martes, 20 de enero de 2009

37. SOBRE EL ABORTO
LACONTRADICCIÓN SEGÚN LA CUAL LA JERARQUÍA CATÓLICA CONDENA EL ABORTO, CONSIDERANDO QUE LA SIMPLE UNIÓN DE DOS CÉLULAS ES YA UN SER HUMANO Y OLVIDANDO QUE, EN EL CASO DE QUE ASÍ FUERA, EL ABORTO SERÍA LA MEJOR GARANTÍA PARA SU GOCE DE LA VIDA ETERNA, EN CUANTO SERÍA CONDUCIDO A ELLA SIN SUFRIR LOS PADECIMIENTOS DE ÉSTA.
La reproducción de la vida humana se realiza a partir del momento en que las células sexuales masculina y femenina –espermatozoide y óvulo- se unen formando una sola célula llamada cigoto. A partir de dicha unión, el cigoto comienza un proceso de multiplicación y de diferenciación celular de acuerdo con las instrucciones genéticas existentes en ella, proceso al final del cual y al cabo de alrededor de nueve meses nacerá un nuevo ser humano.
1. El concepto de aborto hace referencia a la interrupción de un embarazo antes de concluido el plazo a partir del cual nacería un nuevo ser apto para vivir de manera autónoma, aunque con la ayuda de otros seres vivos, como especialmente la madre, que le proporcionen alimento y un medio adecuado para su supervivencia. En cuanto el aborto puede ser involuntario o voluntario, en relación con este último se ha planteado la cuestión de si es moralmente aceptable y, en el caso de que así se considere, en qué supuestos o hasta qué momento de su desarrollo lo sería. Se suele considerar que la respuesta a esta cuestión depende de cuándo se considere que se está ante un ser humano y cuándo no, entendiéndose que el aborto voluntario sólo sería moralmente aceptable en aquellos casos en los que el organismo vivo cuyo proceso de desarrollo se interrumpiera no fuera todavía un ser humano, sino sólo una agrupación celular diferente.
2. Entre las perspectivas relacionadas con la licitud o ilicitud, moralidad o inmoralidad del aborto habría que hacer referencia especialmente a la científica, a la que se hará una breve referencia, pero lo que aquí interesa de manera especial es analizar cuál es el punto de vista de la Jerarquía Católica.
2.1. Las diversas culturas en los distintos momentos de la historia han mantenido puntos de vista muy diferentes acerca del momento de la gestación en el que puede hablarse de la existencia de un auténtico “ser humano” como resultado de las transformaciones que se producen a partir de la unión de las células sexuales que podrían culminar en el nacimiento de un niño.
En relación con esta cuestión y después de muchos años de discusión infructuosa, todavía en la actualidad sigue habiendo una controversia que lo único que demuestra, si acaso, es el absurdo de pretender fijar un momento mágico en el que se produciría dicha transformación en lugar de aceptar que esa cuestión en el fondo tiene cierto carácter convencional, pues, al margen de doctrinas religiosas, basadas en creencias dogmáticas, es evidente que entre el momento en que se produce la unión de un espermatozoide y un óvulo, y el momento en que esa unión celular o cigoto alcanza un cierto desarrollo a partir del cual puede decirse que nos encontramos ante un ser humano, existe un tiempo en el que afirmar o negar que nos encontremos ante un ser humano dependerá del concepto que se tenga de ser humano, aunque la Jerarquía Católica parece defender en la actualidad que el simple cigoto es ya un ser humano.
Sin embargo, del mimo modo que las células sexuales por separado no constituyen un ser humano no parece que tenga sentido considerar que su unión lo sea ni tampoco que una estructura formada por cuatro, ocho o dieciséis células lo sean. Eso demuestra la imposibilidad para señalar un momento exacto a partir del cual pueda afirmarse se está en presencia de tal ser. Esto mismo puede comprenderse si uno se plantea qué pensaría si alguien le dijera: “La unión de x número de células todavía no es un ser humano, pero la de x + 1 ya lo es”. En este punto lo único evidente es que antes del comienzo del ciclo de multiplicación celular, el espermatozoide y el óvulo ya existían como formas de vida, y que del mismo modo que nadie diría que esas dos células por separado constituyan un ser humano, por lo mismo no tendría sentido afirmar que inmediatamente después de su unión lo constituyan, aunque estén un poco más cerca de llegar a serlo y aunque a lo largo de un proceso de multiplicación celular llegue un momento en el que pueda decirse que ya lo constituyen.
En relación con esta cuestión los científicos han diferenciado diversas fases de desarrollo del cigoto, como son las de pre-embrión, embrión, feto y neonato, por nombrar sólo las más representativas. El desarrollo natural del zigoto dará lugar en último término al alumbramiento del neonato, y será después del alumbramiento cuando el neonato será legalmente reconocido como persona, pero referirse al momento mágico antes del cual no haya ser humano y después del cual sí lo haya es simplemente una afirmación gratuita y dependiente de criterios subjetivos o culturales.
2.2. Por lo que se refiere a esta cuestión, la Jerarquía Católica ha defendido a lo largo de los siglos teorías muy diversas acerca del momento en que, a partir de la unión entre un espermatozoide y un óvulo, puede afirmarse la existencia de vida humana. Así por ejemplo en el concilio de Vienne, en 1312, consideró que este cambio se producía al final del tercer mes después del embarazo, pero en 1869 Pío IX consideró que la vida humana comenzaba a partir de la formación del cigoto y, en consecuencia, proclamó que el concepto de aborto era aplicable a cualquier momento de la interrupción del embarazo, pues sería en el momento de la unión de las células sexuales y de la formación del zigoto cuando Dios crearía un alma inmaterial para ese minúsculo ser.
Consecuente con el planteamiento de Pío IX, la Jerarquía Católica considera que el aborto voluntario, en cualquier fase del embarazo, es un asesinato horrible, una de las manifestaciones de la “cultura de la muerte”, según expresión del papa Juan Pablo II.
CRÍTICA: Sin embargo, en cuanto la Jerarquía Católica defiende el dogma de la infalibilidad de los Concilios y del Papa, y en cuanto el Concilio de Vienne y las declaraciones del Papa Pío IX en 1869 se contradicen, la Jerarquía Católica estaría proclamando como dogma de fe la verdad de tal contradicción, lo cual no contribuye mucho a la solución del problema, ya que, como dice la Lógica, a partir de una contradicción, se puede deducir cualquier cosa.
3. Pero, en relación con los planteamientos de la Jerarquía Católica y al margen de la contradicción en que incurre, tiene interés reflexionar acerca de dos cuestiones:
En primer lugar, acerca del problema que plantea el aborto de un supuesto ser humano cuando se tiene en cuenta que, de acuerdo con el dogma de fe relacionado con “la vida eterna”, cualquier ser humano muerto antes de tener uso de razón iría directamente al Cielo a gozar de la vida eterna. Ahora bien, teniendo en cuenta que, como consecuencia de las tentaciones de la vida terrena, un ser humano puede incurrir en “sentencia de eterna condenación” -según palabras del Nuevo Testamento y de la Jerarquía Católica-, en el caso de que uno creyese firmemente esa doctrina, ¿no sería un acto de auténtica caridad tratar de evitarle el gravísimo peligro de ir de cabeza al Infierno y enviarle a gozar directamente de la Vida Eterna?
Y, en segundo lugar, teniendo en cuanta la asombrosa diferencia que supuestamente se daría por lo que se refiere al trato a los niños entre la actuación de Dios y la de los grandes personajes del Antiguo Testamento, y la que la Jerarquía Católica dice defender en la actualidad, ¿no es una contradicción que en el Antiguo Testamento el propio Dios o diversos personajes bíblicos especialmente venerados no tuviesen inconveniente en asesinar a miles de niños de las poblaciones que conquistaban, en las que no dejaban a nadie con vida, sin que a esas muertes les dieran la menor importancia y el enfoque actual de esa Jerarquía Católica que, aceptando que el Antiguo Testamento es tan “palabra de Dios” como el Nuevo, dice escandalizarse y hable con palabras de enfurecida condena por el aborto de un embrión o de un pre-embrión, cuya realidad como ser humano no sólo es objeto de polémica por parte de los científicos sino que fue negada incluso por la misma Jerarquía Católica de otros tiempos? Su forma de actuar transmite la impresión de que en realidad los jefes de esa organización no creen en esa Vida Eterna de la que tanto hablan y que por ello parece que consideren de una gravedad extrema la interrupción de la vida terrena de esos seres humanos en formación, a pesar de que, en el caso de que no fueran humanos todavía, eso no les plantearía ningún problema de conciencia, y a pesar de que, en el caso de que lo fueran, se les estaría enviando a disfrutar de la vida celestial sin necesidad de pasar por los sufrimientos de “este valle de lágrimas”.
3.1. Por lo que se refiere a la primera cuestión, parece efectivamente que, si la doctrina de la Jerarquía Católica fuera correcta por lo que se refiere a considerar que un cigoto fuera ya un ser humano, no tendría ningún sentido su preocupación por su continuidad vital “en este valle de lágrimas”. En cualquier caso, este problema podría expresarse mediante un hipotético diálogo entre un obispo y un ateo. La discusión podría discurrir del siguiente modo:
-¿Acaso no crees en la beatífica vida eterna?
-¿Cómo que no creo? ¡Pues claro que sí!
-Entonces ¿por qué te preocupa el tema del aborto?
-¿Cómo que por qué me preocupa? ¡El aborto es un asesinato!
-Bueno. Eso es una afirmación precipitada, pues habría que discutir primero si el cigoto, el embrión o el feto son seres humanos o en qué casos sí y en qué casos no.
-Pues para mí no hay ningún problema. Tanto el cigoto como el embrión y el feto son seres humanos, y, en consecuencia, el aborto voluntario es lo mismo que asesinar a cualquier niño o a cualquier adulto.
-Pero, vamos a ver: Si consideras que el mismo cigoto es ya un ser humano, su aborto implicaría que desde ese momento comenzarían a gozar de la vida eterna. ¿No te parece que de ese modo se les estaría haciendo un enorme favor? ¿No te das cuenta de que así se les evitarían los peligros de la vida terrenal y los riesgos para la salvación eterna de su alma? No olvides que, según la doctrina de tu religión, ¡todos los niños que mueren van directos al Cielo! ¡Ni siquiera pasarían por el Limbo ni por el Purgatorio! ¿No sería ése el mejor regalo que se podría hacera a esos supuestos seres humanos?
-Pero, ¿quién eres tú para arrogarte el derecho de disponer de la vida de nadie? ¡La dignidad de la persona está por encima de cualquier otra consideración!
-Ya sé que soy un simple ser humano –como tú- y que, según tu religión, el aborto es inmoral, pero la verdad es que no entiendo por qué calificas como inmoral una acción como ésa.
-¡No te hagas el tonto, que sabes muy bien que eso es un asesinato!
-Supongamos que lo sea. Te insisto en la pregunta: Si con ese “asesinato”, consigo que ese supuesto niño, en lugar de vivir una vida llena de peligros y penalidades, fuera directamente al Cielo como afirma la Jerarquía Católica, ¿no crees que le haría un impagable favor?
-Me parece que te estás volviendo loco.
-¿Por qué dices eso? Te aseguro que, si yo tuviera la fe que tú dices tener, no me habría importado haber sido un simple aborto, pues a estas horas hace ya tiempo que estaría gozando de la “Vida Celestial”, y no aquí, en las oficinas del paro, en espera de un puesto de trabajo.
- Pero, ¿cómo puedes hablar tan a la ligera de asesinatos como si fueran obras de caridad?
- Te advierto de que no estoy hablando de lo que yo creo sino de lo que implican las doctrinas que defiende la Jerarquía Católica. Lo que te digo es que, si yo creyera firmemente en esas doctrinas, no sabría como refutar el argumento que te he expuesto.
-Pues yo tengo esas creencias y precisamente por ellas me parece que tu idea es una monstruosidad.
-Pero, ¿por qué?
-¡Por favor! ¡No me digas que hablas en serio!
-¡Pues claro que hablo en serio! Insisto: La cuestión es la de si puedes refutar o no el argumento que te he expuesto.
-Pues no veo ninguna dificultad: En cuanto es Dios quien da la vida, ningún ser humano tiene derecho a matar a otro.
-Bueno, eso ya es al menos una objeción para tenerla en cuenta. Efectivamente, si Dios existiera y fuera el dueño de la vida humana, con mi acción yo estaría desobedeciéndole. De acuerdo. Pero la pregunta que te hago es la de si a ese supuesto ser humano le estaría haciendo un favor o no.
-Te repito lo que te he dicho antes: Las órdenes de Dios son sagradas y no eres quien para interferir en sus planes segando una vida humana porque se te haya ocurrido una idea tan absurda. ¿No se te ha ocurrido pensar en que tu acción podría significar tu propia condenación?
-Es posible. Pero yo no me refiero a lo que Dios pudiera hacer conmigo sino a lo que yo podría hacer por ese hipotético ser humano. Me pregunto qué sería mejor para él: ¿lanzarlo a esta aventura de la vida terrena que podría significar su eterna condenación en el Infierno, o alejarle de ese peligro ayudándole a marchar a la Gloria Eterna?
-Pero, ¿cómo puedes tener la soberbia de pretender convertirte en un Dios para disponer de la vida de otros?
-¡Tampoco es para tanto! Yo no pretendo sustituir a Dios ni causar ningún daño a ese presunto niño, sino precisamente todo lo contrario. Ten en cuenta además que en los evangelios se dice que “muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”, y eso significa que la probabilidad de que ese posible niño fuera a parar al Infierno no sería de uno entre cien millones sino todo lo más de tres entre cinco, poco más o menos. Así que insisto: ¿No crees que a ese hipotético niño le estaría haciendo un bien indudable al evitarle tener que jugar a la lotería siniestra de la vida terrena?
-¡Déjate de tonterías y no me vengas con argumentos absurdos!
-Vale. Te dejo, pero te aseguro que lo que te estoy exponiendo no me parece ninguna tontería ni absurda sino una conclusión coherente con las doctrinas que defienden los dirigentes de tu religión. Y por eso mismo y aunque te parezca una idea de locos, considero que la decisión de abortar debería considerarse como la auténticamente consecuente con vuestras doctrinas, pues en cuanto un embrión o un pre-embrión o un simple zigoto constituyan un ser humano, el aborto es la mejor manera de garantizar su felicidad eterna, ya que su muerte le garantiza que no correrá el peligro de su eterna condenación sino que irá directamente al Cielo.
-¡¡Ya te he dicho que me dejes en paz!! ¡Allá tú con tus ideas!”
Seguramente el diálogo podría terminar así, pues en realidad no parece que exista ningún argumento que pueda refutar este planteamiento y es muy difícil luchar contra una creencia puramente dogmática.
3.2. Por lo que se refiere a la segunda cuestión, la que se relaciona con el contraste radical entre la absoluta falta de miramientos con que en el Antiguo Testamento tanto Dios como los jefes de Israel aniquilan a niños inocentes y la actitud de la Jerarquía Católica manifestando tanta preocupación por la vida de seres de los que ni siquiera puede demostrar que sean humanos, parece que lo único que podría concluirse es que efectivamente la vida terrena carece de importancia al lado de una vida eterna ante la cual esta vida es sólo un instante vacío.
En cualquier caso, tiene interés mostrar algunos pasajes de aquella “palabra de Dios”, en donde se muestra ese trato según el cual, si la vida fuera sagrada, sería una contradicción que Dios hubiera ordenado tales asesinatos, que, efectivamente, aparecen en el Antiguo Testamento, tal como puede comprobarse en los siguientes pasajes:
-“A media noche hizo morir el Señor a todos los primogénitos en Egipto, desde el primogénito del faraón, el heredero del trono, hasta el del que estaba preso en la cárcel” (Éxodo, 12, 29).
-“[Moisés les dijo] Matad, pues, a todos los niños varones y a todas las mujeres que hayan tenido relaciones sexuales con algún hombre” (Números, 31, 17).
-“Josué conquistó Maquedá y la pasó a cuchillo, consagrando al exterminio a su rey y a todos sus habitantes sin dejar ni uno” (Josué, 10, 28).
-“Entonces la asamblea envió doce mil hombres de los más valientes, con esta orden:
-Id y pasad a cuchillo a todos los habitantes de Yabés de Galaad, incluidas mujeres y niños” (Jueces, 21, 10).
-“Así dice el Señor todopoderoso: He resuelto castigar a Amalec por lo que hizo a Israel, cerrándole el paso cuando subía de Egipto. Así que vete, castiga a Amalec y consagra al exterminio todas sus pertenencias sin piedad; mata hombres, mujeres, muchachos y niños de pecho, bueyes y ovejas, camellos y asnos” (1 Samuel, 15, 2-3).
-“Oráculo contra Babilonia que Isaías, hijo de Amós, recibió en esta visión: […] Haré que los cielos se estremezcan y la tierra se mueva de su sitio; […] Al que encuentren lo atravesarán, al que agarren lo pasarán a espada. Delante de ellos estrellarán a sus hijos, saquearan sus casas y violarán a sus mujeres” (Isaías, 13, 1- 13, 16).
-“Por eso, así dice el Señor […] Yo los castigaré: sus jóvenes morirán a espada, sus hijos y sus hijas morirán de hambre” (Jeremías, 11, 21-22).
-“Y el Señor me dijo:
[…] Y aquellos a quienes ellos profetizan serán tirados por las calles de Jerusalén, víctimas del hambre y de la espada; no habrá quien los sepulte, ni a ellos ni a sus mujeres ni a sus hijos; yo haré recaer sobre ellos su maldad” (Jeremías, 14, 14-16).
-“El Señor me dijo: […]
Les haré comer la carne de sus hijos y de sus hijas, y se devorarán unos a otros en la angustia del asedio y en la miseria a que los reducirán los enemigos que buscan matarles” (Jeremías, 19, 1-9).
-“Por eso, así dice el Señor: […] Por tus prácticas idolátricas haré contigo lo que jamás he hecho ni volveré a hacer: Los padres se comerán a sus hijos, y los hijos a sus padres. Ejecutaré mi sentencia contra ti y esparciré a todos los vientos lo que quede de ti” (Ezequiel, 5, 8-10).
-“Y pude oír lo que [el Dios de Israel] dijo a los otros:
-Recorred la ciudad detrás de él, matando sin compasión y sin piedad. Matad a viejos, jóvenes, doncellas, niños y mujeres, hasta exterminarlos” (Ezequiel, 9, 5-6).
La lectura de estos pasajes muestra la contradicción entre las acciones de aquel Dios o de aquellos personajes del Antiguo Testamento, que ponían de manifiesto el nulo valor de la vida terrena, y la actitud de la Jerarquía Católica que dice escandalizarse ante la idea de un aborto, como si pensara que su muerte era una pérdida definitiva y no tuviera ninguna fe en su supervivencia en la Vida Eterna.
4. En conclusión, asumiendo que la doctrina de la Jerarquía Católica fuera verdadera y que, después de la muerte terrenal, cigotos, embriones, fetos y niños fueran al Cielo, en tal caso no habría justificación alguna para la crítica del aborto e incluso del asesinato de esos niños, pues, como ya se ha demostrado y por mucho que a simple vista pueda parecer el argumento de un loco, la supuesta muerte de tales seres no sería una muerte real sino sólo el “tránsito” de su vida terrena, tan llena de sufrimientos y peligros, a la Vida Celestial. Pero, como ya se ha indicado, parece que, cuando la Jerarquía Católica critica el aborto, es más escéptica acerca de la existencia de esa vida Eterna que el más escéptico de todos los ateos.

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