sábado, 18 de octubre de 2008

La herejía determinista del señor Ratzinger,
“Papa” de la Iglesia Católica,

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía

No se trata de ninguna broma, sino de una verdad evidente para cualquiera que quiera pensar con objetividad: El Papa acaba de afirmar que países que habían sido "ricos en cuanto a fe antiguamente" estaban "perdiendo su identidad bajo la dañina y destructiva influencia de cierta cultura moderna". Pero, cuando el señor Ratzinger critica la falta de fe y el hecho de que esta falta de fe haya sea la consecuencia de “cierta cultura moderna” está defendiendo un determinismo histórico, similar a otras formas de determinismo como el del materialismo histórico de Karl Marx.
Y es muy posible que tanto Ratzinger como Marx lleven su parte de razón en la defensa del determinismo, pero también es verdad que en cuanto esto sea así, la consecuencia que deriva es obvia: Tanto en un caso como en el otro se estará negando el libre albedrío según el cual cada persona es responsable de sus decisiones y éstas no pueden ser consideradas como consecuencia de “cierta cultura moderna” ni como consecuencia de otra cosa que no sea el propio libre albedrío del individuo. Por ello, quien, como el señor Ratzinger, considera que el modo de ser de la sociedad moderna viene determinado por las ideas de pensadores como Nietzsche y sus reflexiones acerca de “la muerte de Dios”, estará reconociendo la gran labor esclarecedora de este genial pensador, pero a la vez estará reconociendo que el acercamiento o alejamiento del hombre a las ideas supersticiosas representadas por su organización viene determinado por la actividad intelectual y crítica de pensadores como el genial filósofo alemán. Y, aunque este reconocimiento se corresponda con la verdad, sin embargo resulta chocante que lo asuma el jefe supremo de la secta católica, secta según cuyos principios el determinismo debería ser inaceptable en cuanto suprimiría la libertad y la responsabilidad individual. Es decir, desde la tesis del determinismo historicista el hecho de vivir en determinada época de la historia sería la causa determinante de la mayor o menor presencia de fe religiosa en los individuos –y del resto de elementos culturales y materiales de su vida- y, en consecuencia, nadie a nivel individual podría ser considerado responsable ni culpable por su carencia de fe, por lo que cualquier condena moral sería absurda. En consecuencia, la misma labor de la propia secta católica sería totalmente absurda en cuanto su pretensión sería igualmente la de determinar las acciones de las personas hacia aquellos objetivos que su jerarquía quisiera proponerles.
Por otra parte y al margen de este determinismo herético del señor Ratzinger, conviene no olvidar que la propia Jerarquía de la Secta Católica ha defendido desde tiempos inmemoriales otra herejía igualmente determinista por lo que se refiere al asunto de la fe, pues efectivamente siempre ha afirmado que la fe es una “virtud teologal” cuya posesión no depende de ninguna acción individual por la que el hombre pueda lograrla sino que es “un don gratuito de Dios”. Si ante tal afirmación alguien plantease la objeción de que, en tal caso, si uno no tiene fe es porque Dios no se la ha dado, la Jerarquía Católica responde que uno debe pedir la fe a Dios. Pero, ¡vaya una respuesta más estúpida! Pues para pedir la fe en Dios previamente se debería estar en posesión de la fe en ese supuesto ser a quien habría que pedírsela, de manera que sólo quien ya poseyera la fe podría pedirla, pero al ya tenerla no lo necesitaría y no la pediría, mientras que quien no la poseyera, al carecer de confianza para pedir algo a alguien en cuya existencia no cree, no caería en el absurdo de pedirle la fe, a no ser que estuviera loco.
Desde luego las doctrinas de la Secta Católica están desastrosamente plagadas de contradicciones y se haría realmente prolija su enumeración, pero, a pesar de todo, conviene señalarlas de modo reiterado y paciente para que quienes confían de buena fe en la palabra de esos hechiceros del mundo moderno vayan comprendiendo paulatinamente la serie de mentiras en las que se funda su negocio tan hipócrita y fraudulento.

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