viernes, 28 de noviembre de 2008

CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XXVI)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía

LA CONTRADICCIÓN DE LA JERARQUÍA CATÓLICA SEGÚN LA CUAL "SIN LA FE NO HAY SALVACIÓN", DOCTRINA QUE CONVIERTE EN INSUFICIENTE LA LLAMADA "REDENCIÓN".

La doctrina que exalta el valor de la fe como condición necesaria y suficiente para la salvación se remonta al pasado más remoto del Cristianismo, de forma que ya en el evangelio de Juan se afirma:
“...es necesario que sea puesto en alto el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él alcance la vida eterna. Porque así amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo Unigénito, a fin de que todo el que crea en él no perezca, sino alcance la vida eterna” ( ),
y
“en verdad, en verdad os digo, el que escucha mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no incurre en sentencia de condenación, sino que ha pasado de la muerte a la vida” ( );
Del mismo modo Pablo de Tarso en su Epístola a los Romanos defiende esta misma doctrina cuando indica que “sin la fe no hay salvación” ( ), o cuando dice “si confesares con tu boca a Jesús por Señor y creyeres en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo” ( ).
CRÍTICA: Respecto a estas palabras, comparándolas con los planteamientos de la posterior “Teología” ( ) católica, tiene interés reflejar la contradicción de que mientras Pablo de Tarso y quienes escribieron los evangelios presentan la fe como una opción personal libre a la que uno podría adherirse o alejarse voluntariamente, la postura oficial de la jerarquía católica considera de modo dogmático que la fe, como “virtud teologal”, es un don gratuito que Dios concede a quien quiere y que, por lo tanto, no depende de una opción personal libremente elegida.
Cuando se objeta a los defensores de esta interpretación que uno no es responsable de que Dios le haya concedido o no la fe, se le suele responder o bien que Dios da la fe a todos y que es responsabilidad de uno mismo el recibirla o rechazarla, o bien que, si no tiene fe, debe pedirla a Dios. Con primera respuesta consiguen intranquilizar a personas mentalmente débiles que fácilmente llegan a sentirse culpables de su falta de fe en lugar de tomar conciencia de que no tienen por qué asumir ni afirmar como verdad nada que no sepan que lo sea; y, con la segunda, consiguen convencer a personas igualmente manipulables y propensas al sentimiento de culpa, que tal vez no reparen en que para pedir la fe en Dios, antes haría falta creer en la existencia de ese Dios a quien habría que pedirle la fe, pero evidentemente en tal planteamiento existiría un círculo vicioso.
La otra perspectiva, en la que la fe se entiende como el resultado de una opción personal, está en contradicción con la doctrina de la jerarquía católica, que entiende la fe como un don del propio Dios, pero es la perspectiva defendida en los evangelios y de manera especial en las cartas de Pablo de Tarso, como puede comprobarse a través de los siguientes pasajes:
-“El que cree en él no será condenado; por el contrario, el que no cree en él, ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios” ( );
- “Convertíos y creed en el evangelio” ( )
- “Y el Señor dijo: -Si tuvierais fe, aunque sólo fuera como un grano de mostaza, diríais a esta morera: “Arráncate y trasplántate al mar”, y os obedecería” ( ).
- “Sabemos, sin embargo, que Dios salva al hombre, no por el cumplimiento de la ley, sino a través de la fe en Jesucristo. Así que nosotros hemos creído en Cristo Jesús para alcanzar la salvación por medio de esa fe en Cristo y no por el cumplimiento de la ley. En efecto, por el cumplimiento de la ley ningún hombre alcanzará la salvación” ( ).
Entre estas citas, aunque todas hacen hincapié en la idea de que la fe depende de una opción personal, tiene especial interés la de Pablo de Tarso en cuanto de manera explícita presenta la fe como un decisión personal, consecuencia de una capacidad de autoengaño inducido relacionado con una finalidad interesada y por ello de carácter no moral, como diría Kant, que guía a quien abraza la fe “para alcanzar la salvación por medio de esa fe en Cristo”. Evidentemente el punto de vista de Pablo de Tarso es un absurdo total al defender que el hecho de conseguir creer sea un mérito para la salvación o para cualquier otra cosa. Y el absurdo es mayor si cabe teniendo en cuenta que Pablo llega a decir que “por el cumplimiento de la ley ningún hombre alcanzará la salvación”, eliminando así la importancia moral de las acciones para concederla en exclusiva a la inmoralidad de esa fe que se opone a la veracidad.
