34. LA DISCRIMINACIÓN DE LA MUJER
LA DOCTRINA DE LA JERARQUÍA CATÓLICA QUE DISCRIMINA A LA MUJER EN CUANTO ES INCOMPATIBLE CON LA QUE DEFIENDE LA IGUAL DIGNIDAD DE TODOS LOS SERES HUMANOS.
Respecto al tema de la valoración de la mujer, la Jerarquía Católica sigue aceptando toda una serie de contenidos y doctrinas de la Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, que son especialmente discriminatorias, doctrinas que aparecen reiteradamente, y de las que se puede tomar conciencia fácilmente haciendo referencia a diversos puntos como los siguientes:
1) En primer lugar, al protagonismo casi absoluto que se concede el varón frente a la mujer. Este protagonismo se muestra, por ejemplo, cuando al hablar de Dios se dice que es “Padre” y no “Madre”, “Hijo” y no “Hija”, y “Espíritu Santo”, teórico padre de Jesús; Dios creó a Adán como rey de la creación, y a Eva para que Adán tuviera una compañera; la mujer –Eva- fue quien introdujo el pecado en el mundo y, por ello, entre otros castigos, Dios la condenó a ser dominada por el varón ( ), lo cual es una forma “religiosa” de justificar las diversas formas del machismo judeo-cristiano; los hijos de Adán y Eva cuyos nombres se mencionan en la Biblia sólo son los de Caín, Abel y Seth, de manera que no se menciona para nada los de las hijas a las que debieron de unirse Caín y Seth para tener descendencia; los personajes femeninos de la Biblia casi siempre tienen un papel secundario.
2) De acuerdo con aquella primera valoración negativa de la Biblia tal como aparece en el Génesis, pero de manera mucho más acentuada, en el Eclesiastés se dice que “la mujer es más amarga que la muerte” ( ) y en Zacarías la mujer aparece como símbolo de la maldad:
“El hombre que hablaba conmigo se adelantó y me dijo:
-Levanta tu vista y mira lo que aparece ahora.
Pregunté:
-¿Qué es?
Me respondió:
-Una cuba, y representa la maldad de toda esta tierra.
Entonces se levantó la tapa redonda de plomo y vi una mujer sentada dentro de la cuba. El ángel me dijo:
-Es la maldad” ( ).
Ambos puntos de vista se encuentran en la misma línea del Génesis, donde, como ya se ha señalado en otro momento, Eva, como representante de la mujer, es castigada por Dios a quedar sometida al varón por haber sido la responsable principal de la desobediencia a Dios.
3) Por otra parte, todos los nombres de los ángeles son nombres de varón: Miguel, Rafael, Gabriel. El propio “Príncipe de las Tinieblas” se muestra como varón: Lucifer, Luzbel o Satán. Y casi todos los nombres relevantes de la Biblia son de varón, como Noé, Sem, Cam, Jafet, Abraham, Isaac, Esaú, Jacob, los hijos de Jacob: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón, José y Benjamín (y sólo al final una hija llamada Dina, a la que se menciona en muchas menos ocasiones que a sus hermanos), Moisés, Aarón, Josué, Saúl, David, Salomón, Roboam, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, Job, Pedro, Santiago, Juan, Tomás, Bartolomé, Judas, Mateo, Matías, Marcos, Lucas, Pablo, y apenas alguno de mujer, que casi siempre juega un papel secundario o anecdótico.
Los personajes más importantes de la Biblia, con muy pocas excepciones, son varones, hasta el punto de que en dicha obra, con ocasión del famoso “diluvio universal”, ni siquiera se menciona el nombre de la mujer ni de las hijas de Noé, que fueron quienes se salvaron de morir, junto con el propio Noé y sus hijos Sem, Cam y Jafet, lo cual demuestra evidentemente la escasísima importancia que se concede a la mujer, a pesar de que sin ella la multiplicación de la especie habría sido un milagro especialmente digno de reflejar.
4) La actitud degradante respecto a la mujer se muestra igualmente de un modo a la vez ingenuo y descarado cuando en Génesis se habla de los varones como “hijos de Dios” y de las mujeres como “hijas de los hombres”, a la vez que se deja claro que la mujer tenía el valor de una simple cosa, en cuanto se “tomaba” o se compraba por parte del varón, de manera que no era libre para decidir sobre su propia vida:
“Cuando los hombres empezaron a multiplicarse en la tierra y les nacieron hijas, los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas y tomaron para sí como mujeres las que más les gustaron” ( ).
