martes, 11 de noviembre de 2008

CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XI)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía

11. La contradicción de la supuesta “Redención”, según la cual Jesús tuvo que sacrificarse en la cruz para “la salvación” de la humanidad, olvidando que, de acuerdo con su supuesta misericordia infinita, su perdón –en el caso de que hubiera tenido algo que perdonar- no requería de sacrifico alguno.
La jerarquía de católica afirma como dogma de fe que Adán y Eva, considerados en la Biblia como “nuestros primeros padres” [?], desobedecieron a Yahvé y que por ese motivo toda la Humanidad nace en pecado y seguiría en pecado si no hubiera sido porque, para librarnos de él, Dios mismo se hizo hombre en la figura de “Jesús” para ofrecerse al “Padre” como ofrenda en “sacrifico” para liberar a la Humanidad de aquel pecado de desobediencia. Tal ofrenda, dicen, se realizó mediante su sacrificio en la cruz, a la que Jesús, considerado por las sectas cristianas como hijo de Dios y como salvador del pecado, fue condenado.
CRÍTICA: Esta doctrina es tan absurda que lo más asombroso es que haya quien pueda creer en ella, pues tiene tantas contradicciones que resulta difícil elegir alguna por la cual comenzar la crítica.
En efecto, en ella se olvida que Dios, como consecuencia de su infinita misericordia, habría perdonado al hombre -si es que tenía algo que perdonarle- sin necesidad de sacrificio alguno, y se olvida igualmente que quienes nacieron después de Adán y Eva no tuvieron nada que ver con su supuesto pecado, por lo que tal doctrina no tiene sentido en cuanto implica el absurdo de considerar que Dios crea “en pecado” (?) el alma de cada uno de los seres humanos nacidos a partir de Adán y Eva, que habrían sido quienes, en el peor de los casos, lo habrían cometido -lo cual sería igualmente criticable en cuanto las decisiones y las acciones de Adán y Eva habrían sido programadas desde la eternidad por la predeterminación divina-.
El antropomorfismo de esta doctrina es patente en diversos aspectos. En primer lugar, en el hecho de que se considere que Dios mismo pueda tener un hijo, lo cual representa la proyección antropomórfica de las categorías biológicas de la paternidad y de la filiación al propio concepto de Dios, lo cual es un absurdo total.
En segundo lugar, en el hecho de que ese Hijo junto con el Espíritu Santo constituyan la “Santísima Trinidad”, una doctrina frecuente en diversas religiones del tiempo en que se formó la cristiana pero que nadie sabe qué papel cumple que no pudiera cumplir un Dios no fragmentado en “tres personas”, “iguales y realmente distintas”, misterio maravilloso y sublime, apto para llegar a conocer el alcance de la imbecilidad humana y de su capacidad para aceptar cualquier barbaridad con la que se le quiera adoctrinar.
Finalmente conviene tener en cuenta que ya antes de Jesús los profetas habían tratado de reconfortar al pueblo judío para que no desesperase por sus continuas situaciones de opresión y esclavitud por parte de otros pueblos, diciéndole que Yahvé les enviaría un “Mesías”, un libertador, un “salvador” que les conduciría a la libertad. Y, de este modo, el concepto de “salvador” no tuvo en un principio el sentido que luego adoptó en el Cristianismo como liberador de aquel supuesto “pecado original”, sino el de liberador del pueblo judío de las diversas “situaciones de opresión” en que estaba viviendo, la última de las cuales era la de su sometimiento al Imperio Romano. Aunque se sabe muy poco –o apenas nada- de Jesús desde un punto de vista rigurosamente histórico, podría ser que en un principio el pueblo judío hubiera visto en Jesús a uno de esos “mesías”, que tanto se mencionan en la obra de Flavio Josefo –historiador judío contemporáneo de Jesús-, que luego se sintiera traicionado por Jesús cuando se desmarcó de la acción política proclamando, por ejemplo, “mi reino no es de este mundo”, que finalmente el propio Judas, como miembro activo del grupo de los “zelotes”, le traicionase, que los romanos le condenasen a muerte por el delito de “sedición” y que a partir de su muerte el concepto de “salvador” dejase de ser interpretado en su sentido tradicional de “libertador político, militar y religioso” para adoptar el sentido exclusivo de “salvador religioso” en relación con aquel “pecado original” que, al parecer, había sido la causa de todos los males del pueblo de Israel y, por extensión, de los de toda la humanidad
