martes, 18 de noviembre de 2008

CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XVIII)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
18. La contradicción según la cual la infinita bondad divina habría determinado que María naciera sin pecado y que después de su muerte fuera llevada al cielo en cuerpo y alma, pero no fue lo suficientemente infinita como para que esas mismas gracias alcanzasen al resto de los mortales.
En efecto, por lo que se refiere al “dogma de la inmaculada concepción”, después de casi 19 siglos de cristianismo, en el año 1854, el “papa Pío IX”, jefe supremo de la jerarquía católica, “se enteró” y en consecuencia declaró como dogma de fe la doctrina según la cual María, madre de Jesús, nació sin “pecado original”, pecado con el que, según la jerarquía católica, nace el resto de la humanidad; y, por lo que se refiere al dogma de la “asunción de María” al cielo en cuerpo y alma, se trata de una doctrina todavía más reciente que la anterior, pues sólo desde el año 1950 la jerarquía católica ha llegado a enterarse –no sabemos cómo- de este “dogma”, según proclamó el jefe de la organización católica, Eugenio Pacelli –alias Pío XII- en ese año.
En cuanto ambos dogmas son rechazables por idénticos motivos, se critica a continuación el “dogma de la inmaculada concepción” para añadir al final un breve comentario respecto al “dogma de la asunción”.
CRÍTICA: En relación con el dogma de la “inmaculada concepción” hay que decir que se trata de una doctrina ingenuamente absurda, pues, si nacer con dicho pecado es un mal, si el amor de Dios a toda la humanidad es infinito y si su omnipotencia le permitió conceder a María nacer sin pecado, esa misma omnipotencia y amor infinito debieran haberle bastado para conceder la misma gracia a toda la humanidad, en lugar de sacrificar en la cruz a su hijo hecho hombre, como si Dios-padre no hubiese podido conceder su perdón sin necesidad de sacrificio alguno.
¿Tiene sentido considerar que Dios amaba a su madre de un modo “más infinito” que al resto de la humanidad, de forma que sólo a ella quiso y pudo concederle la “gracia” tan especial de nacer sin pecado? Pero, si la concesión de tal “gracia” era consecuencia del amor infinito de Dios a María, madre de su hijo, y si el amor de Dios a los hombres era también infinito, entonces, si pudo librar a la María de nacer en pecado, ¿tiene sentido considerar que el poder y el amor de dicho Dios no hubiese podido extenderse hasta el conjunto de la humanidad permitiendo que, al igual que María, todos nacieran sin pecado? ¿Tiene sentido la simple idea de que pueda haber un infinito mayor que otro por lo que se refiere al grado del supuesto amor divino hacia la humanidad? Conviene tener en cuenta además que ese dogma, ¡declarado hace menos de 200 años!, convierte todavía en más absurda la doctrina de la Redención, según la cual Dios tuvo que hacerse hombre, padecer y morir en una cruz para conseguir el perdón de aquel supuesto “pecado original” con el que, en cualquier caso, nada tuvimos que ver.
Por ello y ante la incoherente doctrina del pecado original o ante el absurdo de que Dios sólo tuviese poder para efectuar una única excepción, surge la pregunta de por qué durante casi 2.000 años de existencia del Cristianismo a nadie se le ocurrió la idea de considerar que María naciera con tal gracia especial y ni siquiera al propio Dios católico se le ocurrió comunicar una noticia tan interesante.
De nuevo el antropomorfismo se presenta aquí como una de las causas de esta doctrina, un antropomorfismo que presenta a Dios como un déspota que exige sacrificios para poder perdonar, que caprichosamente perdona a una mujer y que sólo perdona al resto de sus súbditos desde el previo cumplimiento del sacrificio de su propio Hijo.
Otra causa importante de este dogma puede haber consistido en la necesidad sentida por la jerarquía de esta organización de introducir nuevos elementos en sus doctrinas, como la de la casi deificación de una mujer, ¡“la madre de Dios”!, que bajo distintas advocaciones ha conseguido inspirar tanta devoción en los últimos siglos que ha dado lugar a la construcción de diversos santuarios y centros de peregrinación en diversas regiones del planeta (Lourdes, Fátima, Guadalupe, Zaragoza…) –aunque no precisamente en los lugares más pobres del mundo, como África, sino en lugares del “primer mundo”, como Francia, Italia y Portugal- en cuanto se muestra como madre intercesora que concede a sus fieles aquellas peticiones y milagros para los que, al parecer, la infinita misericordia divina sería contradictoriamente insuficiente e inflexible en sus decisiones.
De acuerdo con estas consideraciones podría pensarse que la causa de que la miseria de África no desaparezca se relaciona con la falta de unos cuantos lugares estratégicos en los que la gente pueda ir a rogar un milagro a la “Virgen María” para que desaparezcan el hambre, la miseria y las enfermedades, y no con la falta real de alimentos y de medios adecuados para salir de la miseria. Así, si todo ese montaje teatral sirviera para otros milagros distintos a los del propio enriquecimiento de la jerarquía católica y si la acción milagrosa de María no pudiera ejercerse más que por medio de santuarios tipo Lourdes, la jerarquía católica, que tanto se preocupa de toda la liturgia teatral de Lourdes o de Fátima, haría bien en preocuparse por construir los correspondientes santuarios a María en diversos lugares estratégicos para que los africanos se acercasen a ellos a fin de pedir y obtener de ella aquellos milagros que solucionasen sus problemas, pues no parece especialmente justo ni misericordioso que “la madre de Dios” sólo se acuerde de los ricos del “primer mundo” y se olvide de quienes viven en la miseria y mueren de hambre cada día.
Pero lo más probable es que María no sea responsable de nada de lo que pasa ni de lo que deja de pasar. Lo más probable es que, si la jerarquía católica no construye santuarios milagreros en esos lugares de África, es precisamente porque, al encontrarse una gran parte de ese pueblo en la más absoluta miseria, sabe que, además de que el cuento de los milagros es sólo eso, su inversión económica en tales lugares no le iba a ser precisamente rentable, pues, en cuanto muchos pueblos de África mueren de hambre, difícilmente iban a tener dinero para peregrinar y gastarlo en los santuarios que se instalasen en aquellas tierras.
En segundo lugar y en relación con el dogma de la “asunción de María”, hay que decir que implica igualmente una contradicción por lo que se refiere al amor infinito de Dios al conjunto de la humanidad, pues, si la concesión de tal gracia a María era mejor que su resurrección futura –como dicen que nos sucederá al resto de los mortales-, en tal caso es incompatible con su amor infinito que no concediera esa gracia al resto de los humanos, ya que un amor infinito no admite grados y, por ello, sería absurdo decir que el amor infinito de Dios a María era más infinito que su amor al resto de los mortales y que por eso le concedió una gracia que no quiso concedernos a nosotros.
Es incomprensible, por otra parte, que una doctrina tan extraordinaria como ésta haya permanecido desconocida para el conjunto de cristianos que vivieron y murieron antes del año 1950, año en el que el señor Pacelli la presentó a sus fieles, de manera que sólo nosotros, quienes estamos viviendo después de ese año, hemos tenido el privilegio de conocerla para nuestra alegría y tranquilidad espiritual. Y resulta ciertamente sospechoso que hayan tenido que pasar más de 1900 años de cristianismo para que el Espíritu Santo se haya decidido a comunicar a los creyentes una doctrina de ese calibre.

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