33. VIDA TERRENA Y SEXO COMO PECADO
LA CONTRADICCIÓN DEFENDIDA POR LA JERARQUÍA CATÓLICA DE QUE EL MUNDO Y LA CARNE –ES DECIR, LA SEXUALIDAD- SEAN ENEMIGOS DEL ALMA.
Por lo que se refiere al mundo, considerado como enemigo del alma, la Jerarquía Católica y también los sacerdotes del Antiguo Testamento, fomentaron desde muy pronto la idea de que el cuidado del Templo y todo lo relacionado con el culto al Dios de Israel o al Dios del Cristianismo debía tener un carácter prioritario en la vida de todo judío o de todo cristiano y, por ello, presionaron desde el principio para conseguir se tuviera bien asegurado el mantenimiento y el enriquecimiento del Templo y el de los “servidores” del templo, es decir, el de los sacerdotes del Antiguo Testamento y el de la actual Jerarquía Católica (especialmente la formada por los obispos, arzobispos, cardenales y papa, aunque también por otros cargos menos importantes) mediante la asignación de un tributo o un diezmo, junto con las diversas ofrendas religiosas procedentes del antiguo pueblo de Israel, de los cristianos en particular -en los primeros siglos después de Cristo-, del Imperio Romano -cuando el Cristianismo se convirtió en religión oficial de dicho imperio- y de las diversas naciones que se formaron después de la desintegración del Imperio Romano.
El fomento de esa prioridad de los asuntos económicos ligados al mantenimiento del clero debió de ser decisivo para que los sacerdotes antiguos y modernos fomentasen en el pueblo la idea de que había que anteponer la práctica de penitencias, de holocaustos, ayunos, sacrificios y ofrendas al “Señor” al propio disfrute personal de las comodidades de la vida y de sus placeres, exhortando ya desde muy pronto el clero de las religiones judeo-cristianas al pueblo de Israel y luego a los cristianos de base a llevar una vida austera, pues cuanto más gastasen en su propio bienestar menos bienes les quedarían para ofrendarlos a fin de colaborar al sostenimiento del Templo o a los asuntos religiosos, especialmente los relacionados con la vida del clero y de sus altas jerarquías. Sin embargo, desde el momento en que la propia Jerarquía Católica comenzó a enriquecerse por sus buenas relaciones con los emperadores romanos, con las posteriores monarquías del feudalismo o con los gobiernos de los estados de los últimos siglos, ha ido dejando en un segundo plano sus referencias al mundo como enemigo del alma, pues, de hecho, ella misma, con el disfrute de sus cuantiosos lujos y riquezas, pone cada día en evidencia ante sus fieles de base que no vive ni siente para nada aquellas exhortaciones de Jesús relacionadas con la ayuda a los pobres y a los hambrientos. Por ello, aunque de vez en cuando se atreven a hablar en favor del tercer mundo y de la lucha contra el hambre, siempre lo hacen de manera que parezca que ellos se han esforzado y se esfuerzan mucho criticando a la sociedad actual, y tratan así de desviar la atención de sus fieles respecto al hecho de que ellos, con sus escandalosas riquezas, habrían podido remediar con creces todo el hambre y la miseria del mundo.
Por lo que se refiere a la carne, es igualmente absurdo suponer que Dios hubiera creado el placer sexual sólo para prohibirlo, cuando éste -como cualquier otro- es una sensación absolutamente natural y agradable, y un mecanismo biológico para la supervivencia de la especie tanto en la especie humana como en la mayoría de los animales medianamente evolucionados. Además, como ya se ha señalado, tanto desde el Psicoanálisis de Freud como desde la Psicología científica en general se considera que por lo que se refiere al comportamiento humano la motivación sexual es una de las más importantes, junto con las de la satisfacción de la sed y del hambre.
De hecho la doctrina del Antiguo Testamento acerca de la sexualidad está muy lejos de la obsesión mostrada por la Jerarquía Católica a lo largo de los siglos hasta la actualidad. ¿Qué diría el Papa si algún “monarca cristiano” mantuviese abiertamente una relación de bigamia? Tendría que excomulgarlo a no ser que hiciera caso de sus reconvenciones. Y, sin embargo, a pesar de lo bien que se suele hablar del rey Salomón y de su sabiduría, pocos saben que tuvo setecientas esposas y trescientas concubinas, al menos según dice la Biblia, considerada por la Jerarquía Católica como “palabra de Dios”, y nadie parece haberse escandalizado por ese detalle. Lo que por otra parte parece evidente es que Salomón debió de tener algunas dificultades para cumplir con aquellas setecientas mujeres desde el punto de vista de la satisfacción sexual de todas ellas, y parece difícl de creer que además tuviera necesidad de aquellas trescientas concubinas para estar seguro de tener descendencia. Parece más bien que, si dispuso de mil mujeres, debió de ser para disfrutar del sexo cuando y con quien le viniese en gana. Y, al igual que él, aunque sin llegar a números tan altos, son muchos los personajes bíblicos que cuentan con un buen numero de esposas, de concubinas y de esclavas, como el mismo rey David, quien, además, también tuvo un amigo –Jonatán- de quien dijo:
“¡Cómo te quería! Tu amor era para mí más dulce que el amor de las mujeres” ( ).
Sin embargo y al menos desde el punto de vista doctrinal teórico, la Jerarquía Católica ha defendido a lo largo de mucho tiempo una doctrina absurda acerca de la sexualidad, a pesar de la evolución mucho más abierta y permisiva de la sociedad actual, y sigue considerando pecado cualquier forma de comportamiento sexual extramatrimonial en general e incluso matrimonial en cuanto tal comportamiento no vaya unido con la intención de la procreación. En relación con este punto, por cierto, resulta especialmente llamativa por penosa y ridícula la actitud de la llamada “madre Teresa de Calcuta”, cuando en referencia a la enfermedad del sida, tuvo la absurda e incalificable osadía de afirmar que era “simplemente una retribución justa por una conducta sexual impropia”, criticando así el goce sexual no unido al fin de la procreación y defendiendo la absurda doctrina de que Dios habría tomado venganza mediante esa enfermedad de quienes gozasen de la sexualidad de un modo distinto al de su religión –y, de paso, vengándose igualmente de los millones de niños que hubiesen nacido ya con dicha enfermedad como consecuencia de que sus madres la padecían-.
Esta doctrina acerca de la sexualidad no parece corresponderse con alguna doctrina correspondiente de los evangelios, pero Pablo de Tarso comenzó a considerar la sexualidad como algo moralmente negativo, tal como puede verse en el siguiente pasaje:
“A los solteros y a las viudas les digo que es bueno que permanezcan como yo. Pero si no pueden guardar continencia, que se casen. Es mejor casarse que abrasarse” ( ),
en el que considera el casarse no como un bien, sino sólo como un mal menor en comparación con el castigo del Infierno al que estarían condenados quienes pretendieran disfrutar de de la sexualidad fuera del matrimonio.
A pesar de todo, en estos momentos la Jerarquía Católica ante el tema de la sexualidad se encuentra en una situación de desconcierto y prefiere callar ante el rumbo que siguen los nuevos tiempos en los que la gente en general tiende a alejarse de sus doctrinas por considerarlas absurdas, de manera que, aunque muchos se declaren católicos, eso no implica que vivan de acuerdo con la mojigata doctrina sexual de su jerarquía, sino que la vida de acuerdo con una sexualidad libre y sin asociarla con la idea de pecado es lo que por suerte predomina cada día más en nuestra sociedad actual, incluidos los mismos católicos en general. Es bastante sintomático de esta “prudencia” (?) de la Jerarquía Católica que, ante la presencia en la televisión de toda una serie de programas eróticos y pornográficos, nunca o casi nunca diga nada, como si no se hubiese enterado de su presencia. Parece, sin embargo, que lo que sucede es que sabe que cualquier llamada a sus fieles para que se abstuviesen del pecado de ver tales programas no sería atendida y que sería incluso contraproducente para sus propios negocios. Así que lo más probable es que la Jerarquía Católica continúe manteniendo silencio y acepte finalmente como normal lo que es normal, además de inevitable.
En cualquier caso y frente a esta doctrina de la Jerarquía Católica hay que indicar que, si ese Dios existiera, sería absurdo que hubiera creado el placer sexual sólo para prohibirlo, cuando es absolutamente natural, existente no sólo en el ser humano sino también en muchas otras especies animales, que han desarrollado el mecanismo de la atracción y del goce sexual como un medio para conseguir la continuidad de su especie. La hipocresía de este punto de vista –en este caso concreto, la de Pablo VI en su encíclica Humanae Vitae- se muestra en el hecho de que la Jerarquía Católica acepta el placer sexual dentro del matrimonio, aunque no persiga la procreación, siempre que el acto sexual se realice sin métodos “artificiales” para evitar el embarazo y permitiendo sólo, como único método para evitar el embarazo, “métodos naturales” como el Ogino, basado en la estimación de cuáles sean los días fértiles de la mujer para realizar el acto sexual en aquellos días en los que se supone que la posibilidad de un embarazo es muy remota.
Esta doctrina implica una actitud hipócrita en cuanto la finalidad perseguida en el caso de la utilización del método Ogino o de otros similares es la misma que se persigue en aquellos otros que implican la utilización de mecanismos que impiden directamente el embarazo, como el del uso del preservativo o el de las píldoras anticonceptivas, teniendo en cuenta que la Jerarquía Católica considera que el pecado se relaciona con la intención y no con el acto material en sí mismo.
Además, si, aceptando los supuestos filosóficos de la escolástica y del propio Aristóteles, la Jerarquía Católica considerase que cada acto debe ir encaminado hacia su fin natural propio (?) y que ese sería el motivo por el que considerase que el acto sexual debe encaminarse a la procreación, igualmente debería condenar entonces el uso de la inteligencia cuando se la utilizase para fines que simplemente proporcionasen placer, como sucede con tantos juegos de lógica, como el del ajedrez, y lo mismo habría que decir de otras muchas actividades que tienen como finalidad la obtención del placer que viene asociado con el ejercicio de nuestras diversas facultades. En este sentido igualmente debería condenar el uso de la vista cuando se emplease para disfrutar contemplando un cuadro de Leonardo, de Velázquez o de Renoir, o para disfrutar contemplando el florecer de los almendros y la belleza de toda la naturaleza. Igualmente debería condenar el uso del oído cuando se lo emplea para disfrutar de las composiciones de Bach, de Mozart, de Beethoven o de Wagner o de cualquier otro compositor capaz de provocar “placeres auditivos”. Igualmente debería condenar el uso del olfato para gozar del aroma del jazmín o de las rosas, o del aroma de los perfumes, que sólo provocan “placeres olfativos”. Igualmente debería condenar el uso del tacto cuando se lo utilizase para gozar del “placer de las caricias” en lugar de utilizarse para diferenciar las texturas, grado de dureza y temperatura de los diversos objetos, en cuanto su conocimiento sea vitalmente importante. Y, finalmente, el sentido del gusto debería utilizarse exclusivamente para diferenciar los alimentos que pudieran servir para conservar la vida y, por ello, debería condenar como pecado su simple uso para obtener el “placer gustativo” de saborear una copa de vino, un pastel, un caramelo o cualquier comida elaborada con la finalidad de gozar de sabores exquisitos.
Todos estos absurdos van ligados a la consideración negativa de la vida terrena, tan propia del cristianismo, que condena en multitud de ocasiones todo lo que implique alegría de vivir, y predica la penitencia, el ayuno y toda clase de sacrificios, poniendo sus aspiraciones en una supuesta vida ultraterrena, como si la afirmación de los valores de la vida terrenal fuera en sí pecaminosa, cuando el supuesto creador de tales posibilidades de disfrutarlos habría sido el propio Dios. Por ello escribía Nietzsche con total acierto
“la concepción cristiana de Dios [...] es una de las más corruptas alcanzadas sobre la tierra; [...] ¡Dios, degenerado en repudio de la vida, en vez de ser su transfigurador y eterno sí! ¡En Dios, declaración de guerra a la vida, a la Naturaleza, a la voluntad de vida! [...] ¡En Dios, divinización de la Nada, santificación de la voluntad de alcanzar la Nada!” ( ).
A este absurdo se añade otro nuevo si se tiene en cuenta que, ayudada por esta actitud de la Jerarquía Católica en contra del uso de métodos anticonceptivos como el del preservativo o el de la píldora, la epidemia del sida sigue extendiéndose por todo el mundo y ha causado ya millones de muertos. Pero eso no parece importarle. A ella le importa especialmente lo que se relacione con la obtención de “ayudas” millonarias, robadas con “guante blanco” al conjunto de la sociedad española y a la de otros países; esos robos no los realiza directamente sino a través de chantajes a los sucesivos gobiernos a quienes exige una parte de nuestros impuestos, que no utiliza para remediar el hambre y la miseria del mundo sino para incrementar su escandaloso patrimonio, para montar nuevas sucursales y para aumentar el refinamiento de la vida lujosa de sus altos cargos en suntuosos palacios, a la vez que cínicamente sigue predicando la pobreza.
Puede decirse en líneas generales que la Jerarquía Católica no tiene principios en los que de verdad crea ( ) y por los cuales se rija, sino que proclama determinados “principios” y “normas” para servirse de ellos como de instrumentos para adoctrinar a sus fieles, no porque crea en su valor intrínseco sino porque, una vez convencidos los fieles acerca de su valor, puede utilizarlos para atacar a los gobiernos que actúen de forma contraria a ellos, porque su aparente defensa le sirve para chantajear a los gobiernos que no los compartan y para obtener una buena tajada económica por mantener calmados a sus fieles.
Por otra parte, la suposición de que el alma tenga enemigos sólo tiene sentido a partir de la hipótesis de que la tentación ejercida por ellos podría tener éxito en algún momento y determinar la caída del alma en pecado, pero este punto de vista implicaría la aceptación de que la conducta humana no dependería de la libertad del hombre sino que estaría determinada por la fuerza más o menos intensa ejercida por las tentaciones procedentes de tales enemigos.
sábado, 10 de enero de 2009
jueves, 8 de enero de 2009
32. SOBRE DEMONIOS Y ENDEMONIADOS
LA CONTRADICCIÓN SEGÚN LA CUAL EL DEMONIO, CASTIGADO AL INFIERNO, VAGUE POR EL MUNDO COMO UN ENEMIGO DEL ALMA Y COMO UN INTRUSO EN EL CUERPO DE ALGUNOS SERES HUMANOS.
CRÍTICA: La Jerarquía Católica –y en especial su jefe supremo, que es quien declara los dogmas y doctrinas que deben creer los católicos- considera que el demonio, el mundo y la carne son los enemigos del alma, sin preocuparle lo más mínimo la contradicción que supone que su Dios, considerado como infinitamente bueno, sea el creador de tales enemigos.
Se trata, efectivamente, de una contradicción en cuanto, por lo que se refiere al demonio, es un mito infantil-sádico pretender, por una parte, que Dios le haya condenado al fuego eterno, y, por otra, afirmar al mismo tiempo que le permite pasearse por el mundo tratando de reclutar gente que le acompañe para aumentar sus huestes infernales. Y, si esta doctrina ya es absurda, lo que es el colmo es la que considera además que Dios habría concedido poder a los demonios para introducirse en el cuerpo de la gente a fin de causarle sufrimientos y trastornos físicos y psíquicos gratuitos.
La Jerarquía Católica, siguiendo las supuestas actuaciones de Jesús según se narra en los evangelios, complementa esta ridícula y estúpida doctrina sobre la “posesión diabólica” con la doctrina y con la práctica de los actos de “exorcismo”, forma “civilizada” de hechicería que se corresponde con otras de religiones más antiguas e igualmente atrasadas. El “exorcismo”, todavía practicado en la actualidad, dio lugar a la creación de una de las “órdenes menores” dentro de la escala eclesiástica que culmina en el sacerdocio. Su finalidad es la de tratar de expulsar al demonio –o demonios- del cuerpo de las personas en las que supuestamente se haya introducido.
Por lo que se refiere a esta doctrina acerca de la existencia de la llamada “posesión diabólica”, la jerarquía católica ha sido fiel a los evangelios, en los que se cuenta en muy diversos pasajes que en muchas ocasiones Jesús habría ordenado al “maligno” abandonar el cuerpo de personas poseídas por él. Así, por ejemplo, en el evangelio atribuido a Mateo se dice:
“…El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un fuerte alarido, salió de él” ( ).
Igualmente en el evangelio de “Marcos” se dice:
“…Entonces [Jesús] le preguntó:
-¿Cómo te llamas?
Él le respondió:
-Legión es mi nombre, porque somos muchos.
Y le rogaba insistentemente que no lo echara fuera de la región.
Había allí cerca una gran piara de cerdos, que estaban hozando al pie del monte, y los demonios rogaron a Jesús:
-Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos.
Jesús se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron, entraron en los cerdos, y la piara se lanzó al lago desde lo alto del precipicio, y los cerdos, que eran unos dos mil, se ahogaron en el lago.
Los porquerizos huyeron y lo contaron por la ciudad y por los caseríos…” ( ).
Este pasaje tiene especial interés, aunque sólo sea como anécdota para reflexionar un poco por el hecho de que en él se dice, en primer lugar, que la persona poseída no lo estaba por un solo demonio sino por ¡alrededor de 2.000!, ya que fueron unos 2.000 los cerdos que luego se precipitaron y se ahogaron en el lago; en segundo lugar, porque Jesús permite que los demonios se introduzcan en aquellos 2.000 cerdos después de haber sido expulsados del cuerpo de aquel hombre, pues si el hombre no merecía semejante tormento, tampoco parece lógico que lo merecieran los cerdos, hasta el punto de haberles obligado a lanzarse por el precipicio como consecuencia del sufrimiento causado por tales demonios y a morir ahogados; y, en cuarto lugar, por las enormes pérdidas económicas que debió de sufrir el dueño de los cerdos, pues 2.000 cerdos son muchos cerdos, y en el citado pasaje no dice que Jesús resarciese al dueño de su pérdida. En otro pasaje cuenta Marcos que “Jesús resucitó […] y se apareció a María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios” ( ). E igualmente en el evangelio de “Lucas” se dice:
“Cuando el niño se acercaba, el demonio lo tiró por tierra y lo sacudió violentamente. Pero Jesús increpó al espíritu inmundo, curó al niño y se lo entregó a su padre” ( ).
Sin embargo, resulta llamativo que en el evangelio de Juan no se hable en ningún momento de posesiones diabólicas ni, en consecuencia, de exorcismos por parte de Jesús. Quizá la explicación de esta ausencia se deba a que este último evangelio se escribió a finales del siglo I y a que quien lo escribió –“Juan, el Anciano”, un cristiano de origen griego- debió de tener una formación cultural distinta y mejor que quienes escribieron los otros evangelios, los llamados “sinópticos”.
Un aspecto ingenuamente ridículo y absurdo por lo que se refiere al tema del demonio es el que se refiere a las tentaciones de Jesús, narradas por Mateo ( ). ¿Qué sentido podría tener que el diablo, condenado al fuego eterno, pudiera salir de su reclusión libremente para ir a tentar a quien era infinitamente más poderoso que él y le había condenado?, ¿qué sentido tendría que Jesús se hubiese prestado a ese juego de manera seria, como si los ofrecimientos de “el Tentador” pudieran tener para él algún sentido o algún atractivo? La única explicación de la existencia de un pasaje como éste –igual que de muchos otros, como el de los 2.000 cerdos endemoniados- podría consistir en que quien hizo estos relatos tuviera un cociente intelectual especialmente bajo, que escribiera pensando en posibles lectores que tuvieran una mentalidad tan simple que pudieran creer semejantes estupideces, y que escribiese este pasaje desde el supuesto –presente en otros pasajes ya mencionados- de que Jesús no era Dios ni hijo de Dios, pues de ese modo las tentaciones del demonio hubieran podido ser menos absurdas.
Por otra parte, hablar de endemoniados en el sentido de personas en cuyo cuerpo se introducen “espíritus malignos”, y suponer que tales espíritus causen daños en el estómago, en el hígado, en los intestinos o dondequiera que pedan meterse (?) representa una contradicción con el concepto o pseudo-concepto de espíritu que, en cuanto supuestamente inmaterial, no podría “tocar” ni “dañar” para nada una realidad de carácter material, por lo que la idea de “posesión diabólica”, junto con las aparatosas reacciones y sufrimientos físicos de las “personas poseídas”, pertenecen al tipo de supersticiones más ridículas que puedan haber inventado los fabricantes de religiones.
La creencia en la existencia de personas endemoniadas procede de la existencia de enfermedades, como especialmente la epilepsia, cuyas crisis se producen de manera muy llamativa, con manifestaciones como pérdida de conciencia, convulsiones incontrolables, abundante salivación y otras manifestaciones, todas ellas impactantes.
Que en la antigüedad la gente se asombrase ante la aparatosidad de tales crisis y que las atribuyese a algo “sobrenatural” es comprensible precisamente por la falta de cultura y por el escaso desarrollo científico -en especial de la medicina-, pero que en la actualidad la Jerarquía Católica pretenda que sus fieles sigan creyendo en semejante explicación majadera es el colmo del abuso de la ingenuidad y buena fe de una parte importante de esas personas inocentes.
Sin embargo y a pesar de su carácter tan irracional y absurdo, a la Jerarquía Católica le interesa mantener esa superstición por motivos evidentes, como en especial el de tener dominados a sus fieles del mismo modo que algunos padres pretenden dominar a sus hijos amenazándoles con “el hombre del saco” y con otras fábulas similares; en segundo lugar, porque la existencia de “exorcistas” que en determinadas ocasiones asisten a algún supuesto “endemoniado” contribuye a diversificar los ceremoniales introducidos por la jerarquía católica, abarcando así una mayor variedad de aspectos de la vida y no sólo el de la oración en las iglesias; en tercer lugar, porque la jerarquía de la secta tiene cierta dificultad para cambiar sus doctrinas desde el momento en que en los propios evangelios aparecen los demonios y los endemoniados en diversos lugares y, por ello, si tales “libros sagrados” representan “la palabra de Dios”, sería realmente algo complicado negar su valor utilizando el recurso tradicional de la Jerarquía Católica de considerar que tal doctrina era una metáfora que había que saber interpretar; además, desde el momento en que la Jerarquía Católica ha establecido la “orden menor” de “exorcista” y toda una serie de sacerdotes “especialistas” en extraer demonios del cuerpo, podría causar cierto escándalo en sus “fieles” que, de pronto y en contra de su doctrina tradicional de tantos siglos, ahora reconociese que no había endemoniados sino sólo personas enfermas que debían ser tratadas de modo adecuado y no por ningún tipo de exorcismo –por lo que la propia orden menor de “Exorcista” dejaría de tener sentido-.
La doctrina sobre los endemoniados ha estado unida a la de los pactos con el diablo así como a la de la brujería, que fueron aprovechados por la Jerarquía Católica para sembrar el terror de la gente a manifestar cualquier punto de vista contrario a las doctrinas e interpretaciones doctrinales de dicha jerarquía o para obtener el pago de “limosnas” sustanciales ante la amenaza de ser quemado vivo en la hoguera, acusado y condenado de brujería. Al encausado en asuntos relacionados con la brujería se le sometía a diversas pruebas para llegar a saber si había realizado algún pacto con el diablo o algo similar. Así, por ejemplo, la “prueba del agua”, en la que se introducía a una acusada –pues casi siempre se trataba de brujas- en un pozo, de manera que, si se hundía, se la consideraba inocente, mientras que si flotaba, se la consideraba culpable; el problema de esta prueba era que las que flotaban eran condenadas y las que se hundían en muchas ocasiones se ahogaban.
LA CONTRADICCIÓN SEGÚN LA CUAL EL DEMONIO, CASTIGADO AL INFIERNO, VAGUE POR EL MUNDO COMO UN ENEMIGO DEL ALMA Y COMO UN INTRUSO EN EL CUERPO DE ALGUNOS SERES HUMANOS.
CRÍTICA: La Jerarquía Católica –y en especial su jefe supremo, que es quien declara los dogmas y doctrinas que deben creer los católicos- considera que el demonio, el mundo y la carne son los enemigos del alma, sin preocuparle lo más mínimo la contradicción que supone que su Dios, considerado como infinitamente bueno, sea el creador de tales enemigos.
Se trata, efectivamente, de una contradicción en cuanto, por lo que se refiere al demonio, es un mito infantil-sádico pretender, por una parte, que Dios le haya condenado al fuego eterno, y, por otra, afirmar al mismo tiempo que le permite pasearse por el mundo tratando de reclutar gente que le acompañe para aumentar sus huestes infernales. Y, si esta doctrina ya es absurda, lo que es el colmo es la que considera además que Dios habría concedido poder a los demonios para introducirse en el cuerpo de la gente a fin de causarle sufrimientos y trastornos físicos y psíquicos gratuitos.
La Jerarquía Católica, siguiendo las supuestas actuaciones de Jesús según se narra en los evangelios, complementa esta ridícula y estúpida doctrina sobre la “posesión diabólica” con la doctrina y con la práctica de los actos de “exorcismo”, forma “civilizada” de hechicería que se corresponde con otras de religiones más antiguas e igualmente atrasadas. El “exorcismo”, todavía practicado en la actualidad, dio lugar a la creación de una de las “órdenes menores” dentro de la escala eclesiástica que culmina en el sacerdocio. Su finalidad es la de tratar de expulsar al demonio –o demonios- del cuerpo de las personas en las que supuestamente se haya introducido.
Por lo que se refiere a esta doctrina acerca de la existencia de la llamada “posesión diabólica”, la jerarquía católica ha sido fiel a los evangelios, en los que se cuenta en muy diversos pasajes que en muchas ocasiones Jesús habría ordenado al “maligno” abandonar el cuerpo de personas poseídas por él. Así, por ejemplo, en el evangelio atribuido a Mateo se dice:
“…El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un fuerte alarido, salió de él” ( ).
Igualmente en el evangelio de “Marcos” se dice:
“…Entonces [Jesús] le preguntó:
-¿Cómo te llamas?
Él le respondió:
-Legión es mi nombre, porque somos muchos.
Y le rogaba insistentemente que no lo echara fuera de la región.
Había allí cerca una gran piara de cerdos, que estaban hozando al pie del monte, y los demonios rogaron a Jesús:
-Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos.
Jesús se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron, entraron en los cerdos, y la piara se lanzó al lago desde lo alto del precipicio, y los cerdos, que eran unos dos mil, se ahogaron en el lago.
Los porquerizos huyeron y lo contaron por la ciudad y por los caseríos…” ( ).
Este pasaje tiene especial interés, aunque sólo sea como anécdota para reflexionar un poco por el hecho de que en él se dice, en primer lugar, que la persona poseída no lo estaba por un solo demonio sino por ¡alrededor de 2.000!, ya que fueron unos 2.000 los cerdos que luego se precipitaron y se ahogaron en el lago; en segundo lugar, porque Jesús permite que los demonios se introduzcan en aquellos 2.000 cerdos después de haber sido expulsados del cuerpo de aquel hombre, pues si el hombre no merecía semejante tormento, tampoco parece lógico que lo merecieran los cerdos, hasta el punto de haberles obligado a lanzarse por el precipicio como consecuencia del sufrimiento causado por tales demonios y a morir ahogados; y, en cuarto lugar, por las enormes pérdidas económicas que debió de sufrir el dueño de los cerdos, pues 2.000 cerdos son muchos cerdos, y en el citado pasaje no dice que Jesús resarciese al dueño de su pérdida. En otro pasaje cuenta Marcos que “Jesús resucitó […] y se apareció a María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios” ( ). E igualmente en el evangelio de “Lucas” se dice:
“Cuando el niño se acercaba, el demonio lo tiró por tierra y lo sacudió violentamente. Pero Jesús increpó al espíritu inmundo, curó al niño y se lo entregó a su padre” ( ).
