jueves, 24 de enero de 2013


LA VIRGINIDAD DE MARÍA

Los dirigentes de la Iglesia Católica se contradicen 
cuando exaltan la virginidad de María como un mérito especial, 
en cuanto tal valoración implica la correspondiente valoración negativa de la sexualidad, 
a pesar de que ésta habría sido creada por Dios
 de acuerdo con su infinita sabiduría.

La Jerarquía Católica defiende la doctrina según la cual María, habiendo sido madre de Jesús, fue virgen “antes del parto, en el parto y después del parto”; es decir, que nunca mantuvo relaciones sexuales con su marido José ni con cualquier otro hombre, sino que dio a luz a Jesús, como único hijo, por la acción milagrosa del “Espíritu Santo”.
CRÍTICA: Se trata de una doctrina que de nuevo supone una tácita denigración de la sexualidad humana en cuanto implica que el hecho que María hubiese mantenido relaciones sexuales con José la habría hecho menos digna y menos santa, y en cuanto implica igualmente que el hecho de ser “virgen” implicaría un mérito especial frente al hecho de vivir de acuerdo con la satisfacción de sus naturales necesidades sexuales, la cual habría estado más de acuerdo con su naturaleza humana, ya que la motivación sexual es consustancial a dicha naturaleza.
Esta misma visión deshonrosa de la sexualidad no sólo se muestra en relación con María, sino de forma general en los planteamientos de Pablo de Tarso cuando escribió:
“A los solteros y a las viudas les digo que es bueno que permanezcan como yo. Pero si no pueden guardar continencia, que se casen. Es mejor casarse que abrasarse”[1].
Utilizando tal criterio de pureza –tan alejado de lo natural-, la jerarquía católica igualmente hubiera podido exaltar una mayor pureza de María afirmando que nunca comió ni bebió ni meó ni defecó a lo largo de toda su vida de manera que sus órganos corporales relacionados con tales funciones vitales permanecieron puros e incontaminados a lo largo de toda su vida. Pero del mismo modo que el comer, el beber, el mear o el defecar no tienen nada que ver con el etéreo concepto moral de “pureza”, por lo mismo tampoco lo tiene la acción natural de follar libremente, dando satisfacción a la necesidad sexual que supuestamente el propio Dios habría implantado en el ser humano y en muchas otras especies animales, necesidad gracias a la cual la humanidad cumple además con mayor dedicación y júbilo el mandato bíblico “creced y multiplicaos”. De hecho en el Antiguo Testamento se aceptan como normales las relaciones sexuales con excepciones como la de tenerlas con alguna de las mujeres que son propiedad del propio padre. En este sentido se dice en Levítico:
“No ofenderás a tu padre teniendo relaciones sexuales con otra mujer suya”[2].
Otra norma respecto a las relaciones sexuales era la siguiente:
-“No tendrás relaciones sexuales con tus hermanas por parte de padre”[3]
Esta norma implica evidentemente que sí era lícito mantener relaciones sexuales con muchas otras mujeres con tal que no fueran mujeres del padre o hermanas por parte de padre –o de madre, según se dice en otro momento-, por lo que era lícito tenerlas con cualquier otra mujer con la que no existieran lazos familiares y que no fuera propiedad de otro hombre, pues parece que lo más importante en la Biblia en el terreno de las relaciones sexuales con una mujer es que no implicasen un atentado contra su propietario. Recordemos que en el último mandamiento de Moisés, el noveno –pues no hay décimo, a pesar de lo que diga el Catecismo Católico- es el no codiciar los diversos bienes ajenos, entre los cuales se encuentran sus mujeres o su mujer.
Y, sin embargo, junto a esta permisividad sexual se da una prohibición que no parece tener ningún sentido, a excepción de que se trata de un método anticonceptivo natural permitido hoy por la Iglesia Católico, que en este punto desprecia la prohibición del Antiguo Testamento, por muy “palabra de Dios” que sea:
-“No tendrás relaciones sexuales con una mujer durante su menstruación”[4].
Tiene interés observar que, en línea con el machismo bíblico tradicional, las diversas normas sexuales van dirigidas al varón, pero a ninguna a la mujer, la cual es una propiedad que pasa de su padre a su marido -o que se convierte en concubina o en puta-. Finalmente también conviene observar que, al igual que en muchas otras ocasiones, también en este terreno y según la apreciación de la Biblia, es la mujer la que actúa con engaños, como sucede con las hijas de Lot, que emborrachan a su padre para tener relaciones sexuales con él, y como sucede con la suegra de Judá que se hizo pasar por puta para acostarse con su yerno.
Igualmente en Génesis se cuenta con la mayor naturalidad y sin asomo alguno de crítica cómo las dos hijas de Lot emborracharon a su padre para tener relaciones sexuales con él y así tener descendencia:
“La mayor le dijo a la menor:
-Nuestro padre se va haciendo viejo y no queda ya varón en la región que pueda unirse a nosotras, como hace todo el mundo. Ven, vamos a emborrachar a nuestro padre y nos acostaremos con él; así tendremos descendientes de nuestro padre.
Aquella misma noche emborracharon a su padre y la mayor se acostó con él, sin que él se diera cuenta ni al acostarse ni al levantarse ella.
Al día siguiente dijo la mayor a la menor:
-Anoche dormí yo con mi padre; vamos a emborracharlo también esta noche y te acuestas tú con él; así tendremos descendencia de nuestro padre.
Aquella noche emborracharon también a su padre y la menor se acostó con él, sin que se diera cuenta ni al acostarse ni al levantarse ella.
Así las dos hijas de Lot concibieron de su padre”[5].
Otros casos curiosos son los del propio Abraham, que se acostó con su esclava Agar porque su mujer Saray le invitó a que tuviera relaciones sexuales con su esclava, ya que ella no podía tener hijos: 
“Saray, la mujer de Abrán, no le había dado hijos; pero tenía una esclava egipcia, llamada Agar. Y Saray dijo a Abrán:
-Mira, el Señor me ha hecho estéril; así que acuéstate con mi esclava, a ver si por medio de ella puedo tener hijos
A Abrán le pareció bien la propuesta
[…] Saray tomó a Agar, su esclava egipcia, y se la dio por mujer a su marido Abrán. Él se acostó con Agar, y ella concibió, pero cuando se vio encinta, empezó a mirar con desprecio a su señora”[6].
Y del mismo modo sucede en el caso de Jacob y Raquel: Raquel no podía tener hijos y le dijo a Jacob:
“-Ahí tienes a mi criada Balá; únete a ella. Ella dará a luz sobre mis rodillas y así yo también tendré hijos por medio de ella”[7].
Y Balá tuvo dos hijos de Jacob. Pero, a pesar de tener ya descendencia, lo mismo le sucedió a Jacob con Lía, su otra mujer, que le dio a su criada Zilpá para que tuviera un hijo con ella[8]. Más adelante Lía exclamó:
“-Dios me ha recompensado por haber dado mi criada a mi marido”[9].
Otro caso peculiar fue el de la suegra de Judá, que se hizo pasar por una puta para acostarse con su yerno a fin de quedar embarazada de él. Judá le dijo a su suegra:
    “-Deja que me acueste contigo.
Pues no sabía que era su suegra. Ella le preguntó:
    -¿Qué me vas a dar por acostarme contigo?
    Él respondió:
    -Te enviaré un cabrito del rebaño”[10].
Y su suegra quedó embarazada, que es lo que ella quería.
En este pasaje tiene interés señalar que no se da ninguna importancia al hecho de que uno se acueste con una puta, ni al oficio de puta, y que tampoco se de importancia ninguna a las relaciones sexuales entre suegra y yerno ni a la mentira como base para lograr tal objetivo por parte de la suegra.
En cualquier caso y teniendo en cuenta el tratamiento bíblico de la sexualidad, la doctrina de la “virginidad” de María es absurda y contradictoria además con la defensa que en otras ocasiones realizan los dirigentes católicos de lo natural, “lo que está de acuerdo con la naturaleza”, y es también una forma de antropomorfismo en cuanto se considera que, para que Jesús pudiera ser considerado como hijo de Dios, no podía ser hijo de un padre y de una madre humanos.
Por otra parte, quienes escribieron los evangelios no tuvieron el menor reparo en contradecirse cuando, al tratar de demostrar la filiación divina de Jesús, se lo hicieron remontándose en su genealogía siguiendo la línea paterna, es decir, aceptando que José fue el auténtico padre de Jesús, hasta llegar a Dios, lo cual implicaba una valoración natural y nada negativa de las relaciones sexuales entre María y José, es decir, de la sexualidad en general. Pero, si con el fin de lograr que el linaje de Jesús fuera exclusivamente divino y no un híbrido se llegó a considerar que el padre humano sobraba, en tal caso habrían podido darse cuenta de que tampoco era necesaria la figura de una madre humana, y de que Dios mismo, creador del hombre, hubiera podido encarnarse directamente en un ser humano, habiendo nacido directamente de Dios Padre, pues por su omnipotencia Dios, que había creado a Adán podía igualmente haberse encarnado directamente en un hombre. Sin embargo, parece que la mentalidad de aquella época, como consecuencia de su antropomorfismo, no alcanzó a imaginar esta posibilidad y por ello se consideró que Dios, para hacerse humano, debía nacer de un ser humano, una mujer, pero “virgen”. Parece, pues, que la interpretación que defendió la divinidad de Jesús, considerando que era hijo de una “virgen” y del propio Dios, no se relacionaba con una valoración negativa de la sexualidad sino con el deseo de presentar a esa “virgen” como ligada exclusivamente con la divinidad y no “contaminada” por haber tenido relaciones sexuales con otro ser humano.
Sin embargo, los evangelios aceptados por los dirigentes de la Iglesia Católica contradicen el dogma de la virginidad de María cuando afirman con total claridad que Jesús tuvo varios hermanos y hermanas, tal como puede verse en pasajes como el siguiente:
“¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llaman su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas entre nosotros?”[11].
Más adelante en este mismo evangelio se dice igualmente:
“Entonces se presentaron su madre y sus hermanos… Entonces le pasaron el aviso:
-Tu madre y tus hermanos están ahí y quieren verte.
Él les respondió:
-Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”[12].
Por su parte en el evangelio atribuido a Mateo hay pasajes[13] similares a los atribuidos a Marcos, diciéndose que Jesús tenía hermanos (Santiago, José, Simón y Judas) y hermanas, cuyos nombres –como sucede en general en la Biblia cuando hay que hacer referencia a alguna mujer- no se mencionan.
Igualmente en el evangelio de Juan se dice:
-“Después, Jesús bajó a Cafarnaúm, acompañado de su madre, sus hermanos y sus discípulos, y se quedaron allí unos cuantos días”[14];
-“…cuando ya estaba cerca la fiesta judía de las tiendas, sus hermanos le dijeron…”[15]
-“Sus hermanos hablaban así porque ni siquiera ellos creían en él”[16].
-“…más tarde, cuando sus hermanos se habían marchado ya a la fiesta, fue también Jesús, pero de incógnito…”[17].
Conviene señalar que en casi todos estos pasajes a la vez que se habla de los hermanos de Jesús se habla de su madre, lo cual es muy significativo en contra de la tesis que interpreta que el término que hace referencia a “hermanos o parientes”, se estaba empleando para hacer referencia a sus “primos” (parientes), pues es evidente que en este caso se refiere de forma clara a hermanos en sentido estricto, lo cual contradice claramente la doctrina católica según la cual María continuó siendo virgen después del parto –a no ser que sus otros hijos lo hubieran sido también del Espíritu Santo-.
Por su parte en el evangelio erróneamente atribuido a Lucas se escribe:
“Mientras estaban en Belén le llegó a María el tiempo del parto, y dio a luz a su hijo primogénito[18];
es decir, se habla del hijo “primogénito” de María, lo cual sólo tiene sentido en cuanto se presuponga que Jesús tuvo otros hermanos menores que él. Este detalle tiene su importancia como nueva réplica contra quienes pretenden que la palabra que aparece en otros textos traducida como “hermano” podría significar y haber sido utilizada simplemente como equivalente a “pariente” y no estrictamente como “hermano”, que es el significado claro con que se la utiliza. En definitiva, el dogma de la virginidad de María no tiene nada que ver con la mentalidad ni con la intención de quienes escribieron los evangelios, supuestamente inspirados por el Espíritu Santo, y, como en tantas otras ocasiones, se observa cómo los dirigentes católicos han realizado sus propias aportaciones, no teniendo escrúpulos a la hora de corregir y de contradecir en muchas ocasiones los textos supuestamente inspirados por el Espíritu Santo, según cuáles fueran sus intereses en los diversos momentos de la historia.


[1] Romanos, 7:8-9.
[2] Levítico, 18:8.
[3] Levítico, 18:11.
[4] Levítico, 18:19.
[5] Génesis, 19:31-36.
[6] Génesis, 16:1-4.
[7] Génesis, 30:3.
[8] Génesis, 30:9-13.
[9] Génesis, 30:18.
[10] Génesis, 38:16-17.
[11] Mateo, 13: 55-56. La cursiva es mía. Pasajes similares a éste se encuentra en Marcos, 3:31-32 y 6:3.
[12] O. c., 8: 19-21. La cursiva es mía.
[13] Mateo, 12:47-50 y 13:55-56.
[14] Juan, 2: 12. La cursiva es mía.
[15] O. c., 7:2-3. La cursiva es mía.
[16] O. c., 7:5. La cursiva es mía.
[17] O. c., 7:10: La cursiva es mía.
[18] Lucas, 2: 6-7. La cursiva es mía.

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