La Jerarquía Católica afirma
que sin la fe no hay salvación
La Iglesia Católica: Crítica de sus doctrinas fundamentales (XXIII)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación
Esta doctrina se remonta al pasado más remoto del Cristianismo, de forma que ya en el evangelio de Juan se afirma:
“...es necesario que sea puesto en alto el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él alcance la vida eterna. Porque así amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo Unigénito, a fin de que todo el que crea en él no perezca, sino alcance la vida eterna” ,
y
“en verdad, en verdad os digo, el que escucha mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no incurre en sentencia de condenación, sino que ha pasado de la muerte a la vida” ;
Del mismo modo Pablo de Tarso en su Epístola a los Romanos defiende esta misma doctrina en diversos lugares, como cuando indica que “sin la fe no hay salvación” , o cuando dice “si confesares con tu boca a Jesús por Señor y creyeres en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo” .
Tiene interés reflejar respecto a estas palabras, comparándolas con los planteamientos de la posterior “Teológía” católica, el hecho de que mientras en ellas la fe se muestra como una opción personal libre a la que uno mismo podría adherirse o alejarse voluntariamente, sin embargo la postura frente a la tesis de que la fe es un don gratuito divino que concede a quien el propio Dios quiere.
Cuando se objeta a los defensores de esta interpretación que uno no es responsable de que Dios le haya concedido o no la fe, se le suele responder que en cualquier caso, si no se tiene fe, hay que pedirla a Dios. Pero quienes así proceden actúan de modo ingenuo o llevados de una pereza mental asombrosa al ser incapaces de darse cuenta de que, para pedir la fe en Dios, antes haría falta creer en la existencia de ese Dios a quien habría que pedirle la fe, por lo que en tal planteamiento existiría un círculo vicioso en cuanto para tener fe habría que pedirla a Dios, pero para pedirla haría falta tener fe en él.
Desde la otra perspectiva la fe, según la cual la fe se entiende como un acto voluntario por el cual se intenta creer en la verdad de una doctrina en relación con la cual no existe evidencia ni demostración objetiva, tal acto desde una perspectiva moral estaría en contradicción con la veracidad, actitud consistente en aquella disposición mental por la que se pretende reconocer exclusivamente como verdad aquello que lo sea o aquello de lo que se pueda estar seguro de acuerdo con pruebas rigurosas, racionales o empíricas, o de ambas clases.
Desde este punto de vista, que es el que aparece en el evangelio de Juan y en los escritos de Pablo de Tarso, la creencia en los diversos dogmas y misterios afirmados por la Jerarquía Católica implicaría un desprecio a la veracidad, es decir, al octavo mandamiento de las tablas de Moisés. En resumidas cuentas, el mandamiento “no mentirás” es incompatible con una valoración positiva de la fe en cuanto ésta pretende que se acepten como verdad, renunciando a la propia racionalidad, doctrinas cuya verdad se desconoce en cuanto, por definición, la Jerarquía religiosa afirma que sobrepasan las posibilidades de la razón para comprenderlas.
Ante esta manera de entender la fe como una opción personal, es conocida la famosa “apuesta de Pascal”, quien consideraba que ante la duda de si Dios existe o no, la apuesta no puede ser dudosa: Hay que apostar en favor de la existencia de Dios, es decir, hay que someterse a la fe en él, pues, si no existiera, nada se pierde, mientras que, si existiera, se habrá ganado todo.
Esta famosa “apuesta” dice muy poco a favor de Pascal desde el punto de vista de su consideración de la bondad de la divinidad en la que creía, pues triste sería que dicha divinidad tuviera que juzgar, salvar o condenar al hombre por el hecho de que renunciase o no a su propia racionalidad para aceptar sumisamente doctrinas cuyo valor de verdad se desconociese.
Por otra parte, en relación con la actitud que pueda mantenerse respecto a la fe y a su relación con la veracidad tiene interés reflejar las palabras de B. Russell cuando señala acertadamente la actitud que conviene adoptar ante cualquier problema de carácter teórico en cuanto se desee mantener el rigor intelectual:
“el verdadero precepto de la veracidad [...] es el siguiente: ‘Debemos dar a toda proposición que consideramos [...] el grado de crédito que esté justificado por la probabilidad que procede de las pruebas que conocemos’” .
La misión que cumplen las supuestas “verdades de fe” es la de proteger a la propia secta católica de cualquier crítica racional contraria a los contenidos doctrinales que ellos pretendan imponer a partir de una supuesta autoridad sobre los “fieles” de su iglesia, pues, cuando tales contenidos puedan ser racionalmente criticables, la mejor forma de mantener la autoridad de la Jerarquía religiosa acerca del valor de tales contenidos es recurrir a la propia autoridad divina, supuestamente delegada en el Papa o en el grupo elitista de su jerarquía de cardenales, arzobispos y obispos.
Si más adelante ven que les conviene corregir alguna doctrina en cuanto la Ciencia va mostrando su falsedad de un modo lento pero implacable, en tal caso y a fin de no perder clientela –aunque momentáneamente pierdan parte de su autoridad- se amoldan a las evidencias científicas, pero no por humildad y reconocimiento de sus anteriores errores sino considerando que las doctrinas bíblicas se habían interpretado mal, o que eran una metáfora, o mediante cualquier otra explicación que les permita seguir afirmando dogmáticamente lo que les convenga sin que la ciencia o la razón pueda quitarles autoridad, tal como sucedió en el caso de la defensa del heliocentrismo por parte de Galileo en el siglo XVII o como sucedió en el caso de Darwin en el XIX.
domingo, 9 de marzo de 2008
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