miércoles, 29 de octubre de 2008

CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE LA IGLESIA CATÓLICA
(II)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
2. La contradicción del concepto de Dios como un ser perfecto de carácter trascendente junto la afirmación del carácter antropomórfico de ese mismo Dios, hecho hombre de carne y hueso.
Si atendemos al significado que el concepto de Dios ha tenido a lo largo de la historia del judeo-cristianismo nos encontramos con una idea totalmente antropomórfica de Dios: Un ser que ama y odia, que es celoso y vengativo, que premia, castiga, ordena, amenaza y destruye, y que es vulnerable en la misma medida en que puede ser ofendido, desobedecido, traicionado y olvidado.
CRÍTICA: Esta perspectiva respecto a la esencia de ese Dios, propia de “teólogos” como Tomás de Aquino, conduce al absurdo de considerar que Dios, siendo omnipotente y habiendo programado todas las decisiones y acciones humanas, castiga de manera absurda a los seres humanos que se hayan comportado de acuerdo con los objetivos para los que él mismo les habría programado, de manera que tal actuación convertiría al propio Dios en un ser caprichoso y contradictorio. Es verdad, sin embargo, que en el Antiguo Testamento los redactores de la Biblia –a pesar de estar supuestamente inspirados por el Espíritu Santo, según dice la jerarquía católica- no repararon en el hecho de que la predeterminación divina implicaba la automática desaparición de las categorías de libre albedrío, responsabilidad, mérito o culpa. Pero el caso es que, como consecuencia de dicha predeterminación, el propio Dios habría programado a Judas para que traicionase a Jesús, por lo que aquél no pudo hacer otra cosa que lo que hizo, y, por ello mismo, sería una contradicción considerarle culpable de su acción por cuanto, a pesar de que aquella traición pudiera considerarse tal vez como la mayor ofensa que podía cometerse contra Dios, tal acción habría sido programada por el propio Dios, mientras que Judas sólo habría sido un instrumento para que todo se cumpliese de acuerdo con los planes divinos. Recordemos cómo en los evangelios aparece la afirmación de Jesús “uno de vosotros me entregará”, es decir, ya todo estaba dispuesto así desde la eternidad, ¿qué culpa podía tener Judas? Ninguna, evidentemente.
Otro aspecto de este antropomorfismo sería la suposición de que Dios quiso crear a la humanidad para que le amase y le adorase, lo cual supone ignorar que su perfección quedaría anulada desde el momento en que su propia autosuficiencia dejaría de existir al estar subordinada de algún modo a la satisfacción que obtuviese como consecuencia de las acciones y de los sentimientos que el ser humano tuviera hacia él, los cuales, por otra parte, habrían sido programados igualmente por el propio Dios. Un aspecto complementario de este ridículo antropomorfismo consiste en la pretensión de que la adoración, las penitencias, los ayunos y las oraciones de los hombres pudiesen causarle alguna satisfacción, pues nuevamente este punto de vista implica una negación de la inmutabilidad y la perfección divina, a la vez que la afirmación en Dios de un estado emocional variable y subordinado a las actitudes y sentimientos del hombre hacia él.
Por otra parte, la existencia de Dios como ser perfecto es incompatible no sólo con la existencia del Universo sino también con la presencia en él de tantos aspectos absurdos por lo que se refiere a los que rodean la existencia humana y las de cualquier forma de sufrimiento, humano y no humano, y esta incompatibilidad se hace más patente si se tiene en cuenta que, de acuerdo con un aforismo de la filosofía escolástica, el modo de actuar de cada ser es consecuencia y manifestación de su modo de ser (“operari sequitur esse”), de manera que, asumiendo incluso la absurda hipótesis de que un ser perfecto hubiese deseado crear algo, lo habría creado tan perfecto como lo fuera él mismo: Su amor infinito le habría llevado a conceder al hombre la perfección en el mismo grado en que su poder se lo hubiese permitido, y, siendo este poder infinito, habría creado al ser humano tan perfecto como lo fuera él mismo, el propio Dios, del mismo modo que obraría un padre en relación con su hijo, hasta ayudarle a alcanzar metas muy superiores incluso a las que él mismo hubiera logrado. Pero, además, ese amor infinito no sólo sería contradictorio con las imperfecciones humanas sino especialmente con la existencia del sufrimiento, de las enfermedades, de la muerte y de todas las calamidades que rodean la existencia humana a lo largo de su vida y que están igualmente presentes en todos aquellos seres vivos capaces de sentir
El antropomorfismo del concepto religioso de Dios se muestra igualmente en la consideración de B. Spinoza según la cual la infinitud de Dios impediría la existencia de cualquier otra realidad ajena que pudiera limitar la suya y, en consecuencia, Dios se identificaría con el conjunto de lo real y el ser humano sería parte de Dios en cuanto nada más podría existir además de él.

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