CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE LA IGLESIA CATÓLICA
(II)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
2. La contradicción del concepto de Dios como un ser perfecto de carácter trascendente junto la afirmación del carácter antropomórfico de ese mismo Dios, hecho hombre de carne y hueso.
Si atendemos al significado que el concepto de Dios ha tenido a lo largo de la historia del judeo-cristianismo nos encontramos con una idea totalmente antropomórfica de Dios: Un ser que ama y odia, que es celoso y vengativo, que premia, castiga, ordena, amenaza y destruye, y que es vulnerable en la misma medida en que puede ser ofendido, desobedecido, traicionado y olvidado.
CRÍTICA: Esta perspectiva respecto a la esencia de ese Dios, propia de “teólogos” como Tomás de Aquino, conduce al absurdo de considerar que Dios, siendo omnipotente y habiendo programado todas las decisiones y acciones humanas, castiga de manera absurda a los seres humanos que se hayan comportado de acuerdo con los objetivos para los que él mismo les habría programado, de manera que tal actuación convertiría al propio Dios en un ser caprichoso y contradictorio. Es verdad, sin embargo, que en el Antiguo Testamento los redactores de la Biblia –a pesar de estar supuestamente inspirados por el Espíritu Santo, según dice la jerarquía católica- no repararon en el hecho de que la predeterminación divina implicaba la automática desaparición de las categorías de libre albedrío, responsabilidad, mérito o culpa. Pero el caso es que, como consecuencia de dicha predeterminación, el propio Dios habría programado a Judas para que traicionase a Jesús, por lo que aquél no pudo hacer otra cosa que lo que hizo, y, por ello mismo, sería una contradicción considerarle culpable de su acción por cuanto, a pesar de que aquella traición pudiera considerarse tal vez como la mayor ofensa que podía cometerse contra Dios, tal acción habría sido programada por el propio Dios, mientras que Judas sólo habría sido un instrumento para que todo se cumpliese de acuerdo con los planes divinos. Recordemos cómo en los evangelios aparece la afirmación de Jesús “uno de vosotros me entregará”, es decir, ya todo estaba dispuesto así desde la eternidad, ¿qué culpa podía tener Judas? Ninguna, evidentemente.
Otro aspecto de este antropomorfismo sería la suposición de que Dios quiso crear a la humanidad para que le amase y le adorase, lo cual supone ignorar que su perfección quedaría anulada desde el momento en que su propia autosuficiencia dejaría de existir al estar subordinada de algún modo a la satisfacción que obtuviese como consecuencia de las acciones y de los sentimientos que el ser humano tuviera hacia él, los cuales, por otra parte, habrían sido programados igualmente por el propio Dios. Un aspecto complementario de este ridículo antropomorfismo consiste en la pretensión de que la adoración, las penitencias, los ayunos y las oraciones de los hombres pudiesen causarle alguna satisfacción, pues nuevamente este punto de vista implica una negación de la inmutabilidad y la perfección divina, a la vez que la afirmación en Dios de un estado emocional variable y subordinado a las actitudes y sentimientos del hombre hacia él.
Por otra parte, la existencia de Dios como ser perfecto es incompatible no sólo con la existencia del Universo sino también con la presencia en él de tantos aspectos absurdos por lo que se refiere a los que rodean la existencia humana y las de cualquier forma de sufrimiento, humano y no humano, y esta incompatibilidad se hace más patente si se tiene en cuenta que, de acuerdo con un aforismo de la filosofía escolástica, el modo de actuar de cada ser es consecuencia y manifestación de su modo de ser (“operari sequitur esse”), de manera que, asumiendo incluso la absurda hipótesis de que un ser perfecto hubiese deseado crear algo, lo habría creado tan perfecto como lo fuera él mismo: Su amor infinito le habría llevado a conceder al hombre la perfección en el mismo grado en que su poder se lo hubiese permitido, y, siendo este poder infinito, habría creado al ser humano tan perfecto como lo fuera él mismo, el propio Dios, del mismo modo que obraría un padre en relación con su hijo, hasta ayudarle a alcanzar metas muy superiores incluso a las que él mismo hubiera logrado. Pero, además, ese amor infinito no sólo sería contradictorio con las imperfecciones humanas sino especialmente con la existencia del sufrimiento, de las enfermedades, de la muerte y de todas las calamidades que rodean la existencia humana a lo largo de su vida y que están igualmente presentes en todos aquellos seres vivos capaces de sentir
El antropomorfismo del concepto religioso de Dios se muestra igualmente en la consideración de B. Spinoza según la cual la infinitud de Dios impediría la existencia de cualquier otra realidad ajena que pudiera limitar la suya y, en consecuencia, Dios se identificaría con el conjunto de lo real y el ser humano sería parte de Dios en cuanto nada más podría existir además de él.
miércoles, 29 de octubre de 2008
viernes, 24 de octubre de 2008
CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
Introducción
La religiosidad en general es un fenómeno ligado a la naturaleza humana como se muestra a lo largo de miles de años en los que, de un modo o de otro en todas las agrupaciones humanas han surgido toda una serie de creencias y ritos, mediante los cuales el ser humano ha tratado de ponerse en contacto con supuestos seres poderoso e invisibles, cuya voluntad se suponía que podía influir en el transcurrir de los acontecimientos y, por ello mismo, en la propia vida humana.
El estudio de la religiosidad desde diversas perspectivas, como la antropológica, la psicológica o la sociológica ha dado ya frutos realmente decisivos para comprender el valor simplemente “humano, demasiado humano” –como diría Nietzsche- de este tipo de fenómenos, que, sin duda de ninguna clase, habría que clasificar como un aspecto más de la tendencia humana a la superstición en general hasta el punto de poder decir que el hombre es un ser religioso por lo mismo que es un ser supersticioso y que las religiones actuales sólo son un conjunto de supersticiones tal vez un poco mejor sistematizadas que las antiguas y mucho mejor apoyadas en la utilización de mecanismos para provocar la histeria colectiva y la aceptación irracional de doctrinas evidentemente irracionales para todo aquel que esté dispuesto a razonar sin prejuicios acerca de su contenido doctrinal, en relación con el cual se ha montado el mayor negocio de la Historia, que ha servido para el progresivo enriquecimiento de la jerarquía católica, carente de escrúpulos para aprovecharse de la ingenuidad de gran parte del género humano.
Por lo que se refiere a la Religión en los últimos siglos y especialmente en los países más adelantados culturalmente se ha ido avanzando en la negación del valor objetivo de sus contenidos y en especial el de la existencia de Dios. A partir del siglo XIX nos encontramos con planteamientos que, además de rechazar la existencia de Dios desde el punto de vista de la mera especulación, muestran una postura especialmente crítica contra la religión por considerar que es una de las causas principales de la degradación de la dignidad humana, porque a través de ella el hombre se aliena respecto a su esencia y la proyecta en un ser imaginario al que dedica sus sentimientos, en lugar de dirigirlos hacia la solidaridad con sus semejantes, en quienes existe realmente dicha esencia. Este es el caso de planteamientos como los de L. Feuerbach, M. Hess y K. Marx. Se llega a afirmar que “la religión es el opio del pueblo” (Hess, Marx) en el sentido de que, por la esperanza de una vida ultraterrena, el hombre queda como adormecido y deja de preocuparse y de luchar para salir de la opresión económica y social que durante muchos siglos ha estado sufriendo como consecuencia de la ambición capitalista, ayudada por la actitud de las jerarquías religiosas, que han impulsado su negocio recibiendo una sustancial comisión económica de los capitalistas a cambio de su contante labor de apaciguamiento del proletariado explotado, mediante sus mensajes en favor de la obediencia y el respeto a sus patronos, la paciencia, la resignación y la esperanza en otra vida mejor, en la que serán compensados por los sufrimientos y las miserias de ésta.
Por su parte y desde otra perspectiva, Nietzsche considera que la religión en general y el cristianismo en particular son una manifestación del nihilismo, por cuanto al poner todo el valor en “el más allá” tiende a degradar el valor de esta vida. Advierte, sin embargo, que la “muerte de Dios” puede implicar inicialmente una especie de cataclismo espiritual, por cuanto el sistema de valores de la civilización occidental de los últimos dos mil años se fundamenta en la creencia en Dios. La “muerte de Dios” podía significar una caída todavía más profunda en el nihilismo, que sólo podía ser superado cuando el hombre se convirtiera en su propio Dios y aprendiera a valorar la vida en lugar de negarla y despreciarla en espera de “otra vida mejor”. El sentimiento de la unidad de todas las manifestaciones vitales, la aceptación de la vida desde el prisma del arte y del juego, y la doctrina del Eterno Retorno fueron considerados por Nietzsche como puntos de apoyo esenciales para la total superación del nihilismo derivado de la “muerte de Dios”.
Por otra parte y desde una perspectiva como la de carácter psicológico –que no es la que aquí se va a desarrollar de modo especial- tiene interés reflejar el punto de vista de de Sigmund Freud (1856-1939), fundador del Psicoanálisis, que tanto repercusión científica y social ha tenido desde el siglo XX hasta la actualidad.
Freud considera que la religión representa una “transformación delirante de la realidad”, “un infantilismo psíquico”, “un delirio colectivo”, “una neurosis obsesiva universal” o una serie de “ideas delirantes” que gran parte de la humanidad utiliza como mecanismo para protegerse contra el dolor y las miserias de la vida, y para evitar la caída en una “neurosis individual”:
-“…numerosos individuos emprenden juntos la tentativa de procurarse un seguro de felicidad y una protección contra el dolor por medio de una transformación delirante de la realidad. También las religiones de la humanidad deben ser consideradas como semejantes delirios colectivos” ( ).
- “[La técnica de la religión] consiste en reducir el valor de la vida y en deformar delirantemente la imagen del mundo real, medidas que tienen por condición previa la intimidación de la inteligencia. A este precio, imponiendo por la fuerza al hombre la fijación a un infantilismo psíquico y haciéndolo participar en un delirio colectivo, la religión logra evitar a muchos seres la caída en la neurosis individual. Pero no alcanza más [...] Tampoco la religión puede cumplir sus promesas, pues el creyente, obligado a invocar en última instancia los “inescrutables designios” de Dios, confiesa con ello que en el sufrimiento sólo le queda la sumisión incondicional como último consuelo y fuente de goce. Y si desde el principio ya estaba dispuesto a aceptarla, bien podría haberse ahorrado todo ese largo rodeo” ( ).
- “Sin conocer aún otras relaciones más profundas, califiqué a la neurosis obsesiva de religión privada desfigurada, y a la religión, de neurosis obsesiva universal” ( ).
- “Pero ¿cómo se defiende [el individuo] de los poderes prepotentes de la Naturaleza, de la amenaza del Destino? [...] El primer paso es ya una importante conquista. Consiste en humanizar la Naturaleza. A las fuerzas impersonales, al Destino, es imposible aproximarse; permanecen eternamente incógnitas. Pero si en los elementos rugen las mismas pasiones que en el alma del hombre, si la muerte misma no es algo espontáneo, sino el crimen de una voluntad perversa; si la Naturaleza está poblada de seres como aquellos con los que convivimos, respiraremos aliviados, nos sentiremos más tranquilos en medio de lo inquietante y podremos elaborar psíquicamente nuestra angustia. Continuamos acaso inermes, pero ya no nos sentimos, además, paralizados; podemos, por lo menos, reaccionar, e incluso nuestra indefensión no es quizá ya tan absoluta, pues podemos emplear contra estos poderosos superhombres que nos acechan fuera los mismos medios de que nos servimos dentro de nuestro círculo social; podemos intentar conjurarlos, apaciguarlos y sobornarlos, despojándoles así de una parte de su poderío [...] Obrando de un modo análogo, el hombre no transforma sencillamente las fuerzas de la Naturaleza en seres humanos, a los que puede tratar de igual a igual -cosa que no corresponde a la impresión de superioridad que tales fuerzas le producen-, sino que las reviste de un carácter paternal y las convierte en dioses, conforme a un prototipo infantil” ( ).
-“Hay algunos [dogmas religiosos] tan inverosímiles y tan opuestos a todo lo que trabajosamente hemos llegado a averiguar sobre la realidad del mundo, que, salvando las diferencias psicológicas, podemos compararlos a las ideas delirantes” ( ).
Freud plantea a la religión algunas críticas de carácter filosófico o simplemente racional, relacionadas con los argumentos con los que se pretende defender la objetividad de las creencias religiosas, argumentos como el de que “debemos aceptarlos porque ya nuestros antepasados los creyeron ciertos” o como el de que existen “pruebas que nos han sido transmitidas por tales generaciones anteriores” o, finalmente, que “está prohibido plantear interrogación alguna sobre la credibilidad de tales principios” :
- “[Por lo que se refiere a los principios religiosos,] si preguntamos en qué se funda su aspiración a ser aceptados como ciertos, recibiremos tres respuestas singularmente desacordes. Se nos dirá primeramente que debemos aceptarlos porque ya nuestros antepasados los creyeron ciertos; en segundo lugar, se nos aducirá la existencia de pruebas que nos han sido transmitidas por tales generaciones anteriores y, por último, se nos hará saber que está prohibido plantear interrogación alguna sobre la credibilidad de tales principios [...] Esta última respuesta ha de parecernos singularmente sospechosa. El motivo de semejante prohibición no puede ser sino que la misma sociedad conoce muy bien el escaso fundamento de las exigencias que plantea con respecto a sus teorías religiosas [...] Debemos creer porque nuestros antepasados creyeron. Pero estos antepasados nuestros eran mucho más ignorantes que nosotros. Creyeron cosas que nos es imposible aceptar. Es, por tanto, muy posible que suceda lo mismo con las doctrinas religiosas [...] De poco sirve que se atribuya a su texto literal o solamente a su contenido la categoría de revelación divina, pues tal afirmación es ya por sí misma una parte de aquellas doctrinas cuya credibilidad se trata de investigar, y ningún principio puede demostrarse a sí mismo” ( ).
- “Nos decimos que sería muy bello que hubiera un dios creador del mundo y providencia bondadosa, un orden moral universal y una vida de ultratumba; pero encontramos harto singular que todo suceda así tan a medida de nuestros deseos. Y sería más extraño aún que nuestros pobres antepasados, ignorantes y faltos de libertad espiritual, hubiesen descubierto la solución de todos estos enigmas del mundo” ( ).
Por ello y en cuanto Freud juzga que los auténticos motivos que llevan a aceptar las creencias religiosas no son precisamente racionales sino que son una “neurosis obsesiva de la colectividad humana”, opina, desde un punto de vista que guarda cierta semejanza con la doctrina de Nietzsche acerca de “la muerte de Dios”, que “el abandono de la religión se cumplirá con toda la inexorable fatalidad de un proceso del crecimiento y que en la actualidad nos encontramos ya dentro de esta fase de la evolución”:
- “Sabemos que el hombre no puede cumplir su evolución hasta la cultura sin pasar por una fase más o menos definida de neurosis, fenómeno debido a que para el niño es imposible yugular por medio de una labor mental racional las muchas exigencias instintivas que han de serle inútiles en su vida ulterior y tiene que dominarlas mediante actos de represión [...] La mayoría de estas neurosis infantiles [...] quedan vencidas espontáneamente en el curso del crecimiento, y el resto puede ser desvanecido más tarde por el tratamiento psicoanalítico. Pues bien: hemos de admitir que también la colectividad humana pasa, en su evolución secular, por estados análogos a las neurosis y precisamente a consecuencia de idénticos motivos [...] La religión sería la neurosis obsesiva de la colectividad humana, y lo mismo que la del niño, provendría del complejo de Edipo, de la relación con el padre. Conforme a esta teoría hemos de suponer que el abandono de la religión se cumplirá con toda la inexorable fatalidad de un proceso del crecimiento y que en la actualidad nos encontramos ya dentro de esta fase de la evolución” ( ).
Al igual que sucede con los planteamientos de Freud, existen desde el siglo XIX, especialmente en los campos de la Psicología, de la Antropología y de la Sociología, una serie de puntos de vista que, desde una perspectiva racionalista denuncian la serie de mentiras embaucadoras e interesadas que han utilizado organizaciones como la de la jerarquía católica para montar sus inmensos negocios basados en las supercherías religiosas.
Teniendo en cuenta estos planteamientos realmente interesantes para todo aquel que quiera profundizar en el conocimiento del fenómeno religioso y de sus causas, a lo largo de estas páginas se presentará un enfoque crítico de la Religión desde una perspectiva de carácter esencialmente lógico por el que se mostrará la índole auto-contradictoria de las diversas doctrinas relacionadas con la idea de Dios y con las doctrinas de la jerarquía de la Iglesia Católica, contradicciones de las que los jerarcas católicos se defienden refugiándose en los conceptos de “misterio” y de “dogma”.
Pero los llamados “misterios” son simplemente contradicciones o, en el mejor de los casos, afirmaciones carentes de sentido. ¿Por qué la jerarquía establece como un “misterio” aquello que desde el punto de vista lógico cualquiera puede comprobar que se trata de una contradicción? Por la sencilla razón de que la acumulación de doctrinas a lo largo de los siglos ha determinado que cada una de ellas se estableciese sin considerar adecuadamente su congruencia o no con otras doctrinas anteriormente establecidas, y, en cuanto la jerarquía de la Iglesia ha pretendido mostrarse como sabia hasta el punto de presentarse como “infalible en materia de fe y costumbres”, en lugar de reconocer y corregir sus constantes errores ha considerado más conveniente para sus intereses conservarlos y tratarlos como “misterios” que además debían ser aceptados como verdades indiscutibles, es decir como “dogmas de fe”, incomprensibles para la razón humana, pero no por ello menos verdaderos. Esto no le ha sido especialmente difícil, dada la escasa racionalidad del ser humano, que tiende a considerar que quienes le dirigen o se visten con ropajes de hechiceros –como las de los actuales obispos y cardenales, con sus capas y demás vestimenta tan lujosa, colorista, ostentosa y medieval- son totalmente superiores a él a la hora de razonar y de señalar qué es verdad y qué es falso, hasta el punto de que si un obispo le dijera a uno de sus fieles que 3 es igual a 1, el fiel llegaría a sugestionarse de que el obispo tenía razón. Al fin y al cabo, esto es lo que viene a decir el “dogma” de la “Trinidad”, según el cual “el Padre”, “el Hijo” y “el Espíritu Santo”, siendo distintos entre sí, cada uno de ellos es Dios, aunque a continuación digan también que hay un solo Dios. Cuando a algún niño de seis años se le ocurra decirle al “catequista”: “No entiendo eso, ¿podría explicarlo un poco más”, éste le responderá: “Pues claro, niño, ¿cómo vas a entenderlo? ¡Se trata de un misterio! Y no hay que preguntar la explicación de los misterios, sino sólo creer en ellos. ¡La fe es lo más importante! Pues si todas las doctrinas las pudiéramos razonar, ¿qué mérito tendría que creyésemos en ellas?”. Otro ejemplo de estas absurdas contradicciones -en las que lo más asombroso y más digno de estudio es que haya quien se las crea- es la afirmación de la infinita misericordia y amor divino junto con la afirmación de la existencia de un castigo eterno al que Dios enviará a la mayor parte de sus hijos a quienes, en teoría, tanto quiere. Estas contradicciones se analizarán con mayor detalle a lo largo de este trabajo, aunque su número es tan elevado que aquí sólo se hará referencia a algunas de las más llamativas.
Desde estos planteamientos se tiende, pues, hacia el rechazo radical de las fantasías religiosas y hacia una reivindicación del valor del hombre y de los valores inmanentes de la vida humana.
Por otra parte, a pesar de que en el campo de la tradición filosófica se puede observar la evolución desde posturas claramente religiosas, que resultan dominantes hasta el siglo XVIII, hasta posturas ateas, que dominan en los siglos XIX y XX, parece que los planteamientos ateos de filósofos y científicos importantes (Schopenhauer, Feuerbach, Marx, Nietzsche, Freud, Russell, Sartre, Einstein, Ayer... ) no han trascendido de manera radical a nivel popular, y las creencias religiosas siguen manteniendo un índice de aceptación todavía importante. En cualquier caso las jerarquías de los diversos negocios religiosos -especialmente a partir de la crisis de la Metafísica propiciada por Hume y por Kant- han intensificado su tendencia a justificar el valor de la religión utilizando la vía de la fe, como ya sucedió con la postura de K. Wojtyla –alias Juan Pablo II-, especialmente puesta de manifiesto en su encíclica Fides et Ratio, y como sucede igualmente con su sucesor J. Ratzinger –alias Benedicto XVI-, con su tendencia a recuperar planteamientos del pasado, como el del uso del latín en la misa y diversas ceremonias religiosas, lo cual representa, en primer lugar, una forma de recobrar para la Religión su carácter de realidad misteriosa que debe provocar en los fieles un sentimiento de admiración y de asombro irracional en cuanto el latín es una lengua del pasado que resulta para los “fieles” católicos tan familiar como los cauces de la inspiración del oráculo de Delfos; en segundo lugar, una forma de tratar de inculcar la sumisa aceptación de las doctrinas religiosas planteando que su comprensión está reservada exclusivamente para miembros escogidos de la jerarquía religiosa; y, en tercer lugar, una forma de intentar evitar que los “fieles” conozcan directamente las diversas doctrinas en las que se supone que deben creer para que de ese modo desaparezca en ellos cualquier intento de análisis racional de tales doctrinas que pudiera dar lugar a la comprensión de la serie de falsedades y fábulas en las que dicha jerarquía religiosa había ido montando y ampliando su repugnante farsa.
El título de este trabajo se refiera a “Iglesia Católica” y no a la “Jerarquía Católica”, pero en realidad las críticas van dirigidas contra esta última por la sencilla razón de que no ha sido el conjunto de miembros de la Iglesia Católica el que ha fijado sus doctrinas a lo largo del tiempo sino que ha sido su jerarquía la que ha protagonizado la tarea de establecerlas, la de perfeccionar sus estructuras de funcionamiento interno y la de acrecentar su poder político, económico y social a lo largo de los siglos.
La larga historia de la Iglesia Católica ha determinado una progresiva estructuración de sus órganos de poder interno en la que existe una clara y tajante diferenciación entre el colectivo de sus altos mandos -el Papa, los cardenales, los obispos y las altas jerarquías en general-, y el conjunto de fieles integrados en esa organización. Pero, mientras las altas jerarquías gozan de lujos faraónicos y de un inmenso poder, tejiendo y destejiendo todo lo que quieren a nivel doctrinal y a nivel de estrategias para mantener o aumentar su poder en sus diversas zonas de influencia, los simples creyentes ni disfrutan de los beneficios económicos de su Iglesia ni participan como elementos activos que puedan influir de algún modo en la política de su organización, ni en la reflexión y discusión sobre el valor de sus doctrinas, ni en la deliberación acerca de los objetivos que la organización católica deba perseguir de acuerdo con su ideología, ni en el nombramiento de sus jerarquías.
Tal situación implica evidentemente un distanciamiento radical entre la jerarquía católica y los “fieles”, que no pintan nada ni en la elección de su jefe supremo ni en la de los obispos y cardenales, lo cual implica un absoluto desprecio del sistema democrático por parte de la jerarquía de esta organización con el pretexto de que defienden un sistema de “gobierno teocrático” (?), según el cual sería el propio Dios quien habría inspirado a los cardenales en su elección de cada nuevo Papa, y a éste en la elección de obispos y cardenales, a pesar de que tal elección se haya realizado de múltiples maneras a lo largo de los siglos, incluso mediante la simple compra del cargo. Anteriormente, hasta el siglo XI, los fieles habían participado al menos en el nombramiento por aclamación de uno de los candidatos al cargo de “Papa” o jefe supremo, pero finalmente, como consecuencia de un decreto del papa Nicolás II en el año 1.059, el nombramiento de dicho cargo quedó desligado del voto de los simples creyentes para quedar como objeto de elección exclusiva del grupo jerárquico de los cardenales, de manera que desde aquel momento los fieles pasaron a adoptar un papel esencialmente pasivo.
La doctrina católica es el instrumento ideológico fundamental de dominio de los “pastores” de la Jerarquía Católica sobre el “rebaño” de los simples creyentes, cuyo papel, como su propio nombre indica, es, por una parte, el de “creer” sumisamente la serie de doctrinas que les propongan el Papa, los cardenales y los obispos, y, por otra, el de obedecer las consignas que de ellos reciban en orden a “su eterna salvación” (?).
Tales doctrinas están formadas en lo esencial por un conjunto de dogmas que, por ello mismo, se consideran indemostrables para la razón humana, por lo que no se basan en la razón ni en la experiencia, y representan una continuidad de antiguas doctrinas míticas o la aparición de algunas doctrinas nuevas especialmente oportunistas, que en cualquier caso cierran los ojos al pensamiento racional o científico, llegando incluso a oponerse a él en diversos casos, como sucedió con el heliocentrismo defendido por Galileo o con el evolucionismo defendido por Darwin.
A lo largo de este trabajo se presentan se presentan algunas de esas doctrinas arbitrarias o contradictorias mediante las que la jerarquía católica ha tenido adormecida a gran multitud de pueblos a lo largo de los siglos como consecuencia, entre otros motivos, de que hasta hace pocos años la cultura fue un bien muy alejado del pueblo. Tales doctrinas han sido el instrumento esencial mediante el que la jerarquía católica ha logrado una extraordinaria prosperidad extraordinaria económica y política, traicionando casi desde sus comienzos un ideal de fraternidad universal para ocuparse casi en exclusiva de su propio enriquecimiento y poder, aliándose con todo tipo de gobiernos opresores y asesinando sin escrúpulos, en nombre de su “Dios” y mediante el instrumento de su llamada “Santa Inquisición”, a quienes disentían -o así les parecía a sus jerarcas- de alguna de sus doctrinas, especialmente cuando la disensión puramente teórica podía desembocar en una “herejía” que implicase un ruptura política y social entre el poder central de la organización y el grupo disidente o “hereje” o, lo que es lo mismo, una desmembración del negocio “espiritual” y el consiguiente debilitamiento de su poder central en Roma.
Desde el punto de vista doctrinal la jerarquía de la Iglesia Católica incorpora en sus doctrinas toda una serie de mitos que conviene exponer y desenmascarar tanto por su carácter contradictorio como, de manera especial, por su influencia perniciosa sobre la sociedad en general a lo largo de los siglos hasta el momento presente, en el que continúa su labor destructiva contra las sociedades democráticas, contra los Derechos Humanos y contra la libertad de las personas y de los pueblos.
CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE LA JERARQUÍA CATÓLICA:
Entre las contradicciones esenciales o doctrinas esenciales simplemente absurdas y perniciosas, establecidas por la Jerarquía Católica como doctrinas fundamentales de su organización, y junto con las correspondientes críticas, se señalan las siguientes:
I. ACERCA DE DIOS
1. La contradicción del propio concepto de Dios como un ser perfecto, cuya esencia consistiría en el simple hecho de ser, sin ser el ser de nada en concreto, junto con la afirmación de un Dios antropomórfico que sería necesariamente imperfecto.
CRÍTICA: A lo largo de dos mil años de historia del cristianismo la jerarquía de sus diversas sectas, tanto de la católica como las de las otras ramas, ha defendido diversas ideas relacionadas con ese supuesto ser sobre el que han montado su negocio “espiritual”, ideas que son de carácter antropomórfico, pero que, en cualquier caso, les han sido muy útiles para obtener la aceptación de sus “fieles”, de quienes en una importante medida consiguen los bienes materiales para el eficaz funcionamiento de su negocio.
La jerarquía católica afirma la existencia de un ser perfecto al que llaman Dios y considera que dicha perfección implica la posesión de toda una serie de cualidades que, desde una perspectiva meramente humana, se valoran de un modo especialmente positivo. En este sentido los obispos, junto a su jefe supremo, afirman la doctrina de que Dios poseería todas las perfecciones imaginables e inimaginables, y, entre ellas se encontrarían como las más destacables las de ser infinito, creador del universo, providente, omnipotente, omnipresente, omnisciente, infinitamente justo y misericordioso y amor infinito, y que, por definición, no podría ser percibido por los sentidos, en cuanto se trataría de una realidad inmaterial.
A lo largo de esta exposición crítica se comenta cada uno de estos atributos así como el resto de doctrinas más relevantes defendidas por la jerarquía católica, mientras que este punto primero se centrará en la crítica de la supuesta existencia de ese supuesto ser al que llaman “Dios” así como a la crítica de las cualidades que le atribuyen, como la de la “perfección” absoluta, que se identificaría con ese supuesto ser, y como todo un conjunto de cualidades que en realidad sólo tienen carácter antropomórfico.
Aunque la afirmación según la cual “Dios es perfecto” parezca expresar una concepción de ese supuesto ser especialmente positiva y grandiosa, cuando se pretende desgranar el sentido de tal “perfección” aparecen problemas insalvables que conducen a tomar conciencia de que tal afirmación o bien está vacía de contenido y no dice absolutamente nada, o bien conduce a una idea antropomórfica y contradictoria de Dios.
Desde el punto de vista etimológico el término “perfecto”, derivado del latín “perficere”, significa “acabado”, “completo”. Y así decir que Dios es un ser “acabado” o “completo” no nos permite aclarar, ni mucho ni poco, qué quiere decirse con tal expresión, pues de todas las cosas podemos decir que son acabadas en cuanto todas son lo que son, aunque no hayan llegado a ser aquello que pretendamos que lleguen a ser: Un edifico a medio construir es algo acabado en cuanto “edificio a medio construir”, aunque no lo sea como edifico completo; un edificio acabado lo es en cuanto “edificio acabado”, pero no lo es en cuanto “edificio en ruinas”.
Sin embargo y al margen de este sentido etimológico, el concepto de ser perfecto se ha entendido en el sentido de un supuesto ser que se encontraría en posesión de todas aquellas cualidades positivas que se pudiera imaginar y especialmente la de la propia cualidad de ser, entendida como su constitutivo más propio. En este sentido, en la Biblia aparece Yahvé diciéndole a Moisés: “Yo soy el que soy”, y, teniendo en cuenta esta afirmación, algunos teólogos se han referido al “constitutivo formal” de Dios identificándolo con aquella cualidad según la cual su esencia se identificaría con su existencia. En este sentido Tomás de Aquino consideró que el “constitutivo formal” de Dios” era precisamente el de la propia existencia autosuficiente, Dios era el “ipsum esse subsistens” –el ser mismo subsistente- ( ). Y precisamente una consideración de ese tipo fue la que en el siglo XI había llevado a Anselmo de Canterbury a defender el conocido “argumento ontológico” para demostrar la existencia de Dios, argumento defendido posteriormente también por Descartes y por Leibniz, pero criticado entre otros por Tomás de Aquino, Wilhelm Ockham, Hume y Kant. Según dicho argumento, en cuanto se entiende por “Dios” “el ser que existe necesariamente, en cuanto en él su esencia se corresponde con su existencia”, quien comprende el significado del concepto de Dios no puede negar su existencia sin contradecirse, ya que dicha negación equivaldría a decir que el ser que existe necesariamente no existe. Sin embargo, ya en aquel tiempo el monje Gaunilón le objetó que con una argumentación semejante igual podría demostrarse la existencia de las Islas Afortunadas en cuanto, si no existieran, no serían afortunadas. En la actualidad se considera que tal argumento es una simple trampa lingüística por la que se confunde el significado que se da a una palabra con la existencia de una realidad cuyas características se correspondan con las de dicho significado. Es decir, del hecho de que yo piense que el concepto de Dios es el de un ser perfecto de ahí no se infiere que exista un ser perfecto argumentando que si no existiera no sería perfecto, pues una cosa es hablar de conceptos y otra muy distinta hablar de realidades que existan más allá de tales conceptos.
La afirmación según la cual Dios es “el que es”, aunque en principio pueda parecer que dice algo especialmente profundo, en realidad sólo representa una afirmación vacía de contenido o, mejor todavía, una frase carente de sentido, pues hablar de una esencia que se identifica con la existencia es hablar de la existencia de la existencia, lo cual efectivamente carece de sentido o lo tiene tanto como la frase “el movimiento se mueve”, frase que por muy analítica y cierta que parezca es absurda en cuanto el concepto de movimiento es aplicable a realidades de carácter físico pero no al propio concepto abstracto de movimiento en sí, sin referencia a una realidad móvil. Del mismo modo afirmar que la existencia existe es una afirmación absurda, en cuanto la existencia se predica de las realidades que existen pero no de la propia existencia. Afirmaciones de ese tipo, como dirían Nietzsche, Wittgenstein y los filósofos del lenguaje en general sólo son trampas lingüísticas en las que se pueden caer si no se utiliza el lenguaje de un modo correcto.
Por otra parte y aceptando la hipótesis de que pudiera hablarse del “Ser” en sentido sustantivo, como una realidad en sí misma, ya Spinoza y Hegel señalaron acertadamente que tal concepto se identificaría con la “pura nada” en cuanto cualquier concreción o determinación que tuviera implicaría una limitación en cuanto el concepto de ser dejaría de ser aplicable a todo aquello que no incluyese tal concreción, lo cual sería absurdo en cuanto tales realidades deberían considerarse como no-ser. Hay que puntualizar, no obstante, que ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento se ha llegado a defender un concepto de Dios coherente con su identificación con ese ser puro y simple de la Lógica, tal como apareció en los relatos bíblicos, sino que ha estado básicamente unido a toda una serie de connotaciones de carácter antropomórfico que se analizarán después.
El concepto de perfección, atribuido al Dios cristiano, puede enfocarse también desde una perspectiva platónica, entendiendo tal concepto en un sentido absoluto pero relacional, es decir, como un concepto mediante el que se quiere expresar la mayor o menor aproximación y semejanza entre una realidad concreta y determinado modelo ideal. En este sentido Platón hablaba de la imperfección del mundo sensible en relación con el mundo de las ideas, modelos perfectos respecto a los cuales las realidades sensibles sólo participaban o se asemejaban de modo imperfecto. La mayor o menor perfección de las realidades sensibles se relacionaría con su mayor o menor aproximación o semejanza con los modelos ideales correspondientes, del mismo modo que el grado de perfección de un retrato se relaciona con su grado mayor o menor de semejanza respecto al modelo que el artista haya pretendido plasmar en su obra.
Desde esta perspectiva platónica la idea de Ser haría referencia a un ser puramente racional, pero existente, ser de cuya esencia participaría todo lo existente en cuanto existente. Y esa idea de Ser es la que los “teólogos” (?) del cristianismo se han apropiado para aplicarla a su Dios, que, por ello, habría que entenderlo también desde esa perspectiva platónica. Hay que observar, sin embargo que el Ser platónico tendría las mismas dificultades que ese Ser puramente lógico del que se ha hablado, es decir, carecería de contenido y representaría una simple abstracción realizada a partir del hecho de la existencia del conjunto de todo lo real. Pero así como la existencia se predica de algo que existe, la afirmación de la existencia sustantiva del propio Ser o de la propia existencia representaría una nueva caída en una trampa lingüística de la que el propio Platón no se libró.
Pero, después de tantos siglos de razonamiento, de Filosofía y de Ciencia, a casi nadie que tenga cierta formación cultural y un poco de sentido común –a excepción de la jerarquía católica y de las de otras religiones- se le ocurre seguir aceptando la existencia real, objetiva e independiente de ese supuesto mundo platónico de las Ideas sino sólo de una realidad sensible a la que pertenecemos, una realidad sin referentes respecto a los cuales pueda juzgarse acerca de su mayor o menor perfección en un sentido absoluto.
Por otra parte, la concepción cristiana y religiosa en general acerca de lo que denominan “Dios” es criticable desde sus mismas raíces en cuanto el concepto de ese supuesto ser como una realidad dotada de cualidades como la inteligencia, la voluntad, los sentimientos y cualquier forma de actividad, es antropomórfico y, por lo tanto, incompatible con la idea de perfección tal como se ha analizado. Pues, efectivamente, si el concepto de ese Dios va ligado a la cualidad de la perfección en el sentido estar hablando de un ser autosuficiente y en posesión plena de todas las cualidades positivas que puedan imaginarse, una consecuencia de dicha perfección sería la de que ese supuesto ser perfecto, “Dios”, sería un ser totalmente pasivo en cuanto todo fin relacionado con la consecución de una mayor perfección ya se habría alcanzado, por lo que no tendría ya ningún objetivo hacia el cual tender o moverse, y, en consecuencia, permanecería en una absoluta y perfecta quietud. En este sentido, si el Dios aristotélico todavía conservaba cierto nivel de antropomorfismo en cuanto, a pesar de que su perfección le hacía permanecer alejado de los asuntos del Universo y del ser humano, todavía conservaba cierta forma de actividad consistente en la actividad intelectual ejercida sobre sí mismo (Dios era “nóesis noéseos”), el ser perfecto de la Lógica, aceptando que tuviera algún sentido hablar de él como realidad sustantiva, sería incompatible incluso con tal actividad intelectual defendida por el propio Aristóteles y con cualquier otra.
Por ello y como consecuencia de lo anterior, la idea de Dios como ser perfecto sería incompatible con la propia creación del Universo, pues, efectivamente, tal creación sólo habría podido ser el resultado de un deseo, relacionado con la carencia del bien deseado, lo cual implicaría una contradicción por la falta de perfección en aquel ser que desde el supuesto inicial se consideraba perfecto y la perfección de dicho ser implicaría la posesión o identificación con todo bien imaginable, por lo que, al no carecer de ninguno, la actividad creadora carecería de sentido. Por lo mismo, en cuanto Dios por identificarse con la perfección ya nada podría desear –y mucho menos si se tiene en cuenta que le deseo presupone la necesidad de aquello que se desea y, por ello mismo, una carencia-, nada podría decidir, en cuanto la decisión es consecuencia del deseo y donde no hay deseo no puede haber decisión en orden a la acción.
En consecuencia, la idea de un Dios creador tiene carácter antropomórfico y parece haber surgido a partir de la suposición de que Dios, como cualquier ser humano, hubiera sentido la necesidad de una realidad ajena a la suya propia, en cuanto se hubiese cansado de su eterna soledad, y que, por ello, hubiera decidido, al igual que cualquier reyezuelo, rodearse de otros seres que le sirvieran adorándole, como los ángeles y el hombre, y crear el Universo para su propia distracción, de un modo caprichoso y absurdo.
El absurdo es todavía mayor si se tiene en cuenta que la jerarquía católica considera –aunque de modo equivocado- que la idea de perfección divina estaría asociada con la posesión de otras cualidades que estarían implícitas en dicha perfección, como la omnisciencia y la omnipotencia, que resultan contradictorias con otras cualidades atribuidas al ser humano –como en especial las del libre albedrío, la responsabilidad, el mérito y la culpa-. Pues, en efecto, como consecuencia de su omnisciencia Dios conocería qué es lo que va suceder en cada rincón del Universo a lo largo de cada instante del tiempo; y, como consecuencia de su omnipotencia, todos los sucesos del Universo se producirían siempre como consecuencia de los planes divinos. Pero estas cualidades divinas estarían en contradicción de una manera especial con la supuesta cualidad humana del libre albedrío, cualidad por la cual los actos humanos serían consecuencia de decisiones propias del hombre e independientes por ello de la supuesta omnipotencia divina por la que todo debería haber sido predeterminado. El problema de la dificultad para compatibilizar la predeterminación divina con la libertad humana fue tratado por diversos teólogos y tuvo como conclusiones contrapuestas la de Orígenes y la de Tomás de Aquino: El primero salvó la libertad humana, pero eliminó la omnipotencia divina desde el momento en que consideró que las decisiones humanas sólo dependían del hombre y no de Dios; Tomás de Aquino, sin embargo, salvó la omnipotencia divina, pero para ello, tuvo que anular la libertad humana a pesar de su deseo de encontrar algún modo de compatibilizar ambas doctrinas.
Por otra parte y aunque desde una perspectiva antropomórfica no lo parezca, la perfección divina es incompatible con su supuesta omnipotencia en cuanto, como decía Aristóteles, la potencia en cualquiera de sus sentidos es una forma de ser más imperfecta que el acto, lo cual puede entenderse si se repara, por ejemplo, en que es más imperfecto estar en potencia de saber que estar en posesión actual de la sabiduría. Por ello, en cuanto los teólogos cristianos, siguiendo a Aristóteles, definen a Dios como “acto puro”, en esa medida, al poseer en acto o identificarse con todos los bienes posibles, Dios no estaría en potencia respecto a ninguno y, como se ha dicho antes, en cuanto su ser implicaría el grado mayor de perfección, no tendría poder para conseguir ningún otro bien, ya que no existiría ningún bien que él no poseyera, y, por ello, el ejercicio de cualquier supuesto poder sólo implicaría la negación de que Dios fuera perfecto en cuanto toda acción tiende a un bien, por lo que en cuanto Dios se identifique con el bien, no necesitaría actuar para alcanzar aquellos bienes que sólo poseyera en potencia, pues todos los poseería en acto.
Desde una perspectiva antropomórfica se tiende a considerar que la cualidad de la omnipotencia sería algo parecido a ser algo así como “Superman”, pero elevado a la máxima potencia y que debería ser una de las manifestaciones propias del ser perfecto. Sin embargo, quienes así piensan no reparan en que ser omnipotente en ese sentido implica aceptar la existencia de una serie de imperfecciones o limitaciones que deberían corregirse mediante el ejercicio de tal omnipotencia, no reparando en que la perfección implicaría la ausencia de imperfecciones en contra de las cuales hiciera falta el empleo de ese poder para superarlas.
En definitiva, si recurrimos a la Lógica para esclarecer qué pueda significar el concepto de Dios cuando se afirma que Dios es perfecto, tal concepto nos conduce al de un ser absolutamente inmóvil, tan carente de poder y tan vacío de concreción que se identificaría con la pura nada.
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
Introducción
La religiosidad en general es un fenómeno ligado a la naturaleza humana como se muestra a lo largo de miles de años en los que, de un modo o de otro en todas las agrupaciones humanas han surgido toda una serie de creencias y ritos, mediante los cuales el ser humano ha tratado de ponerse en contacto con supuestos seres poderoso e invisibles, cuya voluntad se suponía que podía influir en el transcurrir de los acontecimientos y, por ello mismo, en la propia vida humana.
El estudio de la religiosidad desde diversas perspectivas, como la antropológica, la psicológica o la sociológica ha dado ya frutos realmente decisivos para comprender el valor simplemente “humano, demasiado humano” –como diría Nietzsche- de este tipo de fenómenos, que, sin duda de ninguna clase, habría que clasificar como un aspecto más de la tendencia humana a la superstición en general hasta el punto de poder decir que el hombre es un ser religioso por lo mismo que es un ser supersticioso y que las religiones actuales sólo son un conjunto de supersticiones tal vez un poco mejor sistematizadas que las antiguas y mucho mejor apoyadas en la utilización de mecanismos para provocar la histeria colectiva y la aceptación irracional de doctrinas evidentemente irracionales para todo aquel que esté dispuesto a razonar sin prejuicios acerca de su contenido doctrinal, en relación con el cual se ha montado el mayor negocio de la Historia, que ha servido para el progresivo enriquecimiento de la jerarquía católica, carente de escrúpulos para aprovecharse de la ingenuidad de gran parte del género humano.
Por lo que se refiere a la Religión en los últimos siglos y especialmente en los países más adelantados culturalmente se ha ido avanzando en la negación del valor objetivo de sus contenidos y en especial el de la existencia de Dios. A partir del siglo XIX nos encontramos con planteamientos que, además de rechazar la existencia de Dios desde el punto de vista de la mera especulación, muestran una postura especialmente crítica contra la religión por considerar que es una de las causas principales de la degradación de la dignidad humana, porque a través de ella el hombre se aliena respecto a su esencia y la proyecta en un ser imaginario al que dedica sus sentimientos, en lugar de dirigirlos hacia la solidaridad con sus semejantes, en quienes existe realmente dicha esencia. Este es el caso de planteamientos como los de L. Feuerbach, M. Hess y K. Marx. Se llega a afirmar que “la religión es el opio del pueblo” (Hess, Marx) en el sentido de que, por la esperanza de una vida ultraterrena, el hombre queda como adormecido y deja de preocuparse y de luchar para salir de la opresión económica y social que durante muchos siglos ha estado sufriendo como consecuencia de la ambición capitalista, ayudada por la actitud de las jerarquías religiosas, que han impulsado su negocio recibiendo una sustancial comisión económica de los capitalistas a cambio de su contante labor de apaciguamiento del proletariado explotado, mediante sus mensajes en favor de la obediencia y el respeto a sus patronos, la paciencia, la resignación y la esperanza en otra vida mejor, en la que serán compensados por los sufrimientos y las miserias de ésta.
Por su parte y desde otra perspectiva, Nietzsche considera que la religión en general y el cristianismo en particular son una manifestación del nihilismo, por cuanto al poner todo el valor en “el más allá” tiende a degradar el valor de esta vida. Advierte, sin embargo, que la “muerte de Dios” puede implicar inicialmente una especie de cataclismo espiritual, por cuanto el sistema de valores de la civilización occidental de los últimos dos mil años se fundamenta en la creencia en Dios. La “muerte de Dios” podía significar una caída todavía más profunda en el nihilismo, que sólo podía ser superado cuando el hombre se convirtiera en su propio Dios y aprendiera a valorar la vida en lugar de negarla y despreciarla en espera de “otra vida mejor”. El sentimiento de la unidad de todas las manifestaciones vitales, la aceptación de la vida desde el prisma del arte y del juego, y la doctrina del Eterno Retorno fueron considerados por Nietzsche como puntos de apoyo esenciales para la total superación del nihilismo derivado de la “muerte de Dios”.
Por otra parte y desde una perspectiva como la de carácter psicológico –que no es la que aquí se va a desarrollar de modo especial- tiene interés reflejar el punto de vista de de Sigmund Freud (1856-1939), fundador del Psicoanálisis, que tanto repercusión científica y social ha tenido desde el siglo XX hasta la actualidad.
Freud considera que la religión representa una “transformación delirante de la realidad”, “un infantilismo psíquico”, “un delirio colectivo”, “una neurosis obsesiva universal” o una serie de “ideas delirantes” que gran parte de la humanidad utiliza como mecanismo para protegerse contra el dolor y las miserias de la vida, y para evitar la caída en una “neurosis individual”:
-“…numerosos individuos emprenden juntos la tentativa de procurarse un seguro de felicidad y una protección contra el dolor por medio de una transformación delirante de la realidad. También las religiones de la humanidad deben ser consideradas como semejantes delirios colectivos” ( ).
- “[La técnica de la religión] consiste en reducir el valor de la vida y en deformar delirantemente la imagen del mundo real, medidas que tienen por condición previa la intimidación de la inteligencia. A este precio, imponiendo por la fuerza al hombre la fijación a un infantilismo psíquico y haciéndolo participar en un delirio colectivo, la religión logra evitar a muchos seres la caída en la neurosis individual. Pero no alcanza más [...] Tampoco la religión puede cumplir sus promesas, pues el creyente, obligado a invocar en última instancia los “inescrutables designios” de Dios, confiesa con ello que en el sufrimiento sólo le queda la sumisión incondicional como último consuelo y fuente de goce. Y si desde el principio ya estaba dispuesto a aceptarla, bien podría haberse ahorrado todo ese largo rodeo” ( ).
- “Sin conocer aún otras relaciones más profundas, califiqué a la neurosis obsesiva de religión privada desfigurada, y a la religión, de neurosis obsesiva universal” ( ).
- “Pero ¿cómo se defiende [el individuo] de los poderes prepotentes de la Naturaleza, de la amenaza del Destino? [...] El primer paso es ya una importante conquista. Consiste en humanizar la Naturaleza. A las fuerzas impersonales, al Destino, es imposible aproximarse; permanecen eternamente incógnitas. Pero si en los elementos rugen las mismas pasiones que en el alma del hombre, si la muerte misma no es algo espontáneo, sino el crimen de una voluntad perversa; si la Naturaleza está poblada de seres como aquellos con los que convivimos, respiraremos aliviados, nos sentiremos más tranquilos en medio de lo inquietante y podremos elaborar psíquicamente nuestra angustia. Continuamos acaso inermes, pero ya no nos sentimos, además, paralizados; podemos, por lo menos, reaccionar, e incluso nuestra indefensión no es quizá ya tan absoluta, pues podemos emplear contra estos poderosos superhombres que nos acechan fuera los mismos medios de que nos servimos dentro de nuestro círculo social; podemos intentar conjurarlos, apaciguarlos y sobornarlos, despojándoles así de una parte de su poderío [...] Obrando de un modo análogo, el hombre no transforma sencillamente las fuerzas de la Naturaleza en seres humanos, a los que puede tratar de igual a igual -cosa que no corresponde a la impresión de superioridad que tales fuerzas le producen-, sino que las reviste de un carácter paternal y las convierte en dioses, conforme a un prototipo infantil” ( ).
-“Hay algunos [dogmas religiosos] tan inverosímiles y tan opuestos a todo lo que trabajosamente hemos llegado a averiguar sobre la realidad del mundo, que, salvando las diferencias psicológicas, podemos compararlos a las ideas delirantes” ( ).
Freud plantea a la religión algunas críticas de carácter filosófico o simplemente racional, relacionadas con los argumentos con los que se pretende defender la objetividad de las creencias religiosas, argumentos como el de que “debemos aceptarlos porque ya nuestros antepasados los creyeron ciertos” o como el de que existen “pruebas que nos han sido transmitidas por tales generaciones anteriores” o, finalmente, que “está prohibido plantear interrogación alguna sobre la credibilidad de tales principios” :
- “[Por lo que se refiere a los principios religiosos,] si preguntamos en qué se funda su aspiración a ser aceptados como ciertos, recibiremos tres respuestas singularmente desacordes. Se nos dirá primeramente que debemos aceptarlos porque ya nuestros antepasados los creyeron ciertos; en segundo lugar, se nos aducirá la existencia de pruebas que nos han sido transmitidas por tales generaciones anteriores y, por último, se nos hará saber que está prohibido plantear interrogación alguna sobre la credibilidad de tales principios [...] Esta última respuesta ha de parecernos singularmente sospechosa. El motivo de semejante prohibición no puede ser sino que la misma sociedad conoce muy bien el escaso fundamento de las exigencias que plantea con respecto a sus teorías religiosas [...] Debemos creer porque nuestros antepasados creyeron. Pero estos antepasados nuestros eran mucho más ignorantes que nosotros. Creyeron cosas que nos es imposible aceptar. Es, por tanto, muy posible que suceda lo mismo con las doctrinas religiosas [...] De poco sirve que se atribuya a su texto literal o solamente a su contenido la categoría de revelación divina, pues tal afirmación es ya por sí misma una parte de aquellas doctrinas cuya credibilidad se trata de investigar, y ningún principio puede demostrarse a sí mismo” ( ).
- “Nos decimos que sería muy bello que hubiera un dios creador del mundo y providencia bondadosa, un orden moral universal y una vida de ultratumba; pero encontramos harto singular que todo suceda así tan a medida de nuestros deseos. Y sería más extraño aún que nuestros pobres antepasados, ignorantes y faltos de libertad espiritual, hubiesen descubierto la solución de todos estos enigmas del mundo” ( ).
Por ello y en cuanto Freud juzga que los auténticos motivos que llevan a aceptar las creencias religiosas no son precisamente racionales sino que son una “neurosis obsesiva de la colectividad humana”, opina, desde un punto de vista que guarda cierta semejanza con la doctrina de Nietzsche acerca de “la muerte de Dios”, que “el abandono de la religión se cumplirá con toda la inexorable fatalidad de un proceso del crecimiento y que en la actualidad nos encontramos ya dentro de esta fase de la evolución”:
- “Sabemos que el hombre no puede cumplir su evolución hasta la cultura sin pasar por una fase más o menos definida de neurosis, fenómeno debido a que para el niño es imposible yugular por medio de una labor mental racional las muchas exigencias instintivas que han de serle inútiles en su vida ulterior y tiene que dominarlas mediante actos de represión [...] La mayoría de estas neurosis infantiles [...] quedan vencidas espontáneamente en el curso del crecimiento, y el resto puede ser desvanecido más tarde por el tratamiento psicoanalítico. Pues bien: hemos de admitir que también la colectividad humana pasa, en su evolución secular, por estados análogos a las neurosis y precisamente a consecuencia de idénticos motivos [...] La religión sería la neurosis obsesiva de la colectividad humana, y lo mismo que la del niño, provendría del complejo de Edipo, de la relación con el padre. Conforme a esta teoría hemos de suponer que el abandono de la religión se cumplirá con toda la inexorable fatalidad de un proceso del crecimiento y que en la actualidad nos encontramos ya dentro de esta fase de la evolución” ( ).
Al igual que sucede con los planteamientos de Freud, existen desde el siglo XIX, especialmente en los campos de la Psicología, de la Antropología y de la Sociología, una serie de puntos de vista que, desde una perspectiva racionalista denuncian la serie de mentiras embaucadoras e interesadas que han utilizado organizaciones como la de la jerarquía católica para montar sus inmensos negocios basados en las supercherías religiosas.
Teniendo en cuenta estos planteamientos realmente interesantes para todo aquel que quiera profundizar en el conocimiento del fenómeno religioso y de sus causas, a lo largo de estas páginas se presentará un enfoque crítico de la Religión desde una perspectiva de carácter esencialmente lógico por el que se mostrará la índole auto-contradictoria de las diversas doctrinas relacionadas con la idea de Dios y con las doctrinas de la jerarquía de la Iglesia Católica, contradicciones de las que los jerarcas católicos se defienden refugiándose en los conceptos de “misterio” y de “dogma”.
Pero los llamados “misterios” son simplemente contradicciones o, en el mejor de los casos, afirmaciones carentes de sentido. ¿Por qué la jerarquía establece como un “misterio” aquello que desde el punto de vista lógico cualquiera puede comprobar que se trata de una contradicción? Por la sencilla razón de que la acumulación de doctrinas a lo largo de los siglos ha determinado que cada una de ellas se estableciese sin considerar adecuadamente su congruencia o no con otras doctrinas anteriormente establecidas, y, en cuanto la jerarquía de la Iglesia ha pretendido mostrarse como sabia hasta el punto de presentarse como “infalible en materia de fe y costumbres”, en lugar de reconocer y corregir sus constantes errores ha considerado más conveniente para sus intereses conservarlos y tratarlos como “misterios” que además debían ser aceptados como verdades indiscutibles, es decir como “dogmas de fe”, incomprensibles para la razón humana, pero no por ello menos verdaderos. Esto no le ha sido especialmente difícil, dada la escasa racionalidad del ser humano, que tiende a considerar que quienes le dirigen o se visten con ropajes de hechiceros –como las de los actuales obispos y cardenales, con sus capas y demás vestimenta tan lujosa, colorista, ostentosa y medieval- son totalmente superiores a él a la hora de razonar y de señalar qué es verdad y qué es falso, hasta el punto de que si un obispo le dijera a uno de sus fieles que 3 es igual a 1, el fiel llegaría a sugestionarse de que el obispo tenía razón. Al fin y al cabo, esto es lo que viene a decir el “dogma” de la “Trinidad”, según el cual “el Padre”, “el Hijo” y “el Espíritu Santo”, siendo distintos entre sí, cada uno de ellos es Dios, aunque a continuación digan también que hay un solo Dios. Cuando a algún niño de seis años se le ocurra decirle al “catequista”: “No entiendo eso, ¿podría explicarlo un poco más”, éste le responderá: “Pues claro, niño, ¿cómo vas a entenderlo? ¡Se trata de un misterio! Y no hay que preguntar la explicación de los misterios, sino sólo creer en ellos. ¡La fe es lo más importante! Pues si todas las doctrinas las pudiéramos razonar, ¿qué mérito tendría que creyésemos en ellas?”. Otro ejemplo de estas absurdas contradicciones -en las que lo más asombroso y más digno de estudio es que haya quien se las crea- es la afirmación de la infinita misericordia y amor divino junto con la afirmación de la existencia de un castigo eterno al que Dios enviará a la mayor parte de sus hijos a quienes, en teoría, tanto quiere. Estas contradicciones se analizarán con mayor detalle a lo largo de este trabajo, aunque su número es tan elevado que aquí sólo se hará referencia a algunas de las más llamativas.
Desde estos planteamientos se tiende, pues, hacia el rechazo radical de las fantasías religiosas y hacia una reivindicación del valor del hombre y de los valores inmanentes de la vida humana.
Por otra parte, a pesar de que en el campo de la tradición filosófica se puede observar la evolución desde posturas claramente religiosas, que resultan dominantes hasta el siglo XVIII, hasta posturas ateas, que dominan en los siglos XIX y XX, parece que los planteamientos ateos de filósofos y científicos importantes (Schopenhauer, Feuerbach, Marx, Nietzsche, Freud, Russell, Sartre, Einstein, Ayer... ) no han trascendido de manera radical a nivel popular, y las creencias religiosas siguen manteniendo un índice de aceptación todavía importante. En cualquier caso las jerarquías de los diversos negocios religiosos -especialmente a partir de la crisis de la Metafísica propiciada por Hume y por Kant- han intensificado su tendencia a justificar el valor de la religión utilizando la vía de la fe, como ya sucedió con la postura de K. Wojtyla –alias Juan Pablo II-, especialmente puesta de manifiesto en su encíclica Fides et Ratio, y como sucede igualmente con su sucesor J. Ratzinger –alias Benedicto XVI-, con su tendencia a recuperar planteamientos del pasado, como el del uso del latín en la misa y diversas ceremonias religiosas, lo cual representa, en primer lugar, una forma de recobrar para la Religión su carácter de realidad misteriosa que debe provocar en los fieles un sentimiento de admiración y de asombro irracional en cuanto el latín es una lengua del pasado que resulta para los “fieles” católicos tan familiar como los cauces de la inspiración del oráculo de Delfos; en segundo lugar, una forma de tratar de inculcar la sumisa aceptación de las doctrinas religiosas planteando que su comprensión está reservada exclusivamente para miembros escogidos de la jerarquía religiosa; y, en tercer lugar, una forma de intentar evitar que los “fieles” conozcan directamente las diversas doctrinas en las que se supone que deben creer para que de ese modo desaparezca en ellos cualquier intento de análisis racional de tales doctrinas que pudiera dar lugar a la comprensión de la serie de falsedades y fábulas en las que dicha jerarquía religiosa había ido montando y ampliando su repugnante farsa.
El título de este trabajo se refiera a “Iglesia Católica” y no a la “Jerarquía Católica”, pero en realidad las críticas van dirigidas contra esta última por la sencilla razón de que no ha sido el conjunto de miembros de la Iglesia Católica el que ha fijado sus doctrinas a lo largo del tiempo sino que ha sido su jerarquía la que ha protagonizado la tarea de establecerlas, la de perfeccionar sus estructuras de funcionamiento interno y la de acrecentar su poder político, económico y social a lo largo de los siglos.
La larga historia de la Iglesia Católica ha determinado una progresiva estructuración de sus órganos de poder interno en la que existe una clara y tajante diferenciación entre el colectivo de sus altos mandos -el Papa, los cardenales, los obispos y las altas jerarquías en general-, y el conjunto de fieles integrados en esa organización. Pero, mientras las altas jerarquías gozan de lujos faraónicos y de un inmenso poder, tejiendo y destejiendo todo lo que quieren a nivel doctrinal y a nivel de estrategias para mantener o aumentar su poder en sus diversas zonas de influencia, los simples creyentes ni disfrutan de los beneficios económicos de su Iglesia ni participan como elementos activos que puedan influir de algún modo en la política de su organización, ni en la reflexión y discusión sobre el valor de sus doctrinas, ni en la deliberación acerca de los objetivos que la organización católica deba perseguir de acuerdo con su ideología, ni en el nombramiento de sus jerarquías.
Tal situación implica evidentemente un distanciamiento radical entre la jerarquía católica y los “fieles”, que no pintan nada ni en la elección de su jefe supremo ni en la de los obispos y cardenales, lo cual implica un absoluto desprecio del sistema democrático por parte de la jerarquía de esta organización con el pretexto de que defienden un sistema de “gobierno teocrático” (?), según el cual sería el propio Dios quien habría inspirado a los cardenales en su elección de cada nuevo Papa, y a éste en la elección de obispos y cardenales, a pesar de que tal elección se haya realizado de múltiples maneras a lo largo de los siglos, incluso mediante la simple compra del cargo. Anteriormente, hasta el siglo XI, los fieles habían participado al menos en el nombramiento por aclamación de uno de los candidatos al cargo de “Papa” o jefe supremo, pero finalmente, como consecuencia de un decreto del papa Nicolás II en el año 1.059, el nombramiento de dicho cargo quedó desligado del voto de los simples creyentes para quedar como objeto de elección exclusiva del grupo jerárquico de los cardenales, de manera que desde aquel momento los fieles pasaron a adoptar un papel esencialmente pasivo.
La doctrina católica es el instrumento ideológico fundamental de dominio de los “pastores” de la Jerarquía Católica sobre el “rebaño” de los simples creyentes, cuyo papel, como su propio nombre indica, es, por una parte, el de “creer” sumisamente la serie de doctrinas que les propongan el Papa, los cardenales y los obispos, y, por otra, el de obedecer las consignas que de ellos reciban en orden a “su eterna salvación” (?).
Tales doctrinas están formadas en lo esencial por un conjunto de dogmas que, por ello mismo, se consideran indemostrables para la razón humana, por lo que no se basan en la razón ni en la experiencia, y representan una continuidad de antiguas doctrinas míticas o la aparición de algunas doctrinas nuevas especialmente oportunistas, que en cualquier caso cierran los ojos al pensamiento racional o científico, llegando incluso a oponerse a él en diversos casos, como sucedió con el heliocentrismo defendido por Galileo o con el evolucionismo defendido por Darwin.
A lo largo de este trabajo se presentan se presentan algunas de esas doctrinas arbitrarias o contradictorias mediante las que la jerarquía católica ha tenido adormecida a gran multitud de pueblos a lo largo de los siglos como consecuencia, entre otros motivos, de que hasta hace pocos años la cultura fue un bien muy alejado del pueblo. Tales doctrinas han sido el instrumento esencial mediante el que la jerarquía católica ha logrado una extraordinaria prosperidad extraordinaria económica y política, traicionando casi desde sus comienzos un ideal de fraternidad universal para ocuparse casi en exclusiva de su propio enriquecimiento y poder, aliándose con todo tipo de gobiernos opresores y asesinando sin escrúpulos, en nombre de su “Dios” y mediante el instrumento de su llamada “Santa Inquisición”, a quienes disentían -o así les parecía a sus jerarcas- de alguna de sus doctrinas, especialmente cuando la disensión puramente teórica podía desembocar en una “herejía” que implicase un ruptura política y social entre el poder central de la organización y el grupo disidente o “hereje” o, lo que es lo mismo, una desmembración del negocio “espiritual” y el consiguiente debilitamiento de su poder central en Roma.
Desde el punto de vista doctrinal la jerarquía de la Iglesia Católica incorpora en sus doctrinas toda una serie de mitos que conviene exponer y desenmascarar tanto por su carácter contradictorio como, de manera especial, por su influencia perniciosa sobre la sociedad en general a lo largo de los siglos hasta el momento presente, en el que continúa su labor destructiva contra las sociedades democráticas, contra los Derechos Humanos y contra la libertad de las personas y de los pueblos.
CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE LA JERARQUÍA CATÓLICA:
Entre las contradicciones esenciales o doctrinas esenciales simplemente absurdas y perniciosas, establecidas por la Jerarquía Católica como doctrinas fundamentales de su organización, y junto con las correspondientes críticas, se señalan las siguientes:
I. ACERCA DE DIOS
1. La contradicción del propio concepto de Dios como un ser perfecto, cuya esencia consistiría en el simple hecho de ser, sin ser el ser de nada en concreto, junto con la afirmación de un Dios antropomórfico que sería necesariamente imperfecto.
CRÍTICA: A lo largo de dos mil años de historia del cristianismo la jerarquía de sus diversas sectas, tanto de la católica como las de las otras ramas, ha defendido diversas ideas relacionadas con ese supuesto ser sobre el que han montado su negocio “espiritual”, ideas que son de carácter antropomórfico, pero que, en cualquier caso, les han sido muy útiles para obtener la aceptación de sus “fieles”, de quienes en una importante medida consiguen los bienes materiales para el eficaz funcionamiento de su negocio.
La jerarquía católica afirma la existencia de un ser perfecto al que llaman Dios y considera que dicha perfección implica la posesión de toda una serie de cualidades que, desde una perspectiva meramente humana, se valoran de un modo especialmente positivo. En este sentido los obispos, junto a su jefe supremo, afirman la doctrina de que Dios poseería todas las perfecciones imaginables e inimaginables, y, entre ellas se encontrarían como las más destacables las de ser infinito, creador del universo, providente, omnipotente, omnipresente, omnisciente, infinitamente justo y misericordioso y amor infinito, y que, por definición, no podría ser percibido por los sentidos, en cuanto se trataría de una realidad inmaterial.
A lo largo de esta exposición crítica se comenta cada uno de estos atributos así como el resto de doctrinas más relevantes defendidas por la jerarquía católica, mientras que este punto primero se centrará en la crítica de la supuesta existencia de ese supuesto ser al que llaman “Dios” así como a la crítica de las cualidades que le atribuyen, como la de la “perfección” absoluta, que se identificaría con ese supuesto ser, y como todo un conjunto de cualidades que en realidad sólo tienen carácter antropomórfico.
Aunque la afirmación según la cual “Dios es perfecto” parezca expresar una concepción de ese supuesto ser especialmente positiva y grandiosa, cuando se pretende desgranar el sentido de tal “perfección” aparecen problemas insalvables que conducen a tomar conciencia de que tal afirmación o bien está vacía de contenido y no dice absolutamente nada, o bien conduce a una idea antropomórfica y contradictoria de Dios.
Desde el punto de vista etimológico el término “perfecto”, derivado del latín “perficere”, significa “acabado”, “completo”. Y así decir que Dios es un ser “acabado” o “completo” no nos permite aclarar, ni mucho ni poco, qué quiere decirse con tal expresión, pues de todas las cosas podemos decir que son acabadas en cuanto todas son lo que son, aunque no hayan llegado a ser aquello que pretendamos que lleguen a ser: Un edifico a medio construir es algo acabado en cuanto “edificio a medio construir”, aunque no lo sea como edifico completo; un edificio acabado lo es en cuanto “edificio acabado”, pero no lo es en cuanto “edificio en ruinas”.
Sin embargo y al margen de este sentido etimológico, el concepto de ser perfecto se ha entendido en el sentido de un supuesto ser que se encontraría en posesión de todas aquellas cualidades positivas que se pudiera imaginar y especialmente la de la propia cualidad de ser, entendida como su constitutivo más propio. En este sentido, en la Biblia aparece Yahvé diciéndole a Moisés: “Yo soy el que soy”, y, teniendo en cuenta esta afirmación, algunos teólogos se han referido al “constitutivo formal” de Dios identificándolo con aquella cualidad según la cual su esencia se identificaría con su existencia. En este sentido Tomás de Aquino consideró que el “constitutivo formal” de Dios” era precisamente el de la propia existencia autosuficiente, Dios era el “ipsum esse subsistens” –el ser mismo subsistente- ( ). Y precisamente una consideración de ese tipo fue la que en el siglo XI había llevado a Anselmo de Canterbury a defender el conocido “argumento ontológico” para demostrar la existencia de Dios, argumento defendido posteriormente también por Descartes y por Leibniz, pero criticado entre otros por Tomás de Aquino, Wilhelm Ockham, Hume y Kant. Según dicho argumento, en cuanto se entiende por “Dios” “el ser que existe necesariamente, en cuanto en él su esencia se corresponde con su existencia”, quien comprende el significado del concepto de Dios no puede negar su existencia sin contradecirse, ya que dicha negación equivaldría a decir que el ser que existe necesariamente no existe. Sin embargo, ya en aquel tiempo el monje Gaunilón le objetó que con una argumentación semejante igual podría demostrarse la existencia de las Islas Afortunadas en cuanto, si no existieran, no serían afortunadas. En la actualidad se considera que tal argumento es una simple trampa lingüística por la que se confunde el significado que se da a una palabra con la existencia de una realidad cuyas características se correspondan con las de dicho significado. Es decir, del hecho de que yo piense que el concepto de Dios es el de un ser perfecto de ahí no se infiere que exista un ser perfecto argumentando que si no existiera no sería perfecto, pues una cosa es hablar de conceptos y otra muy distinta hablar de realidades que existan más allá de tales conceptos.
La afirmación según la cual Dios es “el que es”, aunque en principio pueda parecer que dice algo especialmente profundo, en realidad sólo representa una afirmación vacía de contenido o, mejor todavía, una frase carente de sentido, pues hablar de una esencia que se identifica con la existencia es hablar de la existencia de la existencia, lo cual efectivamente carece de sentido o lo tiene tanto como la frase “el movimiento se mueve”, frase que por muy analítica y cierta que parezca es absurda en cuanto el concepto de movimiento es aplicable a realidades de carácter físico pero no al propio concepto abstracto de movimiento en sí, sin referencia a una realidad móvil. Del mismo modo afirmar que la existencia existe es una afirmación absurda, en cuanto la existencia se predica de las realidades que existen pero no de la propia existencia. Afirmaciones de ese tipo, como dirían Nietzsche, Wittgenstein y los filósofos del lenguaje en general sólo son trampas lingüísticas en las que se pueden caer si no se utiliza el lenguaje de un modo correcto.
Por otra parte y aceptando la hipótesis de que pudiera hablarse del “Ser” en sentido sustantivo, como una realidad en sí misma, ya Spinoza y Hegel señalaron acertadamente que tal concepto se identificaría con la “pura nada” en cuanto cualquier concreción o determinación que tuviera implicaría una limitación en cuanto el concepto de ser dejaría de ser aplicable a todo aquello que no incluyese tal concreción, lo cual sería absurdo en cuanto tales realidades deberían considerarse como no-ser. Hay que puntualizar, no obstante, que ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento se ha llegado a defender un concepto de Dios coherente con su identificación con ese ser puro y simple de la Lógica, tal como apareció en los relatos bíblicos, sino que ha estado básicamente unido a toda una serie de connotaciones de carácter antropomórfico que se analizarán después.
El concepto de perfección, atribuido al Dios cristiano, puede enfocarse también desde una perspectiva platónica, entendiendo tal concepto en un sentido absoluto pero relacional, es decir, como un concepto mediante el que se quiere expresar la mayor o menor aproximación y semejanza entre una realidad concreta y determinado modelo ideal. En este sentido Platón hablaba de la imperfección del mundo sensible en relación con el mundo de las ideas, modelos perfectos respecto a los cuales las realidades sensibles sólo participaban o se asemejaban de modo imperfecto. La mayor o menor perfección de las realidades sensibles se relacionaría con su mayor o menor aproximación o semejanza con los modelos ideales correspondientes, del mismo modo que el grado de perfección de un retrato se relaciona con su grado mayor o menor de semejanza respecto al modelo que el artista haya pretendido plasmar en su obra.
Desde esta perspectiva platónica la idea de Ser haría referencia a un ser puramente racional, pero existente, ser de cuya esencia participaría todo lo existente en cuanto existente. Y esa idea de Ser es la que los “teólogos” (?) del cristianismo se han apropiado para aplicarla a su Dios, que, por ello, habría que entenderlo también desde esa perspectiva platónica. Hay que observar, sin embargo que el Ser platónico tendría las mismas dificultades que ese Ser puramente lógico del que se ha hablado, es decir, carecería de contenido y representaría una simple abstracción realizada a partir del hecho de la existencia del conjunto de todo lo real. Pero así como la existencia se predica de algo que existe, la afirmación de la existencia sustantiva del propio Ser o de la propia existencia representaría una nueva caída en una trampa lingüística de la que el propio Platón no se libró.
Pero, después de tantos siglos de razonamiento, de Filosofía y de Ciencia, a casi nadie que tenga cierta formación cultural y un poco de sentido común –a excepción de la jerarquía católica y de las de otras religiones- se le ocurre seguir aceptando la existencia real, objetiva e independiente de ese supuesto mundo platónico de las Ideas sino sólo de una realidad sensible a la que pertenecemos, una realidad sin referentes respecto a los cuales pueda juzgarse acerca de su mayor o menor perfección en un sentido absoluto.
Por otra parte, la concepción cristiana y religiosa en general acerca de lo que denominan “Dios” es criticable desde sus mismas raíces en cuanto el concepto de ese supuesto ser como una realidad dotada de cualidades como la inteligencia, la voluntad, los sentimientos y cualquier forma de actividad, es antropomórfico y, por lo tanto, incompatible con la idea de perfección tal como se ha analizado. Pues, efectivamente, si el concepto de ese Dios va ligado a la cualidad de la perfección en el sentido estar hablando de un ser autosuficiente y en posesión plena de todas las cualidades positivas que puedan imaginarse, una consecuencia de dicha perfección sería la de que ese supuesto ser perfecto, “Dios”, sería un ser totalmente pasivo en cuanto todo fin relacionado con la consecución de una mayor perfección ya se habría alcanzado, por lo que no tendría ya ningún objetivo hacia el cual tender o moverse, y, en consecuencia, permanecería en una absoluta y perfecta quietud. En este sentido, si el Dios aristotélico todavía conservaba cierto nivel de antropomorfismo en cuanto, a pesar de que su perfección le hacía permanecer alejado de los asuntos del Universo y del ser humano, todavía conservaba cierta forma de actividad consistente en la actividad intelectual ejercida sobre sí mismo (Dios era “nóesis noéseos”), el ser perfecto de la Lógica, aceptando que tuviera algún sentido hablar de él como realidad sustantiva, sería incompatible incluso con tal actividad intelectual defendida por el propio Aristóteles y con cualquier otra.
Por ello y como consecuencia de lo anterior, la idea de Dios como ser perfecto sería incompatible con la propia creación del Universo, pues, efectivamente, tal creación sólo habría podido ser el resultado de un deseo, relacionado con la carencia del bien deseado, lo cual implicaría una contradicción por la falta de perfección en aquel ser que desde el supuesto inicial se consideraba perfecto y la perfección de dicho ser implicaría la posesión o identificación con todo bien imaginable, por lo que, al no carecer de ninguno, la actividad creadora carecería de sentido. Por lo mismo, en cuanto Dios por identificarse con la perfección ya nada podría desear –y mucho menos si se tiene en cuenta que le deseo presupone la necesidad de aquello que se desea y, por ello mismo, una carencia-, nada podría decidir, en cuanto la decisión es consecuencia del deseo y donde no hay deseo no puede haber decisión en orden a la acción.
En consecuencia, la idea de un Dios creador tiene carácter antropomórfico y parece haber surgido a partir de la suposición de que Dios, como cualquier ser humano, hubiera sentido la necesidad de una realidad ajena a la suya propia, en cuanto se hubiese cansado de su eterna soledad, y que, por ello, hubiera decidido, al igual que cualquier reyezuelo, rodearse de otros seres que le sirvieran adorándole, como los ángeles y el hombre, y crear el Universo para su propia distracción, de un modo caprichoso y absurdo.
El absurdo es todavía mayor si se tiene en cuenta que la jerarquía católica considera –aunque de modo equivocado- que la idea de perfección divina estaría asociada con la posesión de otras cualidades que estarían implícitas en dicha perfección, como la omnisciencia y la omnipotencia, que resultan contradictorias con otras cualidades atribuidas al ser humano –como en especial las del libre albedrío, la responsabilidad, el mérito y la culpa-. Pues, en efecto, como consecuencia de su omnisciencia Dios conocería qué es lo que va suceder en cada rincón del Universo a lo largo de cada instante del tiempo; y, como consecuencia de su omnipotencia, todos los sucesos del Universo se producirían siempre como consecuencia de los planes divinos. Pero estas cualidades divinas estarían en contradicción de una manera especial con la supuesta cualidad humana del libre albedrío, cualidad por la cual los actos humanos serían consecuencia de decisiones propias del hombre e independientes por ello de la supuesta omnipotencia divina por la que todo debería haber sido predeterminado. El problema de la dificultad para compatibilizar la predeterminación divina con la libertad humana fue tratado por diversos teólogos y tuvo como conclusiones contrapuestas la de Orígenes y la de Tomás de Aquino: El primero salvó la libertad humana, pero eliminó la omnipotencia divina desde el momento en que consideró que las decisiones humanas sólo dependían del hombre y no de Dios; Tomás de Aquino, sin embargo, salvó la omnipotencia divina, pero para ello, tuvo que anular la libertad humana a pesar de su deseo de encontrar algún modo de compatibilizar ambas doctrinas.
Por otra parte y aunque desde una perspectiva antropomórfica no lo parezca, la perfección divina es incompatible con su supuesta omnipotencia en cuanto, como decía Aristóteles, la potencia en cualquiera de sus sentidos es una forma de ser más imperfecta que el acto, lo cual puede entenderse si se repara, por ejemplo, en que es más imperfecto estar en potencia de saber que estar en posesión actual de la sabiduría. Por ello, en cuanto los teólogos cristianos, siguiendo a Aristóteles, definen a Dios como “acto puro”, en esa medida, al poseer en acto o identificarse con todos los bienes posibles, Dios no estaría en potencia respecto a ninguno y, como se ha dicho antes, en cuanto su ser implicaría el grado mayor de perfección, no tendría poder para conseguir ningún otro bien, ya que no existiría ningún bien que él no poseyera, y, por ello, el ejercicio de cualquier supuesto poder sólo implicaría la negación de que Dios fuera perfecto en cuanto toda acción tiende a un bien, por lo que en cuanto Dios se identifique con el bien, no necesitaría actuar para alcanzar aquellos bienes que sólo poseyera en potencia, pues todos los poseería en acto.
Desde una perspectiva antropomórfica se tiende a considerar que la cualidad de la omnipotencia sería algo parecido a ser algo así como “Superman”, pero elevado a la máxima potencia y que debería ser una de las manifestaciones propias del ser perfecto. Sin embargo, quienes así piensan no reparan en que ser omnipotente en ese sentido implica aceptar la existencia de una serie de imperfecciones o limitaciones que deberían corregirse mediante el ejercicio de tal omnipotencia, no reparando en que la perfección implicaría la ausencia de imperfecciones en contra de las cuales hiciera falta el empleo de ese poder para superarlas.
En definitiva, si recurrimos a la Lógica para esclarecer qué pueda significar el concepto de Dios cuando se afirma que Dios es perfecto, tal concepto nos conduce al de un ser absolutamente inmóvil, tan carente de poder y tan vacío de concreción que se identificaría con la pura nada.
sábado, 18 de octubre de 2008
¡No a la presencia y a la intromisión inconstitucional
de los agentes del Vaticano!
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
El señor Rouco Varela, agente del Vaticano en Madrid, sigue criticando de forma absurda las leyes democráticas de nuestro país y, en este caso, la que se refiere a la inclusión de la asignatura Educación para la Ciudadanía en el conjunto de enseñanzas que reciben nuestros estudiantes de secundaría, llegando a considerarla inconstitucional. Lo que no ha matizado es que, efectivamente, tal asignatura es inconstitucional en su país, en el Vaticano, pero no en España, donde por suerte en la actualidad disfrutamos de un gobierno democrático, elegido por el pueblo, a diferencia del gobierno de su país, donde el pueblo no cuenta para nada y sólo su jerarquía cardenalicia elige a su jefe mientras éste elige a los cardenales, sin que el pueblo cuente absolutamente para otra cosa que para obedecer sus consignas y para darles sus limosnas a fin de que ellos vivan más que confortablemente en sus palacios arzobispales, que no son precisamente chozas humildes.
Y, efectivamente, es lógico que este agente del Vaticano hable de inconstitucionalidad de EpC, pues en su país nunca se ha aceptado la democracia ni los valores democráticos ni los Derechos Humanos, objeto de estudio de esa asignatura, y por eso mismo nunca han tenido escrúpulos a la hora de estar al lado de cualquier dictadura con la que hayan podido sacar tajada económica, como en la España franquista, en la que la asignatura de Religión Católica era obligatoria, no respetándose la libertad de creencias, o como en tantas dictaduras apoyadas desde la política mafiosa de su organización vaticana en la que el fin justifica los medios, en la que sus fines de dominio siempre han justificado cualquier medio, como el de gobiernos dictatoriales y sanguinarios.
Por eso y por incontables actitudes de la jerarquía católica y por sus constantes intromisiones en la política de nuestro país hay que indicar de manera inequívoca que aquí lo único inconstitucional es la presencia de esos agentes siniestros que pretenden dirigir desde fuera nuestra política interna, sin respetar nuestra soberanía, y desde intereses que nada tienen que ver con un deseo de colaborar en la búsqueda del bien común de nuestra sociedad sino exclusivamente con la búsqueda de tener el “mercado español” más disponible para sus intereses de dominio y de enriquecimiento ilimitado.
El señor Rouco Varela critica igualmente el “relativismo moral”, defendiendo un absurdo “absolutismo moral”, ligado al dogmatismo fanático de afirmar que el valor de la moral es absoluto, pero no el de cualquier moral sino precisamente el de la suya y el de la de su grupo del Vaticano, por lo que todas las demás son falsas y quienes las siguen están dentro del terreno de la “moral relativista”, es decir, dentro de una moral que no es la que ellos pretenden imponer –al margen de que tampoco la practiquen-.
Acerca del tema de la “moral relativista” se han dicho ya demasiadas tonterías, como la que se resume en la afirmación de que la moral relativista es falsa porque la mía es la verdadera y, por ello, deberían prohibirse todas las formas de moralidad distintas a la mía, que es la que tiene un valor absoluto. Esto es lo que vienen a decir los agentes del Vaticano, que no es nada nuevo, sino que es lo mismo que decían sus antepasados de la Inquisición. Muchos de quienes hablan acerca del valor absoluto o relativo de la moral ni siquiera son conscientes de las barbaridades que dicen cuando pretenden condenar “el relativismo moral”, pues lo que hacen es precisamente eso: Condenar que las personas se guíen en su comportamiento por sus propios principios y exigirles que dejen de seguir lo que su propia conciencia les dicte para seguir las orientaciones del Vaticano y de sus agentes en España. Pretenden que su moral tiene un valor absoluto hasta el punto de negar que quienes no llevan los ostentosos ropajes medievales cardenalicios tengan derecho a seguir los criterios de su propia conciencia a la hora de dirigir su propia vida.
Desde la falta del respeto más elemental al derecho de los demás a su libertad de conciencia pretenden imponen sus propios criterios o doctrinas de moralidad afirmando de manera dogmática que quienes no comparten sus ideas practican un “relativismo moral” intolerable. Y precisamente esa “intolerancia” es lo que ellos practican con su actitud, tanto por lo que se refiere a esa falta de respeto a las conciencias ajenas como por el dogmatismo de pretender imponer sus doctrinas en todos los ámbitos de la sociedad y de las conciencias individuales.
Desde luego lo que son incapaces de respetar es el principio moral de respeto a la libertad de conciencia y de creencias. En teoría deberían respetar el derecho de todos a pensar en libertad, a aceptar o no aceptar las doctrinas religiosas, y, entre ellas la de la existencia o no existencia de eso a lo que ellos llaman “Dios”, y a vivir de acuerdo con su propia conciencia. Consideran que Dios es el fundamento absoluto de la moral y que en consecuencia quienes no creen en Dios –en “su Dios”- no pueden tener una moral digna de tal nombre, y a eso lo llaman “relativismo moral”, como si lo suyo fuera otra cosa. ¿Acaso no es relativista la justificación de la moral a partir de la creencia particular en ese Dios? ¿Acaso piensan que por creer en su Dios eso les da derecho a imponer su punto de vista a cualquiera que no piense como ellos? ¿Acaso los demás pretendemos que ellos sigan nuestra propia forma de moral por el hecho de que la consideremos verdadera? Como primer principio moral de quienes defendemos precisamente ese “relativismo moral” está el del respeto al derecho de los demás a vivir de acuerdo con sus propios principios y a no pretender imponerles nos nuestros. El “relativismo moral” no consiste en otra cosa que en pensar que no existe nada por encima de la propia conciencia a lo que se deba obedecer. Esa máxima, es, por cierto, él único principio moral que debería regir nuestra convivencia: La defensa de la propia conciencia como criterio de moralidad. Curiosamente su pretendido “absolutismo moral” es “relativista” en cuanto pretenden que los demás renuncien al valor absoluto de su propia conciencia a la hora de decidir acerca de sus principios morales y se adapten de manera ciega y relativista a obedecer aquello que se les dicte desde el Vaticano o desde sus agentes en España: “No debes hacer lo que tu conciencia te diga, sino lo que te digamos los cardenales y el Papa, que estamos en contacto con Dios”. Lo que muchos desconocen es que una gran parte de esos agentes del Vaticano no creen para nada en la existencia de ese ser en quien dicen creer sino que sólo lo utilizan como instrumento para pretender imponerse en la sociedad pretendiendo que ellos representan la voz de tal ser y que los demás deben acatar fielmente sus palabras.
El respeto a la conciencia de los demás es algo que ellos, desde su dogmatismo fanático, todavía no han aprendido ni parece interesarle en absoluto en cuanto no renuncien a ser una mafia cuyos tentáculos busquen prolongarse indefinidamente en su afán por dominar las conciencias, la voluntad y, sobre todo, el dinero de los demás.
En resumen, el cumplimiento de nuestra Constitución exige que, como estado soberano que es, España y su gobierno no permitan que agentes extranjeros, como los del Vaticano, interfieran en nuestra política nacional, de manera que, si es preciso expulsarlos de nuestro país como parece ser el caso, por respeto a nuestro pueblo y en defensa de nuestras leyes, se proceda a la expulsión inmediata de tales agentes externos.
de los agentes del Vaticano!
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
El señor Rouco Varela, agente del Vaticano en Madrid, sigue criticando de forma absurda las leyes democráticas de nuestro país y, en este caso, la que se refiere a la inclusión de la asignatura Educación para la Ciudadanía en el conjunto de enseñanzas que reciben nuestros estudiantes de secundaría, llegando a considerarla inconstitucional. Lo que no ha matizado es que, efectivamente, tal asignatura es inconstitucional en su país, en el Vaticano, pero no en España, donde por suerte en la actualidad disfrutamos de un gobierno democrático, elegido por el pueblo, a diferencia del gobierno de su país, donde el pueblo no cuenta para nada y sólo su jerarquía cardenalicia elige a su jefe mientras éste elige a los cardenales, sin que el pueblo cuente absolutamente para otra cosa que para obedecer sus consignas y para darles sus limosnas a fin de que ellos vivan más que confortablemente en sus palacios arzobispales, que no son precisamente chozas humildes.
Y, efectivamente, es lógico que este agente del Vaticano hable de inconstitucionalidad de EpC, pues en su país nunca se ha aceptado la democracia ni los valores democráticos ni los Derechos Humanos, objeto de estudio de esa asignatura, y por eso mismo nunca han tenido escrúpulos a la hora de estar al lado de cualquier dictadura con la que hayan podido sacar tajada económica, como en la España franquista, en la que la asignatura de Religión Católica era obligatoria, no respetándose la libertad de creencias, o como en tantas dictaduras apoyadas desde la política mafiosa de su organización vaticana en la que el fin justifica los medios, en la que sus fines de dominio siempre han justificado cualquier medio, como el de gobiernos dictatoriales y sanguinarios.
Por eso y por incontables actitudes de la jerarquía católica y por sus constantes intromisiones en la política de nuestro país hay que indicar de manera inequívoca que aquí lo único inconstitucional es la presencia de esos agentes siniestros que pretenden dirigir desde fuera nuestra política interna, sin respetar nuestra soberanía, y desde intereses que nada tienen que ver con un deseo de colaborar en la búsqueda del bien común de nuestra sociedad sino exclusivamente con la búsqueda de tener el “mercado español” más disponible para sus intereses de dominio y de enriquecimiento ilimitado.
El señor Rouco Varela critica igualmente el “relativismo moral”, defendiendo un absurdo “absolutismo moral”, ligado al dogmatismo fanático de afirmar que el valor de la moral es absoluto, pero no el de cualquier moral sino precisamente el de la suya y el de la de su grupo del Vaticano, por lo que todas las demás son falsas y quienes las siguen están dentro del terreno de la “moral relativista”, es decir, dentro de una moral que no es la que ellos pretenden imponer –al margen de que tampoco la practiquen-.
Acerca del tema de la “moral relativista” se han dicho ya demasiadas tonterías, como la que se resume en la afirmación de que la moral relativista es falsa porque la mía es la verdadera y, por ello, deberían prohibirse todas las formas de moralidad distintas a la mía, que es la que tiene un valor absoluto. Esto es lo que vienen a decir los agentes del Vaticano, que no es nada nuevo, sino que es lo mismo que decían sus antepasados de la Inquisición. Muchos de quienes hablan acerca del valor absoluto o relativo de la moral ni siquiera son conscientes de las barbaridades que dicen cuando pretenden condenar “el relativismo moral”, pues lo que hacen es precisamente eso: Condenar que las personas se guíen en su comportamiento por sus propios principios y exigirles que dejen de seguir lo que su propia conciencia les dicte para seguir las orientaciones del Vaticano y de sus agentes en España. Pretenden que su moral tiene un valor absoluto hasta el punto de negar que quienes no llevan los ostentosos ropajes medievales cardenalicios tengan derecho a seguir los criterios de su propia conciencia a la hora de dirigir su propia vida.
Desde la falta del respeto más elemental al derecho de los demás a su libertad de conciencia pretenden imponen sus propios criterios o doctrinas de moralidad afirmando de manera dogmática que quienes no comparten sus ideas practican un “relativismo moral” intolerable. Y precisamente esa “intolerancia” es lo que ellos practican con su actitud, tanto por lo que se refiere a esa falta de respeto a las conciencias ajenas como por el dogmatismo de pretender imponer sus doctrinas en todos los ámbitos de la sociedad y de las conciencias individuales.
Desde luego lo que son incapaces de respetar es el principio moral de respeto a la libertad de conciencia y de creencias. En teoría deberían respetar el derecho de todos a pensar en libertad, a aceptar o no aceptar las doctrinas religiosas, y, entre ellas la de la existencia o no existencia de eso a lo que ellos llaman “Dios”, y a vivir de acuerdo con su propia conciencia. Consideran que Dios es el fundamento absoluto de la moral y que en consecuencia quienes no creen en Dios –en “su Dios”- no pueden tener una moral digna de tal nombre, y a eso lo llaman “relativismo moral”, como si lo suyo fuera otra cosa. ¿Acaso no es relativista la justificación de la moral a partir de la creencia particular en ese Dios? ¿Acaso piensan que por creer en su Dios eso les da derecho a imponer su punto de vista a cualquiera que no piense como ellos? ¿Acaso los demás pretendemos que ellos sigan nuestra propia forma de moral por el hecho de que la consideremos verdadera? Como primer principio moral de quienes defendemos precisamente ese “relativismo moral” está el del respeto al derecho de los demás a vivir de acuerdo con sus propios principios y a no pretender imponerles nos nuestros. El “relativismo moral” no consiste en otra cosa que en pensar que no existe nada por encima de la propia conciencia a lo que se deba obedecer. Esa máxima, es, por cierto, él único principio moral que debería regir nuestra convivencia: La defensa de la propia conciencia como criterio de moralidad. Curiosamente su pretendido “absolutismo moral” es “relativista” en cuanto pretenden que los demás renuncien al valor absoluto de su propia conciencia a la hora de decidir acerca de sus principios morales y se adapten de manera ciega y relativista a obedecer aquello que se les dicte desde el Vaticano o desde sus agentes en España: “No debes hacer lo que tu conciencia te diga, sino lo que te digamos los cardenales y el Papa, que estamos en contacto con Dios”. Lo que muchos desconocen es que una gran parte de esos agentes del Vaticano no creen para nada en la existencia de ese ser en quien dicen creer sino que sólo lo utilizan como instrumento para pretender imponerse en la sociedad pretendiendo que ellos representan la voz de tal ser y que los demás deben acatar fielmente sus palabras.
El respeto a la conciencia de los demás es algo que ellos, desde su dogmatismo fanático, todavía no han aprendido ni parece interesarle en absoluto en cuanto no renuncien a ser una mafia cuyos tentáculos busquen prolongarse indefinidamente en su afán por dominar las conciencias, la voluntad y, sobre todo, el dinero de los demás.
En resumen, el cumplimiento de nuestra Constitución exige que, como estado soberano que es, España y su gobierno no permitan que agentes extranjeros, como los del Vaticano, interfieran en nuestra política nacional, de manera que, si es preciso expulsarlos de nuestro país como parece ser el caso, por respeto a nuestro pueblo y en defensa de nuestras leyes, se proceda a la expulsión inmediata de tales agentes externos.
La herejía determinista del señor Ratzinger,
“Papa” de la Iglesia Católica,
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
No se trata de ninguna broma, sino de una verdad evidente para cualquiera que quiera pensar con objetividad: El Papa acaba de afirmar que países que habían sido "ricos en cuanto a fe antiguamente" estaban "perdiendo su identidad bajo la dañina y destructiva influencia de cierta cultura moderna". Pero, cuando el señor Ratzinger critica la falta de fe y el hecho de que esta falta de fe haya sea la consecuencia de “cierta cultura moderna” está defendiendo un determinismo histórico, similar a otras formas de determinismo como el del materialismo histórico de Karl Marx.
Y es muy posible que tanto Ratzinger como Marx lleven su parte de razón en la defensa del determinismo, pero también es verdad que en cuanto esto sea así, la consecuencia que deriva es obvia: Tanto en un caso como en el otro se estará negando el libre albedrío según el cual cada persona es responsable de sus decisiones y éstas no pueden ser consideradas como consecuencia de “cierta cultura moderna” ni como consecuencia de otra cosa que no sea el propio libre albedrío del individuo. Por ello, quien, como el señor Ratzinger, considera que el modo de ser de la sociedad moderna viene determinado por las ideas de pensadores como Nietzsche y sus reflexiones acerca de “la muerte de Dios”, estará reconociendo la gran labor esclarecedora de este genial pensador, pero a la vez estará reconociendo que el acercamiento o alejamiento del hombre a las ideas supersticiosas representadas por su organización viene determinado por la actividad intelectual y crítica de pensadores como el genial filósofo alemán. Y, aunque este reconocimiento se corresponda con la verdad, sin embargo resulta chocante que lo asuma el jefe supremo de la secta católica, secta según cuyos principios el determinismo debería ser inaceptable en cuanto suprimiría la libertad y la responsabilidad individual. Es decir, desde la tesis del determinismo historicista el hecho de vivir en determinada época de la historia sería la causa determinante de la mayor o menor presencia de fe religiosa en los individuos –y del resto de elementos culturales y materiales de su vida- y, en consecuencia, nadie a nivel individual podría ser considerado responsable ni culpable por su carencia de fe, por lo que cualquier condena moral sería absurda. En consecuencia, la misma labor de la propia secta católica sería totalmente absurda en cuanto su pretensión sería igualmente la de determinar las acciones de las personas hacia aquellos objetivos que su jerarquía quisiera proponerles.
Por otra parte y al margen de este determinismo herético del señor Ratzinger, conviene no olvidar que la propia Jerarquía de la Secta Católica ha defendido desde tiempos inmemoriales otra herejía igualmente determinista por lo que se refiere al asunto de la fe, pues efectivamente siempre ha afirmado que la fe es una “virtud teologal” cuya posesión no depende de ninguna acción individual por la que el hombre pueda lograrla sino que es “un don gratuito de Dios”. Si ante tal afirmación alguien plantease la objeción de que, en tal caso, si uno no tiene fe es porque Dios no se la ha dado, la Jerarquía Católica responde que uno debe pedir la fe a Dios. Pero, ¡vaya una respuesta más estúpida! Pues para pedir la fe en Dios previamente se debería estar en posesión de la fe en ese supuesto ser a quien habría que pedírsela, de manera que sólo quien ya poseyera la fe podría pedirla, pero al ya tenerla no lo necesitaría y no la pediría, mientras que quien no la poseyera, al carecer de confianza para pedir algo a alguien en cuya existencia no cree, no caería en el absurdo de pedirle la fe, a no ser que estuviera loco.
Desde luego las doctrinas de la Secta Católica están desastrosamente plagadas de contradicciones y se haría realmente prolija su enumeración, pero, a pesar de todo, conviene señalarlas de modo reiterado y paciente para que quienes confían de buena fe en la palabra de esos hechiceros del mundo moderno vayan comprendiendo paulatinamente la serie de mentiras en las que se funda su negocio tan hipócrita y fraudulento.
“Papa” de la Iglesia Católica,
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
No se trata de ninguna broma, sino de una verdad evidente para cualquiera que quiera pensar con objetividad: El Papa acaba de afirmar que países que habían sido "ricos en cuanto a fe antiguamente" estaban "perdiendo su identidad bajo la dañina y destructiva influencia de cierta cultura moderna". Pero, cuando el señor Ratzinger critica la falta de fe y el hecho de que esta falta de fe haya sea la consecuencia de “cierta cultura moderna” está defendiendo un determinismo histórico, similar a otras formas de determinismo como el del materialismo histórico de Karl Marx.
Y es muy posible que tanto Ratzinger como Marx lleven su parte de razón en la defensa del determinismo, pero también es verdad que en cuanto esto sea así, la consecuencia que deriva es obvia: Tanto en un caso como en el otro se estará negando el libre albedrío según el cual cada persona es responsable de sus decisiones y éstas no pueden ser consideradas como consecuencia de “cierta cultura moderna” ni como consecuencia de otra cosa que no sea el propio libre albedrío del individuo. Por ello, quien, como el señor Ratzinger, considera que el modo de ser de la sociedad moderna viene determinado por las ideas de pensadores como Nietzsche y sus reflexiones acerca de “la muerte de Dios”, estará reconociendo la gran labor esclarecedora de este genial pensador, pero a la vez estará reconociendo que el acercamiento o alejamiento del hombre a las ideas supersticiosas representadas por su organización viene determinado por la actividad intelectual y crítica de pensadores como el genial filósofo alemán. Y, aunque este reconocimiento se corresponda con la verdad, sin embargo resulta chocante que lo asuma el jefe supremo de la secta católica, secta según cuyos principios el determinismo debería ser inaceptable en cuanto suprimiría la libertad y la responsabilidad individual. Es decir, desde la tesis del determinismo historicista el hecho de vivir en determinada época de la historia sería la causa determinante de la mayor o menor presencia de fe religiosa en los individuos –y del resto de elementos culturales y materiales de su vida- y, en consecuencia, nadie a nivel individual podría ser considerado responsable ni culpable por su carencia de fe, por lo que cualquier condena moral sería absurda. En consecuencia, la misma labor de la propia secta católica sería totalmente absurda en cuanto su pretensión sería igualmente la de determinar las acciones de las personas hacia aquellos objetivos que su jerarquía quisiera proponerles.
Por otra parte y al margen de este determinismo herético del señor Ratzinger, conviene no olvidar que la propia Jerarquía de la Secta Católica ha defendido desde tiempos inmemoriales otra herejía igualmente determinista por lo que se refiere al asunto de la fe, pues efectivamente siempre ha afirmado que la fe es una “virtud teologal” cuya posesión no depende de ninguna acción individual por la que el hombre pueda lograrla sino que es “un don gratuito de Dios”. Si ante tal afirmación alguien plantease la objeción de que, en tal caso, si uno no tiene fe es porque Dios no se la ha dado, la Jerarquía Católica responde que uno debe pedir la fe a Dios. Pero, ¡vaya una respuesta más estúpida! Pues para pedir la fe en Dios previamente se debería estar en posesión de la fe en ese supuesto ser a quien habría que pedírsela, de manera que sólo quien ya poseyera la fe podría pedirla, pero al ya tenerla no lo necesitaría y no la pediría, mientras que quien no la poseyera, al carecer de confianza para pedir algo a alguien en cuya existencia no cree, no caería en el absurdo de pedirle la fe, a no ser que estuviera loco.
Desde luego las doctrinas de la Secta Católica están desastrosamente plagadas de contradicciones y se haría realmente prolija su enumeración, pero, a pesar de todo, conviene señalarlas de modo reiterado y paciente para que quienes confían de buena fe en la palabra de esos hechiceros del mundo moderno vayan comprendiendo paulatinamente la serie de mentiras en las que se funda su negocio tan hipócrita y fraudulento.
El condón del señor Ratzinger
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
A estas alturas de la Historia y en conmemoración de la encíclica Humanae Vitae del señor Montini –alias Pablo VI-, el actual jefe de la Jerarquía Católica, el señor Ratzinger –alias Benedicto XVI- vuelve a incurrir en la antigua contradicción de su predecesor, considerando inmoral el uso del preservativo en las relaciones sexuales, incluso en las de carácter matrimonial.
¿Por qué esta postura resulta contradictoria? Por el sencillo hecho de que tanto el señor Montini como el señor Ratzinger aceptan que se pueden utilizar métodos para tratar de evitar un embarazo, pero que esos métodos deben ser “naturales” y no resultado del uso de un medio artificial. Ahora bien, cualquiera que conozca un poco los principios de la moral católica sabe perfectamente que el mérito o la culpa respecto a cualquier acción residen en la intención del que actúa y no en los resultados materiales de su actuación: Son muchos los accidentes de tráfico que vienen seguidos de la muerte de personas inocentes sin que se pueda hablar de culpa moral de nadie en cuanto quienes intervinieron en ellos en ningún momento tuvieron la intención de provocarlos.
Aplicando esta consideración al asunto del condón nos podemos preguntar: ¿existe alguna diferencia entre la intención de quien utiliza el método Ogino y la de quien utiliza el condón? Evidentemente ambos pretenden obtener lo mismo: Unas relaciones sexuales naturalmente placenteras sin el riesgo de un embarazo, en un caso mediante la toma en consideración de los días fértiles de la mujer para no mantener relaciones sexuales que podrían dar lugar a un embarazo, y en el otro utilizando una protección como la del condón que sirva para evitar esta misma posibilidad de un embarazo no deseado. ¿Qué tiene de pecaminoso o de inmoral la búsqueda de un placer tan natural e inocente como el de carácter sexual? Evidentemente nada. Pero si el señor Ratzinger se empeña en considerar que sí, en tal caso debería condenar tanto el uso del condón como el uso del método Ogino, pues la intención en el uso de ambos métodos es exactamente la misma: Obtener placer sexual sin riesgo de embarazo. Dice que el uso del preservativo es antinatural cuando lo antinatural es reprimir la satisfacción de la necesidad sexual por la ridícula consideración dogmática de que el fin de la sexualidad es el de la procreación. ¿Quién se cree que es él para declarar qué es natural y qué no lo es? De acuerdo con ese criterio habría que dar la razón a las sectas que rechazan las transfusiones de sangre en cuanto lo natural es aceptar las enfermedades que Dios envía y dejar que la “naturaleza” de cada uno reaccione y si cure o se muera según sea la voluntad de Dios.
Pero, al margen de esta contradicción tan patente y de las demás barbaridades defendidas por el portavoz de esta jerarquía que defiende lo que considera que puede interesarle por motivos que en otro momento se pueden explicar, en el trasfondo de esta cuestión y en la mentalidad retrógrada de esta Jerarquía Católica, tan alejada de la vida de la gente corriente, late la irracional, hipócrita y ancestral condena de la sexualidad como algo absurdamente bajo y pecaminoso.
Por suerte la mayoría de los mismos católicos de base han dejado de seguir las directrices de esta “mafia del espíritu” desde hace ya algunos años al tomar conciencia de la enorme diferencia entre lo que predican y lo que hacen, tanto en el terreno de la sexualidad, donde son abundantes los casos de pederastia y donde en otras épocas a los curas se les concedía el derecho a vivir con sus queridas o “barraganas” a cambio de dinero que engrosaba las arcas del Vaticano, o como en el de la posesión de riquezas, donde la Jerarquía Católica actúa con una codicia patológica que se manifiesta en toda clase de lujos, tanto en su vestimenta como en las riquezas de sus palacios, que contrasta de manera sarcástica e hiriente con la pobreza y la miseria de tantas personas que mueren de hambre cada día sin que a esta gente le importe lo más mínimo.
Y siguen igual de retrógrados y despóticos a pesar de saber que millones de personas han muerto y seguirán muriendo en África y en el resto del mundo como consecuencia del Sida, no sólo por no disponer de un medio de asepsia como el condón sino también por la absurda condena moral de su uso por parte de estos hechiceros modernos pertenecientes a la Jerarquía Católica, que les amenazan con la condena eterna si les desobedecen.
¡Y pretenden dar clases de moral, cuando su modo de actuar es el modo más flagrante de la inmoralidad más refinada! ¡Más les valdría ponerse a trabajar de una vez y dejarse de monsergas ridículas que ni ellos mismos creen ni mucho menos practican!
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
A estas alturas de la Historia y en conmemoración de la encíclica Humanae Vitae del señor Montini –alias Pablo VI-, el actual jefe de la Jerarquía Católica, el señor Ratzinger –alias Benedicto XVI- vuelve a incurrir en la antigua contradicción de su predecesor, considerando inmoral el uso del preservativo en las relaciones sexuales, incluso en las de carácter matrimonial.
¿Por qué esta postura resulta contradictoria? Por el sencillo hecho de que tanto el señor Montini como el señor Ratzinger aceptan que se pueden utilizar métodos para tratar de evitar un embarazo, pero que esos métodos deben ser “naturales” y no resultado del uso de un medio artificial. Ahora bien, cualquiera que conozca un poco los principios de la moral católica sabe perfectamente que el mérito o la culpa respecto a cualquier acción residen en la intención del que actúa y no en los resultados materiales de su actuación: Son muchos los accidentes de tráfico que vienen seguidos de la muerte de personas inocentes sin que se pueda hablar de culpa moral de nadie en cuanto quienes intervinieron en ellos en ningún momento tuvieron la intención de provocarlos.
Aplicando esta consideración al asunto del condón nos podemos preguntar: ¿existe alguna diferencia entre la intención de quien utiliza el método Ogino y la de quien utiliza el condón? Evidentemente ambos pretenden obtener lo mismo: Unas relaciones sexuales naturalmente placenteras sin el riesgo de un embarazo, en un caso mediante la toma en consideración de los días fértiles de la mujer para no mantener relaciones sexuales que podrían dar lugar a un embarazo, y en el otro utilizando una protección como la del condón que sirva para evitar esta misma posibilidad de un embarazo no deseado. ¿Qué tiene de pecaminoso o de inmoral la búsqueda de un placer tan natural e inocente como el de carácter sexual? Evidentemente nada. Pero si el señor Ratzinger se empeña en considerar que sí, en tal caso debería condenar tanto el uso del condón como el uso del método Ogino, pues la intención en el uso de ambos métodos es exactamente la misma: Obtener placer sexual sin riesgo de embarazo. Dice que el uso del preservativo es antinatural cuando lo antinatural es reprimir la satisfacción de la necesidad sexual por la ridícula consideración dogmática de que el fin de la sexualidad es el de la procreación. ¿Quién se cree que es él para declarar qué es natural y qué no lo es? De acuerdo con ese criterio habría que dar la razón a las sectas que rechazan las transfusiones de sangre en cuanto lo natural es aceptar las enfermedades que Dios envía y dejar que la “naturaleza” de cada uno reaccione y si cure o se muera según sea la voluntad de Dios.
Pero, al margen de esta contradicción tan patente y de las demás barbaridades defendidas por el portavoz de esta jerarquía que defiende lo que considera que puede interesarle por motivos que en otro momento se pueden explicar, en el trasfondo de esta cuestión y en la mentalidad retrógrada de esta Jerarquía Católica, tan alejada de la vida de la gente corriente, late la irracional, hipócrita y ancestral condena de la sexualidad como algo absurdamente bajo y pecaminoso.
Por suerte la mayoría de los mismos católicos de base han dejado de seguir las directrices de esta “mafia del espíritu” desde hace ya algunos años al tomar conciencia de la enorme diferencia entre lo que predican y lo que hacen, tanto en el terreno de la sexualidad, donde son abundantes los casos de pederastia y donde en otras épocas a los curas se les concedía el derecho a vivir con sus queridas o “barraganas” a cambio de dinero que engrosaba las arcas del Vaticano, o como en el de la posesión de riquezas, donde la Jerarquía Católica actúa con una codicia patológica que se manifiesta en toda clase de lujos, tanto en su vestimenta como en las riquezas de sus palacios, que contrasta de manera sarcástica e hiriente con la pobreza y la miseria de tantas personas que mueren de hambre cada día sin que a esta gente le importe lo más mínimo.
Y siguen igual de retrógrados y despóticos a pesar de saber que millones de personas han muerto y seguirán muriendo en África y en el resto del mundo como consecuencia del Sida, no sólo por no disponer de un medio de asepsia como el condón sino también por la absurda condena moral de su uso por parte de estos hechiceros modernos pertenecientes a la Jerarquía Católica, que les amenazan con la condena eterna si les desobedecen.
¡Y pretenden dar clases de moral, cuando su modo de actuar es el modo más flagrante de la inmoralidad más refinada! ¡Más les valdría ponerse a trabajar de una vez y dejarse de monsergas ridículas que ni ellos mismos creen ni mucho menos practican!
Embriones humanos y Jerarquía Católica
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
En relación con el nacimiento de un bebé cuyo cordón umbilical posiblemente podrá servir para la curación de su hermano, con su hipocresía, su soberbia y su veneno habitual, al señor Martínez Camino, uno de los jefes de la organización católica española, se le han ocurrido una serie de ridículos y vomitivos comentarios que, en cuanto son significativos de la constante actitud de la jerarquía de su organización, vale la pena reseñar.
Los “obispos” de esta organización católica acaban de afirmar que "el nacimiento de una persona ha venido acompañado de la destrucción de otras, sus propios hermanos". Quien leyera esta frase fuera de contexto podría llegar a pensar que para conseguir el nacimiento de un niño se les ha cortado el cuello -o algo por el estilo- a varios hermanos suyos cuando regresaban del colegio. Pero no, por suerte no ha sido eso lo que ha pasado. Cualquiera puede enterarse de lo que ha sucedido leyendo los periódicos o atendiendo a las informaciones dadas por televisión española. En lo esencial se trataba de conseguir la curación de un niño que nació con una enfermedad que sólo le iba a permitir una corta vida con una constante dependencia de transfusiones de sangre y de las diversas complicaciones para él y para su familia por esa prematura condena de muerte y por la triste calidad de vida a la que la Naturaleza parecía haberle condenado.
El progreso de la Medicina ha permitido sin embargo seleccionar entre diversos embriones uno que fuera compatible con el del niño enfermo a fin de lograr su curación mediante la ayuda de las células madre de su cordón umbilical, de manera que, después de su gestación natural, ya ha nacido ese hermano providencial y su cordón umbilical está guardado para ser utilizado dentro de alrededor de tres meses. ¿Dónde está la “destrucción” de esos hermanos de que ha hablado el señor Camino? Y sólo han hablado de “destrucción”, quizá para atenuar un poco la mayor dureza de esa otra palabra que han utilizado en otras ocasiones: “asesinato”. ¿A qué se refieren estos señores cuando hablan de “destrucción de sus propios hermanos”? Se refieren al hecho de que el resto de embriones iniciales que sirvieron para seleccionar aquél que era compatible con la curación de su hermano no gozaron de la misma suerte en cuanto no fueron implantados en algún otro útero que les permitiera desarrollarse y llegar a convertirse en niños, aunque aquí los señores obispos, desde su dogmatismo fanático que considera que todos tienen la obligación de compartir, protestarían contra mi explicación y proclamarían como dogma de fe indiscutible que esos embriones ya eran seres humanos hechos -aunque no derechos-.
También han dicho que esta forma de medicina es una forma de “eugenesia” en cuanto utiliza un embrión para la curación de un niño y en cuanto no se preocupa por la salvación de los demás embriones, sanos o enfermos
El resto de sus comentarios representa, desde la utilización de los principios de la ética kantiana, una insistencia en una supuesta “dignidad absoluta” de tales embriones, que, según ellos, nunca deberían ser utilizados como medios para nada sino sólo como fines en sí mismos.
Dijeron más adelante que "con estas aclaraciones […] se trata de recordar los principios éticos objetivos ( ) que tutelan la dignidad de todo ser humano", afirmación con la que, de manera soberbia y ridícula, pretenden imponer sus doctrinas no sólo a sus “fieles” sino al resto de la humanidad. En este punto, por otra parte, no hacen otra cosa que seguir el planteamiento del fundador del Opus Dei, cuando hablaba de la “santa intransigencia”. Y eso tiene “su Lógica”, aunque se trate de una Lógica que funciona a partir del desprecio a los principios racionales que deberían regir la convivencia de cualquier agrupación democrática. Su Lógica, esa Lógica de quienes ni firmaron ni aceptan la Declaración Universal de los Derechos Humanos, es la siguiente: Consideramos que un embrión es un ser humano; si no proclamamos que lo es, no seremos fieles a la verdad de nuestras convicciones; nuestras convicciones están inspiradas por Dios y, por ello, nuestras convicciones son verdaderas; si no proclamamos la verdad objetiva y absoluta de nuestras convicciones, no seremos fieles a la palabra divina; por lo tanto, no podemos ser transigentes con quienes no aceptan la verdad objetiva de aquello que nos ha comunicado el propio Dios, y, por ello también y mientras no podamos reinstaurar nuestra añorada Inquisición, debemos denunciar y tratar como asesinos a quienes consienten y practiquen esta forma de medicina basada en la “eugenesia” y en el asesinato de seres humanos –especialmente si tal actividad se relacione de algún modo con los gobernantes del PSOE-.
Pues bien, frente a esta absurda “Lógica” de la jerarquía católica, aunque todos estemos convencidos en muchas ocasiones acerca de la verdad de una parte importante de nuestras opiniones, partimos de una Lógica distinta, que es la que parte del reconocimiento, al estilo socrático, de nuestras propias limitaciones, de la aceptación de que podemos estar equivocados, de la consideración de que nadie se encuentra en poder de la Verdad Absoluta y del punto de vista de que nadie tiene derecho a imponer sus propias opiniones descalificando las de los demás, sino que, ante dos opiniones contradictorias, la buena convivencia exige que, si se ha de adoptar un punto de vista que afecte a dicha convivencia, deba hacerse mediante procedimientos en los que, agotado el diálogo racional y tolerante, finalmente se adopte la decisión de la mayoría, aunque pueda ser equivocada, pues mucho más grave sería que tuviera que imponerse la opinión de una minoría por el simple hecho de que se obstinase en proclamar que ellos se encontraban en posesión de la auténtica verdad. Así que, si todos enfocásemos nuestras diferencias de opinión de este mismo modo tan absurdamente dogmático y fanático como lo hace la jerarquía católica, el diálogo y la tolerancia serían imposibles y todos los problemas los resolveríamos como a ellos les gustaría: Encarcelando a los que disintieran de sus “verdades absolutas” y condenándolos a muerte si persistieran de modo recalcitrante en sus errores inspirados por “el Maléfico”. Si todos, por el hecho de juzgar que nuestras opiniones son las correctas, descalificásemos a los demás y los tratásemos de subnormales o de asesinos como hacen ellos, volveríamos a la barbarie más irracional, a la de los tiempos de su añorada Inquisición, que no representó por cierto un clima especialmente propicio para el desarrollo del pensamiento libre y del progreso científico ni filosófico.
Dicho esto, presento a continuación unas consideraciones relacionadas con el tema del aborto a fin de plantear hasta que punto las doctrinas de la jerarquía católica son coherentes o incongruentes entre sí:
Dice la jerarquía católica que la vida humana es sagrada y que el embrión tiene ya vida humana porque desde el momento de la concepción, en el que un espermatozoide se ha unido a un óvulo, simultáneamente se ha producido el acto mágico por el que Dios habrá creado un alma para ese embrión. Y en cuanto el embrión es ya un ser humano y posee una “dignidad” absoluta, nadie tiene derecho a interrumpir la vida de ese ser humano.
Sin embargo, a todas estas extrañas doctrinas hay que replicar, en primer lugar, que la unión de dos células no constituye un ser humano, que la creencia en la mágica creación de un “alma” puede ser respetable, tanto como la creencia de que dichas células por separado tienen el mismo valor que después de unirse. Desde una perspectiva científica la unión de estas dos células –espermatozoide y óvulo- representa el comienzo de un proceso biológico de multiplicación celular que puede culminar con el paso de los meses en la formación de un ser humano, pero que el establecer en qué momento de la gestación esa primera unión celular puede considerarse ya como un ser humano es una cuestión que tiene un componente de “convencionalismo”: Una célula no es un ser humano, dos células tampoco, cuatro células tampoco, ocho tampoco, dieciséis tampoco… ¿Entonces cuando constituyen un ser humano? Pues el carácter convencional por lo que se refiere al establecimiento de cuándo nos encontramos ante un ser humano puede comprenderse si reflexionamos acerca de qué pensaríamos si alguien nos dijera: “El embrión que tiene solo 5.999.999 células todavía no es un ser humano, pero el que tiene 6.000.000 sí lo es”. En este punto lo único evidente es simplemente de que nos encontramos ante una forma de vida que en el futuro podría convertirse en un ser humano. Y, en cuanto se trata de una forma de vida, todos en general tenemos cierta sensibilidad natural que nos lleva a respetarla, de manera que nadie querría el aborto por sí mismo, ni siquiera el de esa agrupación de células que reciben el nombre de “embrión”, sino sólo como una forma de evitar males mayores en cuanto no se esté en condiciones de llevar adelante un embarazo y los cuidados posteriores necesarios para hacerse cargo de aquel ser humano en que se convertiría dicho embrión al finalizar el proceso de su desarrollo.
Si la jerarquía católica insiste en afirmar que un embrión es un ser humano y que la simple unión de dos células constituyen ya un ser humano, podríamos preguntarles, por qué no consideran igualmente que un ser vivo, como lo es un espermatozoide, que nada ya tan bien en el líquido seminal y busca con ilusión el óvulo en el que pueda continuar adecuadamente su ciclo vital, es ya un “nasciturus”, cuyas posibilidades se truncan desde el momento en que se le niega proporcionarle un óvulo para que su vida pueda desarrollarse felizmente ¿No es un monstruoso asesinato el desprecio y la falta de cuidados para dar vida a la mayor cantidad posible de espermatozoides? ¿No es una obligación moral relacionada con el respeto a la vida humana tratar de fecundar al mayor número posible de mujeres para lograr la salvación del mayor número de espermatozoides y también de óvulos? ¿No es un crimen dejar que tanto unos como otros mueran como consecuencia de nuestra dejadez a la hora de cumplir con el precepto bíblico “creced y multiplicaos”? Los curas y obispos, por cierto, no parecen especialmente preocupados en cumplir con tal precepto –por lo menos en teoría-, pero al menos deberían ser coherentes con él y exhortar a que todos, varones y mujeres, se concienciasen y tratasen de cumplirlo, lo cual debería llevar como consecuencia a que todos los jóvenes tratasen de utilizar sus reservas espermáticas intentando dejar embarazadas a todas las mujeres en edad fértil a fin de evitar el asesinato – en cuanto muerte por omisión de auxilio- de tantos seres humanos larvarios cuyas funciones vitales, aunque no sean especialmente patentes a simple vistas, cualquiera puede reconocer a través de un microscopio. ¡Recuerdo con pena a un espermatozoide que nadaba mejor que Mark Espitz y que me daba la impresión de que me miraba de un modo triste, como si me estuviera diciendo: “¡Búscame un óvulo, por favor!”. Y me sigue remordiendo la conciencia porque en aquel momento fui incapaz de conseguirle lo que me pedía y de haberle proporcionado el óvulo necesario para impedir su muerte, en lugar de haber buscado a la mujer dispuesta para contribuir al desarrollo y florecimiento de su vida tal como por naturaleza le habría correspondido, igual que todos los que hemos tenido el privilegio de crecer y de llegar vivir y a conocer a ese portento de humanidad representado por el señor Martínez Camino y por otros ejemplares de vida asombrosa y misteriosamente viable.
Por otra parte, si la doctrina de la jerarquía católica fuera correcta por lo que se refiere a considerar que un embrión es ya un ser humano, ¿por qué se preocupan tanto acerca de su continuidad vital “en este valle de lágrimas”?
-¿Acaso no creéis en la beatífica vida eterna?
-¡¿Cómo que no creemos?! ¡Pues claro que sí!
-Entonces, ¿qué tiene de malo que enviemos a esos embriones, que vosotros consideráis como auténticos seres humanos, a gozar de la dicha inconmensurable de la Vida Eterna, evitándoles así el peligro de las tentaciones terrenales que podrían poner en un gravísimo riesgo la salvación de su alma? Y mucho más, teniendo en cuenta que desde hace unos años se ha cerrado el Limbo y que ¡todos los niños que mueren sin bautizar van directos al Cielo! ¿No sería ese el mejor regalo que les podríamos hacer?
-Pero, ¿quiénes creéis que sois vosotros para arrogaros el derecho de disponer de la vida de nadie? ¡La dignidad de la persona está por encima de cualquier otra consideración!
-Ya sabemos que somos simples humanos y que, según vosotros, nuestras acciones en favor del aborto libre son inmorales, pero ¿seríais capaces de refutar el argumento que os hemos presentado en favor del aborto? ¿No os parece que acciones como las del aborto son la mejor garantía de la eterna salvación para esos embriones que consideráis humanos? La verdad es que, si yo tuviera la fe que vosotros decís tener, me hubiera gustado no haber llegado a nacer y haber sido un simple aborto, pues a estas horas ya estaría gozando de la auténtica vida celestial y no aquí, en las oficinas del paro, en espera de conseguir una mierda de trabajo. Lo de Jesús decís que fue la “Redención del género humano”, pero ¿qué clase de “redención” fue ésa que sólo sirvió a unos pocos en cuanto, según los Evangelios, la mayoría se va a freír eternamente en el Infierno? Lo de las abortistas sí que es una auténtica “Redención”, pues embrión que destruyen, embrión que asciende directo a la Gloria. Decís que seremos castigadas por nuestra acción criminal, por nuestra falta de respeto a “la dignidad humana”, pero si nosotros creyésemos en esa gloria celestial de la que vosotros habláis, no nos habría importado en absoluto que nadie se hubiera olvidado de esa “dignidad”, pues ahora ya haría algún tiempo que estaríamos disfrutando en el Cielo en lugar de estar aquí escuchando vuestra sandeces. Así que, bien está, faltamos al respeto de esa supuesta dignidad de los embriones y sacrificamos nuestra salvación eterna a cambio de la suya. ¡Eso sí que es una Redención segura! Pues así conseguimos para nuestros queridos abortos la mejor vida que pudieran tener: ¡la vida eterna y eternamente feliz!
-¡¡Que Dios os maldiga!! ¡¡Al fuego eterno!!
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
En relación con el nacimiento de un bebé cuyo cordón umbilical posiblemente podrá servir para la curación de su hermano, con su hipocresía, su soberbia y su veneno habitual, al señor Martínez Camino, uno de los jefes de la organización católica española, se le han ocurrido una serie de ridículos y vomitivos comentarios que, en cuanto son significativos de la constante actitud de la jerarquía de su organización, vale la pena reseñar.
Los “obispos” de esta organización católica acaban de afirmar que "el nacimiento de una persona ha venido acompañado de la destrucción de otras, sus propios hermanos". Quien leyera esta frase fuera de contexto podría llegar a pensar que para conseguir el nacimiento de un niño se les ha cortado el cuello -o algo por el estilo- a varios hermanos suyos cuando regresaban del colegio. Pero no, por suerte no ha sido eso lo que ha pasado. Cualquiera puede enterarse de lo que ha sucedido leyendo los periódicos o atendiendo a las informaciones dadas por televisión española. En lo esencial se trataba de conseguir la curación de un niño que nació con una enfermedad que sólo le iba a permitir una corta vida con una constante dependencia de transfusiones de sangre y de las diversas complicaciones para él y para su familia por esa prematura condena de muerte y por la triste calidad de vida a la que la Naturaleza parecía haberle condenado.
El progreso de la Medicina ha permitido sin embargo seleccionar entre diversos embriones uno que fuera compatible con el del niño enfermo a fin de lograr su curación mediante la ayuda de las células madre de su cordón umbilical, de manera que, después de su gestación natural, ya ha nacido ese hermano providencial y su cordón umbilical está guardado para ser utilizado dentro de alrededor de tres meses. ¿Dónde está la “destrucción” de esos hermanos de que ha hablado el señor Camino? Y sólo han hablado de “destrucción”, quizá para atenuar un poco la mayor dureza de esa otra palabra que han utilizado en otras ocasiones: “asesinato”. ¿A qué se refieren estos señores cuando hablan de “destrucción de sus propios hermanos”? Se refieren al hecho de que el resto de embriones iniciales que sirvieron para seleccionar aquél que era compatible con la curación de su hermano no gozaron de la misma suerte en cuanto no fueron implantados en algún otro útero que les permitiera desarrollarse y llegar a convertirse en niños, aunque aquí los señores obispos, desde su dogmatismo fanático que considera que todos tienen la obligación de compartir, protestarían contra mi explicación y proclamarían como dogma de fe indiscutible que esos embriones ya eran seres humanos hechos -aunque no derechos-.
También han dicho que esta forma de medicina es una forma de “eugenesia” en cuanto utiliza un embrión para la curación de un niño y en cuanto no se preocupa por la salvación de los demás embriones, sanos o enfermos
El resto de sus comentarios representa, desde la utilización de los principios de la ética kantiana, una insistencia en una supuesta “dignidad absoluta” de tales embriones, que, según ellos, nunca deberían ser utilizados como medios para nada sino sólo como fines en sí mismos.
Dijeron más adelante que "con estas aclaraciones […] se trata de recordar los principios éticos objetivos ( ) que tutelan la dignidad de todo ser humano", afirmación con la que, de manera soberbia y ridícula, pretenden imponer sus doctrinas no sólo a sus “fieles” sino al resto de la humanidad. En este punto, por otra parte, no hacen otra cosa que seguir el planteamiento del fundador del Opus Dei, cuando hablaba de la “santa intransigencia”. Y eso tiene “su Lógica”, aunque se trate de una Lógica que funciona a partir del desprecio a los principios racionales que deberían regir la convivencia de cualquier agrupación democrática. Su Lógica, esa Lógica de quienes ni firmaron ni aceptan la Declaración Universal de los Derechos Humanos, es la siguiente: Consideramos que un embrión es un ser humano; si no proclamamos que lo es, no seremos fieles a la verdad de nuestras convicciones; nuestras convicciones están inspiradas por Dios y, por ello, nuestras convicciones son verdaderas; si no proclamamos la verdad objetiva y absoluta de nuestras convicciones, no seremos fieles a la palabra divina; por lo tanto, no podemos ser transigentes con quienes no aceptan la verdad objetiva de aquello que nos ha comunicado el propio Dios, y, por ello también y mientras no podamos reinstaurar nuestra añorada Inquisición, debemos denunciar y tratar como asesinos a quienes consienten y practiquen esta forma de medicina basada en la “eugenesia” y en el asesinato de seres humanos –especialmente si tal actividad se relacione de algún modo con los gobernantes del PSOE-.
Pues bien, frente a esta absurda “Lógica” de la jerarquía católica, aunque todos estemos convencidos en muchas ocasiones acerca de la verdad de una parte importante de nuestras opiniones, partimos de una Lógica distinta, que es la que parte del reconocimiento, al estilo socrático, de nuestras propias limitaciones, de la aceptación de que podemos estar equivocados, de la consideración de que nadie se encuentra en poder de la Verdad Absoluta y del punto de vista de que nadie tiene derecho a imponer sus propias opiniones descalificando las de los demás, sino que, ante dos opiniones contradictorias, la buena convivencia exige que, si se ha de adoptar un punto de vista que afecte a dicha convivencia, deba hacerse mediante procedimientos en los que, agotado el diálogo racional y tolerante, finalmente se adopte la decisión de la mayoría, aunque pueda ser equivocada, pues mucho más grave sería que tuviera que imponerse la opinión de una minoría por el simple hecho de que se obstinase en proclamar que ellos se encontraban en posesión de la auténtica verdad. Así que, si todos enfocásemos nuestras diferencias de opinión de este mismo modo tan absurdamente dogmático y fanático como lo hace la jerarquía católica, el diálogo y la tolerancia serían imposibles y todos los problemas los resolveríamos como a ellos les gustaría: Encarcelando a los que disintieran de sus “verdades absolutas” y condenándolos a muerte si persistieran de modo recalcitrante en sus errores inspirados por “el Maléfico”. Si todos, por el hecho de juzgar que nuestras opiniones son las correctas, descalificásemos a los demás y los tratásemos de subnormales o de asesinos como hacen ellos, volveríamos a la barbarie más irracional, a la de los tiempos de su añorada Inquisición, que no representó por cierto un clima especialmente propicio para el desarrollo del pensamiento libre y del progreso científico ni filosófico.
Dicho esto, presento a continuación unas consideraciones relacionadas con el tema del aborto a fin de plantear hasta que punto las doctrinas de la jerarquía católica son coherentes o incongruentes entre sí:
Dice la jerarquía católica que la vida humana es sagrada y que el embrión tiene ya vida humana porque desde el momento de la concepción, en el que un espermatozoide se ha unido a un óvulo, simultáneamente se ha producido el acto mágico por el que Dios habrá creado un alma para ese embrión. Y en cuanto el embrión es ya un ser humano y posee una “dignidad” absoluta, nadie tiene derecho a interrumpir la vida de ese ser humano.
Sin embargo, a todas estas extrañas doctrinas hay que replicar, en primer lugar, que la unión de dos células no constituye un ser humano, que la creencia en la mágica creación de un “alma” puede ser respetable, tanto como la creencia de que dichas células por separado tienen el mismo valor que después de unirse. Desde una perspectiva científica la unión de estas dos células –espermatozoide y óvulo- representa el comienzo de un proceso biológico de multiplicación celular que puede culminar con el paso de los meses en la formación de un ser humano, pero que el establecer en qué momento de la gestación esa primera unión celular puede considerarse ya como un ser humano es una cuestión que tiene un componente de “convencionalismo”: Una célula no es un ser humano, dos células tampoco, cuatro células tampoco, ocho tampoco, dieciséis tampoco… ¿Entonces cuando constituyen un ser humano? Pues el carácter convencional por lo que se refiere al establecimiento de cuándo nos encontramos ante un ser humano puede comprenderse si reflexionamos acerca de qué pensaríamos si alguien nos dijera: “El embrión que tiene solo 5.999.999 células todavía no es un ser humano, pero el que tiene 6.000.000 sí lo es”. En este punto lo único evidente es simplemente de que nos encontramos ante una forma de vida que en el futuro podría convertirse en un ser humano. Y, en cuanto se trata de una forma de vida, todos en general tenemos cierta sensibilidad natural que nos lleva a respetarla, de manera que nadie querría el aborto por sí mismo, ni siquiera el de esa agrupación de células que reciben el nombre de “embrión”, sino sólo como una forma de evitar males mayores en cuanto no se esté en condiciones de llevar adelante un embarazo y los cuidados posteriores necesarios para hacerse cargo de aquel ser humano en que se convertiría dicho embrión al finalizar el proceso de su desarrollo.
Si la jerarquía católica insiste en afirmar que un embrión es un ser humano y que la simple unión de dos células constituyen ya un ser humano, podríamos preguntarles, por qué no consideran igualmente que un ser vivo, como lo es un espermatozoide, que nada ya tan bien en el líquido seminal y busca con ilusión el óvulo en el que pueda continuar adecuadamente su ciclo vital, es ya un “nasciturus”, cuyas posibilidades se truncan desde el momento en que se le niega proporcionarle un óvulo para que su vida pueda desarrollarse felizmente ¿No es un monstruoso asesinato el desprecio y la falta de cuidados para dar vida a la mayor cantidad posible de espermatozoides? ¿No es una obligación moral relacionada con el respeto a la vida humana tratar de fecundar al mayor número posible de mujeres para lograr la salvación del mayor número de espermatozoides y también de óvulos? ¿No es un crimen dejar que tanto unos como otros mueran como consecuencia de nuestra dejadez a la hora de cumplir con el precepto bíblico “creced y multiplicaos”? Los curas y obispos, por cierto, no parecen especialmente preocupados en cumplir con tal precepto –por lo menos en teoría-, pero al menos deberían ser coherentes con él y exhortar a que todos, varones y mujeres, se concienciasen y tratasen de cumplirlo, lo cual debería llevar como consecuencia a que todos los jóvenes tratasen de utilizar sus reservas espermáticas intentando dejar embarazadas a todas las mujeres en edad fértil a fin de evitar el asesinato – en cuanto muerte por omisión de auxilio- de tantos seres humanos larvarios cuyas funciones vitales, aunque no sean especialmente patentes a simple vistas, cualquiera puede reconocer a través de un microscopio. ¡Recuerdo con pena a un espermatozoide que nadaba mejor que Mark Espitz y que me daba la impresión de que me miraba de un modo triste, como si me estuviera diciendo: “¡Búscame un óvulo, por favor!”. Y me sigue remordiendo la conciencia porque en aquel momento fui incapaz de conseguirle lo que me pedía y de haberle proporcionado el óvulo necesario para impedir su muerte, en lugar de haber buscado a la mujer dispuesta para contribuir al desarrollo y florecimiento de su vida tal como por naturaleza le habría correspondido, igual que todos los que hemos tenido el privilegio de crecer y de llegar vivir y a conocer a ese portento de humanidad representado por el señor Martínez Camino y por otros ejemplares de vida asombrosa y misteriosamente viable.
Por otra parte, si la doctrina de la jerarquía católica fuera correcta por lo que se refiere a considerar que un embrión es ya un ser humano, ¿por qué se preocupan tanto acerca de su continuidad vital “en este valle de lágrimas”?
-¿Acaso no creéis en la beatífica vida eterna?
-¡¿Cómo que no creemos?! ¡Pues claro que sí!
-Entonces, ¿qué tiene de malo que enviemos a esos embriones, que vosotros consideráis como auténticos seres humanos, a gozar de la dicha inconmensurable de la Vida Eterna, evitándoles así el peligro de las tentaciones terrenales que podrían poner en un gravísimo riesgo la salvación de su alma? Y mucho más, teniendo en cuenta que desde hace unos años se ha cerrado el Limbo y que ¡todos los niños que mueren sin bautizar van directos al Cielo! ¿No sería ese el mejor regalo que les podríamos hacer?
-Pero, ¿quiénes creéis que sois vosotros para arrogaros el derecho de disponer de la vida de nadie? ¡La dignidad de la persona está por encima de cualquier otra consideración!
-Ya sabemos que somos simples humanos y que, según vosotros, nuestras acciones en favor del aborto libre son inmorales, pero ¿seríais capaces de refutar el argumento que os hemos presentado en favor del aborto? ¿No os parece que acciones como las del aborto son la mejor garantía de la eterna salvación para esos embriones que consideráis humanos? La verdad es que, si yo tuviera la fe que vosotros decís tener, me hubiera gustado no haber llegado a nacer y haber sido un simple aborto, pues a estas horas ya estaría gozando de la auténtica vida celestial y no aquí, en las oficinas del paro, en espera de conseguir una mierda de trabajo. Lo de Jesús decís que fue la “Redención del género humano”, pero ¿qué clase de “redención” fue ésa que sólo sirvió a unos pocos en cuanto, según los Evangelios, la mayoría se va a freír eternamente en el Infierno? Lo de las abortistas sí que es una auténtica “Redención”, pues embrión que destruyen, embrión que asciende directo a la Gloria. Decís que seremos castigadas por nuestra acción criminal, por nuestra falta de respeto a “la dignidad humana”, pero si nosotros creyésemos en esa gloria celestial de la que vosotros habláis, no nos habría importado en absoluto que nadie se hubiera olvidado de esa “dignidad”, pues ahora ya haría algún tiempo que estaríamos disfrutando en el Cielo en lugar de estar aquí escuchando vuestra sandeces. Así que, bien está, faltamos al respeto de esa supuesta dignidad de los embriones y sacrificamos nuestra salvación eterna a cambio de la suya. ¡Eso sí que es una Redención segura! Pues así conseguimos para nuestros queridos abortos la mejor vida que pudieran tener: ¡la vida eterna y eternamente feliz!
-¡¡Que Dios os maldiga!! ¡¡Al fuego eterno!!
sábado, 30 de agosto de 2008
क्रिस्तिअनिस्मो य Latíन
CRISTIANISMO Y LATÍN
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
Los curas no tienen mucha idea del latín por el hecho de ser curas, por mucho que quieran presumir del "Pater noster..." y del "Credo in unum Deum...". Recuerdo que en la facultad de Filosofía de Valencia (España) había un compañero cura que -quizá sin saberlo- iba ya de mártir por adelantado a causa de los sufrimientos que le producían los discursos de Cicerón, que no son especialmente complicados.
¿Cuál es la causa de que, de acuerdo con las consignas del señor Ratzinger, la jerarquía católica pretenda reintroducir el latín, a pesar de las reformas del Concilio Vaticano II en un sentido contrario? La respuesta es muy sencilla: La jerarquía católica, con el señor Ratzinger, su actual jefe, a la cabeza a tomado esta decisión porque, como juegan a hechiceros, se han dado cuenta de que el pueblo sencillo e ingenuo se asombra más de lo que no entiende, juzgándolo humildemente como verdad sublime a la que su mente es incapaz de llegar, que ante las simplezas y absurdos que capta fácilmente cuando los escucha en su propio idioma.
El señor Roncalli, alias Juan XXIII, no entendió bien el negocio de esos mafiosos. Ha sido preciso que Herr Ratzinger alcanzase el poder supremo de esta multinacional mafiosa para que pusiera de nuevo las cosas en su sitio: Al pueblo no conviene contarle cosas que pueda entender y criticar sino sólo hablarle con expresiones cuyo sentido resulte incomprensible, incluso para la propia jerarquía, pues de ese modo no las podrá criticar y seguirá pensando "¡Qué sublime sabiduría debe de haber en esas palabras cuando mi mente es incapaz de entender nada!". ¿Por qué, si no, estuvo incluida la Biblia en el Indice de Libros Prohibidos? Evidentemente, por ese mismo motivo. ¿Por qué la Santa (?) Inquisición condenó a fray Luís de León? Pues por haber traducido al castellano "El cantar de los cantares", uno de los libros de la Biblia.
Que no pretendan argumentar que las lenguas actuales son incapaces de expresar los contenidos religiosos o que el latín es un lenguaje más perfecto para conseguir los objetivos religiosos, pues lo que sucede es que a la jerarquía católica y a su negocio le viene muy mal que sus creyentes vayan descubriendo la multiud de contradicciones, falsedades y absurdos que hay en los contenidos de esa ideología embaucadora tan absurda y que sólo es el medio inicial para el desarrollo de ese imperio político, económico y social que contamina perniciosamente los distintos puntos de nuestro planeta.
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
Los curas no tienen mucha idea del latín por el hecho de ser curas, por mucho que quieran presumir del "Pater noster..." y del "Credo in unum Deum...". Recuerdo que en la facultad de Filosofía de Valencia (España) había un compañero cura que -quizá sin saberlo- iba ya de mártir por adelantado a causa de los sufrimientos que le producían los discursos de Cicerón, que no son especialmente complicados.
¿Cuál es la causa de que, de acuerdo con las consignas del señor Ratzinger, la jerarquía católica pretenda reintroducir el latín, a pesar de las reformas del Concilio Vaticano II en un sentido contrario? La respuesta es muy sencilla: La jerarquía católica, con el señor Ratzinger, su actual jefe, a la cabeza a tomado esta decisión porque, como juegan a hechiceros, se han dado cuenta de que el pueblo sencillo e ingenuo se asombra más de lo que no entiende, juzgándolo humildemente como verdad sublime a la que su mente es incapaz de llegar, que ante las simplezas y absurdos que capta fácilmente cuando los escucha en su propio idioma.
El señor Roncalli, alias Juan XXIII, no entendió bien el negocio de esos mafiosos. Ha sido preciso que Herr Ratzinger alcanzase el poder supremo de esta multinacional mafiosa para que pusiera de nuevo las cosas en su sitio: Al pueblo no conviene contarle cosas que pueda entender y criticar sino sólo hablarle con expresiones cuyo sentido resulte incomprensible, incluso para la propia jerarquía, pues de ese modo no las podrá criticar y seguirá pensando "¡Qué sublime sabiduría debe de haber en esas palabras cuando mi mente es incapaz de entender nada!". ¿Por qué, si no, estuvo incluida la Biblia en el Indice de Libros Prohibidos? Evidentemente, por ese mismo motivo. ¿Por qué la Santa (?) Inquisición condenó a fray Luís de León? Pues por haber traducido al castellano "El cantar de los cantares", uno de los libros de la Biblia.
Que no pretendan argumentar que las lenguas actuales son incapaces de expresar los contenidos religiosos o que el latín es un lenguaje más perfecto para conseguir los objetivos religiosos, pues lo que sucede es que a la jerarquía católica y a su negocio le viene muy mal que sus creyentes vayan descubriendo la multiud de contradicciones, falsedades y absurdos que hay en los contenidos de esa ideología embaucadora tan absurda y que sólo es el medio inicial para el desarrollo de ese imperio político, económico y social que contamina perniciosamente los distintos puntos de nuestro planeta.
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