El condón del señor Ratzinger
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
A estas alturas de la Historia y en conmemoración de la encíclica Humanae Vitae del señor Montini –alias Pablo VI-, el actual jefe de la Jerarquía Católica, el señor Ratzinger –alias Benedicto XVI- vuelve a incurrir en la antigua contradicción de su predecesor, considerando inmoral el uso del preservativo en las relaciones sexuales, incluso en las de carácter matrimonial.
¿Por qué esta postura resulta contradictoria? Por el sencillo hecho de que tanto el señor Montini como el señor Ratzinger aceptan que se pueden utilizar métodos para tratar de evitar un embarazo, pero que esos métodos deben ser “naturales” y no resultado del uso de un medio artificial. Ahora bien, cualquiera que conozca un poco los principios de la moral católica sabe perfectamente que el mérito o la culpa respecto a cualquier acción residen en la intención del que actúa y no en los resultados materiales de su actuación: Son muchos los accidentes de tráfico que vienen seguidos de la muerte de personas inocentes sin que se pueda hablar de culpa moral de nadie en cuanto quienes intervinieron en ellos en ningún momento tuvieron la intención de provocarlos.
Aplicando esta consideración al asunto del condón nos podemos preguntar: ¿existe alguna diferencia entre la intención de quien utiliza el método Ogino y la de quien utiliza el condón? Evidentemente ambos pretenden obtener lo mismo: Unas relaciones sexuales naturalmente placenteras sin el riesgo de un embarazo, en un caso mediante la toma en consideración de los días fértiles de la mujer para no mantener relaciones sexuales que podrían dar lugar a un embarazo, y en el otro utilizando una protección como la del condón que sirva para evitar esta misma posibilidad de un embarazo no deseado. ¿Qué tiene de pecaminoso o de inmoral la búsqueda de un placer tan natural e inocente como el de carácter sexual? Evidentemente nada. Pero si el señor Ratzinger se empeña en considerar que sí, en tal caso debería condenar tanto el uso del condón como el uso del método Ogino, pues la intención en el uso de ambos métodos es exactamente la misma: Obtener placer sexual sin riesgo de embarazo. Dice que el uso del preservativo es antinatural cuando lo antinatural es reprimir la satisfacción de la necesidad sexual por la ridícula consideración dogmática de que el fin de la sexualidad es el de la procreación. ¿Quién se cree que es él para declarar qué es natural y qué no lo es? De acuerdo con ese criterio habría que dar la razón a las sectas que rechazan las transfusiones de sangre en cuanto lo natural es aceptar las enfermedades que Dios envía y dejar que la “naturaleza” de cada uno reaccione y si cure o se muera según sea la voluntad de Dios.
Pero, al margen de esta contradicción tan patente y de las demás barbaridades defendidas por el portavoz de esta jerarquía que defiende lo que considera que puede interesarle por motivos que en otro momento se pueden explicar, en el trasfondo de esta cuestión y en la mentalidad retrógrada de esta Jerarquía Católica, tan alejada de la vida de la gente corriente, late la irracional, hipócrita y ancestral condena de la sexualidad como algo absurdamente bajo y pecaminoso.
Por suerte la mayoría de los mismos católicos de base han dejado de seguir las directrices de esta “mafia del espíritu” desde hace ya algunos años al tomar conciencia de la enorme diferencia entre lo que predican y lo que hacen, tanto en el terreno de la sexualidad, donde son abundantes los casos de pederastia y donde en otras épocas a los curas se les concedía el derecho a vivir con sus queridas o “barraganas” a cambio de dinero que engrosaba las arcas del Vaticano, o como en el de la posesión de riquezas, donde la Jerarquía Católica actúa con una codicia patológica que se manifiesta en toda clase de lujos, tanto en su vestimenta como en las riquezas de sus palacios, que contrasta de manera sarcástica e hiriente con la pobreza y la miseria de tantas personas que mueren de hambre cada día sin que a esta gente le importe lo más mínimo.
Y siguen igual de retrógrados y despóticos a pesar de saber que millones de personas han muerto y seguirán muriendo en África y en el resto del mundo como consecuencia del Sida, no sólo por no disponer de un medio de asepsia como el condón sino también por la absurda condena moral de su uso por parte de estos hechiceros modernos pertenecientes a la Jerarquía Católica, que les amenazan con la condena eterna si les desobedecen.
¡Y pretenden dar clases de moral, cuando su modo de actuar es el modo más flagrante de la inmoralidad más refinada! ¡Más les valdría ponerse a trabajar de una vez y dejarse de monsergas ridículas que ni ellos mismos creen ni mucho menos practican!
sábado, 18 de octubre de 2008
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