sábado, 18 de octubre de 2008

Embriones humanos y Jerarquía Católica

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía

En relación con el nacimiento de un bebé cuyo cordón umbilical posiblemente podrá servir para la curación de su hermano, con su hipocresía, su soberbia y su veneno habitual, al señor Martínez Camino, uno de los jefes de la organización católica española, se le han ocurrido una serie de ridículos y vomitivos comentarios que, en cuanto son significativos de la constante actitud de la jerarquía de su organización, vale la pena reseñar.
Los “obispos” de esta organización católica acaban de afirmar que "el nacimiento de una persona ha venido acompañado de la destrucción de otras, sus propios hermanos". Quien leyera esta frase fuera de contexto podría llegar a pensar que para conseguir el nacimiento de un niño se les ha cortado el cuello -o algo por el estilo- a varios hermanos suyos cuando regresaban del colegio. Pero no, por suerte no ha sido eso lo que ha pasado. Cualquiera puede enterarse de lo que ha sucedido leyendo los periódicos o atendiendo a las informaciones dadas por televisión española. En lo esencial se trataba de conseguir la curación de un niño que nació con una enfermedad que sólo le iba a permitir una corta vida con una constante dependencia de transfusiones de sangre y de las diversas complicaciones para él y para su familia por esa prematura condena de muerte y por la triste calidad de vida a la que la Naturaleza parecía haberle condenado.
El progreso de la Medicina ha permitido sin embargo seleccionar entre diversos embriones uno que fuera compatible con el del niño enfermo a fin de lograr su curación mediante la ayuda de las células madre de su cordón umbilical, de manera que, después de su gestación natural, ya ha nacido ese hermano providencial y su cordón umbilical está guardado para ser utilizado dentro de alrededor de tres meses. ¿Dónde está la “destrucción” de esos hermanos de que ha hablado el señor Camino? Y sólo han hablado de “destrucción”, quizá para atenuar un poco la mayor dureza de esa otra palabra que han utilizado en otras ocasiones: “asesinato”. ¿A qué se refieren estos señores cuando hablan de “destrucción de sus propios hermanos”? Se refieren al hecho de que el resto de embriones iniciales que sirvieron para seleccionar aquél que era compatible con la curación de su hermano no gozaron de la misma suerte en cuanto no fueron implantados en algún otro útero que les permitiera desarrollarse y llegar a convertirse en niños, aunque aquí los señores obispos, desde su dogmatismo fanático que considera que todos tienen la obligación de compartir, protestarían contra mi explicación y proclamarían como dogma de fe indiscutible que esos embriones ya eran seres humanos hechos -aunque no derechos-.
También han dicho que esta forma de medicina es una forma de “eugenesia” en cuanto utiliza un embrión para la curación de un niño y en cuanto no se preocupa por la salvación de los demás embriones, sanos o enfermos
El resto de sus comentarios representa, desde la utilización de los principios de la ética kantiana, una insistencia en una supuesta “dignidad absoluta” de tales embriones, que, según ellos, nunca deberían ser utilizados como medios para nada sino sólo como fines en sí mismos.
Dijeron más adelante que "con estas aclaraciones […] se trata de recordar los principios éticos objetivos ( ) que tutelan la dignidad de todo ser humano", afirmación con la que, de manera soberbia y ridícula, pretenden imponer sus doctrinas no sólo a sus “fieles” sino al resto de la humanidad. En este punto, por otra parte, no hacen otra cosa que seguir el planteamiento del fundador del Opus Dei, cuando hablaba de la “santa intransigencia”. Y eso tiene “su Lógica”, aunque se trate de una Lógica que funciona a partir del desprecio a los principios racionales que deberían regir la convivencia de cualquier agrupación democrática. Su Lógica, esa Lógica de quienes ni firmaron ni aceptan la Declaración Universal de los Derechos Humanos, es la siguiente: Consideramos que un embrión es un ser humano; si no proclamamos que lo es, no seremos fieles a la verdad de nuestras convicciones; nuestras convicciones están inspiradas por Dios y, por ello, nuestras convicciones son verdaderas; si no proclamamos la verdad objetiva y absoluta de nuestras convicciones, no seremos fieles a la palabra divina; por lo tanto, no podemos ser transigentes con quienes no aceptan la verdad objetiva de aquello que nos ha comunicado el propio Dios, y, por ello también y mientras no podamos reinstaurar nuestra añorada Inquisición, debemos denunciar y tratar como asesinos a quienes consienten y practiquen esta forma de medicina basada en la “eugenesia” y en el asesinato de seres humanos –especialmente si tal actividad se relacione de algún modo con los gobernantes del PSOE-.
Pues bien, frente a esta absurda “Lógica” de la jerarquía católica, aunque todos estemos convencidos en muchas ocasiones acerca de la verdad de una parte importante de nuestras opiniones, partimos de una Lógica distinta, que es la que parte del reconocimiento, al estilo socrático, de nuestras propias limitaciones, de la aceptación de que podemos estar equivocados, de la consideración de que nadie se encuentra en poder de la Verdad Absoluta y del punto de vista de que nadie tiene derecho a imponer sus propias opiniones descalificando las de los demás, sino que, ante dos opiniones contradictorias, la buena convivencia exige que, si se ha de adoptar un punto de vista que afecte a dicha convivencia, deba hacerse mediante procedimientos en los que, agotado el diálogo racional y tolerante, finalmente se adopte la decisión de la mayoría, aunque pueda ser equivocada, pues mucho más grave sería que tuviera que imponerse la opinión de una minoría por el simple hecho de que se obstinase en proclamar que ellos se encontraban en posesión de la auténtica verdad. Así que, si todos enfocásemos nuestras diferencias de opinión de este mismo modo tan absurdamente dogmático y fanático como lo hace la jerarquía católica, el diálogo y la tolerancia serían imposibles y todos los problemas los resolveríamos como a ellos les gustaría: Encarcelando a los que disintieran de sus “verdades absolutas” y condenándolos a muerte si persistieran de modo recalcitrante en sus errores inspirados por “el Maléfico”. Si todos, por el hecho de juzgar que nuestras opiniones son las correctas, descalificásemos a los demás y los tratásemos de subnormales o de asesinos como hacen ellos, volveríamos a la barbarie más irracional, a la de los tiempos de su añorada Inquisición, que no representó por cierto un clima especialmente propicio para el desarrollo del pensamiento libre y del progreso científico ni filosófico.
Dicho esto, presento a continuación unas consideraciones relacionadas con el tema del aborto a fin de plantear hasta que punto las doctrinas de la jerarquía católica son coherentes o incongruentes entre sí:
Dice la jerarquía católica que la vida humana es sagrada y que el embrión tiene ya vida humana porque desde el momento de la concepción, en el que un espermatozoide se ha unido a un óvulo, simultáneamente se ha producido el acto mágico por el que Dios habrá creado un alma para ese embrión. Y en cuanto el embrión es ya un ser humano y posee una “dignidad” absoluta, nadie tiene derecho a interrumpir la vida de ese ser humano.
Sin embargo, a todas estas extrañas doctrinas hay que replicar, en primer lugar, que la unión de dos células no constituye un ser humano, que la creencia en la mágica creación de un “alma” puede ser respetable, tanto como la creencia de que dichas células por separado tienen el mismo valor que después de unirse. Desde una perspectiva científica la unión de estas dos células –espermatozoide y óvulo- representa el comienzo de un proceso biológico de multiplicación celular que puede culminar con el paso de los meses en la formación de un ser humano, pero que el establecer en qué momento de la gestación esa primera unión celular puede considerarse ya como un ser humano es una cuestión que tiene un componente de “convencionalismo”: Una célula no es un ser humano, dos células tampoco, cuatro células tampoco, ocho tampoco, dieciséis tampoco… ¿Entonces cuando constituyen un ser humano? Pues el carácter convencional por lo que se refiere al establecimiento de cuándo nos encontramos ante un ser humano puede comprenderse si reflexionamos acerca de qué pensaríamos si alguien nos dijera: “El embrión que tiene solo 5.999.999 células todavía no es un ser humano, pero el que tiene 6.000.000 sí lo es”. En este punto lo único evidente es simplemente de que nos encontramos ante una forma de vida que en el futuro podría convertirse en un ser humano. Y, en cuanto se trata de una forma de vida, todos en general tenemos cierta sensibilidad natural que nos lleva a respetarla, de manera que nadie querría el aborto por sí mismo, ni siquiera el de esa agrupación de células que reciben el nombre de “embrión”, sino sólo como una forma de evitar males mayores en cuanto no se esté en condiciones de llevar adelante un embarazo y los cuidados posteriores necesarios para hacerse cargo de aquel ser humano en que se convertiría dicho embrión al finalizar el proceso de su desarrollo.
Si la jerarquía católica insiste en afirmar que un embrión es un ser humano y que la simple unión de dos células constituyen ya un ser humano, podríamos preguntarles, por qué no consideran igualmente que un ser vivo, como lo es un espermatozoide, que nada ya tan bien en el líquido seminal y busca con ilusión el óvulo en el que pueda continuar adecuadamente su ciclo vital, es ya un “nasciturus”, cuyas posibilidades se truncan desde el momento en que se le niega proporcionarle un óvulo para que su vida pueda desarrollarse felizmente ¿No es un monstruoso asesinato el desprecio y la falta de cuidados para dar vida a la mayor cantidad posible de espermatozoides? ¿No es una obligación moral relacionada con el respeto a la vida humana tratar de fecundar al mayor número posible de mujeres para lograr la salvación del mayor número de espermatozoides y también de óvulos? ¿No es un crimen dejar que tanto unos como otros mueran como consecuencia de nuestra dejadez a la hora de cumplir con el precepto bíblico “creced y multiplicaos”? Los curas y obispos, por cierto, no parecen especialmente preocupados en cumplir con tal precepto –por lo menos en teoría-, pero al menos deberían ser coherentes con él y exhortar a que todos, varones y mujeres, se concienciasen y tratasen de cumplirlo, lo cual debería llevar como consecuencia a que todos los jóvenes tratasen de utilizar sus reservas espermáticas intentando dejar embarazadas a todas las mujeres en edad fértil a fin de evitar el asesinato – en cuanto muerte por omisión de auxilio- de tantos seres humanos larvarios cuyas funciones vitales, aunque no sean especialmente patentes a simple vistas, cualquiera puede reconocer a través de un microscopio. ¡Recuerdo con pena a un espermatozoide que nadaba mejor que Mark Espitz y que me daba la impresión de que me miraba de un modo triste, como si me estuviera diciendo: “¡Búscame un óvulo, por favor!”. Y me sigue remordiendo la conciencia porque en aquel momento fui incapaz de conseguirle lo que me pedía y de haberle proporcionado el óvulo necesario para impedir su muerte, en lugar de haber buscado a la mujer dispuesta para contribuir al desarrollo y florecimiento de su vida tal como por naturaleza le habría correspondido, igual que todos los que hemos tenido el privilegio de crecer y de llegar vivir y a conocer a ese portento de humanidad representado por el señor Martínez Camino y por otros ejemplares de vida asombrosa y misteriosamente viable.
Por otra parte, si la doctrina de la jerarquía católica fuera correcta por lo que se refiere a considerar que un embrión es ya un ser humano, ¿por qué se preocupan tanto acerca de su continuidad vital “en este valle de lágrimas”?
-¿Acaso no creéis en la beatífica vida eterna?
-¡¿Cómo que no creemos?! ¡Pues claro que sí!
-Entonces, ¿qué tiene de malo que enviemos a esos embriones, que vosotros consideráis como auténticos seres humanos, a gozar de la dicha inconmensurable de la Vida Eterna, evitándoles así el peligro de las tentaciones terrenales que podrían poner en un gravísimo riesgo la salvación de su alma? Y mucho más, teniendo en cuenta que desde hace unos años se ha cerrado el Limbo y que ¡todos los niños que mueren sin bautizar van directos al Cielo! ¿No sería ese el mejor regalo que les podríamos hacer?
-Pero, ¿quiénes creéis que sois vosotros para arrogaros el derecho de disponer de la vida de nadie? ¡La dignidad de la persona está por encima de cualquier otra consideración!
-Ya sabemos que somos simples humanos y que, según vosotros, nuestras acciones en favor del aborto libre son inmorales, pero ¿seríais capaces de refutar el argumento que os hemos presentado en favor del aborto? ¿No os parece que acciones como las del aborto son la mejor garantía de la eterna salvación para esos embriones que consideráis humanos? La verdad es que, si yo tuviera la fe que vosotros decís tener, me hubiera gustado no haber llegado a nacer y haber sido un simple aborto, pues a estas horas ya estaría gozando de la auténtica vida celestial y no aquí, en las oficinas del paro, en espera de conseguir una mierda de trabajo. Lo de Jesús decís que fue la “Redención del género humano”, pero ¿qué clase de “redención” fue ésa que sólo sirvió a unos pocos en cuanto, según los Evangelios, la mayoría se va a freír eternamente en el Infierno? Lo de las abortistas sí que es una auténtica “Redención”, pues embrión que destruyen, embrión que asciende directo a la Gloria. Decís que seremos castigadas por nuestra acción criminal, por nuestra falta de respeto a “la dignidad humana”, pero si nosotros creyésemos en esa gloria celestial de la que vosotros habláis, no nos habría importado en absoluto que nadie se hubiera olvidado de esa “dignidad”, pues ahora ya haría algún tiempo que estaríamos disfrutando en el Cielo en lugar de estar aquí escuchando vuestra sandeces. Así que, bien está, faltamos al respeto de esa supuesta dignidad de los embriones y sacrificamos nuestra salvación eterna a cambio de la suya. ¡Eso sí que es una Redención segura! Pues así conseguimos para nuestros queridos abortos la mejor vida que pudieran tener: ¡la vida eterna y eternamente feliz!
-¡¡Que Dios os maldiga!! ¡¡Al fuego eterno!!

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