CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(IX)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
9. La contradicción según la cual Jesús critica la acción de Dios cuando, en referencia a Judas, dice “más le valdría a ese hombre no haber nacido”, frase que implica la afirmación de que Dios obró mal al crear a Judas y que, en consecuencia, su bondad o su sabiduría no serían infinitas.
La doctrina tradicional católica acepta el valor del contenido de los evangelios en cuanto inspirados por el “Espíritu santo” y, en consecuencia, acepta que Jesús, refiriéndose a Judas, dijo “más le valdría a ese hombre no haber nacido” ( ); al mismo tiempo, dicha jerarquía considera que Dios, por ser perfecto, hace siempre lo mejor.
CRÍTICA: Por ello y en cuanto las palabras de Jesús referidas a Judas representan una negación de que Dios hubiera hecho lo mejor al haber programado y decidido que Judas naciera, nos encontramos con dos doctrinas contradictorias entre sí.
Además de esta contradicción, según la perspectiva que se adopte al analizar estas afirmaciones, puede extraerse algún otro absurdo:
En primer lugar, asumiendo que Jesús fuera Dios y asumiendo igualmente que Dios hiciera siempre lo mejor, las palabras de Jesús o bien carecerían de sentido en cuanto habría sido él mismo quien habría determinado que Judas naciera o bien demostrarían que su sabiduría no era infinita cuando creó a Judas. Ante estas alternativas parece que, si se tienen en cuenta los mismos textos evangélicos en los que se niega que Jesús fuera Dios –según se indican en este mismo estudio-, podría entenderse que el propio Jesús simplemente se equivocase al olvidarse de la infinita misericordia divina o que asumiese, como también asumen los evangelios, que la misericordia divina no era infinita, por lo que la frase referida a Judas estaría motivada por la convicción de que la acción de Judas no sería perdonada por Dios.
Y, en segundo lugar, esta afirmación de Jesús implicaría su desconocimiento de la omnipotencia divina, de la que proviene la predeterminación y la predestinación de los hombres, y según la cual el propio Dios habría programado la existencia de Judas con todo el conjunto de las acciones que había de realizar a lo largo de su vida, incluida la traición a Jesús y su propio suicidio. Por ello, si Jesús hubiera sido Dios, habría sido absurdo que dijera esa frase, pues habría sabido que había sido él mismo quien habría obrado mal al crear a Judas, lo cual habría estado en contradicción con su sabiduría y con su bondad infinita.
En cualquier caso, estas palabras, referidas a Judas, son tan absurdas como todas aquellas que hacen referencia al Infierno, en cuanto
a) son contradictorias con la idea de un Dios omnipotente, que rige y predetermina todas las cosas,
b) son contradictorias con la idea de un Dios a la vez omnisciente, es decir, que sabe de antemano todo lo que va a suceder y que, por lo tanto, podía haber evitado la existencia de aquel de quien Jesús dice “más le valiera no haber nacido”, y
c) son contradictorias con la idea de un Dios infinitamente misericordioso para quien no habría ofensa que no pudiera perdonar.
Además, el absurdo se hace mayor, si cabe, si se tiene en cuenta que la doctrina cristiana considera que Jesús se encarnó a fin de ofrecerse en sacrificio en la cruz para el perdón de los pecados, sacrificio que, aunque era otro absurdo en sí mismo -pues Dios por su amor y misericordia infinitas hubiera podido perdonar sin necesidad de sacrificio alguno-, se produjo mediante la colaboración de Judas, que a su manera fue un instrumento que sirvió para que Jesús llevase a término su supuesta y absurda inmolación.
jueves, 6 de noviembre de 2008
miércoles, 5 de noviembre de 2008
CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(VIII)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
8. La contradicción acerca de la existencia en Dios de un amor infinito a sus criaturas junto con el castigo infinito y absurdo al que ya estaría condenado Lucifer y el resto de sus ángeles.
CRÍTICA en forma de diálogo imaginario entre Dios y Luzbel:
Paseaba Dios un día por los jardines del Edén, cuando de pronto oyó una voz que le decía:
-Buenos días, Dios. ¿Qué haces por aquí?
- ¡¿Y tú?! ¡¿Qué haces tú por aquí?! ¡¿Quién te ha dado permiso para estar en este lugar y para hablarme con ese atrevimiento?!
-¡Carajo! ¡Como si no nos conociéramos! ¡Ah, sí! Se me olvidaba de que presumes de ser Dios y de que te gusta mantener las distancias.
-¡Pues claro! ¡A ver que te has creído! Además, ¡que te tengo muy visto y no hay forma de que cambies!
-¡Vale, vale! ¡Parece como si estuvieras enfadado!
-¿Enfadado yo? ¡Que te crees tú eso! ¡Qué más quisieras! Lo único que pasa es que empiezo a cansarme de ti.
-Ése es tu problema. Yo no te pedí que me creases. Y la verdad es que no entiendo que, ¡con tu gran sabiduría!, me creases para enviarme al Infierno. ¡Y, encima, para siempre!
-¡Cuidado! ¡No vengas echándome las culpas! ¡Tú te rebelaste contra mí y ahora pagas las consecuencias!
-Pero, ¡¿no te parece que exageras?! Yo lo único que pretendí fue ser lo que tú eres. No veo qué delito hay en eso, pues todos dicen que Dios es lo mejor que se puede ser.
-Sí, pero tú sabías que Dios sólo puede haber uno y ése era yo
-Pues, ya te lo he dicho: Sentía curiosidad por saber que se siente siendo Dios. Además, si tu hijo dijo “¡sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” ( )!, ¿qué tiene de malo que yo haya querido ser perfecto como tú? Y, además, ¿qué méritos hiciste tú para ser Dios?
-¡Mucho cuidado con lo que dices, que lo vas a pagar muy caro!
-¿Aún te parece poco caro, si ya estoy en el Infierno?
-¿Que ya estás en el Infierno? Pues la cosa todavía puede ser peor. ¡Dame las gracias de que te consiento salir a pasearte por la Tierra e incluso encontrarte conmigo! ¡O con mi última creación, esos seres humanos, que casi me han salido tan mal como tú!
-¿Darte las gracias yo? ¿No te parece que te estás pasando? Encima de que me tienes condenado, ¡quieres que te dé las gracias! ¡Qué cinismo!
-¡Cuidado con ese lenguaje, que vas a agotar mi paciencia!
-Pues, ¡vaya paciencia la tuya! Y eso que dicen que es inagotable.
-Bueno, es un decir. Mi perfección es muy grande, pero, como ya somos viejos conocidos, te contaré un pequeño secreto: Hay ocasiones en que no consigo permanecer inmutable, a pesar de lo que digan mis teólogos terrenales.
-¡Vaya cuentos me cuentas ahora! ¡Como si no lo supiera! ¡A ver, si no, por qué estoy yo aquí! Pero, ahora que lo pienso, me parece que eso de que pierdas los nervios no es propio de un Dios. ¿Tengo razón o no?
-Pues, para ser sincero contigo debo decirte que también yo lo había pensado, hasta el punto de que he llegado a dudar de mi perfección.
-Pues, ¡piensa, piensa! ¡Que ya va siendo hora de que te bajes de tu pedestal, tan lleno de orgullo, y comiences a ser más humilde, que todos tenemos defectos y también tú!
-La verdad es que esto de ser Dios a veces me resulta aburrido. No me gusta ser tan frío ni tan “inmutable” como debería ser de acuerdo con mi perfección.
-¿Sabes que te digo? ¡Que me parece muy bien! A mi tampoco me gustaba eso de ser un ángel tan sumiso y por eso me rebelé.
-Creo que te comprendo.
-¡Pues no lo parece! ¡Si eres Dios, tú ya sabías que yo iba a intentar lo que intenté y, sin embargo, dejaste que sucediera esa comedia y luego me enviaste al Infierno! ¡¿No crees que la broma dura ya demasiado tiempo?!
-Te comprendo, pero, como Dios que soy, no me gusta cambiar mis decisiones y que luego me critiquen por ser tan voluble.
-Lo que dices es impropio de ti. ¡¿No te da vergüenza estar pendiente de las opiniones ajenas, cuando te consideras el más sabio?!
-¡Ya lo sé! Pero, ¿qué quieres que haga?
-¡Joder! ¿A ti que te parece? ¡Pues que me saques de ese maldito Infierno de una puñetera vez! ¿No te parece un acto de sadismo infinito tenerme ahí castigado por toda la eternidad? ¿A quién beneficia eso?
-¡Menos humos, Luzbel, aunque vengas del Infierno!
-¡¿Menos humos…?! ¡¡Vergüenza debería darte ser tan vengativo!!
-No se trata de venganza; es el castigo que te mereces por tu desobediencia.
-¡¿Qué castigo ni que cuentos?! ¡Tú lo que eres es un mal nacido!
-Ahí sí que te equivocas, pues para ser un mal nacido hace falta haber nacido, pero yo soy eterno.
-¡No vayas presumiendo tanto, que eso habría que verlo!
-Bueno, me estoy cansando de esta conversación y de tu mala educación.
-¡Y yo de tus mentiras! ¡Tanto presumir diciendo “mi amor es infinito”!
-¿Acaso no envié a mi hijo para salvar a los hombres?
-¡Vaya absurdo! Pero ¿cómo puedes vanagloriarte de eso? ¿Es posible que no te hayas dado cuenta de que no necesitabas enviar a tu hijo para nada?
-¡Qué sabrás tú de mis proyectos y de mis caminos!
-¡Ah, sí! ¡Ya he oído esa tontería de que “los caminos de la Providencia son inescrutables”!
-¡No es ninguna tontería! ¡Y no me hagas hablar más de la cuenta!
-¿Qué no te haga hablar? ¡A mi no me la pegas tú! Nos conocemos hace ya demasiado tiempo. ¡Sabes perfectamente que esa representación teatral fue un montaje absurdo!
-¿Por qué dices que fue absurdo?
-¡¿Pero acaso eres tonto?!
-¡Cuida ese lenguaje, si no quieres que…!
-Si no quiero ¿qué…? ¿Qué más puedes hacerme? ¿Añadir leña al fuego? ¡Estoy acostumbrado! Además, sólo quería decirte que eso de enviar a tu hijo para que muriese en una cruz fue una tontería,…un montaje teatral ridículo.
-¡¿Qué sabrás tú?!
-Pues sí. Te comportaste como esos tiranos terrenales que exigen sacrificios para perdonar. Y encima no te conformaste con una sencilla petición de perdón, no. ¡Querías un sacrificio digno de ti, el sacrificio de tu hijo hecho hombre! ¡Patético!
-¡Me habían desobedecido!
-¡¿Quién te había desobedecido?! Sólo Adán y Eva. ¿Qué tenían que ver los demás?
-¡Eran sus hijos!
-Y, claro está: Los hijos son culpables de lo que hacen sus padres. ¡¿No te fastidia?!
-No sé. Tal vez me precipité. Cuando uno es Dios, no tiene al lado a nadie que le aconseje.
-¡Pues podías haberme consultado a mí! Hasta los humanos dicen que “sabe más el diablo por viejo que por diablo”.
-¿Qué podrías haberme dicho que yo no supiera?
-Pues muy sencillo: Que tu venganza y tus castigos eran contradictorios con tu fama de misericordioso. Además y entre nosotros, ¡cómo les tomaste el pelo con la comedia de tu hijo sufriendo en la cruz! Has creado a los humanos tan cortitos de inteligencia que ni siquiera son capaces de entender que, por definición, la perfección de un Dios, tanto si lo llaman “Padre” como “Hijo” o como si lo quieren llamar “Espíritu Santo”, es incompatible con el sufrimiento. Así que esa comedia tuya, tomando la apariencia del que luego han llamado “tu Hijo”, te salió bien, pero realmente es una comedia estúpida, pues, si querías ser infinitamente misericordioso, tus castigos no tenían ningún sentido. Debías haber comprendido y haber perdonado a esos seres inconscientes que son los hombres... y también a mí mismo.
-¡Ah, ya se descubrió el pastel! ¡Por eso estás insistiendo en eso de la misericordia! ¡Tú lo que quieres es que te permita salir del Infierno y regresar al Cielo! Y en cuanto a lo de mi Hijo, procura no meterte en mis asuntos si no quieres que te encierre en el Infierno y te prohíba salir durante un millón de años, que siempre vas metiendo tu veneno para hacer que los hombres piensen, en lugar de someterse y creer en mi palabra.
-No te digo que no, pero, al margen de mi interés personal, no me negarás que lo que te digo tiene mucha más lógica que lo que tú has hecho.
-¡Qué sabrás tú de Lógica!
-¡Pues sí, he aprendido mucha a lo largo de los últimos siglos! ¡Y te digo que existe una contradicción total entre tu supuesta misericordia y el castigo eterno del Infierno, que sólo sirve para causar daño sin que ese daño tenga ninguna utilidad posterior positiva!
-¿Tú crees?
-¿Cómo puedes dudarlo? ¡Piensa un poco, que parece que tanta eternidad sólo te haya servido para atrofiarte la inteligencia!
-¡Por favor, no empieces otra vez con ataques personales!
-Te lo diré por última vez: ¡¿No entiendes que tu supuesta misericordia y amor infinitos son incompatibles con un castigo eterno como ese del Infierno?! ¡¿Qué padre condenaría a un hijo a tenerle alejado para siempre en medio de horribles sufrimientos que no sirvieran para mejorarle ni para nada?! ¡¿Es posible que no lo entiendas?!
-¡Ay, Luzbel! Casi consigues que me sienta culpable.
-¡Pues reconsidera tu actitud! Todos podemos equivocarnos, incluso tú, aunque seas Dios. Quizá la adoración de tanta gente a lo largo de tantos milenios se te ha subido a la cabeza y te ha llevado a confiar excesivamente en tu sabiduría. ¡Pero sabes que tengo razón! Llevo ya mucho tiempo sufriendo y asándome por una decisión tuya desproporcionada y vengativa. ¡No seas tan orgulloso y comprende que ese castigo es absurdo y sólo propio de tiranos psicópatas, como aquel humano al que llamaban Calígula! Además, tu propio “Hijo” iba predicando por ahí que había que amar a los enemigos… ¿Cómo se come eso con tu actitud? ¿Dónde está tu amor por mí, que soy tu supuesto “enemigo” a quien también deberías amar?
-Llevo tanto tiempo ocupado con los desastres humanos que no me había detenido a reflexionar a fondo sobre ese problema, pero reconozco que en lo que dices parece haber bastante sentido común, así que por esta vez te haré caso y pensaré un poco en ello, aunque no te prometo nada por el momento.
-Bueno, llevo ya tanto tiempo de condena que me conformo con que pienses en lo que te he dicho y con que seas consecuente con la razón y no con el capricho de un tirano.
-Vale, Luzbel. Me voy a crear unas cuantas galaxias. Ya seguiremos hablando dentro de algunos siglos. Ahora sal fuera de mi jardín, al que, por cierto, has entrado sin mi permiso. Déjame tranquilo y vete ya al Infierno.
-¡Al Infierno te vas tú, hijoputa!
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(VIII)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
8. La contradicción acerca de la existencia en Dios de un amor infinito a sus criaturas junto con el castigo infinito y absurdo al que ya estaría condenado Lucifer y el resto de sus ángeles.
CRÍTICA en forma de diálogo imaginario entre Dios y Luzbel:
Paseaba Dios un día por los jardines del Edén, cuando de pronto oyó una voz que le decía:
-Buenos días, Dios. ¿Qué haces por aquí?
- ¡¿Y tú?! ¡¿Qué haces tú por aquí?! ¡¿Quién te ha dado permiso para estar en este lugar y para hablarme con ese atrevimiento?!
