LA VIRGINIDAD DE MARÍA
Los
dirigentes de la Iglesia Católica se contradicen
cuando exaltan la virginidad
de María como un mérito especial,
en cuanto tal valoración implica la
correspondiente valoración negativa de la sexualidad,
a pesar de que ésta habría
sido creada por Dios
de acuerdo con su infinita sabiduría.
La
Jerarquía Católica defiende la doctrina según la cual María, habiendo sido
madre de Jesús, fue virgen “antes del parto, en el parto y después del parto”;
es decir, que nunca mantuvo relaciones sexuales con su marido José ni con
cualquier otro hombre, sino que dio a luz a Jesús, como único hijo, por la acción
milagrosa del “Espíritu Santo”.
CRÍTICA:
Se
trata de una doctrina que de nuevo supone una tácita denigración de la
sexualidad humana en cuanto implica que el hecho que María hubiese mantenido
relaciones sexuales con José la habría hecho menos digna y menos santa, y en
cuanto implica igualmente que el hecho de ser “virgen” implicaría un mérito
especial frente al hecho de vivir de acuerdo con la satisfacción de sus naturales
necesidades sexuales, la cual habría estado más de acuerdo con su naturaleza
humana, ya que la motivación sexual es consustancial a dicha naturaleza.
Esta misma visión deshonrosa de la sexualidad no
sólo se muestra en relación con María, sino de forma general en los
planteamientos de Pablo de Tarso cuando escribió:
“A los solteros y a las viudas les digo
que es bueno que permanezcan como yo. Pero si no pueden guardar continencia,
que se casen. Es mejor casarse que abrasarse”[1].
Utilizando
tal criterio de pureza –tan alejado de lo natural-, la jerarquía
católica igualmente hubiera podido exaltar una mayor pureza de María afirmando que nunca comió ni bebió ni meó ni defecó
a lo largo de toda su vida de manera que sus órganos corporales relacionados
con tales funciones vitales permanecieron puros e incontaminados a lo largo de
toda su vida. Pero del mismo modo que el comer, el beber, el mear o el defecar
no tienen nada que ver con el etéreo concepto moral de “pureza”, por lo mismo
tampoco lo tiene la acción natural de follar libremente, dando satisfacción a
la necesidad sexual que supuestamente el propio Dios habría implantado en el
ser humano y en muchas otras especies animales, necesidad gracias a la cual la
humanidad cumple además con mayor dedicación y júbilo el mandato bíblico “creced
y multiplicaos”. De hecho en el Antiguo
Testamento se aceptan como normales las relaciones sexuales con excepciones
como la de tenerlas con alguna de las mujeres que son propiedad del propio padre. En este sentido se dice en Levítico:
“No ofenderás a
tu padre teniendo relaciones sexuales con otra mujer suya”[2].
Otra
norma respecto a las relaciones sexuales era la siguiente:
-“No tendrás
relaciones sexuales con tus hermanas por parte de padre”[3]
Esta
norma implica evidentemente que sí era lícito mantener relaciones sexuales con
muchas otras mujeres con tal que no fueran mujeres del padre o hermanas por
parte de padre –o de madre, según se dice en otro momento-, por lo que era
lícito tenerlas con cualquier otra mujer con la que no existieran lazos
familiares y que no fuera propiedad de otro hombre, pues parece que lo más
importante en la Biblia en el terreno
de las relaciones sexuales con una mujer es que no implicasen un atentado
contra su propietario. Recordemos que
en el último mandamiento de Moisés, el noveno –pues no hay décimo, a pesar de
lo que diga el Catecismo Católico- es
el no codiciar los diversos bienes ajenos, entre los cuales se encuentran sus
mujeres o su mujer.
Y, sin embargo, junto a esta
permisividad sexual se da una prohibición que no parece tener ningún sentido, a
excepción de que se trata de un método anticonceptivo natural permitido hoy por
la Iglesia Católico, que en este punto desprecia la prohibición del Antiguo Testamento, por muy “palabra de Dios”
que sea:
-“No tendrás
relaciones sexuales con una mujer durante su menstruación”[4].
Tiene interés observar que, en línea con el machismo
bíblico tradicional, las diversas normas sexuales van dirigidas al varón, pero a ninguna a la mujer, la
cual es una propiedad que pasa de su padre a su marido -o que se convierte en
concubina o en puta-. Finalmente también conviene observar que, al igual que en
muchas otras ocasiones, también en este terreno y según la apreciación de la Biblia, es la mujer la que actúa con engaños, como sucede con las hijas de
Lot, que emborrachan a su padre para tener relaciones sexuales con él, y como
sucede con la suegra de Judá que se hizo pasar por puta para acostarse con su
yerno.
