martes, 6 de enero de 2009

31. LA VIDA COMO UN “VALLE DE LÁGRIMAS”.
LA CONTRADICCIÓN DE LA JERARQUÍA CATÓLICA SEGÚN LA CUAL CONSIDERA LA VIDA COMO UN “VALLE DE LÁGRIMAS”, OLVIDANDO QUE EL SUPUESTO AMOR INFINITO DE DIOS SERÍA INCOMPATIBLE CON TAL PERSPECTIVA Y QUE SÓLO UN “DIOS SÁDICO” PODRÍA COMPLACERSE CON EL SUFRIMIENTO, EL DOLOR Y LAS PENITENCIAS, TAN VALORADAS POR LA JERARQUÍA CATÓLICA COMO “GRATÍSIMAS A DIOS”.
La doctrina tradicional de la jerarquía católica considera la vida terrena como un valle de lágrimas, un destierro, un lugar para la penitencia, el sufrimiento y el ayuno, al que el hombre fue desterrado para pagar por “el pecado original” (?) y “purificarse” a fin de alcanzar la “bienaventuranza eterna”.
En este sentido y para comprobar la vigencia de esta doctrina puede ser suficiente hacer referencia a las palabras del fundador del Opus Dei, “San José María Escrivá”, cuando escribe
- “Ningún ideal se hace realidad sin sacrificio. -Niégate. - ¡Es tan hermoso ser víctima!” ( ).
- “Bendito sea el dolor. -Amado sea el dolor. -Santificado sea el dolor... ¡Glorificado sea el dolor!” ( ).
- “El ayuno riguroso es penitencia gratísima a Dios” ( ).
Estas palabras casi no merecen comentario. Se califican por sí mismas. Expresan pura y simplemente le masoquismo de un loco, complementario del sadismo de un supuesto dios igualmente absurdo, pero así ha presentado la jerarquía católica al dios del cristianismo a lo largo de los siglos.
¿Es compatible esa “glorificación del dolor” con la idea de un “dios amor”? Sólo desde la hipocresía o desde la locura de un sádico podría afirmarse “amado sea el dolor”. Pues ¿qué sentido tendría entonces luchar contra el dolor, la miseria y el hambre, si se tratase de realidades tan “gratísimas a Dios”, según escribía el fundador del Opus?
CRÍTICA: Este punto de vista representa uno de los motivos de que la Jerarquía Católica defienda toda clase de penitencias y ataque el placer sexual como pecado, considerando que sólo es legítimo dentro del matrimonio y cuando se produce como una simple consecuencia del cumplimiento del precepto bíblico “creced y multiplicaos”, entendiendo en consecuencia que la búsqueda del placer en las relaciones sexuales, desvinculada del objetivo de la procreación, debe considerarse como pecado, siendo ésa la causa por la que igualmente condene el uso del preservativo. Éste es el motivo de que la Jerarquía Católica considere igualmente que los días de la “Cuaresma” son días de penitencia, de ayuno, de azotes, de abstención de carne –aunque no de caviar y de otros manjares-, presentando a Dios como un ser sádico que se complace con el sufrimiento humano. Y, ciertamente, desde una visión antropomórfica de cortas miras, podría verse a Dios de este modo, asimilándolo con los diversos reyezuelos y señores terrenales de cualquier época. Pero en cualquier caso la imposible hipótesis de un Dios como perfección absoluta en ningún caso podría corresponderse con esta otra, tan ridícula y absurda.
A simple vista parece que se trata de una absurda doctrina que tiene como fundamentos históricos el mito del pecado original y el de la Ley del Talión, basada en la venganza, en cuanto considera que un daño queda compensado con otro daño: “Ojo por ojo y diente por diente” (Éxodo, 21, 24; Lev., 24, 20). Esta antigua ley es incompatible con la idea del Dios-amor y va ligada a la idea de que el sufrimiento purifica, y que, por ello, cualquier penalidad que el hombre padezca debe ser recibido incluso con alegría, teniendo conciencia de que de ese modo el hombre colabora con Jesús en su obra redentora, la cual por otra parte ni siquiera se habría producido por el sufrimiento del propio Jesús en la cruz, quien efectivamente no habría logrado que “su Padre” perdonase a la humanidad, pues, según los Evangelios, condena al “fuego eterno” a la mayor parte de ésta y además, desde la eternidad habría predestinado a cada hombre para ser salvado o condenado. En consecuencia, ni el sufrimiento del Infierno ni el sufrimiento terrenal sirven para purificar de nada, y sólo son una muestra del absurdo antropomorfismo que invade las doctrinas de la Jerarquía Católica, pues el perdón de un ser infinitamente misericordioso no debería requerir para nada de la venganza consistente en causar sufrimiento a quien hubiera podido causarle una ofensa o en complacerse por ese sufrimiento.
Pero, además, sería estúpidamente pretencioso considerar que el ser humano tuviera la capacidad de ofender o de causar el más ligero disgusto a un ser perfecto como lo sería Dios si existiera, pues en el propio concepto de perfección iría incluida necesariamente la absoluta inmutabilidad y, por ello, la impasibilidad de tal ser, totalmente alejado de las posibilidades humanas de provocar en él cualquier alteración como sería el doloroso sentimiento de haber sido ofendido. Como dice un refrán español, “no ofende quien quiere, sino quien puede”, pero ¿quién podría ofender a Dios –si existiera-? Sería realmente muy pretencioso y estúpido suponer que el ser humano tuviera la capacidad de causar la más mínima molestia a un ser tan absolutamente poderoso como debería serlo ese ser imaginario. Pero, además, el ser humano no sólo no podría ofender a Dios sino que ni siquiera podría querer hacerlo si existiera, pues en cuanto Dios sería el ser que colmaría cualquier deseo humano, sería contradictorio odiar o despreciar aquella realidad que a la vez fuera objeto de amor y deseo, ya que en cuanto Dios fuera el bien absoluto y en cuanto, como dice Aristóteles, el bien es aquello a lo que todo tiende ( ), es efectivamente una contradicción afirmar que se pueda odiar aquello que al mismo tiempo se ama y se desea.
Pero entonces, ¿qué sentido tiene esta apología del dolor? Parece que las doctrinas y creencias aparentemente más absurdas tienen siempre una explicación oculta que puede aflorar cuando se analizan las circunstancias en que ha surgido. Y, en este sentido, es evidente que esta doctrina ha servido y mucho a los intereses económicos de la Jerarquía Católica, pues su insistencia en la idea del ser humano como pecador y de que la penitencia es el modo de obtener el perdón divino consiguen calar en los creyentes más ingenuos y más dóciles, que de este modo llegan a comportarse de un modo más sumiso y servil con su Jerarquía, la cual sabe además encauzar la ejecución de las penitencias “debidas” hacia el terreno económico, sugiriendo a sus dóciles penitentes la idea de que pueden sustituir la penitencia física por otras formas de penitencia más útiles para colaborar con la obra de Dios, como diversos “donativos”, “ofrendas”, “herencias”, “limosnas” a la Iglesia Católica –o, más exactamente, a la Jerarquía Católica, y presionándoles hasta el momento de su muerte para que puedan realizar esta última obra de caridad que repercutirá en el bien de su eterna salvación, aunque, sin duda, mucho más claramente en el incremento de la riqueza de las arcas sin fondo del Vaticano y de los diversos palacios arzobispales y episcopales, sin que llegue nunca el momento en que éstos decidan repartirlas entre los pobres para cumplir con el mensaje de aquél en cuyo nombre dicen predicar-.

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