sábado, 10 de enero de 2009

33. VIDA TERRENA Y SEXO COMO PECADO
LA CONTRADICCIÓN DEFENDIDA POR LA JERARQUÍA CATÓLICA DE QUE EL MUNDO Y LA CARNE –ES DECIR, LA SEXUALIDAD- SEAN ENEMIGOS DEL ALMA.
Por lo que se refiere al mundo, considerado como enemigo del alma, la Jerarquía Católica y también los sacerdotes del Antiguo Testamento, fomentaron desde muy pronto la idea de que el cuidado del Templo y todo lo relacionado con el culto al Dios de Israel o al Dios del Cristianismo debía tener un carácter prioritario en la vida de todo judío o de todo cristiano y, por ello, presionaron desde el principio para conseguir se tuviera bien asegurado el mantenimiento y el enriquecimiento del Templo y el de los “servidores” del templo, es decir, el de los sacerdotes del Antiguo Testamento y el de la actual Jerarquía Católica (especialmente la formada por los obispos, arzobispos, cardenales y papa, aunque también por otros cargos menos importantes) mediante la asignación de un tributo o un diezmo, junto con las diversas ofrendas religiosas procedentes del antiguo pueblo de Israel, de los cristianos en particular -en los primeros siglos después de Cristo-, del Imperio Romano -cuando el Cristianismo se convirtió en religión oficial de dicho imperio- y de las diversas naciones que se formaron después de la desintegración del Imperio Romano.
El fomento de esa prioridad de los asuntos económicos ligados al mantenimiento del clero debió de ser decisivo para que los sacerdotes antiguos y modernos fomentasen en el pueblo la idea de que había que anteponer la práctica de penitencias, de holocaustos, ayunos, sacrificios y ofrendas al “Señor” al propio disfrute personal de las comodidades de la vida y de sus placeres, exhortando ya desde muy pronto el clero de las religiones judeo-cristianas al pueblo de Israel y luego a los cristianos de base a llevar una vida austera, pues cuanto más gastasen en su propio bienestar menos bienes les quedarían para ofrendarlos a fin de colaborar al sostenimiento del Templo o a los asuntos religiosos, especialmente los relacionados con la vida del clero y de sus altas jerarquías. Sin embargo, desde el momento en que la propia Jerarquía Católica comenzó a enriquecerse por sus buenas relaciones con los emperadores romanos, con las posteriores monarquías del feudalismo o con los gobiernos de los estados de los últimos siglos, ha ido dejando en un segundo plano sus referencias al mundo como enemigo del alma, pues, de hecho, ella misma, con el disfrute de sus cuantiosos lujos y riquezas, pone cada día en evidencia ante sus fieles de base que no vive ni siente para nada aquellas exhortaciones de Jesús relacionadas con la ayuda a los pobres y a los hambrientos. Por ello, aunque de vez en cuando se atreven a hablar en favor del tercer mundo y de la lucha contra el hambre, siempre lo hacen de manera que parezca que ellos se han esforzado y se esfuerzan mucho criticando a la sociedad actual, y tratan así de desviar la atención de sus fieles respecto al hecho de que ellos, con sus escandalosas riquezas, habrían podido remediar con creces todo el hambre y la miseria del mundo.
Por lo que se refiere a la carne, es igualmente absurdo suponer que Dios hubiera creado el placer sexual sólo para prohibirlo, cuando éste -como cualquier otro- es una sensación absolutamente natural y agradable, y un mecanismo biológico para la supervivencia de la especie tanto en la especie humana como en la mayoría de los animales medianamente evolucionados. Además, como ya se ha señalado, tanto desde el Psicoanálisis de Freud como desde la Psicología científica en general se considera que por lo que se refiere al comportamiento humano la motivación sexual es una de las más importantes, junto con las de la satisfacción de la sed y del hambre.
De hecho la doctrina del Antiguo Testamento acerca de la sexualidad está muy lejos de la obsesión mostrada por la Jerarquía Católica a lo largo de los siglos hasta la actualidad. ¿Qué diría el Papa si algún “monarca cristiano” mantuviese abiertamente una relación de bigamia? Tendría que excomulgarlo a no ser que hiciera caso de sus reconvenciones. Y, sin embargo, a pesar de lo bien que se suele hablar del rey Salomón y de su sabiduría, pocos saben que tuvo setecientas esposas y trescientas concubinas, al menos según dice la Biblia, considerada por la Jerarquía Católica como “palabra de Dios”, y nadie parece haberse escandalizado por ese detalle. Lo que por otra parte parece evidente es que Salomón debió de tener algunas dificultades para cumplir con aquellas setecientas mujeres desde el punto de vista de la satisfacción sexual de todas ellas, y parece difícl de creer que además tuviera necesidad de aquellas trescientas concubinas para estar seguro de tener descendencia. Parece más bien que, si dispuso de mil mujeres, debió de ser para disfrutar del sexo cuando y con quien le viniese en gana. Y, al igual que él, aunque sin llegar a números tan altos, son muchos los personajes bíblicos que cuentan con un buen numero de esposas, de concubinas y de esclavas, como el mismo rey David, quien, además, también tuvo un amigo –Jonatán- de quien dijo:
“¡Cómo te quería! Tu amor era para mí más dulce que el amor de las mujeres” ( ).
