domingo, 16 de noviembre de 2008

CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XVI)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
III. Acerca de María
16. La contradicción de la jerarquía católica basada en los evangelios según la cual María fue y no fue la madre de Dios.
La jerarquía católica defiende la doctrina de que María fue madre de Dios, pero al mismo tiempo afirma que Dios, tanto Padre como Hijo y Espíritu Santo, son eternos, lo cual implica que, si María no era eterna, no pudo ser verdaderamente la madre de Dios Hijo.
CRÍTICA: En cuanto ser madre implica generar una vida en un momento determinado del tiempo, la maternidad de María respecto a Dios implicaría la negación de la eternidad de Dios -o la afirmación de la eternidad de María, lo cual la excluiría del conjunto de los seres humanos, que tenemos un carácter temporal-. Por ello, si se afirma la maternidad de María respecto a Dios-Hijo, el tal caso, como ya se ha dicho, habría que negar la eternidad de Dios-Hijo, mientras que, si se afirma la eternidad de Dios-Hijo, habrá que negar la maternidad de María respecto a Dios-Hijo.
En efecto, si el Hijo nació de María, después de que ésta quedase embarazada por una gracia del Espíritu Santo, en tal caso parece evidente que el Hijo comenzó a existir hace alrededor de 2000 años, que es cuando se supone que nació ese hijo llamado Jesús. Y, si alguien replicase que, aunque Jesús nació de María, de hecho ya existía eternamente y que María fue el instrumento del que Dios se sirvió para su “encarnación”, en tal caso, afirmar que María es la “madre de Dios” es una nueva superchería, que, aunque sirve para alimentar la fantasía del redil católico respecto a la idea de una madre humana de Dios, muy accesible a las súplicas humanas de todo género, es contradictoria con la eternidad del propio Dios, eternidad no compartida por María, la hija de Joaquín y de Ana, a la cual, en consecuencia, sería el colmo del absurdo considerar como “madre de Dios”.
De hecho en los evangelios no se concede a María ninguna importancia especial sino todo lo contrario, pero además en los primeros tiempos del Cristianismo ni siquiera se la tuvo en cuenta. Más adelante, cuando los jerarcas cristianos se dieron cuenta de que la presencia de diosas en otras religiones era un elemento muy positivo para su éxito en el proselitismo correspondiente, entonces comprendieron que la incorporación de una divinidad -o un sucedáneo de ella- podía ayudarle para el auge de su negocio, y, en consecuencia, decidieron incorporar a María como un fichaje esencial para enriquecer el elenco de iconos de su adoctrinamiento religioso, pues la idea de una “madre divina” tenía su atractivo muy especial, hasta el punto de que a lo largo de muchos siglos se ha ido haciendo bastante más elevada la cantidad de cristianos –y especialmente cristianas- que siente una devoción particular por la “madre de Dios” que la de quienes sienten una devoción similar por el propio Dios. Esta devoción a “María” se hace patente en sus diversas versiones más o menos milagreras relacionadas con los correspondientes santuarios e incluso con la variedad de nombres que adopta la misma madre de Dios según los lugares en los que se la venera, lugares en que curiosa y sospechosamente, tratándose de la misma madre de Dios, en unos santuarios parece mostrarse mucho más dadivosa que en otros a la hora de realizar sus “milagros”, como si hubiese hecho un contrato especial con tales lugares, dejando caprichosamente los restantes poco menos que olvidados. Los santuarios de tales sitios, como se ha dicho, se corresponden con diversas advocaciones a María, que han dado lugar a una diversidad de nombres de mujer, como los siguientes: Lourdes, Pilar, Fátima, Amparo, Dolores, Guadalupe, Macarena, Socorro, Asunción, Carmen, Montserrat, Consuelo, Milagros, Inmaculada, Esperanza, etc. Por ello mismo, el número de santuarios en los que se venera a una “madre de Dios milagrosa” es muy superior al de los lugares en los que se venera y adora al propio Dios en espera de “sus milagros”, veneración explicable a partir del antropomorfismo de considerar que a una madre se la puede camelar con mucha mayor facilidad que a un padre, especialmente si se trata del “Padre eterno” e incluso que María, como madre de Dios, puede interceder ante él para que nos conceda diversos bienes que por sí mismo –y a pesar de su amor infinito- no nos concedería.

No hay comentarios: