lunes, 10 de noviembre de 2008

CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(X)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía

10. La contradicción del dogma de la Trinidad, es decir, del dogma según el cual la jerarquía de la organización católica afirma que existe un solo Dios, pero a la vez defiende que “el Padre” es Dios, “el Hijo” es Dios y “el Espíritu Santo” es Dios, y afirma igualmente que “el Padre”, “el Hijo” y “el Espíritu Santo” son iguales y realmente distintos.
CRÍTICA: Se trata de una serie de absurdas contradicciones en cuanto es evidente que, si se afirma que sólo hay un Dios y luego se dice que, siendo distintos el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, los tres son dioses, se estará afirmando la contradicción de que Dios es uno y no es uno -en cuanto cada una de esas tres personas sea Dios-.
La contradicción se multiplica cuando se afirma que Padre, Hijo y Espíritu Santo sean iguales y realmente distintos, lo cual equivale a decir que son iguales y no son iguales. Mayor contradicción y más clara, imposible.
¿Cómo se defienden los agentes del Vaticano de esta serie de sandeces cuya verdad o falsedad ni siquiera tiene repercusión alguna en la vida de nadie? ¿En qué iba a cambiar nuestra vida por aceptar esa serie de doctrinas acerca de Dios que nada nos dicen en la misma medida en que o bien resultan incomprensibles o bien llegan a ser incluso contrarias a la razón? Ante esta situación de perplejidad por la contradicción de sus doctrinas y su insistencia de que debemos aceptarlas, a pesar de lo que diga la Filosofía, La Ciencia o el simple sentido común, la jerarquía católica insiste en decir que:
-¡Se trata de un “misterio” y, al igual que los demás misterios, hay que “creer” en su verdad, aunque la razón no alcance a comprenderlo!
-Pero, si es un misterio, es decir, si se trata de algo que la razón no puede llegar a comprender, ¿podríais explicarme cómo habéis llegado vosotros a conocer su supuesta verdad?
-¿Para qué te crees que está la fe? La fe la da Dios y su valor es infinitamente superior al de la razón y, además, como ya decía “San Agustín”, “nisis credideritis non intelligetis”, o, dicho en castellano, “si no creéis, no entenderéis”.
-Pero, ¿cómo puede aceptarse como verdad una doctrina que no sólo resulta incomprensible sino que incluso va en contra de la propia razón?
-Ya te lo hemos dicho y, además, en eso consiste el mérito de la fe: En aceptar doctrinas que son incomprensibles para el ser humano y que humillan la soberbia de su racionalidad. Sí, para pertenecer al número de los escogidos hay que aprender a humillar la propia racionalidad como un instrumento maligno que nada representa frente a ese don formidable de la fe, que Dios envía a todo aquel que se humille y reconozca la insignificancia de su razón frente al carácter inconmensurable e inabarcable de su sabiduría infinita y de la fe que el concede a quien quiera recibirla.
-Vuestras palabras suenan bien y parecen impactantes. Sin embargo, sigo encontrando en ellas un punto oscuro que quisiera que me aclaraseis, si sabéis cómo hacerlo. Me refiero precisamente a ese paso importante al que os referís cuando habláis de la necesidad de abandonar la racionalidad para dejar paso a la fe. El problema que veo consiste en lo siguiente: Si en principio con lo único con que contamos desde el punto de vista de la investigación de la verdad es la propia razón –además de la experiencia-, ¿qué argumento podrías darme para convencerme de que debo olvidarme de esa razón para aceptar de modo irracional, mediante esa fe de que me habláis, la serie de doctrinas que presentáis, contrarias a la razón? ¿No os parece que, si no me dais al menos un argumento sólido, no tendría sentido que abandonase mi propia racionalidad, por muy insignificante que pudiera ser? ¿No os dais cuenta de que incluso para abandonar la razón necesitaría una razón? ¿No os das cuenta de que para pedirme que acepte la fe deberíais proporcionarme una razón y que, por ello, la misma fe estaría condicionada y, por lo tanto, subordinada a la misma razón? ¿No os das cuenta de que, por eso mismo, la razón seguiría seguir teniendo un valor superior al de la esa fe a la que tanto valor concedéis?
-Mira: No sigas por ese camino, no sigas por él, que de ese modo no llegarás a ningún sitio. No tienes más opción que seguir guiándote por la soberbia de esa racionalidad tuya, tan insignificante y tan pobre, o acogerte a la seguridad y a la fuerza de la gracia divina de la fe. No vamos a seguir discutiendo contigo. Tienes dos opciones: la razón o la fe. Tú sabrás lo que haces.
-Sí, la razón o el dogmatismo fanático e irracional. Sí, dirigir mi vida desde mi débil racionalidad o renunciar a esa pequeña luz para dejar que seáis vosotros quienes la dirijáis con vuestras consignas, misterios, dogmas, mitos absurdos, prejuicios y mentiras. Pues todo eso que vosotros colocáis en el terreno de la fe, todo eso a lo que llamáis “misterio” es lo que en Lógica nosotros llamamos “contradicción”. Y pretender que aceptemos como verdad toda esa serie de contradicciones es pretender que renunciemos a nuestra razón para convertirnos en serviles borregos a vuestro servicio, dispuestos a comulgar con ruedas de molino.
-¡Nuestra palabra es la palabra de Dios! ¡Allá tú y tu soberbia racionalista si no quieres escucharla!
-¡Bueno, bueno, no nos enfademos! Vivid como mejor os plazca, pero dejadnos a los demás hacer lo mismo y no os metáis en nuestra vida ni pretendáis imponer vuestras incoherentes doctrinas, pues es absurdo afirmar y negar a un tiempo una misma teoría, tal como hacéis vosotros.
Un diálogo como éste reflejaría adecuadamente la repuesta de la jerarquía católica a estas críticas. Su desprecio de la racionalidad humana pudo comprobarse nuevamente en la encíclica Fides el ratio de su jefe Karol Wojtyla, en la que criticó la filosofía cartesiana y la de la Ilustración del siglo XVIII, incluido el propio Kant, a pesar de que tanto Descartes como Kant creían en Dios,
En relación con este misterio tan misterioso de la “Trinidad”, dicen también los agentes del Vaticano que tanto el Padre, como el Hijo y el Espíritu Santo son eternos. Y aquí tenemos ¡un nuevo misterio! Pues si el Hijo nació de María, después de que ésta quedase embarazada por una gracia del Espíritu Santo, en tal caso parece evidente que el Hijo comenzó a existir hace alrededor de 2000 años, que es cuando se supone que nació ese hijo llamado Jesús. Y, si alguien replica que, aunque Jesús nació de María, de hecho ya existía eternamente y que María sólo sirvió para su “encarnación”, en tal caso, afirmar que María es la “madre de Dios” es una nueva superchería, contradictoria con la eternidad del propio Dios, eternidad no compartida por María, la hija de Joaquín y de Ana, a la cual, en consecuencia, sería el colmo del absurdo considerar como “madre de Dios”.
Para finalizar, hay que señalar la nueva contradicción en que incurre la jerarquía católica cuando defiende la doctrina de la simplicidad de Dios, en cuanto en él todas sus cualidades son formas diversas e inadecuadas que tenemos los humanos de aproximarnos a la comprensión de su ser, que en realidad no puede diferenciarse en ningún sentido en cuanto cada uno de tales aspectos por su misma diversidad tendría un grado mayor o menor de perfección. Pero, en contra de esta concepción unitaria y simple de la divinidad, la jerarquía católica afirma también que tal simplicidad de Dios es compatible con el dogma según el cual en Dios hay tres personas iguales y realmente distintas, lo cual, además de contradecir dicha simplicidad, representa una manera de intentar volvernos locos cuando nos invita a que aceptemos que lo igual y lo distinto son una misma cosa, ya que si esas tres personas son iguales, en tal caso no son tres sino una sola, mientras que, si son distintas, en tal caso no puede afirmarse la simplicidad de Dios sino su diversidad o carácter no simple en la misma medida en que Padre, Hijo y Espíritu Santo sean Dios y sean distintos entre sí.

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