La
existencia de un Dios omnipotente y amor infinito es contradictoria con la
existencia del sufrimiento del ser
humano y de los demás seres vivos.
La Iglesia Católica defiende la idea de que Dios es
omnipotente y de que “Dios es amor”, por lo que ama su creación con un amor
infinito[1],
pero al mismo tiempo comprobamos que estamos rodeados de sufrimiento absurdo
tanto a nivel humano como a nivel del resto de seres vivos. ¿Qué explicación
hay para este sufrimiento? ¿a quién beneficia? ¿para qué sirve? ¿es inevitable?
¿es bueno en sí mismo?
Crítica:
Si Dios existiera y fuera omnipotente, en tal caso
su amor le impulsaría a evitar dicho sufrimiento mientras que su omnipotencia
le permitiría evitarlo sin dificultad de ninguna clase. En consecuencia, la
existencia del sufrimiento demuestra que no existe un ser como ese hipotético
“Dios”, que a la vez sea omnipotente y “amor infinito”.
A fin de dar una solución
para esta contradicción los dirigentes de la Iglesia Católica suelen considerar
que el sufrimiento es un medio por el cual el ser humano contribuye a la propia
redención de sus pecados del mismo modo que lo hizo Jesús con su propio sufrimiento
y muerte en una cruz. Ahora bien, en cuanto el concepto de
pecado es contradictorio con la doctrina de la Iglesia Católica que defiende la
predeterminación divina de las acciones humanas y en cuanto la idea de
purificación del pecado por medio del sufrimiento es sólo una manifestación de
la antigua Ley del Talión –“ojo por ojo y diente por diente”-, aceptada por la Iglesia
Católica de modo implícito, que sólo representa un reflejo de la valoración
primitiva de la venganza irracional
como una forma de justicia, tal
creencia es sólo una muestra de sadismo y, por ello, una doctrina absurda.
El sufrimiento humano sería contradictorio con el
supuesto amor infinito divino y con su omnipotencia y, por ello, en cuanto tal
sufrimiento es real, ello demuestra que ese supuesto Dios de amor y de poder
infinitos no existe. En efecto, partiendo del supuesto de que el concepto de
Dios incluya las cualidades de la omnipotencia y de la bondad infinita, existe
un argumento, cuyas premisas concluyen de manera necesaria en la negación de la
existencia de dicho ser. Se trata del argumento que toma como premisa
fundamental la de la existencia del sufrimiento. En los últimos tiempos
se lo sigue considerando por parte de diversos pensadores como un argumento
concluyente en contra de la existencia de ese supuesto Dios y, en efecto, lo
es.
Así, por ejemplo, B. Russell lo defendió del
siguiente modo:
“El mundo, según se nos dice, fue creado
por un dios que es a la vez bueno y omnipotente. Antes de crear el mundo,
previó todo el dolor y la miseria que iba a contener; por lo tanto, es
responsable de ellos. Es inútil argüir que el dolor del mundo se debe al
pecado. En primer lugar eso no es cierto; el pecado no produce el
desbordamiento de los ríos ni las erupciones de los volcanes. Pero aunque esto
fuera verdad, no serviría de nada. Si yo fuera a engendrar un hijo sabiendo que
iba a ser un maniático homicida, sería responsable de sus crímenes. Si Dios
sabía de antemano los crímenes que el hombre iba a cometer, era claramente
responsable de todas las consecuencias de esos pecados cuando decidió crear al
hombre. El argumento cristiano usual es que el sufrimiento del mundo es una
purificación del pecado, y, por lo tanto, una cosa buena. Este argumento es,
claro está, sólo una racionalización del sadismo; pero en todo caso es un
argumento pobre. Yo invitaría a cualquier cristiano a que se acercase a la sala
de niños de un hospital, a que presenciase los sufrimientos que padecen allí, y
luego a insistir en la afirmación de que esos niños están tan moralmente
abandonados que merecen lo que sufren. Con el fin de afirmar esto, un hombre
tiene que destruir en él todo sentimiento de piedad y compasión. Tiene, en
resumen, que hacerse tan cruel como el Dios en quien cree. Ningún hombre que
cree que los sufrimientos de este mundo son por nuestro bien, puede mantener
intactos sus valores éticos, ya que siempre está tratando de hallar excusas
para el dolor y la miseria”[2].
A
continuación se comenta con detenimiento este argumento para evitar que su sencillez
sea confundida con superficialidad de manera que se pueda calibrar mejor su
alcance. Se presentan para ello las objeciones y las respuestas que pueden
tener cierto interés.
El argumento en cuestión puede plantearse de un modo
estrictamente lógico adoptando la forma siguiente:
Primera premisa: Si existe un ser omnipotente,
infinitamente bueno y creador de todo, entonces todo lo que existe es – o debería ser- bueno.
Segunda premisa: Si existe el sufrimiento,
entonces no todo lo que existe es bueno.
Tercera premisa: El sufrimiento existe.
Conclusión: No existe un ser omnipotente,
infinitamente bueno y creador de todo.
La conclusión
deriva de las premisas de manera
absolutamente necesaria de acuerdo con las reglas de la Lógica, tal como se
muestra en el siguiente esquema y demostración por lógica simbólica. El
significado que damos a cada uno de los símbolos empleados es el siguiente:
p = Existe un ser omnipotente, amor infinito y
creador de todo; q = Todo lo que existe es –o debería ser- bueno; r = El sufrimiento
existe; → = si… entonces; ~ = no.
Esquema
de la demostración:
p → q
r → ~ q
r_____
~ p
La demostración de este
esquema de inferencia es ésta:
siguiente:
1. p
→ q P (= Premisa
de la argumentación)
2. r
→ ~ q P
3. r P
4. ~
q R MP[3] (
= Regla del “Modus ponens”), 2 y 3.
5. ~
p R
MT[4] (
= Regla del “Modus Tollens”), 1 y 4.
Una
vez obtenida la conclusión (~ p), lo que queda por analizar es si todas y cada
una de las premisas de esta argumentación son verdaderas, ya que la Lógica sólo
nos sirve para asegurarnos de que “~ p” se deduce a partir de la afirmaión
simultánea de “p → q”, “r → ~ q” y “r”. Por ello, para alcanzar la verdad
material de “~ p”, debemos asegurarnos primero de la verdad material de las
tres premisas de que se deduce la conclusión analizando las posibles objeciones
que podrían ponerse a tales premisas:
A
la primera premisa se le podrían presentar las siguientes objeciones:
La
primera podría consistir en afirmar que efectivamente Dios lo hizo todo
bueno, pero que fue el hombre quien introdujo el mal. Tal introducción del mal,
según los dirigentes de la Iglesia Católica, habría venido como consecuencia
del “pecado original”.
Pero esta doctrina, aunque pudo ser una respuesta
para la humanidad de hace 2.000 años ante la contemplación del dolor, de las
catástrofes naturales y de la muerte, es absurda por muy diversos motivos,
entre los cuales se encuentra la simple consideración de lo injusto que sería
que el castigo relacionado con el supuesto “pecado” cometido por Adán y Eva debiese
tener repercusiones en el resto de la humanidad, siendo una de ellas la serie
de sufrimientos que padecen tanto los seres humanos como el resto de seres
vivos.
Pero, además, hay muchos males que no provienen del
hombre (terremotos, enfermedades, sequías, inundaciones, agresividad innata de
muchos seres vivos, conformación biológica de los seres vivos que necesitan
alimentarse de otros seres vivos a quienes causan absurdos sufrimientos, etc.).
En este mismo sentido y por lo que se refiere al ser humano conviene remarcar
la serie de males cuyo origen no se encuentra en el hombre sino en las
adversidades de la naturaleza, que provoca el sufrimiento de los niños y el de
muchos otros seres vivos, ajenos indiscutiblemente a cualquier culpabilidad que
les hiciera merecedores[5] de los males que padecen, y cuyo único delito
-como diría Calderón- es el de haber nacido.
Como objeción a estas consideraciones algunos caen en
la ingenuidad de explicar el mal a partir de la Naturaleza, suponiendo
que de esta forma Dios quedaría al margen de las diversas calamidades y
sufrimientos que rodean la existencia de los seres vivos. Pero, como en el caso
de la réplica anterior, es evidente que, si la Naturaleza produce el mal, en
tal caso la Naturaleza será mala, y, en consecuencia, de la misma manera que se
considera responsable de un asesinato a la persona que disparó de forma consciente
y voluntaria, y no a la bala que hirió a la víctima, igualmente habría que
entender la relación entre Dios, la naturaleza y el mal, considerando a Dios
como causa del mal, y a la Naturaleza como un instrumento para su
manifestación.
Por otra parte, aunque esta respuesta por sí sola
sería ya suficiente para refutar el valor de la anterior objeción -puesto que
con sólo la presencia de una mínima porción de mal no causada por el hombre el
argumento conserva toda su validez-, hay que señalar que, si el hombre fuera
causa parcial del mal, ello implicaría que el hombre, supuestamente creado por
Dios, no sería bueno, ya que el modo de ser de cada cosa se conoce por sus
manifestaciones y por sus obras (“operari sequitur ese”), con lo que el
problema volvería a plantearse referido
en este caso a la naturaleza humana –supuestamente creada por Dios-.
Otra objeción que suele presentarse es la de
que el mal resulta inevitable, ya que sin él no se podría tener conocimiento
del bien ni gozar de él.
Ya los estoicos se habían servido de esta
explicación. Sin embargo, su valor es claramente nulo, puesto que quienes la
presentan parecen olvidar que en la argumentación inicial se hablaba de un ser
omnipotente, y la omnipotencia implica la capacidad de hacer todo aquello
que no sea contradictorio, pero, evidentemente, no existe contradicción alguna
en la idea de un mundo absolutamente bueno en el que el bien y la felicidad no fueran
acompañados de ningún tipo de sufrimiento[6].
Habiendo
llegado a este punto y a fin de explicar la presencia del mal sin tener que
negar la existencia de Dios, algunos han terminado por concluir que junto a
Dios, como ser infinitamente bueno, existiría un ser muy poderoso causante del
mal.
Tenemos un ejemplo de los planteamientos que van por
esta línea en la antigua religión persa de Zaratustra (s. VII a. C.), en la que
Ormuz representaría el Dios benéfico y Ahrimán el Dios maléfico, que al final
de los tiempos sería definitivamente derrotado.
Sin embargo, en estos casos se olvida que la supuesta
omnipotencia de Dios podría impedir la existencia de ese supuesto “Dios
maléfico”, mientras que su teórica bondad infinita le llevaría efectivamente a
impedir su misma aparición, sin necesidad de combate alguno.
Por
lo que se refiere a la segunda premisa, una de las objeciones que se le
hacen consiste en indicar que quizás el sufrimiento podría ser bueno, al menos
en un sentido semejante a aquel en que lo es una intervención quirúrgica, la
cual, aunque resulte dolorosa, es causa muchas veces del bien de la curación.
La réplica a esta objeción comienza por diferenciar
el dolor en sí mismo de aquello a lo que puede conducir. Pero es
evidente que si se pudiera producir una curación de forma inmediata, sin pasar
por una fase de dolor, encontraríamos absurdo pasar por ella; y, si Dios
existiera como ser omnipotente e infinitamente bueno, no sólo podría evitar el
dolor de la intervención quirúrgica, sino también el de la enfermedad que hizo
necesaria dicha intervención.
Por otra parte, ante la imposibilidad de negar la
existencia del sufrimiento y su incompatibilidad con un Dios omnipotente y suma
bondad, algunos han llegado a considerar que el sufrimiento podría ser bueno,
pero este absurdo se elimina fácilmente a partir de la consideración de que, si
el sufrimiento fuera bueno, no tendría ningún sentido el mandamiento de
no matar, ni tampoco el interés por remediar el hambre y el sufrimiento de la
humanidad, ni por eliminar las guerras y las torturas más refinadas, y la práctica
de la medicina no tendría ningún sentido.
Una nueva objeción que suele utilizarse a veces es
la de que el hombre no está capacitado para comprender en qué consiste la
bondad de Dios, y que el propio sufrimiento podría ser bueno en algún sentido
oculto para nosotros, pero compatible con esa forma especial de la bondad
divina.
La réplica a esta objeción consiste en señalar que
referirse a la bondad de Dios como a algo ajeno a las posibilidades humanas de
comprensión es utilizar palabras vacías e inútiles, pues, si decimos que Dios
es “bueno” y, a continuación, “aclaramos” (?) que “bueno” no significa lo que
todo el mundo piensa que significa, y no explicamos qué es lo que pretendemos
decir con tal palabra, en ese caso estaremos perdiendo el tiempo y haciéndolo
perder a quienes nos escuchan.
Recordemos, en este sentido, que el lenguaje es un
producto humano y que el significado de las palabras no es algo que haya que
esperar descubrirlo como si de un misterio se tratara, sino que somos los
hombres quienes se lo hemos ido asignando de manera convencional pero implícitamente
consensuada a lo largo de nuestra evolución histórica y cultural.
Por
lo que se refiere a la tercera premisa, es totalmente superfluo
discutirla, pues todos tenemos a diario nuestras propias experiencias a este
respecto. Reparemos además en que, si sabemos de qué estamos hablando cuando
nos referimos al sufrimiento, es sólo por el hecho de haberlo experimentado[7].
La
conclusión que deriva de estas tres premisas es, como ya sabemos, que no
puede existir un ser que reúna al mismo tiempo las cualidades de la
omnipotencia y de la infinita bondad, o, lo que es lo mismo, que o bien Dios
quiso pero no pudo hacer un mundo sin sufrimiento –y, en tal caso, no sería
omnipotente-, o bien pudo pero no quiso –y, en tal caso, no sería infinitamente
bueno-. Si, por otra parte, llegamos a considerar que el concepto de Dios sólo
puede aplicarse a una realidad absolutamente perfecta, y consideramos además
que el poder y la bondad infinitos deberían ser constituyentes de dicha
perfección, en tal caso la conclusión evidente de estas consideraciones es la
de que Dios no existe, conclusión a la que se llega igualmente por
muchas otras consideraciones ya analizadas.
[1] La doctrina de
que Dios ama infinitamente su creación no tiene una coherencia interna en los
diversos escritos canónicos de la Iglesia Católica, uno de los cuales es la Biblia. En ella se dice: “Sin embargo,
yo amé a Jacob, y odié a Esaú: convertí las montañas de Esaú en un erial y
entregué su heredad a los chacales del desierto” (l Malaquías, 1:2-3), y “Haz bien al humilde y no des al malvado;
niégale el pan […] Que también el Altísimo odia a los pecadores y se venga del
malvado” (Eclesiástico, 12:5-6). Hay
otros textos que defienden esta misma idea y todavía en el siglo XIII Tomás de
Aquino afirma que Dios odió a
aquellos a quienes decidió no dar la gracia para ser salvados.
[2] B. Russell: Por qué no soy cristiano.
[3] Según la regla del Modus
Ponens a partir de una proposición condicional y de la afirmación de su antecedente,
se infiere su consecuente.
[4] Según la regla
del Modus Tollens a partir de una
proposición condicional y de la negación de su consecuente, se infiere la
negación de su antecedente.
[5] En otros momentos ya he criticado la falta de una relación lógica necesaria
entre delito o pecado y castigo, al margen de que para la convivencia resulte útil
establecer una conexión de tipo legal que podrá servir para que los delitos disminuyan.
[6] En caso contrario tendríamos que aceptar que el propio Dios
necesita pasar alternativamente por sucesivas etapas de sufrimiento y felicidad
por cuanto las últimas estarían condicionadas por las primeras.
[7] De lo contrario, nos pasaría como al ciego de nacimiento, que por
no haber experimentado nunca el color es incapaz de hacerse una idea adecuada
de él.
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