jueves, 30 de octubre de 2008

CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(V)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
5. La contradicción de un Dios considerado a un tiempo como amor infinito y como causa del sufrimiento absurdo del ser humano y de los demás seres vivos.
CRÍTICA: En cuanto el concepto de pecado es absurdo y en cuanto la idea de purificación por medio del sufrimiento es sólo una manifestación de la antigua Ley del Talión –“ojo por ojo y diente por diente”-, reflejo de la valoración primitiva de la venganza irracional como una forma de justicia, tal creencia es sólo una muestra de sadismo y, por ello, una doctrina absurda.
El sufrimiento humano sería contradictorio con el supuesto amor infinito divino y con su omnipotencia y, por ello, en cuanto tal sufrimiento es real, ello demuestra que ese supuesto Dios de amor y de poder infinitos no existe. En efecto, partiendo del supuesto de que el concepto de Dios de la secta católica incluye las cualidades de la omnipotencia y de la bondad infinita, existe un argumento, cuyas premisas concluyen de manera necesaria en la negación de la existencia de dicho ser, un ser que reuniese a la vez en su esencia esas dos cualidades. Se trata del argumento que toma como premisa fundamental la de la existencia del sufrimiento. En los últimos tiempos se lo sigue considerando por parte de diversos pensadores como un argumento concluyente en contra de la existencia de Dios y, en efecto, lo es. Así, por ejemplo, B. Russell lo defendió del siguiente modo:
"El mundo, según se nos dice, fue creado por un dios que es a la vez bueno y omnipotente. Antes de crear el mundo, previó todo el dolor y la miseria que iba a contener; por lo tanto, es responsable de ellos. Es inútil argüir que el dolor del mundo se debe al pecado. En primer lugar eso no es cierto; el pecado no produce el desbordamiento de los ríos ni las erupciones de los volcanes. Pero aunque esto fuera verdad, no serviría de nada. Si yo fuera a engendrar un hijo sabiendo que iba a ser un maniático homicida, sería responsable de sus crímenes. Si Dios sabía de antemano los crímenes que el hombre iba a cometer, era claramente responsable de todas las consecuencias de esos pecados cuando decidió crear al hombre. El argumento cristiano usual es que el sufrimiento del mundo es una purificación del pecado, y, por lo tanto, una cosa buena. Este argumento es, claro está, sólo una racionalización del sadismo; pero en todo caso es un argumento pobre. Yo invitaría a cualquier cristiano a que se acompañase a la sala de niños de un hospital, a que presenciase los sufrimientos que padecen allí, y luego a insistir en la afirmación de que esos niños están tan moralmente abandonados que merecen lo que sufren. Con el fin de afirmar esto, un hombre tiene que destruir en él todo sentimiento de piedad y compasión. Tiene, en resumen, que hacerse tan cruel como el Dios en quien cree. Ningún hombre que cree que los sufrimientos de este mundo son por nuestro bien, puede mantener intactos sus valores éticos, ya que siempre está tratando de hallar excusas para el dolor y la miseria" ( ).
A continuación se expone y comenta con detenimiento este argumento y cada una de sus premisas para evitar que su sencillez sea confundida con superficialidad de manera que se pueda calibrar mejor su alcance. Se presentarán para ello las objeciones y las respuestas que pueden tener cierto interés.
El argumento en cuestión puede plantearse de un modo estrictamente lógico adoptando la forma siguiente:
Primera premisa: Si existe un ser omnipotente, infinitamente bueno y creador de todo, entonces todo lo que existe es bueno.
Segunda premisa: Si existe el sufrimiento, entonces no todo lo que existe es bueno.
Tercera premisa: El sufrimiento existe.
Conclusión: No existe un ser omnipotente, infinitamente bueno y creador de todo.
La conclusión deriva de las premisas de manera absolutamente necesaria de acuerdo con las reglas de la Lógica. Por ello, lo que quedaría por analizar es sólo si todas y cada una de sus premisas son verdaderas, en cuyo cayo la conclusión sería tan verdadera como las premisas de que deriva.
