29. LA ORACIÓN COMO TENTACIÓN A DIOS
CONTRADICCIÓN DE LA JERARQUÍA CATÓLICA SEGÚN LA CUAL LA ORACIÓN PUEDE MODIFICAR LAS DECISIONES DE DIOS, PREVIAMENTE ESTABLECIDAS DE ACUERDO CON SU SUPUESTA SABIDURÍA, INMUTABILIDAD, PROVIDENIA Y PERFECCIÓN.
La jerarquía católica proclama que Dios es inmutable y omnisciente, y, como consecuencia, que desde la eternidad ha predeterminado de modo infalible todos los sucesos del Universo y, entre ellos, los actos humanos. Por otra parte, afirma igualmente el valor de la oración a Dios, a la virgen María y a cualquiera de los llamados santos para conseguir por su mediación determinados favores que el hombre les implore.
La segunda doctrina es especialmente importante para todo el funcionamiento de la organización católica, pues todas las ceremonias, espectáculos, misas, procesiones, entierros, bautismos, bodas y demás ceremonias de la jerarquía católica van ligadas a diversas oraciones por las que se ruega a Dios –a la Virgen o a cualquier santo- que realice -o intercedan a Dios para que realice- determinada acción en nuestro beneficio particular o en aquello que cada uno juzga como un beneficio particular, al margen de que encaje o no con los planes eternos de la supuesta providencia divina. El mismo jefe de la jerarquía católica se asoma todos los días a un balcón de la basílica de San Pedro en el Vaticano para el rezo del “Angelus” y, en otras ocasiones, para rezar por los enfermos, por los difuntos, por los heridos, por la paz del mundo, por la solución de cualquier dificultad… Y, de ese modo, resulta evidente que la actividad relacionada con las oraciones tiene una importancia esencial y definitiva para justificación de la iglesia católica -y para la de cualquier religión en general-.
CRÍTICA: Sin embargo y aunque a primera vista parezca que este punto de vista justifique la oración, conviene preguntar si en realidad la oración tiene algún sentido. Si la doctrina de la predeterminación divina es válida, entonces es evidente que la oración no tiene sentido alguno en cuanto ya todo esté programado por Dios desde la eternidad, de manera que rezar implicaría pedirle a Dios que se olvidase de sus planes para realizar aquello que se le pidiese mediante la oración. Y, si el rezo tuviera sentido, entonces lo que sería evidente es que la acción divina no estaría necesariamente predeterminada por él y que él mismo no sería inmutable en sus decisiones sino sometido a variaciones de criterio como consecuencia de la fuerza que las peticiones humanas ejercieran sobre él a la hora de aceptarlas o rechazarlas.
Pero, en definitiva, lo más importante del asunto es que estas doctrinas son contradictorias entre sí.
Como consecuencia de su antropomorfismo la jerarquía católica, al igual que la de la práctica totalidad de religiones, considera que las oraciones humanas pueden modificar las decisiones de su divinidad, negando de modo implícito la inmutabilidad, la sabiduría y la providencia de su dios, cualidades que, por otra parte, proclaman como dogmas de fe.
Al margen de su carácter contradictorio, esta doctrina tiene una primordial importancia para el enriquecimiento económico de la organización católica en cuanto de este modo y mediante las diversas ceremonias en las que la oración se convierte en su parte esencial la jerarquía católica recauda una ingente cantidad de dinero como consecuencia de toda clase de rituales mágicos relacionados con los diversos rezos y de la correspondiente tarifa económica establecida por la jerarquía católica local: Por la salvación de las almas de los difuntos, por las víctimas de un terremoto, por los combatientes de un bando de una guerra, por los combatientes del otro, por la victoria de un bando en esa guerra, por la victoria del otro, por la paz del mundo, por el buen funcionamiento de los tanques y aviones de guerra, por el Papa, por Franco, por Hitler, por el alma de un familiar, por nuestras autoridades, por los pobres del mundo para que soporten su situación con cristiana resignación, por los ricos para agradecer a Dios sus riquezas y para pedirle que las incremente, por que Dios nos libre de las sequías, por librarnos de los diluvios, por librarnos de cualquier plaga, por librarnos de una enfermedad, por habernos salvado de morir en un accidente, por no habernos librado, pero para que nos conceda la eterna salvación, por que nos toque la lotería, por haber hecho que nos tocase, por el perdón de nuestros pecados, por el perdón de los pecados ajenos, por la conversión de los judíos, por la conversión de Rusia, por el milagro de curarnos de una enfermedad curable o incurable, por agradecerle el aumento de nuestro patrimonio obtenido mediante la explotación del prójimo, mediante la usura o el robo, para agradecerle lo bien que vivimos en “el primer mundo”, mientras una tercera parte de la población mundial sufre y muere en medio de la más absoluta miseria…
En definitiva, la oración se convierte de este modo en el núcleo fundamental de casi todas las ceremonias religiosas y en lo que da sentido a la asistencia de los fieles al local religioso en donde las oraciones parecen llegar mejor a su destino, hasta el punto de que sin ellas esos mismos locales –las iglesias- dejarían de tener sentido.