5) En esta misma línea de degradación de la mujer hay que señalar el hecho de que la poligamia y la posesión de concubinas y de esclavas aparezca de un modo tan natural en la sociedad judía, tal como la presenta la Biblia, en la que la mayoría de sus personajes relevantes tuvieron varias esposas, concubinas y esclavas, como fue el caso del rey Salomón que tuvo setecientas mujeres y trescientas concubinas ( ).
6) Resulta igualmente curioso que en el Antiguo Testamento la mujer quede ninguneada hasta el punto de que, cuando se enumera la lista de los hijos de cualquier personaje, tanto si se trata de Jacob como de cualquier otro, casi todos los nombres sean de varón y apenas alguno de mujer, como si no hubieran nacido o como si su importancia fuera tan anecdótica que fuera irrelevante incluso la mención de su existencia. Esto sucede por lo que se refiere a los hijos de Adán y Eva, Noé, Jafet, Cam, Sem, Abraham, Ismael, Isaac, Esaú, Jacob, y a la práctica totalidad de las largas líneas genealógicas que aparecen en la Biblia, donde o bien no se nombra la existencia de las hijas de estos personajes o bien sólo se dice que también tuvieron hijas, pero sin nombrarlas o incluso hablando de un número de hijas muy llamativamente inferior respecto al de hijos.
7) En las referencia genealógicas además sólo cuanta la línea paterna y para nada la materna, hasta el punto de que, como ya se ha dicho en otro capítulo, para demostrar la filiación divina de Jesús el evangelio atribuido a Lucas se remonta por la línea genealógica de José hasta llegar a Adán, incurriendo en la contradicción de afirmar la paternidad de José respecto a Jesús, cuando interesa demostrar que Jesús era Hijo de Dios, pero negando tal paternidad cuando interesa afirmar que María era “virgen” y que concibió por obra del Espíritu Santo y no por sus relaciones con José.
8) El papel secundario de la mujer en el Antiguo Testamento se muestra igualmente desde la perspectiva de la valoración económica, tal como aparece en Levítico:
“El Señor dijo a Moisés:
-Di a los israelitas: Cuando alguien haga al Señor una promesa ofreciendo una persona, la estimación de su valor será la siguiente: el hombre entre veinte y sesenta años, quinientos gramos de plata […]; la mujer, trescientos; el joven entre cinco y veinte años, si es muchacho, doscientos gramos, y si es mucha, cien; entre un mes y cinco años, si es niño, cincuenta gramos, y treinta gramos de plata si es niña; de sesenta años para arriba, el hombre, ciento cincuenta gramos y la mujer cincuenta” .
O sea, que eso de que ante Dios todos seamos iguales evidentemente sería una apreciación incorrecta, por lo menos por lo que se refiere al Dios judeo-cristiano.
9) Incluso la figura de María tiene un papel muy poco relevante, como puede constatarse mediante la lectura del evangelio de Marcos, en donde el propio Jesús llega a tratarla de modo un tanto despectivo cuando, en el momento en que ésta y sus otros hijos fueron a buscarlo, sus discípulos le avisaron diciéndole: “¡Oye! Tu madre y tus hermanos y hermanas están fuera y te buscan”, y Jesús les respondió: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?” Y mirando después a los que estaban sentados alrededor, añadió: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” ( ).
Esta baja consideración de la mujer, referida a María en este caso, se muestra igualmente cuando se considera a Jesús como “hombre” por ser hijo de María y sólo como “Hijo de Dios” -según el evangelista Lucas, que afirma tal doctrina- a partir de la enumeración de la genealogía paterna de Jesús por ser hijo de José, cuyo linaje se remontaría hasta Adán, el cual es considerado “hijo de Dios” por haber sido creado por él ( ) y a pesar de haber escrito antes que el autentico padre de Jesús no fue José sino el “Espíritu Santo” ( ).
10) La continuación de este punto de vista degradante respecto a la mujer aparece nuevamente y de manera muy acusada en Pablo de Tarso, quien considera al marido como la cabeza de la mujer, lo cual implica evidentemente la doctrina de que la mujer es un cuerpo sin cabeza propia. Dice en efecto Pablo que “la cabeza de la mujer es el varón” ( ), y, justificando el uso del velo que oculta la cabeza de la mujer, afirma igualmente que
“toda mujer que ora o habla en nombre de Dios con la cabeza descubierta, deshonra al marido, que es su cabeza” ( ).
