miércoles, 30 de enero de 2008

Si Dios existiera, su bondad sería incompatible con la existencia del Infierno
La secta católica: Crítica de sus doctrinas fundamentales (VIII)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación


El señor Ratzinger, actual jefe de la Secta Católica, ha vuelto a afirmar la existencia del Infierno como castigo eterno. Sin embargo, esta doctrina sobre un castigo eterno, que emana de un Dios del que se afirma al mismo tiempo que es misericordia y amor infinito, es una contradicción tan evidente que parece totalmente innecesario tratar de aclararla. Sin embargo, tal doctrina contradictoria se encuentra ya en los mismos orígenes del cristianismo y ha permanecido hasta la actualidad, considerándose además que una gran parte de la humanidad está predestinada a pasar en él una temporada tan larga que no tiene fin. En este sentido, el apóstol Mateo dice en su evangelio: “son muchos los llamados, pero pocos los escogidos” ; “así será el fin del mundo. Saldrán los ángeles a separar a los malos de los buenos, y los echarán al horno de fuego; allí llorarán y les rechinarán los dientes” ; “apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles” ; y “irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” . El Apocalipsis de San Juan es otro ejemplo muy logrado de escrito en el que Dios aparece como un juez vengativo en el que su misericordia brilla por su ausencia.
Como crítica a esta doctrina hay que decir, en primer lugar, que, suponiendo que Dios existiera y que hubiese ordenado amar incluso a los propios enemigos, si luego él condenase con castigos eternos a quienes supuestamente hubieran sido sus enemigos, el propio Dios sería incoherente consigo mismo, al no perdonar a éstos, y sería realmente asombroso que el hombre fuera más capaz de perdón que el propio Dios, cuya misericordia se supone infinita en cuanto fuera verdad el dicho según el cual “Dios es amor”. Pues, efectivamente, la existencia del Infierno es claramente contradictoria con la doctrina del amor infinito de Dios.
Si ni siquiera resulta concebible que el más malvado de los hombres fuera capaz de castigar a un hijo con un sufrimiento eterno, sería un insulto a la bondad divina –si existiera- considerarla compatible con una monstruosidad semejante, teniendo en cuenta que ese castigo no tendría otra finalidad que la del castigo por el castigo mismo
Así pues, la doctrina del Infierno es incompatible con la que afirma que Dios es misericordia y amor infinitos y resulta asombroso comprobar hasta qué punto puede llegar la capacidad humana para no ser consciente del valor de la Lógica más elemental, cuando se observa que hay tanta gente que no llega a tomar conciencia de una contradicción tan evidente. Esa debilidad de la racionalidad humana se incrementa todavía más en aquellos lugares en los que, como consecuencia del lavado de cerebro al que la infancia haya sido sometida -como sucede en lugares como España, donde la Secta Católica tiene concedida patente de corso para adoctrinar a los niños en sus absurdas supersticiones-. Así sucede en aquellos casos en los que la jerarquía de la Secta Católica se aprovecha de esa temprana edad para troquelar las mentes infantiles grabando en ellas la idea de que “la fe está por encima de la razón” y que, por ese motivo, deben considerar que allí donde perciben una contradicción en realidad deben considerar que se trata de un profundo misterio cuya comprensión no se encuentra a su alcance.
En tercer lugar y como indica Tomás de Aquino, en cuanto la omnipotencia divina implica que los hombres no hacen otra cosa que aquello para lo que en definitiva han sido programados por Dios desde la eternidad, su condena por tales acciones derivadas de dicha programación divina no tendría sentido.
En estos últimos años algunos católicos han pensado que tal vez podían solucionar esta dificultad insuperable considerando que en realidad no era Dios quien condenaba sino que era el hombre quien elegía libremente vivir alejado de Dios, de manera que el Infierno no consistiría en otra cosa que en un estado de alejamiento de Dios por el que el hombre optaría libremente. Pero, aunque mediante esta “solución” Dios quedaría libre de cualquier responsabilidad por lo que se refiere al destino del hombre, en ella se olvida que, como ya se ha dicho antes, el hombre no puede elegir nada por su propia cuenta en cuanto, según indica Tomás de Aquino, todo cuanto el hombre decide o hace es Dios quien lo decide o hace. Además, cuando en los evangelios se habla del Infierno, no se lo describe como un lugar o un estado al que uno se dirige voluntariamente sino como un lugar de castigo al que el mismo Jesús envía a quienes no tengan fe en su palabra.
Por otra parte, la doctrina de que alguien elija apartarse del bien de manera consciente es contradictoria en cuanto el hecho mismo de elegir determinado objetivo es lo que demuestra qué considera como bueno quien lo elige, de manera que, si el Infierno representa el mayor mal, en tal caso es inconcebible que alguien pudiera elegirlo: sólo se desea lo que se presenta con cierto atractivo para el hombre, pero el Infierno en cuanto tal no puede tener ninguno; en consecuencia, nadie se alejaría voluntariamente de Dios, en cuanto en teoría sería el Bien absoluto. De acuerdo con este planteamiento, Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles, decía que la voluntad tiende necesariamente al bien, y así esta eminente figura del Cristianismo proporciona una crítica implícita al argumento anterior pues si el bien es aquello a lo que todo tiende (“bonum est quod omnia appetunt”, dice Tomás de Aquino siguiendo a Aristóteles), como ya indicaron Sócrates, Platón y Aristóteles, no tiene sentido afirmar al mismo tiempo que se pueda elegir el mal.
La doctrina del Infierno tiene, al igual que muchas otras, un origen antropomórfico, relacionado con la actitud de muchos de los déspotas y tiranos de los tiempos en que se escribieron los diversos mitos acerca de dioses cuya actitud podía ser especialmente cruel con sus siervos, pero elevando al infinito su nivel de crueldad.
Todavía en estos momentos la simplicidad humana es tan elevada que se sigue utilizando la idea del Infierno para atemorizar a niños y mayores a fin de que en su mente quede grabada para siempre esa absurda pesadilla.

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