CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XVI)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
III. Acerca de María
16. La contradicción de la jerarquía católica basada en los evangelios según la cual María fue y no fue la madre de Dios.
La jerarquía católica defiende la doctrina de que María fue madre de Dios, pero al mismo tiempo afirma que Dios, tanto Padre como Hijo y Espíritu Santo, son eternos, lo cual implica que, si María no era eterna, no pudo ser verdaderamente la madre de Dios Hijo.
CRÍTICA: En cuanto ser madre implica generar una vida en un momento determinado del tiempo, la maternidad de María respecto a Dios implicaría la negación de la eternidad de Dios -o la afirmación de la eternidad de María, lo cual la excluiría del conjunto de los seres humanos, que tenemos un carácter temporal-. Por ello, si se afirma la maternidad de María respecto a Dios-Hijo, el tal caso, como ya se ha dicho, habría que negar la eternidad de Dios-Hijo, mientras que, si se afirma la eternidad de Dios-Hijo, habrá que negar la maternidad de María respecto a Dios-Hijo.
En efecto, si el Hijo nació de María, después de que ésta quedase embarazada por una gracia del Espíritu Santo, en tal caso parece evidente que el Hijo comenzó a existir hace alrededor de 2000 años, que es cuando se supone que nació ese hijo llamado Jesús. Y, si alguien replicase que, aunque Jesús nació de María, de hecho ya existía eternamente y que María fue el instrumento del que Dios se sirvió para su “encarnación”, en tal caso, afirmar que María es la “madre de Dios” es una nueva superchería, que, aunque sirve para alimentar la fantasía del redil católico respecto a la idea de una madre humana de Dios, muy accesible a las súplicas humanas de todo género, es contradictoria con la eternidad del propio Dios, eternidad no compartida por María, la hija de Joaquín y de Ana, a la cual, en consecuencia, sería el colmo del absurdo considerar como “madre de Dios”.
De hecho en los evangelios no se concede a María ninguna importancia especial sino todo lo contrario, pero además en los primeros tiempos del Cristianismo ni siquiera se la tuvo en cuenta. Más adelante, cuando los jerarcas cristianos se dieron cuenta de que la presencia de diosas en otras religiones era un elemento muy positivo para su éxito en el proselitismo correspondiente, entonces comprendieron que la incorporación de una divinidad -o un sucedáneo de ella- podía ayudarle para el auge de su negocio, y, en consecuencia, decidieron incorporar a María como un fichaje esencial para enriquecer el elenco de iconos de su adoctrinamiento religioso, pues la idea de una “madre divina” tenía su atractivo muy especial, hasta el punto de que a lo largo de muchos siglos se ha ido haciendo bastante más elevada la cantidad de cristianos –y especialmente cristianas- que siente una devoción particular por la “madre de Dios” que la de quienes sienten una devoción similar por el propio Dios. Esta devoción a “María” se hace patente en sus diversas versiones más o menos milagreras relacionadas con los correspondientes santuarios e incluso con la variedad de nombres que adopta la misma madre de Dios según los lugares en los que se la venera, lugares en que curiosa y sospechosamente, tratándose de la misma madre de Dios, en unos santuarios parece mostrarse mucho más dadivosa que en otros a la hora de realizar sus “milagros”, como si hubiese hecho un contrato especial con tales lugares, dejando caprichosamente los restantes poco menos que olvidados. Los santuarios de tales sitios, como se ha dicho, se corresponden con diversas advocaciones a María, que han dado lugar a una diversidad de nombres de mujer, como los siguientes: Lourdes, Pilar, Fátima, Amparo, Dolores, Guadalupe, Macarena, Socorro, Asunción, Carmen, Montserrat, Consuelo, Milagros, Inmaculada, Esperanza, etc. Por ello mismo, el número de santuarios en los que se venera a una “madre de Dios milagrosa” es muy superior al de los lugares en los que se venera y adora al propio Dios en espera de “sus milagros”, veneración explicable a partir del antropomorfismo de considerar que a una madre se la puede camelar con mucha mayor facilidad que a un padre, especialmente si se trata del “Padre eterno” e incluso que María, como madre de Dios, puede interceder ante él para que nos conceda diversos bienes que por sí mismo –y a pesar de su amor infinito- no nos concedería.
domingo, 16 de noviembre de 2008
sábado, 15 de noviembre de 2008
CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XV)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
15. La contradicción según la cuál Jesús ordena no juzgar, a la vez que advierte que él sí juzgará a quienes juzgan, lo cual no es precisamente predicar con el ejemplo.
CRÍTICA: Es evidente que si Jesús no quería que juzgásemos a los demás –lo cual parece muy razonable teniendo en cuenta que, según la “teología” (?) católica, todo lo que el hombre hace es Dios quien lo hace- debería haberse abstenido de añadir a su frase “no juzguéis” la continuación “y no seréis juzgados”, ya que, al hacerlo, está incurriendo en la misma falta que critica, y, por ello, hubiera sido más lógico que dijera: “yo no juzgo, aunque vosotros lo hagáis, pero quisiera que tampoco vosotros cometierais ese error, pues nadie es culpable de nada, ya que todos hacéis necesariamente aquello para lo que fuisteis programados por el poder absoluto de mi Padre. Los obispos podrán deciros lo que les dé la gana para la prosperidad de su negocio, pero, si con lo que os he dicho no tuvierais bastante, pensad que mi amor y mi misericordia infinitas son incompatibles con ningún tipo de castigo y mucho menos con esa estupidez del Infierno del que yo mismo hablé en alguna ocasión porque quise gastaros una broma, aunque parece que algunos se lo tomaron en serio”.
Sin embargo, de acuerdo con los evangelios; Jesús habría caído en el absurdo error de amenazar con el juicio de Dios a quienes juzgasen a los demás, lo cual no era precisamente una forma de predicar con el ejemplo. En este sentido en el evangelio atribuido a Mateo aparece la frase: “No juzguéis, para que Dios no os juzgue” ( ). Por otra parte y en relación con el tema del perdón, en este mismo evangelio aparece la frase: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no os perdonáis de corazón unos a otros” ( ). Y en ambos casos resulta curioso que, a pesar de las ocasiones en que Jesús parece oponerse a la “Ley del Talión”, estas advertencias sean una modalidad más de dicha ley en cuanto subordina el juicio y el perdón de Dios a cuál sea la actitud de los hombres por lo que se refiere al juicio y al perdón.
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XV)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
15. La contradicción según la cuál Jesús ordena no juzgar, a la vez que advierte que él sí juzgará a quienes juzgan, lo cual no es precisamente predicar con el ejemplo.
CRÍTICA: Es evidente que si Jesús no quería que juzgásemos a los demás –lo cual parece muy razonable teniendo en cuenta que, según la “teología” (?) católica, todo lo que el hombre hace es Dios quien lo hace- debería haberse abstenido de añadir a su frase “no juzguéis” la continuación “y no seréis juzgados”, ya que, al hacerlo, está incurriendo en la misma falta que critica, y, por ello, hubiera sido más lógico que dijera: “yo no juzgo, aunque vosotros lo hagáis, pero quisiera que tampoco vosotros cometierais ese error, pues nadie es culpable de nada, ya que todos hacéis necesariamente aquello para lo que fuisteis programados por el poder absoluto de mi Padre. Los obispos podrán deciros lo que les dé la gana para la prosperidad de su negocio, pero, si con lo que os he dicho no tuvierais bastante, pensad que mi amor y mi misericordia infinitas son incompatibles con ningún tipo de castigo y mucho menos con esa estupidez del Infierno del que yo mismo hablé en alguna ocasión porque quise gastaros una broma, aunque parece que algunos se lo tomaron en serio”.
Sin embargo, de acuerdo con los evangelios; Jesús habría caído en el absurdo error de amenazar con el juicio de Dios a quienes juzgasen a los demás, lo cual no era precisamente una forma de predicar con el ejemplo. En este sentido en el evangelio atribuido a Mateo aparece la frase: “No juzguéis, para que Dios no os juzgue” ( ). Por otra parte y en relación con el tema del perdón, en este mismo evangelio aparece la frase: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no os perdonáis de corazón unos a otros” ( ). Y en ambos casos resulta curioso que, a pesar de las ocasiones en que Jesús parece oponerse a la “Ley del Talión”, estas advertencias sean una modalidad más de dicha ley en cuanto subordina el juicio y el perdón de Dios a cuál sea la actitud de los hombres por lo que se refiere al juicio y al perdón.
viernes, 14 de noviembre de 2008
CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XIV)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
14. La absurda doctrina según la cual Jesús es tan hijo de Dios como yo, pero no más.
CRÍTICA: No es que la jerarquía católica lo quiera aceptar ni afirmar abiertamente, pero, según el argumento utilizado por los Evangelios para afirmar la filiación divina de Jesús, también yo sería el hijo de Dios en la misma o mayor medida en que considera que Jesús lo es. Así que es realmente extraña tanta admiración por que Jesús sea hijo de Dios mientras que nadie se admire de que también yo lo sea.
Pues, efectivamente, uno de los argumentos utilizados en los evangelios consiste en un análisis de la genealogía de Jesús, que comienza con José, que a continuación llega a la deducción de que José desciende de Adán, y que, teniendo en cuenta la aguda observación de que Adán es hijo de Dios, concluye en la evidente deducción lógica de que ¡Jesús es hijo de Dios!
Pero lo más curioso de este argumento es que es contradictorio con las interpretaciones de la jerarquía católica según las cuales Jesús no fue hijo de José, en cuanto fue engendrado en María –sin la petición de su consentimiento previo sino todo lo más una simple comunicación de lo que iba a sucederle- por el Espíritu Santo. Así que la jerarquía católica y los mismos evangelistas habrían tenido más fácil demostrar que Jesús era hijo de Dios si hubieran dicho que lo era porque el propio Dios lo había engendrado en María o porque María descendía de Adán y que Adán era hijo de Dios, pero, al considerarlo hijo de José, está negando la labor del Espíritu Santo.
Resulta por ello especialmente significativo de la confusión reinante en aquellos primeros tiempos del cristianismo respecto a si Jesús era o no hijo de Dios el hecho de que se recurriera al infantil argumento relacionado con su genealogía hasta llegar a Adán y a continuación a Dios. Tal argumento implicaría además que Jesús habría tenido un origen temporal, que se produjo en el momento en que fue engendrado, y no una eternidad como la del “Padre”. Por otra parte y como el machismo bíblico era tan radical, no se les ocurrió buscar los ascendientes de Jesús por vía materna sino sólo por la paterna, pero cometiendo la absurda contradicción de negar al mismo tiempo que José fuera el padre de Jesús. En efecto, la actitud de quienes escribieron los evangelios atribuidos a “Lucas” y a “Mateo” es incomprensible si se tiene en cuenta que poco después se contradicen con la mayor desconsideración hacia la inteligencia de los lectores cuando afirman que Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo, olvidando su anterior referencia a José como padre de Jesús.
Como ya se ha dicho, este argumento olvida la propia doctrina cristiana según la cual José no fue el padre de Jesús y, por ello, constituye una falsedad ingenua y ridícula, porque, a fin de llegar a la conclusión de la filiación divina de Jesús, se basa en la ascendencia de José, que se remonta hasta Adán, hijo de Dios, concluyendo por ello que Jesús es hijo de Dios.
Mediante tal argumentación, todos podríamos declararnos tan hijos de Dios como el propio Jesús, en cuanto todos seríamos descendientes de Adán. Y, por el contrario, la filiación divina de Jesús habría quedado sin demostrar al haberse basado en una filiación negada implícitamente por quienes afirmen la labor esencial del Espíritu Santo, entre ellos, la jerarquía de la organización católica, ya que, según ella, Jesús no fue hijo de José. Claro está que siempre podrían haber recurrido a María, como madre de Jesús y descendiente de Adán, hijo de Dios, para concluir que Jesús era también hijo de Dios, pero el machismo judío impidió que utilizasen este argumento, y, además, en tal caso habrían tenido que eliminar la historieta del Espíritu Santo.
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XIV)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
14. La absurda doctrina según la cual Jesús es tan hijo de Dios como yo, pero no más.
CRÍTICA: No es que la jerarquía católica lo quiera aceptar ni afirmar abiertamente, pero, según el argumento utilizado por los Evangelios para afirmar la filiación divina de Jesús, también yo sería el hijo de Dios en la misma o mayor medida en que considera que Jesús lo es. Así que es realmente extraña tanta admiración por que Jesús sea hijo de Dios mientras que nadie se admire de que también yo lo sea.
Pues, efectivamente, uno de los argumentos utilizados en los evangelios consiste en un análisis de la genealogía de Jesús, que comienza con José, que a continuación llega a la deducción de que José desciende de Adán, y que, teniendo en cuenta la aguda observación de que Adán es hijo de Dios, concluye en la evidente deducción lógica de que ¡Jesús es hijo de Dios!
Pero lo más curioso de este argumento es que es contradictorio con las interpretaciones de la jerarquía católica según las cuales Jesús no fue hijo de José, en cuanto fue engendrado en María –sin la petición de su consentimiento previo sino todo lo más una simple comunicación de lo que iba a sucederle- por el Espíritu Santo. Así que la jerarquía católica y los mismos evangelistas habrían tenido más fácil demostrar que Jesús era hijo de Dios si hubieran dicho que lo era porque el propio Dios lo había engendrado en María o porque María descendía de Adán y que Adán era hijo de Dios, pero, al considerarlo hijo de José, está negando la labor del Espíritu Santo.
Resulta por ello especialmente significativo de la confusión reinante en aquellos primeros tiempos del cristianismo respecto a si Jesús era o no hijo de Dios el hecho de que se recurriera al infantil argumento relacionado con su genealogía hasta llegar a Adán y a continuación a Dios. Tal argumento implicaría además que Jesús habría tenido un origen temporal, que se produjo en el momento en que fue engendrado, y no una eternidad como la del “Padre”. Por otra parte y como el machismo bíblico era tan radical, no se les ocurrió buscar los ascendientes de Jesús por vía materna sino sólo por la paterna, pero cometiendo la absurda contradicción de negar al mismo tiempo que José fuera el padre de Jesús. En efecto, la actitud de quienes escribieron los evangelios atribuidos a “Lucas” y a “Mateo” es incomprensible si se tiene en cuenta que poco después se contradicen con la mayor desconsideración hacia la inteligencia de los lectores cuando afirman que Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo, olvidando su anterior referencia a José como padre de Jesús.
Como ya se ha dicho, este argumento olvida la propia doctrina cristiana según la cual José no fue el padre de Jesús y, por ello, constituye una falsedad ingenua y ridícula, porque, a fin de llegar a la conclusión de la filiación divina de Jesús, se basa en la ascendencia de José, que se remonta hasta Adán, hijo de Dios, concluyendo por ello que Jesús es hijo de Dios.
Mediante tal argumentación, todos podríamos declararnos tan hijos de Dios como el propio Jesús, en cuanto todos seríamos descendientes de Adán. Y, por el contrario, la filiación divina de Jesús habría quedado sin demostrar al haberse basado en una filiación negada implícitamente por quienes afirmen la labor esencial del Espíritu Santo, entre ellos, la jerarquía de la organización católica, ya que, según ella, Jesús no fue hijo de José. Claro está que siempre podrían haber recurrido a María, como madre de Jesús y descendiente de Adán, hijo de Dios, para concluir que Jesús era también hijo de Dios, pero el machismo judío impidió que utilizasen este argumento, y, además, en tal caso habrían tenido que eliminar la historieta del Espíritu Santo.
jueves, 13 de noviembre de 2008
CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XIII)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
13. La contradicción entre los pasajes evangélicos que afirman que Jesús es Dios y los que niegan que lo sea.
Aunque en líneas generales en los evangelios aparece la afirmación según la cual Jesús es el Hijo de Dios, en bastantes ocasiones aparecen también afirmaciones que de manera explícita o implícita consideran que Jesús, aunque haya sido un profeta o un enviado de Dios, no se identifica con él y ni siquiera como su hijo.
CRÍTICA: En cuanto estas doctrinas son contradictorias entre sí, se demuestra una vez más que tanto los evangelios como la doctrina católica en general está llena de falsedades que conviene desenmascarar, en cuanto son el soporte ideológico de esta organización cuyos fines reales nada tienen que ver con los que dicen defender.
A continuación se presenta una serie de pasajes de estos evangelios en los que se defiende de modo implícito, pero muy claro en casi todas las ocasiones, la idea de que Jesús no se identifica con Dios y la de que ni siquiera se considera que sea “su hijo”. Así sucede, por ejemplo, cuando, estando ya crucificado, exclama:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” ( ),
frase que evidentemente no tendría sentido si Jesús se identificase con el propio Dios y que además implica una desconfianza y un reproche a ese Dios por parte de Jesús por haberle abandonado.
Igualmente, en el evangelio de Mateo se dice:
“Jesús se acercó y se dirigió a ellos con estas palabras:
-Dios me ha dado autoridad plena sobre el cielo y la tierra” ( ),
y es evidente que si Dios le ha dado autoridad eso sólo tiene sentido en cuanto el propio Jesús no se identifique con Dios, pues no tendría sentido afirmar que Dios ha dado autoridad a Dios, mientras que sí lo tiene afirmar que Dios ha dado autoridad a Jesús en cuanto el propio Jesús no se identifique con Dios.
Del mismo modo en el evangelio de Marcos se dice que:
“…el Señor Jesús fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios” ( ),
frase en la que, por una parte, se niega el dogma de la ascensión, ya que en ella no se afirma que el propio Jesús ascendiera al cielo por su propio poder sino que “fue elevado”, y, por otra, se dice que se sentó a la diestra de Dios, lo cual no podría suceder si Jesús fuera Dios, pues afirmar que alguien se siente a su propia diestra no tiene sentido.
En el evangelio de Juan se afirma igualmente:
“Porque yo no hablo en virtud de mi propia autoridad; es el Padre, que me ha enviado, quien me ordenó lo que debo decir y enseñar. Y sé que sus mandamientos llevan a la vida eterna. Por eso, yo enseño lo que he oído al Padre” ( ).
Es decir, Jesús dice que él no tiene autoridad por sí mismo sino por el Padre, que le habría enviado, pero si Jesús se hubiera identificado con Dios la afirmación según la cual él no hablaba en virtud de su propia autoridad habría sido sencillamente absurda.
En los Hechos de los apóstoles se señala también la diferencia entre Jesús y Dios, cuando se dice:
“A este Jesús Dios lo ha resucitado, y de ello somos testigos todos nosotros” ( ),
pues la frase Dios ha resucitado a Jesús sólo parece tener sentido desde el momento en que Dios y Jesús sean seres distintos.
Más adelante se insiste en esta misma diferencia Jesús y Dios, y en la consideración de que Dios resucitó a Jesús:
“Pedro y los apóstoles respondieron:
-Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros antepasados ha resucitado a Jesús […] Dios lo ha exaltado a su derecha como Príncipe y Salvador […] Nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que le obedecen somos testigos de todo esto” ( ).
De modo similar, momentos antes de morir Esteban dice:
“–Veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios” ( ),
frase en la que se diferencian claramente ambas figuras de un modo jerárquico: Dios como figura principal y Jesús como figura secundaria, aunque importante. Tiene interés insistir en este detalle porque, si no se hubiera querido reflejar esta diferencia entre Dios y Jesús, el autor de ese escrito habría podido escribir que Esteban veía a Jesús sentado a la diestra del Padre, lo cual hubiera podido ser compatible con el reconocimiento implícito de que Tanto el padre como Jesús eran Dios, pero no “a la diestra de Dios”, pues en ese caso se está diferenciando inevitablemente entre Jesús, por un parte, y Dios, por otra.
En esta misma obra se llega incluso a considerar que Jesús sólo es un siervo de Dios, que, por lo tanto, no se identificaría con el propio Dios ni sería siquiera su hijo, como se dice en otras ocasiones. En efecto, se dice en el correspondiente pasaje:
“El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros antepasados, ha manifestado la gloria de su siervo Jesús…” ( ).
Más adelante se insiste en esta misma consideración de Jesús como “siervo de Dios”, obediente a sus decisiones:
“En esta ciudad, en efecto, se han aliado Herodes y Poncio Pilato, junto con extranjeros y gentes de Israel, contra tu siervo Jesús, al que ungiste, para hacer lo que tu poder y tu voluntad habían decidido de antemano que sucediera […] Manifiesta tu poder para que se realicen curaciones, señales y prodigios en el nombre de tu santo siervo Jesús” ( ).
Y, si Jesús era “siervo de Dios”, difícilmente podía ser “Dios”.
A continuación se llega incluso a distinguir entre Jesús y el Señor, considerando que ese “Señor”, identificado con Dios, es quien habría enviado al Mesías como un profeta semejante en el mejor de los casos al propio Moisés, pero no superior a él, un profeta “suscitado entre vuestros hermanos”, es decir, procedente del propio pueblo judío:
“Llegarán así tiempos de consuelo de parte del Señor, que os enviará de nuevo a Jesús, el Mesías que os estaba destinado […] Moisés, en efecto, dijo: el Señor Dios vuestro suscitará de entre vuestros hermanos un profeta como yo; escuchad todo lo que os diga; y el que no escuche a este profeta será excluido del pueblo” ( ).
En el evangelio atribuido a Mateo se insiste en esta diferencia entre Jesús y Dios cuando se pone en boca del propio Jesús la frase:
“No juzguéis, para que Dios no os juzgue” ( ),
frase en la que Jesús declara nuevamente, de modo implícito pero incuestionable, que él no es Dios. y además.
Igualmente, en Hechos de los apóstoles se afirma con absoluta claridad la diferencia entre Dios, por una parte, y Jesús, por otra, considerando a Jesús el “ungido” y “resucitado por Dios y “juez” designado por el propio Dios:
[Pedro tomó la palabra y dijo:] “me refiero a Jesús de Nazaret, a quien Dios ungió con Espíritu santo y poder […] Dios lo resucitó el tercer día […] Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos” ( ),
considerando a Jesús como “hombre” elegido por Dios, lo cual no tendría ningún sentido si el propio Jesús fuera Dios.
“[Dios] ha establecido un día, en el que va a juzgar al universo con justicia por medio de un hombre designado por él, a quien ha acreditado ante todos resucitándolo de entre los muertos” ( );
y considerando a Jesús como un siervo “sometido” al poder de Dios, lo cual no tendría sentido si el propio Jesús se identificase con Dios:
“Y cuando le estén sometidas todas las cosas, entonces el mismo hijo se someterá también al que le sometió todo, para que Dios sea todo en todas las cosas” ( ).
Tiene cierto interés, en relación con estas misma cuestión y con el dogma de la ascensión de Jesús, comprobar la existencia de textos “sagrados” en los que en lugar de defenderse la idea de que Jesús ascendió al cielo por su propio poder se afirma que fue elevado, es decir, no que ascendiera por su propio poder sino por un poder que, aunque no se menciona de modo explícito, parece evidente que se trata del poder de alguien que no era él mismo, sino Dios. Así queda expresado en el evangelio de Marcos, en el de Lucas y en los Hechos de los apóstoles en pasajes como los siguientes: “el Señor Jesús fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios” ( ),“hasta el día en que fue elevado a los cielos” ( ) “y mientras los bendecía se separó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos, después de postrarse ante él, se volvieron a Jerusalén rebosantes de alegría” ( ).
En relación con esta última cita, tiene interés llamar la atención acerca del hecho de que en ella se dice que los discípulos de Jesús “estaban continuamente en el templo”, pues se trataría evidentemente de un templo judío, lo cual refuerza de manera muy importante la tesis ya defendida de que Jesús, siendo muy probablemente un esenio, no intentaba crear una nueva religión alejada del judaísmo, sino de predicar la práctica de dicha religión de un modo más auténtico y menos ligado a los rituales meramente formales y vacíos de espiritualidad.
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XIII)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
13. La contradicción entre los pasajes evangélicos que afirman que Jesús es Dios y los que niegan que lo sea.
Aunque en líneas generales en los evangelios aparece la afirmación según la cual Jesús es el Hijo de Dios, en bastantes ocasiones aparecen también afirmaciones que de manera explícita o implícita consideran que Jesús, aunque haya sido un profeta o un enviado de Dios, no se identifica con él y ni siquiera como su hijo.
CRÍTICA: En cuanto estas doctrinas son contradictorias entre sí, se demuestra una vez más que tanto los evangelios como la doctrina católica en general está llena de falsedades que conviene desenmascarar, en cuanto son el soporte ideológico de esta organización cuyos fines reales nada tienen que ver con los que dicen defender.
A continuación se presenta una serie de pasajes de estos evangelios en los que se defiende de modo implícito, pero muy claro en casi todas las ocasiones, la idea de que Jesús no se identifica con Dios y la de que ni siquiera se considera que sea “su hijo”. Así sucede, por ejemplo, cuando, estando ya crucificado, exclama:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” ( ),
frase que evidentemente no tendría sentido si Jesús se identificase con el propio Dios y que además implica una desconfianza y un reproche a ese Dios por parte de Jesús por haberle abandonado.
Igualmente, en el evangelio de Mateo se dice:
“Jesús se acercó y se dirigió a ellos con estas palabras:
-Dios me ha dado autoridad plena sobre el cielo y la tierra” ( ),
y es evidente que si Dios le ha dado autoridad eso sólo tiene sentido en cuanto el propio Jesús no se identifique con Dios, pues no tendría sentido afirmar que Dios ha dado autoridad a Dios, mientras que sí lo tiene afirmar que Dios ha dado autoridad a Jesús en cuanto el propio Jesús no se identifique con Dios.
Del mismo modo en el evangelio de Marcos se dice que:
“…el Señor Jesús fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios” ( ),
frase en la que, por una parte, se niega el dogma de la ascensión, ya que en ella no se afirma que el propio Jesús ascendiera al cielo por su propio poder sino que “fue elevado”, y, por otra, se dice que se sentó a la diestra de Dios, lo cual no podría suceder si Jesús fuera Dios, pues afirmar que alguien se siente a su propia diestra no tiene sentido.
En el evangelio de Juan se afirma igualmente:
“Porque yo no hablo en virtud de mi propia autoridad; es el Padre, que me ha enviado, quien me ordenó lo que debo decir y enseñar. Y sé que sus mandamientos llevan a la vida eterna. Por eso, yo enseño lo que he oído al Padre” ( ).
Es decir, Jesús dice que él no tiene autoridad por sí mismo sino por el Padre, que le habría enviado, pero si Jesús se hubiera identificado con Dios la afirmación según la cual él no hablaba en virtud de su propia autoridad habría sido sencillamente absurda.
En los Hechos de los apóstoles se señala también la diferencia entre Jesús y Dios, cuando se dice:
“A este Jesús Dios lo ha resucitado, y de ello somos testigos todos nosotros” ( ),
pues la frase Dios ha resucitado a Jesús sólo parece tener sentido desde el momento en que Dios y Jesús sean seres distintos.
Más adelante se insiste en esta misma diferencia Jesús y Dios, y en la consideración de que Dios resucitó a Jesús:
“Pedro y los apóstoles respondieron:
-Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros antepasados ha resucitado a Jesús […] Dios lo ha exaltado a su derecha como Príncipe y Salvador […] Nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que le obedecen somos testigos de todo esto” ( ).
De modo similar, momentos antes de morir Esteban dice:
“–Veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios” ( ),
frase en la que se diferencian claramente ambas figuras de un modo jerárquico: Dios como figura principal y Jesús como figura secundaria, aunque importante. Tiene interés insistir en este detalle porque, si no se hubiera querido reflejar esta diferencia entre Dios y Jesús, el autor de ese escrito habría podido escribir que Esteban veía a Jesús sentado a la diestra del Padre, lo cual hubiera podido ser compatible con el reconocimiento implícito de que Tanto el padre como Jesús eran Dios, pero no “a la diestra de Dios”, pues en ese caso se está diferenciando inevitablemente entre Jesús, por un parte, y Dios, por otra.
En esta misma obra se llega incluso a considerar que Jesús sólo es un siervo de Dios, que, por lo tanto, no se identificaría con el propio Dios ni sería siquiera su hijo, como se dice en otras ocasiones. En efecto, se dice en el correspondiente pasaje:
“El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros antepasados, ha manifestado la gloria de su siervo Jesús…” ( ).
Más adelante se insiste en esta misma consideración de Jesús como “siervo de Dios”, obediente a sus decisiones:
“En esta ciudad, en efecto, se han aliado Herodes y Poncio Pilato, junto con extranjeros y gentes de Israel, contra tu siervo Jesús, al que ungiste, para hacer lo que tu poder y tu voluntad habían decidido de antemano que sucediera […] Manifiesta tu poder para que se realicen curaciones, señales y prodigios en el nombre de tu santo siervo Jesús” ( ).
Y, si Jesús era “siervo de Dios”, difícilmente podía ser “Dios”.
A continuación se llega incluso a distinguir entre Jesús y el Señor, considerando que ese “Señor”, identificado con Dios, es quien habría enviado al Mesías como un profeta semejante en el mejor de los casos al propio Moisés, pero no superior a él, un profeta “suscitado entre vuestros hermanos”, es decir, procedente del propio pueblo judío:
“Llegarán así tiempos de consuelo de parte del Señor, que os enviará de nuevo a Jesús, el Mesías que os estaba destinado […] Moisés, en efecto, dijo: el Señor Dios vuestro suscitará de entre vuestros hermanos un profeta como yo; escuchad todo lo que os diga; y el que no escuche a este profeta será excluido del pueblo” ( ).
En el evangelio atribuido a Mateo se insiste en esta diferencia entre Jesús y Dios cuando se pone en boca del propio Jesús la frase:
“No juzguéis, para que Dios no os juzgue” ( ),
frase en la que Jesús declara nuevamente, de modo implícito pero incuestionable, que él no es Dios. y además.
Igualmente, en Hechos de los apóstoles se afirma con absoluta claridad la diferencia entre Dios, por una parte, y Jesús, por otra, considerando a Jesús el “ungido” y “resucitado por Dios y “juez” designado por el propio Dios:
[Pedro tomó la palabra y dijo:] “me refiero a Jesús de Nazaret, a quien Dios ungió con Espíritu santo y poder […] Dios lo resucitó el tercer día […] Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos” ( ),
considerando a Jesús como “hombre” elegido por Dios, lo cual no tendría ningún sentido si el propio Jesús fuera Dios.
“[Dios] ha establecido un día, en el que va a juzgar al universo con justicia por medio de un hombre designado por él, a quien ha acreditado ante todos resucitándolo de entre los muertos” ( );
y considerando a Jesús como un siervo “sometido” al poder de Dios, lo cual no tendría sentido si el propio Jesús se identificase con Dios:
“Y cuando le estén sometidas todas las cosas, entonces el mismo hijo se someterá también al que le sometió todo, para que Dios sea todo en todas las cosas” ( ).
Tiene cierto interés, en relación con estas misma cuestión y con el dogma de la ascensión de Jesús, comprobar la existencia de textos “sagrados” en los que en lugar de defenderse la idea de que Jesús ascendió al cielo por su propio poder se afirma que fue elevado, es decir, no que ascendiera por su propio poder sino por un poder que, aunque no se menciona de modo explícito, parece evidente que se trata del poder de alguien que no era él mismo, sino Dios. Así queda expresado en el evangelio de Marcos, en el de Lucas y en los Hechos de los apóstoles en pasajes como los siguientes: “el Señor Jesús fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios” ( ),“hasta el día en que fue elevado a los cielos” ( ) “y mientras los bendecía se separó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos, después de postrarse ante él, se volvieron a Jerusalén rebosantes de alegría” ( ).
En relación con esta última cita, tiene interés llamar la atención acerca del hecho de que en ella se dice que los discípulos de Jesús “estaban continuamente en el templo”, pues se trataría evidentemente de un templo judío, lo cual refuerza de manera muy importante la tesis ya defendida de que Jesús, siendo muy probablemente un esenio, no intentaba crear una nueva religión alejada del judaísmo, sino de predicar la práctica de dicha religión de un modo más auténtico y menos ligado a los rituales meramente formales y vacíos de espiritualidad.
miércoles, 12 de noviembre de 2008
CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XII)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
12. La contradicción según la cual, ¡oh, misterio sagrado!, Jesús fue y no fue hijo de José.
CRÍTICA: He aquí otro ejemplo de contradicción, de ésas a las que la jerarquía católica llama “misterio”.
Dice el evangelio de Mateo que Jesús era hijo de Dios porque, tras analizar su ascendencia de manera exhaustiva, pudo concluir en que ésta, comenzando por José, el esposo de María, se remontaba hasta Abraham. Aunque el argumento no es concluyente por cerrar las bases argumentativas en Abraham, parece fácil suponer que quien escribió tal argumento utilizaba como premisa implícita la de que Abraham era hijo de Dios y que, en consecuencia, ¡Jesús era hijo de Dios!, de manera que Jesús era hijo de Dios porque era hijo de José. Así lo dice efectivamente este evangelio, que tras enumerar a toda una serie de descendientes de Abraham, finalmente dice: “Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Mesías” ( ). Lo curioso del caso es que, después de haberse servido de José para demostrar que Jesús era hijo de Dios, casi a continuación este mismo evangelio diga que María “había concebido por la acción del Espíritu Santo” ( ). Así que, si lo que quería el apóstol –o, mejor, quien escribió este relato- era demostrar que Jesús era hijo de Dios, podía haberse ahorrado esta contradicción de afirmar primero y de negar después que Jesús fuera hijo de José, quedándose o bien con el argumento de que Jesús era hijo de Dios porque su ascendencia, pasando por José, se remontaba hasta Abraham y éste descendía de Dios, o bien con el de que era hijo de María, que le había concebido “por la acción del Espíritu Santo”. Así que lo más grave de este planteamiento es precisamente que la acumulación de esos dos argumentos determina la aparición de una nueva contradicción ya que cada uno de ellos es incompatible con el otro. Es decir, si Jesús era hijo de Dios por ser hijo de José, que era hijo de Abraham, que era hijo de Dios, entonces no tenía sentido considerar que fuera hijo de Dios porque María concibiera por obra del Espíritu Santo, mientras que si era hijo de Dios por este último motivo, entonces no tenía sentido devaluar la labor del Espíritu Santo añadiendo a ella la que se relacionaba con su ascendencia hasta Abraham. Además, mediante esta última demostración tan infantil y ridícula, todos seríamos tan hijos de Dios o más que el propio Jesús, a no ser que los judíos considerasen que, además de Adán, había otra línea genealógica que no procedería de Dios y de la que habrían nacido otros seres humanos, lo cual estaría en contradicción con la doctrina de que Adán y Eva fueron nuestros primeros padres.
El evangelio de Lucas incurre en la misma contradicción que hay en el de Mateo en cuanto, por una parte, afirma que Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo y, por otra, lo considera igualmente como si fuera hijo de José y, remontándose desde José, como hijo de Dios.
En efecto, por lo que se refiere a la primera tesis y según dice este evangelio, el ángel Gabriel le dice a María que concebirá a un hijo y ella le responde: "¿Cómo será esto, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?" ( ). Y entonces Gabriel le responde: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios" ( ).
Pero, por otra parte, el escritor de ese relato dice que Jesús “en opinión de la gente era hijo de José” y a continuación enumera su ascendencia para remontarse en esta ocasión hasta el mismo Adán, que era hijo de Dios, por lo que Jesús también lo era. En efecto, escribe en este sentido:
“en opinión de la gente, [Jesús] era hijo de José. Estos eran sus ascendientes: Helí, Matat, Leví […] Set, Adán, y Dios” ( ).
Pero, ¡oh, curioso y anecdótico misterio!, a pesar de que según la jerarquía católica los evangelios están inspirados por el mismo Dios, ninguno de los diez ascendientes más próximos a José coincide con los de la lista que aparece en el evangelio de Mateo.
Por su parte, el evangelio atribuido a Marcos no dice nada relacionado con el nacimiento ni con la ascendencia de Jesús; simplemente afirma que era “Hijo de Dios” ( ) y el evangelio de Juan tampoco dice nada acerca de los orígenes de Jesús.
Parece que Mateo y Lucas –o, mejor, quienes escribieron estos evangelios- estaban tan interesados en demostrar que Jesús era el Hijo de Dios que, con tal de acumular pruebas, no les importó contradecirse afirmando la paternidad de José respecto a Jesús cuando quisieron utilizar el argumento basado en la ascendencia de Jesús hasta llegar al propio Dios, y negando tal paternidad cuando quisieron utilizar el argumento de que Jesús fue engendrado directamente por el Espíritu Santo.
Por otra parte, la prueba basada en la ascendencia de Jesús resulta extremadamente machista en cuanto ni a Mateo ni a Lucas se les ocurrió buscar los ascendientes de Jesús por línea materna sino sólo por la paterna. Pero, ¿qué importancia podía tener esa línea paterna si José no hubiera sido realmente el padre de Jesús? Además, si lo hubiera sido y si para considerar a Jesús hijo de Dios tenían que remontarse hasta Adán, como hace Lucas, en tal caso nos encontraríamos ante una estúpida redundancia, en cuanto si la Biblia considera que todos descendemos de Adán,
1) sería innecesario buscar ninguna línea de ascendientes para llegar hasta Adán;
2) todos seríamos Hijos de Dios en el mismo sentido que el propio Jesús, en cuanto todos fuéramos descendientes de Adán, aunque desconociéramos la línea ascendente que nos llevase hasta él; y
3) los judíos y los testigos de Jehová podrían tener razón en calcular que el mundo fue creado hace cerca de 5.800 años –o tal vez este número sería ya demasiado alto- y, por ello, sería lógico y coherente con sus planteamientos que negasen el largo proceso temporal que implica la teoría evolucionista. Así que una de dos: O bien la teoría del evolucionismo es falsa o bien son falsos los evangelios de Mateo y de Lucas cuando consideran que el mundo sólo tendría un pasado de no llega a 5.800 años. Por ello, quienes consideremos que la teoría evolucionista es verdadera, tendremos que negar el valor de estos evangelios y quienes consideren que estos evangelios son verdaderos tendrán que negar el valor de la teoría evolucionista. Pero que nadie se preocupe: todo esto será así solamente en cuanto se acepte el valor del principio de contradicción en lugar de aceptar los misterios que la jerarquía católica expone para ser creídos y no razonados, pues tales misterios están por encima del principio de contradicción.
Por desgracia, lo más asombroso del caso no son las contradicciones tan patentes aquí mostradas, que todo el mundo podría comprobar con su propia capacidad de razonar, por poca que sea. Lo más asombroso y lo más triste es esa actitud de los ciegos que lo son no por otra causa sino por la de que no quieren ver o porque no les importan las mentiras que les cuenten, con tal de que les resulten confortadoras.
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XII)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
12. La contradicción según la cual, ¡oh, misterio sagrado!, Jesús fue y no fue hijo de José.
CRÍTICA: He aquí otro ejemplo de contradicción, de ésas a las que la jerarquía católica llama “misterio”.
Dice el evangelio de Mateo que Jesús era hijo de Dios porque, tras analizar su ascendencia de manera exhaustiva, pudo concluir en que ésta, comenzando por José, el esposo de María, se remontaba hasta Abraham. Aunque el argumento no es concluyente por cerrar las bases argumentativas en Abraham, parece fácil suponer que quien escribió tal argumento utilizaba como premisa implícita la de que Abraham era hijo de Dios y que, en consecuencia, ¡Jesús era hijo de Dios!, de manera que Jesús era hijo de Dios porque era hijo de José. Así lo dice efectivamente este evangelio, que tras enumerar a toda una serie de descendientes de Abraham, finalmente dice: “Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Mesías” ( ). Lo curioso del caso es que, después de haberse servido de José para demostrar que Jesús era hijo de Dios, casi a continuación este mismo evangelio diga que María “había concebido por la acción del Espíritu Santo” ( ). Así que, si lo que quería el apóstol –o, mejor, quien escribió este relato- era demostrar que Jesús era hijo de Dios, podía haberse ahorrado esta contradicción de afirmar primero y de negar después que Jesús fuera hijo de José, quedándose o bien con el argumento de que Jesús era hijo de Dios porque su ascendencia, pasando por José, se remontaba hasta Abraham y éste descendía de Dios, o bien con el de que era hijo de María, que le había concebido “por la acción del Espíritu Santo”. Así que lo más grave de este planteamiento es precisamente que la acumulación de esos dos argumentos determina la aparición de una nueva contradicción ya que cada uno de ellos es incompatible con el otro. Es decir, si Jesús era hijo de Dios por ser hijo de José, que era hijo de Abraham, que era hijo de Dios, entonces no tenía sentido considerar que fuera hijo de Dios porque María concibiera por obra del Espíritu Santo, mientras que si era hijo de Dios por este último motivo, entonces no tenía sentido devaluar la labor del Espíritu Santo añadiendo a ella la que se relacionaba con su ascendencia hasta Abraham. Además, mediante esta última demostración tan infantil y ridícula, todos seríamos tan hijos de Dios o más que el propio Jesús, a no ser que los judíos considerasen que, además de Adán, había otra línea genealógica que no procedería de Dios y de la que habrían nacido otros seres humanos, lo cual estaría en contradicción con la doctrina de que Adán y Eva fueron nuestros primeros padres.
El evangelio de Lucas incurre en la misma contradicción que hay en el de Mateo en cuanto, por una parte, afirma que Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo y, por otra, lo considera igualmente como si fuera hijo de José y, remontándose desde José, como hijo de Dios.
En efecto, por lo que se refiere a la primera tesis y según dice este evangelio, el ángel Gabriel le dice a María que concebirá a un hijo y ella le responde: "¿Cómo será esto, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?" ( ). Y entonces Gabriel le responde: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios" ( ).
Pero, por otra parte, el escritor de ese relato dice que Jesús “en opinión de la gente era hijo de José” y a continuación enumera su ascendencia para remontarse en esta ocasión hasta el mismo Adán, que era hijo de Dios, por lo que Jesús también lo era. En efecto, escribe en este sentido:
“en opinión de la gente, [Jesús] era hijo de José. Estos eran sus ascendientes: Helí, Matat, Leví […] Set, Adán, y Dios” ( ).
Pero, ¡oh, curioso y anecdótico misterio!, a pesar de que según la jerarquía católica los evangelios están inspirados por el mismo Dios, ninguno de los diez ascendientes más próximos a José coincide con los de la lista que aparece en el evangelio de Mateo.
Por su parte, el evangelio atribuido a Marcos no dice nada relacionado con el nacimiento ni con la ascendencia de Jesús; simplemente afirma que era “Hijo de Dios” ( ) y el evangelio de Juan tampoco dice nada acerca de los orígenes de Jesús.
Parece que Mateo y Lucas –o, mejor, quienes escribieron estos evangelios- estaban tan interesados en demostrar que Jesús era el Hijo de Dios que, con tal de acumular pruebas, no les importó contradecirse afirmando la paternidad de José respecto a Jesús cuando quisieron utilizar el argumento basado en la ascendencia de Jesús hasta llegar al propio Dios, y negando tal paternidad cuando quisieron utilizar el argumento de que Jesús fue engendrado directamente por el Espíritu Santo.
Por otra parte, la prueba basada en la ascendencia de Jesús resulta extremadamente machista en cuanto ni a Mateo ni a Lucas se les ocurrió buscar los ascendientes de Jesús por línea materna sino sólo por la paterna. Pero, ¿qué importancia podía tener esa línea paterna si José no hubiera sido realmente el padre de Jesús? Además, si lo hubiera sido y si para considerar a Jesús hijo de Dios tenían que remontarse hasta Adán, como hace Lucas, en tal caso nos encontraríamos ante una estúpida redundancia, en cuanto si la Biblia considera que todos descendemos de Adán,
1) sería innecesario buscar ninguna línea de ascendientes para llegar hasta Adán;
2) todos seríamos Hijos de Dios en el mismo sentido que el propio Jesús, en cuanto todos fuéramos descendientes de Adán, aunque desconociéramos la línea ascendente que nos llevase hasta él; y
3) los judíos y los testigos de Jehová podrían tener razón en calcular que el mundo fue creado hace cerca de 5.800 años –o tal vez este número sería ya demasiado alto- y, por ello, sería lógico y coherente con sus planteamientos que negasen el largo proceso temporal que implica la teoría evolucionista. Así que una de dos: O bien la teoría del evolucionismo es falsa o bien son falsos los evangelios de Mateo y de Lucas cuando consideran que el mundo sólo tendría un pasado de no llega a 5.800 años. Por ello, quienes consideremos que la teoría evolucionista es verdadera, tendremos que negar el valor de estos evangelios y quienes consideren que estos evangelios son verdaderos tendrán que negar el valor de la teoría evolucionista. Pero que nadie se preocupe: todo esto será así solamente en cuanto se acepte el valor del principio de contradicción en lugar de aceptar los misterios que la jerarquía católica expone para ser creídos y no razonados, pues tales misterios están por encima del principio de contradicción.
Por desgracia, lo más asombroso del caso no son las contradicciones tan patentes aquí mostradas, que todo el mundo podría comprobar con su propia capacidad de razonar, por poca que sea. Lo más asombroso y lo más triste es esa actitud de los ciegos que lo son no por otra causa sino por la de que no quieren ver o porque no les importan las mentiras que les cuenten, con tal de que les resulten confortadoras.
martes, 11 de noviembre de 2008
CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XI)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
11. La contradicción de la supuesta “Redención”, según la cual Jesús tuvo que sacrificarse en la cruz para “la salvación” de la humanidad, olvidando que, de acuerdo con su supuesta misericordia infinita, su perdón –en el caso de que hubiera tenido algo que perdonar- no requería de sacrifico alguno.
La jerarquía de católica afirma como dogma de fe que Adán y Eva, considerados en la Biblia como “nuestros primeros padres” [?], desobedecieron a Yahvé y que por ese motivo toda la Humanidad nace en pecado y seguiría en pecado si no hubiera sido porque, para librarnos de él, Dios mismo se hizo hombre en la figura de “Jesús” para ofrecerse al “Padre” como ofrenda en “sacrifico” para liberar a la Humanidad de aquel pecado de desobediencia. Tal ofrenda, dicen, se realizó mediante su sacrificio en la cruz, a la que Jesús, considerado por las sectas cristianas como hijo de Dios y como salvador del pecado, fue condenado.
CRÍTICA: Esta doctrina es tan absurda que lo más asombroso es que haya quien pueda creer en ella, pues tiene tantas contradicciones que resulta difícil elegir alguna por la cual comenzar la crítica.
En efecto, en ella se olvida que Dios, como consecuencia de su infinita misericordia, habría perdonado al hombre -si es que tenía algo que perdonarle- sin necesidad de sacrificio alguno, y se olvida igualmente que quienes nacieron después de Adán y Eva no tuvieron nada que ver con su supuesto pecado, por lo que tal doctrina no tiene sentido en cuanto implica el absurdo de considerar que Dios crea “en pecado” (?) el alma de cada uno de los seres humanos nacidos a partir de Adán y Eva, que habrían sido quienes, en el peor de los casos, lo habrían cometido -lo cual sería igualmente criticable en cuanto las decisiones y las acciones de Adán y Eva habrían sido programadas desde la eternidad por la predeterminación divina-.
El antropomorfismo de esta doctrina es patente en diversos aspectos. En primer lugar, en el hecho de que se considere que Dios mismo pueda tener un hijo, lo cual representa la proyección antropomórfica de las categorías biológicas de la paternidad y de la filiación al propio concepto de Dios, lo cual es un absurdo total.
En segundo lugar, en el hecho de que ese Hijo junto con el Espíritu Santo constituyan la “Santísima Trinidad”, una doctrina frecuente en diversas religiones del tiempo en que se formó la cristiana pero que nadie sabe qué papel cumple que no pudiera cumplir un Dios no fragmentado en “tres personas”, “iguales y realmente distintas”, misterio maravilloso y sublime, apto para llegar a conocer el alcance de la imbecilidad humana y de su capacidad para aceptar cualquier barbaridad con la que se le quiera adoctrinar.
Finalmente conviene tener en cuenta que ya antes de Jesús los profetas habían tratado de reconfortar al pueblo judío para que no desesperase por sus continuas situaciones de opresión y esclavitud por parte de otros pueblos, diciéndole que Yahvé les enviaría un “Mesías”, un libertador, un “salvador” que les conduciría a la libertad. Y, de este modo, el concepto de “salvador” no tuvo en un principio el sentido que luego adoptó en el Cristianismo como liberador de aquel supuesto “pecado original”, sino el de liberador del pueblo judío de las diversas “situaciones de opresión” en que estaba viviendo, la última de las cuales era la de su sometimiento al Imperio Romano. Aunque se sabe muy poco –o apenas nada- de Jesús desde un punto de vista rigurosamente histórico, podría ser que en un principio el pueblo judío hubiera visto en Jesús a uno de esos “mesías”, que tanto se mencionan en la obra de Flavio Josefo –historiador judío contemporáneo de Jesús-, que luego se sintiera traicionado por Jesús cuando se desmarcó de la acción política proclamando, por ejemplo, “mi reino no es de este mundo”, que finalmente el propio Judas, como miembro activo del grupo de los “zelotes”, le traicionase, que los romanos le condenasen a muerte por el delito de “sedición” y que a partir de su muerte el concepto de “salvador” dejase de ser interpretado en su sentido tradicional de “libertador político, militar y religioso” para adoptar el sentido exclusivo de “salvador religioso” en relación con aquel “pecado original” que, al parecer, había sido la causa de todos los males del pueblo de Israel y, por extensión, de los de toda la humanidad
Sin embargo y a pesar de su carácter tan irracional, nos encontramos ante una de las doctrinas centrales de esta “multinacional del espíritu”, la cual considera que Dios creó al hombre, que el hombre le desobedeció, que tal actitud determinó como consecuencia el “pecado original” con el que todo hombre nacería, que el perdón de este pecado sólo pudo realizarse mediante el sacrificio de Jesús, hijo de Dios, y que la salvación del hombre –que, por otra parte, sólo conseguirían “los escogidos”- tendría como condición el sacrificio de Jesús para conseguir el perdón de su padre –además de la predestinación divina-. Así se indica en diversos lugares del Nuevo Testamento. Pablo de Tarso escribe en este sentido: “…Dios nos ha mostrado su amor haciendo morir a Cristo por nosotros cuando aún éramos pecadores” ( ).
Esta doctrina tan absurda no parece provenir de otra fuente que la de la mentalidad de aquellas culturas antiguas en las que el daño cometido por determinada persona contra una autoridad implicaba un castigo que podía recaer no sólo en quien lo había realizado sino en toda su familia. Tal mentalidad es la que se proyecta en aquella leyenda bíblica en la que de manera especial en la última de las famosas plagas de Egipto, Yahvé ordenó la muerte de todos los primogénitos de los egipcios, los cuales no tenían nada que ver con el comportamiento de su faraón cuando trataba de impedir la liberación y marcha de los judíos a “la tierra prometida”.
También podría relacionarse con las venganzas de determinadas familias, que sólo culminan con el exterminio total de una de ellas por parte de la otra, o con actitudes como las de las distintas “familias” de la mafia. Así, en la película El padrino se observa cómo, al asesinar a determinado personaje, el asunto no acaba ahí sino que se procura culminar el asesinato, matando a todos los familiares y descendientes del asesinado para evitar que en el futuro intenten vengar su muerte, como sucede con “Vito Corleone”, que, en efecto, al conseguir en su infancia escapar de ser asesinado, más adelante mata al asesino de sus padres.
Una costumbre primitiva de esa clase es la que pudo haberse proyectado en la creación del mito de la trasmisión del pecado original y en la idea de la necesidad de un sacrificio especial, como el de la muerte del hijo de Dios hecho hombre para la consecución del perdón de toda la humanidad, como si la supuesta misericordia infinita de Dios no pudiese actuar directamente y sin necesidad de una víctima propiciatoria.
En cualquier caso, nos encontraríamos ante una actitud despótica, irracional e injusta. ¿Qué clase de justicia habría en la actitud de ese Dios? ¿Qué lógica habría en la aceptación de que la humanidad pudiera tener alguna culpa de los actos realizados por nuestros supuestos primeros padres? Agustín de Hipona, considerado “santo” por la jerarquía de esta organización, a fin de salvar esta dificultad insuperable consideró que los padres “transmitían” a sus hijos no sólo el cuerpo sino también un “alma en pecado”, pero la Jerarquía de esta organización no aceptó esta solución y afirmó, por el contrario, que Dios crea de la nada el alma de cada persona, la cual, en consecuencia, no sería heredada a partir de los padres. Pero, ¿sucede entonces que Dios crearía el alma en pecado? Sería igualmente absurdo.
Por otra parte, esta doctrina es igualmente contradictoria con las que hacen referencia al amor y a la misericordia infinitas de Dios. ¿Qué clase de amor sería la de quien fuera incapaz de perdonar a no ser mediante el sacrificio de un hombre que además fuera Dios, en cuanto no le sirviera ni su supuesto amor infinito ni una víctima cualquiera para enfriar su sed de venganza?
Los absurdos de estas doctrinas son tantos que su aceptación sólo resulta comprensible a partir de la libertad adoctrinadora que los diversos Estados han concedido a la jerarquía católica para inculcar tales estupideces en niños de cinco y seis años.
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XI)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
11. La contradicción de la supuesta “Redención”, según la cual Jesús tuvo que sacrificarse en la cruz para “la salvación” de la humanidad, olvidando que, de acuerdo con su supuesta misericordia infinita, su perdón –en el caso de que hubiera tenido algo que perdonar- no requería de sacrifico alguno.
La jerarquía de católica afirma como dogma de fe que Adán y Eva, considerados en la Biblia como “nuestros primeros padres” [?], desobedecieron a Yahvé y que por ese motivo toda la Humanidad nace en pecado y seguiría en pecado si no hubiera sido porque, para librarnos de él, Dios mismo se hizo hombre en la figura de “Jesús” para ofrecerse al “Padre” como ofrenda en “sacrifico” para liberar a la Humanidad de aquel pecado de desobediencia. Tal ofrenda, dicen, se realizó mediante su sacrificio en la cruz, a la que Jesús, considerado por las sectas cristianas como hijo de Dios y como salvador del pecado, fue condenado.
CRÍTICA: Esta doctrina es tan absurda que lo más asombroso es que haya quien pueda creer en ella, pues tiene tantas contradicciones que resulta difícil elegir alguna por la cual comenzar la crítica.
En efecto, en ella se olvida que Dios, como consecuencia de su infinita misericordia, habría perdonado al hombre -si es que tenía algo que perdonarle- sin necesidad de sacrificio alguno, y se olvida igualmente que quienes nacieron después de Adán y Eva no tuvieron nada que ver con su supuesto pecado, por lo que tal doctrina no tiene sentido en cuanto implica el absurdo de considerar que Dios crea “en pecado” (?) el alma de cada uno de los seres humanos nacidos a partir de Adán y Eva, que habrían sido quienes, en el peor de los casos, lo habrían cometido -lo cual sería igualmente criticable en cuanto las decisiones y las acciones de Adán y Eva habrían sido programadas desde la eternidad por la predeterminación divina-.
El antropomorfismo de esta doctrina es patente en diversos aspectos. En primer lugar, en el hecho de que se considere que Dios mismo pueda tener un hijo, lo cual representa la proyección antropomórfica de las categorías biológicas de la paternidad y de la filiación al propio concepto de Dios, lo cual es un absurdo total.
En segundo lugar, en el hecho de que ese Hijo junto con el Espíritu Santo constituyan la “Santísima Trinidad”, una doctrina frecuente en diversas religiones del tiempo en que se formó la cristiana pero que nadie sabe qué papel cumple que no pudiera cumplir un Dios no fragmentado en “tres personas”, “iguales y realmente distintas”, misterio maravilloso y sublime, apto para llegar a conocer el alcance de la imbecilidad humana y de su capacidad para aceptar cualquier barbaridad con la que se le quiera adoctrinar.
Finalmente conviene tener en cuenta que ya antes de Jesús los profetas habían tratado de reconfortar al pueblo judío para que no desesperase por sus continuas situaciones de opresión y esclavitud por parte de otros pueblos, diciéndole que Yahvé les enviaría un “Mesías”, un libertador, un “salvador” que les conduciría a la libertad. Y, de este modo, el concepto de “salvador” no tuvo en un principio el sentido que luego adoptó en el Cristianismo como liberador de aquel supuesto “pecado original”, sino el de liberador del pueblo judío de las diversas “situaciones de opresión” en que estaba viviendo, la última de las cuales era la de su sometimiento al Imperio Romano. Aunque se sabe muy poco –o apenas nada- de Jesús desde un punto de vista rigurosamente histórico, podría ser que en un principio el pueblo judío hubiera visto en Jesús a uno de esos “mesías”, que tanto se mencionan en la obra de Flavio Josefo –historiador judío contemporáneo de Jesús-, que luego se sintiera traicionado por Jesús cuando se desmarcó de la acción política proclamando, por ejemplo, “mi reino no es de este mundo”, que finalmente el propio Judas, como miembro activo del grupo de los “zelotes”, le traicionase, que los romanos le condenasen a muerte por el delito de “sedición” y que a partir de su muerte el concepto de “salvador” dejase de ser interpretado en su sentido tradicional de “libertador político, militar y religioso” para adoptar el sentido exclusivo de “salvador religioso” en relación con aquel “pecado original” que, al parecer, había sido la causa de todos los males del pueblo de Israel y, por extensión, de los de toda la humanidad
Sin embargo y a pesar de su carácter tan irracional, nos encontramos ante una de las doctrinas centrales de esta “multinacional del espíritu”, la cual considera que Dios creó al hombre, que el hombre le desobedeció, que tal actitud determinó como consecuencia el “pecado original” con el que todo hombre nacería, que el perdón de este pecado sólo pudo realizarse mediante el sacrificio de Jesús, hijo de Dios, y que la salvación del hombre –que, por otra parte, sólo conseguirían “los escogidos”- tendría como condición el sacrificio de Jesús para conseguir el perdón de su padre –además de la predestinación divina-. Así se indica en diversos lugares del Nuevo Testamento. Pablo de Tarso escribe en este sentido: “…Dios nos ha mostrado su amor haciendo morir a Cristo por nosotros cuando aún éramos pecadores” ( ).
Esta doctrina tan absurda no parece provenir de otra fuente que la de la mentalidad de aquellas culturas antiguas en las que el daño cometido por determinada persona contra una autoridad implicaba un castigo que podía recaer no sólo en quien lo había realizado sino en toda su familia. Tal mentalidad es la que se proyecta en aquella leyenda bíblica en la que de manera especial en la última de las famosas plagas de Egipto, Yahvé ordenó la muerte de todos los primogénitos de los egipcios, los cuales no tenían nada que ver con el comportamiento de su faraón cuando trataba de impedir la liberación y marcha de los judíos a “la tierra prometida”.
También podría relacionarse con las venganzas de determinadas familias, que sólo culminan con el exterminio total de una de ellas por parte de la otra, o con actitudes como las de las distintas “familias” de la mafia. Así, en la película El padrino se observa cómo, al asesinar a determinado personaje, el asunto no acaba ahí sino que se procura culminar el asesinato, matando a todos los familiares y descendientes del asesinado para evitar que en el futuro intenten vengar su muerte, como sucede con “Vito Corleone”, que, en efecto, al conseguir en su infancia escapar de ser asesinado, más adelante mata al asesino de sus padres.
Una costumbre primitiva de esa clase es la que pudo haberse proyectado en la creación del mito de la trasmisión del pecado original y en la idea de la necesidad de un sacrificio especial, como el de la muerte del hijo de Dios hecho hombre para la consecución del perdón de toda la humanidad, como si la supuesta misericordia infinita de Dios no pudiese actuar directamente y sin necesidad de una víctima propiciatoria.
En cualquier caso, nos encontraríamos ante una actitud despótica, irracional e injusta. ¿Qué clase de justicia habría en la actitud de ese Dios? ¿Qué lógica habría en la aceptación de que la humanidad pudiera tener alguna culpa de los actos realizados por nuestros supuestos primeros padres? Agustín de Hipona, considerado “santo” por la jerarquía de esta organización, a fin de salvar esta dificultad insuperable consideró que los padres “transmitían” a sus hijos no sólo el cuerpo sino también un “alma en pecado”, pero la Jerarquía de esta organización no aceptó esta solución y afirmó, por el contrario, que Dios crea de la nada el alma de cada persona, la cual, en consecuencia, no sería heredada a partir de los padres. Pero, ¿sucede entonces que Dios crearía el alma en pecado? Sería igualmente absurdo.
Por otra parte, esta doctrina es igualmente contradictoria con las que hacen referencia al amor y a la misericordia infinitas de Dios. ¿Qué clase de amor sería la de quien fuera incapaz de perdonar a no ser mediante el sacrificio de un hombre que además fuera Dios, en cuanto no le sirviera ni su supuesto amor infinito ni una víctima cualquiera para enfriar su sed de venganza?
Los absurdos de estas doctrinas son tantos que su aceptación sólo resulta comprensible a partir de la libertad adoctrinadora que los diversos Estados han concedido a la jerarquía católica para inculcar tales estupideces en niños de cinco y seis años.
lunes, 10 de noviembre de 2008
CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(X)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
10. La contradicción del dogma de la Trinidad, es decir, del dogma según el cual la jerarquía de la organización católica afirma que existe un solo Dios, pero a la vez defiende que “el Padre” es Dios, “el Hijo” es Dios y “el Espíritu Santo” es Dios, y afirma igualmente que “el Padre”, “el Hijo” y “el Espíritu Santo” son iguales y realmente distintos.
CRÍTICA: Se trata de una serie de absurdas contradicciones en cuanto es evidente que, si se afirma que sólo hay un Dios y luego se dice que, siendo distintos el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, los tres son dioses, se estará afirmando la contradicción de que Dios es uno y no es uno -en cuanto cada una de esas tres personas sea Dios-.
La contradicción se multiplica cuando se afirma que Padre, Hijo y Espíritu Santo sean iguales y realmente distintos, lo cual equivale a decir que son iguales y no son iguales. Mayor contradicción y más clara, imposible.
¿Cómo se defienden los agentes del Vaticano de esta serie de sandeces cuya verdad o falsedad ni siquiera tiene repercusión alguna en la vida de nadie? ¿En qué iba a cambiar nuestra vida por aceptar esa serie de doctrinas acerca de Dios que nada nos dicen en la misma medida en que o bien resultan incomprensibles o bien llegan a ser incluso contrarias a la razón? Ante esta situación de perplejidad por la contradicción de sus doctrinas y su insistencia de que debemos aceptarlas, a pesar de lo que diga la Filosofía, La Ciencia o el simple sentido común, la jerarquía católica insiste en decir que:
-¡Se trata de un “misterio” y, al igual que los demás misterios, hay que “creer” en su verdad, aunque la razón no alcance a comprenderlo!
-Pero, si es un misterio, es decir, si se trata de algo que la razón no puede llegar a comprender, ¿podríais explicarme cómo habéis llegado vosotros a conocer su supuesta verdad?
-¿Para qué te crees que está la fe? La fe la da Dios y su valor es infinitamente superior al de la razón y, además, como ya decía “San Agustín”, “nisis credideritis non intelligetis”, o, dicho en castellano, “si no creéis, no entenderéis”.
-Pero, ¿cómo puede aceptarse como verdad una doctrina que no sólo resulta incomprensible sino que incluso va en contra de la propia razón?
-Ya te lo hemos dicho y, además, en eso consiste el mérito de la fe: En aceptar doctrinas que son incomprensibles para el ser humano y que humillan la soberbia de su racionalidad. Sí, para pertenecer al número de los escogidos hay que aprender a humillar la propia racionalidad como un instrumento maligno que nada representa frente a ese don formidable de la fe, que Dios envía a todo aquel que se humille y reconozca la insignificancia de su razón frente al carácter inconmensurable e inabarcable de su sabiduría infinita y de la fe que el concede a quien quiera recibirla.
-Vuestras palabras suenan bien y parecen impactantes. Sin embargo, sigo encontrando en ellas un punto oscuro que quisiera que me aclaraseis, si sabéis cómo hacerlo. Me refiero precisamente a ese paso importante al que os referís cuando habláis de la necesidad de abandonar la racionalidad para dejar paso a la fe. El problema que veo consiste en lo siguiente: Si en principio con lo único con que contamos desde el punto de vista de la investigación de la verdad es la propia razón –además de la experiencia-, ¿qué argumento podrías darme para convencerme de que debo olvidarme de esa razón para aceptar de modo irracional, mediante esa fe de que me habláis, la serie de doctrinas que presentáis, contrarias a la razón? ¿No os parece que, si no me dais al menos un argumento sólido, no tendría sentido que abandonase mi propia racionalidad, por muy insignificante que pudiera ser? ¿No os dais cuenta de que incluso para abandonar la razón necesitaría una razón? ¿No os das cuenta de que para pedirme que acepte la fe deberíais proporcionarme una razón y que, por ello, la misma fe estaría condicionada y, por lo tanto, subordinada a la misma razón? ¿No os das cuenta de que, por eso mismo, la razón seguiría seguir teniendo un valor superior al de la esa fe a la que tanto valor concedéis?
-Mira: No sigas por ese camino, no sigas por él, que de ese modo no llegarás a ningún sitio. No tienes más opción que seguir guiándote por la soberbia de esa racionalidad tuya, tan insignificante y tan pobre, o acogerte a la seguridad y a la fuerza de la gracia divina de la fe. No vamos a seguir discutiendo contigo. Tienes dos opciones: la razón o la fe. Tú sabrás lo que haces.
-Sí, la razón o el dogmatismo fanático e irracional. Sí, dirigir mi vida desde mi débil racionalidad o renunciar a esa pequeña luz para dejar que seáis vosotros quienes la dirijáis con vuestras consignas, misterios, dogmas, mitos absurdos, prejuicios y mentiras. Pues todo eso que vosotros colocáis en el terreno de la fe, todo eso a lo que llamáis “misterio” es lo que en Lógica nosotros llamamos “contradicción”. Y pretender que aceptemos como verdad toda esa serie de contradicciones es pretender que renunciemos a nuestra razón para convertirnos en serviles borregos a vuestro servicio, dispuestos a comulgar con ruedas de molino.
-¡Nuestra palabra es la palabra de Dios! ¡Allá tú y tu soberbia racionalista si no quieres escucharla!
-¡Bueno, bueno, no nos enfademos! Vivid como mejor os plazca, pero dejadnos a los demás hacer lo mismo y no os metáis en nuestra vida ni pretendáis imponer vuestras incoherentes doctrinas, pues es absurdo afirmar y negar a un tiempo una misma teoría, tal como hacéis vosotros.
Un diálogo como éste reflejaría adecuadamente la repuesta de la jerarquía católica a estas críticas. Su desprecio de la racionalidad humana pudo comprobarse nuevamente en la encíclica Fides el ratio de su jefe Karol Wojtyla, en la que criticó la filosofía cartesiana y la de la Ilustración del siglo XVIII, incluido el propio Kant, a pesar de que tanto Descartes como Kant creían en Dios,
En relación con este misterio tan misterioso de la “Trinidad”, dicen también los agentes del Vaticano que tanto el Padre, como el Hijo y el Espíritu Santo son eternos. Y aquí tenemos ¡un nuevo misterio! Pues si el Hijo nació de María, después de que ésta quedase embarazada por una gracia del Espíritu Santo, en tal caso parece evidente que el Hijo comenzó a existir hace alrededor de 2000 años, que es cuando se supone que nació ese hijo llamado Jesús. Y, si alguien replica que, aunque Jesús nació de María, de hecho ya existía eternamente y que María sólo sirvió para su “encarnación”, en tal caso, afirmar que María es la “madre de Dios” es una nueva superchería, contradictoria con la eternidad del propio Dios, eternidad no compartida por María, la hija de Joaquín y de Ana, a la cual, en consecuencia, sería el colmo del absurdo considerar como “madre de Dios”.
Para finalizar, hay que señalar la nueva contradicción en que incurre la jerarquía católica cuando defiende la doctrina de la simplicidad de Dios, en cuanto en él todas sus cualidades son formas diversas e inadecuadas que tenemos los humanos de aproximarnos a la comprensión de su ser, que en realidad no puede diferenciarse en ningún sentido en cuanto cada uno de tales aspectos por su misma diversidad tendría un grado mayor o menor de perfección. Pero, en contra de esta concepción unitaria y simple de la divinidad, la jerarquía católica afirma también que tal simplicidad de Dios es compatible con el dogma según el cual en Dios hay tres personas iguales y realmente distintas, lo cual, además de contradecir dicha simplicidad, representa una manera de intentar volvernos locos cuando nos invita a que aceptemos que lo igual y lo distinto son una misma cosa, ya que si esas tres personas son iguales, en tal caso no son tres sino una sola, mientras que, si son distintas, en tal caso no puede afirmarse la simplicidad de Dios sino su diversidad o carácter no simple en la misma medida en que Padre, Hijo y Espíritu Santo sean Dios y sean distintos entre sí.
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(X)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
10. La contradicción del dogma de la Trinidad, es decir, del dogma según el cual la jerarquía de la organización católica afirma que existe un solo Dios, pero a la vez defiende que “el Padre” es Dios, “el Hijo” es Dios y “el Espíritu Santo” es Dios, y afirma igualmente que “el Padre”, “el Hijo” y “el Espíritu Santo” son iguales y realmente distintos.
CRÍTICA: Se trata de una serie de absurdas contradicciones en cuanto es evidente que, si se afirma que sólo hay un Dios y luego se dice que, siendo distintos el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, los tres son dioses, se estará afirmando la contradicción de que Dios es uno y no es uno -en cuanto cada una de esas tres personas sea Dios-.
La contradicción se multiplica cuando se afirma que Padre, Hijo y Espíritu Santo sean iguales y realmente distintos, lo cual equivale a decir que son iguales y no son iguales. Mayor contradicción y más clara, imposible.
¿Cómo se defienden los agentes del Vaticano de esta serie de sandeces cuya verdad o falsedad ni siquiera tiene repercusión alguna en la vida de nadie? ¿En qué iba a cambiar nuestra vida por aceptar esa serie de doctrinas acerca de Dios que nada nos dicen en la misma medida en que o bien resultan incomprensibles o bien llegan a ser incluso contrarias a la razón? Ante esta situación de perplejidad por la contradicción de sus doctrinas y su insistencia de que debemos aceptarlas, a pesar de lo que diga la Filosofía, La Ciencia o el simple sentido común, la jerarquía católica insiste en decir que:
-¡Se trata de un “misterio” y, al igual que los demás misterios, hay que “creer” en su verdad, aunque la razón no alcance a comprenderlo!
-Pero, si es un misterio, es decir, si se trata de algo que la razón no puede llegar a comprender, ¿podríais explicarme cómo habéis llegado vosotros a conocer su supuesta verdad?
-¿Para qué te crees que está la fe? La fe la da Dios y su valor es infinitamente superior al de la razón y, además, como ya decía “San Agustín”, “nisis credideritis non intelligetis”, o, dicho en castellano, “si no creéis, no entenderéis”.
-Pero, ¿cómo puede aceptarse como verdad una doctrina que no sólo resulta incomprensible sino que incluso va en contra de la propia razón?
-Ya te lo hemos dicho y, además, en eso consiste el mérito de la fe: En aceptar doctrinas que son incomprensibles para el ser humano y que humillan la soberbia de su racionalidad. Sí, para pertenecer al número de los escogidos hay que aprender a humillar la propia racionalidad como un instrumento maligno que nada representa frente a ese don formidable de la fe, que Dios envía a todo aquel que se humille y reconozca la insignificancia de su razón frente al carácter inconmensurable e inabarcable de su sabiduría infinita y de la fe que el concede a quien quiera recibirla.
-Vuestras palabras suenan bien y parecen impactantes. Sin embargo, sigo encontrando en ellas un punto oscuro que quisiera que me aclaraseis, si sabéis cómo hacerlo. Me refiero precisamente a ese paso importante al que os referís cuando habláis de la necesidad de abandonar la racionalidad para dejar paso a la fe. El problema que veo consiste en lo siguiente: Si en principio con lo único con que contamos desde el punto de vista de la investigación de la verdad es la propia razón –además de la experiencia-, ¿qué argumento podrías darme para convencerme de que debo olvidarme de esa razón para aceptar de modo irracional, mediante esa fe de que me habláis, la serie de doctrinas que presentáis, contrarias a la razón? ¿No os parece que, si no me dais al menos un argumento sólido, no tendría sentido que abandonase mi propia racionalidad, por muy insignificante que pudiera ser? ¿No os dais cuenta de que incluso para abandonar la razón necesitaría una razón? ¿No os das cuenta de que para pedirme que acepte la fe deberíais proporcionarme una razón y que, por ello, la misma fe estaría condicionada y, por lo tanto, subordinada a la misma razón? ¿No os das cuenta de que, por eso mismo, la razón seguiría seguir teniendo un valor superior al de la esa fe a la que tanto valor concedéis?
-Mira: No sigas por ese camino, no sigas por él, que de ese modo no llegarás a ningún sitio. No tienes más opción que seguir guiándote por la soberbia de esa racionalidad tuya, tan insignificante y tan pobre, o acogerte a la seguridad y a la fuerza de la gracia divina de la fe. No vamos a seguir discutiendo contigo. Tienes dos opciones: la razón o la fe. Tú sabrás lo que haces.
-Sí, la razón o el dogmatismo fanático e irracional. Sí, dirigir mi vida desde mi débil racionalidad o renunciar a esa pequeña luz para dejar que seáis vosotros quienes la dirijáis con vuestras consignas, misterios, dogmas, mitos absurdos, prejuicios y mentiras. Pues todo eso que vosotros colocáis en el terreno de la fe, todo eso a lo que llamáis “misterio” es lo que en Lógica nosotros llamamos “contradicción”. Y pretender que aceptemos como verdad toda esa serie de contradicciones es pretender que renunciemos a nuestra razón para convertirnos en serviles borregos a vuestro servicio, dispuestos a comulgar con ruedas de molino.
-¡Nuestra palabra es la palabra de Dios! ¡Allá tú y tu soberbia racionalista si no quieres escucharla!
-¡Bueno, bueno, no nos enfademos! Vivid como mejor os plazca, pero dejadnos a los demás hacer lo mismo y no os metáis en nuestra vida ni pretendáis imponer vuestras incoherentes doctrinas, pues es absurdo afirmar y negar a un tiempo una misma teoría, tal como hacéis vosotros.
Un diálogo como éste reflejaría adecuadamente la repuesta de la jerarquía católica a estas críticas. Su desprecio de la racionalidad humana pudo comprobarse nuevamente en la encíclica Fides el ratio de su jefe Karol Wojtyla, en la que criticó la filosofía cartesiana y la de la Ilustración del siglo XVIII, incluido el propio Kant, a pesar de que tanto Descartes como Kant creían en Dios,
En relación con este misterio tan misterioso de la “Trinidad”, dicen también los agentes del Vaticano que tanto el Padre, como el Hijo y el Espíritu Santo son eternos. Y aquí tenemos ¡un nuevo misterio! Pues si el Hijo nació de María, después de que ésta quedase embarazada por una gracia del Espíritu Santo, en tal caso parece evidente que el Hijo comenzó a existir hace alrededor de 2000 años, que es cuando se supone que nació ese hijo llamado Jesús. Y, si alguien replica que, aunque Jesús nació de María, de hecho ya existía eternamente y que María sólo sirvió para su “encarnación”, en tal caso, afirmar que María es la “madre de Dios” es una nueva superchería, contradictoria con la eternidad del propio Dios, eternidad no compartida por María, la hija de Joaquín y de Ana, a la cual, en consecuencia, sería el colmo del absurdo considerar como “madre de Dios”.
Para finalizar, hay que señalar la nueva contradicción en que incurre la jerarquía católica cuando defiende la doctrina de la simplicidad de Dios, en cuanto en él todas sus cualidades son formas diversas e inadecuadas que tenemos los humanos de aproximarnos a la comprensión de su ser, que en realidad no puede diferenciarse en ningún sentido en cuanto cada uno de tales aspectos por su misma diversidad tendría un grado mayor o menor de perfección. Pero, en contra de esta concepción unitaria y simple de la divinidad, la jerarquía católica afirma también que tal simplicidad de Dios es compatible con el dogma según el cual en Dios hay tres personas iguales y realmente distintas, lo cual, además de contradecir dicha simplicidad, representa una manera de intentar volvernos locos cuando nos invita a que aceptemos que lo igual y lo distinto son una misma cosa, ya que si esas tres personas son iguales, en tal caso no son tres sino una sola, mientras que, si son distintas, en tal caso no puede afirmarse la simplicidad de Dios sino su diversidad o carácter no simple en la misma medida en que Padre, Hijo y Espíritu Santo sean Dios y sean distintos entre sí.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)