SECTA CATÓLICA: ¿VIDA LIMITADA O VIDA ETERNA?
Los dirigentes de la secta católica se contradicen cuando aceptan
la “palabra de Dios”, según la cual la vida humana termina con la muerte, a la vez
que defienden que después de la vida terrena hay una vida eterna, doctrina igualmente defendida en la Biblia.
La doctrina de la inmortalidad del hombre, más allá de su muerte terrenal, es uno de
los pilares fundamentales de la secta católica y, por eso mismo, tiene especial
interés analizar su fundamento, ya que, como a continuación se verá, la
creencia en esta doctrina no ha sido constante a lo largo de la historia del
judeo-cristianismo sino que se fue introduciendo en momentos avanzados de esta
historia y asumida ya de modo definitivo a partir del Nuevo Testamento. Pero, en cuanto los dirigentes de la secta
católica consideran que la Biblia en
general y el Antiguo Testamento en
particular están inspirados por el “Espíritu Santo” y por ello representan la
“palabra de Dios”, y en cuanto, según los pasajes que se tengan en cuenta, en
unos se afirma y en otros se niega dicha inmortalidad del hombre, la única
conclusión que puede extraerse de esta contradicción es que el supuesto
“Espíritu Santo” –o, más exactamente, quienes interpretaban sus palabras- se encontraba bastante perdido por lo que se
refiere a esta cuestión que a continuación se analiza. En cualquier caso y al
igual que en otras ocasiones, la simple existencia de una contradicción es una
prueba evidente de que los dirigentes de la secta católica se equivocan o
mienten –o ambas cosas- cuando afirman que la Biblia representa “la palabra de Dios”. Y, desde luego, sería
absurdo que pretendieran que lo que sucede es que son ellos los únicos
legitimados para interpretarla, pues no hace falta tener un intelecto especial
para saber qué quieren decir a lo largo de todo el contenido bíblico, aunque
pueda haber pasajes algo complicados cuyo sentido auténtico requiera de un
conocimiento del contexto o de determinados aspectos de la historia del pueblo
judío.
Paso a
continuación al análisis de esta cuestión.
1. La idea de la inmortalidad referida al hombre aparece
en Génesis en relación con Adán y Eva
antes de su desobediencia a Dios. Fue precisamente en el momento de su
expulsión del Paraíso cuando Dios colocó a dos querubines como guardianes a fin
de evitar que comieran del árbol de la vida y se hicieran inmortales, tal como se narra en Génesis:
“Así
que el Señor Dios lo expulsó del huerto de Edén […] Expulsó al hombre y, en la
parte oriental del huerto de Edén, puso a los querubines y la espada de fuego
para guardar el camino del árbol de la vida”[1].
Posteriormente, a lo largo de una
larga serie de pasajes lo que se asume como un hecho es que la vida humana
termina definitivamente con la muerte, aunque en algunos momentos comienza a plantearse
la idea de la existencia de una inmortalidad para quienes viven de acuerdo con
las normas divinas, y, más adelante todavía, la idea de que también el malvado
tenga una vida interminable, pero una vida de sufrimiento sin fin. Pero, en
general, en el Antiguo Testamento son
pocas las ocasiones en que se defiende la existencia de otra vida más allá de
la muerte física del hombre, y, en su lugar suele hacerse referencia al
sucedáneo de una mayor longevidad personal para quienes hayan sido fieles a
Yahvé, junto a la promesa de una amplia descendencia o, finalmente, la de gozar
de la “tierra prometida.
1a. Y así, por lo que se
refiere a una larga vida como
recompensa por la fidelidad al Señor, puede verse en los siguientes pasajes:
- “Guarda
sus leyes y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz tú y tus
hijos después de ti, y prolongues tus días en la tierra que el Señor te da para
siempre”[2],
“ [Yahvé,
dirigiéndose a Salomón, le dice:] “Si caminas por mis sendas y guardas mis
preceptos y mandamientos, como hizo tu padre David, te daré larga vida”[3].
Conviene reparar en
que el hecho de que Dios prometa “larga vida” en un contexto como éste, sólo
tiene sentido desde el supuesto de que no exista una vida eterna en cuanto el
autor de este escrito no llegase a pensar o a creer en tal posibilidad.
1b. Respecto a la multiplicación de la propia descendencia
como recompensa a quienes han mantenido esta misma rectitud ante las leyes,
puede verse en textos como los siguientes:
- “El
señor se le apareció [a Isaac] y le dijo: […] Multiplicaré tu descendencia como
las estrellas del cielo”[4].
- “Poned
en práctica todos los mandamientos que yo os prescribo hoy. De esta manera
viviréis, os multiplicaréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el
Señor prometió con juramento a vuestros antepasados”[6].
- “[Así
dice el Señor todopoderoso] Cuando hayas llegado al final de tu vida y
descanses con tus antepasados, mantendré después de ti el linaje salido de tus
entrañas, y consolidaré tu reino”[7].
- “Que
el Señor multiplique vuestra descendencia […] No alaban los muertos al Señor,
ni los que bajan al silencio”[8].
-
“Como las estrellas del cielo que no pueden contarse, o como la arena del mar
que no puede medirse, así multiplicaré yo la estirpe de mi siervo David y la de
los levitas mis ministros”[9].
Como puede comprobarse, a lo largo de
estos pasajes no se habla del “más allá” sino sólo de la multiplicación de los
fieles a Yahvé.
Tiene
cierto interés reseñar cómo en el último pasaje citado se incluye a los
levitas, es decir, a los sacerdotes judíos en el número de los elegidos. Esta
referencia a los levitas-sacerdotes tiene un sentido especial en cuanto fueron
ellos quienes dirigieron durante siglos al pueblo de Israel y fueron algunos de
ellos quienes escribieron la mayor parte de los libros que constituyen el Antiguo Testamento atribuyendo a órdenes
divinas aquellas decisiones que ellos tomaban relacionadas con sus propios
intereses y con su obsesión de dominar al pueblo de Israel.
1c. Y, por lo que se refiere
a la recompensa divina de la “tierra buena” o de “la tierra prometida”,
relacionada con la alianza de Yahvé con Israel, se dice también:
- “Haz
lo que es justo y bueno a los ojos del Señor, para que seas dichoso y entres a
tomar posesión de la tierra buena que el Señor prometió a tus antepasados,
expulsando delante de ti a todos tus enemigos”[10]
Pero al igual que en los pasajes
anteriores tampoco en estos se habla de otra vida.
2. En otros momentos la
vivencia de que con la muerte todo acaba y de que la
idea de una larga vida, la de una extensa descendencia, o la de alcanzar la
“tierra prometida” no sirven de consuelo, sino
que esta vivencia se describe en ocasiones con un sentimiento de simple resignación, pero también en
otras con un matiz más o menos explícito de angustioso
nihilismo, tal como puede comprobarse en los siguientes pasajes.
2.1.
Así,
en ese primer sentido, puede hacerse
referencia a los pasajes siguientes:
- “Con
el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la lo tierra de la
que fuiste formado porque eres polvo y al polvo volverás”[13].
En este primer pasaje, relacionado con
el castigo divino por la desobediencia de Adán y Eva, se hace referencia
explícita al trabajo como una parte de la condena, mientras que la muerte
aparece como el fin natural de la vida, una vez que el hombre ha perdido el
privilegio inicial con el que Dios le había creado. Pero ese regreso a la
tierra no es valorado como nada negativo en sí mismo
Pasajes como el anterior, que hay
bastantes, pueden haber influido en la mentalidad de muchos cristianos con
escasa formación cultural a la hora de rechazar el evolucionismo, teniendo en
cuenta la serie de ocasiones en que se dice en la Biblia que el hombre fue creado por Dios directamente del barro de
la tierra.
-
“La cubrió con toda clase de vivientes, y todos volverán a ella. Formó el Señor
al hombre de la tierra, y allá lo hará volver de nuevo. Asignó a los hombres
días y tiempo limitado”[18].
- “Recuerda
que no hay retorno; no aprovecha al muerto tu tristeza y te harás daño a ti
mismo. Ten presente que su muerte será también la tuya: “A mí me tocó ayer, a
ti te toca hoy””[20].
-
“No temas por estar sentenciado a muerte; recuerda a los que te precedieron y
te seguirán. Es el destino que el Señor ha impuesto a todo viviente. ¿Por qué
rebelarte contra la voluntad del Altísimo? Aunque vivas diez, cien, mil años,
nadie discutirá en el abismo la duración de tu vida”[22].
En el anterior pasaje el autor comenta
de modo desconcertado el destino que el impío comparte con quien ha sido fiel a
Dios: Ambos tienen un mismo final, no hay diferencia de trato.
- “Formó
el Señor al hombre de la tierra, y allá lo hará volver de nuevo. Asignó a los
hombres días y tiempo limitados”[25].
2.2. Sin embargo, de manera
progresiva la simple descripción de la muerte como fin natural de la vida viene
acompañada de algún comentario negativo acerca de la misma vida terrenal por su
carácter tan efímero, quizá teniendo en el pensamiento, aunque de modo
inconsciente, el deseo de que esa vida pudiera ser durar siempre para que
realmente la diversas metas humanas pudieren tener un sentido y una finalidad
claras en lugar de perderlo de manera definitiva con la muerte. Así puede verse
en los siguientes pasajes:
-
“Somos extranjeros y advenedizos en tu presencia como todos nuestros
antepasados. Nuestros días en la tierra pasan como sombra sin esperanza”[27].
En el anterior pasaje la simple expresión
“sombra sin esperanza” es ya de por sí suficientemente significativa respecto a
la vivencia de la insignificancia de la vida terrenal.
- “Así
dice el Señor: Arregla los asuntos de tu casa, porque vas a morir inmediatamente.
Entonces Ezequías se volvió contra la
pared y oró al Señor así:
-Acuérdate, Señor, que he caminado
fielmente en tu presencia, y que te he agradado con mi conducta actuando con
rectitud.
Y rompió a llorar amargamente.
Aún no había salido Isaías del patio
central, cuando el Señor le dijo:
-Vuélvete y di a Ezequías, jefe de mi
pueblo: Así dice el Señor, Dios de tu antepasado David: He escuchado tu oración
y he visto tus lágrimas. Voy a devolverte la salud. Dentro de tres días subirás
al templo del Señor. Alargaré tu vida quince años, te libraré a ti y a esta
ciudad del rey de Asiria, y protegeré a esta ciudad en atención a mí mismo y a
mi siervo David”[28].
Obsérvese el inmenso regalo divino del pasaje anterior: Aunque Dios no
llega hasta el punto de concederle la inmortalidad, ¡concede a Ezequías quince
años más de vida!
-“No
te fijes en mis pecados, dame un momento de respiro antes de que me vaya y deje
de existir”[29].
-
“Setenta años dura nuestra vida, y hasta ochenta llegan los más fuertes; pero
sus afanes son fatiga inútil, pues pasan pronto, y nosotros nos desvanecemos”[30].
Tiene interés observar en este y en otros
pasajes que, más que el anhelo de otra vida, lo que en ellos se refleja es la
idea de que los afanes de esta vida son “fatiga inútil”, pues con la muerte
todo se desvanece por lo que carece de sentido.