Igualmente en Génesis se cuenta con la mayor
naturalidad y sin asomo alguno de crítica cómo las dos hijas de Lot
emborracharon a su padre para tener relaciones sexuales con él y así tener
descendencia:
“La
mayor le dijo a la menor:
-Nuestro
padre se va haciendo viejo y no queda ya varón en la región que pueda unirse a
nosotras, como hace todo el mundo. Ven, vamos a emborrachar a nuestro padre y
nos acostaremos con él; así tendremos descendientes de nuestro padre.
Aquella
misma noche emborracharon a su padre y la mayor se acostó con él, sin que él se
diera cuenta ni al acostarse ni al levantarse ella.
Al
día siguiente dijo la mayor a la menor:
-Anoche
dormí yo con mi padre; vamos a emborracharlo también esta noche y te acuestas
tú con él; así tendremos descendencia de nuestro padre.
Aquella
noche emborracharon también a su padre y la menor se acostó con él, sin que se
diera cuenta ni al acostarse ni al levantarse ella.
Así
las dos hijas de Lot concibieron de su padre”[5].
Otros
casos curiosos son los del propio Abraham, que se acostó con su esclava Agar
porque su mujer Saray le invitó a que tuviera relaciones sexuales con su esclava,
ya que ella no podía tener hijos:
“Saray,
la mujer de Abrán, no le había dado hijos; pero tenía una esclava egipcia,
llamada Agar. Y Saray dijo a Abrán:
-Mira,
el Señor me ha hecho estéril; así que acuéstate con mi esclava, a ver si por
medio de ella puedo tener hijos
A
Abrán le pareció bien la propuesta
[…]
Saray tomó a Agar, su esclava egipcia, y se la dio por mujer a su marido Abrán.
Él se acostó con Agar, y ella concibió, pero cuando se vio encinta, empezó a
mirar con desprecio a su señora”[6].
Y del mismo modo sucede en el caso de Jacob y Raquel:
Raquel no podía tener hijos y le dijo a Jacob:
“-Ahí
tienes a mi criada Balá; únete a ella. Ella dará a luz sobre mis rodillas y así
yo también tendré hijos por medio de ella”[7].
Y Balá tuvo dos hijos de Jacob. Pero, a pesar de
tener ya descendencia, lo mismo le sucedió a Jacob con Lía, su otra mujer, que
le dio a su criada Zilpá para que tuviera un hijo con ella[8].
Más adelante Lía exclamó:
“-Dios me ha
recompensado por haber dado mi criada a mi marido”[9].
Otro
caso peculiar fue el de la suegra de Judá, que se hizo pasar por una puta para
acostarse con su yerno a fin de quedar embarazada de él. Judá le dijo a su
suegra:
“-Deja que me acueste contigo.
Pues no sabía
que era su suegra. Ella le preguntó:
-¿Qué me vas a dar por acostarme contigo?
Él respondió:
-Te enviaré un cabrito del rebaño”[10].
Y
su suegra quedó embarazada, que es lo que ella quería.
En este pasaje tiene interés señalar que
no se da ninguna importancia al hecho de que uno se acueste con una puta, ni al
oficio de puta, y que tampoco se de importancia ninguna a las relaciones
sexuales entre suegra y yerno ni a la mentira como base para lograr tal
objetivo por parte de la suegra.
En
cualquier caso y teniendo en cuenta el tratamiento bíblico de la sexualidad, la
doctrina de la “virginidad” de María es absurda y contradictoria además con la
defensa que en otras ocasiones realizan los dirigentes católicos de lo
natural, “lo que está de acuerdo con la naturaleza”, y es también una forma
de antropomorfismo en cuanto se considera que, para que Jesús pudiera ser
considerado como hijo de Dios, no podía ser hijo de un padre y de una madre
humanos.
Por otra parte, quienes escribieron los evangelios
no tuvieron el menor reparo en contradecirse cuando, al tratar de demostrar la
filiación divina de Jesús, se lo hicieron remontándose en su genealogía
siguiendo la línea paterna, es decir, aceptando que José fue el
auténtico padre de Jesús, hasta llegar a Dios, lo cual implicaba una valoración
natural y nada negativa de las relaciones sexuales entre María y José, es
decir, de la sexualidad en general. Pero, si con el fin de lograr que el linaje
de Jesús fuera exclusivamente divino y no un híbrido se llegó a
considerar que el padre humano sobraba, en tal caso habrían podido darse cuenta
de que tampoco era necesaria la figura de una madre humana, y de que Dios
mismo, creador del hombre, hubiera podido encarnarse directamente en un ser
humano, habiendo nacido directamente de Dios Padre, pues por su omnipotencia Dios,
que había creado a Adán podía igualmente haberse encarnado directamente en un hombre.
Sin embargo, parece que la mentalidad de aquella época, como consecuencia de su
antropomorfismo, no alcanzó a imaginar esta posibilidad y por ello se consideró
que Dios, para hacerse humano, debía nacer de un ser humano, una mujer, pero
“virgen”. Parece, pues, que la interpretación que defendió la divinidad de
Jesús, considerando que era hijo de una “virgen” y del propio Dios, no se
relacionaba con una valoración negativa de la sexualidad sino con el deseo de
presentar a esa “virgen” como ligada exclusivamente con la divinidad y
no “contaminada” por haber tenido relaciones sexuales con otro ser humano.
Sin embargo, los evangelios aceptados por los
dirigentes de la Iglesia Católica contradicen el dogma de la virginidad
de María cuando afirman con total claridad que Jesús tuvo varios
hermanos y hermanas,
tal como puede verse en pasajes como el siguiente:
“¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No
se llaman su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?
¿No están todas sus hermanas entre nosotros?”[11].
Más adelante en este
mismo evangelio se dice igualmente:
“Entonces se presentaron su madre y
sus hermanos… Entonces le pasaron el aviso:
-Tu madre y tus hermanos están
ahí y quieren verte.
Él les respondió:
-Mi madre y mis
hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”[12].
Por
su parte en el evangelio atribuido a Mateo hay pasajes[13]
similares a los atribuidos a Marcos, diciéndose que Jesús tenía hermanos
(Santiago, José, Simón y Judas) y hermanas, cuyos nombres –como sucede en
general en la Biblia cuando hay que
hacer referencia a alguna mujer- no se mencionan.
Igualmente en el evangelio de Juan se dice:
-“Después, Jesús bajó a Cafarnaúm,
acompañado de su madre, sus hermanos y sus discípulos, y se quedaron
allí unos cuantos días”[14];
-“…cuando ya estaba cerca la fiesta
judía de las tiendas, sus hermanos le dijeron…”[15]
-“Sus hermanos hablaban así
porque ni siquiera ellos creían en él”[16].
-“…más tarde, cuando sus hermanos se
habían marchado ya a la fiesta, fue también Jesús, pero de incógnito…”[17].
Conviene
señalar que en casi todos estos pasajes a la vez que se habla de los hermanos
de Jesús se habla de su madre, lo cual es muy significativo en contra de la
tesis que interpreta que el término que hace referencia a “hermanos o
parientes”, se estaba empleando para hacer referencia a sus “primos” (parientes),
pues es evidente que en este caso se refiere de forma clara a hermanos en sentido estricto, lo cual
contradice claramente la doctrina católica según la cual María continuó siendo
virgen después del parto –a no ser
que sus otros hijos lo hubieran sido también del Espíritu Santo-.
Por su parte en el evangelio erróneamente atribuido
a Lucas se escribe:
“Mientras estaban en Belén le llegó a
María el tiempo del parto, y dio a luz a su hijo primogénito”[18];
es decir, se habla del
hijo “primogénito” de María, lo cual sólo tiene sentido en cuanto se presuponga
que Jesús tuvo otros hermanos menores que él. Este detalle tiene su
importancia como nueva réplica contra quienes pretenden que la palabra que
aparece en otros textos traducida como “hermano” podría significar y haber sido
utilizada simplemente como equivalente a “pariente” y no estrictamente como
“hermano”, que es el significado claro con que se la utiliza. En definitiva, el
dogma de la virginidad de María no tiene nada que ver con la mentalidad ni con
la intención de quienes escribieron los evangelios, supuestamente inspirados
por el Espíritu Santo, y, como en tantas otras ocasiones, se observa cómo los dirigentes
católicos han realizado sus propias aportaciones, no teniendo escrúpulos a la
hora de corregir y de contradecir en muchas ocasiones los textos supuestamente
inspirados por el Espíritu Santo, según cuáles fueran sus intereses en los
diversos momentos de la historia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario