lunes, 5 de enero de 2009

30. LOS SUPUESTOS MILAGROS CONTRADICEN LA SUPUESTA OMNISCIENCIA DIVINA.
-LA JERARQUÍA CATÓLICA PROCLAMA LA EXISTENCIA DE MILAGROS, ES DECIR, MODIFICACIONES DE LOS PLANES ETERNOS DIVINOS, COMO SI DE PRONTO DIOS DESCUBRIESE QUE SE HABÍA EQUIVOCADO EN ELLOS, LO CUAL ESTARÍA EN CONTRADICCIÓN CON SU SUPUESTA SABIDURÍA INFINITA-
CRÍTICA: Esta doctrina –al igual que la del punto anterior- contradice la supuesta omnisciencia divina por la cual los planes de Dios, al ser perfectos e inmutables, no pueden ser modificados como consecuencia de peticiones humanas que le hicieran variar de opinión. Sin embargo, desde hace ya muchos siglos la Jerarquía Católica ha encontrado en esta creencia otra forma de diversificar sus inmensos negocios, inculcando en los fieles la idea de que Dios realiza milagros especiales, alterando el funcionamiento natural de sus supuestas leyes eternas.
Como ya se ha dicho, la misma crítica dirigida en contra del valor de la oración vale igualmente para los milagros en cuanto son contradictorios con la supuesta sabiduría y poder infinitos del dios católico. En efecto, quienes creen en los milagros parece que no tienen en cuenta la predeterminación divina, aspecto de la omnipotencia de Dios según el cual, de acuerdo con su poder y sabiduría infinita, ha establecido todos y cada uno de los sucesos que se vayan a producir a lo largo de cada instante “hasta la consumación de los siglos”
La creencia en los milagros sólo se explica a partir del antropomorfismo de suponer que, de pronto y a última hora Dios, de manera directa o por la mediación de su madre o de alguno de los llamados “santos”, cambia los planes de sus leyes eternas y los rectifica para resolver un asunto particular que, al parecer, no se le ocurrió prever cuando, desde la eternidad, “predeterminó” el desenvolvimiento de todos y cada uno de los sucesos a lo largo del tiempo. Esta doctrina supondría el absurdo de considerar que o bien Dios se equivocó al establecer sus designios eternos, o bien se equivoca ahora cuando los modifica, atendiendo a las súplicas de los hombres o dejándose llevar de la compasión, como si anteriormente no la hubiera tenido en cuenta. Ambos planteamientos contradicen la idea de la absoluta perfección divina y, por ello, resultan contradictorios entre sí.
Por otra parte, resulta sarcástico y de un egoísmo ciego y ridículo llegar a creer que Dios o la Virgen o cualquier santo puedan estar pendientes del reuma o de la parálisis de alguien -con tal que tenga suficiente dinero como para ir a peregrinar a Lourdes-, y considerar perfectamente natural que al mismo tiempo se olviden de los casi 40.000 niños que cada día mueren de hambre en medio de la más absoluta miseria, niños que habrían sido olvidados por Dios y por la Virgen por no haber podido viajar a Lourdes o a cualquier otro santuario taumatúrgico para ser escuchados adecuadamente, como si estos lugares tuvieran la exclusiva de las telecomunicaciones con Dios, la Virgen o el resto de los “santos”.
Sin embargo, a la Jerarquía Católica le interesa de manera especial pasar por alto estas contradicciones de las que es más que probable que sea plenamente consciente, tratando más bien de fomentar la creencia en tales fenómenos por dos motivos fundamentales:
-En primer lugar, por el suculento e incalculable beneficio económico que consigue en la serie de “santuarios” repartidos por gran parte del planeta –como los de Lourdes y Fátima-, que se convierten en lugares de “turismo religioso” en los que, aunque no se produzcan los milagros solicitados, sí se produce el milagro económico consistente en la creación y desarrollo de boyantes comercios, dentro y fuera de los correspondientes “santuarios”, y los correspondientes ingresos económicos para la Jerarquía Católica.
-Y, en segundo lugar, porque la histeria colectiva que va asociada a la aglomeración de gran cantidad de creyentes en esos lugares tiene un efecto multiplicador en el crecimiento de su fanatismo por el hecho de estar inmersos en medio de una muchedumbre que comparte las mismas creencias, y tal situación les lleva a creer más firmemente en la verdad de sus creencias, lo cual, aunque sea un error absurdo, contribuye al crecimiento del gran negocio de la Jerarquía Católica, que es la que se enriquece y disfruta de los beneficios obtenidos mediante la serie de ceremonias teatrales que se realizan en tales lugares en espera de los correspondientes “milagros”. Tales “milagros” sólo son un espejismo derivado de un adecuado montaje teatral, relacionado igualmente con una histeria colectiva que, efectivamente, puede provocar, en determinadas circunstancias, que un paralítico pueda llegar a andar.
Como anécdota ilustrativa en relación con los supuestos milagros y apariciones sobrenaturales, en la localidad valenciana de Alzira, el “vidente” Ángel Muñoz consiguió convencer a un puñado de gente sencilla de que cada mes se le aparecía la Virgen del Rosario en el Racó de les Vinyes para trasmitirle mensajes similares a los de las niñas de Fátima. Las limosnas de esta gente le permitieron “ganar” (?) dinero suficiente como para comprar una casa, que convirtió en “convento”, y seis apartamentos en la playa de Gandía, convenciendo a sus devotos de que todos los meses se le aparecía la Virgen.
Engaños similares se han producido en diversos lugares de España, como en el Escorial, donde la Virgen “se aparecía” (?) a una señora –Amparo Cuevas- y donde los captados por esta persona formaron una agrupación religiosa que obligaba a sus adeptos a darle su patrimonio y a vivir en sus residencias.
El resultado obtenido por estos “iluminados” es similar al obtenido en Lourdes, con la diferencia de que el negocio de Lourdes está mucho mejor montado y, al ser aceptado por la Jerarquía Católica como lugar santo de auténtica aparición de la Virgen, tiene muchas más probabilidades de prosperar a lo largo del tiempo, mientras que estos otros lugares que van por libre llegan a ser denunciados por la misma Jerarquía Católica en el caso de que pretendan actuar sin estar integrados en su organización, convirtiéndose así en competencia de su propio negocio.
Si alguien dudase de la falsedad de los supuestos milagros, podría reflexionar en el hecho de que, aunque en ocasiones se ha hablado de un paralítico que en Lourdes ha recuperado la movilidad de sus piernas, o de ciegos con ojos que recuperan la visión o de enfermos que se curan, resulta muy llamativo que nunca se haya mencionado que a un cojo le hayan crecido un par de piernas; o de que un ciego sin ojos haya conseguido el milagro de obtenerlos junto con la visión correspondiente, o de difuntos que, después de cinco años de haber sido enterrados, hayan sido resucitados. Eso sí resultaría realmente asombroso y debería dar lugar a un estudio serio para tratar de entenderlo. Y sería comprensible que se lo considerase como “milagro”, al menos mientras la ciencia no encontrase una explicación de tales sucesos aparentemente inexplicables.
Resulta curioso como simple anécdota relacionada con la auténtica finalidad de estos lugares recordar que –al menos hasta hace sólo unos pocos años- a la entrada al recinto del santuario de Lourdes había un letrero que decía en varios idiomas: “Prohibido mendigar”. Es triste y sarcástico que en el mismo lugar al que la gente acude para “mendigar” a María un milagro se haya llegado a prohibir mendigar una simple limosna. La explicación de esta prohibición parece consistir, por una parte, en que el dinero que se dé a los pobres es dinero que deja de darse a la Jerarquía Católica, que sí mendiga limosnas o incluso pagos estipulados por cualquier tipo de gracia que se pretenda conseguir de María mediante las oraciones y ceremonias, y, por otra, un segundo motivo importante de tal prohibición, tan contradictoria con los teóricos fines de la Iglesia Católica, es que la presencia incontrolada de gente que vive en medio del hambre y de la miseria crearía un ambiente “demasiado lastimoso” y visualmente incompatible con la adecuada parafernalia teatral de la que se espera el auténtico milagro de Lourdes, consistente en los suculentos beneficios económicos que obtienen tanto la Jerarquía Católica como la ingente cantidad de comercios e industrias montados en torno a las visiones de unas niñas posiblemente mal alimentadas, pero suficientemente adoctrinadas.
Al margen de la contradicción señalada, no dejaría de ser asombroso y ciertamente paradójico y escandaloso que María, la que, según el evangelio atribuido a Lucas, tuvo a su hijo en un pesebre, se preocupase especialmente de los problemas de quienes al menos tienen dinero suficiente para realizar el viaje a su santuario, y no de la gente que malvive y muere de hambre, tanto si se trata de los pobres que no tienen dinero para acceder a ese lugar como si se trata de quienes ni siquiera lo tienen para alimentarse.
Así que parece que el auténtico milagro de tales lugares consiste de manera especial en las ingentes ganancias económicas obtenidas por la Jerarquía Católica y en los boyantes negocios que se crean en tales lugares, relacionados con el “turismo religioso”, con la venta de recuerdos, medallas, imágenes y estampitas, y con la creación de establecimientos hoteleros y demás negocios ligados a las visitas a esos “santos lugares” (?).

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