- “Él
sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos polvo. Los días del hombre
son como la hierba; florecen como la flor del campo, pero cuando la roza el
viento deja de existir”[31].
En este pasaje lo que se recalca de manera
especial es la fragilidad de la vida humana. Posteriormente, ya en el siglo
VXII, Pascal quizá en relación con este pasaje pretendió dar una respuesta
positiva al pesimismo que aquí se deja ver y viendo en la capacidad de pensar y
de pensar bien, el principio que confería un valor especial al hombre frente a
aquello que le mataba. Por ello, escribió en este sentido:
“El hombre
no es más que una caña, la más frágil de la naturaleza, pero es una caña pensante.
No hace falta que el universo entero se arme para destruirla; un vapor, una
gota de agua es suficiente para matarlo. Pero, aún cuando el universo le
aplaste, el hombre sería todavía más noble que lo que le mata, puesto que él
sabe que muere y la ventaja que el universo tiene sobre él. El universo no sabe
nada.
Toda nuestra dignidad consiste, pues, en el pensamiento”[32].
Toda nuestra dignidad consiste, pues, en el pensamiento”[32].
-
[Visión que tuvo Isaías] “No confiéis más en el hombre cuya vida es apenas un
soplo sin valor”[34].
De nuevo, en estos tres pasajes, se
insiste en la idea del absurdo de la vida humana cuando se dice que sus días no
dejan huella o que son un soplo sin valor, lo cual equivale a decir que el
Universo ni gana ni pierde por el hecho de que el hombre haya existido o no.
-
“Sabes muy bien que yo no soy culpable y que mi vida está en tus manos. Tus
manos me han plasmado, me han formado, ¡y ahora me quieres destruir! Recuerda
que me amasaste como arcilla, y que al polvo me has de devolver”[36].
Este pasaje, perteneciente al libro de Job, representa una protesta de Job ante
los sufrimientos a que Dios te tiene sometido –por su especie de apuesta con el
demonio-. Es una protesta por el sufrimiento absurdo, sin sentido, que rodea tantas
situaciones de la vida. En el caso de Job había llevado una vida buena, en el
sentido de fiel a Dios, y también próspera como consecuencia de su
laboriosidad. Pero de pronto Dios le va enviando “pruebas” absurdas que hacen
que su protesta tenga pleno sentido, especialmente teniendo en cuenta que Job
no espera ningún tipo de recompensa en otra vida sino vivir apaciblemente esta
vida terrena de la que no reniega pero de la que protesta cuando va acompañada
de males absurdos y sin justificación alguna.
-“Déjame
ya en paz para que pueda gozar de algún consuelo, antes de que me vaya para no
volver, a la región de las tinieblas y las sombras, a la tierra oscura de
sombras y caos, donde la misma claridad es noche oscura”[37].
De acuerdo con el comentario del pasaje
anterior, lo que domina en éste es el sentimiento positivo del valor de esta
corta vida frente a la región de la muerte, “donde la misma claridad es noche
oscura”. Sigue sin plantearse la posibilidad de una vida eterna, pero a pesar
de todo se concede cierto valor a ésta que gozamos, aunque sea por breve
tiempo.
-
“Puesto que están contados ya sus días, y has establecido la suma de sus meses
y le has fijado un límite que no traspasará, aparta de él tus ojos y olvídate
de él; que como un jornalero acabe su jornada”[38].
También en este pasaje de Job la idea esencial es la misma: Puesto
que los días del hombre “están contados”, ni siquiera se le pide a Dios la
inmortalidad sino simplemente que le deje vivir tranquilo, “que como un
jornalero acabe su jornada”. La vida terrena sigue teniendo valor, pero sólo si
no va acompañada de sufrimientos absurdos que encima fueran enviados por la
propia divinidad sin motivo alguno.
-
“Pero el hombre, cuando muere queda inerte, ¿a dónde va cuando expira? […] el
hombre que yace muerto no se levantará jamás, se gastarán los cielos y no
despertará, no volverá a levantarse de su sueño”[39].
En este pasaje, perteneciente también a Job, se afirma de forma explícita el
carácter limitado de la vida humana. No hay más allá para el hombre. Por ello
mismo, tiene pleno sentido pedir a Dios que al menos esta vida terrena no esté
invadida de sufrimientos absurdos.
- “Los
años del hombre están contados, el tiempo del descanso eterno es para todos
imprevisibles y son muchos si llegan a cien. Una gota del mar, un grano de
arena, eso son sus pocos años junto a la eternidad. Él ve y sabe que su fin es
miserable, por eso los perdona una y otra vez”[40].
Aquí se compara la vida terrena con la
eternidad y el autor adopta una perspectiva claramente nihilista ante la
brevedad de la vida y ante el hecho “miserable” de la muerte, considerando que
Dios perdona al hombre en muchas ocasiones por la compasión que le inspira esa
vida. De manera que aquí el autor de esta obra no sólo no se plantea la
posibilidad de una vida más allá de la muerte sino que ni siquiera tiene una
visión positiva de ésta.
Por otra
parte, es muy posible que el hecho de que en este texto se hable del “descanso
eterno” haya podido influir en la oración y canto de la misa de difuntos de la
secta católica que comienza con las palabras “Requiem aeternam dona eis, Domine”
provenga de este texto o de algún otro similar, relacionado con la muerte entendida
“descanso eterno”, como regreso al polvo del que procedemos. Y es muy posible
que quien escribiese tal oración o bien no llegase a captar su significado
auténtico, aunque la oración continúe con el deseo de que la luz perpetua
brille para ellos (“et lux perpetua luceat eis), es decir, que gocen de la vida
eterna en cuanto la luz es vida y la oscuridad muerte.
En estos dos pasajes del libro de los Salmos se niega, de manera explícita en el
primero y de manera implícita en el segundo, la existencia de vida más allá de
la muerte. En éste además parece que a su autor no se le pasó por la cabeza la
idea de que Dios habría podido evitar la muerte definitiva del hombre, dándole
la inmortalidad, de la que, por otra parte, ya se había hablado en Génesis, o quizá consideró que la expulsión del Paraíso implicaba la
pérdida definitiva de dicha inmortalidad. Por otra parte, el sentimiento que
inspira la muerte terrenal es de tristeza, la cual presupone una valoración
positiva de la vida terrena.
- “[Visión
que tuvo Isaías acerca de Judá y Jerusalen] No confiéis más en el hombre, cuya
vida es apenas un soplo sin valor”[43].
Aquí se menosprecia la vida humana, como
“un soplo sin valor”, pero no por ello se llega a afirmar la existencia de otra
vida mejor.
-
“Todos están destinados a la muerte, a bajar a lo profundo de la tierra, al
país de los muertos”[44].
-
“¿Dónde está mi esperanza? Mi felicidad, ¿quién la divisa? Bajarán conmigo
hasta el abismo, cuando juntos nos hundamos en el polvo”[46].
En estos últimos textos se relaciona la
muerte con las “profundidades de la tierra”, con “el país de la eterna soledad”,
con lo que luego será el Infierno que representará finalmente un castigo
definitivo y para siempre, y, de nuevo, con el regreso al polvo a donde irá a
parar el propio Job junto con su esperanza y su felicidad, que le habían
acompañado durante los años de su vida terrena en que fue fiel a Dios y en que
él se los concedió. En definitiva, se trata de otro pasaje en el que se habla
de la fugacidad de la vida -que es como una “nube que pasa y se disipa”- o se la
valora, pero con una conciencia clara de que todo acaba para siempre con la
muerte.
- “Hay
quienes mueren en pleno vigor, en el colmo de la dicha y de la paz, […] Otros
mueren llenos de amargura, sin haber gustado la felicidad. Pero ambos yacen
juntos en el polvo, cubiertos de gusanos”[47].
En este pasaje de Job se habla de la vida terrena sin elogio especial alguno,
considerando que eso depende de cómo haya transcurrido para cada uno y que al
final, como sucede en las coplas de Jorge Manrique, todos quedamos igualados
por la muerte, presentada negativamente mediante la referencia al polvo y al
estar cubiertos de gusanos.
Aquí se habla claramente de la limitación
de la vida humana para compararla con la duración del pueblo de Israel, pero en
ambos casos se habla de la vida terrena, por más que se hable con admiración de
la pervivencia indefinida de Israel, lo cual implica de modo indirecto una
valoración positiva de la vida terrena.
2.3. Es especialmente en Eclesiastés y en algunos de los últimos libros
del Antiguo Testamento donde se
percibe más intensamente una perspectiva nihilista
de la vida. En el a) se pide
explicaciones a Dios ante el hecho inexorable de la muerte; el b) es un lamento ante la brevedad de la
vida, que simplemente es “un soplo fugaz”; lo mismo se viene a decir en el c), comparando la vida con una “nube que
pasa”; se trata en ambos casos de comparaciones que sugieren no sólo la misma
fugacidad de la vida sino su carácter intrascendente; en el d) se muestra de nuevo la
intrascendencia de la vida en cuanto “no quedará recuerdo en el futuro ni del
sabio ni del necio”, lo cual equivale a decir que ni lo bueno ni lo malo
tendrán una consistencia permanente y definitiva; en el e) se hace referencia a la vanidad de todo en cuanto con la muerte
todo termina y nada permanece. Etimológicamente “vanidad” proviene de “vanus”
(vacío), por lo que hablar de la vanidad de todo es justo lo mismo que hablar
de su falta de consistencia, de su “vacío”, es decir, de que no vale nada en
cuanto la muerte implica la desaparición de todo lo que se pretendió hacer durante
la vida como si fuera a permanecer eternamente, lo cual evidentemente es un
punto de vista nihilista. El tema de esa “vanidad de todo” es muy recurrente en
Eclesiástes quizá por esa obsesiva
vivencia de la muerte, vista como la destrucción de cualquier objetivo que el
ser humano haya pretendido lograr. El texto f), perteneciente a esta misma
obra, plantea de modo escéptico qué puede ser bueno para el hombre, teniendo en
cuenta “los días contados de su frágil vida”. Representa, por ello, un
pasaje igualmente nihilista según el
cual el hombre parece quedar paralizado en cuanto no encuentra un bien o un fin
por el que valga la pena luchar; el texto g) es una generalización absoluta del
anterior: No hay que buscar nada más, pues “todo es vanidad”.
Los pasajes
en cuestión son los siguientes:
a)
“¿Qué ganas con mi muerte, con que yo baje a la tumba? ¿Te dará gracias el
polvo o pregonará tu fidelidad?”[49].
b)
“Me diste sólo un puñado de días, mi vida no es nada ante ti; el hombre es como
un soplo fugaz, como una sombra que pasa”[50].
d)
“…no quedará recuerdo en el futuro ni del sabio ni del necio; en los días
venideros todo se olvidará y el sabio morirá como el necio”[52].
e)
“…una misma suerte es la suerte de los hombres y la de los animales: la muerte
de unos es como la de los otros, ambos tienen un mismo hálito vital, sin que el
hombre aventaje al animal, pues todo es vanidad. Todos van al mismo lugar:
Todos vienen del polvo y vuelven al polvo”[53]
f)
“Pues, ¿quién sabe lo que es bueno para el hombre en la vida, en los días
contados de su frágil vida, que pasan como una sombra?”[54].
En definitiva, ante la perspectiva de
que la muerte representa la destrucción de cualquier obra, de cualquier
objetivo o de cualquier ideal, en cuanto el escritor de esta obra tiene la
convicción de que no hay un más allá de la muerte, una nueva vida que de algún
modo confiera sentido a cuanto hacemos, en esa medida son muchos los pasajes en
los que se repite esta frase cargada de nihilismo, que se sigue repitiendo
todavía en nuestros días: “Todo es vanidad”, que viene a significar que todo
carece de sentido, que no hay nada por lo que valga la pena luchar o
esforzarse, pues con la muerte todo termina.
2.4. Sin embargo y en
contraposición con los planteamientos nihilistas anteriores, en esta misma
obra, Eclesiástes, y en algunas
otras, aparecen planteamientos, similares a los del “carpe diem” de la Edad
Media, que se rebelan contra el nihilismo y que se aferran a esta vida terrena
buscando vivir intensamente cada momento precisamente como consecuencia de la
comprensión de la misma fugacidad de la vida, de que con la muerte todo
termina, tal como se indica en los textos a
y b. Por ello mismo, en los textos c y d
aparece una valoración positiva de todo aquello que contribuye de algún modo a
disfrutar de los placeres de la vida. De ahí proviene ese elogio tan llamativo
del vino: “¿Qué es la vida si falta el vino?”, elogio que sugiere claramente
que sin él la vida carecería de sentido. Igualmente el texto d representa una generalización del
anterior al afirmarse en él que “la única felicidad del hombre bajo el sol
consiste en comer, beber y disfrutar”, de manera que no hay que hacer nada
confiando en un “más allá” cuyo valor vaya a depender de cómo se actúe en la
vida terrena, la única de que disponemos. Los textos seleccionados son los
siguientes:
a)
“Todo lo que encuentres a mano hazlo con empeño, porque no hay obra, ni razón,
ni ciencia, ni sabiduría en el abismo a donde vas”[56].
b)
“Da, recibe y disfruta de la vida, porque no hay que esperar deleite en el
abismo. Todo viviente se gasta como un vestido, porque es ley eterna que hay
que morir… Toda obra corruptible perece, y su autor se va tras ella”[57].
c)
“El vino es bueno para el hombre, si se bebe con moderación. ¿Qué es la vida si
falta el vino? Fue creado para alegrar a los hombres. Contento del corazón y
alegría del alma”[58].
d)
“…yo alabo la alegría, porque la única felicidad del hombre bajo el sol
consiste en comer, beber y disfrutar, pues eso le acompañará en los días de
vida que Dios le conceda bajo el sol”[59].
2.4. No obstante, como antes
se ha dicho, en algunos pasajes del Antiguo
Testamento comienza a surgir la idea de que la recompensa divina a quienes
hayan seguido sus preceptos será la vida
eterna, y esta idea es la que será posteriormente adoptada por los
dirigentes de la secta católica de manera definitiva.
Así, en Daniel, perteneciente a mediados del
siglo II antes de nuestra era, ya se habla de la resurrección y de una vida
eterna en ese doble sentido, buena para quienes han sido fieles al Señor, y
mala para quienes han vivido al margen de sus leyes. No obstante, el texto es
algo ambiguo en cuanto no habla de la resurrección de todos sino de la de
“muchos”, como si el autor de esta obra todavía dudase acerca de cómo sería
aquel más allá cuya posibilidad habían comenzado a imaginar algunos autores
bíblicos. Se dice en dicho libro:
“Y
muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la
vida eterna, otros para la vergüenza, para el castigo eterno”[60].
Por su parte, en 2 Macabeos, obra de finales del siglo II
antes de nuestra era, se habla de una vida eterna para quienes han sido fieles
a Dios, aunque no se habla de un castigo eterno para quienes no lo han sido:
“…tú
me quitas la vida presente, pero el Rey del universo nos resucitará a una vida
eterna a los que morimos por su ley”[61].
En el siguiente texto, perteneciente a
Eclesiástico, coincidiendo con el
autor de 2 Macabeos, se habla también de la inmortalidad,
referida en exclusiva a quienes siguen los mandatos de Dios, y nada se dice
respecto a una posible resurrección de quienes no le hayan sido fieles, aunque
dicha resurrección tuviera como finalidad la de torturarles con el fuego eterno
o con cualquier otro tipo de castigo:
“Conocer
los mandatos del Señor es fuente de vida; los que hacen lo que le agrada obtendrán
los frutos del árbol de la inmortalidad”[62].
Finalmente, ya en el Nuevo Testamento, la idea de la vida
eterna es asumida de manera definitiva, a pesar de que hay algunos textos que,
analizados al margen de otros del mismo autor o de la misma época, mantienen
una línea de pensamiento similar a la defendida en los dos últimos pasajes
citados: Se defiende la inmortalidad para los buenos o para quienes creen en
Jesús; sin embargo, el texto es algo ambiguo en relación con el destino de
quienes no creen en él, pues contrapone
la vida eterna de los creyentes con el perecer o con la “condena” de los
incrédulos, y además se dice que “el que no cree en él, ya está condenado”,
pero no se aclara en ningún momento con precisión qué sentido se da a la
palabra “condenado”. Ésta puede significar simplemente que no recibirá la vida
eterna o que la recibirá, pero para ser “condenado” al fuego eterno del
Infierno. Ahora bien, en el evangelio de Juan el Anciano nunca se menciona el
Infierno y en ocasiones, como más adelante se verá, se contrapone la vida eterna a la muerte, pero no a una vida igualmente eterna en el Infierno. Y, por
lo que se refiere a la cuestión de supuestos endemoniados y a Jesús expulsando
tales demonios, relatos que tantas veces aparecen en los otros evangelios, en
este evangelio sólo aparece una vez, en referencia a Judas, se nombra al
demonio en algunas ocasiones y en otras sus enemigos llegan a decir de Jesús que
está endemoniado.