-¡Carajo! ¡Como si no nos conociéramos! ¡Ah, sí! Se me olvidaba de que presumes de ser Dios y de que te gusta mantener las distancias.
-¡Pues claro! ¡A ver que te has creído! Además, ¡que te tengo muy visto y no hay forma de que cambies!
-¡Vale, vale! ¡Parece como si estuvieras enfadado!
-¿Enfadado yo? ¡Que te crees tú eso! ¡Qué más quisieras! Lo único que pasa es que empiezo a cansarme de ti.
-Ése es tu problema. Yo no te pedí que me creases. Y la verdad es que no entiendo que, ¡con tu gran sabiduría!, me creases para enviarme al Infierno. ¡Y, encima, para siempre!
-¡Cuidado! ¡No vengas echándome las culpas! ¡Tú te rebelaste contra mí y ahora pagas las consecuencias!
-Pero, ¡¿no te parece que exageras?! Yo lo único que pretendí fue ser lo que tú eres. No veo qué delito hay en eso, pues todos dicen que Dios es lo mejor que se puede ser.
-Sí, pero tú sabías que Dios sólo puede haber uno y ése era yo
-Pues, ya te lo he dicho: Sentía curiosidad por saber que se siente siendo Dios. Además, si tu hijo dijo “¡sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” ( )!, ¿qué tiene de malo que yo haya querido ser perfecto como tú? Y, además, ¿qué méritos hiciste tú para ser Dios?
-¡Mucho cuidado con lo que dices, que lo vas a pagar muy caro!
-¿Aún te parece poco caro, si ya estoy en el Infierno?
-¿Que ya estás en el Infierno? Pues la cosa todavía puede ser peor. ¡Dame las gracias de que te consiento salir a pasearte por la Tierra e incluso encontrarte conmigo! ¡O con mi última creación, esos seres humanos, que casi me han salido tan mal como tú!
-¿Darte las gracias yo? ¿No te parece que te estás pasando? Encima de que me tienes condenado, ¡quieres que te dé las gracias! ¡Qué cinismo!
-¡Cuidado con ese lenguaje, que vas a agotar mi paciencia!
-Pues, ¡vaya paciencia la tuya! Y eso que dicen que es inagotable.
-Bueno, es un decir. Mi perfección es muy grande, pero, como ya somos viejos conocidos, te contaré un pequeño secreto: Hay ocasiones en que no consigo permanecer inmutable, a pesar de lo que digan mis teólogos terrenales.
-¡Vaya cuentos me cuentas ahora! ¡Como si no lo supiera! ¡A ver, si no, por qué estoy yo aquí! Pero, ahora que lo pienso, me parece que eso de que pierdas los nervios no es propio de un Dios. ¿Tengo razón o no?
-Pues, para ser sincero contigo debo decirte que también yo lo había pensado, hasta el punto de que he llegado a dudar de mi perfección.
-Pues, ¡piensa, piensa! ¡Que ya va siendo hora de que te bajes de tu pedestal, tan lleno de orgullo, y comiences a ser más humilde, que todos tenemos defectos y también tú!
-La verdad es que esto de ser Dios a veces me resulta aburrido. No me gusta ser tan frío ni tan “inmutable” como debería ser de acuerdo con mi perfección.
-¿Sabes que te digo? ¡Que me parece muy bien! A mi tampoco me gustaba eso de ser un ángel tan sumiso y por eso me rebelé.
-Creo que te comprendo.
-¡Pues no lo parece! ¡Si eres Dios, tú ya sabías que yo iba a intentar lo que intenté y, sin embargo, dejaste que sucediera esa comedia y luego me enviaste al Infierno! ¡¿No crees que la broma dura ya demasiado tiempo?!
-Te comprendo, pero, como Dios que soy, no me gusta cambiar mis decisiones y que luego me critiquen por ser tan voluble.
-Lo que dices es impropio de ti. ¡¿No te da vergüenza estar pendiente de las opiniones ajenas, cuando te consideras el más sabio?!
-¡Ya lo sé! Pero, ¿qué quieres que haga?
-¡Joder! ¿A ti que te parece? ¡Pues que me saques de ese maldito Infierno de una puñetera vez! ¿No te parece un acto de sadismo infinito tenerme ahí castigado por toda la eternidad? ¿A quién beneficia eso?
-¡Menos humos, Luzbel, aunque vengas del Infierno!
-¡¿Menos humos…?! ¡¡Vergüenza debería darte ser tan vengativo!!
-No se trata de venganza; es el castigo que te mereces por tu desobediencia.
-¡¿Qué castigo ni que cuentos?! ¡Tú lo que eres es un mal nacido!
-Ahí sí que te equivocas, pues para ser un mal nacido hace falta haber nacido, pero yo soy eterno.
-¡No vayas presumiendo tanto, que eso habría que verlo!
-Bueno, me estoy cansando de esta conversación y de tu mala educación.
-¡Y yo de tus mentiras! ¡Tanto presumir diciendo “mi amor es infinito”!
-¿Acaso no envié a mi hijo para salvar a los hombres?
-¡Vaya absurdo! Pero ¿cómo puedes vanagloriarte de eso? ¿Es posible que no te hayas dado cuenta de que no necesitabas enviar a tu hijo para nada?
-¡Qué sabrás tú de mis proyectos y de mis caminos!
-¡Ah, sí! ¡Ya he oído esa tontería de que “los caminos de la Providencia son inescrutables”!
-¡No es ninguna tontería! ¡Y no me hagas hablar más de la cuenta!
-¿Qué no te haga hablar? ¡A mi no me la pegas tú! Nos conocemos hace ya demasiado tiempo. ¡Sabes perfectamente que esa representación teatral fue un montaje absurdo!
-¿Por qué dices que fue absurdo?
-¡¿Pero acaso eres tonto?!
-¡Cuida ese lenguaje, si no quieres que…!
-Si no quiero ¿qué…? ¿Qué más puedes hacerme? ¿Añadir leña al fuego? ¡Estoy acostumbrado! Además, sólo quería decirte que eso de enviar a tu hijo para que muriese en una cruz fue una tontería,…un montaje teatral ridículo.
-¡¿Qué sabrás tú?!
-Pues sí. Te comportaste como esos tiranos terrenales que exigen sacrificios para perdonar. Y encima no te conformaste con una sencilla petición de perdón, no. ¡Querías un sacrificio digno de ti, el sacrificio de tu hijo hecho hombre! ¡Patético!
-¡Me habían desobedecido!
-¡¿Quién te había desobedecido?! Sólo Adán y Eva. ¿Qué tenían que ver los demás?
-¡Eran sus hijos!
-Y, claro está: Los hijos son culpables de lo que hacen sus padres. ¡¿No te fastidia?!
-No sé. Tal vez me precipité. Cuando uno es Dios, no tiene al lado a nadie que le aconseje.
-¡Pues podías haberme consultado a mí! Hasta los humanos dicen que “sabe más el diablo por viejo que por diablo”.
-¿Qué podrías haberme dicho que yo no supiera?
-Pues muy sencillo: Que tu venganza y tus castigos eran contradictorios con tu fama de misericordioso. Además y entre nosotros, ¡cómo les tomaste el pelo con la comedia de tu hijo sufriendo en la cruz! Has creado a los humanos tan cortitos de inteligencia que ni siquiera son capaces de entender que, por definición, la perfección de un Dios, tanto si lo llaman “Padre” como “Hijo” o como si lo quieren llamar “Espíritu Santo”, es incompatible con el sufrimiento. Así que esa comedia tuya, tomando la apariencia del que luego han llamado “tu Hijo”, te salió bien, pero realmente es una comedia estúpida, pues, si querías ser infinitamente misericordioso, tus castigos no tenían ningún sentido. Debías haber comprendido y haber perdonado a esos seres inconscientes que son los hombres... y también a mí mismo.
-¡Ah, ya se descubrió el pastel! ¡Por eso estás insistiendo en eso de la misericordia! ¡Tú lo que quieres es que te permita salir del Infierno y regresar al Cielo! Y en cuanto a lo de mi Hijo, procura no meterte en mis asuntos si no quieres que te encierre en el Infierno y te prohíba salir durante un millón de años, que siempre vas metiendo tu veneno para hacer que los hombres piensen, en lugar de someterse y creer en mi palabra.
-No te digo que no, pero, al margen de mi interés personal, no me negarás que lo que te digo tiene mucha más lógica que lo que tú has hecho.
-¡Qué sabrás tú de Lógica!
-¡Pues sí, he aprendido mucha a lo largo de los últimos siglos! ¡Y te digo que existe una contradicción total entre tu supuesta misericordia y el castigo eterno del Infierno, que sólo sirve para causar daño sin que ese daño tenga ninguna utilidad posterior positiva!
-¿Tú crees?
-¿Cómo puedes dudarlo? ¡Piensa un poco, que parece que tanta eternidad sólo te haya servido para atrofiarte la inteligencia!
-¡Por favor, no empieces otra vez con ataques personales!
-Te lo diré por última vez: ¡¿No entiendes que tu supuesta misericordia y amor infinitos son incompatibles con un castigo eterno como ese del Infierno?! ¡¿Qué padre condenaría a un hijo a tenerle alejado para siempre en medio de horribles sufrimientos que no sirvieran para mejorarle ni para nada?! ¡¿Es posible que no lo entiendas?!
-¡Ay, Luzbel! Casi consigues que me sienta culpable.
-¡Pues reconsidera tu actitud! Todos podemos equivocarnos, incluso tú, aunque seas Dios. Quizá la adoración de tanta gente a lo largo de tantos milenios se te ha subido a la cabeza y te ha llevado a confiar excesivamente en tu sabiduría. ¡Pero sabes que tengo razón! Llevo ya mucho tiempo sufriendo y asándome por una decisión tuya desproporcionada y vengativa. ¡No seas tan orgulloso y comprende que ese castigo es absurdo y sólo propio de tiranos psicópatas, como aquel humano al que llamaban Calígula! Además, tu propio “Hijo” iba predicando por ahí que había que amar a los enemigos… ¿Cómo se come eso con tu actitud? ¿Dónde está tu amor por mí, que soy tu supuesto “enemigo” a quien también deberías amar?
-Llevo tanto tiempo ocupado con los desastres humanos que no me había detenido a reflexionar a fondo sobre ese problema, pero reconozco que en lo que dices parece haber bastante sentido común, así que por esta vez te haré caso y pensaré un poco en ello, aunque no te prometo nada por el momento.
-Bueno, llevo ya tanto tiempo de condena que me conformo con que pienses en lo que te he dicho y con que seas consecuente con la razón y no con el capricho de un tirano.
-Vale, Luzbel. Me voy a crear unas cuantas galaxias. Ya seguiremos hablando dentro de algunos siglos. Ahora sal fuera de mi jardín, al que, por cierto, has entrado sin mi permiso. Déjame tranquilo y vete ya al Infierno.
-¡Al Infierno te vas tú, hijoputa!
martes, 4 de noviembre de 2008
CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(VII)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
7. La contradicción según la cual, siendo infinita la misericordia de Dios, castiga a la mayoría de los hombres al fuego eterno del “Infierno”
De acuerdo con la dogmática tradicional de la jerarquía de esta organización cristiana, el señor Ratzinger –alias Benedicto XVI-, actual jefe supremo de la multinacional católica, ha vuelto a afirmar la doctrina de la existencia del Infierno como castigo eterno, afirmación que, por otra parte, no hubiera podido cambiar en cuanto pretendiera ser coherente con la doctrina tradicional cristiana referida a los “dogmas”, considerados como doctrinas incuestionablemente verdaderas y que, por ello mismo, no pueden ser modificadas por la decisión de una nueva autoridad –al margen de que de vez en cuando busquen cualquier pretexto para hacerlo, y elaboren diversos sofismas refinados para presentar la nueva doctrina como una versión más auténtica de la doctrina anterior-.
CRÍTICA: Tal doctrina contradictoria se encuentra ya en los mismos orígenes del cristianismo y se ha mantenido hasta la actualidad, considerándose además que una gran parte de la humanidad estaría predestinada a sufrir eternamente en el Infierno. En este sentido, en el evangelio a tribuido al apóstol Mateo se dice: “Son muchos los llamados, pero pocos los escogidos” ( ), “así será el fin del mundo. Saldrán los ángeles a separar a los malos de los buenos, y los echarán al horno de fuego; allí llorarán y les rechinarán los dientes” ( ), “apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles” ( ); y también: “irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” ( ). Igualmente y en este mismo sentido el Apocalipsis de Juan, escritor cristiano de finales del siglo I, es otro ejemplo de escrito muy logrado en el que Dios aparece como un juez vengativo en el que su misericordia brilla por su ausencia: “En cuanto a los cobardes, los incrédulos, los depravados, los criminales, los lujuriosos, los hechiceros, los idólatras y los embusteros todos, están destinados al lago ardiente de fuego y azufre, que es la segunda muerte” ( ).
Esta doctrina sobre un castigo eterno que emana de un Dios del que se afirma al mismo tiempo que es misericordia y amor infinito encierra una contradicción tan evidente que parece totalmente innecesario tratar de añadir comentario alguno. El castigo del Infierno no sólo es contradictorio con el amor y la misericordia infinita de Dios sino también con la anterior consideración según la cual todo lo que aparentemente hace el hombre es Dios quien lo hace, por lo que en ningún caso podría el hombre ser responsable y culpable de nada que le hiciera merecedor de castigo alguno.
Además, suponiendo que Dios existiera y que hubiese ordenado amar incluso a los propios enemigos, si luego condenase con castigos eternos a quienes supuestamente hubieran sido sus propios enemigos, el propio Dios habría sido incoherente con sus mandatos al no perdonar a tales enemigos, y sería realmente asombroso que el hombre fuera más capaz de perdón que el propio Dios, cuya misericordia se debía suponer infinita, en cuanto fuera verdad la doctrina según la cual “Dios es amor”, pues, efectivamente, no hace falta exprimirse los sesos de manera agotadora para comprender que la existencia del Infierno es contradictoria con tal doctrina. Pues, si ni siquiera resulta concebible que el más malvado de los hombres fuera capaz de castigar a un hijo con un sufrimiento eterno, sería un insulto a la bondad divina –si existiera- considerarla compatible con una monstruosidad semejante, teniendo en cuenta además que ese castigo no tendría otra finalidad que la de el castigo por el castigo mismo, la de causar sufrimiento de modo irracional y sólo como una absurda venganza.
En definitiva, la doctrina del Infierno es incompatible con la que afirma que Dios es misericordia y amor infinitos, y resulta asombroso comprobar hasta qué punto el adoctrinamiento religioso puede anular la racionalidad humana en cuanto puede lograr que las mentes infantiles adecuadamente adoctrinadas sean incapaces de ser consecuentes con la Lógica más elemental y mantengan dicha incapacidad durante el resto de su vida, perdiendo la facultad de tomar conciencia de una contradicción tan evidente; esa debilidad de la racionalidad humana se muestra por ello de un modo más claro en aquellos casos en los que la jerarquía de la organización católica se aprovecha de la temprana edad de la infancia para troquelar las mentes de los niños grabando en ellas la idea de que “la fe está por encima de la razón” y que, por ese motivo, deben considerar que allí donde perciben una contradicción en realidad deben acostumbrarse a considerar humildemente que se trata de un profundo misterio cuya comprensión no se encuentra a “su” alcance.
En estos últimos años algunos jerarcas católicos, como Karol Wojtyla –“Juan Pablo II” para sus “fieles”-, al comprobar que cada día ha ido en aumento el número críticas contra doctrinas tan irracionales y absurdas como la de la existencia del Infierno, han pensado que tal vez podían solucionar esta dificultad insuperable considerando que en realidad no era Dios quien condenaba sino que era el hombre quien elegía libremente vivir alejado de Dios, de manera que el Infierno no consistiría en otra cosa que en un estado de alejamiento de Dios por el que el hombre optaría libremente. Esa fue la postura defendida recientemente por esa máxima autoridad de la organización católica, el señor Wojtyla, cuando dijo que había que interpretar correctamente las palabras de la Biblia, que harían referencia al vacío de una vida sin Dios, de manera que el Infierno indicaría, más que un lugar, la situación en la que llegaría a encontrarse quien libre y definitivamente se alejase de Dios.
No obstante y para refutar de manera clara y definitiva el nuevo punto de vista de esta interpretación, puede hacerse referencia a otros textos evangélicos en los que se insiste en que el Infierno es un castigo que proviene de Dios y en que al margen de su sentido como sufrimiento psíquico, tiene también el carácter de un sufrimiento físico y eterno, tal como ya se ha visto por los textos anteriores y como puede corroborarse mediante otros textos como los siguientes: “temed […] al que puede destruir al hombre entero en el fuego eterno” ( ); “después dirá a los del otro lado: ‘Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles’ ” ( ); “temed a aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar al fuego eterno” ( ). Esta misma doctrina aparece en un texto de Pablo de Tarso, especialmente duro y claro por lo que se refiere a la acción vengadora de Dios, que no parece especialmente compatible con su supuesta misericordia infinita: “Puesto que Dios es justo, vendrá a retribuir con sufrimiento a los que ocasionan sufrimiento; y vosotros, los que sufrís, descansaréis con nosotros cuando Jesús, el Señor, se manifieste desde el cielo con sus poderosos ángeles; cuando aparezca entre llamas de fuego y tome venganza de los que no quieren conocer a Dios ni obedecer al evangelio de Jesús, nuestro Señor. Éstos sufrirán el castigo de una perdición eterna, lejos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” ( ).
Hay que insistir en definitiva en que, a pesar de que la reinterpretación del Infierno como un alejamiento de Dios, libre y voluntario por parte del hombre, está en diáfana contradicción con los textos citados, y, a pesar de que mediante esta “solución” Dios quedaría libre de cualquier responsabilidad por lo que se refiere al destino del hombre, en ella se olvida en primer lugar que, como se ha podido ver por las citas anteriores, cuando en el Nuevo Testamento se habla del Infierno, no se lo describe como un lugar o un estado al que uno se dirige voluntariamente sino como un lugar de castigo eterno al que el mismo Jesús envía a quienes no tengan fe en su palabra o no la cumplan; y, en segundo lugar y como también se ha dicho y comprobado en reiteradas ocasiones, de acuerdo con las doctrinas de esta organización, conviene no olvidar que el hombre no elegiría nada por su propia cuenta sino que, según indica Pablo de Tarso, protagonista principal en la creación del Cristianismo, o Tomás de Aquino, uno de sus teólogos más importantes, todo cuanto el hombre decide o hace es Dios quien lo decide o hace, por lo que, el hombre no elegiría alejarse de Dios, sino que habría sido Dios mismo quien habría decidido esa supuesta elección del hombre, tal como se ha demostrado en el capítulo VI cuando Tomás de Aquino, en su Suma contra los gentiles, escribe: “Dios es causa no sólo de nuestra voluntad, sino también de nuestro querer” ( ); y, en el capítulo siguiente: “Por consiguiente, como Él es la causa de nuestra elección y de nuestro querer, nuestras elecciones y voliciones están sujetas a la divina providencia” ( ).
Además, la doctrina de que alguien eligiera apartarse del bien de manera consciente sería contradictoria en cuanto el hecho mismo de elegir determinado objetivo es lo que demuestra qué es lo que considera como bueno quien lo elige, de manera que, en cuanto el Infierno representa el mayor mal, en tal caso es inconcebible por contradictorio que alguien pudiera elegirlo, pues sólo se desea lo que se presenta con cierto atractivo para el hombre, pero el Infierno en cuanto tal, siendo por definición el mayor mal posible, no podría ejercer sobre el hombre atractivo alguno; en consecuencia, nadie se alejaría voluntariamente de Dios, en cuanto en teoría fuera el bien absoluto. De acuerdo con este planteamiento, Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles, decía que la voluntad tiende necesariamente al bien, y así esta figura del Cristianismo proporciona una crítica implícita al argumento anterior pues, si el bien es aquello a lo que todo tiende (“bonum est quod omnia appetunt”, dice Tomás de Aquino siguiendo a Aristóteles), no tiene sentido afirmar al mismo tiempo que se pueda elegir el mal por el mal.
La doctrina del Infierno surgió en muy diversas religiones, aunque con matices distintos por lo que se refiere a su sentido y sus características, y resulta evidente su carácter antropomórfico, relacionado con la actitud de muchos de los déspotas y tiranos de los tiempos en que se escribieron los diversos mitos acerca de dioses y demonios, de lugares paradisíacos y lugares de castigo para las almas de los difuntos, como sucede en el mismo Hades homérico, en el que, en la Odisea, el mismo Aquiles le dice a Odiseo que preferiría ser siervo de un esclavo en la vida terrenal que rey de los muertos en el Hades.
Todavía en estos momentos la ingenuidad de una gran parte de la humanidad es tan elevada que la jerarquía católica sigue utilizando la idea del Infierno para tratar de seguir grabando en la mente de sus adoctrinados esa absurda pesadilla y para atemorizar así a niños y mayores, a fin de mantenerlos sumisos y dispuestos a obedecerles en todo aquello que les digan y, de manera especial, en las consignas políticas que les interese transmitir con ocasión de cualquier sermón.
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(VII)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
7. La contradicción según la cual, siendo infinita la misericordia de Dios, castiga a la mayoría de los hombres al fuego eterno del “Infierno”
De acuerdo con la dogmática tradicional de la jerarquía de esta organización cristiana, el señor Ratzinger –alias Benedicto XVI-, actual jefe supremo de la multinacional católica, ha vuelto a afirmar la doctrina de la existencia del Infierno como castigo eterno, afirmación que, por otra parte, no hubiera podido cambiar en cuanto pretendiera ser coherente con la doctrina tradicional cristiana referida a los “dogmas”, considerados como doctrinas incuestionablemente verdaderas y que, por ello mismo, no pueden ser modificadas por la decisión de una nueva autoridad –al margen de que de vez en cuando busquen cualquier pretexto para hacerlo, y elaboren diversos sofismas refinados para presentar la nueva doctrina como una versión más auténtica de la doctrina anterior-.
CRÍTICA: Tal doctrina contradictoria se encuentra ya en los mismos orígenes del cristianismo y se ha mantenido hasta la actualidad, considerándose además que una gran parte de la humanidad estaría predestinada a sufrir eternamente en el Infierno. En este sentido, en el evangelio a tribuido al apóstol Mateo se dice: “Son muchos los llamados, pero pocos los escogidos” ( ), “así será el fin del mundo. Saldrán los ángeles a separar a los malos de los buenos, y los echarán al horno de fuego; allí llorarán y les rechinarán los dientes” ( ), “apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles” ( ); y también: “irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” ( ). Igualmente y en este mismo sentido el Apocalipsis de Juan, escritor cristiano de finales del siglo I, es otro ejemplo de escrito muy logrado en el que Dios aparece como un juez vengativo en el que su misericordia brilla por su ausencia: “En cuanto a los cobardes, los incrédulos, los depravados, los criminales, los lujuriosos, los hechiceros, los idólatras y los embusteros todos, están destinados al lago ardiente de fuego y azufre, que es la segunda muerte” ( ).
Esta doctrina sobre un castigo eterno que emana de un Dios del que se afirma al mismo tiempo que es misericordia y amor infinito encierra una contradicción tan evidente que parece totalmente innecesario tratar de añadir comentario alguno. El castigo del Infierno no sólo es contradictorio con el amor y la misericordia infinita de Dios sino también con la anterior consideración según la cual todo lo que aparentemente hace el hombre es Dios quien lo hace, por lo que en ningún caso podría el hombre ser responsable y culpable de nada que le hiciera merecedor de castigo alguno.
Además, suponiendo que Dios existiera y que hubiese ordenado amar incluso a los propios enemigos, si luego condenase con castigos eternos a quienes supuestamente hubieran sido sus propios enemigos, el propio Dios habría sido incoherente con sus mandatos al no perdonar a tales enemigos, y sería realmente asombroso que el hombre fuera más capaz de perdón que el propio Dios, cuya misericordia se debía suponer infinita, en cuanto fuera verdad la doctrina según la cual “Dios es amor”, pues, efectivamente, no hace falta exprimirse los sesos de manera agotadora para comprender que la existencia del Infierno es contradictoria con tal doctrina. Pues, si ni siquiera resulta concebible que el más malvado de los hombres fuera capaz de castigar a un hijo con un sufrimiento eterno, sería un insulto a la bondad divina –si existiera- considerarla compatible con una monstruosidad semejante, teniendo en cuenta además que ese castigo no tendría otra finalidad que la de el castigo por el castigo mismo, la de causar sufrimiento de modo irracional y sólo como una absurda venganza.
En definitiva, la doctrina del Infierno es incompatible con la que afirma que Dios es misericordia y amor infinitos, y resulta asombroso comprobar hasta qué punto el adoctrinamiento religioso puede anular la racionalidad humana en cuanto puede lograr que las mentes infantiles adecuadamente adoctrinadas sean incapaces de ser consecuentes con la Lógica más elemental y mantengan dicha incapacidad durante el resto de su vida, perdiendo la facultad de tomar conciencia de una contradicción tan evidente; esa debilidad de la racionalidad humana se muestra por ello de un modo más claro en aquellos casos en los que la jerarquía de la organización católica se aprovecha de la temprana edad de la infancia para troquelar las mentes de los niños grabando en ellas la idea de que “la fe está por encima de la razón” y que, por ese motivo, deben considerar que allí donde perciben una contradicción en realidad deben acostumbrarse a considerar humildemente que se trata de un profundo misterio cuya comprensión no se encuentra a “su” alcance.
En estos últimos años algunos jerarcas católicos, como Karol Wojtyla –“Juan Pablo II” para sus “fieles”-, al comprobar que cada día ha ido en aumento el número críticas contra doctrinas tan irracionales y absurdas como la de la existencia del Infierno, han pensado que tal vez podían solucionar esta dificultad insuperable considerando que en realidad no era Dios quien condenaba sino que era el hombre quien elegía libremente vivir alejado de Dios, de manera que el Infierno no consistiría en otra cosa que en un estado de alejamiento de Dios por el que el hombre optaría libremente. Esa fue la postura defendida recientemente por esa máxima autoridad de la organización católica, el señor Wojtyla, cuando dijo que había que interpretar correctamente las palabras de la Biblia, que harían referencia al vacío de una vida sin Dios, de manera que el Infierno indicaría, más que un lugar, la situación en la que llegaría a encontrarse quien libre y definitivamente se alejase de Dios.
No obstante y para refutar de manera clara y definitiva el nuevo punto de vista de esta interpretación, puede hacerse referencia a otros textos evangélicos en los que se insiste en que el Infierno es un castigo que proviene de Dios y en que al margen de su sentido como sufrimiento psíquico, tiene también el carácter de un sufrimiento físico y eterno, tal como ya se ha visto por los textos anteriores y como puede corroborarse mediante otros textos como los siguientes: “temed […] al que puede destruir al hombre entero en el fuego eterno” ( ); “después dirá a los del otro lado: ‘Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles’ ” ( ); “temed a aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar al fuego eterno” ( ). Esta misma doctrina aparece en un texto de Pablo de Tarso, especialmente duro y claro por lo que se refiere a la acción vengadora de Dios, que no parece especialmente compatible con su supuesta misericordia infinita: “Puesto que Dios es justo, vendrá a retribuir con sufrimiento a los que ocasionan sufrimiento; y vosotros, los que sufrís, descansaréis con nosotros cuando Jesús, el Señor, se manifieste desde el cielo con sus poderosos ángeles; cuando aparezca entre llamas de fuego y tome venganza de los que no quieren conocer a Dios ni obedecer al evangelio de Jesús, nuestro Señor. Éstos sufrirán el castigo de una perdición eterna, lejos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” ( ).
Hay que insistir en definitiva en que, a pesar de que la reinterpretación del Infierno como un alejamiento de Dios, libre y voluntario por parte del hombre, está en diáfana contradicción con los textos citados, y, a pesar de que mediante esta “solución” Dios quedaría libre de cualquier responsabilidad por lo que se refiere al destino del hombre, en ella se olvida en primer lugar que, como se ha podido ver por las citas anteriores, cuando en el Nuevo Testamento se habla del Infierno, no se lo describe como un lugar o un estado al que uno se dirige voluntariamente sino como un lugar de castigo eterno al que el mismo Jesús envía a quienes no tengan fe en su palabra o no la cumplan; y, en segundo lugar y como también se ha dicho y comprobado en reiteradas ocasiones, de acuerdo con las doctrinas de esta organización, conviene no olvidar que el hombre no elegiría nada por su propia cuenta sino que, según indica Pablo de Tarso, protagonista principal en la creación del Cristianismo, o Tomás de Aquino, uno de sus teólogos más importantes, todo cuanto el hombre decide o hace es Dios quien lo decide o hace, por lo que, el hombre no elegiría alejarse de Dios, sino que habría sido Dios mismo quien habría decidido esa supuesta elección del hombre, tal como se ha demostrado en el capítulo VI cuando Tomás de Aquino, en su Suma contra los gentiles, escribe: “Dios es causa no sólo de nuestra voluntad, sino también de nuestro querer” ( ); y, en el capítulo siguiente: “Por consiguiente, como Él es la causa de nuestra elección y de nuestro querer, nuestras elecciones y voliciones están sujetas a la divina providencia” ( ).
Además, la doctrina de que alguien eligiera apartarse del bien de manera consciente sería contradictoria en cuanto el hecho mismo de elegir determinado objetivo es lo que demuestra qué es lo que considera como bueno quien lo elige, de manera que, en cuanto el Infierno representa el mayor mal, en tal caso es inconcebible por contradictorio que alguien pudiera elegirlo, pues sólo se desea lo que se presenta con cierto atractivo para el hombre, pero el Infierno en cuanto tal, siendo por definición el mayor mal posible, no podría ejercer sobre el hombre atractivo alguno; en consecuencia, nadie se alejaría voluntariamente de Dios, en cuanto en teoría fuera el bien absoluto. De acuerdo con este planteamiento, Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles, decía que la voluntad tiende necesariamente al bien, y así esta figura del Cristianismo proporciona una crítica implícita al argumento anterior pues, si el bien es aquello a lo que todo tiende (“bonum est quod omnia appetunt”, dice Tomás de Aquino siguiendo a Aristóteles), no tiene sentido afirmar al mismo tiempo que se pueda elegir el mal por el mal.
La doctrina del Infierno surgió en muy diversas religiones, aunque con matices distintos por lo que se refiere a su sentido y sus características, y resulta evidente su carácter antropomórfico, relacionado con la actitud de muchos de los déspotas y tiranos de los tiempos en que se escribieron los diversos mitos acerca de dioses y demonios, de lugares paradisíacos y lugares de castigo para las almas de los difuntos, como sucede en el mismo Hades homérico, en el que, en la Odisea, el mismo Aquiles le dice a Odiseo que preferiría ser siervo de un esclavo en la vida terrenal que rey de los muertos en el Hades.
Todavía en estos momentos la ingenuidad de una gran parte de la humanidad es tan elevada que la jerarquía católica sigue utilizando la idea del Infierno para tratar de seguir grabando en la mente de sus adoctrinados esa absurda pesadilla y para atemorizar así a niños y mayores, a fin de mantenerlos sumisos y dispuestos a obedecerles en todo aquello que les digan y, de manera especial, en las consignas políticas que les interese transmitir con ocasión de cualquier sermón.
jueves, 30 de octubre de 2008
CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(V)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
5. La contradicción de un Dios considerado a un tiempo como amor infinito y como causa del sufrimiento absurdo del ser humano y de los demás seres vivos.
CRÍTICA: En cuanto el concepto de pecado es absurdo y en cuanto la idea de purificación por medio del sufrimiento es sólo una manifestación de la antigua Ley del Talión –“ojo por ojo y diente por diente”-, reflejo de la valoración primitiva de la venganza irracional como una forma de justicia, tal creencia es sólo una muestra de sadismo y, por ello, una doctrina absurda.
El sufrimiento humano sería contradictorio con el supuesto amor infinito divino y con su omnipotencia y, por ello, en cuanto tal sufrimiento es real, ello demuestra que ese supuesto Dios de amor y de poder infinitos no existe. En efecto, partiendo del supuesto de que el concepto de Dios de la secta católica incluye las cualidades de la omnipotencia y de la bondad infinita, existe un argumento, cuyas premisas concluyen de manera necesaria en la negación de la existencia de dicho ser, un ser que reuniese a la vez en su esencia esas dos cualidades. Se trata del argumento que toma como premisa fundamental la de la existencia del sufrimiento. En los últimos tiempos se lo sigue considerando por parte de diversos pensadores como un argumento concluyente en contra de la existencia de Dios y, en efecto, lo es. Así, por ejemplo, B. Russell lo defendió del siguiente modo:
"El mundo, según se nos dice, fue creado por un dios que es a la vez bueno y omnipotente. Antes de crear el mundo, previó todo el dolor y la miseria que iba a contener; por lo tanto, es responsable de ellos. Es inútil argüir que el dolor del mundo se debe al pecado. En primer lugar eso no es cierto; el pecado no produce el desbordamiento de los ríos ni las erupciones de los volcanes. Pero aunque esto fuera verdad, no serviría de nada. Si yo fuera a engendrar un hijo sabiendo que iba a ser un maniático homicida, sería responsable de sus crímenes. Si Dios sabía de antemano los crímenes que el hombre iba a cometer, era claramente responsable de todas las consecuencias de esos pecados cuando decidió crear al hombre. El argumento cristiano usual es que el sufrimiento del mundo es una purificación del pecado, y, por lo tanto, una cosa buena. Este argumento es, claro está, sólo una racionalización del sadismo; pero en todo caso es un argumento pobre. Yo invitaría a cualquier cristiano a que se acompañase a la sala de niños de un hospital, a que presenciase los sufrimientos que padecen allí, y luego a insistir en la afirmación de que esos niños están tan moralmente abandonados que merecen lo que sufren. Con el fin de afirmar esto, un hombre tiene que destruir en él todo sentimiento de piedad y compasión. Tiene, en resumen, que hacerse tan cruel como el Dios en quien cree. Ningún hombre que cree que los sufrimientos de este mundo son por nuestro bien, puede mantener intactos sus valores éticos, ya que siempre está tratando de hallar excusas para el dolor y la miseria" ( ).
A continuación se expone y comenta con detenimiento este argumento y cada una de sus premisas para evitar que su sencillez sea confundida con superficialidad de manera que se pueda calibrar mejor su alcance. Se presentarán para ello las objeciones y las respuestas que pueden tener cierto interés.
El argumento en cuestión puede plantearse de un modo estrictamente lógico adoptando la forma siguiente:
Primera premisa: Si existe un ser omnipotente, infinitamente bueno y creador de todo, entonces todo lo que existe es bueno.
Segunda premisa: Si existe el sufrimiento, entonces no todo lo que existe es bueno.
Tercera premisa: El sufrimiento existe.
Conclusión: No existe un ser omnipotente, infinitamente bueno y creador de todo.
La conclusión deriva de las premisas de manera absolutamente necesaria de acuerdo con las reglas de la Lógica. Por ello, lo que quedaría por analizar es sólo si todas y cada una de sus premisas son verdaderas, en cuyo cayo la conclusión sería tan verdadera como las premisas de que deriva.
Pasemos a continuación al análisis de las objeciones que podrían ponerse a tales premisas y a las respuestas correspondientes:
A la primera premisa se le podrían presentar las siguientes objeciones:
La primera podría consistir en afirmar que efectivamente Dios lo hizo todo bueno, pero que fue el hombre quien introdujo el mal. Tal introducción del mal, según la Secta Católica, habría venido como consecuencia del "pecado original".
Pero, aunque esta doctrina pudo ser una respuesta para la humanidad de hace 3.000 años ante la contemplación del dolor, de las catástrofes naturales y de la muerte, es absurda por muy diversos motivos, entre los cuales se encuentra la simple consideración de lo injusto que sería que el castigo relacionado con el supuesto "pecado" cometido por Adán y Eva tuviese repercusiones en el resto de la humanidad, siendo una de ellas la serie de sufrimientos que padecen tanto los seres humanos como el resto de seres vivos.
Además hay muchos males que no provienen del hombre (terremotos, enfermedades, sequías, inundaciones, agresividad innata de muchos seres vivos, conformación biológica de aquellos seres vivos que necesitan alimentarse de otros seres vivos a quienes causan sufrimientos, etc.). En este sentido conviene remarcar la serie de males cuyo origen no se encuentra en el hombre sino en las adversidades de la naturaleza, que provoca el sufrimiento de los niños y el de muchos otros seres vivos, ajenos indiscutiblemente a cualquier culpabilidad que les hiciera merecedores de los males que padecen, y cuyo único delito -como diría Calderón- es el de haber nacido.
Como objeción a estas consideraciones se podría caer en la ingenuidad de pretender explicar el mal a partir de la Naturaleza, suponiendo que de esta forma Dios quedaría al margen de las diversas calamidades y sufrimientos que rodean la existencia de los seres vivos. Pero, como en el caso de la réplica anterior, es evidente que, si la naturaleza produce el mal, en tal caso la naturaleza será mala, y, en consecuencia, de la misma manera que se considera responsable de un asesinato a la persona que disparó y no a la bala que hirió a la víctima, igualmente habría que entender la relación entre Dios, la naturaleza y el mal, considerando a Dios como causa del mal, y a la naturaleza como un simple instrumento para su manifestación.
Por otra parte, aunque esta respuesta por sí sola sería ya suficiente para refutar el valor de la anterior objeción, puesto que con sólo la presencia de una mínima porción de mal no causada por el hombre el argumento conserva toda su validez, hay que señalar que si el hombre fuera causa parcial del mal, ello implicaría que el hombre, supuestamente creado por Dios, no sería bueno, ya que el modo de ser de cada cosa se conoce por sus manifestaciones y por sus obras ("operari sequitur esse"), con lo que el problema volvería a plantearse referido en este caso a la naturaleza humana.
Otra objeción que suele presentarse es la de que el mal resulta inevitable, ya que sin él no se podría tener conocimiento del bien ni gozar de él. Ya los estoicos se habían servido de esta explicación. Sin embargo, su valor es claramente nulo, puesto que quienes la presentan parecen olvidar que en la argumentación inicial se hablaba de un ser omnipotente, y la omnipotencia implica la capacidad de hacer todo aquello que no sea contradictorio, pero, evidentemente, no existe contradicción alguna en la idea de un mundo absolutamente bueno en el que la felicidad no vaya acompañada de ningún tipo de sufrimiento ( ). Llegado a este punto y a fin de explicar la presencia del mal sin tener que negar la existencia de Dios, algunos han terminado por concluir que junto a Dios, como ser infinitamente bueno, existiría un ser poderoso causante del mal. Tenemos un ejemplo de los planteamientos que van por esta línea en la antigua religión persa de Zaratustra (s. VII a. C.), en la que Ormuz representaría el Dios benéfico y Ahrimán el Dios maléfico, que al final de los tiempos sería definitivamente derrotado. Sin embargo, en estos casos se olvida que la omnipotencia de Dios podría impedir la existencia de esa fuerza del mal, mientras que su bondad infinita le llevaría efectivamente a impedirla, sin necesidad de una lucha tan larga y difícil.
Por lo que se refiere a la segunda premisa, una de las objeciones que se le hacen consiste en indicar que quizás el sufrimiento podría ser bueno, al menos en un sentido semejante a aquel en que lo es una intervención quirúrgica, la cual, aunque resulte dolorosa, es causa muchas veces del bien de la curación. La réplica a esta objeción comienza por diferenciar el dolor en sí mismo de aquello a lo que puede conducir. Pero es evidente que si se pudiera producir una curación de forma inmediata, sin pasar por una fase de dolor, encontraríamos absurdo pasar por ella; y, si Dios existiera como ser omnipotente e infinitamente bueno, no sólo podría evitar el dolor de la intervención quirúrgica, sino también el de la enfermedad que hizo necesaria dicha intervención.
Por otra parte, ante la imposibilidad de negar la existencia del sufrimiento y su incompatibilidad con Dios, en cuanto el sufrimiento sería un mal, algunos han llegado a considerar que el sufrimiento podría ser bueno, pero este absurdo se elimina fácilmente a partir de la consideración de que si el sufrimiento fuera bueno, no tendría ningún sentido el mandamiento de no matar, ni tampoco el interés por remediar el hambre y el sufrimiento de la humanidad, ni el interés por eliminar las guerras y las torturas más refinadas e incluso habría que suprimir la práctica de la medicina.
Una nueva objeción que suele utilizarse a veces es la de que el hombre no esta capacitado para comprender en qué consiste la bondad de Dios, y que el propio sufrimiento podría ser bueno en algún sentido oculto para nosotros, pero compatible con esa forma especial de la bondad divina. La réplica a esta objeción consiste en señalar que referirse a la bondad de Dios como a algo ajeno a las posibilidades humanas de comprensión es utilizar palabras vacías e inútiles. Pues, si decimos que Dios es "bueno" y, a continuación, "aclaramos" (?) que "bueno" no significa lo que todo el mundo piensa que significa, y no explicamos qué es lo que pretendemos decir con esa palabra, en ese caso estaremos perdiendo el tiempo y haciéndolo perder a quienes nos escuchan. Recordemos, en este sentido, que el lenguaje es un producto humano y que el significado de las palabras no es algo que haya que esperar descubrirlo como si de un misterio se tratara, sino que somos los hombres quienes se lo hemos asignado a lo largo de nuestra evolución histórica y cultural.
Por lo que se refiere a la tercera premisa, es totalmente superfluo discutirla, pues todos tenemos a diario nuestras propias experiencias a este respecto. Reparemos además en que, si sabemos de qué estamos hablando cuando nos referimos al sufrimiento, es sólo por el hecho de haberlo experimentado; de lo contrario, nos pasaría como al ciego de nacimiento, que por no haber experimentado nunca el color es incapaz de hacerse una idea adecuada de él.
La conclusión que deriva de estas tres premisas es, como ya sabemos, que no puede existir un ser que reúna al mismo tiempo las cualidades de la omnipotencia y de la infinita bondad, o, lo que es lo mismo, que o bien Dios quiso pero no pudo hacer un mundo sin sufrimiento y, en tal caso, no sería omnipotente, o bien pudo pero no quiso y, en tal caso, no sería infinitamente bueno. Si, por otra parte, llegamos a considerar que el concepto de Dios sólo puede aplicarse a una realidad absolutamente perfecta, y consideramos además que el poder y la bondad deberían ser constituyentes de dicha perfección, en tal caso la conclusión evidente de todas estas consideraciones es la de que Dios no existe, conclusión a la que se llega igualmente por muchas otras consideraciones que seguiremos viendo.
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(V)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
5. La contradicción de un Dios considerado a un tiempo como amor infinito y como causa del sufrimiento absurdo del ser humano y de los demás seres vivos.
CRÍTICA: En cuanto el concepto de pecado es absurdo y en cuanto la idea de purificación por medio del sufrimiento es sólo una manifestación de la antigua Ley del Talión –“ojo por ojo y diente por diente”-, reflejo de la valoración primitiva de la venganza irracional como una forma de justicia, tal creencia es sólo una muestra de sadismo y, por ello, una doctrina absurda.
El sufrimiento humano sería contradictorio con el supuesto amor infinito divino y con su omnipotencia y, por ello, en cuanto tal sufrimiento es real, ello demuestra que ese supuesto Dios de amor y de poder infinitos no existe. En efecto, partiendo del supuesto de que el concepto de Dios de la secta católica incluye las cualidades de la omnipotencia y de la bondad infinita, existe un argumento, cuyas premisas concluyen de manera necesaria en la negación de la existencia de dicho ser, un ser que reuniese a la vez en su esencia esas dos cualidades. Se trata del argumento que toma como premisa fundamental la de la existencia del sufrimiento. En los últimos tiempos se lo sigue considerando por parte de diversos pensadores como un argumento concluyente en contra de la existencia de Dios y, en efecto, lo es. Así, por ejemplo, B. Russell lo defendió del siguiente modo:
"El mundo, según se nos dice, fue creado por un dios que es a la vez bueno y omnipotente. Antes de crear el mundo, previó todo el dolor y la miseria que iba a contener; por lo tanto, es responsable de ellos. Es inútil argüir que el dolor del mundo se debe al pecado. En primer lugar eso no es cierto; el pecado no produce el desbordamiento de los ríos ni las erupciones de los volcanes. Pero aunque esto fuera verdad, no serviría de nada. Si yo fuera a engendrar un hijo sabiendo que iba a ser un maniático homicida, sería responsable de sus crímenes. Si Dios sabía de antemano los crímenes que el hombre iba a cometer, era claramente responsable de todas las consecuencias de esos pecados cuando decidió crear al hombre. El argumento cristiano usual es que el sufrimiento del mundo es una purificación del pecado, y, por lo tanto, una cosa buena. Este argumento es, claro está, sólo una racionalización del sadismo; pero en todo caso es un argumento pobre. Yo invitaría a cualquier cristiano a que se acompañase a la sala de niños de un hospital, a que presenciase los sufrimientos que padecen allí, y luego a insistir en la afirmación de que esos niños están tan moralmente abandonados que merecen lo que sufren. Con el fin de afirmar esto, un hombre tiene que destruir en él todo sentimiento de piedad y compasión. Tiene, en resumen, que hacerse tan cruel como el Dios en quien cree. Ningún hombre que cree que los sufrimientos de este mundo son por nuestro bien, puede mantener intactos sus valores éticos, ya que siempre está tratando de hallar excusas para el dolor y la miseria" ( ).
A continuación se expone y comenta con detenimiento este argumento y cada una de sus premisas para evitar que su sencillez sea confundida con superficialidad de manera que se pueda calibrar mejor su alcance. Se presentarán para ello las objeciones y las respuestas que pueden tener cierto interés.
El argumento en cuestión puede plantearse de un modo estrictamente lógico adoptando la forma siguiente:
Primera premisa: Si existe un ser omnipotente, infinitamente bueno y creador de todo, entonces todo lo que existe es bueno.
Segunda premisa: Si existe el sufrimiento, entonces no todo lo que existe es bueno.
Tercera premisa: El sufrimiento existe.
Conclusión: No existe un ser omnipotente, infinitamente bueno y creador de todo.
La conclusión deriva de las premisas de manera absolutamente necesaria de acuerdo con las reglas de la Lógica. Por ello, lo que quedaría por analizar es sólo si todas y cada una de sus premisas son verdaderas, en cuyo cayo la conclusión sería tan verdadera como las premisas de que deriva.
