miércoles, 30 de enero de 2008

La predeterminación y predestinación convierten a Dios en un déspota y anulan la libertad humana
La secta católica: Crítica de sus doctrinas fundamentales (VII)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación


La doctrina sobre la predeterminación, según la cual los actos humanos están sometidos por completo a la omnipotencia divina, hasta el punto de que las mismas decisiones humanas estarían programadas por Dios, y la doctrina de la predestinación, según la cual el hombre no se salva por sus obras sino por haber sido predestinado por Dios, quien concede la gracia para la salvación a quienes él quiere, sin que en él influyan los actos humanos, sean buenos o malos, son doctrinas que presentan la imagen de Dios como la de un déspota arbitrario y que anulan por completo la libertad humana.
El apóstol Pablo de Tarso defendió esta doctrina al escribir que “las decisiones divinas no dependen del comportamiento humano, sino de Dios” y que “Dios mismo dijo a Moisés: Tendré misericordia de quien quiera y me apiadaré de quien me plazca” . Posteriormente, en el siglo XIII, Tomás de Aquino, doctor de la Iglesia Católica, en la Suma contra los gentiles negó igualmente que el hombre pudiera salvarse por sus méritos y afirmó que sólo el auxilio divino podía llevarle a alcanzar este objetivo , y que nadie merecía por sí mismo dicho auxilio, pues
“no se nos concede el auxilio divino porque nosotros nos movemos hacia él mediante las buenas obras, sino que más bien progresamos mediante las buenas obras porque nos predispone el auxilio divino” .
Igualmente, más adelante, defendiendo la absoluta dependencia de todo respecto a la omnipotencia divina, escribió:
“Mas como quiera que Dios, entre los hombres que persisten en los mismos pecados, a unos los convierta previniéndolos y a otros los soporte o permita que procedan naturalmente [?], no se ha de investigar la razón por qué convierte a éstos y no a los otros, pues esto depende de su simple voluntad […]; tal como de la simple voluntad del artífice nace el formar de una misma materia, dispuesta de idéntico modo, unos vasos para usos nobles y otros para usos bajos” .
Por lo que se refiere al tema de la predestinación y en coherencia con lo anterior, Tomás de Aquino defiende que la elección y la reprobación del hombre han sido ordenadas por Dios desde la eternidad, sin que pueda aceptarse que la decisión divina esté causada por los méritos del hombre:
“Y como se ha demostrado que unos, ayudados por la gracia, se dirigen mediante la operación divina al fin último, y otros, desprovistos de dicho auxilio, se desvían del fin último, y todo lo que Dios hace está dispuesto y ordenado desde la eternidad por su sabiduría [...], es necesario que dicha distinción de hombres haya sido ordenada por Dios desde la eternidad. Por lo tanto, en cuanto que designó de antemano a algunos desde la eternidad para dirigirlos al fin último, se dice que los predestinó” .
CRÍTICA: Por extraña y absurda que parezca la doctrina de la predestinación, hay que tener en cuenta que sólo ella -tal como Tomás de Aquino comprendió- podía salvarse la omnipotencia divina, ya que, de lo contrario, desde el momento en que dejase de controlar las libres decisiones del hombre, su omnipotencia quedaría anulada.
Sin embargo y desde la perspectiva de las acciones y de la libertad humana, estas doctrinas incurren necesariamente en diversos absurdos y contradicciones:
En primer lugar, convierten al hombre en una especie de marioneta cuyas acciones sólo aparentemente son suyas, ya que es Dios quien las habría establecido, y, por lo tanto, tal como Pablo de Tarso y Tomás de Aquino señalan, no deberían ser valoradas como meritorias o culpables de forma que repercutiesen en la salvación o en la condenación del hombre en la misma medida en que son una manifestación de la voluntad de Dios, mientras que el hombre se convierte en un simple instrumento para tal manifestación.
En segundo lugar, en cuanto el hombre se salvase gracias a la predestinación divina, la doctrina que considerase que el amor infinito de Dios fuera compatible con el hecho de que hubiese predestinado a alguien al castigo eterno del Infierno sería absolutamente contradictoria. Sin embargo, ése fue el punto de vista de Tomás de Aquino, quien, sin comprender el absurdo de su doctrina, afirmó que Dios predestinó a unos para la salvación y a otros para su condena eterna, explicando (?) que lo hizo así para que en unos casos brillase su misericordia y en otros su justicia. Una opinión distinta a ésta es la del señor Ratzinger, actual jefe de la Secta Católica, quien, además de volver a afirmar que “el Infierno existe y es eterno”, considera que es el hombre el causante de su propia condena, por lo que en este caso rechaza la doctrina tomista que, para salvar la omnipotencia divina, considera que es Dios quien desde la eternidad ha decidido a quien salvará y a quién condenará.
Sin duda alguna esta explicación de Tomás de Aquino era ridícula, pero era coherente con la doctrina de la omnipotencia divina. Sin embargo, su carácter absurdo llega a un punto difícilmente superable cuando candorosamente se atreve a escribir que Dios odió (!!!) a aquellos a quienes condenó, olvidando de ese modo que un sentimiento de odio es absolutamente contradictorio con el Dios cristiano del que se dice que es amor infinito y, en consecuencia, incompatible con el odio, con el castigo eterno del Infierno y con cualquier otro castigo, en cuanto se siga considerando que los actos humanos en realidad son actos divinos, es decir, predeterminados por Dios. Por ello la siguiente doctrina de Tomás de Aquino representa u completo absurdo en cuanto para defender la omnipotencia divina llega a atribuir a Dios una cualidad tan negativa y contradictoria como la del odio
“Y a quienes dispuso desde la eternidad que no había de dar la gracia, se dice que los reprobó o los odió [...] Y puede también demostrarse que la predestinación y la elección no tienen por causa ciertos méritos humanos, no sólo porque la gracia de Dios no responde a mérito alguno, pues precede a todos los méritos humanos […], sino también porque la voluntad y providencia divinas son la causa primera de todo cuanto se hace; y nada puede ser causa de la voluntad y providencia divinas” .
Sin embargo, Tomás de Aquino, al hablar del odio divino sólo fue coherente con la idea de la predestinación, al considerar que, puesto que Dios condenaba al Infierno, que era un castigo eterno, eso sólo podía hacerlo como consecuencia de un sentimiento de odio contra aquellos seres humanos a quienes hubiese condenado.
Como puede comprobar cualquiera, la simpleza de Tomás de Aquino alcanza límites insuperables cuando afirma a un mismo tiempo que Dios es la causa determinante de los actos humanos y que odió a determinados hombres porque le dio la gana, ya que “nada puede ser causa de la voluntad y providencia divinas”, lo cual equivale a decir que Dios los odió porque quiso y no porque se hubiesen comportado mal, pues, por una parte, su comportamiento había sido programado por el propio Dios, y, por otra, la omnipotencia divina en ningún caso podía estar subordinada a cualquier condicionante ajeno, como lo sería la realidad humana.

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