sábado, 2 de febrero de 2008

El diablo y el buen Dios
La secta católica: Crítica de sus doctrinas fundamentales (XI)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación

Paseaba Dios un día por los jardines del Edén, cuando de pronto oyó una voz que le decía:
-Buenos días, Dios. ¿Qué haces por aquí?
- ¡¿Y tú?! ¡¿Quién te ha dado permiso para estar aquí y para hablarme con ese atrevimiento?!
-¡Carajo! ¡Como si no nos conociéramos! ¡Ah, sí! Se me olvidaba de que presumes de ser Dios y de que te gusta mantener las distancias.
-¡Pues claro! ¡A ver que te has creído! Además, ¡que te tengo muy visto y no hay forma de que cambies!
-¡Vale, vale! Parece como si estuvieras enfadado.
-¿Enfadado yo? ¡Que te crees tu eso! ¡Que más quisieras! Lo único que pasa es que empiezo a cansarme de ti.
-Ése es tu problema. Yo no te pedí que me creases. Y lo que menos entiendo es que, con tu gran sabiduría, me creases para enviarme al Infierno. ¡Y, encima, para siempre!
-¡Cuidado! ¡No vengas echándome las culpas! ¡Si no te hubieras rebelado contra mí, todo esto no habría pasado!
-Pero, ¿no te parece que exageras? Yo lo único que pretendí fue ser lo que tu eres. No veo qué delito hay en eso, pues todos dicen que Dios es lo mejor que se puede ser.
-Sí, pero tú sabías que Dios sólo puede haber uno y ése era yo.
-Pero reconoce que tuviste miedo de mí y que por eso ahora me mantienes alejado, por si volviese a intentarlo. Además, si tu hijo dijo “¡sed perfectos como vuestro padre celestial es perfecto!”, ¿qué tiene de malo que yo haya querido ser como tú?, pues, al fin y al cabo, ¿qué méritos hiciste tú para ser Dios?
-¡Mucho cuidado con lo que dices, que lo vas a pagar muy caro!
-¿Aún te parece poco caro, si ya estoy en el Infierno?
-¿Que ya estás en el Infierno? Pues la cosa todavía puede ser peor. ¡Dame las gracias de que te permito salir a pasearte por la Tierra e incluso encontrarte conmigo! ¡O con mi última creación, esos seres humanos que casi me han salido tan mal como tú!
-¿Darte las gracias yo? ¿No te parece que te estás pasando? ¡Encima de que me tienes condenado, quieres que te dé las gracias! ¡Vaya cinismo!
-¡Cuidado con ese lenguaje, que vas a agotar mi paciencia!
-Pues, ¡vaya paciencia la tuya! ¡Y eso que es inagotable!
-Bueno, es un decir. Mi perfección es muy grande, pero, como ya somos viejos conocidos, te contaré un pequeño secreto: Hay ocasiones en que no consigo permanecer inmutable, a pesar de lo que digan mis teólogos terrenales.
-¡Vaya cuentos me cuentas ahora! ¡Como si no lo supiera! ¡A ver, si no, por qué estoy yo aquí! Pero, ahora que lo pienso, me parece que eso de que pierdas los nervios no es muy propio de un Dios. ¿Tengo razón o no?
-Pues también yo lo había pensado, hasta el punto de que he llegado a dudar de mi perfección.
-Pues, ¡piensa, piensa! Que ya va siendo hora de que te bajes de tu pedestal, tan lleno de orgullo, y comiences a ser más humilde, que todos tenemos defectos y también tú.
-La verdad es que esto de ser Dios a veces me resulta aburrido. No me gusta ser tan frío ni tan “inmutable” como debería ser de acuerdo con mi perfección.
-¿Sabes que te digo? Que me parece muy bien. A mi tampoco me gustaba eso de ser un ángel tan sumiso y por eso me rebelé.
-Sinceramente, creo que te comprendo.
-¡Pues no lo parece! Si eres Dios, tú ya sabías que yo iba a intentar lo que intenté y, sin embargo, dejaste que sucediera esa comedia y luego me enviaste al Infierno. ¿No crees que la broma dura ya demasiado tiempo?
-Te comprendo, pero, como Dios que soy, no me gusta cambiar mis decisiones y que luego me critiquen por ser tan voluble.
-¡Lo que dices es impropio de ti! ¿No te da vergüenza estar pendiente de las opiniones ajenas, cuando te consideras más sabio que nadie?
-Ya lo sé. Pero, ¿qué quieres que haga?
-¡Joder! ¿A ti que te parece? ¡Pues que me saques de ese maldito Infierno de una puñetera vez! ¿No te parece un acto de sadismo tenerme ahí castigado por toda la eternidad? ¿A quién beneficia eso?
-¡Menos humos, Luzbel, aunque vengas del Infierno!
-¡¿Menos humos…?! ¡Vergüenza debería darte ser tan vengativo!
-No se trata de venganza; es el castigo que te mereces por tu desobediencia.
-¡Qué castigo ni que cuentos! ¡Tú lo que eres es un malnacido!
-¡Ahí sí que te equivocas!, pues para ser un malnacido hace falta haber nacido, pero yo… soy eterno.
