jueves, 20 de noviembre de 2008

CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XX)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
20. La contradicción del llamado “pecado original” con el que todos habríamos nacido, a pesar de considerar el pecado como una acción voluntaria en contra de la ley divina.
La jerarquía católica afirma como dogma de fe la existencia de un “pecado” cometido por Adán y Eva, que se transmite al resto de la humanidad con la excepción de María, la madre de Jesús.
CRÍTICA: Lo más probable es que la idea de una falta o de un pecado como ése se debiese al hecho que el pensamiento judío y cristiano se había preguntado por la causa de sus continuos padecimientos en la vida: Enfermedades, hambre, peligros, calor, frío, diluvios, muerte… El pensamiento de entonces, del mismo modo que había llevado a los hombres a una interpretación antropomórfica de toda esa serie de fenómenos, considerando que estaban provocados por seres invisibles dotados de poderes extraordinarios, igualmente debió de conducir al pueblo judío a pensar que el daño que sufrían se debía a alguna ofensa contra Yahvé y llegó a considerar que sólo mediante determinados rituales y sacrificios podría lograr aplacar su ira y conseguir su perdón.
La absurda doctrina de la jerarquía católica, que considera que el supuesto pecado original se trasmite de padres a hijos desde Adán, del cual descenderíamos todos, parece que fue desarrollada especialmente por Pablo de Tarso y que se fundamentó en la idea de que el delito de un hombre podía repercutir en un castigo para él y para toda su parentela, aunque ésta no hubiese cometido delito, ofensa o daño alguno. Un modo de pensar tan absurdo puede tener ya alguna base en la mentalidad de quienes escribieron la Biblia, en donde se cuenta, por ejemplo, que en la última de las famosas plagas de Egipto y a fin de lograr que el faraón permitiese la marcha de los judíos, Yahvé, de manera despótica y absurda, castigó a los egipcios con la muerte de todos sus primogénitos a fin de conseguir que su faraón permitiese la marcha de los judíos. ¿Qué delito habían cometido tales primogénitos para merecer aquella absurda represalia? Simplemente se cumplía a nivel de fábula bíblica lo que parecía ser habitual y natural en el contexto de aquella “cultura”.
El dogma del pecado original implica, en consecuencia, diversas contradicciones. Una de ellas consiste en el propio carácter absurdo y contradictorio de un pecado que se hereda: si el concepto de pecado hace referencia a una acción voluntariamente cometida en contra de supuestas leyes divinas, no tiene sentido la tesis de que el hombre nazca ya en pecado, pues antes de nacer no puede haber realizado acción alguna, ni voluntaria ni involuntaria, en contra de tales leyes. De hecho, el mismo Agustín de Hipona sólo pudo encontrar, como explicación de la “herencia” de ese pecado, una nueva doctrina tan absurda como la anterior, consistente en la teoría de que los hijos heredaban de los padres no sólo el cuerpo, sino también el alma (doctrina conocida con el nombre de “traducianismo”), ya que estando relacionado el pecado con una potencia del alma como sería la voluntad, si el hombre sólo heredase el cuerpo, Agustín de Hipona –“San Agustín”- no entendía qué lógica podía haber en la doctrina del pecado original, pues el cuerpo era sólo el instrumento del que se servía el alma para realizar aquellos actos que podían estar o no de acuerdo con la voluntad divina y, por lo tanto, no podía ser el origen del pecado, mientras que, por otra parte, si el alma era creada directamente por Dios para cada uno de los hombres que nacieron después de Adán y Eva, resultaba incomprensible y absurdo que Dios hubiese creado un alma en pecado.
Sin embargo, la jerarquía cristiana de la época no aceptó la tesis de Agustín, seguramente porque, al considerar el alma como una realidad espiritual, no podía aceptar que el alma espiritual se transmitiese de padres a hijos como consecuencia de una relación meramente física, pero, no encontrando ninguna explicación racional para esta doctrina, no tuvo ningún reparo en considerar el pecado original -¡y tan “original”!- como un dogma de fe, concepto con el que tratan de esconder y negar la serie de contradicciones en que van incurriendo a lo largo de su ya larga historia.
