jueves, 21 de febrero de 2008

EL DEMONIO, EL MUNDO Y LA CARNE
SON ENEMIGOS DEL ALMA, SEGÚN
LA JERARQUÍA CATÓLICA
La Iglesia Católica: Crítica de sus doctrinas fundamentales (XVI)

La jerarquía católica –y en especial su jefe supremo que es quien declara los dogmas y doctrinas que deben creer los católicos- considera que el demonio, el mundo y la carne son los enemigos del alma, sin preocuparle lo más mínimo la contradicción que supone el supuesto de que su Dios, considerado como infinitamente bueno, sea el creador de tales enemigos.
Se trata, efectivamente, de una contradicción en cuanto, por lo que se refiere al demonio, es un mito infantil pretender, por una parte, que Dios le haya condenado al fuego eterno, y considerar al mismo tiempo, sin embargo, que le concede permiso para pasearse por el mundo tratando de reclutar gente que le acompañe para aumentar sus huestes infernales. Y, si esta doctrina ya es absurda, lo que es el colmo es que además Dios haya concedido poder al demonio para introducirse en el cuerpo de determinadas personas para causarles sufrimientos y trastornos psíquicos gratuitos cuya solución resulta especialmente compleja, hasta el punto de que la jerarquía católica ha establecido desde hace mucho tiempo un cargo especial dentro de las llamadas “órdenes menores”; se trata del cargo de exorcista, encargado de expulsar del cuerpo de tales personas al demonio o a los demonios, en cuanto podría haber más de uno.
Según parece, esta doctrina según la cual existen personas endemoniadas procede de la existencia de enfermedades mentales como la epilepsia cuyas crisis se producen de manera muy aparatosa, con pérdida de conciencia que entraña el peligro de caída y del daño previsible correspondiente, con intensos temblores, echando abundante saliva y con otras manifestaciones que el paciente es incapaz de controlar. Cuando cesa la crisis, el paciente va recuperando la conciencia, pero no recuerda nada de lo sucedido; simplemente se encuentra dolorido, a causa de los efectos de la propia crisis, y agotado sin saber por qué, pero la causa de ese agotamiento es la serie de convulsiones que ha sufrido mientras se encontraba inconsciente y que tienen su explicación y su tratamiento a partir de su fisiología cerebral y del tratamiento farmacológico correspondiente.
Que en la antigüedad la gente se asombrase ante la aparatosidad de tales crisis y que las atribuyese a algo sobrenatural es comprensible, precisamente por la falta de cultura y por la falta del desarrollo científico -en especial de la medicina-; pero que en la actualidad la jerarquía de la Iglesia Católica pretenda que sus fieles sigan creyendo semejante majadería es el colmo del abuso ante la ingenuidad de una parte importante de la humanidad.
Sin embargo y a pesar de su carácter tan irracional y absurdo, a la jerarquía de la Iglesia Católica le interesa mantener esa superstición por motivos evidentes, como en especial el de tener dominados a sus fieles del mismo modo que los padres pretenden dominar a sus hijos pequeños amenazándoles con “el hombre del saco” y con otras fábulas similares; en segundo lugar, la existencia de “exorcistas” que en determinadas ocasiones asisten a algún “endemoniado” –o, mejor, epiléptico- contribuye a diversificar los ceremoniales introducidos por la jerarquía católica abarcando así una diversidad de aspectos de la vida y no sólo el de la oración en las iglesias; en tercer lugar, porque la jerarquía de la secta tiene una seria dificultad para cambiar sus doctrinas desde el momento en que en los propios evangelios aparecen los demonios y los endemoniados en diversos lugares y, por ello, si Dios inspiró tales “libros sagrados”, sería realmente complicado negar su valor utilizando el recurso tradicional de la Jerarquía de la Iglesia de considerar que tal doctrina es una metáfora que hay que saber entender; además, desde el momento en que la jerarquía católica ha establecido la “orden menor” de “exorcista” y toda una serie de sacerdotes “especialistas” en sacar demonios del cuerpo, causaría cierto escándalo y revuelo a su grupo de fieles que, de pronto y en contra de su doctrina tradicional de tantos siglos, ahora reconociese que no había endemoniados sino sólo personas enfermas que debían ser tratadas de modo adecuado.
La doctrina sobre los endemoniados ha estado unida a la de los pactos con el diablo así como a la de la brujería, que fueron aprovechados por la jerarquía católica para sembrar el terror de la gente a manifestar cualquier punto de vista contrario a dicha jerarquía o para obtener el pago de impuestos ante la amenaza de ser quemado vivo en la hoguera acusado y condenado de brujería. Al encausado en problemas como el de ser acusado de brujería se le sometía a diversas pruebas para que confesase; así, por ejemplo, la “prueba del agua”, en la que se introducía a la acusada en un pozo de manera que, si se hundía, se la consideraba inocente, mientras que si flotaba, se la consideraba culpable; el problema de esta prueba era que a algunas de las que se hundían luego las sacaban ahogadas.
Por lo que se refiere al mundo como enemigo del alma la jerarquía católica consideró en un principio que la realidad mundana, con sus tentaciones relacionadas con el lujo y con las diversas comodidades, representaba un olvido del bien auténtico, que había que buscar en una vida austera y en la pobreza. Sin embargo, desde el momento en que la propia jerarquía católica comenzó a enriquecerse por sus buenas relaciones con los emperadores romanos, con las posteriores monarquías del feudalismo y con los cambios de los últimos siglos, apenas hace referencia en alguna ocasión al mundo como enemigo del alma, pues en tal caso estaría echando piedras a su propio tejado en cuanto debería predicar con el ejemplo y renunciar a su riqueza para ayudar a los pobres, tal como pidió aquél en cuyo nombre predican.
Y, por lo que se refiere a la carne, es igualmente absurdo suponer que Dios hubiera creado el placer sexual sólo para prohibirlo, cuando se trata de una sensación agradable y absolutamente natural, existente tanto en la especie humana como en la mayoría de los animales medianamente evolucionados. En este punto la doctrina de la jerarquía católica se sigue manteniendo hasta el punto de considerar pecado tanto la masturbación como las relaciones sexuales extramatrimoniales e incluso las matrimoniales en cuanto no se realicen asociadas con la intención de la procreación, aunque la hipocresía de la jerarquía católica –en este caso concreto de Pablo VI en su encíclica Humanae Vitae- acepta el placer sexual dentro del matrimonio, aunque no persiga la procreación, siempre que el acto sexual se realice de modo natural sin métodos artificiales para evitar el embarazo y, por lo tanto, sólo utilizando un método, como el Ogino, que tenga en cuenta los días no fértiles de la mujer para realizar el acto sexual en tales días. Esta doctrina es hipócrita en cuanto la finalidad perseguida es la misma que se persigue mediante la utilización de otros métodos, como el del preservativo, y en cuanto la doctrina católica considera que el pecado se encuentra en la intención y no en el acto material en sí mismo. A este absurdo se añade otro nuevo si se tiene en cuenta que, por esta actitud de la jerarquía católica en contra de métodos anticonceptivos como el del uso del preservativo, la epidemia del Sida sigue extendiéndose y ha causado ya muchos millones de muertos en todo el planeta.
Por otra parte, la suposición de que el alma tenga enemigos sólo tiene sentido a partir de la correspondiente hipótesis de que la tentación ejercida por ellos podría tener éxito en algún momento y determinar la caída del alma en el pecado, de manera que la conducta humana no dependería de la libertad del hombre sino de la fuerza más o menos intensa ejercida por las tentaciones de estos enemigos.
En estos momentos la actitud de la jerarquía católica ante el tema de la sexualidad se encuentra en una situación de desconcierto y prefiere callar ante el rumbo que siguen los nuevos tiempos en los que la gente en general tiende a alejarse de las doctrinas de la Iglesia Católica por considerarlas absurdas, de manera que, aunque muchos se declaren católicos, eso no implica que vivan de acuerdo con la mojigata doctrina sexual de su jerarquía, sino que la vida de acuerdo con una sexualidad libre y sin asociarla con el pecado es lo que por suerte predomina cada día más en nuestra sociedad actual.

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