Defiende a continuación las idea de la subordinación y sujeción de la mujer respecto al varón y el uso del velo como símbolo de tal sujeción afirmando que
“el varón no debe cubrirse la cabeza, porque es imagen y reflejo de la gloria de Dios. Pero la mujer es gloria del varón, pues no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón, ni fue creado el varón por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por eso […] debe llevar la mujer sobre su cabeza una señal de sujeción” ( ).
Esta misma idea vuelve a aparecer no sólo en relación con el uso del velo sino también en relación con la norma por la que la mujer debe someterse al marido, hasta el punto de que se le prohíbe incluso que hable en público y, si desea saber algo, debe preguntar luego al marido, pero no durante la asamblea:
-“La mujer aprenda en silencio con plena sumisión. No consiento que la mujer enseñe ni domine al marido, sino que ha de estar en silencio. Pues primero fue formado Adán, y después Eva. Y no fue Adán el que se dejó engañar, sino la mujer que, seducida, incurrió en la transgresión” ( ).
-“…que las mujeres guarden silencio en las reuniones; no les está, pues, permitido hablar, sino que deben mostrarse recatadas, como manda la ley. Y si quieren aprender algo, que pregunten en casa a sus maridos, pues no es decoroso que la mujer hable en la asamblea” ( ).
La jerarquía católica intentó posteriormente suavizar esta doctrina acerca de la mujer enalteciendo la figura de María –doctrina que, desde luego, no deriva de los evangelios-, aunque su doctrina acerca de la mujer en general consistió siempre de manera más o menos explícita en considerarla inferior al varón y creada para vivir sometida a él.
11) Otra forma de ignorar a la mujer puede verse en cierto modo en la supuesta actitud de Jesús al haber elegido a doce apóstoles, sin que ninguno de ellos fuera mujer. A la crítica de que aquellos tiempos no eran los más adecuados para la elección de una mujer como apóstol, se podría replicar que si Jesús era “Hijo de Dios”, por lo mismo que defendió una nueva forma de moral igualmente hubiera podido predicar la igualdad entre los seres humanos y predicar con el ejemplo, pues precisamente el hecho de que no nombrase como apóstol a una mujer fue utilizado por algunos obispos como argumento especialmente agudo y profundo (?) para rechazar que la mujer pueda acceder al sacerdocio, diciendo que, si Jesús hubiera querido que las mujeres accedieran a tales cargos, habría elegido a alguna de ellas como apóstol. Claro que, con un argumento similar, se podría haber rechazado al actual jefe de la organización católica y a la mayoría de los anteriores, indicando que, en el supuesto de que Jesús hubiese nombrado a un jefe para su Iglesia, nombró a un judío y no a un alemán ni a un italiano, por lo que el señor Ratzinger, que es alemán y no judío, debería ser removido de ese cargo que ocupa en contra de la voluntad de Jesús.
12) En los últimos años, José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, ha defendido descaradamente una perspectiva similar acerca de la mujer cuando en su patológico escrito Camino, dirigido casi en exclusiva a los varones y a lo “viril”, lo contrapone a lo femenino, que es considerado como inferior en muy diversos aspectos. En este sentido, por ejemplo, escribe:
“Si queréis entregaros a Dios en el mundo, antes que sabios -ellas no hace falta que sean sabias: basta que sean discretas- habéis de ser espirituales […]” ( ).
Es decir, el varón todavía puede aspirar a ser sabio, pero respecto a las mujeres “basta que sean discretas”.
¿Qué motivos podría tener el señor Escrivá para tal discriminación? Parece que los mismos que le sirvieron a Pablo de Tarso: Ningún otro que prejuicios simplemente irracionales y absurdos, heredados de la mentalidad que domina en la Biblia.
La importancia de esta doctrina, contraria a la igualdad entre mujer y varón, pone más en evidencia el carácter simplemente humano –y no divino- del conjunto de las doctrinas de la Jerarquía Católica, y sirve además como una de las muchas muestras de la conexión entre judaísmo, cristianismo y religión musulmana. En esta última todavía en la actualidad la mujer aparece sojuzgada y negada hasta el punto de tener que ocultar su propio cuerpo cubriendo su práctica totalidad con el denigrante “burka”, del que se encuentran a escasísimos milímetros los uniformes de diversas comunidades de monjas católicas.
Además de la discriminación y menosprecio expresados en la crítica anterior, la Jerarquía Católica discrimina igualmente a la mujer en cuanto le niega el derecho a acceder al sacerdocio, a partir del argumento basado -al parecer- en la consideración de que Jesús no nombró apóstol a ninguna mujer. Se trataría de un argumento absurdo, aunque no parece existir otro, además de la propia tradición del judaísmo, para negar a la mujer el acceso a dicha función sacerdotal. El obispo de Málaga “aclaró” el motivo de esta absurda actitud machista de la jerarquía católica en una entrevista en la CNN+ (27 / 03 / 02), en la que, como ya se ha dicho, argumentaba que Jesús no designó a ninguna mujer como apóstol. Siendo coherentes con un argumento tan contundente (?) resulta extraño que la Jerarquía Católica haya consentido que a lo largo de los tiempos quienes no eran judíos ni de raza blanca hayan podido ser ordenados sacerdotes, pues todos los apóstoles eran judíos y de raza blanca.
La pobreza de tal argumento resulta tan evidente que ni siquiera merece una crítica. Es cierto que la sociedad del pueblo judío era fuertemente machista y es muy posible que Jesús se olvidase de elegir a alguna mujer entre sus apóstoles por influjo de aquel lastre y de aquel ambiente machista de la sociedad judía. Pero, por ello mismo, la actitud de Jesús sólo demostraría que él mismo no estaba preparado para asumir que la mujer tenía en esencia las mismas capacidades que el varón para ejercer aquellas tareas de que se ocupaba éste. Pero, en cualquier caso, aunque en la práctica fue un mero seguidor del machismo judío tradicional, Jesús nunca defendió explícitamente la existencia de alguna diferencia o de alguna superioridad del varón sobre la mujer, y el hecho de que no hubiese nombrado como apóstol a ninguna mujer no representa un argumento para concluir que la mujer deba quedar relegada respecto a la posibilidad de acceder al sacerdocio y al episcopado, y, en definitiva, para que aparezca siempre en un segundo plano respecto al varón como si fuera un ser inferior.
Por otra parte, en cuanto tal argumentación relacionada con el nombramiento de apóstoles varones habría sido absurda, hay que volver a Pablo de Tarso ( ) para comprender que fueron especialmente sus prejuicios acerca de la mujer, expresados en diversas epístolas, lo que condujo a dar a la mujer un papel totalmente secundario en la estructura organizativa de la Jerarquía Católica, que estuvo inicialmente muy condicionada por las ideas del llamado “apóstol de los gentiles”.
Ese papel secundario de la mujer no sólo se ha dado en una gran parte de las religiones en el pasado sino que sigue dándose en la actualidad, y no sólo en cuestiones religiosas sino también en cuestiones políticas y sociales, aunque en los últimos años se han producido avances especialmente importantes. Sin embargo, la Jerarquía Católica, como también sucede en el terreno científico, todavía no ha sido capaz de asumir estos avances en el interior de su organización. No obstante, en cuanto la ausencia de la mujer en cargos más importantes de la Jerarquía, accediendo al sacerdocio, al episcopado y al papado, puedan tener efectos negativos en los intereses económicos y políticos de la Jerarquía Católica, es muy probable que en un corto plazo de tiempo, en cuanto comprenda esta situación y en cuanto las propias mujeres pertenecientes a esa organización religiosa presionen adecuadamente, se producirá el cambio consiguiente en la mentalidad de la Jerarquía Católica, tal como en estos momentos se está produciendo en la Iglesia Anglicana, sobre todo a partir del momento en que las “vocaciones” sacerdotales flojeen hasta el punto de que la situación repercuta negativamente en la buena marcha del negocio religioso.
Conviene tener en cuenta en este sentido que la revolución política y social por lo que se refiere a los derechos de la mujer comenzó a realizarse hace sólo alrededor de cien años, así que, teniendo en cuenta que la Jerarquía Católica lleva en casi todos los terrenos un desfase de siglos, es “lógico” (?) que le cueste aceptar la idea de la igualdad de la mujer respecto al varón.
lunes, 12 de enero de 2009
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