La doctrina de la Redención contradice
la supuesta misericordia infinita de Dios
y no sirve para la salvación de nadie,
en cuanto Dios ha establecido desde la eternidad
a quién salvará y a quién condenará.
La secta católica: Crítica de sus doctrinas fundamentales (XIII)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación
Según el dogma de la REDENCIÓN o perdón del pecado original, anteriormente criticado, la redención de tal pecado no se produciría directamente mediante el simple perdón divino, que habría sido la consecuencia coherente con la supuesta misericordia infinita de Dios, sino que se produciría a partir del sacrificio del propio Dios hecho hombre y muerto en la cruz.
CRÍTICA: El origen de esta doctrina parece que se encuentra en los mismos comienzos del cristianismo, cuando, al morir Jesús, sus discípulos, que lo consideraban como el “Mesías”, es decir, como el libertador del pueblo judío de las situaciones de esclavitud que había estado soportando, cambiaron su interpretación del concepto de “Mesías” dándole una explicación que no hacía referencia a consecución de dicha liberación terrenal respecto a sus opresores sino a su liberación respecto al pecado, liberación que llevaría a los seguidores de Jesús a participar con él de la vida eterna. En relación con el suceso de la muerte de Jesús, sus discípulos difundieron muy pronto la afirmación de que había resucitado y que, si no estaba con ellos, era porque había ascendido al Cielo para regresar prontamente a fin de establecer su reino después de un juicio universal. Esta idea de la resurrección de Jesús fue tan importante dentro de la dogmática cristiana que Pablo de Tarso llegó a afirmar: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe”.
De hecho, según los relatos de Lucas en Hechos de los apóstoles, los primeros cristianos vivieron en comunidades, compartiendo sus bienes, plenamente convencidos de la pronta y nueva venida del Mesías, como rey y como juez, hasta que con el paso del tiempo, comprobaron que tal regreso no se producía. Tal situación de frustración determinó una serie de cambios en la mentalidad de aquellos primeros cristianos, desde una vida más solidaria en organizaciones que en principio vivieron en buenas relaciones y sin una articulación jerarquizada entre ellas hasta una organización jerarquizada, dirigida por el obispo de Roma.
A partir de ese momento, la estructura de la iglesia cristiana comenzó a dejar de lado sus “intereses espirituales” para dedicarse de modo claro a crear su propio reino terrenal y comenzó a enriquecerse a partir de la amplia base social de sus fieles que le condujo a ser una fuerza política muy importante en el imperio romano, cuya consecuencia fue la de convertirse progresivamente, desde entonces hasta la actualidad, en una potencia económica de primer orden, a pesar de que, desde el punto de vista de su territorialidad el estado del Vaticano, sede del jefe supremo de la Secta Católica , sea el estado más pequeño del mundo.
Aunque el dogma de la redención, unido al de la resurrección y ascensión de Jesús al Cielo, se convirtió en el pilar más importante del Cristianismo, se trata de una doctrina contradictoria con la del amor y de la misericordia infinita de Dios, el cual, si algo tenía que perdonar, no tenía necesidad para ello del “sacrificio” de su propio hijo, pues hubiera bastado con su simple voluntad.
En este punto es evidente que esta doctrina no encajaba en absoluto con las nuevas doctrinas acerca de un Dios más humanizado, sino más bien con las del Dios justiciero y vengativo del Antiguo Testamento en el que Yahvé se muestra más como un déspota que exige sacrificios y que por cualquier motivo sin importancia es capaz de eliminar a la casi totalidad de la especie humana, como habría sucedido en la leyenda del diluvio universal, cuando Yahvé no sólo decidió eliminar a la práctica totalidad de la humanidad existente en aquel momento, con la excepción de Noé y sus hijos –¡sin su mujer y sin sus hijas!-, sino incluso toda forma de vida, con la excepción de una pareja de cada especie, que comenzaría posteriormente la nueva repoblación del planeta-.
Y así, se da la paradoja de que, por una parte, se pretende presentar a Jesús como Dios de amor, a la vez que, por otra, siga siendo el Dios lejano y vengativo que exige sacrificios para conceder su perdón. Conviene recordar que en los tiempos anteriores a Jesús se consideraba perfectamente lógica y natural la vengativa “Ley del Talión”: “ojo por ojo y diente por diente”, ley según la cual, el perdón de cualquier falta o daño sólo podía producirse mediante un castigo o un daño que se considerase equivalente a la ofensa o daño causado por el ofensor. Por ello, si el ofendido había sido el propio Dios, la ofensa cometida no podía lavarse mediante un sacrificio humano, pues el ofendido era infinitamente superior, mientras que el ofensor valía menos que la pata de una pulga. Así que sólo el propio Dios hecho hombre podía ofrecerse a sí mismo en sacrificio ante su “Padre” para pagar aquella ofensa.
Sin embargo, desde la perspectiva introducida a partir de Jesús era absurdo que Dios mismo no pudiera perdonar sin más, pero en aquellos tiempos se encontró natural la postura del Antiguo Testamento en la que dominaba un concepto de Dios como el de un ser especialmente justiciero y vengativo. Por ello y como ya se ha dicho, la paradoja de la doctrina de la redención es que en ella se da un sincretismo entre la perspectiva del Antiguo Testamento respecto al Dios de los ejércitos y de la venganza, y la del Nuevo, en la que Dios puede perdonar sin más requisito que el de la fe.
Esa misma paradoja se presenta en la misma figura de Jesús en cuanto, por una parte, predica el amor a los enemigos, pero, por otra, castiga con el fuego eterno a quienes no crean en él, o cae en la contradicción de amenazar con el juicio divino a todo el que juzgue a los demás: “No juzguéis y no seréis juzgados”, pues si el hecho de juzgar a los otros es considerado de modo negativo, la consecuencia lógica que debería derivar es la que Dios no debería incurrir en aquel tipo de conducta que él mismo rechaza, ni siquiera aplicándola a quienes cometen la falta de juzgar a los demás.
La doctrina de la redención no tuvo exclusivamente la finalidad de conseguir el perdón divino, sino que, de acuerdo con las religiones mistéricas, sirvió al cristianismo para ofrecer al creyente su unión, su hermandad y su identificación con el propio Dios a través de su unión con Cristo o de su incorporación al “cuerpo místico de Cristo”, materializado en su Iglesia. Tal incorporación era la que proporcionaba al cristiano no sólo el perdón de Dios sino la novedad de la vida eterna a la que no se hace referencia en los primeros libros del Antiguo Testamento.
A pesar de su carácter contradictorio, la SECTA CATÓLICA ha conseguido un provecho económico muy sustancial con el sugerente atractivo de esta doctrina, en cuanto, por su mediación, logró trasmitir a sus fieles la idea de que el amor de Dios Padre al hombre fue tan grande que fue capaz de entregar a su “Hijo” como sacrificio expiatorio para obtener del propio “Padre” el perdón de los pecados y la salvación del género humano, lo cual resulta absurdo para una mente que razone con un mínimo de sentido común en cuanto se tenga en cuenta que el “Hijo” es igual al “Padre” y que tan Dios es el “Hijo” como el “Padre”.
Con una doctrina de ese tipo, que exalta la idea del sacrificio y del amor divino hasta la muerte, los dirigentes de la secta pudieron lograr diversos propósitos, tanto la satisfacción del rencor de los cristianos a quienes les habían perseguido en sus primeros tiempos, en cuanto la redención no se les aplicaría a ellos, como la atracción provocada hacia esta religión en quienes pudieran sentirse solos, abandonados, miserables y desamparados, ofreciendoles el amor, el cobijo de Jesús y la esperanza de una compensación en “otra vida mejor” a cambio de su fe y de su sumisión y entrega a Jesús, expresadas por su obediencia a las órdenes y consignas de las jerarquías de la Secta Católica. Así, por lo que se refiere a la satisfacción del rencor contra sus anteriores opresores, todavía en el siglo XIII Tomás de Aquino llegó a escribir: “ut beatitudo sanctorum eis magis complaceat, et de ea uberiores gratias Deo agant, datur eis ut poenam impiorum perfecte intueantur”
Por otra parte, cuando los dirigentes de la Secta Católica hacen referencia a la Redención, considerándola como la puerta de la eterna salvación, parecen olvidar que, de acuerdo con sus propias doctrinas, para que dicha salvación se produzca debe cumplirse otro requisito indispensable como lo es el de la predestinación divina, según la cual es el propio Dios quien desde la eternidad ha establecido a quienes salvaría y a quienes condenaría, siendo “muchos los llamados, pero pocos los escogidos”. Esta consideración conduce a ver la historia de la supuesta redención como una simple burla de ese Dios tan caprichoso que se ofrece en sacrificio para luego condenar a la mayor parte de los seres por quienes se había sacrificado.
Pero, de nuevo, como la capacidad humana para razonar y para ser coherente con la razón es tan insignificante, quizás no haya un solo católico que se haya detenido a considerar estas cuestiones otorgando su confianza a su propia razón en lugar de dársela al obispo que predica desde el púlpito de una catedral con su vistoso y rico disfraz, aunque sus palabras estén llenas de incoherencias.
sábado, 2 de febrero de 2008
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