Pasemos a continuación al análisis de las objeciones que podrían ponerse a tales premisas y a las respuestas correspondientes:
A la primera premisa se le podrían presentar las siguientes objeciones:
La primera podría consistir en afirmar que efectivamente Dios lo hizo todo bueno, pero que fue el hombre quien introdujo el mal. Tal introducción del mal, según la Secta Católica, habría venido como consecuencia del "pecado original".
Pero, aunque esta doctrina pudo ser una respuesta para la humanidad de hace 3.000 años ante la contemplación del dolor, de las catástrofes naturales y de la muerte, es absurda por muy diversos motivos, entre los cuales se encuentra la simple consideración de lo injusto que sería que el castigo relacionado con el supuesto "pecado" cometido por Adán y Eva tuviese repercusiones en el resto de la humanidad, siendo una de ellas la serie de sufrimientos que padecen tanto los seres humanos como el resto de seres vivos.
Además hay muchos males que no provienen del hombre (terremotos, enfermedades, sequías, inundaciones, agresividad innata de muchos seres vivos, conformación biológica de aquellos seres vivos que necesitan alimentarse de otros seres vivos a quienes causan sufrimientos, etc.). En este sentido conviene remarcar la serie de males cuyo origen no se encuentra en el hombre sino en las adversidades de la naturaleza, que provoca el sufrimiento de los niños y el de muchos otros seres vivos, ajenos indiscutiblemente a cualquier culpabilidad que les hiciera merecedores de los males que padecen, y cuyo único delito -como diría Calderón- es el de haber nacido.
Como objeción a estas consideraciones se podría caer en la ingenuidad de pretender explicar el mal a partir de la Naturaleza, suponiendo que de esta forma Dios quedaría al margen de las diversas calamidades y sufrimientos que rodean la existencia de los seres vivos. Pero, como en el caso de la réplica anterior, es evidente que, si la naturaleza produce el mal, en tal caso la naturaleza será mala, y, en consecuencia, de la misma manera que se considera responsable de un asesinato a la persona que disparó y no a la bala que hirió a la víctima, igualmente habría que entender la relación entre Dios, la naturaleza y el mal, considerando a Dios como causa del mal, y a la naturaleza como un simple instrumento para su manifestación.
Por otra parte, aunque esta respuesta por sí sola sería ya suficiente para refutar el valor de la anterior objeción, puesto que con sólo la presencia de una mínima porción de mal no causada por el hombre el argumento conserva toda su validez, hay que señalar que si el hombre fuera causa parcial del mal, ello implicaría que el hombre, supuestamente creado por Dios, no sería bueno, ya que el modo de ser de cada cosa se conoce por sus manifestaciones y por sus obras ("operari sequitur esse"), con lo que el problema volvería a plantearse referido en este caso a la naturaleza humana.
Otra objeción que suele presentarse es la de que el mal resulta inevitable, ya que sin él no se podría tener conocimiento del bien ni gozar de él. Ya los estoicos se habían servido de esta explicación. Sin embargo, su valor es claramente nulo, puesto que quienes la presentan parecen olvidar que en la argumentación inicial se hablaba de un ser omnipotente, y la omnipotencia implica la capacidad de hacer todo aquello que no sea contradictorio, pero, evidentemente, no existe contradicción alguna en la idea de un mundo absolutamente bueno en el que la felicidad no vaya acompañada de ningún tipo de sufrimiento ( ). Llegado a este punto y a fin de explicar la presencia del mal sin tener que negar la existencia de Dios, algunos han terminado por concluir que junto a Dios, como ser infinitamente bueno, existiría un ser poderoso causante del mal. Tenemos un ejemplo de los planteamientos que van por esta línea en la antigua religión persa de Zaratustra (s. VII a. C.), en la que Ormuz representaría el Dios benéfico y Ahrimán el Dios maléfico, que al final de los tiempos sería definitivamente derrotado. Sin embargo, en estos casos se olvida que la omnipotencia de Dios podría impedir la existencia de esa fuerza del mal, mientras que su bondad infinita le llevaría efectivamente a impedirla, sin necesidad de una lucha tan larga y difícil.
Por lo que se refiere a la segunda premisa, una de las objeciones que se le hacen consiste en indicar que quizás el sufrimiento podría ser bueno, al menos en un sentido semejante a aquel en que lo es una intervención quirúrgica, la cual, aunque resulte dolorosa, es causa muchas veces del bien de la curación. La réplica a esta objeción comienza por diferenciar el dolor en sí mismo de aquello a lo que puede conducir. Pero es evidente que si se pudiera producir una curación de forma inmediata, sin pasar por una fase de dolor, encontraríamos absurdo pasar por ella; y, si Dios existiera como ser omnipotente e infinitamente bueno, no sólo podría evitar el dolor de la intervención quirúrgica, sino también el de la enfermedad que hizo necesaria dicha intervención.
Por otra parte, ante la imposibilidad de negar la existencia del sufrimiento y su incompatibilidad con Dios, en cuanto el sufrimiento sería un mal, algunos han llegado a considerar que el sufrimiento podría ser bueno, pero este absurdo se elimina fácilmente a partir de la consideración de que si el sufrimiento fuera bueno, no tendría ningún sentido el mandamiento de no matar, ni tampoco el interés por remediar el hambre y el sufrimiento de la humanidad, ni el interés por eliminar las guerras y las torturas más refinadas e incluso habría que suprimir la práctica de la medicina.
Una nueva objeción que suele utilizarse a veces es la de que el hombre no esta capacitado para comprender en qué consiste la bondad de Dios, y que el propio sufrimiento podría ser bueno en algún sentido oculto para nosotros, pero compatible con esa forma especial de la bondad divina. La réplica a esta objeción consiste en señalar que referirse a la bondad de Dios como a algo ajeno a las posibilidades humanas de comprensión es utilizar palabras vacías e inútiles. Pues, si decimos que Dios es "bueno" y, a continuación, "aclaramos" (?) que "bueno" no significa lo que todo el mundo piensa que significa, y no explicamos qué es lo que pretendemos decir con esa palabra, en ese caso estaremos perdiendo el tiempo y haciéndolo perder a quienes nos escuchan. Recordemos, en este sentido, que el lenguaje es un producto humano y que el significado de las palabras no es algo que haya que esperar descubrirlo como si de un misterio se tratara, sino que somos los hombres quienes se lo hemos asignado a lo largo de nuestra evolución histórica y cultural.
Por lo que se refiere a la tercera premisa, es totalmente superfluo discutirla, pues todos tenemos a diario nuestras propias experiencias a este respecto. Reparemos además en que, si sabemos de qué estamos hablando cuando nos referimos al sufrimiento, es sólo por el hecho de haberlo experimentado; de lo contrario, nos pasaría como al ciego de nacimiento, que por no haber experimentado nunca el color es incapaz de hacerse una idea adecuada de él.
La conclusión que deriva de estas tres premisas es, como ya sabemos, que no puede existir un ser que reúna al mismo tiempo las cualidades de la omnipotencia y de la infinita bondad, o, lo que es lo mismo, que o bien Dios quiso pero no pudo hacer un mundo sin sufrimiento y, en tal caso, no sería omnipotente, o bien pudo pero no quiso y, en tal caso, no sería infinitamente bueno. Si, por otra parte, llegamos a considerar que el concepto de Dios sólo puede aplicarse a una realidad absolutamente perfecta, y consideramos además que el poder y la bondad deberían ser constituyentes de dicha perfección, en tal caso la conclusión evidente de todas estas consideraciones es la de que Dios no existe, conclusión a la que se llega igualmente por muchas otras consideraciones que seguiremos viendo.
miércoles, 29 de octubre de 2008
CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(IV)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
4. La contradicción según la cual, de acuerdo con su omnipotencia y su presciencia, Dios habría programado y, por ello, conocería de antemano todo lo que tiene que suceder a lo largo del tiempo, incluidas las decisiones y las acciones del hombre, junto a la tesis según la cual el hombre sería libre y responsable de sus actos, es decir, de aquellos actos que el propio Dios habría programado.
CRÍTICA: Esta doctrina es consecuencia del concepto antropomórfico de un Dios como realidad suprema omnipotente a la que todo está sometido, pero es evidentemente contradictoria con la supuesta libertad humana.
Con la aparición del Cristianismo -y también en la tradición judía anterior- se tiende en general a afirmar la libertad del hombre como capacidad para acercarse o alejarse de Dios, según la actitud que se adopte frente a sus leyes. Sin embargo, hubo y sigue habiendo en el cristianismo dificultades imposibles de superar a la hora de para armonizar la doctrina de la libertad con otras de carácter teológico.
En efecto, una problemática especialmente importante fue la de la compatibilidad entre la omnipotencia divina, según la cual todo lo que sucede en el universo es resultado exclusivo de la voluntad divina, y la libertad humana, según la cual hay acciones que dependen exclusivamente de la voluntad del hombre, la cual podrá oponerse y representar un límite frente a la omnipotencia divina. En consecuencia, esta alternativa conduce al concepto contradictorio de un ser omnipotente que no posee la omnipotencia si se acepta la libertad del hombre, o al concepto igualmente contradictorio de un ser libre que no posee libertad, si se acepta la existencia de un ser efectivamente omnipotente.
En relación con esta cuestión hubo diversas polémicas, como la de Erasmo de Rotterdam (1467-1536) frente a Martín Lutero (1483-1546), defendiendo el primero la libertad del hombre en su obra De libero arbitrio y negándola el segundo en su correspondiente escrito De servo arbitrio; o también la del dominico Domingo Báñez (1528-1604) frente al jesuita Luis de Molina (1536-1600), en la que pretendiendo ambos defender desde la ortodoxia católica la omnipotencia de Dios y la libertad del hombre, no llegaron a una solución del problema, por lo que el papa prohibió que siguieran las discusiones, declarando que se trataba de un misterio.
Por su parte, ya en el siglo XIII Tomás de Aquino (1225-1274) se había enfrentado a este problema y en sus escritos reflejó, como era lógico, planteamientos contradictorios, pues, a fin de justificar la responsabilidad moral del hombre, defendió en muchas ocasiones la libertad, pero también en otras ésta quedó negada al considerar que las decisiones humanas eran causadas por Dios.
Así, por lo que se refiere a su defensa de la libertad, Tomás de Aquino está de acuerdo con la tradición socrática de que todo lo que deseamos lo apetecemos por considerarlo bueno, es decir, que nadie desea el mal por el mal. En este sentido afirma que “la voluntad no puede dirigirse hacia ningún objetivo a no ser por la consideración del bien” (“Voluntas in nihil potest tendere nisi sub ratione boni...” ( )) y que el hombre estaría determinado por un bien absoluto como lo sería Dios (“...ninguna otra cosa puede ser causa de la voluntad, sólo Dios mismo, que es el bien universal” ( )) o la felicidad (“..sólo el bien que es perfecto y no le falta nada es el bien que la voluntad no puede no querer, y éste es la bienaventuranza” ( )).
Sin embargo, para escapar del determinismo que derivaría de la atracción del bien, considera igualmente que el hombre es libre en cuanto depende de su voluntad la elección de cualquiera de los bienes que se presentan ante él (“...sed quia bonum multiplex est, propter hoc non ex necessitate determinatur ad unum” ( )). En este mismo sentido, afirma Tomás de Aquino que
“El hombre no elige con necesidad, precisamente porque lo que es posible que no exista no es necesario que exista. Pero la razón de que es posible elegir y no elegir puede apreciarse por la doble potestad del hombre, porque el hombre puede querer y no querer, obrar y no obrar, y puede también querer esto o lo otro, hacer esto o lo otro. Y la razón de esto está en la virtud misma de la razón, pues la voluntad puede tender hacia cuanto la razón puede aprehender como bueno. Ahora bien, la razón puede aprehender como bien no sólo el querer y el obrar, sino también el no querer y el no obrar. Y además, en todos los bienes particulares puede considerar la razón de algún bien o el defecto de algún bien, que tiene razón de mal. Según esto, puede aprehender cualquiera de estos bienes como elegible o como rechazable. En cambio, al bien perfecto, que es la bienaventuranza, la razón no puede aprehenderlo bajo razón de mal o de algún defecto; y por eso el hombre quiere la bienaventuranza necesariamente y no puede querer no ser feliz” ( ).
Sin embargo y en contra de este punto de vista, hay que decir que Tomás de Aquino no tiene en cuenta que, aunque se puede querer y no querer en razón del bien o de la ausencia de bien, en cuanto los bienes se nos muestran como diversamente valiosos, la voluntad se inclina necesariamente por aquel bien que se le presenta como el mejor (aunque sólo lo sea desde un punto de vista subjetivo).
Quizá un ejemplo pueda servir para aclarar los problemas que encierra la doctrina tomista: Si deseáramos conseguir la mayor cantidad posible de dinero y algún millonario generoso (?) nos ofreciese la posibilidad de elegir entre dos cheques auténticos, uno de 1.000.000 € y otro de 1€, aunque cualquiera de estas posibles elecciones se relacionaría con un bien, nuestra elección se inclinaría por el primero -aunque también tendría un carácter limitado-. Sin embargo, si tales cheques estuvieran metidos en el interior de un sobre, de forma que no pudiéramos tener la seguridad de cuál de ellos contenía la cantidad mayor, podríamos equivocarnos y elegir el de 1€, lo cual no demostraría que nuestra auténtica preferencia fuera ésa, sino que no habíamos dispuesto de medios adecuados para reconocer cuál era el sobre que contenía el cheque preferido.
Tomás de Aquino reconoce que todo lo que es objeto de elección lo es en cuanto la razón lo presenta como bueno, y ése es el motivo por el cual afirma que el hombre quiere la bienaventuranza necesariamente, en cuanto la razón no puede aprehenderla como mal. En consecuencia, el determinismo representado por el bien absoluto seguiría existiendo, en cuanto la capacidad para elegir o no elegir sólo sería la manifestación de la incapacidad del hombre para valorar con total objetividad el grado de bondad o maldad existente en sus diversas posibilidades de elección, de manera que, si su razón fuera capaz de una clarividencia plena acerca de dicha bondad o maldad, elegiría necesariamente aquello que aprehendiera como bueno y, en consecuencia, estaría determinada por ese bien objetivo.
Por otra parte, si la elección se realizase sin motivo, sería azarosa, y no tendría sentido llamarla libre. Tomás de Aquino, comprendiendo esta dificultad, trata de justificar la elección de cada momento a partir del modo de ser de la propia naturaleza (“Qualis unusquisque est, talis finis videtur ei” ( )), pero, aunque de este modo pretende superar el determinismo derivado de la atracción del bien, sin embargo sólo consigue dar una visión más completa de él, en cuanto hace derivar de esa naturaleza la elección de la voluntad.
Finalmente, para librarse del determinismo que deriva de la propia naturaleza, santo Tomás afirma que, aunque la elección esté determinada por la naturaleza de cada uno, sin embargo esa naturaleza ha sido también objeto de elección. Pero esta “solución” presenta nuevas dificultades, pues, en primer lugar, nadie elige su propia naturaleza -pues toda elección se produce a partir de la posesión de una naturaleza inicial-, y, en segundo lugar, aceptando que dicha elección fuera posible, nuevamente surgiría el dilema de que o bien habríamos elegido la propia naturaleza por un motivo -y en ese caso sería ese motivo el que habría determinado la elección de dicha naturaleza- o bien la habríamos elegido sin motivo alguno -y en tal caso volveríamos nuevamente a una interpretación basada en el azar-.
De este modo, la libertad sería una palabra vacía de contenido, ya que o bien sería equivalente a determinismo, o bien sería equivalente a azar.
Por otra parte, cuando Tomás de Aquino trata del tema de la omnipotencia divina, en lugar de intentar salvar la responsabilidad humana, defiende un planteamiento absolutamente determinista.
a) Así, por ejemplo, en los capítulos 89 y 90 del libro III de la Suma contra los gentiles, Tomás de Aquino, criticando a Orígenes (185-254), defiende la tesis de que Dios no sólo es la causa de la existencia de la voluntad humana como potencia, sino también la causa de las elecciones concretas de la voluntad:
“Algunos, no entendiendo cómo Dios puede causar el movimiento de nuestra voluntad sin perjuicio de la libertad misma, se empeñaron en exponer torcidamente dichas autoridades. Y así decían que Dios causa en nosotros el querer y el obrar, en cuanto que causa en nosotros la potencia de querer, pero no en el sentido de que nos haga querer esto o aquello. Así lo expone Orígenes [...].
De esto parece haber nacido la opinión de algunos, que decían que la providencia no se extiende a cuanto cae bajo el libre albedrío, o sea, a las elecciones, sino que se refiere a los sucesos exteriores. Pues quien elige conseguir o realizar algo, por ejemplo, enriquecerse o edificar, no siempre lo podrá alcanzar [...].
Todo lo cual, en verdad, está en abierta oposición con el testimonio de la Sagrada Escritura. Se dice en Isaías: Todo cuanto hemos hecho lo has hecho tú, Señor. Luego no sólo recibimos de Dios la potencia de querer, sino también la operación”.
Así pues, la perspectiva de teólogos como Orígenes acerca del acto voluntario salvaría la libertad del hombre, pero no la omnipotencia divina. Su punto de vista se podría reflejar de acuerdo con el siguiente esquema:
Potencia de querer Elección de la voluntad Acto físico
(Voluntad)
HOMBRE
-LIBERTAD-
DIOS _ _
-DETERMINISMO-
Sin embargo, desde la perspectiva de Tomás de Aquino se salvaría la omnipotencia divina pero no la libertad humana. El esquema correspondiente a este punto de vista sería el siguiente:
Potencia de querer Elección Acto físico
______________________
DIOS
-DETERMINISMO-
Insistiendo en este mismo punto de vista, añade Tomás de Aquino un poco más adelante: “Dios es causa no sólo de nuestra voluntad, sino también de nuestro querer”. Y en el capítulo siguiente concluye así: “Por consiguiente, como Él es la causa de nuestra elección y de nuestro querer, nuestras elecciones y voliciones están sujetas a la divina providencia”.
b) El tema de la libertad se enfocó también en el cristianismo desde la problemática de la “salvación” y la de la “predestinación”, y en estas cuestiones, frente a otras opiniones “heterodoxas” como la de Pelagio (360-425), que había defendido la tesis de que el hombre se salva por sus méritos y se condena por sus culpas, venció la tesis de que toda salvación viene de Dios y no de los méritos procedentes del buen uso de la libertad por parte del hombre; y, complementariamente, la idea de que Dios ha predestinado a los hombres desde la eternidad para su salvación o reprobación. Mediante esta tesis quedaba a salvo la omnipotencia divina, aunque el protagonismo del hombre respecto a los actos realizados por él así como el valor de tales actos desaparecían por completo.
Sin embargo, los planteamientos tomistas -al igual que los de Agustín de Hipona- se mantuvieron en esta línea “ortodoxa”, y contribuyeron a su fijación como doctrina oficial de la iglesia católica.
Así, por lo que se refiere al tema de la salvación, santo Tomás, criticando a Pelagio, considera que el hombre es incapaz de conseguir la bienaventuranza por sus propios méritos y que sólo el auxilio divino puede llevarle a alcanzar este objetivo ( ); que nadie merece por sí mismo dicho auxilio ( ); y que desde la eternidad Dios determinó a quiénes concedería dicho auxilio y a quiénes lo negaría para que en unos casos brillase su misericordia y en otros su justicia (?):
“Mas como quiera que Dios, entre los hombres que persisten en los mismos pecados, a unos los convierta previniéndolos y a otros los soporte o permita que procedan naturalmente [?], no se ha de investigar la razón por qué convierte a éstos y no a los otros, pues esto depende de su simple voluntad, del mismo modo que dependió de su voluntad el que, al hacer todas las cosas de la nada, unas fueran más excelentes que otras; tal como de la simple voluntad del artífice nace el formar de una misma materia, dispuesta de idéntico modo, unos vasos para usos nobles y otros para usos bajos” ( ).
Por lo que se refiere de manera más concreta al tema de la predestinación, la postura de Tomás de Aquino es idéntica a la de los luteranos y los calvinistas en cuanto defiende que la elección y la reprobación del hombre han sido ordenadas por Dios desde la eternidad, sin que pueda aceptarse que la decisión divina esté a su vez causada por los méritos del hombre:
“Y como se ha demostrado que unos, ayudados por la gracia, se dirigen mediante la operación divina al fin último, y otros, desprovistos de dicho auxilio, se desvían del fin último, y todo lo que Dios hace está dispuesto y ordenado desde la eternidad por su sabiduría [...], es necesario que dicha distinción de hombres haya sido ordenada por Dios desde la eternidad. Por lo tanto, en cuanto que designó de antemano a algunos desde la eternidad para dirigirlos al fin último, se dice que los predestinó [...] Y a quienes dispuso desde la eternidad que no había de dar la gracia, se dice que los reprobó o los odió [...] Y puede también demostrarse que la predestinación y la elección no tienen por causa ciertos méritos humanos, no sólo porque la gracia de Dios, que es efecto de la predestinación, no responde a mérito alguno, pues precede a todos los méritos humanos [...] sino también porque la voluntad y providencia divinas son la causa primera de cuanto se hace; y nada puede ser causa de la voluntad y providencia divinas” ( ).
Por extraña y absurda que pueda parecer la doctrina de la predestinación, hay que tener en cuenta que sólo ella -tal como Tomás de Aquino comprendió- podía dejar a salvo la omnipotencia divina, ya que, de lo contrario, la voluntad divina quedaría subordinada a las acciones y a los méritos del hombre; sin embargo, esta doctrina tiene el inconveniente de convertir al hombre en una especie de marioneta cuyas acciones sólo aparentemente son suyas y, por lo tanto, no deberían repercutir en ninguna clase de mérito o de culpa por cuanto en último término no dependerían de él sino de la voluntad de Dios.
En el siglo XVI los teólogos españoles Domingo Báñez, dominico, y Luís de Molina, jesuita, entablaron una polémica con la intención de encontrar una solución que salvase a un tiempo la omnipotencia divina y la libertad humana. Pero, como era lógico, la discusión no alcanzó un final feliz; la solución de Báñez se inclinaba, como la de Tomás de Aquino, a salvar la omnipotencia divina, anulando la libertad del hombre, mientras que la de Molina se inclinaba, como la de Orígenes o la del también jesuita Francisco Suárez, a salvar la libertad humana, anulando la omnipotencia divina.
Como no hubo forma –ni podía haberla- de encontrar una solución satisfactoria, en el año 1594 el papa Clemente VII prohibió que siguieran las discusiones, aunque no se atrevió a condenar ninguno de ambos puntos de vista.
Una consecuencia de la imposibilidad de salvar la libertad humana si se afirmaba la omnipotencia divina era que la responsabilidad humana deja de tener sentido y, en consecuencia, debían desaparecer todas aquellas doctrinas derivadas de aquella supuesta responsabilidad, como las referentes a las ideas de mérito, culpa, premio o castigo.
Como esta contradicción entre una omnipotencia divina limitada por los actos humanos libres y una libertad humana sometida a una omnipotencia divina tendría repercusiones radicalmente peligrosas para la supervivencia de las confesiones religiosas que aceptasen estas doctrinas contradictorias entre sí, los teólogos aplicaron a ellas –al igual que a muchas otras- el calificativo de “misterio”, el cual hace referencia a una doctrina incomprensible para la limitada capacidad humana y sólo comprensible por Dios. Este recurso al “misterio” ha sido una tónica de la jerarquía católica que lo ha aplicado a aquellas doctrinas en las que ha descubierto su incongruencia con otras simultáneamente afirmadas, o a aquellas otras de las que ha descubierto su carácter auto-contradictorio. Mediante la consideración de que determinada doctrina tiene el carácter de “misterio” se considera que tal doctrina debe ser aceptada por un acto de fe, lo cual implica una renuncia a su comprensión y una aceptación de su verdad mediante un acto de sugestión programado insistente y convenientemente por la jerarquía religiosa y por los sacerdotes mediadores, que tratan así de “blindar” sus doctrinas contradictorias contra cualquier planteamiento racional que pretenda poner en evidencia su falsedad, lo cual obligaría a los dirigentes de la organización católica a reconocer sus errores dejando en evidencia su carácter falible simplemente humano y no inspirado en una supuesta “infalibilidad” del Papa en comunicación con el “Espíritu Santo”.
El concepto de “misterio” es complementario del concepto de “dogma”, entendido como una doctrina que se afirma como absolutamente verdadera, que no es racionalmente demostrable y que debe ser creída y aceptada por el “fiel” para no ser excluido de la organización y de la “bienaventuranza eterna” (?), a pesar de tratarse de doctrinas contrarias a la razón o sencillamente incomprensibles.
Los “dogmas” plantean el insoluble problema de cómo se puede saber que una doctrina teológica es verdadera sin saber al mismo tiempo por qué lo es, en cuanto no sea demostrable y en cuanto además llegue a ser contradictorio, como sucede en muchas ocasiones, poniendo en evidencia la mendacidad y el carácter embaucador de los dirigentes de la organización que deciden qué doctrinas hay que aceptar como dogmas, aprovechándose de la buena fe y de la ingenuidad de sus “fieles” para acostumbrarles a atrofiar su inteligencia y poder así manipular mejor sus mentes.
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(IV)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
4. La contradicción según la cual, de acuerdo con su omnipotencia y su presciencia, Dios habría programado y, por ello, conocería de antemano todo lo que tiene que suceder a lo largo del tiempo, incluidas las decisiones y las acciones del hombre, junto a la tesis según la cual el hombre sería libre y responsable de sus actos, es decir, de aquellos actos que el propio Dios habría programado.
CRÍTICA: Esta doctrina es consecuencia del concepto antropomórfico de un Dios como realidad suprema omnipotente a la que todo está sometido, pero es evidentemente contradictoria con la supuesta libertad humana.
Con la aparición del Cristianismo -y también en la tradición judía anterior- se tiende en general a afirmar la libertad del hombre como capacidad para acercarse o alejarse de Dios, según la actitud que se adopte frente a sus leyes. Sin embargo, hubo y sigue habiendo en el cristianismo dificultades imposibles de superar a la hora de para armonizar la doctrina de la libertad con otras de carácter teológico.
En efecto, una problemática especialmente importante fue la de la compatibilidad entre la omnipotencia divina, según la cual todo lo que sucede en el universo es resultado exclusivo de la voluntad divina, y la libertad humana, según la cual hay acciones que dependen exclusivamente de la voluntad del hombre, la cual podrá oponerse y representar un límite frente a la omnipotencia divina. En consecuencia, esta alternativa conduce al concepto contradictorio de un ser omnipotente que no posee la omnipotencia si se acepta la libertad del hombre, o al concepto igualmente contradictorio de un ser libre que no posee libertad, si se acepta la existencia de un ser efectivamente omnipotente.
En relación con esta cuestión hubo diversas polémicas, como la de Erasmo de Rotterdam (1467-1536) frente a Martín Lutero (1483-1546), defendiendo el primero la libertad del hombre en su obra De libero arbitrio y negándola el segundo en su correspondiente escrito De servo arbitrio; o también la del dominico Domingo Báñez (1528-1604) frente al jesuita Luis de Molina (1536-1600), en la que pretendiendo ambos defender desde la ortodoxia católica la omnipotencia de Dios y la libertad del hombre, no llegaron a una solución del problema, por lo que el papa prohibió que siguieran las discusiones, declarando que se trataba de un misterio.
Por su parte, ya en el siglo XIII Tomás de Aquino (1225-1274) se había enfrentado a este problema y en sus escritos reflejó, como era lógico, planteamientos contradictorios, pues, a fin de justificar la responsabilidad moral del hombre, defendió en muchas ocasiones la libertad, pero también en otras ésta quedó negada al considerar que las decisiones humanas eran causadas por Dios.
Así, por lo que se refiere a su defensa de la libertad, Tomás de Aquino está de acuerdo con la tradición socrática de que todo lo que deseamos lo apetecemos por considerarlo bueno, es decir, que nadie desea el mal por el mal. En este sentido afirma que “la voluntad no puede dirigirse hacia ningún objetivo a no ser por la consideración del bien” (“Voluntas in nihil potest tendere nisi sub ratione boni...” ( )) y que el hombre estaría determinado por un bien absoluto como lo sería Dios (“...ninguna otra cosa puede ser causa de la voluntad, sólo Dios mismo, que es el bien universal” ( )) o la felicidad (“..sólo el bien que es perfecto y no le falta nada es el bien que la voluntad no puede no querer, y éste es la bienaventuranza” ( )).
Sin embargo, para escapar del determinismo que derivaría de la atracción del bien, considera igualmente que el hombre es libre en cuanto depende de su voluntad la elección de cualquiera de los bienes que se presentan ante él (“...sed quia bonum multiplex est, propter hoc non ex necessitate determinatur ad unum” ( )). En este mismo sentido, afirma Tomás de Aquino que
“El hombre no elige con necesidad, precisamente porque lo que es posible que no exista no es necesario que exista. Pero la razón de que es posible elegir y no elegir puede apreciarse por la doble potestad del hombre, porque el hombre puede querer y no querer, obrar y no obrar, y puede también querer esto o lo otro, hacer esto o lo otro. Y la razón de esto está en la virtud misma de la razón, pues la voluntad puede tender hacia cuanto la razón puede aprehender como bueno. Ahora bien, la razón puede aprehender como bien no sólo el querer y el obrar, sino también el no querer y el no obrar. Y además, en todos los bienes particulares puede considerar la razón de algún bien o el defecto de algún bien, que tiene razón de mal. Según esto, puede aprehender cualquiera de estos bienes como elegible o como rechazable. En cambio, al bien perfecto, que es la bienaventuranza, la razón no puede aprehenderlo bajo razón de mal o de algún defecto; y por eso el hombre quiere la bienaventuranza necesariamente y no puede querer no ser feliz” ( ).
Sin embargo y en contra de este punto de vista, hay que decir que Tomás de Aquino no tiene en cuenta que, aunque se puede querer y no querer en razón del bien o de la ausencia de bien, en cuanto los bienes se nos muestran como diversamente valiosos, la voluntad se inclina necesariamente por aquel bien que se le presenta como el mejor (aunque sólo lo sea desde un punto de vista subjetivo).
Quizá un ejemplo pueda servir para aclarar los problemas que encierra la doctrina tomista: Si deseáramos conseguir la mayor cantidad posible de dinero y algún millonario generoso (?) nos ofreciese la posibilidad de elegir entre dos cheques auténticos, uno de 1.000.000 € y otro de 1€, aunque cualquiera de estas posibles elecciones se relacionaría con un bien, nuestra elección se inclinaría por el primero -aunque también tendría un carácter limitado-. Sin embargo, si tales cheques estuvieran metidos en el interior de un sobre, de forma que no pudiéramos tener la seguridad de cuál de ellos contenía la cantidad mayor, podríamos equivocarnos y elegir el de 1€, lo cual no demostraría que nuestra auténtica preferencia fuera ésa, sino que no habíamos dispuesto de medios adecuados para reconocer cuál era el sobre que contenía el cheque preferido.
Tomás de Aquino reconoce que todo lo que es objeto de elección lo es en cuanto la razón lo presenta como bueno, y ése es el motivo por el cual afirma que el hombre quiere la bienaventuranza necesariamente, en cuanto la razón no puede aprehenderla como mal. En consecuencia, el determinismo representado por el bien absoluto seguiría existiendo, en cuanto la capacidad para elegir o no elegir sólo sería la manifestación de la incapacidad del hombre para valorar con total objetividad el grado de bondad o maldad existente en sus diversas posibilidades de elección, de manera que, si su razón fuera capaz de una clarividencia plena acerca de dicha bondad o maldad, elegiría necesariamente aquello que aprehendiera como bueno y, en consecuencia, estaría determinada por ese bien objetivo.
Por otra parte, si la elección se realizase sin motivo, sería azarosa, y no tendría sentido llamarla libre. Tomás de Aquino, comprendiendo esta dificultad, trata de justificar la elección de cada momento a partir del modo de ser de la propia naturaleza (“Qualis unusquisque est, talis finis videtur ei” ( )), pero, aunque de este modo pretende superar el determinismo derivado de la atracción del bien, sin embargo sólo consigue dar una visión más completa de él, en cuanto hace derivar de esa naturaleza la elección de la voluntad.
Finalmente, para librarse del determinismo que deriva de la propia naturaleza, santo Tomás afirma que, aunque la elección esté determinada por la naturaleza de cada uno, sin embargo esa naturaleza ha sido también objeto de elección. Pero esta “solución” presenta nuevas dificultades, pues, en primer lugar, nadie elige su propia naturaleza -pues toda elección se produce a partir de la posesión de una naturaleza inicial-, y, en segundo lugar, aceptando que dicha elección fuera posible, nuevamente surgiría el dilema de que o bien habríamos elegido la propia naturaleza por un motivo -y en ese caso sería ese motivo el que habría determinado la elección de dicha naturaleza- o bien la habríamos elegido sin motivo alguno -y en tal caso volveríamos nuevamente a una interpretación basada en el azar-.
De este modo, la libertad sería una palabra vacía de contenido, ya que o bien sería equivalente a determinismo, o bien sería equivalente a azar.
Por otra parte, cuando Tomás de Aquino trata del tema de la omnipotencia divina, en lugar de intentar salvar la responsabilidad humana, defiende un planteamiento absolutamente determinista.
a) Así, por ejemplo, en los capítulos 89 y 90 del libro III de la Suma contra los gentiles, Tomás de Aquino, criticando a Orígenes (185-254), defiende la tesis de que Dios no sólo es la causa de la existencia de la voluntad humana como potencia, sino también la causa de las elecciones concretas de la voluntad:
“Algunos, no entendiendo cómo Dios puede causar el movimiento de nuestra voluntad sin perjuicio de la libertad misma, se empeñaron en exponer torcidamente dichas autoridades. Y así decían que Dios causa en nosotros el querer y el obrar, en cuanto que causa en nosotros la potencia de querer, pero no en el sentido de que nos haga querer esto o aquello. Así lo expone Orígenes [...].
De esto parece haber nacido la opinión de algunos, que decían que la providencia no se extiende a cuanto cae bajo el libre albedrío, o sea, a las elecciones, sino que se refiere a los sucesos exteriores. Pues quien elige conseguir o realizar algo, por ejemplo, enriquecerse o edificar, no siempre lo podrá alcanzar [...].
Todo lo cual, en verdad, está en abierta oposición con el testimonio de la Sagrada Escritura. Se dice en Isaías: Todo cuanto hemos hecho lo has hecho tú, Señor. Luego no sólo recibimos de Dios la potencia de querer, sino también la operación”.
Así pues, la perspectiva de teólogos como Orígenes acerca del acto voluntario salvaría la libertad del hombre, pero no la omnipotencia divina. Su punto de vista se podría reflejar de acuerdo con el siguiente esquema:
Potencia de querer Elección de la voluntad Acto físico
(Voluntad)
HOMBRE
-LIBERTAD-
DIOS _ _
-DETERMINISMO-
Sin embargo, desde la perspectiva de Tomás de Aquino se salvaría la omnipotencia divina pero no la libertad humana. El esquema correspondiente a este punto de vista sería el siguiente:
Potencia de querer Elección Acto físico
______________________
DIOS
-DETERMINISMO-
Insistiendo en este mismo punto de vista, añade Tomás de Aquino un poco más adelante: “Dios es causa no sólo de nuestra voluntad, sino también de nuestro querer”. Y en el capítulo siguiente concluye así: “Por consiguiente, como Él es la causa de nuestra elección y de nuestro querer, nuestras elecciones y voliciones están sujetas a la divina providencia”.
b) El tema de la libertad se enfocó también en el cristianismo desde la problemática de la “salvación” y la de la “predestinación”, y en estas cuestiones, frente a otras opiniones “heterodoxas” como la de Pelagio (360-425), que había defendido la tesis de que el hombre se salva por sus méritos y se condena por sus culpas, venció la tesis de que toda salvación viene de Dios y no de los méritos procedentes del buen uso de la libertad por parte del hombre; y, complementariamente, la idea de que Dios ha predestinado a los hombres desde la eternidad para su salvación o reprobación. Mediante esta tesis quedaba a salvo la omnipotencia divina, aunque el protagonismo del hombre respecto a los actos realizados por él así como el valor de tales actos desaparecían por completo.
Sin embargo, los planteamientos tomistas -al igual que los de Agustín de Hipona- se mantuvieron en esta línea “ortodoxa”, y contribuyeron a su fijación como doctrina oficial de la iglesia católica.
Así, por lo que se refiere al tema de la salvación, santo Tomás, criticando a Pelagio, considera que el hombre es incapaz de conseguir la bienaventuranza por sus propios méritos y que sólo el auxilio divino puede llevarle a alcanzar este objetivo ( ); que nadie merece por sí mismo dicho auxilio ( ); y que desde la eternidad Dios determinó a quiénes concedería dicho auxilio y a quiénes lo negaría para que en unos casos brillase su misericordia y en otros su justicia (?):
“Mas como quiera que Dios, entre los hombres que persisten en los mismos pecados, a unos los convierta previniéndolos y a otros los soporte o permita que procedan naturalmente [?], no se ha de investigar la razón por qué convierte a éstos y no a los otros, pues esto depende de su simple voluntad, del mismo modo que dependió de su voluntad el que, al hacer todas las cosas de la nada, unas fueran más excelentes que otras; tal como de la simple voluntad del artífice nace el formar de una misma materia, dispuesta de idéntico modo, unos vasos para usos nobles y otros para usos bajos” ( ).
Por lo que se refiere de manera más concreta al tema de la predestinación, la postura de Tomás de Aquino es idéntica a la de los luteranos y los calvinistas en cuanto defiende que la elección y la reprobación del hombre han sido ordenadas por Dios desde la eternidad, sin que pueda aceptarse que la decisión divina esté a su vez causada por los méritos del hombre:
“Y como se ha demostrado que unos, ayudados por la gracia, se dirigen mediante la operación divina al fin último, y otros, desprovistos de dicho auxilio, se desvían del fin último, y todo lo que Dios hace está dispuesto y ordenado desde la eternidad por su sabiduría [...], es necesario que dicha distinción de hombres haya sido ordenada por Dios desde la eternidad. Por lo tanto, en cuanto que designó de antemano a algunos desde la eternidad para dirigirlos al fin último, se dice que los predestinó [...] Y a quienes dispuso desde la eternidad que no había de dar la gracia, se dice que los reprobó o los odió [...] Y puede también demostrarse que la predestinación y la elección no tienen por causa ciertos méritos humanos, no sólo porque la gracia de Dios, que es efecto de la predestinación, no responde a mérito alguno, pues precede a todos los méritos humanos [...] sino también porque la voluntad y providencia divinas son la causa primera de cuanto se hace; y nada puede ser causa de la voluntad y providencia divinas” ( ).
Por extraña y absurda que pueda parecer la doctrina de la predestinación, hay que tener en cuenta que sólo ella -tal como Tomás de Aquino comprendió- podía dejar a salvo la omnipotencia divina, ya que, de lo contrario, la voluntad divina quedaría subordinada a las acciones y a los méritos del hombre; sin embargo, esta doctrina tiene el inconveniente de convertir al hombre en una especie de marioneta cuyas acciones sólo aparentemente son suyas y, por lo tanto, no deberían repercutir en ninguna clase de mérito o de culpa por cuanto en último término no dependerían de él sino de la voluntad de Dios.
En el siglo XVI los teólogos españoles Domingo Báñez, dominico, y Luís de Molina, jesuita, entablaron una polémica con la intención de encontrar una solución que salvase a un tiempo la omnipotencia divina y la libertad humana. Pero, como era lógico, la discusión no alcanzó un final feliz; la solución de Báñez se inclinaba, como la de Tomás de Aquino, a salvar la omnipotencia divina, anulando la libertad del hombre, mientras que la de Molina se inclinaba, como la de Orígenes o la del también jesuita Francisco Suárez, a salvar la libertad humana, anulando la omnipotencia divina.
Como no hubo forma –ni podía haberla- de encontrar una solución satisfactoria, en el año 1594 el papa Clemente VII prohibió que siguieran las discusiones, aunque no se atrevió a condenar ninguno de ambos puntos de vista.
Una consecuencia de la imposibilidad de salvar la libertad humana si se afirmaba la omnipotencia divina era que la responsabilidad humana deja de tener sentido y, en consecuencia, debían desaparecer todas aquellas doctrinas derivadas de aquella supuesta responsabilidad, como las referentes a las ideas de mérito, culpa, premio o castigo.
Como esta contradicción entre una omnipotencia divina limitada por los actos humanos libres y una libertad humana sometida a una omnipotencia divina tendría repercusiones radicalmente peligrosas para la supervivencia de las confesiones religiosas que aceptasen estas doctrinas contradictorias entre sí, los teólogos aplicaron a ellas –al igual que a muchas otras- el calificativo de “misterio”, el cual hace referencia a una doctrina incomprensible para la limitada capacidad humana y sólo comprensible por Dios. Este recurso al “misterio” ha sido una tónica de la jerarquía católica que lo ha aplicado a aquellas doctrinas en las que ha descubierto su incongruencia con otras simultáneamente afirmadas, o a aquellas otras de las que ha descubierto su carácter auto-contradictorio. Mediante la consideración de que determinada doctrina tiene el carácter de “misterio” se considera que tal doctrina debe ser aceptada por un acto de fe, lo cual implica una renuncia a su comprensión y una aceptación de su verdad mediante un acto de sugestión programado insistente y convenientemente por la jerarquía religiosa y por los sacerdotes mediadores, que tratan así de “blindar” sus doctrinas contradictorias contra cualquier planteamiento racional que pretenda poner en evidencia su falsedad, lo cual obligaría a los dirigentes de la organización católica a reconocer sus errores dejando en evidencia su carácter falible simplemente humano y no inspirado en una supuesta “infalibilidad” del Papa en comunicación con el “Espíritu Santo”.
El concepto de “misterio” es complementario del concepto de “dogma”, entendido como una doctrina que se afirma como absolutamente verdadera, que no es racionalmente demostrable y que debe ser creída y aceptada por el “fiel” para no ser excluido de la organización y de la “bienaventuranza eterna” (?), a pesar de tratarse de doctrinas contrarias a la razón o sencillamente incomprensibles.
Los “dogmas” plantean el insoluble problema de cómo se puede saber que una doctrina teológica es verdadera sin saber al mismo tiempo por qué lo es, en cuanto no sea demostrable y en cuanto además llegue a ser contradictorio, como sucede en muchas ocasiones, poniendo en evidencia la mendacidad y el carácter embaucador de los dirigentes de la organización que deciden qué doctrinas hay que aceptar como dogmas, aprovechándose de la buena fe y de la ingenuidad de sus “fieles” para acostumbrarles a atrofiar su inteligencia y poder así manipular mejor sus mentes.
CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
3. La contradicción según la cual, aunque la jerarquía católica considera que Dios es omnipresente, a la vez afirma que se encuentra “de modo especial” en la “hostia consagrada”.
CRÍTICA: Esta doctrina es evidentemente absurda en cuanto el estar o no estar presente no admite grados, del mismo modo que tampoco los hay entre estar vivo o no, estar embarazada o no, estar presente o no, y en cuanto no tiene sentido decir que alguien está vivo pero sólo un poco, que está presente pero sólo un poco, o que está embarazada pero sólo un poco. Por ello no tiene sentido afirmar que Dios se encuentra en todas partes y a continuación puntualizar que donde se encuentra “de verdad” en la hostia consagrada. Si Dios existiera, su omnipotencia le permitiría estar “en el Cielo, en la Tierra y en todo lugar” –como decía “el catecismo”- y si además su presencia fuera mejor que su ausencia, no tendría sentido afirmar que Dios estuviera de un modo especial y más pleno en las iglesias y en las hostias consagradas que en cualquier otro lugar del Universo.
Resulta evidente por ello que la insistencia de la jerarquía católica en afirmar que donde se encuentra Dios “de verdad” es en las iglesias y en la hostia consagrada proviene de sus intereses económicos, pues sólo desde el momento en que los fieles acuden a la Iglesia para estar más cerca de Dios se les puede tratar de adoctrinar y de someterles mentalmente para que acepten el resto de sus dogmas y doctrinas, para que sigan sus consignas políticas y sociales y para que asuman la “obligación” de entregar a la organización “religiosa” los “diezmos” y limosnas para el mantenimiento y prosperidad de dicha organización y para pagar todo el folklore que se monta en torno a las diversas celebraciones litúrgicas: Nacimiento de Jesús, Cuaresma, Semana Santa, Pascua de Resurrección, Corpus Christi, festividades patronales de cada localidad y un sin fin de actos rutinarios y repetitivos, como el rezo del “Santo Rosario”, que no tienen otra utilidad que la de servir como un ejercicio de autohipnosis colectiva, inducida por los jefes de la secta católica a fin de mantener secuestradas las mentes de sus “fieles” para que acepten el valor de las doctrinas y consignas que se les inculcan. Evidentemente todo ese folklore contribuye al mantenimiento y al crecimiento del negocio de la organización de la jerarquía católica en cuanto le sirve de propaganda y en cuanto aprovecha cualquier ocasión para pedir a los fieles una limosna para el “mantenimiento del culto” o para cualquier otro fin que se le ocurra al cura o al obispo de turno.
Y así, evidentemente es el interés económico de la jerarquía de esta escoria “religiosa” el que les lleva a defender esa absurda doctrina que considera a las iglesias como “la casa de Dios”, pues sin ella peligraría gravemente su montaje económico en cuanto los fieles comprendieran que para ponerse en contacto con la divinidad no hacía falta acudir a tales “casas de Dios” –como si Dios necesitase de una casa-; pues, en cuanto aquellos que necesitasen creer en fantasías religiosas comprendieran que no necesitaban acudir a las iglesias, muchos obispos y curas se quedarían sin ese medio de vida y deberían dedicarse a trabajar de verdad para ganarse el pan con el sudor de su frente, dejando de engañar a gente inocente.
Si fuera posible la existencia de un Dios trascendente que al mismo tiempo estuviera en todo lugar, ¿serviría de algo esa supuesta omnipresencia divina? En principio podría servir para impedir la serie interminable de desastres naturales que tanto sufrimiento y muerte provocan y, así, habría impedido el sufrimiento y la muerte absurda de tantas personas como, por ejemplo, la niña colombiana Omayra Sánchez, que estuvo atrapada en el agua hasta el cuello a lo largo de 24 horas de angustia y sufrimiento y confiando hasta el fin, hasta que murió sin que nadie, ni aquel supuesto Dios hiciera nada para salvarla, o el de muchos otros accidentados y muertos en los diversos terremotos, catástrofes y epidemias.
¿De qué sirve esa supuesta presencia divina en todas las zonas del mundo donde millones de niños mueren antes de cumplir los diez años en medio del hambre, de las enfermedades y de la miseria más absoluta? Creo que sería una ofensa a Dios –si existiera- afirmar que está delante de esos niños, viendo impasible su sufrimiento y no haciendo nada por evitarlo. Decir que nos encontramos ante un “misterio” es un acto de hipocresía o de cobardía ante el hecho de tener que reconocer que, si Dios existiera, sería un sádico en cuanto, siendo omnipotente y contemplando el sufrimiento de tantos seres inocentes, no se dignase remediar esos males que nadie merece y que para nada sirven. Por eso tenía razón Stendhal cuando, ante la contemplación de tantos sufrimientos humanos, dijo: “La única excusa de Dios es que no existe”.
Por otra parte, la afirmación de la omnipresencia de Dios sólo resulta compatible con un panteísmo como el de Spinoza, en el que Dios es omnipresente porque se identifica con el conjunto de la Naturaleza (Deus sive Natura), pero evidentemente ese Dios dejaría de tener un carácter personal y antropomórfico para ser entendido como el conjunto de todo lo existente.
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
3. La contradicción según la cual, aunque la jerarquía católica considera que Dios es omnipresente, a la vez afirma que se encuentra “de modo especial” en la “hostia consagrada”.
CRÍTICA: Esta doctrina es evidentemente absurda en cuanto el estar o no estar presente no admite grados, del mismo modo que tampoco los hay entre estar vivo o no, estar embarazada o no, estar presente o no, y en cuanto no tiene sentido decir que alguien está vivo pero sólo un poco, que está presente pero sólo un poco, o que está embarazada pero sólo un poco. Por ello no tiene sentido afirmar que Dios se encuentra en todas partes y a continuación puntualizar que donde se encuentra “de verdad” en la hostia consagrada. Si Dios existiera, su omnipotencia le permitiría estar “en el Cielo, en la Tierra y en todo lugar” –como decía “el catecismo”- y si además su presencia fuera mejor que su ausencia, no tendría sentido afirmar que Dios estuviera de un modo especial y más pleno en las iglesias y en las hostias consagradas que en cualquier otro lugar del Universo.
Resulta evidente por ello que la insistencia de la jerarquía católica en afirmar que donde se encuentra Dios “de verdad” es en las iglesias y en la hostia consagrada proviene de sus intereses económicos, pues sólo desde el momento en que los fieles acuden a la Iglesia para estar más cerca de Dios se les puede tratar de adoctrinar y de someterles mentalmente para que acepten el resto de sus dogmas y doctrinas, para que sigan sus consignas políticas y sociales y para que asuman la “obligación” de entregar a la organización “religiosa” los “diezmos” y limosnas para el mantenimiento y prosperidad de dicha organización y para pagar todo el folklore que se monta en torno a las diversas celebraciones litúrgicas: Nacimiento de Jesús, Cuaresma, Semana Santa, Pascua de Resurrección, Corpus Christi, festividades patronales de cada localidad y un sin fin de actos rutinarios y repetitivos, como el rezo del “Santo Rosario”, que no tienen otra utilidad que la de servir como un ejercicio de autohipnosis colectiva, inducida por los jefes de la secta católica a fin de mantener secuestradas las mentes de sus “fieles” para que acepten el valor de las doctrinas y consignas que se les inculcan. Evidentemente todo ese folklore contribuye al mantenimiento y al crecimiento del negocio de la organización de la jerarquía católica en cuanto le sirve de propaganda y en cuanto aprovecha cualquier ocasión para pedir a los fieles una limosna para el “mantenimiento del culto” o para cualquier otro fin que se le ocurra al cura o al obispo de turno.
Y así, evidentemente es el interés económico de la jerarquía de esta escoria “religiosa” el que les lleva a defender esa absurda doctrina que considera a las iglesias como “la casa de Dios”, pues sin ella peligraría gravemente su montaje económico en cuanto los fieles comprendieran que para ponerse en contacto con la divinidad no hacía falta acudir a tales “casas de Dios” –como si Dios necesitase de una casa-; pues, en cuanto aquellos que necesitasen creer en fantasías religiosas comprendieran que no necesitaban acudir a las iglesias, muchos obispos y curas se quedarían sin ese medio de vida y deberían dedicarse a trabajar de verdad para ganarse el pan con el sudor de su frente, dejando de engañar a gente inocente.
Si fuera posible la existencia de un Dios trascendente que al mismo tiempo estuviera en todo lugar, ¿serviría de algo esa supuesta omnipresencia divina? En principio podría servir para impedir la serie interminable de desastres naturales que tanto sufrimiento y muerte provocan y, así, habría impedido el sufrimiento y la muerte absurda de tantas personas como, por ejemplo, la niña colombiana Omayra Sánchez, que estuvo atrapada en el agua hasta el cuello a lo largo de 24 horas de angustia y sufrimiento y confiando hasta el fin, hasta que murió sin que nadie, ni aquel supuesto Dios hiciera nada para salvarla, o el de muchos otros accidentados y muertos en los diversos terremotos, catástrofes y epidemias.
¿De qué sirve esa supuesta presencia divina en todas las zonas del mundo donde millones de niños mueren antes de cumplir los diez años en medio del hambre, de las enfermedades y de la miseria más absoluta? Creo que sería una ofensa a Dios –si existiera- afirmar que está delante de esos niños, viendo impasible su sufrimiento y no haciendo nada por evitarlo. Decir que nos encontramos ante un “misterio” es un acto de hipocresía o de cobardía ante el hecho de tener que reconocer que, si Dios existiera, sería un sádico en cuanto, siendo omnipotente y contemplando el sufrimiento de tantos seres inocentes, no se dignase remediar esos males que nadie merece y que para nada sirven. Por eso tenía razón Stendhal cuando, ante la contemplación de tantos sufrimientos humanos, dijo: “La única excusa de Dios es que no existe”.
Por otra parte, la afirmación de la omnipresencia de Dios sólo resulta compatible con un panteísmo como el de Spinoza, en el que Dios es omnipresente porque se identifica con el conjunto de la Naturaleza (Deus sive Natura), pero evidentemente ese Dios dejaría de tener un carácter personal y antropomórfico para ser entendido como el conjunto de todo lo existente.
CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE LA IGLESIA CATÓLICA
(II)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
2. La contradicción del concepto de Dios como un ser perfecto de carácter trascendente junto la afirmación del carácter antropomórfico de ese mismo Dios, hecho hombre de carne y hueso.
Si atendemos al significado que el concepto de Dios ha tenido a lo largo de la historia del judeo-cristianismo nos encontramos con una idea totalmente antropomórfica de Dios: Un ser que ama y odia, que es celoso y vengativo, que premia, castiga, ordena, amenaza y destruye, y que es vulnerable en la misma medida en que puede ser ofendido, desobedecido, traicionado y olvidado.
CRÍTICA: Esta perspectiva respecto a la esencia de ese Dios, propia de “teólogos” como Tomás de Aquino, conduce al absurdo de considerar que Dios, siendo omnipotente y habiendo programado todas las decisiones y acciones humanas, castiga de manera absurda a los seres humanos que se hayan comportado de acuerdo con los objetivos para los que él mismo les habría programado, de manera que tal actuación convertiría al propio Dios en un ser caprichoso y contradictorio. Es verdad, sin embargo, que en el Antiguo Testamento los redactores de la Biblia –a pesar de estar supuestamente inspirados por el Espíritu Santo, según dice la jerarquía católica- no repararon en el hecho de que la predeterminación divina implicaba la automática desaparición de las categorías de libre albedrío, responsabilidad, mérito o culpa. Pero el caso es que, como consecuencia de dicha predeterminación, el propio Dios habría programado a Judas para que traicionase a Jesús, por lo que aquél no pudo hacer otra cosa que lo que hizo, y, por ello mismo, sería una contradicción considerarle culpable de su acción por cuanto, a pesar de que aquella traición pudiera considerarse tal vez como la mayor ofensa que podía cometerse contra Dios, tal acción habría sido programada por el propio Dios, mientras que Judas sólo habría sido un instrumento para que todo se cumpliese de acuerdo con los planes divinos. Recordemos cómo en los evangelios aparece la afirmación de Jesús “uno de vosotros me entregará”, es decir, ya todo estaba dispuesto así desde la eternidad, ¿qué culpa podía tener Judas? Ninguna, evidentemente.
Otro aspecto de este antropomorfismo sería la suposición de que Dios quiso crear a la humanidad para que le amase y le adorase, lo cual supone ignorar que su perfección quedaría anulada desde el momento en que su propia autosuficiencia dejaría de existir al estar subordinada de algún modo a la satisfacción que obtuviese como consecuencia de las acciones y de los sentimientos que el ser humano tuviera hacia él, los cuales, por otra parte, habrían sido programados igualmente por el propio Dios. Un aspecto complementario de este ridículo antropomorfismo consiste en la pretensión de que la adoración, las penitencias, los ayunos y las oraciones de los hombres pudiesen causarle alguna satisfacción, pues nuevamente este punto de vista implica una negación de la inmutabilidad y la perfección divina, a la vez que la afirmación en Dios de un estado emocional variable y subordinado a las actitudes y sentimientos del hombre hacia él.
Por otra parte, la existencia de Dios como ser perfecto es incompatible no sólo con la existencia del Universo sino también con la presencia en él de tantos aspectos absurdos por lo que se refiere a los que rodean la existencia humana y las de cualquier forma de sufrimiento, humano y no humano, y esta incompatibilidad se hace más patente si se tiene en cuenta que, de acuerdo con un aforismo de la filosofía escolástica, el modo de actuar de cada ser es consecuencia y manifestación de su modo de ser (“operari sequitur esse”), de manera que, asumiendo incluso la absurda hipótesis de que un ser perfecto hubiese deseado crear algo, lo habría creado tan perfecto como lo fuera él mismo: Su amor infinito le habría llevado a conceder al hombre la perfección en el mismo grado en que su poder se lo hubiese permitido, y, siendo este poder infinito, habría creado al ser humano tan perfecto como lo fuera él mismo, el propio Dios, del mismo modo que obraría un padre en relación con su hijo, hasta ayudarle a alcanzar metas muy superiores incluso a las que él mismo hubiera logrado. Pero, además, ese amor infinito no sólo sería contradictorio con las imperfecciones humanas sino especialmente con la existencia del sufrimiento, de las enfermedades, de la muerte y de todas las calamidades que rodean la existencia humana a lo largo de su vida y que están igualmente presentes en todos aquellos seres vivos capaces de sentir
El antropomorfismo del concepto religioso de Dios se muestra igualmente en la consideración de B. Spinoza según la cual la infinitud de Dios impediría la existencia de cualquier otra realidad ajena que pudiera limitar la suya y, en consecuencia, Dios se identificaría con el conjunto de lo real y el ser humano sería parte de Dios en cuanto nada más podría existir además de él.
DE LA IGLESIA CATÓLICA
(II)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
2. La contradicción del concepto de Dios como un ser perfecto de carácter trascendente junto la afirmación del carácter antropomórfico de ese mismo Dios, hecho hombre de carne y hueso.
Si atendemos al significado que el concepto de Dios ha tenido a lo largo de la historia del judeo-cristianismo nos encontramos con una idea totalmente antropomórfica de Dios: Un ser que ama y odia, que es celoso y vengativo, que premia, castiga, ordena, amenaza y destruye, y que es vulnerable en la misma medida en que puede ser ofendido, desobedecido, traicionado y olvidado.
CRÍTICA: Esta perspectiva respecto a la esencia de ese Dios, propia de “teólogos” como Tomás de Aquino, conduce al absurdo de considerar que Dios, siendo omnipotente y habiendo programado todas las decisiones y acciones humanas, castiga de manera absurda a los seres humanos que se hayan comportado de acuerdo con los objetivos para los que él mismo les habría programado, de manera que tal actuación convertiría al propio Dios en un ser caprichoso y contradictorio. Es verdad, sin embargo, que en el Antiguo Testamento los redactores de la Biblia –a pesar de estar supuestamente inspirados por el Espíritu Santo, según dice la jerarquía católica- no repararon en el hecho de que la predeterminación divina implicaba la automática desaparición de las categorías de libre albedrío, responsabilidad, mérito o culpa. Pero el caso es que, como consecuencia de dicha predeterminación, el propio Dios habría programado a Judas para que traicionase a Jesús, por lo que aquél no pudo hacer otra cosa que lo que hizo, y, por ello mismo, sería una contradicción considerarle culpable de su acción por cuanto, a pesar de que aquella traición pudiera considerarse tal vez como la mayor ofensa que podía cometerse contra Dios, tal acción habría sido programada por el propio Dios, mientras que Judas sólo habría sido un instrumento para que todo se cumpliese de acuerdo con los planes divinos. Recordemos cómo en los evangelios aparece la afirmación de Jesús “uno de vosotros me entregará”, es decir, ya todo estaba dispuesto así desde la eternidad, ¿qué culpa podía tener Judas? Ninguna, evidentemente.
Otro aspecto de este antropomorfismo sería la suposición de que Dios quiso crear a la humanidad para que le amase y le adorase, lo cual supone ignorar que su perfección quedaría anulada desde el momento en que su propia autosuficiencia dejaría de existir al estar subordinada de algún modo a la satisfacción que obtuviese como consecuencia de las acciones y de los sentimientos que el ser humano tuviera hacia él, los cuales, por otra parte, habrían sido programados igualmente por el propio Dios. Un aspecto complementario de este ridículo antropomorfismo consiste en la pretensión de que la adoración, las penitencias, los ayunos y las oraciones de los hombres pudiesen causarle alguna satisfacción, pues nuevamente este punto de vista implica una negación de la inmutabilidad y la perfección divina, a la vez que la afirmación en Dios de un estado emocional variable y subordinado a las actitudes y sentimientos del hombre hacia él.
Por otra parte, la existencia de Dios como ser perfecto es incompatible no sólo con la existencia del Universo sino también con la presencia en él de tantos aspectos absurdos por lo que se refiere a los que rodean la existencia humana y las de cualquier forma de sufrimiento, humano y no humano, y esta incompatibilidad se hace más patente si se tiene en cuenta que, de acuerdo con un aforismo de la filosofía escolástica, el modo de actuar de cada ser es consecuencia y manifestación de su modo de ser (“operari sequitur esse”), de manera que, asumiendo incluso la absurda hipótesis de que un ser perfecto hubiese deseado crear algo, lo habría creado tan perfecto como lo fuera él mismo: Su amor infinito le habría llevado a conceder al hombre la perfección en el mismo grado en que su poder se lo hubiese permitido, y, siendo este poder infinito, habría creado al ser humano tan perfecto como lo fuera él mismo, el propio Dios, del mismo modo que obraría un padre en relación con su hijo, hasta ayudarle a alcanzar metas muy superiores incluso a las que él mismo hubiera logrado. Pero, además, ese amor infinito no sólo sería contradictorio con las imperfecciones humanas sino especialmente con la existencia del sufrimiento, de las enfermedades, de la muerte y de todas las calamidades que rodean la existencia humana a lo largo de su vida y que están igualmente presentes en todos aquellos seres vivos capaces de sentir
El antropomorfismo del concepto religioso de Dios se muestra igualmente en la consideración de B. Spinoza según la cual la infinitud de Dios impediría la existencia de cualquier otra realidad ajena que pudiera limitar la suya y, en consecuencia, Dios se identificaría con el conjunto de lo real y el ser humano sería parte de Dios en cuanto nada más podría existir además de él.
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