LA JERARQUÍA CATÓLICA
CONSIDERA LA SEXUALIDAD COMO PECADO
SI NO VA DIRIGIDA A LA PROCREACIÓN
La Iglesia Católica: Crítica de sus doctrinas fundamentales (XVII)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación
La jerarquía católica considera el placer sexual como pecado en cuanto se busque por él mismo y no como un simple goce que acompañaría al cumplimiento de la orden divina “creced y multiplicaos”, es decir, en cuanto no vaya encaminado a la procreación.
Frente a esta doctrina hay que indicar que, si ese Dios existiera, sería absurdo que hubiera creado el placer sexual sólo para prohibirlo, cuando se trata de una sensación absolutamente natural, existente tanto en la especie humana como en la mayoría de los animales que han desarrollado el mecanismo de la sexualidad como medio para la reproducción. Sin embargo, la jerarquía católica considera pecado todo lo que se relacione con el placer sexual, tanto la masturbación como las relaciones sexuales extramatrimoniales o incluso las matrimoniales en cuanto no se realicen asociadas con la intención de la procreación, aunque la hipocresía de este punto de vista –en este caso concreto el de Pablo VI en su encíclica Humanae Vitae- se muestra en el hecho de que acepta el placer sexual dentro del matrimonio, aunque no persiga la procreación, siempre que el acto sexual se realice sin métodos artificiales para evitar el embarazo y utilizando sólo un método para evitar el embarazo, como el Ogino, que tenga en cuenta los días no fértiles de la mujer.
Como ya se ha dicho, esta doctrina implica una actitud hipócrita en cuanto la finalidad perseguida en el caso de la utilización del método Ogino o de otros similares es la misma que se persigue en aquellos que implican la utilización de mecanismos que impiden directamente el embarazo, como el del uso del preservativo, y en cuanto la doctrina católica considera que el pecado se encuentra en la intención y no en el acto material en sí mismo. Por ello, esta doctrina, además de hipócrita es contradictoria en cuanto para la jerarquía de la Iglesia Católica el pecado no deriva del acto material realizado sino de la intención del sujeto, y en cuanto la intención es la misma en quien usa el método Ogino y en quien usa el preservativo, intención que no es otra que la de obtener placer sexual, tratando de evitar consecuencias como la de un embarazo no deseado.
Además, si, aceptando los supuestos filosóficos de la escolástica y del propio Aristóteles, se considera que cada acto debe ir encaminado hacia su fin natural propio (?) y ese es el motivo por el que se considera que el acto sexual debe encaminarse a la procreación, igualmente se debería condenar entonces el uso de la inteligencia cuando se la utilizase para fines intelectuales que simplemente proporcionasen placer, como sucede con tantos juegos de lógica, como el juego del ajedrez, y lo mismo habría que decir de otras muchas actividades que tienen como finalidad la obtención del placer que viene asociado con el ejercicio de nuestras diversas facultades. En este sentido igualmente debería condenarse el uso de la vista cuando se emplease para disfrutar contemplando un cuadro de Leonardo, de Velázquez o de Renoir, o para disfrutar contemplando el florecer de los almendros y la belleza de toda la naturaleza. Igualmente debería condenar el uso del oído cuando se lo emplea para disfrutar de las composiciones de Bach, de Mozart o de Beethoven o de Wagner o de cualquier otro compositor capaz de provocar “placeres auditivos” a través del misterioso lenguaje de la música. Igualmente debería condenar el uso del olfato para gozar del aroma del jazmín o de las rosas, o del aroma de los perfumes, pues sólo sirven para provocar “placeres olfativos”, mientras que la finalidad del sentido correspondiente no debería buscarse en el placer por sí mismo sino en el intento por reconocer los alimentos y elementos necesarios para la conservación de la vida. Igualmente debería condenar el uso del tacto cuando se lo utiliza para sentir el “placer de las caricias” en lugar de utilizarse para diferenciar las texturas, grado de dureza y temperatura de los objetos en cuanto su conocimiento sea vitalmente importante. Y, finalmente, el sentido del gusto debería utilizarse para diferenciar los alimentos que pudieran servir para conservar la vida y, por ello, debería condenar como pecado su simple uso para obtener el “placer gustativo” de saborear una copa de vino, un dulce o cualquier comida elaborada con la finalidad de gozar de exquisitos sabores.
Todos estos absurdos van ligados a la consideración negativa de la vida terrena, tan propia del cristianismo, que condena en multitud de ocasiones todo lo que implique alegría de vivir y predica la penitencia, el ayuno y toda clase de sacrificios y, en definitiva, la negación del disfrute de la vida terrenal, poniendo sus aspiraciones en una supuesta vida ultraterrena, como si la afirmación de los valores de la vida terrenal fuera en sí algo pecaminoso, cuando el supuesto creador de tales posibilidades de disfrutarlos sería el propio Dios. Por ello escribía Nietzsche con total acierto que “el mayor pecado contra esta vida es la creencia en otra vida mejor”.
A este absurdo se añade otro nuevo si se tiene en cuenta que, por esta actitud de la jerarquía católica en contra del uso de métodos anticonceptivos como el del preservativo, la epidemia del Sida sigue extendiéndose por todo el mundo y ha causado ya muchos millones de muertos especialmente en África, el continente olvidado. Pero eso no parece importar a la jerarquía de la Iglesia Católica. A ella le importa más todo lo que se relacione con la obtención de “ayudas” millonarias, robadas con “guante blanco” al conjunto de la sociedad española en cuanto el robo no lo realiza directamente sino a través de los sucesivos gobiernos a quienes les exige una parte de nuestros impuestos, que no utiliza para remediar el hambre y la miseria del mundo sino para incrementar su patrimonio en todo el mundo, para montar nuevas sucursales y para aumentar el refinamiento de la vida lujosa de sus altos cargos viviendo en confortables palacios, a la vez que cínicamente predica la pobreza.
jueves, 21 de febrero de 2008
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