Veamos a
continuación algunos pasajes:
- “…el
Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto, para que todo el que crea en
él tenga vida eterna.
Tanto amó Dios al
mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca,
sino que tenga vida eterna […] El que crea en él no será condenado; por el contrario,
el que no cree en él, ya está condenado”[63].
Como ya se ha comentado, aquí aparece
el verbo “perecer”, que significa simplemente morir, pero también aparece la
palabra “condenado”, que podría significar “ser condenado a morir”, pero tal
especificación no aparece en el texto.
De nuevo en este texto aparece la
palabra “condenado”, que no aclara a qué tipo de condena se refiere: ¿Condenado
a morir definitivamente? ¿condenado al Infierno? Pero el Infierno no se nombra
en ningún momento en el evangelio de Juan.
Quizá lo ve exclusivamente como la morada del demonio y no como un lugar de
castigo para el hombre.
-“El
que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no
verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”[65].
En este pasaje se contrapone la vida eterna a su negación, es decir, a
la muerte al decirse que “el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida”. El
añadido “la ira de Dios está sobre él” no tiene por qué significar otra cosa
que la referencia al motivo por el cual quien no cree “no verá la vida”, es
decir, no gozará de la vida eterna.
- “Y
ésta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree
en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”[66].
- “Yo
soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá
para siempre”[69]
- “El
que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el
día postrero”[70].
- “Mis
ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y
no perecerán jamás”[72].
- “Le
dijo Jesús [a Marta]: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí,
aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá
eternamente”[73].
Estos pasajes tienen el interés especial
de referirse a aquellos a quienes Jesús concederá la vida eterna por creer en
él o por cumplir con sus preceptos, mientras que nada dicen respecto a quien no
cree o no cumple sus preceptos. Este hecho es muy significativo en el sentido
de que para el autor de este escrito –Juan el Anciano- Dios premia a unos con
la vida eterna, mientras que a quienes no creen en Jesús o no cumplen sus
preceptos simplemente les deja que sucumban a la muerte, que por sí misma es ya
suficiente condena, pero nada se dice acerca de un castigo eterno como sería el
del Infierno.
- “El
que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a
condenación, mas ha pasado de muerte a vida”[76].
- “…y
los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron
lo malo, a resurrección de condenación”[77]
En estos pasajes se habla de
“condenación”, de “resurrección de vida” y de “resurrección de
condenación”, pero sigue sin aclararse el sentido en que se emplea la palabra
“condenación”, pues la “resurrección” hace referencia al momento del “fin de
los tiempos” en que todos serán juzgados, para bien o para mal, para vida
eterna o para muerte eterna. Ahora bien, teniendo en cuanta la serie de pasajes
antes citada, en la que ni una sola vez se hace referencia al Infierno, sería realmente
aventurado suponer que en estos momentos, cuando Jesús habla de “condena”, se
estuviera refiriendo al Infierno y no simplemente a la muerte, como en los
anteriores pasajes.
Finalmente en este pasaje se menciona
la muerte como castigo y destino de aquellos que no crean que Jesús procede del
Cielo.
5. Resurrección y bienaventuranza eterna.- Esta idea se generaliza a partir del Nuevo Testamento y es la que ha prevalecido en la secta católica, a
pesar de que, en teoría, tanto la doctrina de que la muerte del hombre es
definitiva como la de que existe un más allá de la muerte debían provenir del “Espíritu
Santo”.
En el
apartado anterior se ha podido ver que en el evangelio de Juan se defiende la
doctrina de la resurrección y la de la vida eterna para quienes han creído y
han sido fieles a Dios, mientras que en relación con quienes no han creído en
Jesús parece que en dicho evangelio se considera que no resucitarían, de manera
que su castigo consistiría en una muerte eterna.
Sin
embargo y de forma progresiva -sobre todo a partir del Nuevo Testamento- se generaliza la doctrina de que más allá de la
muerte existe una vida eterna, unida a la felicidad o al sufrimiento, de
acuerdo con la forma de vida que el ser humano haya llevado aquí en la tierra.
Ya en Isaías, uno de los libros antiguos de la
Biblia, aparece la idea de la
resurrección de los muertos de un modo jubiloso,
como si el profeta no se resignase a aceptar la idea de que la muerte implicaba
el regreso definitivo del hombre al polvo de donde surgió y necesitase creer en
una resurrección acompañada de la reconciliación del hombre con Dios [REVISAR
TEXTO DE ISAÍAS]:
“Pero
revivirán tus muertos, los cadáveres se levantarán, se despertarán jubilosos
los habitantes del polvo, pues rocío de luz es tu rocío, y los muertos
resurgirán de la tierra”[79].
Posteriormente, ya en momentos muy
posteriores, en 2 Macabeos, se presenta la doctrina de la
resurrección aceptando además la idea de que el rezar por los difuntos podría
serles de alguna utilidad para la otra vida:
“[Judas
Macabeo] actuó recta y noblemente, pensando en la resurrección. Pues si él no
hubiera creído que los muertos habían de resucitar, habría sido ridículo y
superfluo rezar por ellos”[80].