Sin embargo y a pesar de su carácter tan irracional, nos encontramos ante una de las doctrinas centrales de esta “multinacional del espíritu”, la cual considera que Dios creó al hombre, que el hombre le desobedeció, que tal actitud determinó como consecuencia el “pecado original” con el que todo hombre nacería, que el perdón de este pecado sólo pudo realizarse mediante el sacrificio de Jesús, hijo de Dios, y que la salvación del hombre –que, por otra parte, sólo conseguirían “los escogidos”- tendría como condición el sacrificio de Jesús para conseguir el perdón de su padre –además de la predestinación divina-. Así se indica en diversos lugares del Nuevo Testamento. Pablo de Tarso escribe en este sentido: “…Dios nos ha mostrado su amor haciendo morir a Cristo por nosotros cuando aún éramos pecadores” ( ).
Esta doctrina tan absurda no parece provenir de otra fuente que la de la mentalidad de aquellas culturas antiguas en las que el daño cometido por determinada persona contra una autoridad implicaba un castigo que podía recaer no sólo en quien lo había realizado sino en toda su familia. Tal mentalidad es la que se proyecta en aquella leyenda bíblica en la que de manera especial en la última de las famosas plagas de Egipto, Yahvé ordenó la muerte de todos los primogénitos de los egipcios, los cuales no tenían nada que ver con el comportamiento de su faraón cuando trataba de impedir la liberación y marcha de los judíos a “la tierra prometida”.
También podría relacionarse con las venganzas de determinadas familias, que sólo culminan con el exterminio total de una de ellas por parte de la otra, o con actitudes como las de las distintas “familias” de la mafia. Así, en la película El padrino se observa cómo, al asesinar a determinado personaje, el asunto no acaba ahí sino que se procura culminar el asesinato, matando a todos los familiares y descendientes del asesinado para evitar que en el futuro intenten vengar su muerte, como sucede con “Vito Corleone”, que, en efecto, al conseguir en su infancia escapar de ser asesinado, más adelante mata al asesino de sus padres.
Una costumbre primitiva de esa clase es la que pudo haberse proyectado en la creación del mito de la trasmisión del pecado original y en la idea de la necesidad de un sacrificio especial, como el de la muerte del hijo de Dios hecho hombre para la consecución del perdón de toda la humanidad, como si la supuesta misericordia infinita de Dios no pudiese actuar directamente y sin necesidad de una víctima propiciatoria.
En cualquier caso, nos encontraríamos ante una actitud despótica, irracional e injusta. ¿Qué clase de justicia habría en la actitud de ese Dios? ¿Qué lógica habría en la aceptación de que la humanidad pudiera tener alguna culpa de los actos realizados por nuestros supuestos primeros padres? Agustín de Hipona, considerado “santo” por la jerarquía de esta organización, a fin de salvar esta dificultad insuperable consideró que los padres “transmitían” a sus hijos no sólo el cuerpo sino también un “alma en pecado”, pero la Jerarquía de esta organización no aceptó esta solución y afirmó, por el contrario, que Dios crea de la nada el alma de cada persona, la cual, en consecuencia, no sería heredada a partir de los padres. Pero, ¿sucede entonces que Dios crearía el alma en pecado? Sería igualmente absurdo.
Por otra parte, esta doctrina es igualmente contradictoria con las que hacen referencia al amor y a la misericordia infinitas de Dios. ¿Qué clase de amor sería la de quien fuera incapaz de perdonar a no ser mediante el sacrificio de un hombre que además fuera Dios, en cuanto no le sirviera ni su supuesto amor infinito ni una víctima cualquiera para enfriar su sed de venganza?
Los absurdos de estas doctrinas son tantos que su aceptación sólo resulta comprensible a partir de la libertad adoctrinadora que los diversos Estados han concedido a la jerarquía católica para inculcar tales estupideces en niños de cinco y seis años.

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