Pero, en segundo lugar, se plantea un nuevo problema cuando se considera que María nació sin pecado, lo cual es la demostración más evidente de que nacer en pecado no era necesario e inevitable. Habría sido incluso contradictorio con la omnipotencia de Dios negarle el poder de evitar que no sólo María sino el resto de la humanidad nacieran también sin pecado. ¿Por qué no lo evitó? ¿Habrá que pensar que era bueno que el hombre naciera en pecado? Pero, si era bueno, ¿por qué privó a María de ese “privilegio”? Y, si no era bueno, ¿por qué sólo utilizó su poder para librar del pecado a María y no al resto de la humanidad? Pues, si Dios ama al hombre con un amor infinito, no tiene sentido pensar que este poder se debilite a medida que lo utiliza. Y tampoco tiene sentido considerar que su amor sea “más infinito” para unos que para otros. Quizá, con ganas de decir estupideces, alguien pudiera decir que el pecado original era bueno a fin de que Dios manifestase su amor muriendo en la cruz, pero en tal caso la consideración del pecado como bueno sería contradictoria con la supuesta necesidad de la llamada “redención”. Además, habría sido un nuevo absurdo que el perdón a la humanidad se obtuviese por la mediación del sufrimiento y de la muerte injusta de alguien, tanto si se trataba de un hombre como si se trataba del mismo Dios en la cruz. Tal explicación sólo podría tener sentido en el contexto de una mentalidad sádica en la que las ofensas al rey o al faraón sólo se perdonaban con la muerte del ofensor o de algún familiar como su hijo -en este caso, el propio Dios convertido en hombre-, que pagaría por el delito de otro hombre. Por ello mismo, esta doctrina representaría además una aplicación de la ley del Talión (“ojo por ojo y diente por diente”) y, por ello, sería radicalmente absurda e incompatible con la constante referencia al perdón y a la misericordia infinitas de Dios, cuya aplicación debería ser gratuita precisamente por tratarse de la gracia de la misericordia y no el resultado de una “transacción” como la que podría expresar una frase como “tú me ofreces un sacrificio y, a cambio, yo te perdono”.
Por otra parte, el pecado original, considerado en sí mismo, plantea otros dos problemas que muestran igualmente su carácter absurdo:
En primer lugar, si, cuando –supuestamente- Dios creó a Adán, no hubo contrato alguno entre Dios y Adán que estableciese para Adán la obligación de obedecer los mandatos que Dios quisiera imponerle, es absurda la doctrina según la cual el hombre tuviera la obligación de obedecerle a partir del argumento erróneo de que, como Dios le había creado, tenía el derecho de exigirle su obediencia en aquello que quisiera mandarle, pues la supuesta creación de Dios no pudo haber sido precedida de un contrato previo entre Adán y Dios en el que se tratase de las condiciones de la creación del primero, ya que para realizar dicho pacto Adán debería haber existido previamente.
En segundo lugar, es igualmente absurdo que Dios impusiera a Adán y a Eva la prohibición de comer de aquel árbol cuando, a causa de su presciencia sabía de antemano que comerían de la manzana, y cuando además, como consecuencia de su omnipotencia, les había predeterminado para que lo hicieran. Así que de nuevo nos encontramos ante la idea antropomórfica de un Dios que, al igual que un niño que juega con sus muñecos, deja volar su fantasía e imagina luchas y aventuras entre ellos, aunque sigue siendo él quien actúa mientras que sus muñecos sólo “hacen” aquello que él quiere que “hagan”, del mismo modo sería Dios quien determinaría las acciones del hombre y el mismo sentimiento de cada uno de ser el autor de “sus” actos.

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