Pero es a partir del Nuevo Testamento cuando queda definitivamente fijada la doctrina de
la resurrección y la de la doble posibilidad de que o bien el hombre alcance
una vida de bienaventuranza eterna o bien de sufrimiento eterno. Los problemas
que surgirán a partir de este momento serán nuevos: Si la salvación proviene de
la fe o de las obras, si la fe proviene de Dios o si el hombre puede hacer algo
para lograrla, si el destino del hombre está trazado de antemano por la
omnipotencia divina o si el hombre puede merecer el cielo por sus propios méritos
y al margen de la voluntad divina.
Así, Pablo de
Tarso insiste de manera especial en la fe como condición esencial para la
salvación, dejando en segundo plano la importancia de las obras, aunque sin
descartar su importancia al considerar que, si la fe es auténtica, de ella
emanará el amor a Dios y el amor al prójimo, preceptos en los que se resume la
moral cristiana:
-“si
proclamas con tu boca que Jesús es el Señor y crees con tu corazón que Dios lo
ha resucitado de entre los muertos, te salvarás”[81].
-“Dios
salva al hombre, no por el cumplimiento de la ley, sino a través de la fe en
Jesucristo”[82].
-“Y
si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado universal, mucho más
por obra de uno solo, Jesucristo, vivirán y reinarán los que acogen la
sobreabundancia de la gracia y del don de la salvación”[84].
-“si
proclamas con tu boca que Jesús es el Señor y crees con tu corazón que Dios lo
ha resucitado de entre los muertos, te salvarás”[85].
-“…el
que ama al prójimo ha cumplido la ley. En efecto, los preceptos […] se resumen
en éste: Amarás a tu prójimo como a ti
mismo”[87].
En estos dos últimos pasajes se
observa claramente la idea indicada anteriormente según la cual la fe debe ir
unida al amor, mientras que éste se proyecta en las acciones mediante las que
se busca el bien del prójimo, de manera que no puede haber auténtica fe si no
hay amor y obras consecuentes con él.
6. Resurrección y castigo eterno (el Infierno).
Por lo que se refiere a la doctrina
del Infierno como castigo eterno no aparece de modo claro hasta momentos
avanzados de la Biblia, pero ya en
Ezequiel, el siglo VI antes de nuestra era, en referencia a la ciudad de Tiro,
se habla de “las profundidades de la tierra”, del “país de la eterna soledad”,
idea muy similar a la del Infierno tal como aparecerá luego en los Evangelios, aunque de una manera todavía
bastante difusa:
“Esto
dice el Señor […] Te arrojaré con los muertos, con las gentes del pasado, y te
haré habitar en las profundidades de la tierra, en el país de la eterna
soledad”[88].
Posteriormente, ya en el Nuevo Testamento, se habla ya del
Infierno entendido como un castigo eterno en el que el sufrimiento queda simbolizado mediante el
fuego, aunque esta realidad se asocia en tantas ocasiones con el Infierno por
parte del mismo Jesús que resulta difícil disociar los conceptos de Infierno y
fuego, al margen del carácter mítico del concepto de Infierno, que aparece
también en otras religiones como la griega, en la que el Hades, una especie de
mundo de sombras, sería el lugar a donde van los espíritus de los muertos,
aunque el Hades griego está muy lejos de la brutal crueldad que hay en el
concepto cristiano del Infierno.
Teniendo en cuenta la brutalidad de
este castigo, es lógico que en Mateo o
en Marcos se haga decir a Jesús:
- “Más
te vale entrar tuerto en el reino de Dios que ser arrojado con los dos ojos al
fuego eterno, donde […] el fuego no se extingue”[90].
También en Mateo se hace referencia tanto al fin del mundo como Iniferno al
que se hace referencia con la expresión “horno del fuego”:
“Así
será el fin del mundo. Saldrán los ángeles a separar a los malos de los buenos,
y los echarán al horno del fuego; allí llorarán y les rechinarán los dientes”[91].
En otro momento se asocia el infierno
no sólo con un “fuego eterno” sino también con el lugar normalmente habitado
por “el demonio y sus ángeles”. Esta matización tiene cierto interés porque en
el Antiguo Testamento, aunque se
habla del demonio, no se había
hablado en ningún momento de un lugar concreto en el que estuviese condenado a vivir
sufriendo eternamente:
“Después
dirá a los del otro lado: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno,
preparado para el diablo y sus ángeles”[92].
En el evangelio atribuido a Lucas, tan
dado a imaginar historietas ingenuas que no pudo conocer, pero que el autor narra como si hubiera sido
testigo presencial de todas ellas, se detalla una conversación entre un rico y
Abrahán, en la que el rico pide apenas unas gotas de agua para mojar su boca
mientras que Abrahán, hablándole en un tono paternal -que para nada encaja con
el contenido de lo que dice al rico- le explica que Lazaro ya sufrió males en
la tierra mientras que él recibió bienes, de manera que ahora se invierten los
papeles, seguramente porque el rico se desentendió del pobre, aunque en el
texto no se especifica tal aclaración. En cualquier caso, este pasaje afirma,
al igual que otros muchos, que el castigo del infierno se relaciona con el
fuego, aunque sólo sea porque la
intensidad del dolor que el fuego provoca es un símbolo muy acertado para dar a
entender el insoportable sufrimiento que tendrán que soportar eternamente
quienes sean condenados al Infierno. Dice el texto en cuestión:
“Y
en el abismo, cuando se hallaba entre torturas, levantó el rico y vio a lo
lejos a Abrahán y a Lazaro en su seno. Y gritó “Padre Abrahán, ten piedad de mí
y envía a Lázaro para que moje en agua la yema de su dedo y refresque mi
lengua, porque no soporto estas llamas”. Abrahán respondió: “Recuerda, hijo,
que ya recibiste tus bienes durante la vida, y Lázaro, en cambio, males. Ahora
él está aquí consolado mientras tú estás aquí atormentado […]”[93].
En el siguiente pasaje se añade a la
idea de la existencia del Infierno la de que el número de condenados es muy
superior a la de los que alcanzarán la salvación. Pasajes como éste muestran el
sinsentido de la afirmación de que la encarnación, pasión y muerte de Jesús
tuvo como finalidad la de redimir al hombre de sus pecados, cuando luego la
mayor parte de los hombres sigue estando condenada al eterno sufrimiento del
Infierno. En definitiva, nos encontramos ante una nueva contradicción de la
secta católica, pero son ya tantas que no parece que una más vaya a
escandalizar a nadie, Dice el pasaje citado:
En esta misma línea se encuentran las
durísimas palabras de Jesús contra quienes no le siguen, no creen en él o no
cumplen con sus preceptos, tal como aparecen citadas en el evangelio atribuido
a Mateo:
Finalmente en Apocalipsis se especifica con claridad que el Infierno no es un
castigo destinado para malvados especialmente refinados, merecedores de un
castigo tan absurdo y definitivo, sino para cualquiera que incumpla normas, que
aunque puedan ser importantes, su incumplimiento no es proporcional ni mucho
menos al castigo que implica el Infierno y mucho menos teniendo en cuenta que
castigos como ése no sirven para otra cosa que para causar sufrimiento, pero ni
purifican ni ayudan a mejorar al transgresor de las normas. Dice el Apocalipsis en este sentido:
“En
cuanto a los cobardes, los incrédulos, los depravados, los criminales, los
lujuriosos, los hechiceros, los idólatras y los embusteros todos, están
destinados al lago ardiente de fuego y azufre, que es la segunda muerte”[96].
[1] Génesis, 3:23-24.
[2] Deuteronomio, 4:40. Obsérvese que la expresión “prolongues tus días”
no tendría sentido si después de la muerte hubiera otra vida mejor, pues ¿qué
sentido tendría prolongar los días de esta vida pudiendo gozar de la vida
aterna? Un pensamiento similar aparece en Deuteronomio
8:1.
[3]1 Reyes,
14.
[4] Génesis, 26:2-4.
[5] Génesis, 28:14.
[6] Deuteronomio, 8:1.
[7] 2 Samuel,
7:12:
[8] Salmos, 115,
14-17.
[9] Jeremías, 33, 22.
[10] Deuteronomio, 6:18-19.
[11] Salmos, 37:9.
[12] Salmo, 37:22.
[13] Génesis, 3:19.
[14] Salmos, 90:3.
[15] Job, 10:9.
[16] Job, 17:13.
[17] Job, 17:16.
[18] Eclesiástico, 17:1.
[19] Eclesiástico, 17:28.
[20] Eclesiástico, 38:21-22.
[21] Eclesiástico, 40:11.
[22] Eclesiástico, 41:3-4.
[23] Job, 14:12
[24] Job, 21:13.
[25] Eclesiástico, 17:1-2.
[26] 2 Samuel,
14:14:
[27] 1 Crónicas,
27:15.
[28] 2 Reyes,
20:1.
[29] Salmos, 39:14.
[30] Salmos, 90:10.
[31] Salmos, 103:14-15.
[32] B. Pascal: Pensamientos.
[33] Salmos, 144:4.
[34] Isaías, 2:22.
[35] Job, 7:16.
[36] Job, 10:7-9.
[37] Job, 10:20-22.
[38] Job, 14:5-6.
[39] Job, 14:10.
[40] Eclesiástico, 18:9-12.
[41] Salmos, 39:14.
[42] Salmos, 116:15.
[43] Isaías, 2:22.
[44] Ezequiel, 31:14.
[45] Job, 7:9.
[46] Job, 17:15-16.
[47] Job, 21:23-25.
[48] Eclesiástico, 37: 25.
[49] Salmos, 30:10.
[50] Salmos, 39:6-7.
[51] Job, 7:9.
[52] Eclesiastés, 2:16.
[53] Eclesiastés, 3:19-20.
[54] Eclesiastés, 6:12.
[55] Eclesiastés, 11:8.
[56] Eclesiastés, 9:10.
[57] Eclesiástico, 14:16.
[58] Eclesiástico 31:27-28.
[59] Eclesiastés, 8:15.
[60] Daniel, 12:2.
[61] 2 Macabeos, 7:9.
[62] Eclesiástico, 19:19.
[63] Juan, 3:14-15.
[64] Juan, 3:18. Traducción de Reina-Valera (1960).
[65] Juan, 3:36.
[66] Juan,
6:40.
[67] Juan, 6:47
[68] Juan, 6:50.
[69] Juan, 6:51.
[70] Juan, 6:54. Pasaje similar en 6:58.
[71] Juan, 8:51. Tampoco se dice aquí nada de quien
[72] Juan, 10:27-28.
[73] Juan, 11:25-26.
[74] Juan, 11:26
[75] Juan, 3: 54.
[76] Juan, 5:24.
[77] Juan,
5:29.
[78] Juan, 8:24.
[79] Isaías, 26:19.
[80] 2 Macabeos, 12:43-44.
[81] Romanos, 10:
9.
[82] Gálatas, 2: 16.
[83] Romanos, 1: 17.
[84] Romanos, 5: 17.
[85] Romanos, 10:
9.
[86] Gálatas, 5: 6.
[87] Romanos, 12:8-9.
[88] Ezequiel, 26:19-20.
[89] Mateo, 5:29.
[90] Marcos, 9:47.
[91] Mateo, 12:49-50.
[92] Mateo, 25:41.
[93] Lucas, 16:23-25.
[94] Mateo, 22:14.
[95] Mateo, 25:41.
[96] Apocalipis, 21:8.
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