28. LA SUPUESTA INFALIBIDAD DEL PAPA
CONTRADICCIONES fUNDAMENTALES DE LA JERARQUÍA CATÓLICA: EL "CÍRCULO VICIOSO" POR EL CUAL LA JERARQUÍA CATÓLICA DEFIENDE COMO DOGMA DE FE LA INFALIBILIDAD DEL PARA, DOCTRINA QUE SÓLO HUBIERA TENIDO SENTIDO A PARTIR DEL CONOCIMIENTO PREVIO DE LA INFALIBILIDAD DE QUIEN HUBIERA DECLARADO TAL INFALIBILIDAD.
La Jerarquía Católica afirma que su jefe supremo, el Papa, es infalible cuando habla “ex cathedra” en materias de fe y costumbres. Esta doctrina fue declarada dogma de fe por el papa Pío IX en el Concilio Vaticano I en el año 1870. Nos encontramos aquí con la asombrosa afirmación de un dogma de la Iglesia católica descubierto ¡después de 19 siglos de Cristianismo!, como si el propio Dios se hubiera olvidado de comunicarlo cuando comenzó la historia de tal organización. En apoyo del papa, “sor Lucía”, una de las “testigos” [¡?!] de las supuestas apariciones de María en Fátima, dijo que "quien no está con el Papa no está con Dios; y quien quiera estar con Dios tiene que estar con el Papa" ( ).
Ante este descubrimiento, tan importante (?) como reciente, resulta realmente asombroso que la Jerarquía Católica haya estado funcionando durante casi 2.000 años sin tener conciencia de tal infalibilidad de su jefe supremo, a pesar de lo útil que le habría resultado conocer ese don tan especial a la hora de señalar qué era verdad y qué era falso, evitando así las múltiples discusiones y herejías surgidas por la falta de conocimiento de la existencia de un líder clarividente, inspirado directamente por el propio Dios.
CRÍTICA: El problema de carácter simplemente lógico que plantea la proclamación de un dogma como éste es que incurre en un “círculo vicioso” en cuanto su valor está supeditado a la aceptación previa del supuesto de que las doctrinas conciliares sean infalibles, con lo cual se quiere decir que si las doctrinas conciliares son infalibles y si una de tales doctrinas es la de que el Papa es infalible, entonces el Papa es infalible. Pero entonces el problema lógico se traslada al de demostrar que las doctrinas conciliares sean infalibles, afirmación que resulta ya indemostrable y que, por ello, sólo podría establecerse de manera dogmática e irracional, proclamando gratuitamente que tales doctrinas conciliares sean infalibles, procedimiento que efectivamente es el más usual en las declaraciones de la Jerarquía Católica. Pero, siendo fiel a la Lógica y a la razón en general, lo único que podría afirmarse manera rigurosa sería la tautología según la cual si las doctrinas conciliares son infalibles, entonces las doctrinas conciliares son infalibles, lo cual no permitiría avanzar un solo paso en la demostración de que el Papa fuera infalible, ya que para proclamar su infalibilidad el concilio Vaticano I partía de una situación de desconocimiento milenario de esa supuesta facultad de las reuniones conciliares, y, claro está, desde tal desconocimiento de si el propio concilio era infalible o no, desde la coherencia lógica no se podía proclamar como dogma que lo fuera ni que, como consecuencia de su ejercicio, pudiese descubrir que el papa también la tuviera.
Tal proclamación de infalibilidad fue algo así como un “golpe de estado” doctrinal respecto al resto de la agrupación católica, a partir del cual en lo sucesivo nadie podría opinar libremente acerca de las doctrinas de fe o de la moralidad de las costumbres a excepción del propio jefe supremo de la Jerarquía Católica.
Por otra parte, con la proclamación de este dogma mediante el que se quiere exaltar la idea de la milagrosa iluminación divina por parte del “Espíritu Santo”, la Jerarquía Católica se tiende a sí misma una trampa de cierta importancia en cuanto las contradicciones en que vaya incurriendo tendrán un carácter más grave por la teórica imposibilidad de los papas para rectificarlas, pues, una vez proclamada una doctrina como dogma de fe, ya ningún papa podrá modificar ese dogma en cuanto ello implicaría negar la infalibilidad del papa anterior, de cuya iluminación por el Espíritu Santo habría emanado la primera doctrina. Y, por ello, en la serie de ocasiones en que un papa se arriesga a contradecir las doctrinas establecidas ex cathedra por otro papa, se arriesga a dejar en evidencia ante los católicos de base el valor del dogma de la infalibilidad. También es verdad, sin embargo, que esos católicos no suelen estar pendientes de la serie de contradicciones doctrinales en que incurren el papa y los cardenales, Hasta ahora la actitud de los fieles ha sido en general bastante confiada, a pesar de las muchas ocasiones se han proclamado doctrinas contradictorias por parte de los papas. En este sentido, Galileo fue condenado por defender el heliocentrismo, doctrina que la Jerarquía Católica negaba entonces, mientras que ahora no le ha quedado otro remedio que aceptarla por la evidencia de la Astronomía. Es indiscutible que la supuesta infalibilidad del papa no funcionó adecuadamente en aquellos momentos del siglo XVII, y, sin embargo, la Jerarquía Católica ha tenido el descaro y la osadía de proclamarla de nuevo, pese a ese y muchos otros errores en los que ha incurrido a lo largo del tiempo, porque sabe por experiencia de muchos siglos que los católicos de bases no se preocupan mucho de esos “matices irrelevantes”.
Así que, a pesar de estos inconvenientes, para la Jerarquía Católica el dogma de la infalibilidad de su jefe es una herramienta importante con miras a su funcionamiento económico y político, ya que de ese modo puede intentar recuperar la fuerza social y moral que con el desarrollo y la autonomía de las democracias modernas respecto a su anterior dependencia ideológica de las doctrinas de “Roma” había ido perdiendo en los últimos siglos, y dedicarse a amenazar y a excomulgar de nuevo a todo aquel que no se atenga a las interpretaciones doctrinales defendidas por el Papa, quien de ese modo podrá ejercer mayor presión sobre cualquiera cuyas palabras o acciones puedan hacer peligrar la buena marcha económica de su negocio. Y, en este sentido, podrá seguir condenando la actitud de los “Teólogos de la Liberación”, cuyo compromiso con los pobres ha sido constantemente reprimido por la Jerarquía Católica, a la cual le interesa especialmente mantener buenas relaciones con los grandes explotadores de la humanidad, de quienes reciben beneficios económicos muy considerables, pero inversamente proporcionales a la mayor o menor complicidad de dicha jerarquía con los pobres, de quienes sólo recibe problemas y miseria, a pesar de que en teoría representan la coartada esencial de la Jerarquía Católica cuando se les plantea qué papel cumplen en la sociedad.
sábado, 3 de enero de 2009
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