Sin embargo y al menos desde el punto de vista doctrinal teórico, la Jerarquía Católica ha defendido a lo largo de mucho tiempo una doctrina absurda acerca de la sexualidad, a pesar de la evolución mucho más abierta y permisiva de la sociedad actual, y sigue considerando pecado cualquier forma de comportamiento sexual extramatrimonial en general e incluso matrimonial en cuanto tal comportamiento no vaya unido con la intención de la procreación. En relación con este punto, por cierto, resulta especialmente llamativa por penosa y ridícula la actitud de la llamada “madre Teresa de Calcuta”, cuando en referencia a la enfermedad del sida, tuvo la absurda e incalificable osadía de afirmar que era “simplemente una retribución justa por una conducta sexual impropia”, criticando así el goce sexual no unido al fin de la procreación y defendiendo la absurda doctrina de que Dios habría tomado venganza mediante esa enfermedad de quienes gozasen de la sexualidad de un modo distinto al de su religión –y, de paso, vengándose igualmente de los millones de niños que hubiesen nacido ya con dicha enfermedad como consecuencia de que sus madres la padecían-.
Esta doctrina acerca de la sexualidad no parece corresponderse con alguna doctrina correspondiente de los evangelios, pero Pablo de Tarso comenzó a considerar la sexualidad como algo moralmente negativo, tal como puede verse en el siguiente pasaje:
“A los solteros y a las viudas les digo que es bueno que permanezcan como yo. Pero si no pueden guardar continencia, que se casen. Es mejor casarse que abrasarse” ( ),
en el que considera el casarse no como un bien, sino sólo como un mal menor en comparación con el castigo del Infierno al que estarían condenados quienes pretendieran disfrutar de de la sexualidad fuera del matrimonio.
A pesar de todo, en estos momentos la Jerarquía Católica ante el tema de la sexualidad se encuentra en una situación de desconcierto y prefiere callar ante el rumbo que siguen los nuevos tiempos en los que la gente en general tiende a alejarse de sus doctrinas por considerarlas absurdas, de manera que, aunque muchos se declaren católicos, eso no implica que vivan de acuerdo con la mojigata doctrina sexual de su jerarquía, sino que la vida de acuerdo con una sexualidad libre y sin asociarla con la idea de pecado es lo que por suerte predomina cada día más en nuestra sociedad actual, incluidos los mismos católicos en general. Es bastante sintomático de esta “prudencia” (?) de la Jerarquía Católica que, ante la presencia en la televisión de toda una serie de programas eróticos y pornográficos, nunca o casi nunca diga nada, como si no se hubiese enterado de su presencia. Parece, sin embargo, que lo que sucede es que sabe que cualquier llamada a sus fieles para que se abstuviesen del pecado de ver tales programas no sería atendida y que sería incluso contraproducente para sus propios negocios. Así que lo más probable es que la Jerarquía Católica continúe manteniendo silencio y acepte finalmente como normal lo que es normal, además de inevitable.
En cualquier caso y frente a esta doctrina de la Jerarquía Católica hay que indicar que, si ese Dios existiera, sería absurdo que hubiera creado el placer sexual sólo para prohibirlo, cuando es absolutamente natural, existente no sólo en el ser humano sino también en muchas otras especies animales, que han desarrollado el mecanismo de la atracción y del goce sexual como un medio para conseguir la continuidad de su especie. La hipocresía de este punto de vista –en este caso concreto, la de Pablo VI en su encíclica Humanae Vitae- se muestra en el hecho de que la Jerarquía Católica acepta el placer sexual dentro del matrimonio, aunque no persiga la procreación, siempre que el acto sexual se realice sin métodos “artificiales” para evitar el embarazo y permitiendo sólo, como único método para evitar el embarazo, “métodos naturales” como el Ogino, basado en la estimación de cuáles sean los días fértiles de la mujer para realizar el acto sexual en aquellos días en los que se supone que la posibilidad de un embarazo es muy remota.
Esta doctrina implica una actitud hipócrita en cuanto la finalidad perseguida en el caso de la utilización del método Ogino o de otros similares es la misma que se persigue en aquellos otros que implican la utilización de mecanismos que impiden directamente el embarazo, como el del uso del preservativo o el de las píldoras anticonceptivas, teniendo en cuenta que la Jerarquía Católica considera que el pecado se relaciona con la intención y no con el acto material en sí mismo.
Además, si, aceptando los supuestos filosóficos de la escolástica y del propio Aristóteles, la Jerarquía Católica considerase que cada acto debe ir encaminado hacia su fin natural propio (?) y que ese sería el motivo por el que considerase que el acto sexual debe encaminarse a la procreación, igualmente debería condenar entonces el uso de la inteligencia cuando se la utilizase para fines que simplemente proporcionasen placer, como sucede con tantos juegos de lógica, como el del ajedrez, y lo mismo habría que decir de otras muchas actividades que tienen como finalidad la obtención del placer que viene asociado con el ejercicio de nuestras diversas facultades. En este sentido igualmente debería condenar el uso de la vista cuando se emplease para disfrutar contemplando un cuadro de Leonardo, de Velázquez o de Renoir, o para disfrutar contemplando el florecer de los almendros y la belleza de toda la naturaleza. Igualmente debería condenar el uso del oído cuando se lo emplea para disfrutar de las composiciones de Bach, de Mozart, de Beethoven o de Wagner o de cualquier otro compositor capaz de provocar “placeres auditivos”. Igualmente debería condenar el uso del olfato para gozar del aroma del jazmín o de las rosas, o del aroma de los perfumes, que sólo provocan “placeres olfativos”. Igualmente debería condenar el uso del tacto cuando se lo utilizase para gozar del “placer de las caricias” en lugar de utilizarse para diferenciar las texturas, grado de dureza y temperatura de los diversos objetos, en cuanto su conocimiento sea vitalmente importante. Y, finalmente, el sentido del gusto debería utilizarse exclusivamente para diferenciar los alimentos que pudieran servir para conservar la vida y, por ello, debería condenar como pecado su simple uso para obtener el “placer gustativo” de saborear una copa de vino, un pastel, un caramelo o cualquier comida elaborada con la finalidad de gozar de sabores exquisitos.
Todos estos absurdos van ligados a la consideración negativa de la vida terrena, tan propia del cristianismo, que condena en multitud de ocasiones todo lo que implique alegría de vivir, y predica la penitencia, el ayuno y toda clase de sacrificios, poniendo sus aspiraciones en una supuesta vida ultraterrena, como si la afirmación de los valores de la vida terrenal fuera en sí pecaminosa, cuando el supuesto creador de tales posibilidades de disfrutarlos habría sido el propio Dios. Por ello escribía Nietzsche con total acierto
“la concepción cristiana de Dios [...] es una de las más corruptas alcanzadas sobre la tierra; [...] ¡Dios, degenerado en repudio de la vida, en vez de ser su transfigurador y eterno sí! ¡En Dios, declaración de guerra a la vida, a la Naturaleza, a la voluntad de vida! [...] ¡En Dios, divinización de la Nada, santificación de la voluntad de alcanzar la Nada!” ( ).
A este absurdo se añade otro nuevo si se tiene en cuenta que, ayudada por esta actitud de la Jerarquía Católica en contra del uso de métodos anticonceptivos como el del preservativo o el de la píldora, la epidemia del sida sigue extendiéndose por todo el mundo y ha causado ya millones de muertos. Pero eso no parece importarle. A ella le importa especialmente lo que se relacione con la obtención de “ayudas” millonarias, robadas con “guante blanco” al conjunto de la sociedad española y a la de otros países; esos robos no los realiza directamente sino a través de chantajes a los sucesivos gobiernos a quienes exige una parte de nuestros impuestos, que no utiliza para remediar el hambre y la miseria del mundo sino para incrementar su escandaloso patrimonio, para montar nuevas sucursales y para aumentar el refinamiento de la vida lujosa de sus altos cargos en suntuosos palacios, a la vez que cínicamente sigue predicando la pobreza.
Puede decirse en líneas generales que la Jerarquía Católica no tiene principios en los que de verdad crea ( ) y por los cuales se rija, sino que proclama determinados “principios” y “normas” para servirse de ellos como de instrumentos para adoctrinar a sus fieles, no porque crea en su valor intrínseco sino porque, una vez convencidos los fieles acerca de su valor, puede utilizarlos para atacar a los gobiernos que actúen de forma contraria a ellos, porque su aparente defensa le sirve para chantajear a los gobiernos que no los compartan y para obtener una buena tajada económica por mantener calmados a sus fieles.
Por otra parte, la suposición de que el alma tenga enemigos sólo tiene sentido a partir de la hipótesis de que la tentación ejercida por ellos podría tener éxito en algún momento y determinar la caída del alma en pecado, pero este punto de vista implicaría la aceptación de que la conducta humana no dependería de la libertad del hombre sino que estaría determinada por la fuerza más o menos intensa ejercida por las tentaciones procedentes de tales enemigos.

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