jueves, 3 de enero de 2013


La existencia de un Dios omnipotente y amor infinito es contradictoria con la existencia del sufrimiento del ser humano y de los demás seres vivos.
La Iglesia Católica defiende la idea de que Dios es omnipotente y de que “Dios es amor”, por lo que ama su creación con un amor infinito[1], pero al mismo tiempo comprobamos que estamos rodeados de sufrimiento absurdo tanto a nivel humano como a nivel del resto de seres vivos. ¿Qué explicación hay para este sufrimiento? ¿a quién beneficia? ¿para qué sirve? ¿es inevitable? ¿es bueno en sí mismo?
Crítica: Si Dios existiera y fuera omnipotente, en tal caso su amor le impulsaría a evitar dicho sufrimiento mientras que su omnipotencia le permitiría evitarlo sin dificultad de ninguna clase. En consecuencia, la existencia del sufrimiento demuestra que no existe un ser como ese hipotético “Dios”, que a la vez sea omnipotente y “amor infinito”.
A fin de dar una solución para esta contradicción los dirigentes de la Iglesia Católica suelen considerar que el sufrimiento es un medio por el cual el ser humano contribuye a la propia redención de sus pecados del mismo modo que lo hizo Jesús con su propio sufrimiento y muerte en una cruz. Ahora bien, en cuanto el concepto de pecado es contradictorio con la doctrina de la Iglesia Católica que defiende la predeterminación divina de las acciones humanas y en cuanto la idea de purificación del pecado por medio del sufrimiento es sólo una manifestación de la antigua Ley del Talión –“ojo por ojo y diente por diente”-, aceptada por la Iglesia Católica de modo implícito, que sólo representa un reflejo de la valoración primitiva de la venganza irracional como una forma de justicia, tal creencia es sólo una muestra de sadismo y, por ello, una doctrina absurda.
El sufrimiento humano sería contradictorio con el supuesto amor infinito divino y con su omnipotencia y, por ello, en cuanto tal sufrimiento es real, ello demuestra que ese supuesto Dios de amor y de poder infinitos no existe. En efecto, partiendo del supuesto de que el concepto de Dios incluya las cualidades de la omnipotencia y de la bondad infinita, existe un argumento, cuyas premisas concluyen de manera necesaria en la negación de la existencia de dicho ser. Se trata del argumento que toma como premisa fundamental la de la existencia del sufrimiento. En los últimos tiempos se lo sigue considerando por parte de diversos pensadores como un argumento concluyente en contra de la existencia de ese supuesto Dios y, en efecto, lo es.
Así, por ejemplo, B. Russell lo defendió del siguiente modo:
“El mundo, según se nos dice, fue creado por un dios que es a la vez bueno y omnipotente. Antes de crear el mundo, previó todo el dolor y la miseria que iba a contener; por lo tanto, es responsable de ellos. Es inútil argüir que el dolor del mundo se debe al pecado. En primer lugar eso no es cierto; el pecado no produce el desbordamiento de los ríos ni las erupciones de los volcanes. Pero aunque esto fuera verdad, no serviría de nada. Si yo fuera a engendrar un hijo sabiendo que iba a ser un maniático homicida, sería responsable de sus crímenes. Si Dios sabía de antemano los crímenes que el hombre iba a cometer, era claramente responsable de todas las consecuencias de esos pecados cuando decidió crear al hombre. El argumento cristiano usual es que el sufrimiento del mundo es una purificación del pecado, y, por lo tanto, una cosa buena. Este argumento es, claro está, sólo una racionalización del sadismo; pero en todo caso es un argumento pobre. Yo invitaría a cualquier cristiano a que se acercase a la sala de niños de un hospital, a que presenciase los sufrimientos que padecen allí, y luego a insistir en la afirmación de que esos niños están tan moralmente abandonados que merecen lo que sufren. Con el fin de afirmar esto, un hombre tiene que destruir en él todo sentimiento de piedad y compasión. Tiene, en resumen, que hacerse tan cruel como el Dios en quien cree. Ningún hombre que cree que los sufrimientos de este mundo son por nuestro bien, puede mantener intactos sus valores éticos, ya que siempre está tratando de hallar excusas para el dolor y la miseria”[2].
A continuación se comenta con detenimiento este argumento para evitar que su sencillez sea confundida con superficialidad de manera que se pueda calibrar mejor su alcance. Se presentan para ello las objeciones y las respuestas que pueden tener cierto interés.
El argumento en cuestión puede plantearse de un modo estrictamente lógico adoptando la forma siguiente:
Primera premisa: Si existe un ser omnipotente, infinitamente bueno y creador de todo, entonces todo lo que existe es – o debería ser- bueno.
Segunda premisa: Si existe el sufrimiento, entonces no todo lo que existe es bueno.
Tercera premisa: El sufrimiento existe.
Conclusión: No existe un ser omnipotente, infinitamente bueno y creador de todo.
La conclusión deriva de las premisas de manera absolutamente necesaria de acuerdo con las reglas de la Lógica, tal como se muestra en el siguiente esquema y demostración por lógica simbólica. El significado que damos a cada uno de los símbolos empleados es el siguiente:
p = Existe un ser omnipotente, amor infinito y creador de todo; q = Todo lo que existe es –o debería ser- bueno; r = El sufrimiento existe; → = si… entonces; ~ = no.
Esquema de la demostración:
p → q
r → ~ q
r_____
   ~ p
La demostración de este esquema de inferencia es ésta:
siguiente:
1.   p → q      P (= Premisa de la argumentación)
2.   r → ~ q   P
3.   r              P 
4.   ~ q          R MP[3] ( = Regla del “Modus ponens”), 2 y 3. 
5.   ~ p          R MT[4] ( = Regla del “Modus Tollens”), 1 y 4.
Una vez obtenida la conclusión (~ p), lo que queda por analizar es si todas y cada una de las premisas de esta argumentación son verdaderas, ya que la Lógica sólo nos sirve para asegurarnos de que “~ p” se deduce a partir de la afirmaión simultánea de “p → q”, “r → ~ q” y “r”. Por ello, para alcanzar la verdad material de “~ p”, debemos asegurarnos primero de la verdad material de las tres premisas de que se deduce la conclusión analizando las posibles objeciones que podrían ponerse a tales premisas:
A la primera premisa se le podrían presentar las siguientes objeciones:
La primera podría consistir en afirmar que efectivamente Dios lo hizo todo bueno, pero que fue el hombre quien introdujo el mal. Tal introducción del mal, según los dirigentes de la Iglesia Católica, habría venido como consecuencia del “pecado original”.
Pero esta doctrina, aunque pudo ser una respuesta para la humanidad de hace 2.000 años ante la contemplación del dolor, de las catástrofes naturales y de la muerte, es absurda por muy diversos motivos, entre los cuales se encuentra la simple consideración de lo injusto que sería que el castigo relacionado con el supuesto “pecado” cometido por Adán y Eva debiese tener repercusiones en el resto de la humanidad, siendo una de ellas la serie de sufrimientos que padecen tanto los seres humanos como el resto de seres vivos.
Pero, además, hay muchos males que no provienen del hombre (terremotos, enfermedades, sequías, inundaciones, agresividad innata de muchos seres vivos, conformación biológica de los seres vivos que necesitan alimentarse de otros seres vivos a quienes causan absurdos sufrimientos, etc.). En este mismo sentido y por lo que se refiere al ser humano conviene remarcar la serie de males cuyo origen no se encuentra en el hombre sino en las adversidades de la naturaleza, que provoca el sufrimiento de los niños y el de muchos otros seres vivos, ajenos indiscutiblemente a cualquier culpabilidad que les hiciera merecedores[5]  de los males que padecen, y cuyo único delito -como diría Calderón- es el de haber nacido.
Como objeción a estas consideraciones algunos caen en la ingenuidad de explicar el mal a partir de la Naturaleza, suponiendo que de esta forma Dios quedaría al margen de las diversas calamidades y sufrimientos que rodean la existencia de los seres vivos. Pero, como en el caso de la réplica anterior, es evidente que, si la Naturaleza produce el mal, en tal caso la Naturaleza será mala, y, en consecuencia, de la misma manera que se considera responsable de un asesinato a la persona que disparó de forma consciente y voluntaria, y no a la bala que hirió a la víctima, igualmente habría que entender la relación entre Dios, la naturaleza y el mal, considerando a Dios como causa del mal, y a la Naturaleza como un instrumento para su manifestación.
Por otra parte, aunque esta respuesta por sí sola sería ya suficiente para refutar el valor de la anterior objeción -puesto que con sólo la presencia de una mínima porción de mal no causada por el hombre el argumento conserva toda su validez-, hay que señalar que, si el hombre fuera causa parcial del mal, ello implicaría que el hombre, supuestamente creado por Dios, no sería bueno, ya que el modo de ser de cada cosa se conoce por sus manifestaciones y por sus obras (“operari sequitur ese”), con lo que el problema volvería a plantearse referido  en este caso a la naturaleza humana –supuestamente creada por Dios-.
Otra objeción que suele presentarse es la de que el mal resulta inevitable, ya que sin él no se podría tener conocimiento del bien ni gozar de él.
Ya los estoicos se habían servido de esta explicación. Sin embargo, su valor es claramente nulo, puesto que quienes la presentan parecen olvidar que en la argumentación inicial se hablaba de un ser omnipotente, y la omnipotencia implica la capacidad de hacer todo aquello que no sea contradictorio, pero, evidentemente, no existe contradicción alguna en la idea de un mundo absolutamente bueno en el que el bien y la felicidad no fueran acompañados de ningún tipo de sufrimiento[6].
Habiendo llegado a este punto y a fin de explicar la presencia del mal sin tener que negar la existencia de Dios, algunos han terminado por concluir que junto a Dios, como ser infinitamente bueno, existiría un ser muy poderoso causante del mal.
Tenemos un ejemplo de los planteamientos que van por esta línea en la antigua religión persa de Zaratustra (s. VII a. C.), en la que Ormuz representaría el Dios benéfico y Ahrimán el Dios maléfico, que al final de los tiempos sería definitivamente derrotado.
Sin embargo, en estos casos se olvida que la supuesta omnipotencia de Dios podría impedir la existencia de ese supuesto “Dios maléfico”, mientras que su teórica bondad infinita le llevaría efectivamente a impedir su misma aparición, sin necesidad de combate alguno.
Por lo que se refiere a la segunda premisa, una de las objeciones que se le hacen consiste en indicar que quizás el sufrimiento podría ser bueno, al menos en un sentido semejante a aquel en que lo es una intervención quirúrgica, la cual, aunque resulte dolorosa, es causa muchas veces del bien de la curación.
La réplica a esta objeción comienza por diferenciar el dolor en sí mismo de aquello a lo que puede conducir. Pero es evidente que si se pudiera producir una curación de forma inmediata, sin pasar por una fase de dolor, encontraríamos absurdo pasar por ella; y, si Dios existiera como ser omnipotente e infinitamente bueno, no sólo podría evitar el dolor de la intervención quirúrgica, sino también el de la enfermedad que hizo necesaria dicha intervención.
Por otra parte, ante la imposibilidad de negar la existencia del sufrimiento y su incompatibilidad con un Dios omnipotente y suma bondad, algunos han llegado a considerar que el sufrimiento podría ser bueno, pero este absurdo se elimina fácilmente a partir de la consideración de que, si el sufrimiento fuera bueno, no tendría ningún sentido el mandamiento de no matar, ni tampoco el interés por remediar el hambre y el sufrimiento de la humanidad, ni por eliminar las guerras y las torturas más refinadas, y la práctica de la medicina no tendría ningún sentido.
Una nueva objeción que suele utilizarse a veces es la de que el hombre no está capacitado para comprender en qué consiste la bondad de Dios, y que el propio sufrimiento podría ser bueno en algún sentido oculto para nosotros, pero compatible con esa forma especial de la bondad divina.
La réplica a esta objeción consiste en señalar que referirse a la bondad de Dios como a algo ajeno a las posibilidades humanas de comprensión es utilizar palabras vacías e inútiles, pues, si decimos que Dios es “bueno” y, a continuación, “aclaramos” (?) que “bueno” no significa lo que todo el mundo piensa que significa, y no explicamos qué es lo que pretendemos decir con tal palabra, en ese caso estaremos perdiendo el tiempo y haciéndolo perder a quienes nos escuchan.
Recordemos, en este sentido, que el lenguaje es un producto humano y que el significado de las palabras no es algo que haya que esperar descubrirlo como si de un misterio se tratara, sino que somos los hombres quienes se lo hemos ido asignando de manera convencional pero implícitamente consensuada a lo largo de nuestra evolución histórica y cultural.
Por lo que se refiere a la tercera premisa, es totalmente superfluo discutirla, pues todos tenemos a diario nuestras propias experiencias a este respecto. Reparemos además en que, si sabemos de qué estamos hablando cuando nos referimos al sufrimiento, es sólo por el hecho de haberlo experimentado[7].
La conclusión que deriva de estas tres premisas es, como ya sabemos, que no puede existir un ser que reúna al mismo tiempo las cualidades de la omnipotencia y de la infinita bondad, o, lo que es lo mismo, que o bien Dios quiso pero no pudo hacer un mundo sin sufrimiento –y, en tal caso, no sería omnipotente-, o bien pudo pero no quiso –y, en tal caso, no sería infinitamente bueno-. Si, por otra parte, llegamos a considerar que el concepto de Dios sólo puede aplicarse a una realidad absolutamente perfecta, y consideramos además que el poder y la bondad infinitos deberían ser constituyentes de dicha perfección, en tal caso la conclusión evidente de estas consideraciones es la de que Dios no existe, conclusión a la que se llega igualmente por muchas otras consideraciones ya analizadas.


[1] La doctrina de que Dios ama infinitamente su creación no tiene una coherencia interna en los diversos escritos canónicos de la Iglesia Católica, uno de los cuales es la Biblia. En ella se dice: “Sin embargo, yo amé a Jacob, y odié a Esaú: convertí las montañas de Esaú en un erial y entregué su heredad a los chacales del desierto” (l Malaquías, 1:2-3), y “Haz bien al humilde y no des al malvado; niégale el pan […] Que también el Altísimo odia a los pecadores y se venga del malvado” (Eclesiástico, 12:5-6). Hay otros textos que defienden esta misma idea y todavía en el siglo XIII Tomás de Aquino afirma que Dios odió a aquellos a quienes decidió no dar la gracia para ser salvados.

[2] B. Russell: Por qué no soy cristiano.
[3] Según la regla del Modus Ponens a partir de una proposición condicional y de la afirmación de su antecedente, se infiere su consecuente.
[4] Según la regla del Modus Tollens a partir de una proposición condicional y de la negación de su consecuente, se infiere la negación de su antecedente.

[5] En otros momentos ya he criticado la falta de una relación lógica necesaria entre delito o pecado y castigo, al margen de que para la convivencia resulte útil establecer una conexión de tipo legal que podrá servir para que los delitos disminuyan.
[6] En caso contrario tendríamos que aceptar que el propio Dios necesita pasar alternativamente por sucesivas etapas de sufrimiento y felicidad por cuanto las últimas estarían condicionadas por las primeras.
[7] De lo contrario, nos pasaría como al ciego de nacimiento, que por no haber experimentado nunca el color es incapaz de hacerse una idea adecuada de él.

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