Decir, como Pablo, que “si Cristo no ha resucitado, vuestra fe carece de sentido” ( ), nos llevaría a tener que demostrar que en efecto Cristo hubiera resucitado, afirmación que no tiene ninguna base histórica, pues la historia apenas no dice apenas nada de Jesús, hasta el punto de que en estos momentos sigue habiendo mucha gente que ni siquiera cree que Cristo haya existido. Pero además, mientras que sería una paradoja ridícula tener fe a partir del conocimiento de que Cristo hubiera resucitado, pues en tal caso la fe, que tanto defiende Pablo de Tarso, se fundamentaría en un conocimiento y dejaría de ser fe, sería igualmente absurdo que se aceptase la fe de un modo ciego e irracional como un mérito especial.
Por otra parte y en relación con esta cuestión podría plantearse un diálogo imaginario entre un ateo y un obispo respecto a cualquiera de los misterios que la jerarquía católica pretende que sean “creídos” por sus “fieles”. El obispo comenzaría su sermón diciendo:
“No trates de razonar sobre la predestinación divina porque es un misterio”.
El ateo podría responderle:
“Pero, si es un misterio, es decir, si se trata de algo que la razón no puede llegar a comprender, ¿podrías explicarme cómo has llegado tú a conocer que sea verdad?”
Y el diálogo podría continuar así:
-Para alcanzar esa serie de verdades deben cumplirse dos condiciones: La primera es la de que aceptes la fe, y la segunda, unida a la primera, es que aceptes que el Papa y resto de la jerarquía de la Iglesia Católica están inspirados por el Espíritu Santo cuando proclaman un dogma de fe.
-Pero, ¿cómo puede aceptarse como verdad una doctrina que no sólo resulta incomprensible sino que incluso va en contra de la razón?
-Ya te lo he dicho y, además, en eso consiste el mérito de la fe: En aceptar doctrinas que son incomprensibles para el ser humano y que humillan la soberbia de su racionalidad. Para pertenecer al número de “los escogidos” debes aprender a humillar la propia racionalidad como un instrumento que nada representa frente a ese don admirable de la fe, que Dios envía a todo aquel que se humille y reconozca la insignificancia de su razón frente al carácter inconmensurable de su ser infinito. En definitiva: Debes dejar paso a la fe.
-Tus palabras suenan bien, pero me parecen asombrosos. Encuentro en ellas puntos oscuros que quisiera que me aclarases, si sabes cómo hacerlo. Me refiero, por ejemplo, a ese momento importante al que te refieres cuando hablas de la necesidad de dejar paso a la fe. El problema que veo consiste en lo siguiente: Si en principio con lo único con que contamos desde el punto de vista de la investigación de la verdad es la propia razón –además de la experiencia-, ¿qué argumento podrías darme para convencerme de que debo olvidarme de la razón para aceptar, por esa fe de que me hablas, la serie de doctrinas incomprensibles que presentas? ¿No te parece que, si no me das argumentos, no tengo por qué abandonar mi propia racionalidad, por muy insignificante que sea? ¿No te das cuenta de que incluso para abandonar la razón y sustituirla por la fe necesitaría tener una razón? ¿No te das cuenta de que para defender el valor de la fe deberías proporcionarme una razón y que, por ello, la misma fe estaría subordinada a esa misma razón, por lo que ésta seguiría teniendo un valor superior al de esa fe a la que tanto valor concedes?
-Mira: Si sigues por ese camino, no llegarás a ningún sitio. No tienes más opción que guiarte por la soberbia de tu racionalidad, tan insignificante y tan pobre, o acogerte a la seguridad y a la fuerza de esa gracia divina de la fe. No voy a discutir más contigo. Tienes dos opciones: la razón o la fe. Tú sabrás lo que haces.
-Te entiendo: La razón o la fe irracional, el dogmatismo y el fanatismo. Dirigir mi vida desde mi débil racionalidad o renunciar a esa pequeña luz para dejar que tú y tu gente la dirijáis con vuestras consignas, misterios, dogmas, mitos absurdos y prejuicios. Pues todo eso que encerráis en el terreno de la fe, todo eso a lo que llamáis “misterio” es lo que en Lógica llamamos “contradicción”. Y pretender que aceptemos como verdad todas esas contradicciones es pretender que renunciemos a nuestra razón para convertirnos en borregos a vuestras órdenes, dispuestos a comulgar con ruedas de molino.
-¡Nuestra palabra es la palabra de Dios! ¡Allá tú y tu soberbia racionalista si no quieres escucharla!
-¡Bueno, bueno, no nos enfademos! Vive como mejor te plazca, pero déjanos a los demás hacer lo mismo y no pretendas imponerme vuestras incoherentes creencias, pues es absurdo que pretendáis adoctrinarnos con ideas que ni vosotros mismos entendéis y que encima tengáis el cinismo de decir que el valor principal de la fe consiste precisamente en creer lo que no entendemos.
Por otra parte, en cuanto la fe se entienda como el resultado de una opción personal por la cual se asume como verdad una doctrina en relación con la cual no existe evidencia alguna en favor de que lo sea, desde una perspectiva como la de la misma moral cristiana tal opción estaría en contradicción con la veracidad y, por ello, desde la misma moral cristiana debería considerarse inmoral, en cuanto representa una actitud contraria a la veracidad, ya que mientras la veracidad consiste en aquella disposición por la que se intenta aceptar como verdad exclusivamente aquello que lo sea, la fe implica afirmar ciegamente como verdad algo que en realidad se desconoce que lo sea e incluso algo de lo que se sabe que es falso en cuanto se opone a la razón.
Desde este punto de vista, que es el que aparece en los evangelios y en los escritos de Pablo de Tarso, la creencia en los diversos dogmas y misterios afirmados por la jerarquía católica implicaría un desprecio de la veracidad, es decir, del octavo mandamiento de las tablas de Moisés: El mandamiento “no mentirás” es incompatible con una valoración positiva de la fe en cuanto ésta pretende que se acepten como verdad doctrinas cuya verdad se desconoce hasta el punto de que la misma jerarquía católica acepta que sobrepasan las posibilidades de la razón para comprenderlas.
Ante esta manera de entender la fe como una opción personal es conocida la famosa “apuesta de Pascal”, quien consideraba que ante la duda de si Dios existe o no, la apuesta no puede ser dudosa: Hay que apostar en favor de la existencia de Dios, es decir, hay que someterse a la fe en él, pues, si no existiera, nada se pierde con haber creído, mientras que, si existiera, se habrá ganado todo.
Pero esta famosa “apuesta” dice muy poco en favor de Pascal desde el punto de vista de su propia rectitud intelectual y desde el punto de vista de su concepto de esa divinidad en la que interesaba creer, pues muy triste sería que dicha divinidad tuviera que juzgar, salvar o condenar al hombre por el hecho de que renunciase o no a su propia racionalidad a la hora de aceptar o no doctrinas cuya verdad desconociese, como la de su propia existencia.
En relación con la actitud que deba mantenerse respecto a la fe en su relación con la veracidad tiene interés reflejar las palabras de B. Russell cuando señala la actitud que conviene adoptar en cuanto se desee mantener el rigor intelectual:
“el verdadero precepto de la veracidad [...] es el siguiente: ‘Debemos dar a toda proposición que consideramos [...] el grado de crédito que esté justificado por la probabilidad que procede de las pruebas que conocemos’” ( ).
Sin embargo, el objetivo que pretende conseguir la jerarquía católica con sus supuestas “verdades de fe” es el siguiente:
1) Presentarse a sí misma como portadora de un mensaje misterioso, pero necesario para la obtención de la “eterna salvación”.
2) Aparentar ante la gente que ella está en contacto directo o indirecto con un Dios que le informa de sus mensajes y doctrinas para que las predique a los hombres;
3) Protegerse a sí misma de cualquier crítica contraria a los contenidos doctrinales que pretende imponer, a partir de una supuesta autoridad sobre los “fieles” de su iglesia, pues, cuando tales contenidos puedan ser racionalmente criticables, la mejor forma de mantener su autoridad acerca de su valor es recurrir a la autoridad divina, de la que supuestamente ellos serían los “embajadores” y “pontífices”, es decir, “hacedores de puentes”, entre su Dios y el resto de los mortales, como si Dios –en el caso de que hubiera existido-, no hubiera podido comunicarse directamente con cada uno de los seres humanos.
Por otra parte, esta jerarquía, si más adelante advierte que le conviene corregir alguna doctrina en cuanto la Ciencia haya puesto de manifiesto su falsedad, en tal caso y a fin de no perder clientela tratará de amoldarse a las evidencias científicas, considerando, para no perder autoridad entre sus fieles, que determinada doctrina bíblica se habían interpretado mal, o que se trataba de una metáfora, o mediante cualquier otra explicación que le permita seguir afirmando dogmáticamente lo que le convenga, sin que la Ciencia o la razón puedan quitarle autoridad, tal como sucedió en el caso de la defensa del heliocentrismo por parte de Galileo en el siglo XVII o como en el caso de Darwin en el XIX.
En definitiva, ¿qué autoridad podría tener la jerarquía católica para exigir que se tuviera fe en sus palabras y en sus absurdos dogmas?, ¿qué argumento podrían presentar que tuviera más valor que el que nos ofrecen los judíos o los musulmanes o los partidarios de muchas otras religiones?
En cuanto la fe y la religión en general van ligados al fanatismo y a la intolerancia, habría que concienciar a la sociedad de la conveniencia de desenmascarar a quienes, después de tantos siglos de fraudes y de asesinatos, todavía pretenden seguir manipulando a niños y jóvenes para reemplazar con ellos a quienes, gracias a la cultura y a la racionalidad, han conseguido escapar de sus garras.

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