, aunque en ocasiones se ha hablado de un paralítico que en Lourdes ha recuperado la movilidad de sus piernas, o de ciegos con ojos que recuperan la visión o de enfermos que se curan, resulta muy llamativo que nunca se haya mencionado que a un cojo le hayan crecido un par de piernas; o que a un ciego sin ojos haya conseguido el milagro de obtenerlos junto con la visión correspondiente, o de difuntos que, después de diez años de haber sido enterrados, hayan resucitado. Si hechos de este tipo se produjeran, serían realmente asombrosos y, por ello, deberían ser objeto de un estudio serio para tratar de descifrar sus causas, y, al menos mientras la ciencia no encontrase una explicación de tales sucesos aparentemente inexplicables, sería más disculpable que se los considerase como “milagros”. Pero en cualquier caso y como apuntaba D. Hume, sólo hay que creer en un milagro cuando el hecho que pretendamos explicar sea por sí mismo más milagroso que el propio milagro.
Por otra parte, resulta curioso como simple anécdota relacionada con la auténtica finalidad de estos “lugares milagrosos” recordar que –al menos hasta hace sólo unos pocos años- a la entrada al recinto del santuario de Lourdes había un letrero que decía en varios idiomas: “Prohibido mendigar”. Es sarcástico, pero muy sintomático, que en el mismo lugar al que la gente acude para “mendigar” a María un milagro se haya llegado a prohibir mendigar una simple limosna. La explicación de esta prohibición parece consistir, por una parte, en que el dinero que se dé a los pobres es dinero que deja de darse a la secta católica, que sí mendiga limosnas o incluso pagos estipulados por cualquier tipo de gracia que se pretenda conseguir de María mediante oraciones y ceremonias. Y, por otra, un segundo motivo importante de tal prohibición, tan contradictoria con los teóricos fines de la secta católica, es que la presencia incontrolada de gente que vive en medio del hambre y de la miseria crearía un ambiente “demasiado lastimoso”, y visualmente incompatible con la adecuada parafernalia teatral de la que se espera el auténtico milagro de Lourdes, consistente en los suculentos beneficios económicos que obtienen tanto la secta católica como la ingente cantidad de comercios e industrias montados en torno a las visiones de unas niñas posiblemente mal alimentadas, pero suficientemente adoctrinadas.
Al margen de la contradicción señalada, no dejaría de ser asombroso y ciertamente paradójico y escandaloso que María, la que, según el evangelio atribuido a Lucas, tuvo a su hijo en un pesebre, se preocupase especialmente de los problemas de quienes al menos tienen dinero suficiente para realizar el viaje a su santuario, y no de la gente que malvive y muere de hambre, tanto si se trata de los pobres que no tienen dinero para acceder a ese lugar como si se trata de quienes ni siquiera lo tienen para alimentarse. Así que parece que el auténtico milagro de tales lugares consiste de manera especial en las fabulosas ganancias económicas que obtiene la secta católica y en los boyantes negocios que se crean en tales lugares, relacionados con el “turismo religioso”, con la venta de recuerdos, medallas, imágenes y estampas, y con la creación de establecimientos hoteleros y demás negocios ligados a las visitas a esos “santos lugares”.





[1] Éxodo, 7:11-12.
[2] Éxodo, 7:22 y 8:3.

La supuesta  infalibilidad del “Papa”.
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía

La jerarquía católica defiende como dogma de fe la infalibilidad del Papa, pero esta defensa o bien tiene el inconveniente de representar un regreso al infinito, ya que sólo hubiera tenido sentido a partir del conocimiento previo de la infalibilidad de quien declarase tal infalibilidad, conocimiento para el cual habría que remontarse a un conocimiento previo que le sirviera de fundamento y así indefinidamente, o bien representa una afirmación simplemente dogmática y sin fundamento alguno.
La Jerarquía Católica afirma que su jefe supremo, el Papa, es infalible cuando habla “ex cathedra” en materias de fe y costumbres. Esta doctrina fue declarada dogma de fe por el papa Pío IX en el Concilio Vaticano I, en el año 1870. Resulta realmente asombroso cómo los dirigentes católicos pudieron tardar tantos siglos en descubrir un poder tan esencial y extraordinario como lo era el de la infalibilidad de su jefe supremo.
Nos encontramos aquí con la sorprendente afirmación de un dogma de la secta católica descubierto ¡casi después de 19 siglos de Cristianismo!, como si el propio Dios se hubiera olvidado de comunicárselo al apóstol Pedro cuando comenzó la historia de tal organización. En apoyo del papa de forma directa, pero también de modo indirecto en apoyo de esta doctrina, “sor Lucía”, una de las “testigos” [¡?!] de las supuestas apariciones en Fátima de María, la madre de Jesús, dijo:
“quien no está con el Papa no está con Dios; y quien quiera estar con Dios tiene que estar con el Papa”[1].
Como ya se ha dicho, ante este descubrimiento, tan importante (?) como reciente, resulta realmente asombroso que la Jerarquía Católica haya estado funcionando durante casi 2.000 años sin tener conciencia de tal infalibilidad de su jefe supremo,  a pesar de lo útil que le habría resultado conocer ese don tan especial a la hora de señalar qué era verdad y qué era falso, evitando así las múltiples discusiones y herejías surgidas por la falta de conocimiento de la existencia de un líder tan clarividente, inspirado directamente por el propio Dios.
Sin embargo el problema de carácter simplemente lógico que plantea la proclamación de un dogma como éste es que incurre en un “círculo vicioso” en cuanto su valor está supeditado a la aceptación previa del supuesto de que las doctrinas conciliares sean infalibles, con lo cual se quiere decir que si las doctrinas conciliares son infalibles y si una de tales doctrinas es la de que el Papa es infalible, entonces el Papa es infalible. Pero entonces el problema lógico se traslada al de demostrar que las doctrinas conciliares sean infalibles, afirmación que resulta ya indemostrable y que, por ello, sólo podría establecerse de manera dogmática e irracional, procedimiento que efectivamente es el más usual en las declaraciones de la jerarquía católica.
Pero, siendo fieles a la Lógica y a la razón en general, lo único que podría afirmarse de manera rigurosa sería la tautología según la cual si las doctrinas conciliares son infalibles, entonces las doctrinas conciliares son infalibles, lo cual no permitiría avanzar un solo paso en la demostración de que el Papa  o los cónclaves cardenalicios fueran infalibles, ya que para proclamar tal infalibilidad el concilio Vaticano I partía de una situación de desconocimiento milenario de esa supuesta facultad de las reuniones conciliares, y, claro está, a partir del desconocimiento de si el propio concilio era infalible o no, desde la coherencia lógica ningún concilio hubiera podido proclamar como dogma que los cónclaves cardenalicios o que el papa fueran infalibles.
Tal proclamación de infalibilidad fue algo así como un “golpe de estado” doctrinal respecto al resto de la agrupación católica, a partir del cual en lo sucesivo nadie podría opinar libremente acerca de las doctrinas de fe o de la moralidad de las costumbres a excepción del propio jefe supremo de la jerarquía católica.
Por otra parte, con la proclamación de este dogma mediante el que se quiere exaltar la idea de una milagrosa iluminación divina por parte del “Espíritu Santo”, la jerarquía católica se tiende a sí misma una trampa de cierta importancia en cuanto las contradicciones en que los diversos papas hayan incurrido en el pasado o vayan incurriendo en el presente tendrán un carácter especialmente grave por la teórica imposibilidad de cada nuevo papas para rectificar los diversos dogmas proclamados por los anteriores, en cuanto ello implicaría negar la infalibilidad del papa anterior, de cuya iluminación por el Espíritu Santo habría emanado la primera doctrina. Y, por ello, en la serie de ocasiones en que un papa se atreva a contradecir las doctrinas establecidas ex cathedra por otro papa, se arriesgaría a dejar en evidencia ante los católicos de base la falta de valor del dogma acerca de tal infalibilidad. En este sentido el papa que condenó a Galileo estableció como dogma de forma implícita o explícita que el Sol se movía alrededor de la Tierra. En consecuencia, una de dos o el Sol se mueve alrededor de la Tierra o el papa no es infalible, pero, como el Sol no se mueve alrededor de la Tierra, este sencillo ejemplo demuestra que el dogma de la infalibilidad de los papas es un puro camelo, como por otra parte se ha demostrado en muchas otras ocasiones a lo largo de la historia.
Es indiscutible que la supuesta infalibilidad del papa no funcionó adecuadamente en aquellos momentos del siglo XVII, y, sin embargo, la jerarquía católica ha tenido el descaro y la osadía de proclamarla de nuevo, pese a ése y a muchos otros errores en los que ha incurrido a lo largo del tiempo, porque sabe por experiencia de muchos siglos que a los católicos de bases no les preocupan mucho las complicadas cuestiones  teológicas de que se ocupan sus dirigentes. Gracias tienen que darles porque se ocupen ellos de resolverlas.
Así que, a pesar de estos inconvenientes, para la jerarquía católica el dogma de la infalibilidad de su jefe es una herramienta importante con miras a su funcionamiento económico y político, ya que de ese modo puede intentar recuperar la fuerza social y moral que, con el desarrollo y la autonomía de las democracias modernas respecto a su anterior dependencia ideológica de las doctrinas de “Roma”, había ido perdiendo en los últimos siglos, y dedicarse a amenazar y a excomulgar de nuevo a todo aquel que no se atenga a las interpretaciones doctrinales defendidas por el papa, quien de ese modo podrá ejercer mayor presión sobre cualquiera cuyas palabras o acciones puedan hacer peligrar la buena marcha económica de su negocio. Y, en este sentido, podrá seguir condenando la actitud de los “Teólogos de la Liberación”, cuyo compromiso con los pobres ha sido constantemente reprimido por los dirigentes católicos, a los cuales les interesa especialmente mantener buenas relaciones con los grandes explotadores de la humanidad, de quienes reciben beneficios económicos muy considerables, pero inversamente proporcionales a la mayor o menor complicidad de dicha jerarquía con los pobres, de quienes no obtiene precisamente beneficios, a pesar de representar su coartada esencial cuando se les plantea la pregunta acerca de qué papel cumple la Iglesia católica en la sociedad.



[1] Revista “Christus” (Portugal), marzo de 1998.

martes, 26 de febrero de 2013


EL ADOCTRINAMIENTO DOGMÁTICO DE LA JERARQUÍA CATÓLICA
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
La jerarquía católica, a la vez que dice defender el respeto a todas las personas, se dedica a adoctrinar hipócritamente, es decir, a pervertir las mentes de los niños, arrastrándoles a un absurdo fideísmo irracional.
A lo largo de este trabajo, centrado especialmente en el adoctrinamiento, se hablará también de otros conceptos relacionados con el anterior, como son los siguientes:
1) las relaciones entre fe y razón en la doctrina católica;
2) la defensa histórica del fideísmo;
3) algunas críticas al fideísmo;
4) el adoctrinamiento propiamente dicho; y
5) la derivación de la fe hacia el fanatismo y la intransigencia, y la intolerable situación por la que los poderes religiosos realizan su labor adoctrinadora no sólo con total impunidad sino en complicidad con las autoridades políticas.     

1. Fe y razón
En relación con esta cuestión, tiene interés señalar la paradoja consistente en que, por una parte, se defienda, ya desde el Nuevo Testamento, el valor de la fe como condición necesaria para la salvación[1], pero, por otra, se pretenda dar a los niños algún tipo de razones para que acepten aquello en lo que se les adoctrina. La paradoja consiste en que desde esta perspectiva cuantas más razones se aporten para aceptar una doctrina de fe menos mérito debería tener el asentimiento a tal doctrina, mientras que cuantas menos razones se aporten para aceptarla más mérito debería tener su aceptación. De hecho, es evidente que cuando Jesús dice
“-¿Crees porque me has visto? Dichosos los que creen sin haber visto”[2]
se está pronunciando en el sentido que aquí se indica.
Ahora bien, ¿por qué defiende Jesús la superioridad del creer a la del saber, en contra de la actitud del apóstol Tomás,  que deseaba ver para poder creer? No parece que tal actitud tenga sentido, pues, si fuera moralmente meritorio creer en todo aquello que se nos dijera, al final deberíamos creer en todas supersticiones o religiones de que nos hablasen. Pero además también deberíamos creer en su falsedad, pues del mismo modo que hay quien defiende la verdad de unas creencias, hay quien defiende la verdad de otras contradictorias con las primeras.
Es evidente, por ello, que la fe no consiste en otra cosa que en una falta de rigor intelectual a la hora de afirmar o negar algo cuanto no se dispone de argumentos suficientes que garanticen su verdad o su falsedad. Y es precisamente el adoctrinamiento infantil el que fomenta esa falta de rigor en cuanto los “catequistas” persisten en exhortar a los niños a que crear y acepten como verdad lo que ellos les propongan, a partir de la afirmación gratuita según la cual la Iglesia Católica es la depositaria de la palabra de Dios. Y, si los niños estuvieran en condiciones de  preguntar cómo pueden saber que esto último es verdad, les amenazarían con el Infierno en el caso de que no aceptasen la fe, la cual sólo tiene como fundamento una primera creencia, la de la veracidad de quienes les adoctrinan, los cuales no les darán ninguna explicación que esté basada en un razonamiento medianamente sólido que justifique el valor de las doctrinas que les enseñan.
Pero, al margen de que no dispongan de ningún argumento que fundamente sus “doctrinas de fe”, se volvería a plantear la anterior paradoja:
¿Qué mérito puede tener una fe basada en el conocimiento? Ninguno, pues en tal caso ni siquiera  se podría hablar de fe, en cuanto ésta se entienda como un asentimiento ciego a una proposición sin que se disponga de argumentos suficientes en su favor, mientras que el conocimiento no requiere de esfuerzo alguno para ser aceptado, pues se impone por sí mismo, como sucede con proposiciones como 1 = 1, para cuya aceptación no hace falta ningún acto de fe sino sólo comprender qué se está diciendo.  
Por otra parte, ¿qué mérito podría tener una fe basada en la ignorancia? Evidentemente ninguno, por más que a las religiones les interese que se le conceda un mérito especial. Si se nos dice, por ejemplo, que debemos creer que 3 = 1, quizá haciendo un supremo esfuerzo de autosugestión alguien consiguiera creer en la verdad de tal proposición, pero ¿tendría eso algún mérito? Simplemente podríamos admirar hasta qué límite más asombroso puede llegar la capacidad de auto-hipnosis, la cual, siendo una actitud contraria a la veracidad, sería además contraria a uno de los preceptos de la propia Iglesia Católica, reflejado en las tablas de Moisés, por lo que difícilmente podría calificarse de meritorio sin incurrir en una contradicción con tal precepto.
De manera complementaria, si se tiene en cuenta el componente irracional y dado a la fantasía y a la superstición de la naturaleza humana, se comprenderá mejor la facilidad con que los niños son manipulados con tantas formas de adoctrinamiento. Este componente irracional que tanta influencia tiene en el adoctrinamiento se observa, por ejemplo en aspectos de la religión que nada tienen que ver con la Lógica, aunque sí con la estética, como las grandes iglesias, catedrales y monumentos religiosos, los variados, chillones y vistosos ropajes utilizados por sacerdotes, obispos y papa en cada una de sus ceremonias religiosas, la música religiosa, las diversas ceremonias y procesiones con que se les permite adueñarse de las calles en lugar de ceñirse a utilizar el recinto de sus iglesias, diversas banderas nacionales o regionales europeas en las que “la cruz” tiene una presencia importante. El niño sobre el que impactan toda esta serie de “impresiones” tendrá, como es lógico, una tendencia espontánea a creer en todo aquello que le sugieren estas imágenes especialmente visuales, a partir de la confianza innata en la verdad de todo aquello que provenga de “los mayores” y en especial de los más allegados a él, como sus padres, sus maestros y las autoridades religiosas en el caso de que sus padres sean ya creyentes de determinada religión.
Esa serie de aspectos, relacionados con impactantes sensaciones especialmente visuales y auditivas, sirve a los dirigentes de las distintas religiones como “argumentos emocionales” –pero no racionales- que, sin embargo, impactan en la mente de los niños, convirtiéndose en el fundamento más importante de su aceptación del adoctrinamiento recibido.         
Por otra parte, este componente irracional de la mente humana puede advertirse de modo más general si se tiene en cuenta la riqueza de términos y conceptos creados para hacer referencia a las diversas formas de superstición como son los siguientes: Brujería, nigromancia, adivinación, mal de ojo, pactos diabólicos, buenaventura, sortilegio, espiritismo, oráculos, maleficios, hechicería, horóscopo, cartomancia, vaticios, quiromancia, fetichismo y otras diversas formas innumerables de magia blanca (buena) o negra (mala), en las que el porcentaje de gente que cree es realmente sorprendente.
La tendencia humana de carácter innato a creer en fenómenos sobrenaturales o paranormales se muestra igualmente en la serie de supersticiones populares, que no tienen otro fundamento que la tradición secular de tales creencias, transmitidas de generación en generación a lo largo de siglos. Así sucede con la creencia en amuletos de la suerte, en la mala suerte de los días 13-martes (o 13-viernes en otros lugares), romper un espejo, derramar sal, levantarse con el pie izquierdo, hacer girar un paraguas abierto –o una silla sobre una de sus patas- apoyando la punta en el suelo, pasar por debajo de una escalera, que se te cruce un gato negro, que se te cruce un cuervo por la izquierda (mal presagio) o por la derecha (buen presagio)… La lista sería interminable.
Siendo la mentalidad humana tan dada a la fantasía no sólo para crearla sino especialmente para creerla, es comprensible la facilidad que han tenido los creadores de religiones de rodearse muy pronto de seguidores que han llegado incluso a matar cruelmente con sus “guerras santas” por defender su religión o por imponerla a los demás, tal como sucedió con el Cristianismo o con el Islamismo.     
2. El fideísmo: Representantes destacados.
La exaltación de la fe por la jerarquía católica tiene su complemento en su desprecio a la razón a lo largo de la historia de esta organización. La aceptación y la valoración de la fe ciega, por encima de cualquier intento de comprensión de los contenidos doctrinales de esta secta es una constante a lo largo de la historia del cristianismo desde sus comienzos, tanto en el personaje del Jesús evangélico como en los de Pablo de Tarso, Tertuliano, Aurelio Agustín, Tomás de Aquino, Martín Lutero, Kant, José María Escrivá -fundador del Opus Dei- y el “Papa” Juan Pablo II, por nombrar sólo a unos pocos representantes de esta tendencia histórica. En otros capítulos de esta obra se han citado diversos pasajes de los evangelios y de las cartas de Pablo de Tarso en donde se defiende de modo indiscutible el valor absoluto de la fe como condición necesaria para la salvación y, como sabemos, la fe es el resultado  de una actividad por la que, adoctrinados y programados por otro en un principio y después por simple inercia o pereza mental, se llega a creer y a afirmar como verdad algo en relación con lo cual no se dispone de argumentos suficientes para demostrarlo.
Por lo que se refiere a Tertuliano (s. II-III) es famosa su tesis fideísta resumida en la frase “credo quia absurdum”: “Creo, puesto que es absurdo”[3], punto de vista absolutamente despectivo contra la razón pero que desde los planteamientos fideístas de aquel fanático resume su “lógica” especial, ya que, efectivamente, creer en aquello que se conoce como verdad no parece que tenga “mérito” alguno, aunque también es cierto que creer en la verdad de algo por el hecho de que sea absurdo no parece que deba considerarse más meritorio que lo anterior, en cuanto equivale a mantener una disposición propicia para dejarse adoctrinar y engañar por toda clase de absurdos con las que a uno le quieran corroer el cerebro.
Aurelio Agustín (s. IV-V) concedió cierta importancia a la razón (“intellige ut credas) pero, en cualquier caso y siguiendo la tradición de los jerarcas del cristianismo, siempre la subordinó a la fe (“crede ut intelligas”).
Una actitud similar fue la defendida por Tomás de Aquino (s. XIII), quien indicó que la fe era el criterio de verdad en aquellas situaciones en que pareciese haber un conflicto entre ella y la razón, de manera que en tales situaciones la solución consistía en considerar que la razón se había extraviado en sus conclusiones, pues los contenidos de fe representaban verdades absolutas que tenían un carácter infalible.
Por su parte, Martín Lutero (s. XVI), desde la disidencia de su cristianismo “reformado”, defendió una actitud de absoluto rechazo de la razón y de defensa acérrima de la fe, considerando que
“la razón es la mayor enemiga de la fe. Quienquiera que desee ser cristiano debe arrancarle los ojos a su razón”.
A finales del siglo XVIII el mismo Kant llegó a escribir en su Crítica de la razón pura:
“Tuve, pues, que suprimir el saber para dejar sitio a la fe”[4],
refiriéndose de ese modo a que su crítica a la Metafísica implicaba la imposibilidad de que la razón pudiera alcanzar algún conocimiento sobrepasando el ámbito de la realidad empírica , por lo que cualquier intento de demostrar la existencia de Dios estaba condenado inevitablemente al fracaso. Sin embargo y a pesar de estas prudentes consideraciones, Kant cayó en la irracionalidad del fideísmo desde el momento en que introdujo sus “postulados de la razón práctica” (libre albedrío, inmortalidad del alma y existencia de Dios) que, aunque indemostrables por sí mismos, tales postulados, exigidos a su vez por la existencia de la moral, serían las condiciones necesarias a partir de las cuales dicha moral tendría sentido. Y, en cuanto para Kant la moral era un hecho que no requería de demostración alguna, había que “postular” la existencia de tales condiciones sin las cuales la moral habría carecido de sentido. Ése es el sentido de la “primacía de la razón práctica” mediante la cual Kant pretendió recuperar los contenidos de aquella Metafísica que había criticado de manera acertada desde la perspectiva de la “razón pura”.
No sin razón criticó Nietzsche a Kant considerándolo un “teólogo disfrazado”, pues, si su crítica de la Metafísica desde el punto de vista de la “razón pura” fue correcta, su reintroducción de una “Metafísica práctica”, a partir de la Moral, se basaba en el decepcionante error de haberla realizado a partir de la aceptación acrítica de la moral absoluta del “imperativo categórico”, confundiendo la moral relativa, basada en el establecimiento de normas como medios para la consecución de los fines e intereses de cualquier agrupación humana, con una supuesta moral absoluta, basada en un supuesto “deber incondicional”, que Kant trató de describir mediante lo que denominó “imperativo categórico”.       
Igualmente, Escrivá de Balaguer (s. XX), fundador del Opus Dei, defendió no hace muchos años esa absurda tradición de desprecio a la razón, pero de un modo mucho más intransigente, afirmando no sólo la supremacía de la fe sobre la razón sino exhortando a sus fieles seguidores a abandonar “el espíritu crítico” a la hora de atender los sermones de la jerarquía católica, llegando a escribir:
“es mala disposición oír la palabra de Dios con espíritu crítico”[5],
dando por hecho de manera dogmática que las palabras que dice un cura o un obispo son realmente “la palabra de Dios” y siendo totalmente incapaz de comprender que el mismo precepto de ser veraz y de no mentir lleva implícito el deber de hacer lo posible por no dejarse engañar por las apariencias o por las doctrinas que otro pretenda inculcarnos, y, por ello mismo, el deber de ser crítico con cualquier afirmación de la que se pretenda que la aceptemos como verdad, aunque se nos diga que se trata de “la palabra de Dios”, pues en caso contrario todos podríamos exigir esa misma actitud respecto a nuestras propias palabras argumentando que se trataba de “la palabra de Dios”, que era quien nos había inspirado. 
Finalmente, el señor Karol Wojtyla, “papa Juan Pablo II”, criticó la filosofía racionalista de Descartes y de la Ilustración, que daba especial protagonismo al hombre en su búsqueda de la verdad a partir de su propia razón, y defendió el regreso a la filosofía de Tomás de Aquino en el siglo XIII, que subordinaba la razón humana a una fe supuestamente basada en Dios. Calificó como “ideologías del mal” al nazismo y al comunismo, pero vio en Descartes y en sus sucesores el precedente de tales ideologías, por haber defendido el valor de la razón como vehículo para progresar en la búsqueda de la verdad[6].
3. Críticas al fideísmo: Russell.
En contra de estos planteamientos tiene interés hacer referencia a B. Russell y a algunas de sus reflexiones críticas especialmente acertadas acerca del valor de la fe. En este sentido escribe el gran pensador inglés:
todo tipo de fe hace daño. Podemos definir la “fe” como una firme creencia en algo de lo que no hay evidencia. Donde hay evidencia nadie habla de “fe” […] Ninguna fe puede ser defendida racionalmente, y cada una, por tanto, se defiende con la propaganda y si es necesario con la guerra […] Si controlamos el gobierno, haremos que se enseñe ese algo a las mentes inmaduras de los niños y que se quemen o se prohíban los libros que enseñen lo contrario […] Si piensas que tu creencia está basada en la razón la defenderás con argumentos más que con la persecución, y la abandonarás si los argumentos van en contra suya. Pero si tu creencia se basa en la fe te darás cuenta de que el argumento es inútil y, por tanto, recurrirás a forzarlo, ya sea por medio de la persecución o atrofiando y distorsionando las mentes de los jóvenes en lo que se llama “educación”. Esta última es particularmente miserable, ya que se aprovecha de la inocencia de mentes inmaduras. Por desgracia ésta se practica, en mayor o menor grado, en los colegios de todos los países civilizados”[7].
Russell acierta en esta crítica de la fe, en la crítica de los procedimientos utilizados para inculcarla y en la del hecho de que se trate de inducirla “atrofiando y distorsionando las mentes de los jóvenes” en los centros de enseñanza. Conviene puntualizar, sin embargo, que Russell utiliza el concepto de “educación” en un sentido muy amplio, relacionándolo no sólo con las enseñanzas científicas y culturales sino también con lo que ahora se llama “adoctrinamiento”, que es precisamente lo contrario de “educación”, y éste es el motivo de que, en ese sentido tan amplio, considere la “educación” –es decir, el adoctrinamiento- como algo “particularmente miserable, ya que se aprovecha de la inocencia de mentes inmaduras”.
Y añade, con razón, que “por desgracia ésta se practica, en mayor o menor grado, en los colegios”. Por ello, precisamente porque el adoctrinamiento religioso no es conocimiento sino aceptación irracional de doctrinas basadas en el sometimiento de la voluntad del niño a doctrinas impuestas mediante diversas formas de coacción o de sugestión, dicho adoctrinamiento debería desaparecer de las aulas en las que se transmiten auténticos conocimientos a fin de evitar que los alumnos confundan dicho adoctrinamiento con los conocimientos que reciben de las diversas materias respecto a las cuales existe un procedimiento de contrastación racional o empírica para comprobar su grado de aproximación a la verdad.  
En relación con esta misma cuestión indicaba B. Russell:
“el verdadero precepto de la veracidad [...] es el siguiente: ‘Debemos dar a toda proposición que consideramos [...] el grado de crédito que esté justificado por la probabilidad que procede de las pruebas que conocemos’ [...] Pero ir por el mundo creyéndolo todo con la esperanza de que consiguientemente creeremos tanta verdad como es posible es como practicar la poligamia con la esperanza de que entre tantas mujeres encontraremos alguna que nos haga felices”[8].
4. Adoctrinamiento.
En estos momentos, parece que al menos una parte de la sociedad empieza a concienciarse de que la religión, tanto la católica como cualquier otra, debe desaparecer de las aulas donde se imparten “conocimientos” en cuanto lo que las diversas confesiones religiosas inculcan no son conocimientos sino “adoctrinamiento”, es decir, lo más contrario al conocimiento auténtico. Por otra parte, la jerarquía católica, consciente de la situación, intenta recuperar el terreno perdido mediante críticas y manifestaciones en contra de las leyes de aquellos gobiernos que defienden puntos de vista distintos a los suyos y que promueven una educación más ceñida a los auténticos conocimientos y más respetuosa con el carácter laico y aconfesional de nuestra constitución.
Desde luego es injustificable y “particularmente miserable” –como dice Russell- que se consienta la manipulación de la infancia y de la juventud para adoctrinarlas en esa serie de creencias irracionales constituida por las diversas religiones, y, por ello, debería desaparecer no sólo de las aulas sino incluso de las iglesias en cuanto sus dirigentes pretendan continuar con su adoctrinamiento o pederastia mental y no se limiten a discutir sus doctrinas –si quieren- con personas intelectualmente ya formadas. Por ello mismo, de acuerdo con el artículo 20.4 de la Constitución Española[9], el Estado debería establecer mecanismos para proteger la formación de la infancia a fin de que las mentes de niños y jóvenes no fueran profanadas y dañadas por el gravísimo atentado que supone el adoctrinamiento religioso, y, por ello mismo, en cuanto ese artículo no parece fácilmente compatible con el que dice que “los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”[10], parece que éste último artículo debería modificarse en cuanto los padres no son propietarios de los hijos y, en consecuencia, no tienen un derecho absoluto sobre sus mentes hasta el punto de adoctrinarlos de modo irracional y mucho menos el de permitir que otros lo hagan por ellos. ¿Qué clase de derecho sería el que permitiera que un padre adoctrinase o hiciera adoctrinar a su hijo en una religión que defendiese los sacrificios humanos, la inferioridad de la mujer o que condenase la democracia, defendiendo que debían ser los dirigentes religiosos quienes gobernasen el país? ¿qué derecho tendría el padre a exigir que sus hijos recibieran una formación religiosa semejante? Hay que tener en cuenta además que ha habido religiones que han defendido ideas como las indicadas y que el misma Iglesia Católica sigue defendiendo la inferioridad de la mujer, aunque haya aprendido a silenciar tal doctrina cuando le interesa mantenerla oculta.    
El respeto a los hijos como personas autónomas debería servir de guía para tratar de evitar que cualquier desaprensivo pretendiese controlar, frenar o viciar el desarrollo natural de sus mentes por lo que se refiere a su racionalidad crítica para ser capaces de conducir su vida, protegiéndoles del peligro de ser seducidos por otros en lugar de ayudarles a ser libres y a vivir guiados por su propia conciencia, y no por una supuesta autoridad ajena que dictaminase qué deben creer y qué deben rechazar.
Por ello y del mismo modo que a los padres que se despreocupan de los hijos desde el punto de vista de la alimentación o de los malos tratos físicos se les llega a quitar su custodia, con el mismo o con mayor motivo se debería estudiar el problema de los “malos tratos psíquicos”, como éste, consistente en  “adoctrinar” o dejar que otros “adoctrinen” a los propios hijos, teniendo en cuenta las nefastas consecuencias que dicho  adoctrinamiento implica para el normal desarrollo de la mente de los niños.
En la práctica, tal vez este cambio social sea una utopía en cuanto lo primero que debería aprender un padre es cómo debe comportarse con su hijo en cuanto pretenda lograr el desarrollo de su personalidad, pues en la misma medida en que estamos convencidos de que nuestros puntos de vista sobre la realidad son correctos y queremos dar a nuestros hijos lo mejor, resulta especialmente difícil la tarea de explicar a los padres que la mejor formación de los hijos es aquella que busca el desarrollo integral de su personalidad y de sus diversas potencialidades, físicas y psíquicas, tarea que es incompatible con cualquier tipo de adoctrinamiento en cuanto éste sofoca el desarrollo de su libertad y de su racionalidad en cuanto éste no consiste en una “formación” sino en una “deformación” de la mente.
Esta insistencia de la jerarquía católica en la importancia de la fe tiene su repercusión especial en el adoctrinamiento que ejerce sobre los niños, cuyas mentes le resulta más sencillo moldear que las de los mayores, para que asuman y crean todo lo que quieran proponerles, aprovechando su natural inmadurez complementada con su natural confianza en la sabiduría y en la veracidad de sus padres, sus maestros, sus preceptores y, en definitiva, de “los mayores”, en quienes confían de manera natural e instintiva.
La jerarquía católica incurre aquí en el absurdo de pretender explicar a los niños doctrinas que a la vez considera dogmas, los cuales considera que, por definición, están por encima de la razón humana, y que, por ello mismo, no pueden ser objeto de explicación alguna sino sólo de fe o creencia. Por ello mismo, desde la rectitud intelectual no pueden ser aceptadas como verdades en cuanto no pueden demostrarse, al margen de que además pueda demostrarse su falsedad, como sucede con la mayor parte de tales contenidos.
Es evidente que, si la jerarquía católica se interesa por adoctrinar a los niños, embutiendo en su mente tales doctrinas irracionales, no es por el hecho de que quieran proporcionarles unas enseñanzas realmente necesarias para que alcancen “la vida eterna” o para ofrecerles una orientación vital realmente valiosa, sino porque para la prosperidad de su negocio le interesa reclutar nuevos adeptos y porque, como consecuencia de la falta de madurez de los primeros años de la vida, los niños son naturalmente propensos a aceptar cualquier doctrina que se les quiera inculcar por absurda que pueda ser. Y así, la exaltación de la fe y la lucha por impedir el desarrollo de su espíritu crítico a la hora de ponderar el valor de los “mensajes religiosos” van acompañados del proselitismo y del adoctrinamiento sin escrúpulos contra la infancia practicado por la jerarquía católica –y la de todas las religiones-, abusando de la receptividad de la infancia para conseguir que acepte tales dogmas irracionales. Pero, si resulta absurdo que la jerarquía católica pretenda imponer a los adultos la idea de que deben tener fe en sus doctrinas sin justificación de ninguna clase, resulta ya incalificable de otro modo que no sea como pederastia mental la actitud por la cual violan las mentes de los niños, inculcándoles de forma tan persistente y coactiva como irracional toda una serie de doctrinas absurdas como si fueran verdades que ellos no alcanzan a comprender porque son pequeños, por lo que deben creer las doctrinas ininteligibles que sus adoctrinadores (catequistas, curas, obispos…) decidan.
4.1. Los fines del adoctrinamiento
Sin embargo, a pesar del carácter tan absurdo del adoctrinamiento religioso, la jerarquía católica lo realiza impunemente contra los niños, tanto en las iglesias como en los colegios, como si tuviera todo el derecho del mundo a envenenar sus mentes con dogmas incoherentes fomentando en ellos la sometimiento de su mente y la atrofia de su capacidad crítica. Por ello, si la exaltación de la fe es ya por sí misma una actitud contraria a la veracidad, mucho más grave e inadmisible resulta que la jerarquía católica se considere con derecho a adoctrinar a los niños para que crean, de modo ciego y dogmático, la serie de doctrinas con las que envenenan su mente.
La finalidad aparente de ese adoctrinamiento es la de proporcionar a niños y jóvenes la “formación religiosa” necesaria para dirigir su vida “por el camino recto” (?) y así conducirles a “la salvación de su alma” –aunque por lo que se refiere a esto último los dirigentes de la Iglesia Católica tendrían que demostrar que hubiera un alma que salvar y que la aceptación de tales creencias fuera necesaria para tal fin-; pero la finalidad real que se persigue mediante el adoctrinamiento, aunque en ocasiones pueda mantenerse oculta, es la de controlar sus mentes en todos los terrenos, no sólo en el religioso y el moral sino especialmente en el político –mucho más que en el de las mismas creencias religiosas-, inculcándoles la idea de que deben someterse y obedecer cualquier orden que reciban de la Iglesia Católica en cuanto ella habla siempre en nombre de Dios. Esta idea aparece con mucha mayor claridad en el Antiguo Testamento, donde los sacerdotes de Yahvé, como mensajeros de la palabra de Yahvé, dirigían políticamente a su pueblo mediante constantes órdenes de carácter supuestamente divino. En los tiempos actuales la Iglesia Católica no goza de un poder similar, pero en cualquier caso sus dirigentes se sirven del adoctrinamiento para troquelar las mentes infantiles inculcándoles la idea de que su autoridad está –o debería estar- a un nivel superior incluso al de la autoridad política y que por ello a la hora de actuar deben seguir siempre las consignas de las autoridades religiosas. Y así su autoridad sobre sus fieles se convierte en el punto de apoyo a partir del cual, de modo directo o indirecto, consiguen su poder para chantajear a los diversos gobiernos, de los cuales obtiene cuantiosos beneficios y privilegios económicos para seguir llenando las arcas del Vaticano y de sus múltiples sucursales a lo largo y a lo ancho de una parte importante del mundo. Por su parte, los gobiernos “democráticos”, aunque en apariencia respetan la libertad de creencias, en países como España y por lo que se refiere a la enseñanza de la religión, más que respetar dicha libertad lo que hacen es ceder al chantaje de la Iglesia Católica, no limitándose a permitir dicha libertad sino favoreciendo a la Iglesia Católica hasta el punto de introducirla en casi todas las instituciones públicas, como colegios, ejército con “curas castrenses” con sus respectivos sueldos y sus capillas, ceremoniales políticos como la jura del cargo de ministro o de presidente del gobierno o de otros cargos políticos –espectáculo con el que consiguen una valiosa propaganda de la importancia de su labor-, hospitales con capillas y curas que cobran por asistir a los enfermos, universidades públicas con capillas incluidas en ellas, como si las doctrinas religiosas tuvieran algo que ver con los conocimientos que se imparten en dichas universidades, monumentos religiosos en diversos puntos estratégicos de las ciudades, fiestas religiosas que contradicen el teórico carácter no confesional de muchos estados, infinidad de propiedades eclesiásticas, exención de impuestos para tales propiedades, nombres de calles y de plazas dedicados a diversos santos y vírgenes, grandes cruces colocadas a la entrada de pueblos y ciudades, lo cual sugiere al menos la idea de que dichos pueblos les pertenecen, gran cantidad de cementerios con crucifijos colocados a su entrada, cementerios donde se prohibía el entierro de suicidas, protestantes y ateos declarados. Todo esto es una simple muestra de que hasta la actualidad los gobiernos han sido incapaces de enfrentarse a la Iglesia Católica para impedirle abusar del “derecho” (?)… a embaucar libremente a los niños mediante su dañina actividad adoctrinadora.
Como ya se ha dicho, la finalidad que la jerarquía católica pretende con su adoctrinamiento de la infancia no puede ser, efectivamente, el de la salvación de las almas de los niños, pues ¿de qué tendría que salvarlas? y, suponiendo que “su Dios” existiera, sería una pretensión absurda y llena de soberbia que dicha salvación no se hiciera depender de la supuesta misericordia infinita de su Dios, de la que tanto hablan cuando les interesa, sino del hecho de que el niño aceptase ciegamente sus doctrinas –en lo cual consiste la fe- renunciando a su propia racionalidad crítica.
Si ya antes y en otros momentos se ha criticado la fe como una actitud contradictoria con respecto a la veracidad, a estas críticas hay que añadir que el adoctrinamiento ejercido contra la infancia representa un delito extremadamente grave en cuanto se trata de un crimen de pederastia mental, pues quienes lo practican se aprovechan de la natural inmadurez mental de los niños para inculcarles de modo irracional toda una serie de prejuicios, imbuyéndoles la idea de que su razón carece de valor a la hora de orientarles en la búsqueda de la verdad en su dimensión religiosa y moral, y en ocasiones en la política e incluso en la científica.
Es precisamente el hecho de presentar sus doctrinas en los centros educativos, donde se imparten conocimientos, una de las trampas que contribuyen de manera especial a que el alumnado llegue a asumir como auténtico conocimiento lo que sólo es un adoctrinamiento irracional y absurdo.
La actitud proselitista de la jerarquía católica mediante la “catequesis” o adoctrinamiento de los niños no sólo representa un crimen de pederastia mental sino también una forma de fanatismo y de intransigencia frente a cualquier forma de pensamiento que se oponga a sus doctrinas, intransigencia que se puso de manifiesto con la creación de la “santa Inquisición” en el siglo XIII, encargada de juzgar y condenar a cualquier persona sospechosa de defender doctrinas que, incluso siendo cristianas, se alejasen de la interpretación de los dirigentes del cristianismo.
Pero, por lo que se refiere a la enseñanza de la religión en los colegios lo que deberían tener claro los poderes políticos es que pues una cosa es incluir en el currículo escolar, como un aspecto complementario de la asignatura de Historia, una exposición descriptiva y crítica de las religiones más relevantes en la historia y en la cultura de cada país así como sus contenidos doctrinales esenciales, con profesorado designado por la jerarquía de la Iglesia Católica –aunque pagado con el dinero de todos los españoles-, presentándola además desde planteamientos proselitistas, que, desde luego, nada tienen que ver con la enseñanza de auténticos conocimientos como los de las Matemáticas, la Física, la Biología, la Geografía o la misma Historia, a pesar de encontrarse en las antípodas de estas materias, que son racionalmente demostrables o susceptibles de contrastación empírica en cualquier momento.  
4.2. Adoctrinamiento y libertad
En definitiva, es realmente una burla y un engaño a nuestro pueblo y a la Constitución Española, que declara que nuestro estado tiene carácter aconfesional, que quienes lo gobiernan consientan tal situación de sometimiento a los dictados de ese peculiar estado del Vaticano.   
Por ello, un problema especialmente importante que deberían abordar nuestros gobernantes en cuanto quieran ser consecuentes con la Constitución en lo relativo a la libertad de creencias es el de la supresión de la asignatura de Religión Católica en las aulas de los colegios, públicos y privados, impidiendo las intromisiones del Vaticano en nuestras leyes y exigiéndole el respeto a nuestras libertades, aunque la dificultad de escapar a la influencia de este estado “teocrático” (?) –o, mejor, “plutocrático” disfrazado- es realmente seria, dado que la tradición por la cual la Iglesia Católica ha ido adoctrinando a niños y jóvenes en el pasado le ha servido y le sirve ahora para que los actuales adultos, que en su momento fueron adoctrinados, actúen como agentes suyos infiltrados y sean quienes se encarguen en la mayoría de ocasiones de seguir defendiendo los privilegios injustos de esta organización para continuar practicando su criminal tarea de dañar las mentes de la nueva infancia y de la nueva juventud como consecuencia de su constante desprecio a la razón, su coacción en favor de la fe ciega en sus doctrinas y en el deber de obedecer sus órdenes y consignas.
En definitiva, aunque el Estado del Vaticano debería ser con el español tan respetuoso como suelen serlo la práctica totalidad de los estados del mundo en sus relaciones con el nuestro, de hecho interfiere continuamente en nuestra política interna y, especialmente, en nuestra legislación, inmiscuyéndose y rechazando de forma dogmática aquellas leyes que no le convienen para la prosperidad de su particular negocio.
Pero, ¿acaso se permitiría que los embajadores de cualquier otro país se manifestaran públicamente en contra de cualquier ley democrática del nuestro? ¿Acaso no se le expulsaría inmediatamente de nuestro territorio? ¿Por qué no se actúa del mismo modo con los agentes del Vaticano, que no son otros que los obispos y una gran parte de los curas? ¿Acaso el Vaticano permitiría que los ministros o los simples ciudadanos españoles fueran a manifestarse a la plaza de San Pedro para protestar contra sus propias leyes y doctrinas?
5. Fanatismo e intransigencia: Escrivá de Balaguer
En este sentido el señor Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, en su escrito Camino defendió actitudes especialmente fundamentalistas y fanáticas, totalmente alejadas de los Derechos Humanos y de la Constitución Española, hasta el punto de presentar una repugnante apología de la intransigencia y llegando incluso a insultar  a quienes practican la tolerancia y no la intransigencia que él tuvo la estúpida osadía de defender escribiendo en este sentido:
“la transigencia es señal cierta de no tener la verdad. Cuando un hombre transige en cosas de ideal, de honra o de Fe, ese hombre es un... hombre sin ideal, sin honra y sin Fe”[11].
Aquí, con un fanatismo propio del fascismo o del nazismo hitleriano, el señor Escrivá de Balaguer, “elevado a los altares” por la jerarquía católica, se atreve a insultar a quienes son transigentes, a quienes son tolerantes, a quienes respetan la libertad de pensamiento de los demás, aunque no compartan sus ideas, y escribe que su actitud demuestra que son hombres “sin honra”. Sus palabras incitan a la intransigencia a partir de la estúpida falacia según la cual quien es transigente demuestra con su actitud que no está en posesión de la verdad y que no tiene honra y quien es intransigente demuestra estar en posesión de la verdad y tener honra.
Sus palabras representan el otro lado del límite que jamás debería sobrepasar cualquier agrupación humana que pretendiera vivir desde el respeto a la libertad de pensamiento y de expresión de las propias ideas, límites que no son otros que los del respeto y la tolerancia hacia los otros por lo que se refiere a su derecho a equivocarse del mismo modo que podemos equivocarnos cada uno de nosotros. Por ello, el límite de la libertad de cada uno debe encontrarse en el respeto a la libertad de los otros, mientras que el límite de la tolerancia a las ideas de los demás se debe encontrar en el punto en que nos enfrentamos a ideologías que exigen la intransigencia frente a las ideas ajenas, como es el caso de lo que defiende el señor Escrivá de Balaguer. Por ello mismo el único límite de la libertad de expresión debería encontrarse en aquellos planteamientos que utilizasen tal libertad para atacar este mismo derecho cuando son los demás quienes lo utilizan.
Volviendo, pues, a las palabras del fundador del Opus Dei, hay que rechazarlas rotundamente en cuanto implican un fanatismo dogmático y absurdo, ya que como seres humanos todos podemos equivocarnos en cualquier momento y, por ello, lo inaceptable es que se defienda la intransigencia hacia quienes piensan o creen en otras teorías o interpretaciones de la realidad.
Siendo consecuentes con el señor Escrivá, el mundo sufriría inicialmente una guerra ideológica sin fin, pero, llevando al límite la intransigencia defendida por este señor, regresaríamos a la época de la Inquisición, las Cruzadas, la Guerra Santa, y, en definitiva, a la destrucción física de quien defendiera ideas distintas a las propias, tal como sucede en la actualidad en las sociedades en las que el fanatismo religioso ha llegado a conseguir el poder político.
Pero una sociedad cuyos miembros deseen convivir entre sí de un modo tolerante, tiene que aprender a respetar las reglas de la tolerancia y de la libertad de pensamiento y expresión sin que éstas tengan otra limitación que la que deriva del respeto a tales reglas de convivencia. Pero defender la idea de que no se deban tolerar las ideas de los demás porque uno esté convencido de estar en posesión de la verdad conduciría a un autoritarismo totalitario como el que en muchas ocasiones ha practicado la Iglesia Católica a lo largo de su historia, bien directamente o bien en complicidad con diversos reyes o jefes de estado.
¿Qué habría podido replicar el señor Escrivá de Balaguer a quien hubiera sido intransigente con las doctrinas que expone en su libro Camino? ¿Habría protestado por esa intransigencia? Evidentemente. Sin, embargo, su protesta habría implicado una contradicción con su anterior defensa de la intransigencia. Pero ese librito apareció publicado en el año 1939, a la vez que el dictador Franco finalizaba su guerra contra el régimen republicano democrático, instaurando la dictadura del “nacionalcatolicismo”. El señor Escrivá tenía el terreno libre para predicar la intransigencia contra quienes se atreviesen a pensar de otro modo, y no sólo la intransigencia de un fanatismo puramente teórico sino también la “santa coacción” que evidentemente tendría carácter físico o psíquico[12], pues cualquier forma de coacción implica un atentado contra la libertad del otro, mediante una forma de presión física o psíquica… Y, como recompensa a esta actitud tan “valiente”, la Iglesia Católica no ha esperado mucho para declarar “santo” a este payaso fundamentalista, que llegó a identificar la intransigencia con el hecho de estar en posesión de la verdad, y la transigencia con falta de honra, a pesar de la multitud incalculable de falsedades que se han defendido con absoluta intransigencia precisamente por carecer de auténticas razones. Siendo tan limitada su capacidad de raciocinio es comprensible que no se le ocurriera pensar que, precisamente por las propias limitaciones humanas para alcanzar la verdad, la actitud más noble y sincera debería consistir en reconocer tales limitaciones y, por ello mismo, en ser tolerantes con las ideas ajenas y con su derecho a exponerlas, a defenderlas o a modificarlas libremente a medida que la propia razón se fuera abriendo paso para descubrir los propios errores y los ajenos, pero sin utilizar ningún tipo de coacción y sin imposiciones irracionales.
Ese fanatismo, esa “santa intransigencia” –como la llama este imbécil- no es nueva, ni mucho menos, en la actitud de la jerarquía católica sino que sólo representa la reafirmación de un talante que la ha caracterizado siempre que ha estado en condiciones propicias para comportarse de acuerdo con él, como sucedió en 1633 cuando los dirigentes de la Iglesia Católica condenaron a Galileo por atreverse a defender ¡la intolerable herejía según la cual la Tierra se movía alrededor del Sol!, una verdad universalmente aceptada en la actualidad, incluso por la misma Iglesia Católica, o como sucedió en la España franquista y en los “siglos de oro” de mayor crueldad y opresión inquisitorial de los dirigentes de la Iglesia Católica contra la libertad de los pueblos de Europa y de Iberoamérica.
Este payaso llegó a defender un ilimitado fanatismo intransigente unido a la hipocresía más absoluta, exhortando a actuar sin escrúpulos en contra de derechos humanos tan básicos como el de la libertad de pensamiento hasta el punto de llegar a escribir:
-“Sé intransigente en la doctrina y en la conducta. -Pero sé blando en la forma. - Maza de acero poderosa, envuelta en funda acolchada”[13].
- “La intransigencia no es intransigencia a secas: es “la santa intransigencia”. No olvidemos que también hay una “santa coacción”[14].
Si hubiera dependido del señor Escrivá, es más que probable que su “santa intransigencia” le hubiera conducido efectivamente a su “santa coacción”, materializada en “maza de acero” o en instrumentos de tortura, tantas veces utilizados por la Inquisición Católica para eliminar al disidente, al hereje y, en definitiva, a todo aquel que se hubiese atrevido a pensar por su cuenta defendiendo puntos de vista distintos a los de la Iglesia.   
Planteamientos similares al de Escrivá de Balaguer son los que han fomentado la aparición de asociaciones fanáticas como las del partido nazi, que condujeron a algunos de sus integrantes a denunciar a miembros de la propia familia por no ser adictas al nazismo, y otras formas similares de fundamentalismo, integrismo o fanatismo talibán, como el de los “guerrilleros de Cristo Rey” o diversas organizaciones católicas especialmente intransigentes que, consideran efectivamente que transigir con quien piensa de otro modo es implica carecer de ideales o de honradez.
Curiosamente las tácticas adoctrinadoras de la jerarquía católica, relacionadas con su intransigencia y con su “santa coacción”, resultan paradójicamente contradictorias con su aparente interés por razonar de algún modo sus absurdas doctrinas integristas a fin de conseguir que quienes son adoctrinados lleguen a imaginar que realmente “comprenden” (?) las razones de su fe, y no que simplemente las creen, afirmándolas como verdad, a pesar de tratarse de “misterios” que, por definición, son incomprensibles para la razón humana.
Por este motivo en muchas ocasiones, aunque la jerarquía y los teólogos católicos reconocen que los dogmas de fe son indemostrables, pretenden introducir una distinción entre lo irracional, la racional y lo razonable, y añaden que, aunque sus dogmas no están al alcance de la razón humana, no por ello juzgan que sean irracionales sino “razonables”. Sin embargo, esta distinción es realmente una trampa muy burda  en cuanto, si determinada doctrina no es racional, no tiene sentido decir que sea “razonable”, pues sólo podría hablarse de algo razonable en la misma medida en que pudiera razonarse, pero, en cuanto por definición los dogmas católicos se encuentran más allá de la razón, no tiene sentido considerarlos razonables, a no ser que con tal expresión se pretenda decir que, aunque no puede demostrarse su verdad, tampoco puede demostrarse su falsedad, entre otros motivos porque en muchas ocasiones ni siquiera se entiende qué quieren decir con sus pretendidos dogmas. Pero, incluso aunque se entendiera qué quieren decir con sus dogmas, seguirían siendo irracionales en cuanto, como suele decirse, es quien afirma una supuesta verdad quien debe explicar cómo ha llegado a saberla y qué debemos hacer los demás para alcanzar ese mismo conocimiento.
Por otra parte, del mismo modo que nadie pide a otro que crea aquello que puede demostrarle como verdad, pues espontáneamente lo aceptará a partir de tal demostración, nadie debería exhortar a otro a que creyese lo no demostrable, en cuanto en tal caso ni siquiera quien realizase tal exhortación tendría otra base para su propia creencia que su interiorización irracional como consecuencia de un adoctrinamiento anteriormente recibido por él, de carácter emotivo e irracional tan absurdo como el que él posteriormente pretendiera aplicar a otros.
Es decir, del mismo modo que respecto a una hipótesis científica, sería absurdo exhortar a nadie a creerla o a dejarla de creer en lugar de explicar o demostrar su verdad o su falsedad, igualmente y por lo que se refiere a una doctrina religiosa o de cualquier otro tipo sólo tiene sentido aceptarla como verdadera en cuanto exista un procedimiento mediante el cual se la demuestre. Pero, además, lo más absurdo de todo es que en las doctrinas de la jerarquía católica, aunque hubiera alguna meramente consistente que pudiera defenderse como simple hipótesis, hay muchas otras que son contradictorias en sí mismas y que, por ello mismo, puede decirse de ellas no sólo que no son racionales ni razonables sino que son falsas en cuanto han sido positivamente refutadas, como la serie de contradicciones que aquí mismo se están analizando en cuanto los argumentos en su contra hayan sido utilizados correctamente.





[1] “El hombre alcanza la salvación por la fe y no por el cumplimiento de la ley” (Pablo de Tarso: Romanos, 3:27-28).
[2] Juan, 20:29.
[3] Según E. Gilson, en su obra La filosofía de la Edad Media, esta frase no aparece literalmente en sus escritos, pero el sentido global de su obra se encuentra claramente en esta línea.
[4] Crítica de la Razón Pura, Prólogo de la seunda edición, B XXX.
[5] Camino, aforismo 945.
[6] Puede verse de manera especial esta defensa de la fe y el correspondiente ataque a la razón en su encíclica “Fides et ratio”.
[7] B. Russell: Sociedad humana: Ética y Política, p. 225-230. Ed. Cátedra; Madrid; 1984.
[8] Ensayos filosóficos, p. 114-115. Alianza Editorial, Madrid, 1968.
[9] “20. 4. Estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en este Titulo, en los preceptos de las leyes que lo desarrollen y, especialmente, en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia”.
[10] Constitución Española, 27. 3. 
[11] José María Escrivá: Camino, aforismo 394.
[12] Camino, aforismo 398.
[13] Camino, aforismo 397.
[14] Camino, aforismo 398.