32. SOBRE DEMONIOS Y ENDEMONIADOS
LA CONTRADICCIÓN SEGÚN LA CUAL EL DEMONIO, CASTIGADO AL INFIERNO, VAGUE POR EL MUNDO COMO UN ENEMIGO DEL ALMA Y COMO UN INTRUSO EN EL CUERPO DE ALGUNOS SERES HUMANOS.
CRÍTICA: La Jerarquía Católica –y en especial su jefe supremo, que es quien declara los dogmas y doctrinas que deben creer los católicos- considera que el demonio, el mundo y la carne son los enemigos del alma, sin preocuparle lo más mínimo la contradicción que supone que su Dios, considerado como infinitamente bueno, sea el creador de tales enemigos.
Se trata, efectivamente, de una contradicción en cuanto, por lo que se refiere al demonio, es un mito infantil-sádico pretender, por una parte, que Dios le haya condenado al fuego eterno, y, por otra, afirmar al mismo tiempo que le permite pasearse por el mundo tratando de reclutar gente que le acompañe para aumentar sus huestes infernales. Y, si esta doctrina ya es absurda, lo que es el colmo es la que considera además que Dios habría concedido poder a los demonios para introducirse en el cuerpo de la gente a fin de causarle sufrimientos y trastornos físicos y psíquicos gratuitos.
La Jerarquía Católica, siguiendo las supuestas actuaciones de Jesús según se narra en los evangelios, complementa esta ridícula y estúpida doctrina sobre la “posesión diabólica” con la doctrina y con la práctica de los actos de “exorcismo”, forma “civilizada” de hechicería que se corresponde con otras de religiones más antiguas e igualmente atrasadas. El “exorcismo”, todavía practicado en la actualidad, dio lugar a la creación de una de las “órdenes menores” dentro de la escala eclesiástica que culmina en el sacerdocio. Su finalidad es la de tratar de expulsar al demonio –o demonios- del cuerpo de las personas en las que supuestamente se haya introducido.
Por lo que se refiere a esta doctrina acerca de la existencia de la llamada “posesión diabólica”, la jerarquía católica ha sido fiel a los evangelios, en los que se cuenta en muy diversos pasajes que en muchas ocasiones Jesús habría ordenado al “maligno” abandonar el cuerpo de personas poseídas por él. Así, por ejemplo, en el evangelio atribuido a Mateo se dice:
“…El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un fuerte alarido, salió de él” ( ).
Igualmente en el evangelio de “Marcos” se dice:
“…Entonces [Jesús] le preguntó:
-¿Cómo te llamas?
Él le respondió:
-Legión es mi nombre, porque somos muchos.
Y le rogaba insistentemente que no lo echara fuera de la región.
Había allí cerca una gran piara de cerdos, que estaban hozando al pie del monte, y los demonios rogaron a Jesús:
-Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos.
Jesús se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron, entraron en los cerdos, y la piara se lanzó al lago desde lo alto del precipicio, y los cerdos, que eran unos dos mil, se ahogaron en el lago.
Los porquerizos huyeron y lo contaron por la ciudad y por los caseríos…” ( ).
Este pasaje tiene especial interés, aunque sólo sea como anécdota para reflexionar un poco por el hecho de que en él se dice, en primer lugar, que la persona poseída no lo estaba por un solo demonio sino por ¡alrededor de 2.000!, ya que fueron unos 2.000 los cerdos que luego se precipitaron y se ahogaron en el lago; en segundo lugar, porque Jesús permite que los demonios se introduzcan en aquellos 2.000 cerdos después de haber sido expulsados del cuerpo de aquel hombre, pues si el hombre no merecía semejante tormento, tampoco parece lógico que lo merecieran los cerdos, hasta el punto de haberles obligado a lanzarse por el precipicio como consecuencia del sufrimiento causado por tales demonios y a morir ahogados; y, en cuarto lugar, por las enormes pérdidas económicas que debió de sufrir el dueño de los cerdos, pues 2.000 cerdos son muchos cerdos, y en el citado pasaje no dice que Jesús resarciese al dueño de su pérdida. En otro pasaje cuenta Marcos que “Jesús resucitó […] y se apareció a María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios” ( ). E igualmente en el evangelio de “Lucas” se dice:
“Cuando el niño se acercaba, el demonio lo tiró por tierra y lo sacudió violentamente. Pero Jesús increpó al espíritu inmundo, curó al niño y se lo entregó a su padre” ( ).
Sin embargo, resulta llamativo que en el evangelio de Juan no se hable en ningún momento de posesiones diabólicas ni, en consecuencia, de exorcismos por parte de Jesús. Quizá la explicación de esta ausencia se deba a que este último evangelio se escribió a finales del siglo I y a que quien lo escribió –“Juan, el Anciano”, un cristiano de origen griego- debió de tener una formación cultural distinta y mejor que quienes escribieron los otros evangelios, los llamados “sinópticos”.
Un aspecto ingenuamente ridículo y absurdo por lo que se refiere al tema del demonio es el que se refiere a las tentaciones de Jesús, narradas por Mateo ( ). ¿Qué sentido podría tener que el diablo, condenado al fuego eterno, pudiera salir de su reclusión libremente para ir a tentar a quien era infinitamente más poderoso que él y le había condenado?, ¿qué sentido tendría que Jesús se hubiese prestado a ese juego de manera seria, como si los ofrecimientos de “el Tentador” pudieran tener para él algún sentido o algún atractivo? La única explicación de la existencia de un pasaje como éste –igual que de muchos otros, como el de los 2.000 cerdos endemoniados- podría consistir en que quien hizo estos relatos tuviera un cociente intelectual especialmente bajo, que escribiera pensando en posibles lectores que tuvieran una mentalidad tan simple que pudieran creer semejantes estupideces, y que escribiese este pasaje desde el supuesto –presente en otros pasajes ya mencionados- de que Jesús no era Dios ni hijo de Dios, pues de ese modo las tentaciones del demonio hubieran podido ser menos absurdas.
Por otra parte, hablar de endemoniados en el sentido de personas en cuyo cuerpo se introducen “espíritus malignos”, y suponer que tales espíritus causen daños en el estómago, en el hígado, en los intestinos o dondequiera que pedan meterse (?) representa una contradicción con el concepto o pseudo-concepto de espíritu que, en cuanto supuestamente inmaterial, no podría “tocar” ni “dañar” para nada una realidad de carácter material, por lo que la idea de “posesión diabólica”, junto con las aparatosas reacciones y sufrimientos físicos de las “personas poseídas”, pertenecen al tipo de supersticiones más ridículas que puedan haber inventado los fabricantes de religiones.
La creencia en la existencia de personas endemoniadas procede de la existencia de enfermedades, como especialmente la epilepsia, cuyas crisis se producen de manera muy llamativa, con manifestaciones como pérdida de conciencia, convulsiones incontrolables, abundante salivación y otras manifestaciones, todas ellas impactantes.
Que en la antigüedad la gente se asombrase ante la aparatosidad de tales crisis y que las atribuyese a algo “sobrenatural” es comprensible precisamente por la falta de cultura y por el escaso desarrollo científico -en especial de la medicina-, pero que en la actualidad la Jerarquía Católica pretenda que sus fieles sigan creyendo en semejante explicación majadera es el colmo del abuso de la ingenuidad y buena fe de una parte importante de esas personas inocentes.
Sin embargo y a pesar de su carácter tan irracional y absurdo, a la Jerarquía Católica le interesa mantener esa superstición por motivos evidentes, como en especial el de tener dominados a sus fieles del mismo modo que algunos padres pretenden dominar a sus hijos amenazándoles con “el hombre del saco” y con otras fábulas similares; en segundo lugar, porque la existencia de “exorcistas” que en determinadas ocasiones asisten a algún supuesto “endemoniado” contribuye a diversificar los ceremoniales introducidos por la jerarquía católica, abarcando así una mayor variedad de aspectos de la vida y no sólo el de la oración en las iglesias; en tercer lugar, porque la jerarquía de la secta tiene cierta dificultad para cambiar sus doctrinas desde el momento en que en los propios evangelios aparecen los demonios y los endemoniados en diversos lugares y, por ello, si tales “libros sagrados” representan “la palabra de Dios”, sería realmente algo complicado negar su valor utilizando el recurso tradicional de la Jerarquía Católica de considerar que tal doctrina era una metáfora que había que saber interpretar; además, desde el momento en que la Jerarquía Católica ha establecido la “orden menor” de “exorcista” y toda una serie de sacerdotes “especialistas” en extraer demonios del cuerpo, podría causar cierto escándalo en sus “fieles” que, de pronto y en contra de su doctrina tradicional de tantos siglos, ahora reconociese que no había endemoniados sino sólo personas enfermas que debían ser tratadas de modo adecuado y no por ningún tipo de exorcismo –por lo que la propia orden menor de “Exorcista” dejaría de tener sentido-.
La doctrina sobre los endemoniados ha estado unida a la de los pactos con el diablo así como a la de la brujería, que fueron aprovechados por la Jerarquía Católica para sembrar el terror de la gente a manifestar cualquier punto de vista contrario a las doctrinas e interpretaciones doctrinales de dicha jerarquía o para obtener el pago de “limosnas” sustanciales ante la amenaza de ser quemado vivo en la hoguera, acusado y condenado de brujería. Al encausado en asuntos relacionados con la brujería se le sometía a diversas pruebas para llegar a saber si había realizado algún pacto con el diablo o algo similar. Así, por ejemplo, la “prueba del agua”, en la que se introducía a una acusada –pues casi siempre se trataba de brujas- en un pozo, de manera que, si se hundía, se la consideraba inocente, mientras que si flotaba, se la consideraba culpable; el problema de esta prueba era que las que flotaban eran condenadas y las que se hundían en muchas ocasiones se ahogaban.
jueves, 8 de enero de 2009
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