39. EUTANASIA
LA DOCTRINA DE LA JERARQUÍA CATÓLICA SEGÚN LA CUAL EL HOMBRE NO TIENE DERECHO A DECIDIR ACERCA DEL FIN DE SU PROPIA VIDA, AUNQUE ESTÁ DE ACUERDO CON LA PENA DE MUERTE, CON LA SANTIFICACIÓN DE GUERRAS Y CRUZADAS Y CON LA MUERTE DE CASI 40.000 NIÑOS COMO CONSECUENCIA DEL HAMBRE A PESAR DE QUE CON SUS INCONTABLES RIQUEZAS PODRÍA EVITARLAS.
La Jerarquía Católica defiende la doctrina según la cual es moralmente inaceptable que el ser humano decida acerca del momento de su muerte, hasta el punto de que ni siquiera acepta el uso de medidas paliativas contra el dolor en cuanto puedan adelantar la muerte unos días o unas horas. Considera que la vida pertenece a Dios, que el hombre debe aceptar su voluntad y vivir todo el tiempo posible hasta que él decida otra cosa, aunque sea en medio de atroces sufrimientos que sólo sirven para prolongar una absurda agonía.
CRÍTICA: La Jerarquía Católica, a la hora de condenar la eutanasia, no utiliza otra argumentación sino la que la vida pertenece a Dios y que, por ello, sólo Dios tiene derecho a disponer de ella.
Se trata de un argumento muy pobre que puede ser criticado desde diversas perspectivas.
En primer lugar, habría que demostrar que efectivamente existiera ese ser al que llaman Dios, lo cual es imposible en la misma medida en que se ha demostrado lo contrario. En segundo lugar, suponiendo el condicional contrafáctico de la existencia de ese Dios, la afirmación de la Jerarquía Católica según la cual la vida de cada uno pertenece a ese ser y que nadie tiene derecho a decidir libremente acerca de cuándo ponerle fin, hay que decir que esas afirmaciones son erróneas en cuanto, si la vida la diese Dios, por ello mismo quien la recibiese la recibiría como un regalo o como un don, es decir en propiedad, lo cual implica el derecho para hacer con ella lo que uno considere más conveniente y durante le tiempo que considere oportuno.
En segundo lugar, esto sería así especialmente además, porque, si antes de recibir la vida se hubiera firmado un contrato entre cada uno y Dios, contrato por el que uno aceptaba la vida con la condición de dejar que fuese Dios quien decidiese acerca de su final, en ese caso todavía podría tener algún sentido someterse a su voluntad a fin de cumplir con tal contrato. Pero, resulta que ese contrato era imposible realizarlo porque para ello uno tenía que haber nacido previamente, lo cual implicaría tener ya la vida sin haber dado un consentimiento previo ( ).
En tercer lugar, al margen de que no exista una realidad como esa que la Jerarquía Católica pretende nombrar con el término “Dios”, el concepto de Dios de la Jerarquía Católica es realmente contradictorio, en cuanto un Dios al que no le importase para nada el sufrimiento que suele preceder a la muerte o que negase a las personas el derecho a decidir sobre el término de su propia vida sería un Dios sádico, y en cualquier caso incompatible con las cualidades de la bondad y del amor infinito que al mismo tiempo se le atribuyen, pues tal sufrimiento y la existencia simultánea de ese Dios son incompatibles. Por ello, la suposición de que Dios pudiera querer tal sufrimiento sería un insulto a ese Dios del que la Jerarquía Católica dice que es “nuestro padre”.
Quienes a estas alturas pretenden justificar el sufrimiento lo siguen haciendo además a partir de la consideración de que la humanidad todavía está “pagando” por el “pecado original” –del que, por otra parte, se dice que Jesús redimió a la humanidad- sin entender que la idea de que el sufrimiento pueda verse como una compensación del pecado sólo cabe en la mente retorcida de personas patológicamente vengativas, como quienes fueron educados en la Ley del Talión (“ojo por ojo, diente por diente”) tan dominante en el Antiguo Testamento y tan “palabra divina” como el Nuevo.
Por otra parte, en el Antiguo Testamento, “palabra de Dios”, se habla al menos de tres suicidios sin hacer referencia a ellos mediante condena moral alguna e incluso hablando del tercero como un acto de “honor”.
En primer lugar se cuentan los suicidios del rey Saúl y de su escudero mediante una sencilla descripción en la que lo que llama la atención del narrador es que el escudero de Saúl no se atreviera a obedecer la orden de su rey de que le matase y, en segundo lugar, que en aquel mismo día muriesen Saúl, sus tres hijos y el escudero, que también se suicidó, pero en ningún caso muestra ningún sentimiento de escándalo ni de condena moral por la decisión de Saúl y la de su escudero.
Más adelante, en 2 Macabeos se cuenta un tercer suicidio. En este caso se trata de Razis, un senador de Jerusalén, quien
“acorralado, se echó sobre su espada; prefirió morir con honor antes que caer en manos criminales y sufrir ultrajes indignos de su nobleza” ( ).
En este caso tiene especial interés que el narrador de la “palabra divina”, refiriéndose al suicidio de Razis diga que éste prefirió “morir con honor”, lo cual representa una valoración altamente positiva de su decisión de suicidarse y, por ello mismo, en ningún caso una condena moral. Pero si efectivamente el suicidio hubiese sido considerado como moralmente negativo en el Antiguo Testamento, los suicidios de Saúl y de su escudero así como el suicidio de Razis habrían merecido una descalificación moral, la cual no aparece para nada. En efecto, según dice el primer libro de Daniel,
“Los filisteos cercaron a Saúl y a sus hijos, y mataron a Jonatán, a Abinadab y a Melguisúa, hijos de Saúl. El peso del combate cayó entonces sobre Saúl, que fue descubierto por los arqueros y herido gravemente. Saúl dijo a su escudero:
-Saca tu espada y mátame, no sea que vengan los incircuncisos y me ultrajen.
Pero su escudero se negó, pues tenía mucho miedo. Entonces Saúl tomó su espada y se echó sobre ella. Su escudero, al ver que Saúl había muerto, se echó él también sobre la suya y murió con él. Así murieron juntos el mismo día, Saúl, sus tres hijos y su escudero” ( ).
Por otra parte, esta “palabra de Dios” resulta sorprendente porque, a pesar de que no condena el suicidio ni, por ello mismo, la eutanasia, a continuación, casi al comienzo del segundo libro de Samuel, se contradiga con la mayor ingenuidad del mundo, narrando que Saúl no llegó a suicidarse sino que pidió a un amalecita que le matase y que éste le hizo ese favor:
“Él se volvió, me vio y me llamó. Yo respondí: “Aquí me tienes”. Me preguntó: “¿Quién eres?” Respondí: “Soy un amalecita”. Me dijo: “Acércate a mí, por favor, y mátame; porque se ha apoderado de mí la angustia y aún sigo vivo”. Así que me acerqué a él y lo maté, porque sabía que no podría sobrevivir a su derrota” ( ).
La condena de la eutanasia –la “buena muerte”- por parte de la Jerarquía Católica no sólo es contradictoria con cualquiera de estos textos de la Biblia, de esa tantas veces pregonada “palabra de Dios”, sino también con su aceptación constante de la pena de muerte, por la que la misma Jerarquía Católica se ha arrogado en tantas ocasiones el derecho de privar de la vida a miles de personas, vida a la que, según ella, sólo Dios tendría derecho a poner fin. Y es contradictoria con la serie de ocasiones en que ha perseguido y condenado a muerte a quienes no pensaban como ella; es contradictoria, con las ocasiones en que ha defendido, alentado y promovido guerras como las de las Cruzadas o como la guerra civil española, bautizada como “cruzada nacional”, que provocó cientos de miles de muertos; es contradictoria con su despreocupación por los miles de niños que cada día mueren a causa del hambre, o con su silencio hipócrita, casi absoluto, ante la actual guerra en Irak y en muchas otras zonas del mundo cuando le interesa seguir manteniendo buenas relaciones diplomáticas con los gobiernos de los países agresores.
Y resulta especialmente hipócrita y vergonzoso que este grupo mafioso se preocupe infinitamente más por que se alargue la agonía de quienes están llegado al fin de sus días que por emplear sus incalculables riquezas para salvar las vidas de los casi 40.000 niños que cada día mueren como consecuencia del hambre.
lunes, 26 de enero de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario