miércoles, 5 de noviembre de 2008

CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(VIII)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía

8. La contradicción acerca de la existencia en Dios de un amor infinito a sus criaturas junto con el castigo infinito y absurdo al que ya estaría condenado Lucifer y el resto de sus ángeles.
CRÍTICA en forma de diálogo imaginario entre Dios y Luzbel:
Paseaba Dios un día por los jardines del Edén, cuando de pronto oyó una voz que le decía:
-Buenos días, Dios. ¿Qué haces por aquí?
- ¡¿Y tú?! ¡¿Qué haces tú por aquí?! ¡¿Quién te ha dado permiso para estar en este lugar y para hablarme con ese atrevimiento?!
-¡Carajo! ¡Como si no nos conociéramos! ¡Ah, sí! Se me olvidaba de que presumes de ser Dios y de que te gusta mantener las distancias.
-¡Pues claro! ¡A ver que te has creído! Además, ¡que te tengo muy visto y no hay forma de que cambies!
-¡Vale, vale! ¡Parece como si estuvieras enfadado!
-¿Enfadado yo? ¡Que te crees tú eso! ¡Qué más quisieras! Lo único que pasa es que empiezo a cansarme de ti.
-Ése es tu problema. Yo no te pedí que me creases. Y la verdad es que no entiendo que, ¡con tu gran sabiduría!, me creases para enviarme al Infierno. ¡Y, encima, para siempre!
-¡Cuidado! ¡No vengas echándome las culpas! ¡Tú te rebelaste contra mí y ahora pagas las consecuencias!
-Pero, ¡¿no te parece que exageras?! Yo lo único que pretendí fue ser lo que tú eres. No veo qué delito hay en eso, pues todos dicen que Dios es lo mejor que se puede ser.
-Sí, pero tú sabías que Dios sólo puede haber uno y ése era yo
-Pues, ya te lo he dicho: Sentía curiosidad por saber que se siente siendo Dios. Además, si tu hijo dijo “¡sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” ( )!, ¿qué tiene de malo que yo haya querido ser perfecto como tú? Y, además, ¿qué méritos hiciste tú para ser Dios?
-¡Mucho cuidado con lo que dices, que lo vas a pagar muy caro!
-¿Aún te parece poco caro, si ya estoy en el Infierno?
-¿Que ya estás en el Infierno? Pues la cosa todavía puede ser peor. ¡Dame las gracias de que te consiento salir a pasearte por la Tierra e incluso encontrarte conmigo! ¡O con mi última creación, esos seres humanos, que casi me han salido tan mal como tú!
-¿Darte las gracias yo? ¿No te parece que te estás pasando? Encima de que me tienes condenado, ¡quieres que te dé las gracias! ¡Qué cinismo!
-¡Cuidado con ese lenguaje, que vas a agotar mi paciencia!
-Pues, ¡vaya paciencia la tuya! Y eso que dicen que es inagotable.
-Bueno, es un decir. Mi perfección es muy grande, pero, como ya somos viejos conocidos, te contaré un pequeño secreto: Hay ocasiones en que no consigo permanecer inmutable, a pesar de lo que digan mis teólogos terrenales.
-¡Vaya cuentos me cuentas ahora! ¡Como si no lo supiera! ¡A ver, si no, por qué estoy yo aquí! Pero, ahora que lo pienso, me parece que eso de que pierdas los nervios no es propio de un Dios. ¿Tengo razón o no?
-Pues, para ser sincero contigo debo decirte que también yo lo había pensado, hasta el punto de que he llegado a dudar de mi perfección.
-Pues, ¡piensa, piensa! ¡Que ya va siendo hora de que te bajes de tu pedestal, tan lleno de orgullo, y comiences a ser más humilde, que todos tenemos defectos y también tú!
-La verdad es que esto de ser Dios a veces me resulta aburrido. No me gusta ser tan frío ni tan “inmutable” como debería ser de acuerdo con mi perfección.
-¿Sabes que te digo? ¡Que me parece muy bien! A mi tampoco me gustaba eso de ser un ángel tan sumiso y por eso me rebelé.
-Creo que te comprendo.
-¡Pues no lo parece! ¡Si eres Dios, tú ya sabías que yo iba a intentar lo que intenté y, sin embargo, dejaste que sucediera esa comedia y luego me enviaste al Infierno! ¡¿No crees que la broma dura ya demasiado tiempo?!
-Te comprendo, pero, como Dios que soy, no me gusta cambiar mis decisiones y que luego me critiquen por ser tan voluble.
-Lo que dices es impropio de ti. ¡¿No te da vergüenza estar pendiente de las opiniones ajenas, cuando te consideras el más sabio?!
-¡Ya lo sé! Pero, ¿qué quieres que haga?
-¡Joder! ¿A ti que te parece? ¡Pues que me saques de ese maldito Infierno de una puñetera vez! ¿No te parece un acto de sadismo infinito tenerme ahí castigado por toda la eternidad? ¿A quién beneficia eso?
-¡Menos humos, Luzbel, aunque vengas del Infierno!
-¡¿Menos humos…?! ¡¡Vergüenza debería darte ser tan vengativo!!
-No se trata de venganza; es el castigo que te mereces por tu desobediencia.
-¡¿Qué castigo ni que cuentos?! ¡Tú lo que eres es un mal nacido!
-Ahí sí que te equivocas, pues para ser un mal nacido hace falta haber nacido, pero yo soy eterno.
-¡No vayas presumiendo tanto, que eso habría que verlo!
-Bueno, me estoy cansando de esta conversación y de tu mala educación.
-¡Y yo de tus mentiras! ¡Tanto presumir diciendo “mi amor es infinito”!
-¿Acaso no envié a mi hijo para salvar a los hombres?
-¡Vaya absurdo! Pero ¿cómo puedes vanagloriarte de eso? ¿Es posible que no te hayas dado cuenta de que no necesitabas enviar a tu hijo para nada?
-¡Qué sabrás tú de mis proyectos y de mis caminos!
-¡Ah, sí! ¡Ya he oído esa tontería de que “los caminos de la Providencia son inescrutables”!
-¡No es ninguna tontería! ¡Y no me hagas hablar más de la cuenta!
-¿Qué no te haga hablar? ¡A mi no me la pegas tú! Nos conocemos hace ya demasiado tiempo. ¡Sabes perfectamente que esa representación teatral fue un montaje absurdo!
-¿Por qué dices que fue absurdo?
-¡¿Pero acaso eres tonto?!
-¡Cuida ese lenguaje, si no quieres que…!
-Si no quiero ¿qué…? ¿Qué más puedes hacerme? ¿Añadir leña al fuego? ¡Estoy acostumbrado! Además, sólo quería decirte que eso de enviar a tu hijo para que muriese en una cruz fue una tontería,…un montaje teatral ridículo.
-¡¿Qué sabrás tú?!
-Pues sí. Te comportaste como esos tiranos terrenales que exigen sacrificios para perdonar. Y encima no te conformaste con una sencilla petición de perdón, no. ¡Querías un sacrificio digno de ti, el sacrificio de tu hijo hecho hombre! ¡Patético!
-¡Me habían desobedecido!
-¡¿Quién te había desobedecido?! Sólo Adán y Eva. ¿Qué tenían que ver los demás?
-¡Eran sus hijos!
-Y, claro está: Los hijos son culpables de lo que hacen sus padres. ¡¿No te fastidia?!
-No sé. Tal vez me precipité. Cuando uno es Dios, no tiene al lado a nadie que le aconseje.
-¡Pues podías haberme consultado a mí! Hasta los humanos dicen que “sabe más el diablo por viejo que por diablo”.
-¿Qué podrías haberme dicho que yo no supiera?
-Pues muy sencillo: Que tu venganza y tus castigos eran contradictorios con tu fama de misericordioso. Además y entre nosotros, ¡cómo les tomaste el pelo con la comedia de tu hijo sufriendo en la cruz! Has creado a los humanos tan cortitos de inteligencia que ni siquiera son capaces de entender que, por definición, la perfección de un Dios, tanto si lo llaman “Padre” como “Hijo” o como si lo quieren llamar “Espíritu Santo”, es incompatible con el sufrimiento. Así que esa comedia tuya, tomando la apariencia del que luego han llamado “tu Hijo”, te salió bien, pero realmente es una comedia estúpida, pues, si querías ser infinitamente misericordioso, tus castigos no tenían ningún sentido. Debías haber comprendido y haber perdonado a esos seres inconscientes que son los hombres... y también a mí mismo.
-¡Ah, ya se descubrió el pastel! ¡Por eso estás insistiendo en eso de la misericordia! ¡Tú lo que quieres es que te permita salir del Infierno y regresar al Cielo! Y en cuanto a lo de mi Hijo, procura no meterte en mis asuntos si no quieres que te encierre en el Infierno y te prohíba salir durante un millón de años, que siempre vas metiendo tu veneno para hacer que los hombres piensen, en lugar de someterse y creer en mi palabra.
-No te digo que no, pero, al margen de mi interés personal, no me negarás que lo que te digo tiene mucha más lógica que lo que tú has hecho.
-¡Qué sabrás tú de Lógica!
-¡Pues sí, he aprendido mucha a lo largo de los últimos siglos! ¡Y te digo que existe una contradicción total entre tu supuesta misericordia y el castigo eterno del Infierno, que sólo sirve para causar daño sin que ese daño tenga ninguna utilidad posterior positiva!
-¿Tú crees?
-¿Cómo puedes dudarlo? ¡Piensa un poco, que parece que tanta eternidad sólo te haya servido para atrofiarte la inteligencia!
-¡Por favor, no empieces otra vez con ataques personales!
-Te lo diré por última vez: ¡¿No entiendes que tu supuesta misericordia y amor infinitos son incompatibles con un castigo eterno como ese del Infierno?! ¡¿Qué padre condenaría a un hijo a tenerle alejado para siempre en medio de horribles sufrimientos que no sirvieran para mejorarle ni para nada?! ¡¿Es posible que no lo entiendas?!
-¡Ay, Luzbel! Casi consigues que me sienta culpable.
-¡Pues reconsidera tu actitud! Todos podemos equivocarnos, incluso tú, aunque seas Dios. Quizá la adoración de tanta gente a lo largo de tantos milenios se te ha subido a la cabeza y te ha llevado a confiar excesivamente en tu sabiduría. ¡Pero sabes que tengo razón! Llevo ya mucho tiempo sufriendo y asándome por una decisión tuya desproporcionada y vengativa. ¡No seas tan orgulloso y comprende que ese castigo es absurdo y sólo propio de tiranos psicópatas, como aquel humano al que llamaban Calígula! Además, tu propio “Hijo” iba predicando por ahí que había que amar a los enemigos… ¿Cómo se come eso con tu actitud? ¿Dónde está tu amor por mí, que soy tu supuesto “enemigo” a quien también deberías amar?
-Llevo tanto tiempo ocupado con los desastres humanos que no me había detenido a reflexionar a fondo sobre ese problema, pero reconozco que en lo que dices parece haber bastante sentido común, así que por esta vez te haré caso y pensaré un poco en ello, aunque no te prometo nada por el momento.
-Bueno, llevo ya tanto tiempo de condena que me conformo con que pienses en lo que te he dicho y con que seas consecuente con la razón y no con el capricho de un tirano.
-Vale, Luzbel. Me voy a crear unas cuantas galaxias. Ya seguiremos hablando dentro de algunos siglos. Ahora sal fuera de mi jardín, al que, por cierto, has entrado sin mi permiso. Déjame tranquilo y vete ya al Infierno.
-¡Al Infierno te vas tú, hijoputa!

No hay comentarios: