sábado, 8 de noviembre de 2008

EL SEÑOR RATZINGER Y LA DEFENSA DE LA LIBERTAD
Antonio García Ninet
Doctor en Filososfía

El señor Ratzinger, jefe principal de la jerarquía católica, y se ha reunido con algunos representantes de la religión musulmana para defender la libertad de los católicos para practicar su religiójn tanto en privado como en público.
Resulta curioso que en estos momentos la jerarquía católica busque un entendimiento especial con los musulmanes cuando hace apenas unos siglos aquí en España se invocaba a “Santiago Matamoros” en las batallas de los cristianos contra los musulmanes. Pero, al parecer, los tiempos cambian, y las perspectivas, valores y verdades también.
Ahora y en contra de su constante actitud, contraria a otra libertad que no fuera la suya propia para predicar “su verdad” y para atacar y condenar a todo el que pensase de modo distinto, ha solicitado a los musulmanes el derecho a la libertad para la práctica de la religión católica, tanto en el ámbito privado como en el público.
Sin embargo y pese a que la libertad es uno de los valores importantes para el ser humano, conviene reflexionar sobre las implicaciones de una libertad como la que pretenden el señor Ratzinger o los jefes de estas otras organizaciones musulmanas, pues, aunque a primera vista, parezca que la defensa de la libertad debe estar por encima de todo, hay casos en que tal defensa resulta inaceptable.
Por ejemplo, creo que todo el mundo –o casi todo- estará de acuerdo en que no puede defenderse la libertad para atentar contra la misma libertad, ni la libertad para asesinar cuando a uno le venga en gana, ni la libertad para cometer actos terroristas, ni la libertad para defender el racismo y el exterminio del pueblo judío o de cualquier otro, y otros casos similares.
¿Tienen algo que ver estos ejemplos extremos con lo que pudiera ser la libertad para la práctica de las distintas confesiones religiosas? En principio podría parecer que no, al menos de este modo tan evidentemente inaceptable.
Sin embargo y por lo que se refiere a la religión musulmana, quienes estamos educados en la cultura occidental consideramos inadmisibles las arengas en favor de cualquier supuesta “guerra santa” en cuanto implican, entre otras cosas, el desprecio y la lucha en contra de la libertad de quienes no comparten las creencias de quienes predican esas guerras; consideramos igualmente inaceptable la libertad para arengar en favor de la práctica de costumbres inhumanas, como la de la ablación del clítoris, en cuanto representa una intolerable agresión sexual contra la mujer y, en cualquier caso, contra su derecho a disponer de su propio cuerpo sin que nadie se arrogue el derecho a mutilarlo en nombre de ningún principio religioso, y, así, en contra de las demás formas de atentar contra la libertad… en nombre de la libertad.
Y, por lo que se refiere a las consignas de la jerarquía católica, consideramos inaceptable que utilicen su “defensa de la libertad” para llegar a la más absoluta negación de la libertad de aquellos niños a quienes adoctrinan para que asuman la idea de que la razón debe someterse a lo que ellos les presenten como contendidos doctrinales en los que deben creer y a los que deben someterse por encima de su carácter absurdo e irracional; consideramos inadmisible su particular práctica de esa libertad utilizada para negar la libertad de los demás cuando se oponen a las leyes en favor del divorcio, del aborto, de la eutanasia, del matrimonio de los homosexuales, etc, a pesar de tratarse de leyes que a nadie obligan sino que sólo reconocen el derecho para divorciarse o no, para abortar o no, para morir cuando uno lo decida o no, para casarse con una pareja del mismo o de diferente sexo, etc.
El señor Ratzinger, antiguo miembro de las juventudes hitlerianas, pretende tener libertad para aterrorizar a los niños con sus doctrinas sobre el infierno, para defender el carácter obsceno de la sexualidad en general, y para defender y apoyar toda clase de dictaduras, negadoras de la libertad. Y encima goza de hecho de “libertad para robar”, en cuanto, mediante su chantaje a los sucesivos gobiernos del estado español, nos roba, año tras años, una barbaridad de millones de euros a cada uno de los ciudadanos españoles.
¡Es realmente una desvergüenza insólita que este señor hable de libertad cuando para él la única libertad es la consistente, no en obedecer a Dios, sino en obedecer las consignas del Vaticano!
CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(X)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
10. La contradicción del dogma de la Trinidad, es decir, del dogma según el cual la jerarquía de la organización católica afirma que existe un solo Dios, pero a la vez defiende que “el Padre” es Dios, “el Hijo” es Dios y “el Espíritu Santo” es Dios, y afirma igualmente que “el Padre”, “el Hijo” y “el Espíritu Santo” son iguales y realmente distintos.
CRÍTICA: Se trata de una serie de absurdas contradicciones en cuanto es evidente que, si se afirma que sólo hay un Dios y luego se dice que, siendo distintos el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, los tres son dioses, se estará afirmando la contradicción de que Dios es uno y no es uno -en cuanto cada una de esas tres personas sea Dios-.
La contradicción se multiplica cuando se afirma que Padre, Hijo y Espíritu Santo sean iguales y realmente distintos, lo cual equivale a decir que son iguales y no son iguales. Mayor contradicción y más clara, imposible.
¿Cómo se defienden los agentes del Vaticano de esta serie de sandeces cuya verdad o falsedad ni siquiera tiene repercusión alguna en la vida de nadie? ¿En qué iba a cambiar nuestra vida por aceptar esa serie de doctrinas acerca de Dios que nada nos dicen en la misma medida en que o bien resultan incomprensibles o bien llegan a ser incluso contrarias a la razón? Ante esta situación de perplejidad por la contradicción de sus doctrinas y su insistencia de que debemos aceptarlas, a pesar de lo que diga la Filosofía, La Ciencia o el simple sentido común, la jerarquía católica insiste en decir que:
-¡Se trata de un “misterio” y, al igual que los demás misterios, hay que “creer” en su verdad, aunque la razón no alcance a comprenderlo!
-Pero, si es un misterio, es decir, si se trata de algo que la razón no puede llegar a comprender, ¿podríais explicarme cómo habéis llegado vosotros a conocer su supuesta verdad?
-¿Para qué te crees que está la fe? La fe la da Dios y su valor es infinitamente superior al de la razón y, además, como ya decía “San Agustín”, “nisis credideritis non intelligetis”, o, dicho en castellano, “si no creéis, no entenderéis”.
-Pero, ¿cómo puede aceptarse como verdad una doctrina que no sólo resulta incomprensible sino que incluso va en contra de la propia razón?
-Ya te lo hemos dicho y, además, en eso consiste el mérito de la fe: En aceptar doctrinas que son incomprensibles para el ser humano y que humillan la soberbia de su racionalidad. Sí, para pertenecer al número de los escogidos hay que aprender a humillar la propia racionalidad como un instrumento maligno que nada representa frente a ese don formidable de la fe, que Dios envía a todo aquel que se humille y reconozca la insignificancia de su razón frente al carácter inconmensurable e inabarcable de su sabiduría infinita y de la fe que el concede a quien quiera recibirla.
-Vuestras palabras suenan bien y parecen impactantes. Sin embargo, sigo encontrando en ellas un punto oscuro que quisiera que me aclaraseis, si sabéis cómo hacerlo. Me refiero precisamente a ese paso importante al que os referís cuando habláis de la necesidad de abandonar la racionalidad para dejar paso a la fe. El problema que veo consiste en lo siguiente: Si en principio con lo único con que contamos desde el punto de vista de la investigación de la verdad es la propia razón –además de la experiencia-, ¿qué argumento podrías darme para convencerme de que debo olvidarme de esa razón para aceptar de modo irracional, mediante esa fe de que me habláis, la serie de doctrinas que presentáis, contrarias a la razón? ¿No os parece que, si no me dais al menos un argumento sólido, no tendría sentido que abandonase mi propia racionalidad, por muy insignificante que pudiera ser? ¿No os dais cuenta de que incluso para abandonar la razón necesitaría una razón? ¿No os das cuenta de que para pedirme que acepte la fe deberíais proporcionarme una razón y que, por ello, la misma fe estaría condicionada y, por lo tanto, subordinada a la misma razón? ¿No os das cuenta de que, por eso mismo, la razón seguiría seguir teniendo un valor superior al de la esa fe a la que tanto valor concedéis?
-Mira: No sigas por ese camino, no sigas por él, que de ese modo no llegarás a ningún sitio. No tienes más opción que seguir guiándote por la soberbia de esa racionalidad tuya, tan insignificante y tan pobre, o acogerte a la seguridad y a la fuerza de la gracia divina de la fe. No vamos a seguir discutiendo contigo. Tienes dos opciones: la razón o la fe. Tú sabrás lo que haces.
-Sí, la razón o el dogmatismo fanático e irracional. Sí, dirigir mi vida desde mi débil racionalidad o renunciar a esa pequeña luz para dejar que seáis vosotros quienes la dirijáis con vuestras consignas, misterios, dogmas, mitos absurdos, prejuicios y mentiras. Pues todo eso que vosotros colocáis en el terreno de la fe, todo eso a lo que llamáis “misterio” es lo que en Lógica nosotros llamamos “contradicción”. Y pretender que aceptemos como verdad toda esa serie de contradicciones es pretender que renunciemos a nuestra razón para convertirnos en serviles borregos a vuestro servicio, dispuestos a comulgar con ruedas de molino.
-¡Nuestra palabra es la palabra de Dios! ¡Allá tú y tu soberbia racionalista si no quieres escucharla!
-¡Bueno, bueno, no nos enfademos! Vivid como mejor os plazca, pero dejadnos a los demás hacer lo mismo y no os metáis en nuestra vida ni pretendáis imponer vuestras incoherentes doctrinas, pues es absurdo afirmar y negar a un tiempo una misma teoría, tal como hacéis vosotros.
Un diálogo como éste reflejaría adecuadamente la repuesta de la jerarquía católica a estas críticas. Su desprecio de la racionalidad humana pudo comprobarse nuevamente en la encíclica Fides el ratio de su jefe Karol Wojtyla, en la que criticó la filosofía cartesiana y la de la Ilustración del siglo XVIII, incluido el propio Kant, a pesar de que tanto Descartes como Kant creían en Dios,
En relación con este misterio tan misterioso de la “Trinidad”, dicen también los agentes del Vaticano que tanto el Padre, como el Hijo y el Espíritu Santo son eternos. Y aquí tenemos ¡un nuevo misterio! Pues si el Hijo nació de María, después de que ésta quedase embarazada por una gracia del Espíritu Santo, en tal caso parece evidente que el Hijo comenzó a existir hace alrededor de 2000 años, que es cuando se supone que nació ese hijo llamado Jesús. Y, si alguien replica que, aunque Jesús nació de María, de hecho ya existía eternamente y que María sólo sirvió para su “encarnación”, en tal caso, afirmar que María es la “madre de Dios” es una nueva superchería, contradictoria con la eternidad del propio Dios, eternidad no compartida por María, la hija de Joaquín y de Ana, a la cual, en consecuencia, sería el colmo del absurdo considerar como “madre de Dios”.
Para finalizar, hay que señalar la nueva contradicción en que incurre la jerarquía católica cuando defiende la doctrina de la simplicidad de Dios, en cuanto en él todas sus cualidades son formas diversas e inadecuadas que tenemos los humanos de aproximarnos a la comprensión de su ser, que en realidad no puede diferenciarse en ningún sentido en cuanto cada uno de tales aspectos por su misma diversidad tendría un grado mayor o menor de perfección. Pero, en contra de esta concepción unitaria y simple de la divinidad, la jerarquía católica afirma también que tal simplicidad de Dios es compatible con el dogma según el cual en Dios hay tres personas iguales y realmente distintas, lo cual, además de contradecir dicha simplicidad, representa una manera de intentar volvernos locos cuando nos invita a que aceptemos que lo igual y lo distinto son una misma cosa, ya que si esas tres personas son iguales, en tal caso no son tres sino una sola, mientras que, si son distintas, en tal caso no puede afirmarse la simplicidad de Dios sino su diversidad o carácter no simple en la misma medida en que Padre, Hijo y Espíritu Santo sean Dios y sean distintos entre sí.

viernes, 7 de noviembre de 2008

CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(IX)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
9. La contradicción según la cual Jesús critica la acción de Dios cuando, en referencia a Judas, dice “más le valdría a ese hombre no haber nacido”, frase que implica la afirmación de que Dios obró mal al crear a Judas y que, en consecuencia, su bondad, su sabiduría o su poder no serían infinitos.
La doctrina tradicional católica acepta el valor del contenido de los evangelios como inspirados por el “Espíritu santo” y, en consecuencia, acepta que Jesús, refiriéndose a Judas, dijo “más le valdría a ese hombre no haber nacido” ( ); al mismo tiempo, dicha jerarquía considera que Dios, por ser perfecto, hace siempre lo mejor.
CRÍTICA: Por ello y en cuanto las palabras de Jesús representan una negación de que Dios hubiera hecho lo mejor al haber programado y decidido que Judas naciera, nos encontramos al menos con varias doctrinas contradictorias entre sí, pues el hecho de que hubiera sido mejor que Judas no naciera contradice
a) su supuesta omnipotencia, en cuanto la existencia de Judas, junto con todas sus cualidades y sus acciones, incluida la traición a Jesús y su propio suicidio, habrían sido predeterminados por Dios, y, en consecuencia, Judas, no habiendo sido responsable de nada de lo que hizo, no habría merecido tales palabras de condena.
b) su supuesta omnisciencia, es decir, su conocimiento absoluto de todo, y, por ello, de la futura existencia de Judas en cuanto programada por el mismo, que, por ese mismo motivo, habría podido evitar como consecuencia de su poder,
c) la idea de un Dios infinitamente misericordioso para quien no habría ofensa que no pudiera perdonar.
Por otra parte, en cuanto el propio Jesús se identificase con Dios y en cuanto por su bondad infinita hiciera siempre lo mejor, sus palabras habrían carecido de sentido en cuanto se habría criticado a sí mismo, que era quien habría hecho nacer a ese personaje maldito.
Ahora bien, si se tienen en cuenta aquellos textos evangélicos –indicados en este mismo estudio- en los que se niega que Jesús fuera Dios, podría entenderse que el propio Jesús simplemente se equivocase al olvidarse de la infinita misericordia divina o que asumiese, como también asumen los evangelios, que la misericordia divina no era infinita, por lo que la frase referida a Judas estaría motivada por la convicción de que la acción de Judas no podía ser perdonada por Dios.
Por otra parte, el absurdo de las palabras de Jesús se hace mayor, si cabe, si se tiene en cuenta que la doctrina cristiana considera que Jesús se encarnó a fin de ofrecerse en sacrificio en la cruz para el perdón de los pecados, sacrificio que, aunque era otro absurdo en sí mismo -pues Dios por su amor y misericordia infinitas hubiera podido perdonar sin necesidad de sacrificio alguno-, se produjo mediante la colaboración de Judas, que a su manera fue un instrumento que sirvió para que Jesús llevase a término su supuesta, innecesaria y absurda inmolación.
CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(IX)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
9. La contradicción según la cual Jesús critica la acción de Dios cuando, en referencia a Judas, dice “más le valdría a ese hombre no haber nacido”, frase que implica la afirmación de que Dios obró mal al crear a Judas y que, en consecuencia, su bondad o su sabiduría no serían infinitas.
La doctrina tradicional católica acepta el valor del contenido de los evangelios en cuanto inspirados por el “Espíritu santo” y, en consecuencia, acepta que Jesús, refiriéndose a Judas, dijo “más le valdría a ese hombre no haber nacido” ( ); al mismo tiempo, dicha jerarquía considera que Dios, por ser perfecto, hace siempre lo mejor.
CRÍTICA: Por ello y en cuanto las palabras de Jesús referidas a Judas representan una negación de que Dios hubiera hecho lo mejor al haber programado y decidido que Judas naciera, nos encontramos con dos doctrinas contradictorias entre sí.
Además de esta contradicción, según la perspectiva que se adopte al analizar estas afirmaciones, puede extraerse algún otro absurdo:
En primer lugar, asumiendo que Jesús fuera Dios y asumiendo igualmente que Dios hiciera siempre lo mejor, las palabras de Jesús o bien carecerían de sentido en cuanto habría sido él mismo quien habría determinado que Judas naciera o bien demostrarían que su sabiduría no era infinita cuando creó a Judas. Ante estas alternativas parece que, si se tienen en cuenta los mismos textos evangélicos en los que se niega que Jesús fuera Dios –según se indican en este mismo estudio-, podría entenderse que el propio Jesús simplemente se equivocase al olvidarse de la infinita misericordia divina o que asumiese, como también asumen los evangelios, que la misericordia divina no era infinita, por lo que la frase referida a Judas estaría motivada por la convicción de que la acción de Judas no sería perdonada por Dios.
Y, en segundo lugar, esta afirmación de Jesús implicaría su desconocimiento de la omnipotencia divina, de la que proviene la predeterminación y la predestinación de los hombres, y según la cual el propio Dios habría programado la existencia de Judas con todo el conjunto de las acciones que había de realizar a lo largo de su vida, incluida la traición a Jesús y su propio suicidio. Por ello, si Jesús hubiera sido Dios, habría sido absurdo que dijera esa frase, pues habría sabido que había sido él mismo quien habría obrado mal al crear a Judas, lo cual habría estado en contradicción con su sabiduría y con su bondad infinita.
En cualquier caso, estas palabras, referidas a Judas, son tan absurdas como todas aquellas que hacen referencia al Infierno, en cuanto
a) son contradictorias con la idea de un Dios omnipotente, que rige y predetermina todas las cosas,
b) son contradictorias con la idea de un Dios a la vez omnisciente, es decir, que sabe de antemano todo lo que va a suceder y que, por lo tanto, podía haber evitado la existencia de aquel de quien Jesús dice “más le valiera no haber nacido”, y
c) son contradictorias con la idea de un Dios infinitamente misericordioso para quien no habría ofensa que no pudiera perdonar.
Además, el absurdo se hace mayor, si cabe, si se tiene en cuenta que la doctrina cristiana considera que Jesús se encarnó a fin de ofrecerse en sacrificio en la cruz para el perdón de los pecados, sacrificio que, aunque era otro absurdo en sí mismo -pues Dios por su amor y misericordia infinitas hubiera podido perdonar sin necesidad de sacrificio alguno-, se produjo mediante la colaboración de Judas, que a su manera fue un instrumento que sirvió para que Jesús llevase a término su supuesta y absurda inmolación.

jueves, 6 de noviembre de 2008

CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(IX)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
9. La contradicción según la cual Jesús critica la acción de Dios cuando, en referencia a Judas, dice “más le valdría a ese hombre no haber nacido”, frase que implica la afirmación de que Dios obró mal al crear a Judas y que, en consecuencia, su bondad o su sabiduría no serían infinitas.
La doctrina tradicional católica acepta el valor del contenido de los evangelios en cuanto inspirados por el “Espíritu santo” y, en consecuencia, acepta que Jesús, refiriéndose a Judas, dijo “más le valdría a ese hombre no haber nacido” ( ); al mismo tiempo, dicha jerarquía considera que Dios, por ser perfecto, hace siempre lo mejor.
CRÍTICA: Por ello y en cuanto las palabras de Jesús referidas a Judas representan una negación de que Dios hubiera hecho lo mejor al haber programado y decidido que Judas naciera, nos encontramos con dos doctrinas contradictorias entre sí.
Además de esta contradicción, según la perspectiva que se adopte al analizar estas afirmaciones, puede extraerse algún otro absurdo:
En primer lugar, asumiendo que Jesús fuera Dios y asumiendo igualmente que Dios hiciera siempre lo mejor, las palabras de Jesús o bien carecerían de sentido en cuanto habría sido él mismo quien habría determinado que Judas naciera o bien demostrarían que su sabiduría no era infinita cuando creó a Judas. Ante estas alternativas parece que, si se tienen en cuenta los mismos textos evangélicos en los que se niega que Jesús fuera Dios –según se indican en este mismo estudio-, podría entenderse que el propio Jesús simplemente se equivocase al olvidarse de la infinita misericordia divina o que asumiese, como también asumen los evangelios, que la misericordia divina no era infinita, por lo que la frase referida a Judas estaría motivada por la convicción de que la acción de Judas no sería perdonada por Dios.
Y, en segundo lugar, esta afirmación de Jesús implicaría su desconocimiento de la omnipotencia divina, de la que proviene la predeterminación y la predestinación de los hombres, y según la cual el propio Dios habría programado la existencia de Judas con todo el conjunto de las acciones que había de realizar a lo largo de su vida, incluida la traición a Jesús y su propio suicidio. Por ello, si Jesús hubiera sido Dios, habría sido absurdo que dijera esa frase, pues habría sabido que había sido él mismo quien habría obrado mal al crear a Judas, lo cual habría estado en contradicción con su sabiduría y con su bondad infinita.
En cualquier caso, estas palabras, referidas a Judas, son tan absurdas como todas aquellas que hacen referencia al Infierno, en cuanto
a) son contradictorias con la idea de un Dios omnipotente, que rige y predetermina todas las cosas,
b) son contradictorias con la idea de un Dios a la vez omnisciente, es decir, que sabe de antemano todo lo que va a suceder y que, por lo tanto, podía haber evitado la existencia de aquel de quien Jesús dice “más le valiera no haber nacido”, y
c) son contradictorias con la idea de un Dios infinitamente misericordioso para quien no habría ofensa que no pudiera perdonar.
Además, el absurdo se hace mayor, si cabe, si se tiene en cuenta que la doctrina cristiana considera que Jesús se encarnó a fin de ofrecerse en sacrificio en la cruz para el perdón de los pecados, sacrificio que, aunque era otro absurdo en sí mismo -pues Dios por su amor y misericordia infinitas hubiera podido perdonar sin necesidad de sacrificio alguno-, se produjo mediante la colaboración de Judas, que a su manera fue un instrumento que sirvió para que Jesús llevase a término su supuesta y absurda inmolación.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(VIII)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía

8. La contradicción acerca de la existencia en Dios de un amor infinito a sus criaturas junto con el castigo infinito y absurdo al que ya estaría condenado Lucifer y el resto de sus ángeles.
CRÍTICA en forma de diálogo imaginario entre Dios y Luzbel:
Paseaba Dios un día por los jardines del Edén, cuando de pronto oyó una voz que le decía:
-Buenos días, Dios. ¿Qué haces por aquí?
- ¡¿Y tú?! ¡¿Qué haces tú por aquí?! ¡¿Quién te ha dado permiso para estar en este lugar y para hablarme con ese atrevimiento?!
-¡Carajo! ¡Como si no nos conociéramos! ¡Ah, sí! Se me olvidaba de que presumes de ser Dios y de que te gusta mantener las distancias.
-¡Pues claro! ¡A ver que te has creído! Además, ¡que te tengo muy visto y no hay forma de que cambies!
-¡Vale, vale! ¡Parece como si estuvieras enfadado!
-¿Enfadado yo? ¡Que te crees tú eso! ¡Qué más quisieras! Lo único que pasa es que empiezo a cansarme de ti.
-Ése es tu problema. Yo no te pedí que me creases. Y la verdad es que no entiendo que, ¡con tu gran sabiduría!, me creases para enviarme al Infierno. ¡Y, encima, para siempre!
-¡Cuidado! ¡No vengas echándome las culpas! ¡Tú te rebelaste contra mí y ahora pagas las consecuencias!
-Pero, ¡¿no te parece que exageras?! Yo lo único que pretendí fue ser lo que tú eres. No veo qué delito hay en eso, pues todos dicen que Dios es lo mejor que se puede ser.
-Sí, pero tú sabías que Dios sólo puede haber uno y ése era yo
-Pues, ya te lo he dicho: Sentía curiosidad por saber que se siente siendo Dios. Además, si tu hijo dijo “¡sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” ( )!, ¿qué tiene de malo que yo haya querido ser perfecto como tú? Y, además, ¿qué méritos hiciste tú para ser Dios?
-¡Mucho cuidado con lo que dices, que lo vas a pagar muy caro!
-¿Aún te parece poco caro, si ya estoy en el Infierno?
-¿Que ya estás en el Infierno? Pues la cosa todavía puede ser peor. ¡Dame las gracias de que te consiento salir a pasearte por la Tierra e incluso encontrarte conmigo! ¡O con mi última creación, esos seres humanos, que casi me han salido tan mal como tú!
-¿Darte las gracias yo? ¿No te parece que te estás pasando? Encima de que me tienes condenado, ¡quieres que te dé las gracias! ¡Qué cinismo!
-¡Cuidado con ese lenguaje, que vas a agotar mi paciencia!
-Pues, ¡vaya paciencia la tuya! Y eso que dicen que es inagotable.
-Bueno, es un decir. Mi perfección es muy grande, pero, como ya somos viejos conocidos, te contaré un pequeño secreto: Hay ocasiones en que no consigo permanecer inmutable, a pesar de lo que digan mis teólogos terrenales.
-¡Vaya cuentos me cuentas ahora! ¡Como si no lo supiera! ¡A ver, si no, por qué estoy yo aquí! Pero, ahora que lo pienso, me parece que eso de que pierdas los nervios no es propio de un Dios. ¿Tengo razón o no?
-Pues, para ser sincero contigo debo decirte que también yo lo había pensado, hasta el punto de que he llegado a dudar de mi perfección.
-Pues, ¡piensa, piensa! ¡Que ya va siendo hora de que te bajes de tu pedestal, tan lleno de orgullo, y comiences a ser más humilde, que todos tenemos defectos y también tú!
-La verdad es que esto de ser Dios a veces me resulta aburrido. No me gusta ser tan frío ni tan “inmutable” como debería ser de acuerdo con mi perfección.
-¿Sabes que te digo? ¡Que me parece muy bien! A mi tampoco me gustaba eso de ser un ángel tan sumiso y por eso me rebelé.
-Creo que te comprendo.
-¡Pues no lo parece! ¡Si eres Dios, tú ya sabías que yo iba a intentar lo que intenté y, sin embargo, dejaste que sucediera esa comedia y luego me enviaste al Infierno! ¡¿No crees que la broma dura ya demasiado tiempo?!
-Te comprendo, pero, como Dios que soy, no me gusta cambiar mis decisiones y que luego me critiquen por ser tan voluble.
-Lo que dices es impropio de ti. ¡¿No te da vergüenza estar pendiente de las opiniones ajenas, cuando te consideras el más sabio?!
-¡Ya lo sé! Pero, ¿qué quieres que haga?
-¡Joder! ¿A ti que te parece? ¡Pues que me saques de ese maldito Infierno de una puñetera vez! ¿No te parece un acto de sadismo infinito tenerme ahí castigado por toda la eternidad? ¿A quién beneficia eso?
-¡Menos humos, Luzbel, aunque vengas del Infierno!
-¡¿Menos humos…?! ¡¡Vergüenza debería darte ser tan vengativo!!
-No se trata de venganza; es el castigo que te mereces por tu desobediencia.
-¡¿Qué castigo ni que cuentos?! ¡Tú lo que eres es un mal nacido!
-Ahí sí que te equivocas, pues para ser un mal nacido hace falta haber nacido, pero yo soy eterno.
-¡No vayas presumiendo tanto, que eso habría que verlo!
-Bueno, me estoy cansando de esta conversación y de tu mala educación.
-¡Y yo de tus mentiras! ¡Tanto presumir diciendo “mi amor es infinito”!
-¿Acaso no envié a mi hijo para salvar a los hombres?
-¡Vaya absurdo! Pero ¿cómo puedes vanagloriarte de eso? ¿Es posible que no te hayas dado cuenta de que no necesitabas enviar a tu hijo para nada?
-¡Qué sabrás tú de mis proyectos y de mis caminos!
-¡Ah, sí! ¡Ya he oído esa tontería de que “los caminos de la Providencia son inescrutables”!
-¡No es ninguna tontería! ¡Y no me hagas hablar más de la cuenta!
-¿Qué no te haga hablar? ¡A mi no me la pegas tú! Nos conocemos hace ya demasiado tiempo. ¡Sabes perfectamente que esa representación teatral fue un montaje absurdo!
-¿Por qué dices que fue absurdo?
-¡¿Pero acaso eres tonto?!
-¡Cuida ese lenguaje, si no quieres que…!
-Si no quiero ¿qué…? ¿Qué más puedes hacerme? ¿Añadir leña al fuego? ¡Estoy acostumbrado! Además, sólo quería decirte que eso de enviar a tu hijo para que muriese en una cruz fue una tontería,…un montaje teatral ridículo.
-¡¿Qué sabrás tú?!
-Pues sí. Te comportaste como esos tiranos terrenales que exigen sacrificios para perdonar. Y encima no te conformaste con una sencilla petición de perdón, no. ¡Querías un sacrificio digno de ti, el sacrificio de tu hijo hecho hombre! ¡Patético!
-¡Me habían desobedecido!
-¡¿Quién te había desobedecido?! Sólo Adán y Eva. ¿Qué tenían que ver los demás?
-¡Eran sus hijos!
-Y, claro está: Los hijos son culpables de lo que hacen sus padres. ¡¿No te fastidia?!
-No sé. Tal vez me precipité. Cuando uno es Dios, no tiene al lado a nadie que le aconseje.
-¡Pues podías haberme consultado a mí! Hasta los humanos dicen que “sabe más el diablo por viejo que por diablo”.
-¿Qué podrías haberme dicho que yo no supiera?
-Pues muy sencillo: Que tu venganza y tus castigos eran contradictorios con tu fama de misericordioso. Además y entre nosotros, ¡cómo les tomaste el pelo con la comedia de tu hijo sufriendo en la cruz! Has creado a los humanos tan cortitos de inteligencia que ni siquiera son capaces de entender que, por definición, la perfección de un Dios, tanto si lo llaman “Padre” como “Hijo” o como si lo quieren llamar “Espíritu Santo”, es incompatible con el sufrimiento. Así que esa comedia tuya, tomando la apariencia del que luego han llamado “tu Hijo”, te salió bien, pero realmente es una comedia estúpida, pues, si querías ser infinitamente misericordioso, tus castigos no tenían ningún sentido. Debías haber comprendido y haber perdonado a esos seres inconscientes que son los hombres... y también a mí mismo.
-¡Ah, ya se descubrió el pastel! ¡Por eso estás insistiendo en eso de la misericordia! ¡Tú lo que quieres es que te permita salir del Infierno y regresar al Cielo! Y en cuanto a lo de mi Hijo, procura no meterte en mis asuntos si no quieres que te encierre en el Infierno y te prohíba salir durante un millón de años, que siempre vas metiendo tu veneno para hacer que los hombres piensen, en lugar de someterse y creer en mi palabra.
-No te digo que no, pero, al margen de mi interés personal, no me negarás que lo que te digo tiene mucha más lógica que lo que tú has hecho.
-¡Qué sabrás tú de Lógica!
-¡Pues sí, he aprendido mucha a lo largo de los últimos siglos! ¡Y te digo que existe una contradicción total entre tu supuesta misericordia y el castigo eterno del Infierno, que sólo sirve para causar daño sin que ese daño tenga ninguna utilidad posterior positiva!
-¿Tú crees?
-¿Cómo puedes dudarlo? ¡Piensa un poco, que parece que tanta eternidad sólo te haya servido para atrofiarte la inteligencia!
-¡Por favor, no empieces otra vez con ataques personales!
-Te lo diré por última vez: ¡¿No entiendes que tu supuesta misericordia y amor infinitos son incompatibles con un castigo eterno como ese del Infierno?! ¡¿Qué padre condenaría a un hijo a tenerle alejado para siempre en medio de horribles sufrimientos que no sirvieran para mejorarle ni para nada?! ¡¿Es posible que no lo entiendas?!
-¡Ay, Luzbel! Casi consigues que me sienta culpable.
-¡Pues reconsidera tu actitud! Todos podemos equivocarnos, incluso tú, aunque seas Dios. Quizá la adoración de tanta gente a lo largo de tantos milenios se te ha subido a la cabeza y te ha llevado a confiar excesivamente en tu sabiduría. ¡Pero sabes que tengo razón! Llevo ya mucho tiempo sufriendo y asándome por una decisión tuya desproporcionada y vengativa. ¡No seas tan orgulloso y comprende que ese castigo es absurdo y sólo propio de tiranos psicópatas, como aquel humano al que llamaban Calígula! Además, tu propio “Hijo” iba predicando por ahí que había que amar a los enemigos… ¿Cómo se come eso con tu actitud? ¿Dónde está tu amor por mí, que soy tu supuesto “enemigo” a quien también deberías amar?
-Llevo tanto tiempo ocupado con los desastres humanos que no me había detenido a reflexionar a fondo sobre ese problema, pero reconozco que en lo que dices parece haber bastante sentido común, así que por esta vez te haré caso y pensaré un poco en ello, aunque no te prometo nada por el momento.
-Bueno, llevo ya tanto tiempo de condena que me conformo con que pienses en lo que te he dicho y con que seas consecuente con la razón y no con el capricho de un tirano.
-Vale, Luzbel. Me voy a crear unas cuantas galaxias. Ya seguiremos hablando dentro de algunos siglos. Ahora sal fuera de mi jardín, al que, por cierto, has entrado sin mi permiso. Déjame tranquilo y vete ya al Infierno.
-¡Al Infierno te vas tú, hijoputa!

martes, 4 de noviembre de 2008

CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(VII)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía

7. La contradicción según la cual, siendo infinita la misericordia de Dios, castiga a la mayoría de los hombres al fuego eterno del “Infierno”
De acuerdo con la dogmática tradicional de la jerarquía de esta organización cristiana, el señor Ratzinger –alias Benedicto XVI-, actual jefe supremo de la multinacional católica, ha vuelto a afirmar la doctrina de la existencia del Infierno como castigo eterno, afirmación que, por otra parte, no hubiera podido cambiar en cuanto pretendiera ser coherente con la doctrina tradicional cristiana referida a los “dogmas”, considerados como doctrinas incuestionablemente verdaderas y que, por ello mismo, no pueden ser modificadas por la decisión de una nueva autoridad –al margen de que de vez en cuando busquen cualquier pretexto para hacerlo, y elaboren diversos sofismas refinados para presentar la nueva doctrina como una versión más auténtica de la doctrina anterior-.
CRÍTICA: Tal doctrina contradictoria se encuentra ya en los mismos orígenes del cristianismo y se ha mantenido hasta la actualidad, considerándose además que una gran parte de la humanidad estaría predestinada a sufrir eternamente en el Infierno. En este sentido, en el evangelio a tribuido al apóstol Mateo se dice: “Son muchos los llamados, pero pocos los escogidos” ( ), “así será el fin del mundo. Saldrán los ángeles a separar a los malos de los buenos, y los echarán al horno de fuego; allí llorarán y les rechinarán los dientes” ( ), “apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles” ( ); y también: “irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” ( ). Igualmente y en este mismo sentido el Apocalipsis de Juan, escritor cristiano de finales del siglo I, es otro ejemplo de escrito muy logrado en el que Dios aparece como un juez vengativo en el que su misericordia brilla por su ausencia: “En cuanto a los cobardes, los incrédulos, los depravados, los criminales, los lujuriosos, los hechiceros, los idólatras y los embusteros todos, están destinados al lago ardiente de fuego y azufre, que es la segunda muerte” ( ).
Esta doctrina sobre un castigo eterno que emana de un Dios del que se afirma al mismo tiempo que es misericordia y amor infinito encierra una contradicción tan evidente que parece totalmente innecesario tratar de añadir comentario alguno. El castigo del Infierno no sólo es contradictorio con el amor y la misericordia infinita de Dios sino también con la anterior consideración según la cual todo lo que aparentemente hace el hombre es Dios quien lo hace, por lo que en ningún caso podría el hombre ser responsable y culpable de nada que le hiciera merecedor de castigo alguno.
Además, suponiendo que Dios existiera y que hubiese ordenado amar incluso a los propios enemigos, si luego condenase con castigos eternos a quienes supuestamente hubieran sido sus propios enemigos, el propio Dios habría sido incoherente con sus mandatos al no perdonar a tales enemigos, y sería realmente asombroso que el hombre fuera más capaz de perdón que el propio Dios, cuya misericordia se debía suponer infinita, en cuanto fuera verdad la doctrina según la cual “Dios es amor”, pues, efectivamente, no hace falta exprimirse los sesos de manera agotadora para comprender que la existencia del Infierno es contradictoria con tal doctrina. Pues, si ni siquiera resulta concebible que el más malvado de los hombres fuera capaz de castigar a un hijo con un sufrimiento eterno, sería un insulto a la bondad divina –si existiera- considerarla compatible con una monstruosidad semejante, teniendo en cuenta además que ese castigo no tendría otra finalidad que la de el castigo por el castigo mismo, la de causar sufrimiento de modo irracional y sólo como una absurda venganza.
En definitiva, la doctrina del Infierno es incompatible con la que afirma que Dios es misericordia y amor infinitos, y resulta asombroso comprobar hasta qué punto el adoctrinamiento religioso puede anular la racionalidad humana en cuanto puede lograr que las mentes infantiles adecuadamente adoctrinadas sean incapaces de ser consecuentes con la Lógica más elemental y mantengan dicha incapacidad durante el resto de su vida, perdiendo la facultad de tomar conciencia de una contradicción tan evidente; esa debilidad de la racionalidad humana se muestra por ello de un modo más claro en aquellos casos en los que la jerarquía de la organización católica se aprovecha de la temprana edad de la infancia para troquelar las mentes de los niños grabando en ellas la idea de que “la fe está por encima de la razón” y que, por ese motivo, deben considerar que allí donde perciben una contradicción en realidad deben acostumbrarse a considerar humildemente que se trata de un profundo misterio cuya comprensión no se encuentra a “su” alcance.
En estos últimos años algunos jerarcas católicos, como Karol Wojtyla –“Juan Pablo II” para sus “fieles”-, al comprobar que cada día ha ido en aumento el número críticas contra doctrinas tan irracionales y absurdas como la de la existencia del Infierno, han pensado que tal vez podían solucionar esta dificultad insuperable considerando que en realidad no era Dios quien condenaba sino que era el hombre quien elegía libremente vivir alejado de Dios, de manera que el Infierno no consistiría en otra cosa que en un estado de alejamiento de Dios por el que el hombre optaría libremente. Esa fue la postura defendida recientemente por esa máxima autoridad de la organización católica, el señor Wojtyla, cuando dijo que había que interpretar correctamente las palabras de la Biblia, que harían referencia al vacío de una vida sin Dios, de manera que el Infierno indicaría, más que un lugar, la situación en la que llegaría a encontrarse quien libre y definitivamente se alejase de Dios.
No obstante y para refutar de manera clara y definitiva el nuevo punto de vista de esta interpretación, puede hacerse referencia a otros textos evangélicos en los que se insiste en que el Infierno es un castigo que proviene de Dios y en que al margen de su sentido como sufrimiento psíquico, tiene también el carácter de un sufrimiento físico y eterno, tal como ya se ha visto por los textos anteriores y como puede corroborarse mediante otros textos como los siguientes: “temed […] al que puede destruir al hombre entero en el fuego eterno” ( ); “después dirá a los del otro lado: ‘Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles’ ” ( ); “temed a aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar al fuego eterno” ( ). Esta misma doctrina aparece en un texto de Pablo de Tarso, especialmente duro y claro por lo que se refiere a la acción vengadora de Dios, que no parece especialmente compatible con su supuesta misericordia infinita: “Puesto que Dios es justo, vendrá a retribuir con sufrimiento a los que ocasionan sufrimiento; y vosotros, los que sufrís, descansaréis con nosotros cuando Jesús, el Señor, se manifieste desde el cielo con sus poderosos ángeles; cuando aparezca entre llamas de fuego y tome venganza de los que no quieren conocer a Dios ni obedecer al evangelio de Jesús, nuestro Señor. Éstos sufrirán el castigo de una perdición eterna, lejos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” ( ).
Hay que insistir en definitiva en que, a pesar de que la reinterpretación del Infierno como un alejamiento de Dios, libre y voluntario por parte del hombre, está en diáfana contradicción con los textos citados, y, a pesar de que mediante esta “solución” Dios quedaría libre de cualquier responsabilidad por lo que se refiere al destino del hombre, en ella se olvida en primer lugar que, como se ha podido ver por las citas anteriores, cuando en el Nuevo Testamento se habla del Infierno, no se lo describe como un lugar o un estado al que uno se dirige voluntariamente sino como un lugar de castigo eterno al que el mismo Jesús envía a quienes no tengan fe en su palabra o no la cumplan; y, en segundo lugar y como también se ha dicho y comprobado en reiteradas ocasiones, de acuerdo con las doctrinas de esta organización, conviene no olvidar que el hombre no elegiría nada por su propia cuenta sino que, según indica Pablo de Tarso, protagonista principal en la creación del Cristianismo, o Tomás de Aquino, uno de sus teólogos más importantes, todo cuanto el hombre decide o hace es Dios quien lo decide o hace, por lo que, el hombre no elegiría alejarse de Dios, sino que habría sido Dios mismo quien habría decidido esa supuesta elección del hombre, tal como se ha demostrado en el capítulo VI cuando Tomás de Aquino, en su Suma contra los gentiles, escribe: “Dios es causa no sólo de nuestra voluntad, sino también de nuestro querer” ( ); y, en el capítulo siguiente: “Por consiguiente, como Él es la causa de nuestra elección y de nuestro querer, nuestras elecciones y voliciones están sujetas a la divina providencia” ( ).
Además, la doctrina de que alguien eligiera apartarse del bien de manera consciente sería contradictoria en cuanto el hecho mismo de elegir determinado objetivo es lo que demuestra qué es lo que considera como bueno quien lo elige, de manera que, en cuanto el Infierno representa el mayor mal, en tal caso es inconcebible por contradictorio que alguien pudiera elegirlo, pues sólo se desea lo que se presenta con cierto atractivo para el hombre, pero el Infierno en cuanto tal, siendo por definición el mayor mal posible, no podría ejercer sobre el hombre atractivo alguno; en consecuencia, nadie se alejaría voluntariamente de Dios, en cuanto en teoría fuera el bien absoluto. De acuerdo con este planteamiento, Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles, decía que la voluntad tiende necesariamente al bien, y así esta figura del Cristianismo proporciona una crítica implícita al argumento anterior pues, si el bien es aquello a lo que todo tiende (“bonum est quod omnia appetunt”, dice Tomás de Aquino siguiendo a Aristóteles), no tiene sentido afirmar al mismo tiempo que se pueda elegir el mal por el mal.
La doctrina del Infierno surgió en muy diversas religiones, aunque con matices distintos por lo que se refiere a su sentido y sus características, y resulta evidente su carácter antropomórfico, relacionado con la actitud de muchos de los déspotas y tiranos de los tiempos en que se escribieron los diversos mitos acerca de dioses y demonios, de lugares paradisíacos y lugares de castigo para las almas de los difuntos, como sucede en el mismo Hades homérico, en el que, en la Odisea, el mismo Aquiles le dice a Odiseo que preferiría ser siervo de un esclavo en la vida terrenal que rey de los muertos en el Hades.
Todavía en estos momentos la ingenuidad de una gran parte de la humanidad es tan elevada que la jerarquía católica sigue utilizando la idea del Infierno para tratar de seguir grabando en la mente de sus adoctrinados esa absurda pesadilla y para atemorizar así a niños y mayores, a fin de mantenerlos sumisos y dispuestos a obedecerles en todo aquello que les digan y, de manera especial, en las consignas políticas que les interese transmitir con ocasión de cualquier sermón.