La jerarquía Católica, al fomentar esta doctrina, tan imprescindible para su funcionamiento y para la sostenibilidad económica de su negocio, parece olvidar que Dios, siendo infinitamente bueno, omnipotente y omnisciente, no necesitaría que nadie, a través de sus oraciones, tratase de recordarle lo que tiene que hacer ni tratase de influir en él pidiéndole que cambiase sus planes, realizando acciones contrarias a sus designios eternos.
Aunque puede parecer natural que uno recurra a Dios cuando se encuentra ante una dificultad frente a la cual se siente impotente, esa actitud es incongruente con las doctrinas religiosas acerca de Dios, quien, en cuanto fuera omnipotente, omnisciente e infinitamente bueno, haría siempre lo mejor y no tendría sentido pedirle que lo hiciera. Es más, en el fondo de esta cuestión existe una especie de dilema que conduce a una contradicción que sólo se resolvería con la desaparición de cualquier forma de oración que implicase una petición a Dios, fuera del tipo que fuese.
En efecto, el núcleo del problema se encuentra en el siguiente dilema:
-Cuando uno hace una petición a Dios o bien le pide que realice lo mejor, o bien le pide que realice algo que no es lo mejor.
-La primera parte de la alternativa o bien implicaría una especie de desconfianza consciente o inconsciente hacia Dios, por suponer que sólo hará lo mejor si uno se lo pide y no porque sea infinitamente bueno, o bien implicaría cierta ignorancia en asuntos de “Teología” por desconocer que Dios siempre hace lo mejor y que, en consecuencia, no tiene sentido pedirle que lo realice.
A lo largo de su historia más remota, la humanidad ha creado una imagen antropomórfica de Dios de manera que, del mismo modo que ha considerado natural pedir favores a los poderosos por la confianza de que las súplicas y manifestaciones de respeto y sumisión podrán influir en una predisposición más favorable respecto a sus peticiones, así también llega a creer que la mejor o peor predisposición de Dios depende igualmente de las diversas súplicas y oraciones mediante las cuales le manifieste su respeto, su adoración y su fidelidad, y no de su sabiduría y de su bondad infinitas.
-Por otro lado, la segunda parte de la alternativa implicaría algo así como tentar a Dios, al rogarle que dejase de hacer lo mejor en un sentido absoluto para hacer lo que uno valorase como lo mejor para él.
A la objeción según la cual, aunque Dios realizaría siempre lo mejor, desea que el hombre se lo pida, hay que responder que es absurdo tener que pedir lo que de antemano se sabe que necesariamente se ha de cumplir por ser lo mejor y por depender de Dios, que sólo actúa de acuerdo con este principio. Además, suponer que Dios desea que el hombre le pida cualquier cosa presupone de nuevo esa interpretación antropomórfica de Dios, pues, si Dios fuera perfecto, sería una equivocación suponer en él la existencia de deseos, ya que sólo quien carece de algo puede desearlo, pero por definición un ser perfecto de nada carece y, por ello, nada desea.