Sin embargo, resulta llamativo que en el evangelio de Juan no se hable en ningún momento de posesiones diabólicas ni, en consecuencia, de exorcismos por parte de Jesús. Quizá la explicación de esta ausencia se deba a que este último evangelio se escribió a finales del siglo I y a que quien lo escribió –“Juan, el Anciano”, un cristiano de origen griego- debió de tener una formación cultural distinta y mejor que quienes escribieron los otros evangelios, los llamados “sinópticos”.
Un aspecto ingenuamente ridículo y absurdo por lo que se refiere al tema del demonio es el que se refiere a las tentaciones de Jesús, narradas por Mateo ( ). ¿Qué sentido podría tener que el diablo, condenado al fuego eterno, pudiera salir de su reclusión libremente para ir a tentar a quien era infinitamente más poderoso que él y le había condenado?, ¿qué sentido tendría que Jesús se hubiese prestado a ese juego de manera seria, como si los ofrecimientos de “el Tentador” pudieran tener para él algún sentido o algún atractivo? La única explicación de la existencia de un pasaje como éste –igual que de muchos otros, como el de los 2.000 cerdos endemoniados- podría consistir en que quien hizo estos relatos tuviera un cociente intelectual especialmente bajo, que escribiera pensando en posibles lectores que tuvieran una mentalidad tan simple que pudieran creer semejantes estupideces, y que escribiese este pasaje desde el supuesto –presente en otros pasajes ya mencionados- de que Jesús no era Dios ni hijo de Dios, pues de ese modo las tentaciones del demonio hubieran podido ser menos absurdas.
Por otra parte, hablar de endemoniados en el sentido de personas en cuyo cuerpo se introducen “espíritus malignos”, y suponer que tales espíritus causen daños en el estómago, en el hígado, en los intestinos o dondequiera que pedan meterse (?) representa una contradicción con el concepto o pseudo-concepto de espíritu que, en cuanto supuestamente inmaterial, no podría “tocar” ni “dañar” para nada una realidad de carácter material, por lo que la idea de “posesión diabólica”, junto con las aparatosas reacciones y sufrimientos físicos de las “personas poseídas”, pertenecen al tipo de supersticiones más ridículas que puedan haber inventado los fabricantes de religiones.
La creencia en la existencia de personas endemoniadas procede de la existencia de enfermedades, como especialmente la epilepsia, cuyas crisis se producen de manera muy llamativa, con manifestaciones como pérdida de conciencia, convulsiones incontrolables, abundante salivación y otras manifestaciones, todas ellas impactantes.
Que en la antigüedad la gente se asombrase ante la aparatosidad de tales crisis y que las atribuyese a algo “sobrenatural” es comprensible precisamente por la falta de cultura y por el escaso desarrollo científico -en especial de la medicina-, pero que en la actualidad la Jerarquía Católica pretenda que sus fieles sigan creyendo en semejante explicación majadera es el colmo del abuso de la ingenuidad y buena fe de una parte importante de esas personas inocentes.
Sin embargo y a pesar de su carácter tan irracional y absurdo, a la Jerarquía Católica le interesa mantener esa superstición por motivos evidentes, como en especial el de tener dominados a sus fieles del mismo modo que algunos padres pretenden dominar a sus hijos amenazándoles con “el hombre del saco” y con otras fábulas similares; en segundo lugar, porque la existencia de “exorcistas” que en determinadas ocasiones asisten a algún supuesto “endemoniado” contribuye a diversificar los ceremoniales introducidos por la jerarquía católica, abarcando así una mayor variedad de aspectos de la vida y no sólo el de la oración en las iglesias; en tercer lugar, porque la jerarquía de la secta tiene cierta dificultad para cambiar sus doctrinas desde el momento en que en los propios evangelios aparecen los demonios y los endemoniados en diversos lugares y, por ello, si tales “libros sagrados” representan “la palabra de Dios”, sería realmente algo complicado negar su valor utilizando el recurso tradicional de la Jerarquía Católica de considerar que tal doctrina era una metáfora que había que saber interpretar; además, desde el momento en que la Jerarquía Católica ha establecido la “orden menor” de “exorcista” y toda una serie de sacerdotes “especialistas” en extraer demonios del cuerpo, podría causar cierto escándalo en sus “fieles” que, de pronto y en contra de su doctrina tradicional de tantos siglos, ahora reconociese que no había endemoniados sino sólo personas enfermas que debían ser tratadas de modo adecuado y no por ningún tipo de exorcismo –por lo que la propia orden menor de “Exorcista” dejaría de tener sentido-.
La doctrina sobre los endemoniados ha estado unida a la de los pactos con el diablo así como a la de la brujería, que fueron aprovechados por la Jerarquía Católica para sembrar el terror de la gente a manifestar cualquier punto de vista contrario a las doctrinas e interpretaciones doctrinales de dicha jerarquía o para obtener el pago de “limosnas” sustanciales ante la amenaza de ser quemado vivo en la hoguera, acusado y condenado de brujería. Al encausado en asuntos relacionados con la brujería se le sometía a diversas pruebas para llegar a saber si había realizado algún pacto con el diablo o algo similar. Así, por ejemplo, la “prueba del agua”, en la que se introducía a una acusada –pues casi siempre se trataba de brujas- en un pozo, de manera que, si se hundía, se la consideraba inocente, mientras que si flotaba, se la consideraba culpable; el problema de esta prueba era que las que flotaban eran condenadas y las que se hundían en muchas ocasiones se ahogaban.
martes, 6 de enero de 2009
“Reyes Magos”… ¿festividad inocente?
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
No sé a qué imbécil se le ocurrió introducir la festividad de “los reyes magos”, pero se trata de una tradición que ni siquiera tiene sus orígenes en los evangelios, pues en el atribuido a Mateo sólo se habla de unos sabios o de unos magos –según cuál sea la traducción-; en el atribuido a Marcos no se menciona para nada esta anécdota; en el atribuido a Lucas, aunque se habla de la presencia de unos pastores y de un ejército de ángeles en las proximidades del lugar en que supuestamente nació Jesús, no se menciona la presencia de reyes ni de magos, mientras que en el de Juan “el Anciano” no se menciona nada relacionado con el nacimiento de Jesús.
El caso es que, al margen de anécdotas e invenciones de quienes escribieron los evangelios, lo peor del caso es que, aunque el cristianismo no nació siendo necesariamente monárquico, a alguien se le ocurrió convertir a esos magos imaginarios en reyes imaginarios y posteriormente en reyes supuestamente históricos.
Posteriormente ese mismo cristianismo fue otorgando el título de rey tanto a Jesús, “Rey de los Cielos” o “Cristo Rey”, como a María, “Reina de los Cielos”. Esos títulos no eran inocentes y al margen de cualquier conexión con la política: En cuanto la Jerarquía Católica ha estado unida a los poderosos de todos los tiempos y, de manera especial, a los emperadores romanos desde Constantino y posteriormente a las monarquías medievales y modernas, de las que consiguió privilegios y tesoros especialmente importantes, reflejó su agradecimiento mediante la asignación a la “jerarquía celestial” de títulos similares a los de las organizaciones políticas a las que tanto debía, tanto en la época del Antiguo Testamento en la del Nuevo, al tiempo que concedía a los reyes terrenales el título sagrado de “reyes por la gracia de Dios” –igual que a Franco, “caudillo de España por la gracia de Dios”-. La simbiosis entre la Jerarquía Católica y las monarquías debía tener su reflejo en las doctrinas y creencias religiosas, y eso debió de determinar la visión del mundo celestial como una realidad jerarquizada a semejanza del sistema de clases de esas mismas sociedades antiguas y feudales, con sus reyes, príncipes, duques, condes, y toda la larga serie de títulos nobiliarios que se corresponderían con los correspondientes títulos de Dios y su madre como rey y reina de los cielos, y con el orden jerárquico de los diversos espíritus celestiales, encargados de servir y glorificar a Dios –según dice, la Jerarquía Católica, aunque en realidad no entiendo qué servicio ni qué gloria podrían proporcionar a Dios toda esa variedad angélica compuesta por ángeles, arcángeles, principados, potestades, virtudes, dominaciones, tronos, querubines y serafines.
Así que el problema que tenemos quienes estamos hartos del clasismo y de la arrogancia estúpida representada por la monarquía y su “sangre azul” es que no sólo tenemos que concienciar a la gente de que eso de la monarquía es anacrónico y un insulto a quienes viven de su trabajo, y de que ningún hombre es superior a otro, sino además de que las mismas tradiciones cristianas ayudan a esta institución a perpetuarse, pues ya los niños pequeños aprenden a ver a “los reyes magos” como personajes especialmente bondadosos que les traen regalos todos los años, a pesar de que a lo largo de la historia los reyes auténticos se han caracterizado por su despotismo, robos y atropellos a “sus pueblos” y a “sus siervos”.
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
No sé a qué imbécil se le ocurrió introducir la festividad de “los reyes magos”, pero se trata de una tradición que ni siquiera tiene sus orígenes en los evangelios, pues en el atribuido a Mateo sólo se habla de unos sabios o de unos magos –según cuál sea la traducción-; en el atribuido a Marcos no se menciona para nada esta anécdota; en el atribuido a Lucas, aunque se habla de la presencia de unos pastores y de un ejército de ángeles en las proximidades del lugar en que supuestamente nació Jesús, no se menciona la presencia de reyes ni de magos, mientras que en el de Juan “el Anciano” no se menciona nada relacionado con el nacimiento de Jesús.
El caso es que, al margen de anécdotas e invenciones de quienes escribieron los evangelios, lo peor del caso es que, aunque el cristianismo no nació siendo necesariamente monárquico, a alguien se le ocurrió convertir a esos magos imaginarios en reyes imaginarios y posteriormente en reyes supuestamente históricos.
Posteriormente ese mismo cristianismo fue otorgando el título de rey tanto a Jesús, “Rey de los Cielos” o “Cristo Rey”, como a María, “Reina de los Cielos”. Esos títulos no eran inocentes y al margen de cualquier conexión con la política: En cuanto la Jerarquía Católica ha estado unida a los poderosos de todos los tiempos y, de manera especial, a los emperadores romanos desde Constantino y posteriormente a las monarquías medievales y modernas, de las que consiguió privilegios y tesoros especialmente importantes, reflejó su agradecimiento mediante la asignación a la “jerarquía celestial” de títulos similares a los de las organizaciones políticas a las que tanto debía, tanto en la época del Antiguo Testamento en la del Nuevo, al tiempo que concedía a los reyes terrenales el título sagrado de “reyes por la gracia de Dios” –igual que a Franco, “caudillo de España por la gracia de Dios”-. La simbiosis entre la Jerarquía Católica y las monarquías debía tener su reflejo en las doctrinas y creencias religiosas, y eso debió de determinar la visión del mundo celestial como una realidad jerarquizada a semejanza del sistema de clases de esas mismas sociedades antiguas y feudales, con sus reyes, príncipes, duques, condes, y toda la larga serie de títulos nobiliarios que se corresponderían con los correspondientes títulos de Dios y su madre como rey y reina de los cielos, y con el orden jerárquico de los diversos espíritus celestiales, encargados de servir y glorificar a Dios –según dice, la Jerarquía Católica, aunque en realidad no entiendo qué servicio ni qué gloria podrían proporcionar a Dios toda esa variedad angélica compuesta por ángeles, arcángeles, principados, potestades, virtudes, dominaciones, tronos, querubines y serafines.
Así que el problema que tenemos quienes estamos hartos del clasismo y de la arrogancia estúpida representada por la monarquía y su “sangre azul” es que no sólo tenemos que concienciar a la gente de que eso de la monarquía es anacrónico y un insulto a quienes viven de su trabajo, y de que ningún hombre es superior a otro, sino además de que las mismas tradiciones cristianas ayudan a esta institución a perpetuarse, pues ya los niños pequeños aprenden a ver a “los reyes magos” como personajes especialmente bondadosos que les traen regalos todos los años, a pesar de que a lo largo de la historia los reyes auténticos se han caracterizado por su despotismo, robos y atropellos a “sus pueblos” y a “sus siervos”.
31. LA VIDA COMO UN “VALLE DE LÁGRIMAS”.
LA CONTRADICCIÓN DE LA JERARQUÍA CATÓLICA SEGÚN LA CUAL CONSIDERA LA VIDA COMO UN “VALLE DE LÁGRIMAS”, OLVIDANDO QUE EL SUPUESTO AMOR INFINITO DE DIOS SERÍA INCOMPATIBLE CON TAL PERSPECTIVA Y QUE SÓLO UN “DIOS SÁDICO” PODRÍA COMPLACERSE CON EL SUFRIMIENTO, EL DOLOR Y LAS PENITENCIAS, TAN VALORADAS POR LA JERARQUÍA CATÓLICA COMO “GRATÍSIMAS A DIOS”.
La doctrina tradicional de la jerarquía católica considera la vida terrena como un valle de lágrimas, un destierro, un lugar para la penitencia, el sufrimiento y el ayuno, al que el hombre fue desterrado para pagar por “el pecado original” (?) y “purificarse” a fin de alcanzar la “bienaventuranza eterna”.
En este sentido y para comprobar la vigencia de esta doctrina puede ser suficiente hacer referencia a las palabras del fundador del Opus Dei, “San José María Escrivá”, cuando escribe
- “Ningún ideal se hace realidad sin sacrificio. -Niégate. - ¡Es tan hermoso ser víctima!” ( ).
- “Bendito sea el dolor. -Amado sea el dolor. -Santificado sea el dolor... ¡Glorificado sea el dolor!” ( ).
- “El ayuno riguroso es penitencia gratísima a Dios” ( ).
Estas palabras casi no merecen comentario. Se califican por sí mismas. Expresan pura y simplemente le masoquismo de un loco, complementario del sadismo de un supuesto dios igualmente absurdo, pero así ha presentado la jerarquía católica al dios del cristianismo a lo largo de los siglos.
¿Es compatible esa “glorificación del dolor” con la idea de un “dios amor”? Sólo desde la hipocresía o desde la locura de un sádico podría afirmarse “amado sea el dolor”. Pues ¿qué sentido tendría entonces luchar contra el dolor, la miseria y el hambre, si se tratase de realidades tan “gratísimas a Dios”, según escribía el fundador del Opus?
CRÍTICA: Este punto de vista representa uno de los motivos de que la Jerarquía Católica defienda toda clase de penitencias y ataque el placer sexual como pecado, considerando que sólo es legítimo dentro del matrimonio y cuando se produce como una simple consecuencia del cumplimiento del precepto bíblico “creced y multiplicaos”, entendiendo en consecuencia que la búsqueda del placer en las relaciones sexuales, desvinculada del objetivo de la procreación, debe considerarse como pecado, siendo ésa la causa por la que igualmente condene el uso del preservativo. Éste es el motivo de que la Jerarquía Católica considere igualmente que los días de la “Cuaresma” son días de penitencia, de ayuno, de azotes, de abstención de carne –aunque no de caviar y de otros manjares-, presentando a Dios como un ser sádico que se complace con el sufrimiento humano. Y, ciertamente, desde una visión antropomórfica de cortas miras, podría verse a Dios de este modo, asimilándolo con los diversos reyezuelos y señores terrenales de cualquier época. Pero en cualquier caso la imposible hipótesis de un Dios como perfección absoluta en ningún caso podría corresponderse con esta otra, tan ridícula y absurda.
A simple vista parece que se trata de una absurda doctrina que tiene como fundamentos históricos el mito del pecado original y el de la Ley del Talión, basada en la venganza, en cuanto considera que un daño queda compensado con otro daño: “Ojo por ojo y diente por diente” (Éxodo, 21, 24; Lev., 24, 20). Esta antigua ley es incompatible con la idea del Dios-amor y va ligada a la idea de que el sufrimiento purifica, y que, por ello, cualquier penalidad que el hombre padezca debe ser recibido incluso con alegría, teniendo conciencia de que de ese modo el hombre colabora con Jesús en su obra redentora, la cual por otra parte ni siquiera se habría producido por el sufrimiento del propio Jesús en la cruz, quien efectivamente no habría logrado que “su Padre” perdonase a la humanidad, pues, según los Evangelios, condena al “fuego eterno” a la mayor parte de ésta y además, desde la eternidad habría predestinado a cada hombre para ser salvado o condenado. En consecuencia, ni el sufrimiento del Infierno ni el sufrimiento terrenal sirven para purificar de nada, y sólo son una muestra del absurdo antropomorfismo que invade las doctrinas de la Jerarquía Católica, pues el perdón de un ser infinitamente misericordioso no debería requerir para nada de la venganza consistente en causar sufrimiento a quien hubiera podido causarle una ofensa o en complacerse por ese sufrimiento.
Pero, además, sería estúpidamente pretencioso considerar que el ser humano tuviera la capacidad de ofender o de causar el más ligero disgusto a un ser perfecto como lo sería Dios si existiera, pues en el propio concepto de perfección iría incluida necesariamente la absoluta inmutabilidad y, por ello, la impasibilidad de tal ser, totalmente alejado de las posibilidades humanas de provocar en él cualquier alteración como sería el doloroso sentimiento de haber sido ofendido. Como dice un refrán español, “no ofende quien quiere, sino quien puede”, pero ¿quién podría ofender a Dios –si existiera-? Sería realmente muy pretencioso y estúpido suponer que el ser humano tuviera la capacidad de causar la más mínima molestia a un ser tan absolutamente poderoso como debería serlo ese ser imaginario. Pero, además, el ser humano no sólo no podría ofender a Dios sino que ni siquiera podría querer hacerlo si existiera, pues en cuanto Dios sería el ser que colmaría cualquier deseo humano, sería contradictorio odiar o despreciar aquella realidad que a la vez fuera objeto de amor y deseo, ya que en cuanto Dios fuera el bien absoluto y en cuanto, como dice Aristóteles, el bien es aquello a lo que todo tiende ( ), es efectivamente una contradicción afirmar que se pueda odiar aquello que al mismo tiempo se ama y se desea.
Pero entonces, ¿qué sentido tiene esta apología del dolor? Parece que las doctrinas y creencias aparentemente más absurdas tienen siempre una explicación oculta que puede aflorar cuando se analizan las circunstancias en que ha surgido. Y, en este sentido, es evidente que esta doctrina ha servido y mucho a los intereses económicos de la Jerarquía Católica, pues su insistencia en la idea del ser humano como pecador y de que la penitencia es el modo de obtener el perdón divino consiguen calar en los creyentes más ingenuos y más dóciles, que de este modo llegan a comportarse de un modo más sumiso y servil con su Jerarquía, la cual sabe además encauzar la ejecución de las penitencias “debidas” hacia el terreno económico, sugiriendo a sus dóciles penitentes la idea de que pueden sustituir la penitencia física por otras formas de penitencia más útiles para colaborar con la obra de Dios, como diversos “donativos”, “ofrendas”, “herencias”, “limosnas” a la Iglesia Católica –o, más exactamente, a la Jerarquía Católica, y presionándoles hasta el momento de su muerte para que puedan realizar esta última obra de caridad que repercutirá en el bien de su eterna salvación, aunque, sin duda, mucho más claramente en el incremento de la riqueza de las arcas sin fondo del Vaticano y de los diversos palacios arzobispales y episcopales, sin que llegue nunca el momento en que éstos decidan repartirlas entre los pobres para cumplir con el mensaje de aquél en cuyo nombre dicen predicar-.
LA CONTRADICCIÓN DE LA JERARQUÍA CATÓLICA SEGÚN LA CUAL CONSIDERA LA VIDA COMO UN “VALLE DE LÁGRIMAS”, OLVIDANDO QUE EL SUPUESTO AMOR INFINITO DE DIOS SERÍA INCOMPATIBLE CON TAL PERSPECTIVA Y QUE SÓLO UN “DIOS SÁDICO” PODRÍA COMPLACERSE CON EL SUFRIMIENTO, EL DOLOR Y LAS PENITENCIAS, TAN VALORADAS POR LA JERARQUÍA CATÓLICA COMO “GRATÍSIMAS A DIOS”.
La doctrina tradicional de la jerarquía católica considera la vida terrena como un valle de lágrimas, un destierro, un lugar para la penitencia, el sufrimiento y el ayuno, al que el hombre fue desterrado para pagar por “el pecado original” (?) y “purificarse” a fin de alcanzar la “bienaventuranza eterna”.
En este sentido y para comprobar la vigencia de esta doctrina puede ser suficiente hacer referencia a las palabras del fundador del Opus Dei, “San José María Escrivá”, cuando escribe
- “Ningún ideal se hace realidad sin sacrificio. -Niégate. - ¡Es tan hermoso ser víctima!” ( ).
- “Bendito sea el dolor. -Amado sea el dolor. -Santificado sea el dolor... ¡Glorificado sea el dolor!” ( ).
- “El ayuno riguroso es penitencia gratísima a Dios” ( ).
Estas palabras casi no merecen comentario. Se califican por sí mismas. Expresan pura y simplemente le masoquismo de un loco, complementario del sadismo de un supuesto dios igualmente absurdo, pero así ha presentado la jerarquía católica al dios del cristianismo a lo largo de los siglos.
¿Es compatible esa “glorificación del dolor” con la idea de un “dios amor”? Sólo desde la hipocresía o desde la locura de un sádico podría afirmarse “amado sea el dolor”. Pues ¿qué sentido tendría entonces luchar contra el dolor, la miseria y el hambre, si se tratase de realidades tan “gratísimas a Dios”, según escribía el fundador del Opus?
CRÍTICA: Este punto de vista representa uno de los motivos de que la Jerarquía Católica defienda toda clase de penitencias y ataque el placer sexual como pecado, considerando que sólo es legítimo dentro del matrimonio y cuando se produce como una simple consecuencia del cumplimiento del precepto bíblico “creced y multiplicaos”, entendiendo en consecuencia que la búsqueda del placer en las relaciones sexuales, desvinculada del objetivo de la procreación, debe considerarse como pecado, siendo ésa la causa por la que igualmente condene el uso del preservativo. Éste es el motivo de que la Jerarquía Católica considere igualmente que los días de la “Cuaresma” son días de penitencia, de ayuno, de azotes, de abstención de carne –aunque no de caviar y de otros manjares-, presentando a Dios como un ser sádico que se complace con el sufrimiento humano. Y, ciertamente, desde una visión antropomórfica de cortas miras, podría verse a Dios de este modo, asimilándolo con los diversos reyezuelos y señores terrenales de cualquier época. Pero en cualquier caso la imposible hipótesis de un Dios como perfección absoluta en ningún caso podría corresponderse con esta otra, tan ridícula y absurda.
A simple vista parece que se trata de una absurda doctrina que tiene como fundamentos históricos el mito del pecado original y el de la Ley del Talión, basada en la venganza, en cuanto considera que un daño queda compensado con otro daño: “Ojo por ojo y diente por diente” (Éxodo, 21, 24; Lev., 24, 20). Esta antigua ley es incompatible con la idea del Dios-amor y va ligada a la idea de que el sufrimiento purifica, y que, por ello, cualquier penalidad que el hombre padezca debe ser recibido incluso con alegría, teniendo conciencia de que de ese modo el hombre colabora con Jesús en su obra redentora, la cual por otra parte ni siquiera se habría producido por el sufrimiento del propio Jesús en la cruz, quien efectivamente no habría logrado que “su Padre” perdonase a la humanidad, pues, según los Evangelios, condena al “fuego eterno” a la mayor parte de ésta y además, desde la eternidad habría predestinado a cada hombre para ser salvado o condenado. En consecuencia, ni el sufrimiento del Infierno ni el sufrimiento terrenal sirven para purificar de nada, y sólo son una muestra del absurdo antropomorfismo que invade las doctrinas de la Jerarquía Católica, pues el perdón de un ser infinitamente misericordioso no debería requerir para nada de la venganza consistente en causar sufrimiento a quien hubiera podido causarle una ofensa o en complacerse por ese sufrimiento.
Pero, además, sería estúpidamente pretencioso considerar que el ser humano tuviera la capacidad de ofender o de causar el más ligero disgusto a un ser perfecto como lo sería Dios si existiera, pues en el propio concepto de perfección iría incluida necesariamente la absoluta inmutabilidad y, por ello, la impasibilidad de tal ser, totalmente alejado de las posibilidades humanas de provocar en él cualquier alteración como sería el doloroso sentimiento de haber sido ofendido. Como dice un refrán español, “no ofende quien quiere, sino quien puede”, pero ¿quién podría ofender a Dios –si existiera-? Sería realmente muy pretencioso y estúpido suponer que el ser humano tuviera la capacidad de causar la más mínima molestia a un ser tan absolutamente poderoso como debería serlo ese ser imaginario. Pero, además, el ser humano no sólo no podría ofender a Dios sino que ni siquiera podría querer hacerlo si existiera, pues en cuanto Dios sería el ser que colmaría cualquier deseo humano, sería contradictorio odiar o despreciar aquella realidad que a la vez fuera objeto de amor y deseo, ya que en cuanto Dios fuera el bien absoluto y en cuanto, como dice Aristóteles, el bien es aquello a lo que todo tiende ( ), es efectivamente una contradicción afirmar que se pueda odiar aquello que al mismo tiempo se ama y se desea.
Pero entonces, ¿qué sentido tiene esta apología del dolor? Parece que las doctrinas y creencias aparentemente más absurdas tienen siempre una explicación oculta que puede aflorar cuando se analizan las circunstancias en que ha surgido. Y, en este sentido, es evidente que esta doctrina ha servido y mucho a los intereses económicos de la Jerarquía Católica, pues su insistencia en la idea del ser humano como pecador y de que la penitencia es el modo de obtener el perdón divino consiguen calar en los creyentes más ingenuos y más dóciles, que de este modo llegan a comportarse de un modo más sumiso y servil con su Jerarquía, la cual sabe además encauzar la ejecución de las penitencias “debidas” hacia el terreno económico, sugiriendo a sus dóciles penitentes la idea de que pueden sustituir la penitencia física por otras formas de penitencia más útiles para colaborar con la obra de Dios, como diversos “donativos”, “ofrendas”, “herencias”, “limosnas” a la Iglesia Católica –o, más exactamente, a la Jerarquía Católica, y presionándoles hasta el momento de su muerte para que puedan realizar esta última obra de caridad que repercutirá en el bien de su eterna salvación, aunque, sin duda, mucho más claramente en el incremento de la riqueza de las arcas sin fondo del Vaticano y de los diversos palacios arzobispales y episcopales, sin que llegue nunca el momento en que éstos decidan repartirlas entre los pobres para cumplir con el mensaje de aquél en cuyo nombre dicen predicar-.
lunes, 5 de enero de 2009
30. LOS SUPUESTOS MILAGROS CONTRADICEN LA SUPUESTA OMNISCIENCIA DIVINA.
-LA JERARQUÍA CATÓLICA PROCLAMA LA EXISTENCIA DE MILAGROS, ES DECIR, MODIFICACIONES DE LOS PLANES ETERNOS DIVINOS, COMO SI DE PRONTO DIOS DESCUBRIESE QUE SE HABÍA EQUIVOCADO EN ELLOS, LO CUAL ESTARÍA EN CONTRADICCIÓN CON SU SUPUESTA SABIDURÍA INFINITA-
CRÍTICA: Esta doctrina –al igual que la del punto anterior- contradice la supuesta omnisciencia divina por la cual los planes de Dios, al ser perfectos e inmutables, no pueden ser modificados como consecuencia de peticiones humanas que le hicieran variar de opinión. Sin embargo, desde hace ya muchos siglos la Jerarquía Católica ha encontrado en esta creencia otra forma de diversificar sus inmensos negocios, inculcando en los fieles la idea de que Dios realiza milagros especiales, alterando el funcionamiento natural de sus supuestas leyes eternas.
Como ya se ha dicho, la misma crítica dirigida en contra del valor de la oración vale igualmente para los milagros en cuanto son contradictorios con la supuesta sabiduría y poder infinitos del dios católico. En efecto, quienes creen en los milagros parece que no tienen en cuenta la predeterminación divina, aspecto de la omnipotencia de Dios según el cual, de acuerdo con su poder y sabiduría infinita, ha establecido todos y cada uno de los sucesos que se vayan a producir a lo largo de cada instante “hasta la consumación de los siglos”
La creencia en los milagros sólo se explica a partir del antropomorfismo de suponer que, de pronto y a última hora Dios, de manera directa o por la mediación de su madre o de alguno de los llamados “santos”, cambia los planes de sus leyes eternas y los rectifica para resolver un asunto particular que, al parecer, no se le ocurrió prever cuando, desde la eternidad, “predeterminó” el desenvolvimiento de todos y cada uno de los sucesos a lo largo del tiempo. Esta doctrina supondría el absurdo de considerar que o bien Dios se equivocó al establecer sus designios eternos, o bien se equivoca ahora cuando los modifica, atendiendo a las súplicas de los hombres o dejándose llevar de la compasión, como si anteriormente no la hubiera tenido en cuenta. Ambos planteamientos contradicen la idea de la absoluta perfección divina y, por ello, resultan contradictorios entre sí.
Por otra parte, resulta sarcástico y de un egoísmo ciego y ridículo llegar a creer que Dios o la Virgen o cualquier santo puedan estar pendientes del reuma o de la parálisis de alguien -con tal que tenga suficiente dinero como para ir a peregrinar a Lourdes-, y considerar perfectamente natural que al mismo tiempo se olviden de los casi 40.000 niños que cada día mueren de hambre en medio de la más absoluta miseria, niños que habrían sido olvidados por Dios y por la Virgen por no haber podido viajar a Lourdes o a cualquier otro santuario taumatúrgico para ser escuchados adecuadamente, como si estos lugares tuvieran la exclusiva de las telecomunicaciones con Dios, la Virgen o el resto de los “santos”.
Sin embargo, a la Jerarquía Católica le interesa de manera especial pasar por alto estas contradicciones de las que es más que probable que sea plenamente consciente, tratando más bien de fomentar la creencia en tales fenómenos por dos motivos fundamentales:
-En primer lugar, por el suculento e incalculable beneficio económico que consigue en la serie de “santuarios” repartidos por gran parte del planeta –como los de Lourdes y Fátima-, que se convierten en lugares de “turismo religioso” en los que, aunque no se produzcan los milagros solicitados, sí se produce el milagro económico consistente en la creación y desarrollo de boyantes comercios, dentro y fuera de los correspondientes “santuarios”, y los correspondientes ingresos económicos para la Jerarquía Católica.
-Y, en segundo lugar, porque la histeria colectiva que va asociada a la aglomeración de gran cantidad de creyentes en esos lugares tiene un efecto multiplicador en el crecimiento de su fanatismo por el hecho de estar inmersos en medio de una muchedumbre que comparte las mismas creencias, y tal situación les lleva a creer más firmemente en la verdad de sus creencias, lo cual, aunque sea un error absurdo, contribuye al crecimiento del gran negocio de la Jerarquía Católica, que es la que se enriquece y disfruta de los beneficios obtenidos mediante la serie de ceremonias teatrales que se realizan en tales lugares en espera de los correspondientes “milagros”. Tales “milagros” sólo son un espejismo derivado de un adecuado montaje teatral, relacionado igualmente con una histeria colectiva que, efectivamente, puede provocar, en determinadas circunstancias, que un paralítico pueda llegar a andar.
Como anécdota ilustrativa en relación con los supuestos milagros y apariciones sobrenaturales, en la localidad valenciana de Alzira, el “vidente” Ángel Muñoz consiguió convencer a un puñado de gente sencilla de que cada mes se le aparecía la Virgen del Rosario en el Racó de les Vinyes para trasmitirle mensajes similares a los de las niñas de Fátima. Las limosnas de esta gente le permitieron “ganar” (?) dinero suficiente como para comprar una casa, que convirtió en “convento”, y seis apartamentos en la playa de Gandía, convenciendo a sus devotos de que todos los meses se le aparecía la Virgen.
Engaños similares se han producido en diversos lugares de España, como en el Escorial, donde la Virgen “se aparecía” (?) a una señora –Amparo Cuevas- y donde los captados por esta persona formaron una agrupación religiosa que obligaba a sus adeptos a darle su patrimonio y a vivir en sus residencias.
El resultado obtenido por estos “iluminados” es similar al obtenido en Lourdes, con la diferencia de que el negocio de Lourdes está mucho mejor montado y, al ser aceptado por la Jerarquía Católica como lugar santo de auténtica aparición de la Virgen, tiene muchas más probabilidades de prosperar a lo largo del tiempo, mientras que estos otros lugares que van por libre llegan a ser denunciados por la misma Jerarquía Católica en el caso de que pretendan actuar sin estar integrados en su organización, convirtiéndose así en competencia de su propio negocio.
Si alguien dudase de la falsedad de los supuestos milagros, podría reflexionar en el hecho de que, aunque en ocasiones se ha hablado de un paralítico que en Lourdes ha recuperado la movilidad de sus piernas, o de ciegos con ojos que recuperan la visión o de enfermos que se curan, resulta muy llamativo que nunca se haya mencionado que a un cojo le hayan crecido un par de piernas; o de que un ciego sin ojos haya conseguido el milagro de obtenerlos junto con la visión correspondiente, o de difuntos que, después de cinco años de haber sido enterrados, hayan sido resucitados. Eso sí resultaría realmente asombroso y debería dar lugar a un estudio serio para tratar de entenderlo. Y sería comprensible que se lo considerase como “milagro”, al menos mientras la ciencia no encontrase una explicación de tales sucesos aparentemente inexplicables.
Resulta curioso como simple anécdota relacionada con la auténtica finalidad de estos lugares recordar que –al menos hasta hace sólo unos pocos años- a la entrada al recinto del santuario de Lourdes había un letrero que decía en varios idiomas: “Prohibido mendigar”. Es triste y sarcástico que en el mismo lugar al que la gente acude para “mendigar” a María un milagro se haya llegado a prohibir mendigar una simple limosna. La explicación de esta prohibición parece consistir, por una parte, en que el dinero que se dé a los pobres es dinero que deja de darse a la Jerarquía Católica, que sí mendiga limosnas o incluso pagos estipulados por cualquier tipo de gracia que se pretenda conseguir de María mediante las oraciones y ceremonias, y, por otra, un segundo motivo importante de tal prohibición, tan contradictoria con los teóricos fines de la Iglesia Católica, es que la presencia incontrolada de gente que vive en medio del hambre y de la miseria crearía un ambiente “demasiado lastimoso” y visualmente incompatible con la adecuada parafernalia teatral de la que se espera el auténtico milagro de Lourdes, consistente en los suculentos beneficios económicos que obtienen tanto la Jerarquía Católica como la ingente cantidad de comercios e industrias montados en torno a las visiones de unas niñas posiblemente mal alimentadas, pero suficientemente adoctrinadas.
Al margen de la contradicción señalada, no dejaría de ser asombroso y ciertamente paradójico y escandaloso que María, la que, según el evangelio atribuido a Lucas, tuvo a su hijo en un pesebre, se preocupase especialmente de los problemas de quienes al menos tienen dinero suficiente para realizar el viaje a su santuario, y no de la gente que malvive y muere de hambre, tanto si se trata de los pobres que no tienen dinero para acceder a ese lugar como si se trata de quienes ni siquiera lo tienen para alimentarse.
Así que parece que el auténtico milagro de tales lugares consiste de manera especial en las ingentes ganancias económicas obtenidas por la Jerarquía Católica y en los boyantes negocios que se crean en tales lugares, relacionados con el “turismo religioso”, con la venta de recuerdos, medallas, imágenes y estampitas, y con la creación de establecimientos hoteleros y demás negocios ligados a las visitas a esos “santos lugares” (?).
-LA JERARQUÍA CATÓLICA PROCLAMA LA EXISTENCIA DE MILAGROS, ES DECIR, MODIFICACIONES DE LOS PLANES ETERNOS DIVINOS, COMO SI DE PRONTO DIOS DESCUBRIESE QUE SE HABÍA EQUIVOCADO EN ELLOS, LO CUAL ESTARÍA EN CONTRADICCIÓN CON SU SUPUESTA SABIDURÍA INFINITA-
CRÍTICA: Esta doctrina –al igual que la del punto anterior- contradice la supuesta omnisciencia divina por la cual los planes de Dios, al ser perfectos e inmutables, no pueden ser modificados como consecuencia de peticiones humanas que le hicieran variar de opinión. Sin embargo, desde hace ya muchos siglos la Jerarquía Católica ha encontrado en esta creencia otra forma de diversificar sus inmensos negocios, inculcando en los fieles la idea de que Dios realiza milagros especiales, alterando el funcionamiento natural de sus supuestas leyes eternas.
Como ya se ha dicho, la misma crítica dirigida en contra del valor de la oración vale igualmente para los milagros en cuanto son contradictorios con la supuesta sabiduría y poder infinitos del dios católico. En efecto, quienes creen en los milagros parece que no tienen en cuenta la predeterminación divina, aspecto de la omnipotencia de Dios según el cual, de acuerdo con su poder y sabiduría infinita, ha establecido todos y cada uno de los sucesos que se vayan a producir a lo largo de cada instante “hasta la consumación de los siglos”
La creencia en los milagros sólo se explica a partir del antropomorfismo de suponer que, de pronto y a última hora Dios, de manera directa o por la mediación de su madre o de alguno de los llamados “santos”, cambia los planes de sus leyes eternas y los rectifica para resolver un asunto particular que, al parecer, no se le ocurrió prever cuando, desde la eternidad, “predeterminó” el desenvolvimiento de todos y cada uno de los sucesos a lo largo del tiempo. Esta doctrina supondría el absurdo de considerar que o bien Dios se equivocó al establecer sus designios eternos, o bien se equivoca ahora cuando los modifica, atendiendo a las súplicas de los hombres o dejándose llevar de la compasión, como si anteriormente no la hubiera tenido en cuenta. Ambos planteamientos contradicen la idea de la absoluta perfección divina y, por ello, resultan contradictorios entre sí.
Por otra parte, resulta sarcástico y de un egoísmo ciego y ridículo llegar a creer que Dios o la Virgen o cualquier santo puedan estar pendientes del reuma o de la parálisis de alguien -con tal que tenga suficiente dinero como para ir a peregrinar a Lourdes-, y considerar perfectamente natural que al mismo tiempo se olviden de los casi 40.000 niños que cada día mueren de hambre en medio de la más absoluta miseria, niños que habrían sido olvidados por Dios y por la Virgen por no haber podido viajar a Lourdes o a cualquier otro santuario taumatúrgico para ser escuchados adecuadamente, como si estos lugares tuvieran la exclusiva de las telecomunicaciones con Dios, la Virgen o el resto de los “santos”.
Sin embargo, a la Jerarquía Católica le interesa de manera especial pasar por alto estas contradicciones de las que es más que probable que sea plenamente consciente, tratando más bien de fomentar la creencia en tales fenómenos por dos motivos fundamentales:
-En primer lugar, por el suculento e incalculable beneficio económico que consigue en la serie de “santuarios” repartidos por gran parte del planeta –como los de Lourdes y Fátima-, que se convierten en lugares de “turismo religioso” en los que, aunque no se produzcan los milagros solicitados, sí se produce el milagro económico consistente en la creación y desarrollo de boyantes comercios, dentro y fuera de los correspondientes “santuarios”, y los correspondientes ingresos económicos para la Jerarquía Católica.
-Y, en segundo lugar, porque la histeria colectiva que va asociada a la aglomeración de gran cantidad de creyentes en esos lugares tiene un efecto multiplicador en el crecimiento de su fanatismo por el hecho de estar inmersos en medio de una muchedumbre que comparte las mismas creencias, y tal situación les lleva a creer más firmemente en la verdad de sus creencias, lo cual, aunque sea un error absurdo, contribuye al crecimiento del gran negocio de la Jerarquía Católica, que es la que se enriquece y disfruta de los beneficios obtenidos mediante la serie de ceremonias teatrales que se realizan en tales lugares en espera de los correspondientes “milagros”. Tales “milagros” sólo son un espejismo derivado de un adecuado montaje teatral, relacionado igualmente con una histeria colectiva que, efectivamente, puede provocar, en determinadas circunstancias, que un paralítico pueda llegar a andar.
Como anécdota ilustrativa en relación con los supuestos milagros y apariciones sobrenaturales, en la localidad valenciana de Alzira, el “vidente” Ángel Muñoz consiguió convencer a un puñado de gente sencilla de que cada mes se le aparecía la Virgen del Rosario en el Racó de les Vinyes para trasmitirle mensajes similares a los de las niñas de Fátima. Las limosnas de esta gente le permitieron “ganar” (?) dinero suficiente como para comprar una casa, que convirtió en “convento”, y seis apartamentos en la playa de Gandía, convenciendo a sus devotos de que todos los meses se le aparecía la Virgen.
Engaños similares se han producido en diversos lugares de España, como en el Escorial, donde la Virgen “se aparecía” (?) a una señora –Amparo Cuevas- y donde los captados por esta persona formaron una agrupación religiosa que obligaba a sus adeptos a darle su patrimonio y a vivir en sus residencias.
El resultado obtenido por estos “iluminados” es similar al obtenido en Lourdes, con la diferencia de que el negocio de Lourdes está mucho mejor montado y, al ser aceptado por la Jerarquía Católica como lugar santo de auténtica aparición de la Virgen, tiene muchas más probabilidades de prosperar a lo largo del tiempo, mientras que estos otros lugares que van por libre llegan a ser denunciados por la misma Jerarquía Católica en el caso de que pretendan actuar sin estar integrados en su organización, convirtiéndose así en competencia de su propio negocio.
Si alguien dudase de la falsedad de los supuestos milagros, podría reflexionar en el hecho de que, aunque en ocasiones se ha hablado de un paralítico que en Lourdes ha recuperado la movilidad de sus piernas, o de ciegos con ojos que recuperan la visión o de enfermos que se curan, resulta muy llamativo que nunca se haya mencionado que a un cojo le hayan crecido un par de piernas; o de que un ciego sin ojos haya conseguido el milagro de obtenerlos junto con la visión correspondiente, o de difuntos que, después de cinco años de haber sido enterrados, hayan sido resucitados. Eso sí resultaría realmente asombroso y debería dar lugar a un estudio serio para tratar de entenderlo. Y sería comprensible que se lo considerase como “milagro”, al menos mientras la ciencia no encontrase una explicación de tales sucesos aparentemente inexplicables.
Resulta curioso como simple anécdota relacionada con la auténtica finalidad de estos lugares recordar que –al menos hasta hace sólo unos pocos años- a la entrada al recinto del santuario de Lourdes había un letrero que decía en varios idiomas: “Prohibido mendigar”. Es triste y sarcástico que en el mismo lugar al que la gente acude para “mendigar” a María un milagro se haya llegado a prohibir mendigar una simple limosna. La explicación de esta prohibición parece consistir, por una parte, en que el dinero que se dé a los pobres es dinero que deja de darse a la Jerarquía Católica, que sí mendiga limosnas o incluso pagos estipulados por cualquier tipo de gracia que se pretenda conseguir de María mediante las oraciones y ceremonias, y, por otra, un segundo motivo importante de tal prohibición, tan contradictoria con los teóricos fines de la Iglesia Católica, es que la presencia incontrolada de gente que vive en medio del hambre y de la miseria crearía un ambiente “demasiado lastimoso” y visualmente incompatible con la adecuada parafernalia teatral de la que se espera el auténtico milagro de Lourdes, consistente en los suculentos beneficios económicos que obtienen tanto la Jerarquía Católica como la ingente cantidad de comercios e industrias montados en torno a las visiones de unas niñas posiblemente mal alimentadas, pero suficientemente adoctrinadas.
Al margen de la contradicción señalada, no dejaría de ser asombroso y ciertamente paradójico y escandaloso que María, la que, según el evangelio atribuido a Lucas, tuvo a su hijo en un pesebre, se preocupase especialmente de los problemas de quienes al menos tienen dinero suficiente para realizar el viaje a su santuario, y no de la gente que malvive y muere de hambre, tanto si se trata de los pobres que no tienen dinero para acceder a ese lugar como si se trata de quienes ni siquiera lo tienen para alimentarse.
Así que parece que el auténtico milagro de tales lugares consiste de manera especial en las ingentes ganancias económicas obtenidas por la Jerarquía Católica y en los boyantes negocios que se crean en tales lugares, relacionados con el “turismo religioso”, con la venta de recuerdos, medallas, imágenes y estampitas, y con la creación de establecimientos hoteleros y demás negocios ligados a las visitas a esos “santos lugares” (?).
29. LA ORACIÓN COMO TENTACIÓN A DIOS
CONTRADICCIÓN DE LA JERARQUÍA CATÓLICA SEGÚN LA CUAL LA ORACIÓN PUEDE MODIFICAR LAS DECISIONES DE DIOS, PREVIAMENTE ESTABLECIDAS DE ACUERDO CON SU SUPUESTA SABIDURÍA, INMUTABILIDAD, PROVIDENIA Y PERFECCIÓN.
La jerarquía católica proclama que Dios es inmutable y omnisciente, y, como consecuencia, que desde la eternidad ha predeterminado de modo infalible todos los sucesos del Universo y, entre ellos, los actos humanos. Por otra parte, afirma igualmente el valor de la oración a Dios, a la virgen María y a cualquiera de los llamados santos para conseguir por su mediación determinados favores que el hombre les implore.
La segunda doctrina es especialmente importante para todo el funcionamiento de la organización católica, pues todas las ceremonias, espectáculos, misas, procesiones, entierros, bautismos, bodas y demás ceremonias de la jerarquía católica van ligadas a diversas oraciones por las que se ruega a Dios –a la Virgen o a cualquier santo- que realice -o intercedan a Dios para que realice- determinada acción en nuestro beneficio particular o en aquello que cada uno juzga como un beneficio particular, al margen de que encaje o no con los planes eternos de la supuesta providencia divina. El mismo jefe de la jerarquía católica se asoma todos los días a un balcón de la basílica de San Pedro en el Vaticano para el rezo del “Angelus” y, en otras ocasiones, para rezar por los enfermos, por los difuntos, por los heridos, por la paz del mundo, por la solución de cualquier dificultad… Y, de ese modo, resulta evidente que la actividad relacionada con las oraciones tiene una importancia esencial y definitiva para justificación de la iglesia católica -y para la de cualquier religión en general-.
CRÍTICA: Sin embargo y aunque a primera vista parezca que este punto de vista justifique la oración, conviene preguntar si en realidad la oración tiene algún sentido. Si la doctrina de la predeterminación divina es válida, entonces es evidente que la oración no tiene sentido alguno en cuanto ya todo esté programado por Dios desde la eternidad, de manera que rezar implicaría pedirle a Dios que se olvidase de sus planes para realizar aquello que se le pidiese mediante la oración. Y, si el rezo tuviera sentido, entonces lo que sería evidente es que la acción divina no estaría necesariamente predeterminada por él y que él mismo no sería inmutable en sus decisiones sino sometido a variaciones de criterio como consecuencia de la fuerza que las peticiones humanas ejercieran sobre él a la hora de aceptarlas o rechazarlas.
Pero, en definitiva, lo más importante del asunto es que estas doctrinas son contradictorias entre sí.
Como consecuencia de su antropomorfismo la jerarquía católica, al igual que la de la práctica totalidad de religiones, considera que las oraciones humanas pueden modificar las decisiones de su divinidad, negando de modo implícito la inmutabilidad, la sabiduría y la providencia de su dios, cualidades que, por otra parte, proclaman como dogmas de fe.
Al margen de su carácter contradictorio, esta doctrina tiene una primordial importancia para el enriquecimiento económico de la organización católica en cuanto de este modo y mediante las diversas ceremonias en las que la oración se convierte en su parte esencial la jerarquía católica recauda una ingente cantidad de dinero como consecuencia de toda clase de rituales mágicos relacionados con los diversos rezos y de la correspondiente tarifa económica establecida por la jerarquía católica local: Por la salvación de las almas de los difuntos, por las víctimas de un terremoto, por los combatientes de un bando de una guerra, por los combatientes del otro, por la victoria de un bando en esa guerra, por la victoria del otro, por la paz del mundo, por el buen funcionamiento de los tanques y aviones de guerra, por el Papa, por Franco, por Hitler, por el alma de un familiar, por nuestras autoridades, por los pobres del mundo para que soporten su situación con cristiana resignación, por los ricos para agradecer a Dios sus riquezas y para pedirle que las incremente, por que Dios nos libre de las sequías, por librarnos de los diluvios, por librarnos de cualquier plaga, por librarnos de una enfermedad, por habernos salvado de morir en un accidente, por no habernos librado, pero para que nos conceda la eterna salvación, por que nos toque la lotería, por haber hecho que nos tocase, por el perdón de nuestros pecados, por el perdón de los pecados ajenos, por la conversión de los judíos, por la conversión de Rusia, por el milagro de curarnos de una enfermedad curable o incurable, por agradecerle el aumento de nuestro patrimonio obtenido mediante la explotación del prójimo, mediante la usura o el robo, para agradecerle lo bien que vivimos en “el primer mundo”, mientras una tercera parte de la población mundial sufre y muere en medio de la más absoluta miseria…
En definitiva, la oración se convierte de este modo en el núcleo fundamental de casi todas las ceremonias religiosas y en lo que da sentido a la asistencia de los fieles al local religioso en donde las oraciones parecen llegar mejor a su destino, hasta el punto de que sin ellas esos mismos locales –las iglesias- dejarían de tener sentido.
La jerarquía Católica, al fomentar esta doctrina, tan imprescindible para su funcionamiento y para la sostenibilidad económica de su negocio, parece olvidar que Dios, siendo infinitamente bueno, omnipotente y omnisciente, no necesitaría que nadie, a través de sus oraciones, tratase de recordarle lo que tiene que hacer ni tratase de influir en él pidiéndole que cambiase sus planes, realizando acciones contrarias a sus designios eternos.
Aunque puede parecer natural que uno recurra a Dios cuando se encuentra ante una dificultad frente a la cual se siente impotente, esa actitud es incongruente con las doctrinas religiosas acerca de Dios, quien, en cuanto fuera omnipotente, omnisciente e infinitamente bueno, haría siempre lo mejor y no tendría sentido pedirle que lo hiciera. Es más, en el fondo de esta cuestión existe una especie de dilema que conduce a una contradicción que sólo se resolvería con la desaparición de cualquier forma de oración que implicase una petición a Dios, fuera del tipo que fuese.
En efecto, el núcleo del problema se encuentra en el siguiente dilema:
-Cuando uno hace una petición a Dios o bien le pide que realice lo mejor, o bien le pide que realice algo que no es lo mejor.
-La primera parte de la alternativa o bien implicaría una especie de desconfianza consciente o inconsciente hacia Dios, por suponer que sólo hará lo mejor si uno se lo pide y no porque sea infinitamente bueno, o bien implicaría cierta ignorancia en asuntos de “Teología” por desconocer que Dios siempre hace lo mejor y que, en consecuencia, no tiene sentido pedirle que lo realice.
A lo largo de su historia más remota, la humanidad ha creado una imagen antropomórfica de Dios de manera que, del mismo modo que ha considerado natural pedir favores a los poderosos por la confianza de que las súplicas y manifestaciones de respeto y sumisión podrán influir en una predisposición más favorable respecto a sus peticiones, así también llega a creer que la mejor o peor predisposición de Dios depende igualmente de las diversas súplicas y oraciones mediante las cuales le manifieste su respeto, su adoración y su fidelidad, y no de su sabiduría y de su bondad infinitas.
-Por otro lado, la segunda parte de la alternativa implicaría algo así como tentar a Dios, al rogarle que dejase de hacer lo mejor en un sentido absoluto para hacer lo que uno valorase como lo mejor para él.
A la objeción según la cual, aunque Dios realizaría siempre lo mejor, desea que el hombre se lo pida, hay que responder que es absurdo tener que pedir lo que de antemano se sabe que necesariamente se ha de cumplir por ser lo mejor y por depender de Dios, que sólo actúa de acuerdo con este principio. Además, suponer que Dios desea que el hombre le pida cualquier cosa presupone de nuevo esa interpretación antropomórfica de Dios, pues, si Dios fuera perfecto, sería una equivocación suponer en él la existencia de deseos, ya que sólo quien carece de algo puede desearlo, pero por definición un ser perfecto de nada carece y, por ello, nada desea.
Quizá alguien pudiera objetar que sería el hecho de pedirle algo a Dios lo que convertiría esa petición en algo bueno. Pero ya en el siglo XIV Guillermo de Ockam señaló que la bondad de cualquier realidad estaba subordinada a la omnipotencia divina; y, en consecuencia, que Dios había establecido los distintos valores no porque fueran buenos en sí mismos, sino que eran buenos porque Él así lo había establecido, de manera que no existía nada que fuera bueno en sí mismo de forma que sirviera de guía a la que debieran someterse las decisiones divinas, pues en tal caso Dios dejaría de ser omnipotente por estar subordinadas sus decisiones a ese supuesto bien absoluto que estaría por encima de Él. Esta situación se presenta como mayormente absurda en cuanto la bondad o maldad de cualquier acción divina estaría subordinada al hecho de que el hombre la pidiese a Dios, en lugar de que su bondad o maldad estuviera subordinada a la propia divinidad, tal como consideraba Ockham. Tomando, pues, como referencia estas observaciones, si se hace depender el bien de una acción del hecho de que el hombre la pida, en ese caso se estará negando la omnipotencia de Dios al subordinar su voluntad a un bien que lo es no porque él así lo haya establecido, sino porque el hombre se lo haya pedido. Además, aceptando ese planteamiento, uno podría pedirle a Dios, por ejemplo, que matase a todos sus enemigos; pero no parece que tal petición se pueda convertir en buena por el hecho de pedirla. Por lo tanto, parece claro que el criterio de la bondad de una petición no puede encontrarse en el hecho de que el hombre la pida a Dios, sino que previamente dicha acción debe ya ser buena en cuanto el propio Dios así lo haya decidido.
En definitiva, toda esa tradición relacionada con las distintas modalidades de la oración tiene un componente esencial y exclusivamente antropomórfico por el que se tiende a ver a Dios como un ser cuya voluntad puede ser comprada o modificada mediante suplicas, sacrificios, ayunos, gestos de sumisión y obediencia, etc. Y, en este sentido, habría que considerar la oración (en cuanto petición) como una ofensa a Dios, pues o bien supondría una desconfianza, o bien una pretensión de tentar a Dios, y, en cualquier caso, no tendría sentido verla como un acto piadoso.
En definitiva, en cuanto la mayor parte del ritual cristiano gira en torno a la oración y en cuanto la oración sería una ofensa a Dios, en esta misma medida el conjunto de rituales y ceremonias establecidas por la Jerarquía Católica carece de sentido: Así sucede no sólo con las diversas ceremonias relacionadas con lo anteriormente señalado, como especialmente la Misa, sino también con las distintas oraciones prefabricadas, como el Padre nuestro, el Ave María, la Salve, la Letanía, el Rosario, el Vía Crucis, el Réquiem por los difuntos, y todas las ceremonias cuya esencia se relaciona siempre con peticiones y ruegos a Dios.
Eliminada la oración del ritual religioso, ¿qué sentido podría tener acudir a las iglesias? ¿Qué se le podría decir a Dios que él no supiese? ¿Habría que acercarse a la Iglesia para agradecer a Dios sus favores? Pero a Dios no le supondría ningún esfuerzo el hacerlos; además, si los hiciera, no sería porque el hombre se lo pidiese sino porque serían una manifestación de la perfección divina, la cual le llevaría en todo momento a obrar de acuerdo con ella, tanto cuando pareciese que beneficiaba al hombre como cuando pareciese que le perjudicaba. En definitiva, Dios haría siempre lo mejor y no podría hacer otra cosa porque su perfección le llevaría a querer sólo mejor, y, por ello, la oración carecería de sentido.
Aceptando esta crítica, alguien podría argumentar que la oración podría ser un medio para sentir más intensamente la unión con Dios, venciendo así el sentimiento de soledad que en ocasiones acompaña al hombre y tomando una conciencia renovada de la presencia de Dios y de su constante protección. Sin embargo, desde el momento en que uno tratase de ponerse “en contacto con Dios”, sólo estaría demostrando su desconfianza respecto a la constante omnipresencia divina y esa conducta sólo sería una muestra más de debilidad y no un mérito especial.
Por ello, si a la Iglesia no la guiasen intereses económicos, como los que se muestran en los grandes montajes del Vaticano, de Lourdes, de Fátima y de tantos otros lugares de peregrinación y de negocios montados en torno a la esperanza en los milagros de María y de muchos otros objetos de devoción, debería prohibir o eliminar la oración. Pero, claro está, eso implicaría su suicidio como institución económica –que es lo que esencialmente es-, pues la existencia de los ambiciosos intereses económicos de la Jerarquía Católica, cuya economía se sustenta en la ingenua credulidad de la mayoría de los católicos de base, es el obstáculo más importante para la superación de este antropomorfismo criticado ya en cierto modo por el genio de Platón mucho antes de la aparición del Cristianismo.
CONTRADICCIÓN DE LA JERARQUÍA CATÓLICA SEGÚN LA CUAL LA ORACIÓN PUEDE MODIFICAR LAS DECISIONES DE DIOS, PREVIAMENTE ESTABLECIDAS DE ACUERDO CON SU SUPUESTA SABIDURÍA, INMUTABILIDAD, PROVIDENIA Y PERFECCIÓN.
La jerarquía católica proclama que Dios es inmutable y omnisciente, y, como consecuencia, que desde la eternidad ha predeterminado de modo infalible todos los sucesos del Universo y, entre ellos, los actos humanos. Por otra parte, afirma igualmente el valor de la oración a Dios, a la virgen María y a cualquiera de los llamados santos para conseguir por su mediación determinados favores que el hombre les implore.
La segunda doctrina es especialmente importante para todo el funcionamiento de la organización católica, pues todas las ceremonias, espectáculos, misas, procesiones, entierros, bautismos, bodas y demás ceremonias de la jerarquía católica van ligadas a diversas oraciones por las que se ruega a Dios –a la Virgen o a cualquier santo- que realice -o intercedan a Dios para que realice- determinada acción en nuestro beneficio particular o en aquello que cada uno juzga como un beneficio particular, al margen de que encaje o no con los planes eternos de la supuesta providencia divina. El mismo jefe de la jerarquía católica se asoma todos los días a un balcón de la basílica de San Pedro en el Vaticano para el rezo del “Angelus” y, en otras ocasiones, para rezar por los enfermos, por los difuntos, por los heridos, por la paz del mundo, por la solución de cualquier dificultad… Y, de ese modo, resulta evidente que la actividad relacionada con las oraciones tiene una importancia esencial y definitiva para justificación de la iglesia católica -y para la de cualquier religión en general-.
CRÍTICA: Sin embargo y aunque a primera vista parezca que este punto de vista justifique la oración, conviene preguntar si en realidad la oración tiene algún sentido. Si la doctrina de la predeterminación divina es válida, entonces es evidente que la oración no tiene sentido alguno en cuanto ya todo esté programado por Dios desde la eternidad, de manera que rezar implicaría pedirle a Dios que se olvidase de sus planes para realizar aquello que se le pidiese mediante la oración. Y, si el rezo tuviera sentido, entonces lo que sería evidente es que la acción divina no estaría necesariamente predeterminada por él y que él mismo no sería inmutable en sus decisiones sino sometido a variaciones de criterio como consecuencia de la fuerza que las peticiones humanas ejercieran sobre él a la hora de aceptarlas o rechazarlas.
Pero, en definitiva, lo más importante del asunto es que estas doctrinas son contradictorias entre sí.
Como consecuencia de su antropomorfismo la jerarquía católica, al igual que la de la práctica totalidad de religiones, considera que las oraciones humanas pueden modificar las decisiones de su divinidad, negando de modo implícito la inmutabilidad, la sabiduría y la providencia de su dios, cualidades que, por otra parte, proclaman como dogmas de fe.
Al margen de su carácter contradictorio, esta doctrina tiene una primordial importancia para el enriquecimiento económico de la organización católica en cuanto de este modo y mediante las diversas ceremonias en las que la oración se convierte en su parte esencial la jerarquía católica recauda una ingente cantidad de dinero como consecuencia de toda clase de rituales mágicos relacionados con los diversos rezos y de la correspondiente tarifa económica establecida por la jerarquía católica local: Por la salvación de las almas de los difuntos, por las víctimas de un terremoto, por los combatientes de un bando de una guerra, por los combatientes del otro, por la victoria de un bando en esa guerra, por la victoria del otro, por la paz del mundo, por el buen funcionamiento de los tanques y aviones de guerra, por el Papa, por Franco, por Hitler, por el alma de un familiar, por nuestras autoridades, por los pobres del mundo para que soporten su situación con cristiana resignación, por los ricos para agradecer a Dios sus riquezas y para pedirle que las incremente, por que Dios nos libre de las sequías, por librarnos de los diluvios, por librarnos de cualquier plaga, por librarnos de una enfermedad, por habernos salvado de morir en un accidente, por no habernos librado, pero para que nos conceda la eterna salvación, por que nos toque la lotería, por haber hecho que nos tocase, por el perdón de nuestros pecados, por el perdón de los pecados ajenos, por la conversión de los judíos, por la conversión de Rusia, por el milagro de curarnos de una enfermedad curable o incurable, por agradecerle el aumento de nuestro patrimonio obtenido mediante la explotación del prójimo, mediante la usura o el robo, para agradecerle lo bien que vivimos en “el primer mundo”, mientras una tercera parte de la población mundial sufre y muere en medio de la más absoluta miseria…
En definitiva, la oración se convierte de este modo en el núcleo fundamental de casi todas las ceremonias religiosas y en lo que da sentido a la asistencia de los fieles al local religioso en donde las oraciones parecen llegar mejor a su destino, hasta el punto de que sin ellas esos mismos locales –las iglesias- dejarían de tener sentido.
La jerarquía Católica, al fomentar esta doctrina, tan imprescindible para su funcionamiento y para la sostenibilidad económica de su negocio, parece olvidar que Dios, siendo infinitamente bueno, omnipotente y omnisciente, no necesitaría que nadie, a través de sus oraciones, tratase de recordarle lo que tiene que hacer ni tratase de influir en él pidiéndole que cambiase sus planes, realizando acciones contrarias a sus designios eternos.
Aunque puede parecer natural que uno recurra a Dios cuando se encuentra ante una dificultad frente a la cual se siente impotente, esa actitud es incongruente con las doctrinas religiosas acerca de Dios, quien, en cuanto fuera omnipotente, omnisciente e infinitamente bueno, haría siempre lo mejor y no tendría sentido pedirle que lo hiciera. Es más, en el fondo de esta cuestión existe una especie de dilema que conduce a una contradicción que sólo se resolvería con la desaparición de cualquier forma de oración que implicase una petición a Dios, fuera del tipo que fuese.
En efecto, el núcleo del problema se encuentra en el siguiente dilema:
-Cuando uno hace una petición a Dios o bien le pide que realice lo mejor, o bien le pide que realice algo que no es lo mejor.
-La primera parte de la alternativa o bien implicaría una especie de desconfianza consciente o inconsciente hacia Dios, por suponer que sólo hará lo mejor si uno se lo pide y no porque sea infinitamente bueno, o bien implicaría cierta ignorancia en asuntos de “Teología” por desconocer que Dios siempre hace lo mejor y que, en consecuencia, no tiene sentido pedirle que lo realice.
A lo largo de su historia más remota, la humanidad ha creado una imagen antropomórfica de Dios de manera que, del mismo modo que ha considerado natural pedir favores a los poderosos por la confianza de que las súplicas y manifestaciones de respeto y sumisión podrán influir en una predisposición más favorable respecto a sus peticiones, así también llega a creer que la mejor o peor predisposición de Dios depende igualmente de las diversas súplicas y oraciones mediante las cuales le manifieste su respeto, su adoración y su fidelidad, y no de su sabiduría y de su bondad infinitas.
-Por otro lado, la segunda parte de la alternativa implicaría algo así como tentar a Dios, al rogarle que dejase de hacer lo mejor en un sentido absoluto para hacer lo que uno valorase como lo mejor para él.
A la objeción según la cual, aunque Dios realizaría siempre lo mejor, desea que el hombre se lo pida, hay que responder que es absurdo tener que pedir lo que de antemano se sabe que necesariamente se ha de cumplir por ser lo mejor y por depender de Dios, que sólo actúa de acuerdo con este principio. Además, suponer que Dios desea que el hombre le pida cualquier cosa presupone de nuevo esa interpretación antropomórfica de Dios, pues, si Dios fuera perfecto, sería una equivocación suponer en él la existencia de deseos, ya que sólo quien carece de algo puede desearlo, pero por definición un ser perfecto de nada carece y, por ello, nada desea.
Quizá alguien pudiera objetar que sería el hecho de pedirle algo a Dios lo que convertiría esa petición en algo bueno. Pero ya en el siglo XIV Guillermo de Ockam señaló que la bondad de cualquier realidad estaba subordinada a la omnipotencia divina; y, en consecuencia, que Dios había establecido los distintos valores no porque fueran buenos en sí mismos, sino que eran buenos porque Él así lo había establecido, de manera que no existía nada que fuera bueno en sí mismo de forma que sirviera de guía a la que debieran someterse las decisiones divinas, pues en tal caso Dios dejaría de ser omnipotente por estar subordinadas sus decisiones a ese supuesto bien absoluto que estaría por encima de Él. Esta situación se presenta como mayormente absurda en cuanto la bondad o maldad de cualquier acción divina estaría subordinada al hecho de que el hombre la pidiese a Dios, en lugar de que su bondad o maldad estuviera subordinada a la propia divinidad, tal como consideraba Ockham. Tomando, pues, como referencia estas observaciones, si se hace depender el bien de una acción del hecho de que el hombre la pida, en ese caso se estará negando la omnipotencia de Dios al subordinar su voluntad a un bien que lo es no porque él así lo haya establecido, sino porque el hombre se lo haya pedido. Además, aceptando ese planteamiento, uno podría pedirle a Dios, por ejemplo, que matase a todos sus enemigos; pero no parece que tal petición se pueda convertir en buena por el hecho de pedirla. Por lo tanto, parece claro que el criterio de la bondad de una petición no puede encontrarse en el hecho de que el hombre la pida a Dios, sino que previamente dicha acción debe ya ser buena en cuanto el propio Dios así lo haya decidido.
En definitiva, toda esa tradición relacionada con las distintas modalidades de la oración tiene un componente esencial y exclusivamente antropomórfico por el que se tiende a ver a Dios como un ser cuya voluntad puede ser comprada o modificada mediante suplicas, sacrificios, ayunos, gestos de sumisión y obediencia, etc. Y, en este sentido, habría que considerar la oración (en cuanto petición) como una ofensa a Dios, pues o bien supondría una desconfianza, o bien una pretensión de tentar a Dios, y, en cualquier caso, no tendría sentido verla como un acto piadoso.
En definitiva, en cuanto la mayor parte del ritual cristiano gira en torno a la oración y en cuanto la oración sería una ofensa a Dios, en esta misma medida el conjunto de rituales y ceremonias establecidas por la Jerarquía Católica carece de sentido: Así sucede no sólo con las diversas ceremonias relacionadas con lo anteriormente señalado, como especialmente la Misa, sino también con las distintas oraciones prefabricadas, como el Padre nuestro, el Ave María, la Salve, la Letanía, el Rosario, el Vía Crucis, el Réquiem por los difuntos, y todas las ceremonias cuya esencia se relaciona siempre con peticiones y ruegos a Dios.
Eliminada la oración del ritual religioso, ¿qué sentido podría tener acudir a las iglesias? ¿Qué se le podría decir a Dios que él no supiese? ¿Habría que acercarse a la Iglesia para agradecer a Dios sus favores? Pero a Dios no le supondría ningún esfuerzo el hacerlos; además, si los hiciera, no sería porque el hombre se lo pidiese sino porque serían una manifestación de la perfección divina, la cual le llevaría en todo momento a obrar de acuerdo con ella, tanto cuando pareciese que beneficiaba al hombre como cuando pareciese que le perjudicaba. En definitiva, Dios haría siempre lo mejor y no podría hacer otra cosa porque su perfección le llevaría a querer sólo mejor, y, por ello, la oración carecería de sentido.
Aceptando esta crítica, alguien podría argumentar que la oración podría ser un medio para sentir más intensamente la unión con Dios, venciendo así el sentimiento de soledad que en ocasiones acompaña al hombre y tomando una conciencia renovada de la presencia de Dios y de su constante protección. Sin embargo, desde el momento en que uno tratase de ponerse “en contacto con Dios”, sólo estaría demostrando su desconfianza respecto a la constante omnipresencia divina y esa conducta sólo sería una muestra más de debilidad y no un mérito especial.
Por ello, si a la Iglesia no la guiasen intereses económicos, como los que se muestran en los grandes montajes del Vaticano, de Lourdes, de Fátima y de tantos otros lugares de peregrinación y de negocios montados en torno a la esperanza en los milagros de María y de muchos otros objetos de devoción, debería prohibir o eliminar la oración. Pero, claro está, eso implicaría su suicidio como institución económica –que es lo que esencialmente es-, pues la existencia de los ambiciosos intereses económicos de la Jerarquía Católica, cuya economía se sustenta en la ingenua credulidad de la mayoría de los católicos de base, es el obstáculo más importante para la superación de este antropomorfismo criticado ya en cierto modo por el genio de Platón mucho antes de la aparición del Cristianismo.
sábado, 3 de enero de 2009
28. LA SUPUESTA INFALIBIDAD DEL PAPA
CONTRADICCIONES fUNDAMENTALES DE LA JERARQUÍA CATÓLICA: EL "CÍRCULO VICIOSO" POR EL CUAL LA JERARQUÍA CATÓLICA DEFIENDE COMO DOGMA DE FE LA INFALIBILIDAD DEL PARA, DOCTRINA QUE SÓLO HUBIERA TENIDO SENTIDO A PARTIR DEL CONOCIMIENTO PREVIO DE LA INFALIBILIDAD DE QUIEN HUBIERA DECLARADO TAL INFALIBILIDAD.
La Jerarquía Católica afirma que su jefe supremo, el Papa, es infalible cuando habla “ex cathedra” en materias de fe y costumbres. Esta doctrina fue declarada dogma de fe por el papa Pío IX en el Concilio Vaticano I en el año 1870. Nos encontramos aquí con la asombrosa afirmación de un dogma de la Iglesia católica descubierto ¡después de 19 siglos de Cristianismo!, como si el propio Dios se hubiera olvidado de comunicarlo cuando comenzó la historia de tal organización. En apoyo del papa, “sor Lucía”, una de las “testigos” [¡?!] de las supuestas apariciones de María en Fátima, dijo que "quien no está con el Papa no está con Dios; y quien quiera estar con Dios tiene que estar con el Papa" ( ).
Ante este descubrimiento, tan importante (?) como reciente, resulta realmente asombroso que la Jerarquía Católica haya estado funcionando durante casi 2.000 años sin tener conciencia de tal infalibilidad de su jefe supremo, a pesar de lo útil que le habría resultado conocer ese don tan especial a la hora de señalar qué era verdad y qué era falso, evitando así las múltiples discusiones y herejías surgidas por la falta de conocimiento de la existencia de un líder clarividente, inspirado directamente por el propio Dios.
CRÍTICA: El problema de carácter simplemente lógico que plantea la proclamación de un dogma como éste es que incurre en un “círculo vicioso” en cuanto su valor está supeditado a la aceptación previa del supuesto de que las doctrinas conciliares sean infalibles, con lo cual se quiere decir que si las doctrinas conciliares son infalibles y si una de tales doctrinas es la de que el Papa es infalible, entonces el Papa es infalible. Pero entonces el problema lógico se traslada al de demostrar que las doctrinas conciliares sean infalibles, afirmación que resulta ya indemostrable y que, por ello, sólo podría establecerse de manera dogmática e irracional, proclamando gratuitamente que tales doctrinas conciliares sean infalibles, procedimiento que efectivamente es el más usual en las declaraciones de la Jerarquía Católica. Pero, siendo fiel a la Lógica y a la razón en general, lo único que podría afirmarse manera rigurosa sería la tautología según la cual si las doctrinas conciliares son infalibles, entonces las doctrinas conciliares son infalibles, lo cual no permitiría avanzar un solo paso en la demostración de que el Papa fuera infalible, ya que para proclamar su infalibilidad el concilio Vaticano I partía de una situación de desconocimiento milenario de esa supuesta facultad de las reuniones conciliares, y, claro está, desde tal desconocimiento de si el propio concilio era infalible o no, desde la coherencia lógica no se podía proclamar como dogma que lo fuera ni que, como consecuencia de su ejercicio, pudiese descubrir que el papa también la tuviera.
Tal proclamación de infalibilidad fue algo así como un “golpe de estado” doctrinal respecto al resto de la agrupación católica, a partir del cual en lo sucesivo nadie podría opinar libremente acerca de las doctrinas de fe o de la moralidad de las costumbres a excepción del propio jefe supremo de la Jerarquía Católica.
Por otra parte, con la proclamación de este dogma mediante el que se quiere exaltar la idea de la milagrosa iluminación divina por parte del “Espíritu Santo”, la Jerarquía Católica se tiende a sí misma una trampa de cierta importancia en cuanto las contradicciones en que vaya incurriendo tendrán un carácter más grave por la teórica imposibilidad de los papas para rectificarlas, pues, una vez proclamada una doctrina como dogma de fe, ya ningún papa podrá modificar ese dogma en cuanto ello implicaría negar la infalibilidad del papa anterior, de cuya iluminación por el Espíritu Santo habría emanado la primera doctrina. Y, por ello, en la serie de ocasiones en que un papa se arriesga a contradecir las doctrinas establecidas ex cathedra por otro papa, se arriesga a dejar en evidencia ante los católicos de base el valor del dogma de la infalibilidad. También es verdad, sin embargo, que esos católicos no suelen estar pendientes de la serie de contradicciones doctrinales en que incurren el papa y los cardenales, Hasta ahora la actitud de los fieles ha sido en general bastante confiada, a pesar de las muchas ocasiones se han proclamado doctrinas contradictorias por parte de los papas. En este sentido, Galileo fue condenado por defender el heliocentrismo, doctrina que la Jerarquía Católica negaba entonces, mientras que ahora no le ha quedado otro remedio que aceptarla por la evidencia de la Astronomía. Es indiscutible que la supuesta infalibilidad del papa no funcionó adecuadamente en aquellos momentos del siglo XVII, y, sin embargo, la Jerarquía Católica ha tenido el descaro y la osadía de proclamarla de nuevo, pese a ese y muchos otros errores en los que ha incurrido a lo largo del tiempo, porque sabe por experiencia de muchos siglos que los católicos de bases no se preocupan mucho de esos “matices irrelevantes”.
Así que, a pesar de estos inconvenientes, para la Jerarquía Católica el dogma de la infalibilidad de su jefe es una herramienta importante con miras a su funcionamiento económico y político, ya que de ese modo puede intentar recuperar la fuerza social y moral que con el desarrollo y la autonomía de las democracias modernas respecto a su anterior dependencia ideológica de las doctrinas de “Roma” había ido perdiendo en los últimos siglos, y dedicarse a amenazar y a excomulgar de nuevo a todo aquel que no se atenga a las interpretaciones doctrinales defendidas por el Papa, quien de ese modo podrá ejercer mayor presión sobre cualquiera cuyas palabras o acciones puedan hacer peligrar la buena marcha económica de su negocio. Y, en este sentido, podrá seguir condenando la actitud de los “Teólogos de la Liberación”, cuyo compromiso con los pobres ha sido constantemente reprimido por la Jerarquía Católica, a la cual le interesa especialmente mantener buenas relaciones con los grandes explotadores de la humanidad, de quienes reciben beneficios económicos muy considerables, pero inversamente proporcionales a la mayor o menor complicidad de dicha jerarquía con los pobres, de quienes sólo recibe problemas y miseria, a pesar de que en teoría representan la coartada esencial de la Jerarquía Católica cuando se les plantea qué papel cumplen en la sociedad.
CONTRADICCIONES fUNDAMENTALES DE LA JERARQUÍA CATÓLICA: EL "CÍRCULO VICIOSO" POR EL CUAL LA JERARQUÍA CATÓLICA DEFIENDE COMO DOGMA DE FE LA INFALIBILIDAD DEL PARA, DOCTRINA QUE SÓLO HUBIERA TENIDO SENTIDO A PARTIR DEL CONOCIMIENTO PREVIO DE LA INFALIBILIDAD DE QUIEN HUBIERA DECLARADO TAL INFALIBILIDAD.
La Jerarquía Católica afirma que su jefe supremo, el Papa, es infalible cuando habla “ex cathedra” en materias de fe y costumbres. Esta doctrina fue declarada dogma de fe por el papa Pío IX en el Concilio Vaticano I en el año 1870. Nos encontramos aquí con la asombrosa afirmación de un dogma de la Iglesia católica descubierto ¡después de 19 siglos de Cristianismo!, como si el propio Dios se hubiera olvidado de comunicarlo cuando comenzó la historia de tal organización. En apoyo del papa, “sor Lucía”, una de las “testigos” [¡?!] de las supuestas apariciones de María en Fátima, dijo que "quien no está con el Papa no está con Dios; y quien quiera estar con Dios tiene que estar con el Papa" ( ).
Ante este descubrimiento, tan importante (?) como reciente, resulta realmente asombroso que la Jerarquía Católica haya estado funcionando durante casi 2.000 años sin tener conciencia de tal infalibilidad de su jefe supremo, a pesar de lo útil que le habría resultado conocer ese don tan especial a la hora de señalar qué era verdad y qué era falso, evitando así las múltiples discusiones y herejías surgidas por la falta de conocimiento de la existencia de un líder clarividente, inspirado directamente por el propio Dios.
CRÍTICA: El problema de carácter simplemente lógico que plantea la proclamación de un dogma como éste es que incurre en un “círculo vicioso” en cuanto su valor está supeditado a la aceptación previa del supuesto de que las doctrinas conciliares sean infalibles, con lo cual se quiere decir que si las doctrinas conciliares son infalibles y si una de tales doctrinas es la de que el Papa es infalible, entonces el Papa es infalible. Pero entonces el problema lógico se traslada al de demostrar que las doctrinas conciliares sean infalibles, afirmación que resulta ya indemostrable y que, por ello, sólo podría establecerse de manera dogmática e irracional, proclamando gratuitamente que tales doctrinas conciliares sean infalibles, procedimiento que efectivamente es el más usual en las declaraciones de la Jerarquía Católica. Pero, siendo fiel a la Lógica y a la razón en general, lo único que podría afirmarse manera rigurosa sería la tautología según la cual si las doctrinas conciliares son infalibles, entonces las doctrinas conciliares son infalibles, lo cual no permitiría avanzar un solo paso en la demostración de que el Papa fuera infalible, ya que para proclamar su infalibilidad el concilio Vaticano I partía de una situación de desconocimiento milenario de esa supuesta facultad de las reuniones conciliares, y, claro está, desde tal desconocimiento de si el propio concilio era infalible o no, desde la coherencia lógica no se podía proclamar como dogma que lo fuera ni que, como consecuencia de su ejercicio, pudiese descubrir que el papa también la tuviera.
Tal proclamación de infalibilidad fue algo así como un “golpe de estado” doctrinal respecto al resto de la agrupación católica, a partir del cual en lo sucesivo nadie podría opinar libremente acerca de las doctrinas de fe o de la moralidad de las costumbres a excepción del propio jefe supremo de la Jerarquía Católica.
Por otra parte, con la proclamación de este dogma mediante el que se quiere exaltar la idea de la milagrosa iluminación divina por parte del “Espíritu Santo”, la Jerarquía Católica se tiende a sí misma una trampa de cierta importancia en cuanto las contradicciones en que vaya incurriendo tendrán un carácter más grave por la teórica imposibilidad de los papas para rectificarlas, pues, una vez proclamada una doctrina como dogma de fe, ya ningún papa podrá modificar ese dogma en cuanto ello implicaría negar la infalibilidad del papa anterior, de cuya iluminación por el Espíritu Santo habría emanado la primera doctrina. Y, por ello, en la serie de ocasiones en que un papa se arriesga a contradecir las doctrinas establecidas ex cathedra por otro papa, se arriesga a dejar en evidencia ante los católicos de base el valor del dogma de la infalibilidad. También es verdad, sin embargo, que esos católicos no suelen estar pendientes de la serie de contradicciones doctrinales en que incurren el papa y los cardenales, Hasta ahora la actitud de los fieles ha sido en general bastante confiada, a pesar de las muchas ocasiones se han proclamado doctrinas contradictorias por parte de los papas. En este sentido, Galileo fue condenado por defender el heliocentrismo, doctrina que la Jerarquía Católica negaba entonces, mientras que ahora no le ha quedado otro remedio que aceptarla por la evidencia de la Astronomía. Es indiscutible que la supuesta infalibilidad del papa no funcionó adecuadamente en aquellos momentos del siglo XVII, y, sin embargo, la Jerarquía Católica ha tenido el descaro y la osadía de proclamarla de nuevo, pese a ese y muchos otros errores en los que ha incurrido a lo largo del tiempo, porque sabe por experiencia de muchos siglos que los católicos de bases no se preocupan mucho de esos “matices irrelevantes”.
Así que, a pesar de estos inconvenientes, para la Jerarquía Católica el dogma de la infalibilidad de su jefe es una herramienta importante con miras a su funcionamiento económico y político, ya que de ese modo puede intentar recuperar la fuerza social y moral que con el desarrollo y la autonomía de las democracias modernas respecto a su anterior dependencia ideológica de las doctrinas de “Roma” había ido perdiendo en los últimos siglos, y dedicarse a amenazar y a excomulgar de nuevo a todo aquel que no se atenga a las interpretaciones doctrinales defendidas por el Papa, quien de ese modo podrá ejercer mayor presión sobre cualquiera cuyas palabras o acciones puedan hacer peligrar la buena marcha económica de su negocio. Y, en este sentido, podrá seguir condenando la actitud de los “Teólogos de la Liberación”, cuyo compromiso con los pobres ha sido constantemente reprimido por la Jerarquía Católica, a la cual le interesa especialmente mantener buenas relaciones con los grandes explotadores de la humanidad, de quienes reciben beneficios económicos muy considerables, pero inversamente proporcionales a la mayor o menor complicidad de dicha jerarquía con los pobres, de quienes sólo recibe problemas y miseria, a pesar de que en teoría representan la coartada esencial de la Jerarquía Católica cuando se les plantea qué papel cumplen en la sociedad.
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