-¡No vayas presumiendo tanto, que eso habría que verlo!
-Bueno, me estoy cansando de esta conversación y de tu mala educación.
-Y yo de tus mentiras. ¡Tanto presumir diciendo “mi amor es infinito”!
-¿Acaso no envié a mi hijo para salvar a los hombres?
-¡Vaya absurdo! Pero ¿cómo puedes presumir de eso? ¿Es posible que no te hayas dado cuenta de que no necesitabas enviar a tu hijo para nada?
-¡Qué sabrás tú de mis proyectos y de mis caminos!
-¡Ah, sí! ¡Ya he oído eso de que “los caminos de la Providencia son inescrutables”!
-Pues, entonces no me hagas hablar más de la cuenta.
-¿Qué no te haga hablar? ¡A mi no me la pegas tú! Nos conocemos hace ya demasiado tiempo. Sabes que esa representación teatral fue un montaje absurdo.
-¿Por qué dices que fue absurdo?
-¿Pero acaso eres tonto?
-¡Cuida ese lenguaje, si no quieres que…!
-¡Si no quiero… qué! ¿Qué más puedes hacerme? ¿Añadir leña al fuego? ¡Estoy acostumbrado! Además, sólo quería decirte que eso de enviar a tu hijo para que muriese en una cruz fue una tontería.
-¿Qué sabrás tú?
-Pues sí. Te comportaste como esos tiranos terrenales que exigen sacrificios para perdonar. Y encima no te conformaste con una sencilla petición de perdón, no. ¡Querías un sacrificio digno de ti, el sacrificio de tu hijo hecho hombre!... ¡Patético!
-¡Me habían desobedecido!
-¿Quién te había desobedecido? Sólo Adán y Eva. ¿Qué tenían que ver los demás?
-Eran sus hijos.
-¡Y, claro está: Los hijos son culpables de lo que han hecho sus padres! ¡¿No te fastidia?!
-No sé. Tal vez me precipité. Cuando uno es Dios, no tiene al lado a nadie que le aconseje.
-Pues podías haberme consultado a mí. Hasta la gente dice que “sabe más el diablo por viejo que por diablo”.
-¿Qué podrías haberme dicho que yo no supiera?
-Pues muy sencillo. Que tu venganza y tus castigos eran contradictorios con tu fama de misericordioso. Así que, si querías ser infinitamente misericordioso, tus castigos no tenían sentido. Debías haber comprendido y haber perdonado a esos seres inconscientes que son los hombres… y también a mí.
-¡Ah, ya se descubrió el pastel! ¡Por eso estás insistiendo en eso de la misericordia! ¡Tú lo que quieres es que te permita salir del Infierno y regresar al Cielo!
-No te digo que no, pero, al margen de mi interés personal, no me negarás que lo que te digo tiene mucha más lógica que lo que has hecho.
-¡Qué sabrás tú de Lógica!
-Pues sí, he aprendido mucha a lo largo de los últimos siglos junto a tus hombrecillos, que no todos son idiotas. Y te digo que existe una contradicción total entre tu supuesta misericordia y el castigo eterno del Infierno, que sólo sirve para causar daño sin que este daño tenga una finalidad posterior positiva.
-¿Tú crees?
-¿Cómo puedes dudarlo? Piensa un poco, que parece que tanta eternidad sólo te haya servido para atrofiar tu inteligencia.
-Por favor, no empecemos otra vez con ataques personales.
-Te lo diré por última vez: ¿No entiendes que tu supuesto amor y tu misericordia infinitas son incompatibles con un castigo eterno como ese del Infierno? ¿Qué padre condenaría a un hijo a tenerle alejado para siempre en medio de horribles sufrimientos que no sirvieran para mejorarle ni para nada? ¿Es posible que no lo entiendas?
-¡Ay, Luzbel! Casi consigues que me sienta culpable.
-Pues, reconsidera tu actitud. Todos podemos equivocarnos, incluso tú, aunque seas Dios. Quizás la adoración de tanta gente a lo largo de tantos milenios te ha llevado a confiar excesivamente en tu sabiduría. Pero sabes que tengo razón. Llevo ya mucho tiempo ahí sufriendo por una decisión tuya desproporcionada. ¡No seas tan orgulloso! Comprende que ese castigo es absurdo y sólo propio de tiranos psicópatas como aquel hombre al que llamaban Calígula.
-Llevo tanto tiempo ocupado con los desastres humanos que no me había detenido a reflexionar a fondo sobre ese problema, pero reconozco que en lo que dices parece haber bastante sentido común, así que, por esta vez, te haré caso, aunque no puedo prometerte nada.
-Bueno, me basta con que pienses en lo que te he dicho y con que seas consecuente con la razón y no con el capricho de un tirano.
-Vale, Luzbel. Ya seguiremos hablando dentro de unos siglos, que ahora estoy organizando unas nuevas galaxias que se me acaban de ocurrir.

No hay comentarios: