miércoles, 30 de enero de 2008

La existencia de un dios justiciero
es incompatible con la de un dios misericordioso
La secta católica: Crítica de sus doctrinas fundamentales (V)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía


La doctrina católica acepta sin justificación de ningún tipo que Dios –su Dios- tiene el derecho de ordenar al hombre qué debe hacer en cada momento y que el hombre tiene la obligación moral de obedecer los mandatos de Dios, los cuales podrían llegar hasta el absurdo de exigirle al hombre el sacrificio de su propio hijo, tal como en teoría bíblica habría sucedido en el caso de Abraham, a quien Yahvé ordenó que le sacrificase a su hijo Isaac, “para probarlo”, para saber hasta dónde llegaba su nivel de sumisión –como si no lo supiera de acuerdo con su supuesta omnisciencia y predeterminación-. Al mismo tiempo considera que Dios es infinitamente justo e infinitamente misericordioso.
Al igual que las anteriores, estas doctrinas son criticables por contradictorias. En primer lugar, la consideración de que Dios tenga derecho a ordenar la conducta del hombre es contradictoria con la predeterminación según la cual todos los actos humanos han sido programados por Dios desde la eternidad. Por ello, pretender que el hombre “deba” obedecerle es un contrasentido en cuanto implica la suposición de que el hombre pudiera, de acuerdo con su exclusiva voluntad, escapar a la predeterminación de un ser omnipotente. Además y al margen de esta contradicción, la única explicación de esta creencia absurda en Dios como un “Señor” que pretende imponer sus normas y del hombre como un “siervo” que debe obedecerlas sólo se encuentra en la proyección de lo que en el pasado fue la vida humana, en relación con la cual las organizaciones políticas y sociales, como las del antiguo Egipto, giraban en torno a un “faraón” con un poder indiscutible y absoluto sobre la vida y la muerte de cada uno de sus súbditos. La justificación de aquel derecho no derivaba de otra cosa que de su poder. Y, por ello mismo y con mayor motivo, desde que se afirma la existencia de Yahvé como Señor absoluto del Universo, resulta fácil concluir que a él se le debe una obediencia u una sumisión absoluta y que cualquier alejamiento de sus órdenes merece un castigo inexorable.
Sin embargo, desde el momento en que por la evolución del judaísmo llega un momento en el que se empieza a considerar que Dios es bondad, amor y misericordia infinitas, la afirmación de esta nueva doctrina se opone a la anterior en cuanto el castigo –y en especial un castigo que es una simple venganza, que no sirve para mejorar al hombre culpable, un castigo de estas características como lo es el castigo del Infierno sólo resulta compatible con un dios sádico, pero en ningún caso con un dios considerado como amor y misericordia infinitas.
Sin embargo la secta católica está especialmente interesada en conservarla porque de este modo se presenta como administradora del perdón o de la eterna condenación, de forma que puede excomulgar o perdonar los pecados de acuerdo con determinadas condiciones como el pago de determinadas donaciones a la misma organización eclesiástica (bulas, donativos, penitencias) y porque el temor al Infierno lleva a muchos miembros de esta secta a seguir sus consignas en todos los terrenos y especialmente en el político a la hora de facilitar el camino a la Secta, a la hora de concederle privilegios por temor a ser excomulgado por ella –alejado de la familia de los santos- y a la hora de regalar sus bienes a la Secta, bajo la promesa de que ésta, en nombre de Dios, les perdonará todos sus pecados y les concederá un lugar privilegiado en la “vida eterna”.
Es evidente, por otra parte, la existencia de una contradicción evidente entre el amor infinito y la venganza o justicia divina: ¿Qué padre condenaría a su hijo a un castigo eterno? ¿Con qué finalidad? Un castigo que nunca acaba no sirve para otra cosa que para hacer sufrir inútilmente y sólo por el sádico placer de gozar con el sufrimiento ajeno. Y este planteamiento fue el que tuvo en su cabeza Tomás de Aquino cuando escribió: “Para que la felicidad de sus santos más les satisfaga, y por ella den mayores gracias a Dios, se les concede que contemplen perfectamente el castigo de los condenados” .
¡Y ésa es la religión del amor! ¡Y lo dice el eximio doctor “Tomás de Aquino”!

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