Quizá alguien pudiera objetar que sería el hecho de pedirle algo a Dios lo que convertiría esa petición en algo bueno. Pero ya en el siglo XIV Guillermo de Ockam señaló que la bondad de cualquier realidad estaba subordinada a la omnipotencia divina; y, en consecuencia, que Dios había establecido los distintos valores no porque fueran buenos en sí mismos, sino que eran buenos porque Él así lo había establecido, de manera que no existía nada que fuera bueno en sí mismo de forma que sirviera de guía a la que debieran someterse las decisiones divinas, pues en tal caso Dios dejaría de ser omnipotente por estar subordinadas sus decisiones a ese supuesto bien absoluto que estaría por encima de Él. Esta situación se presenta como mayormente absurda en cuanto la bondad o maldad de cualquier acción divina estaría subordinada al hecho de que el hombre la pidiese a Dios, en lugar de que su bondad o maldad estuviera subordinada a la propia divinidad, tal como consideraba Ockham. Tomando, pues, como referencia estas observaciones, si se hace depender el bien de una acción del hecho de que el hombre la pida, en ese caso se estará negando la omnipotencia de Dios al subordinar su voluntad a un bien que lo es no porque él así lo haya establecido, sino porque el hombre se lo haya pedido. Además, aceptando ese planteamiento, uno podría pedirle a Dios, por ejemplo, que matase a todos sus enemigos; pero no parece que tal petición se pueda convertir en buena por el hecho de pedirla. Por lo tanto, parece claro que el criterio de la bondad de una petición no puede encontrarse en el hecho de que el hombre la pida a Dios, sino que previamente dicha acción debe ya ser buena en cuanto el propio Dios así lo haya decidido.
En definitiva, toda esa tradición relacionada con las distintas modalidades de la oración tiene un componente esencial y exclusivamente antropomórfico por el que se tiende a ver a Dios como un ser cuya voluntad puede ser comprada o modificada mediante suplicas, sacrificios, ayunos, gestos de sumisión y obediencia, etc. Y, en este sentido, habría que considerar la oración (en cuanto petición) como una ofensa a Dios, pues o bien supondría una desconfianza, o bien una pretensión de tentar a Dios, y, en cualquier caso, no tendría sentido verla como un acto piadoso.
En definitiva, en cuanto la mayor parte del ritual cristiano gira en torno a la oración y en cuanto la oración sería una ofensa a Dios, en esta misma medida el conjunto de rituales y ceremonias establecidas por la Jerarquía Católica carece de sentido: Así sucede no sólo con las diversas ceremonias relacionadas con lo anteriormente señalado, como especialmente la Misa, sino también con las distintas oraciones prefabricadas, como el Padre nuestro, el Ave María, la Salve, la Letanía, el Rosario, el Vía Crucis, el Réquiem por los difuntos, y todas las ceremonias cuya esencia se relaciona siempre con peticiones y ruegos a Dios.
Eliminada la oración del ritual religioso, ¿qué sentido podría tener acudir a las iglesias? ¿Qué se le podría decir a Dios que él no supiese? ¿Habría que acercarse a la Iglesia para agradecer a Dios sus favores? Pero a Dios no le supondría ningún esfuerzo el hacerlos; además, si los hiciera, no sería porque el hombre se lo pidiese sino porque serían una manifestación de la perfección divina, la cual le llevaría en todo momento a obrar de acuerdo con ella, tanto cuando pareciese que beneficiaba al hombre como cuando pareciese que le perjudicaba. En definitiva, Dios haría siempre lo mejor y no podría hacer otra cosa porque su perfección le llevaría a querer sólo mejor, y, por ello, la oración carecería de sentido.
Aceptando esta crítica, alguien podría argumentar que la oración podría ser un medio para sentir más intensamente la unión con Dios, venciendo así el sentimiento de soledad que en ocasiones acompaña al hombre y tomando una conciencia renovada de la presencia de Dios y de su constante protección. Sin embargo, desde el momento en que uno tratase de ponerse “en contacto con Dios”, sólo estaría demostrando su desconfianza respecto a la constante omnipresencia divina y esa conducta sólo sería una muestra más de debilidad y no un mérito especial.
Por ello, si a la Iglesia no la guiasen intereses económicos, como los que se muestran en los grandes montajes del Vaticano, de Lourdes, de Fátima y de tantos otros lugares de peregrinación y de negocios montados en torno a la esperanza en los milagros de María y de muchos otros objetos de devoción, debería prohibir o eliminar la oración. Pero, claro está, eso implicaría su suicidio como institución económica –que es lo que esencialmente es-, pues la existencia de los ambiciosos intereses económicos de la Jerarquía Católica, cuya economía se sustenta en la ingenua credulidad de la mayoría de los católicos de base, es el obstáculo más importante para la superación de este antropomorfismo criticado ya en cierto modo por el genio de Platón mucho antes de la aparición del Cristianismo.
lunes, 5 de enero de 2009
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