Pasemos a continuación al análisis de las objeciones que podrían ponerse a tales premisas y a las respuestas correspondientes:
A la primera premisa se le podrían presentar las siguientes objeciones:
La primera podría consistir en afirmar que efectivamente Dios lo hizo todo bueno, pero que fue el hombre quien introdujo el mal. Tal introducción del mal, según la Secta Católica, habría venido como consecuencia del "pecado original".
Pero, aunque esta doctrina pudo ser una respuesta para la humanidad de hace 3.000 años ante la contemplación del dolor, de las catástrofes naturales y de la muerte, es absurda por muy diversos motivos, entre los cuales se encuentra la simple consideración de lo injusto que sería que el castigo relacionado con el supuesto "pecado" cometido por Adán y Eva tuviese repercusiones en el resto de la humanidad, siendo una de ellas la serie de sufrimientos que padecen tanto los seres humanos como el resto de seres vivos.
Además hay muchos males que no provienen del hombre (terremotos, enfermedades, sequías, inundaciones, agresividad innata de muchos seres vivos, conformación biológica de aquellos seres vivos que necesitan alimentarse de otros seres vivos a quienes causan sufrimientos, etc.). En este sentido conviene remarcar la serie de males cuyo origen no se encuentra en el hombre sino en las adversidades de la naturaleza, que provoca el sufrimiento de los niños y el de muchos otros seres vivos, ajenos indiscutiblemente a cualquier culpabilidad que les hiciera merecedores de los males que padecen, y cuyo único delito -como diría Calderón- es el de haber nacido.
Como objeción a estas consideraciones se podría caer en la ingenuidad de pretender explicar el mal a partir de la Naturaleza, suponiendo que de esta forma Dios quedaría al margen de las diversas calamidades y sufrimientos que rodean la existencia de los seres vivos. Pero, como en el caso de la réplica anterior, es evidente que, si la naturaleza produce el mal, en tal caso la naturaleza será mala, y, en consecuencia, de la misma manera que se considera responsable de un asesinato a la persona que disparó y no a la bala que hirió a la víctima, igualmente habría que entender la relación entre Dios, la naturaleza y el mal, considerando a Dios como causa del mal, y a la naturaleza como un simple instrumento para su manifestación.
Por otra parte, aunque esta respuesta por sí sola sería ya suficiente para refutar el valor de la anterior objeción, puesto que con sólo la presencia de una mínima porción de mal no causada por el hombre el argumento conserva toda su validez, hay que señalar que si el hombre fuera causa parcial del mal, ello implicaría que el hombre, supuestamente creado por Dios, no sería bueno, ya que el modo de ser de cada cosa se conoce por sus manifestaciones y por sus obras ("operari sequitur esse"), con lo que el problema volvería a plantearse referido en este caso a la naturaleza humana.
Otra objeción que suele presentarse es la de que el mal resulta inevitable, ya que sin él no se podría tener conocimiento del bien ni gozar de él. Ya los estoicos se habían servido de esta explicación. Sin embargo, su valor es claramente nulo, puesto que quienes la presentan parecen olvidar que en la argumentación inicial se hablaba de un ser omnipotente, y la omnipotencia implica la capacidad de hacer todo aquello que no sea contradictorio, pero, evidentemente, no existe contradicción alguna en la idea de un mundo absolutamente bueno en el que la felicidad no vaya acompañada de ningún tipo de sufrimiento ( ). Llegado a este punto y a fin de explicar la presencia del mal sin tener que negar la existencia de Dios, algunos han terminado por concluir que junto a Dios, como ser infinitamente bueno, existiría un ser poderoso causante del mal. Tenemos un ejemplo de los planteamientos que van por esta línea en la antigua religión persa de Zaratustra (s. VII a. C.), en la que Ormuz representaría el Dios benéfico y Ahrimán el Dios maléfico, que al final de los tiempos sería definitivamente derrotado. Sin embargo, en estos casos se olvida que la omnipotencia de Dios podría impedir la existencia de esa fuerza del mal, mientras que su bondad infinita le llevaría efectivamente a impedirla, sin necesidad de una lucha tan larga y difícil.
Por lo que se refiere a la segunda premisa, una de las objeciones que se le hacen consiste en indicar que quizás el sufrimiento podría ser bueno, al menos en un sentido semejante a aquel en que lo es una intervención quirúrgica, la cual, aunque resulte dolorosa, es causa muchas veces del bien de la curación. La réplica a esta objeción comienza por diferenciar el dolor en sí mismo de aquello a lo que puede conducir. Pero es evidente que si se pudiera producir una curación de forma inmediata, sin pasar por una fase de dolor, encontraríamos absurdo pasar por ella; y, si Dios existiera como ser omnipotente e infinitamente bueno, no sólo podría evitar el dolor de la intervención quirúrgica, sino también el de la enfermedad que hizo necesaria dicha intervención.
Por otra parte, ante la imposibilidad de negar la existencia del sufrimiento y su incompatibilidad con Dios, en cuanto el sufrimiento sería un mal, algunos han llegado a considerar que el sufrimiento podría ser bueno, pero este absurdo se elimina fácilmente a partir de la consideración de que si el sufrimiento fuera bueno, no tendría ningún sentido el mandamiento de no matar, ni tampoco el interés por remediar el hambre y el sufrimiento de la humanidad, ni el interés por eliminar las guerras y las torturas más refinadas e incluso habría que suprimir la práctica de la medicina.
Una nueva objeción que suele utilizarse a veces es la de que el hombre no esta capacitado para comprender en qué consiste la bondad de Dios, y que el propio sufrimiento podría ser bueno en algún sentido oculto para nosotros, pero compatible con esa forma especial de la bondad divina. La réplica a esta objeción consiste en señalar que referirse a la bondad de Dios como a algo ajeno a las posibilidades humanas de comprensión es utilizar palabras vacías e inútiles. Pues, si decimos que Dios es "bueno" y, a continuación, "aclaramos" (?) que "bueno" no significa lo que todo el mundo piensa que significa, y no explicamos qué es lo que pretendemos decir con esa palabra, en ese caso estaremos perdiendo el tiempo y haciéndolo perder a quienes nos escuchan. Recordemos, en este sentido, que el lenguaje es un producto humano y que el significado de las palabras no es algo que haya que esperar descubrirlo como si de un misterio se tratara, sino que somos los hombres quienes se lo hemos asignado a lo largo de nuestra evolución histórica y cultural.
Por lo que se refiere a la tercera premisa, es totalmente superfluo discutirla, pues todos tenemos a diario nuestras propias experiencias a este respecto. Reparemos además en que, si sabemos de qué estamos hablando cuando nos referimos al sufrimiento, es sólo por el hecho de haberlo experimentado; de lo contrario, nos pasaría como al ciego de nacimiento, que por no haber experimentado nunca el color es incapaz de hacerse una idea adecuada de él.
La conclusión que deriva de estas tres premisas es, como ya sabemos, que no puede existir un ser que reúna al mismo tiempo las cualidades de la omnipotencia y de la infinita bondad, o, lo que es lo mismo, que o bien Dios quiso pero no pudo hacer un mundo sin sufrimiento y, en tal caso, no sería omnipotente, o bien pudo pero no quiso y, en tal caso, no sería infinitamente bueno. Si, por otra parte, llegamos a considerar que el concepto de Dios sólo puede aplicarse a una realidad absolutamente perfecta, y consideramos además que el poder y la bondad deberían ser constituyentes de dicha perfección, en tal caso la conclusión evidente de todas estas consideraciones es la de que Dios no existe, conclusión a la que se llega igualmente por muchas otras consideraciones que seguiremos viendo.

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