martes, 4 de noviembre de 2008

CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(VII)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía

7. La contradicción según la cual, siendo infinita la misericordia de Dios, castiga a la mayoría de los hombres al fuego eterno del “Infierno”
De acuerdo con la dogmática tradicional de la jerarquía de esta organización cristiana, el señor Ratzinger –alias Benedicto XVI-, actual jefe supremo de la multinacional católica, ha vuelto a afirmar la doctrina de la existencia del Infierno como castigo eterno, afirmación que, por otra parte, no hubiera podido cambiar en cuanto pretendiera ser coherente con la doctrina tradicional cristiana referida a los “dogmas”, considerados como doctrinas incuestionablemente verdaderas y que, por ello mismo, no pueden ser modificadas por la decisión de una nueva autoridad –al margen de que de vez en cuando busquen cualquier pretexto para hacerlo, y elaboren diversos sofismas refinados para presentar la nueva doctrina como una versión más auténtica de la doctrina anterior-.
CRÍTICA: Tal doctrina contradictoria se encuentra ya en los mismos orígenes del cristianismo y se ha mantenido hasta la actualidad, considerándose además que una gran parte de la humanidad estaría predestinada a sufrir eternamente en el Infierno. En este sentido, en el evangelio a tribuido al apóstol Mateo se dice: “Son muchos los llamados, pero pocos los escogidos” ( ), “así será el fin del mundo. Saldrán los ángeles a separar a los malos de los buenos, y los echarán al horno de fuego; allí llorarán y les rechinarán los dientes” ( ), “apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles” ( ); y también: “irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” ( ). Igualmente y en este mismo sentido el Apocalipsis de Juan, escritor cristiano de finales del siglo I, es otro ejemplo de escrito muy logrado en el que Dios aparece como un juez vengativo en el que su misericordia brilla por su ausencia: “En cuanto a los cobardes, los incrédulos, los depravados, los criminales, los lujuriosos, los hechiceros, los idólatras y los embusteros todos, están destinados al lago ardiente de fuego y azufre, que es la segunda muerte” ( ).
Esta doctrina sobre un castigo eterno que emana de un Dios del que se afirma al mismo tiempo que es misericordia y amor infinito encierra una contradicción tan evidente que parece totalmente innecesario tratar de añadir comentario alguno. El castigo del Infierno no sólo es contradictorio con el amor y la misericordia infinita de Dios sino también con la anterior consideración según la cual todo lo que aparentemente hace el hombre es Dios quien lo hace, por lo que en ningún caso podría el hombre ser responsable y culpable de nada que le hiciera merecedor de castigo alguno.
Además, suponiendo que Dios existiera y que hubiese ordenado amar incluso a los propios enemigos, si luego condenase con castigos eternos a quienes supuestamente hubieran sido sus propios enemigos, el propio Dios habría sido incoherente con sus mandatos al no perdonar a tales enemigos, y sería realmente asombroso que el hombre fuera más capaz de perdón que el propio Dios, cuya misericordia se debía suponer infinita, en cuanto fuera verdad la doctrina según la cual “Dios es amor”, pues, efectivamente, no hace falta exprimirse los sesos de manera agotadora para comprender que la existencia del Infierno es contradictoria con tal doctrina. Pues, si ni siquiera resulta concebible que el más malvado de los hombres fuera capaz de castigar a un hijo con un sufrimiento eterno, sería un insulto a la bondad divina –si existiera- considerarla compatible con una monstruosidad semejante, teniendo en cuenta además que ese castigo no tendría otra finalidad que la de el castigo por el castigo mismo, la de causar sufrimiento de modo irracional y sólo como una absurda venganza.
En definitiva, la doctrina del Infierno es incompatible con la que afirma que Dios es misericordia y amor infinitos, y resulta asombroso comprobar hasta qué punto el adoctrinamiento religioso puede anular la racionalidad humana en cuanto puede lograr que las mentes infantiles adecuadamente adoctrinadas sean incapaces de ser consecuentes con la Lógica más elemental y mantengan dicha incapacidad durante el resto de su vida, perdiendo la facultad de tomar conciencia de una contradicción tan evidente; esa debilidad de la racionalidad humana se muestra por ello de un modo más claro en aquellos casos en los que la jerarquía de la organización católica se aprovecha de la temprana edad de la infancia para troquelar las mentes de los niños grabando en ellas la idea de que “la fe está por encima de la razón” y que, por ese motivo, deben considerar que allí donde perciben una contradicción en realidad deben acostumbrarse a considerar humildemente que se trata de un profundo misterio cuya comprensión no se encuentra a “su” alcance.
En estos últimos años algunos jerarcas católicos, como Karol Wojtyla –“Juan Pablo II” para sus “fieles”-, al comprobar que cada día ha ido en aumento el número críticas contra doctrinas tan irracionales y absurdas como la de la existencia del Infierno, han pensado que tal vez podían solucionar esta dificultad insuperable considerando que en realidad no era Dios quien condenaba sino que era el hombre quien elegía libremente vivir alejado de Dios, de manera que el Infierno no consistiría en otra cosa que en un estado de alejamiento de Dios por el que el hombre optaría libremente. Esa fue la postura defendida recientemente por esa máxima autoridad de la organización católica, el señor Wojtyla, cuando dijo que había que interpretar correctamente las palabras de la Biblia, que harían referencia al vacío de una vida sin Dios, de manera que el Infierno indicaría, más que un lugar, la situación en la que llegaría a encontrarse quien libre y definitivamente se alejase de Dios.
No obstante y para refutar de manera clara y definitiva el nuevo punto de vista de esta interpretación, puede hacerse referencia a otros textos evangélicos en los que se insiste en que el Infierno es un castigo que proviene de Dios y en que al margen de su sentido como sufrimiento psíquico, tiene también el carácter de un sufrimiento físico y eterno, tal como ya se ha visto por los textos anteriores y como puede corroborarse mediante otros textos como los siguientes: “temed […] al que puede destruir al hombre entero en el fuego eterno” ( ); “después dirá a los del otro lado: ‘Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles’ ” ( ); “temed a aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar al fuego eterno” ( ). Esta misma doctrina aparece en un texto de Pablo de Tarso, especialmente duro y claro por lo que se refiere a la acción vengadora de Dios, que no parece especialmente compatible con su supuesta misericordia infinita: “Puesto que Dios es justo, vendrá a retribuir con sufrimiento a los que ocasionan sufrimiento; y vosotros, los que sufrís, descansaréis con nosotros cuando Jesús, el Señor, se manifieste desde el cielo con sus poderosos ángeles; cuando aparezca entre llamas de fuego y tome venganza de los que no quieren conocer a Dios ni obedecer al evangelio de Jesús, nuestro Señor. Éstos sufrirán el castigo de una perdición eterna, lejos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” ( ).
Hay que insistir en definitiva en que, a pesar de que la reinterpretación del Infierno como un alejamiento de Dios, libre y voluntario por parte del hombre, está en diáfana contradicción con los textos citados, y, a pesar de que mediante esta “solución” Dios quedaría libre de cualquier responsabilidad por lo que se refiere al destino del hombre, en ella se olvida en primer lugar que, como se ha podido ver por las citas anteriores, cuando en el Nuevo Testamento se habla del Infierno, no se lo describe como un lugar o un estado al que uno se dirige voluntariamente sino como un lugar de castigo eterno al que el mismo Jesús envía a quienes no tengan fe en su palabra o no la cumplan; y, en segundo lugar y como también se ha dicho y comprobado en reiteradas ocasiones, de acuerdo con las doctrinas de esta organización, conviene no olvidar que el hombre no elegiría nada por su propia cuenta sino que, según indica Pablo de Tarso, protagonista principal en la creación del Cristianismo, o Tomás de Aquino, uno de sus teólogos más importantes, todo cuanto el hombre decide o hace es Dios quien lo decide o hace, por lo que, el hombre no elegiría alejarse de Dios, sino que habría sido Dios mismo quien habría decidido esa supuesta elección del hombre, tal como se ha demostrado en el capítulo VI cuando Tomás de Aquino, en su Suma contra los gentiles, escribe: “Dios es causa no sólo de nuestra voluntad, sino también de nuestro querer” ( ); y, en el capítulo siguiente: “Por consiguiente, como Él es la causa de nuestra elección y de nuestro querer, nuestras elecciones y voliciones están sujetas a la divina providencia” ( ).
Además, la doctrina de que alguien eligiera apartarse del bien de manera consciente sería contradictoria en cuanto el hecho mismo de elegir determinado objetivo es lo que demuestra qué es lo que considera como bueno quien lo elige, de manera que, en cuanto el Infierno representa el mayor mal, en tal caso es inconcebible por contradictorio que alguien pudiera elegirlo, pues sólo se desea lo que se presenta con cierto atractivo para el hombre, pero el Infierno en cuanto tal, siendo por definición el mayor mal posible, no podría ejercer sobre el hombre atractivo alguno; en consecuencia, nadie se alejaría voluntariamente de Dios, en cuanto en teoría fuera el bien absoluto. De acuerdo con este planteamiento, Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles, decía que la voluntad tiende necesariamente al bien, y así esta figura del Cristianismo proporciona una crítica implícita al argumento anterior pues, si el bien es aquello a lo que todo tiende (“bonum est quod omnia appetunt”, dice Tomás de Aquino siguiendo a Aristóteles), no tiene sentido afirmar al mismo tiempo que se pueda elegir el mal por el mal.
La doctrina del Infierno surgió en muy diversas religiones, aunque con matices distintos por lo que se refiere a su sentido y sus características, y resulta evidente su carácter antropomórfico, relacionado con la actitud de muchos de los déspotas y tiranos de los tiempos en que se escribieron los diversos mitos acerca de dioses y demonios, de lugares paradisíacos y lugares de castigo para las almas de los difuntos, como sucede en el mismo Hades homérico, en el que, en la Odisea, el mismo Aquiles le dice a Odiseo que preferiría ser siervo de un esclavo en la vida terrenal que rey de los muertos en el Hades.
Todavía en estos momentos la ingenuidad de una gran parte de la humanidad es tan elevada que la jerarquía católica sigue utilizando la idea del Infierno para tratar de seguir grabando en la mente de sus adoctrinados esa absurda pesadilla y para atemorizar así a niños y mayores, a fin de mantenerlos sumisos y dispuestos a obedecerles en todo aquello que les digan y, de manera especial, en las consignas políticas que les interese transmitir con ocasión de cualquier sermón.

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