La Jerarquía Católica realiza suculentos negocios con la idea de los “milagros”, los cuales estarían en contradicción con el cumplimiento de los supuestos planes eternos de su dios
La Iglesia Católica: Crítica de sus doctrinas fundamentales (29)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación
La Jerarquía Católica desde hace ya muchos siglos ha encontrado otra forma de diversificar sus grandes negocios económicos inculcando en los fieles la idea de que Dios realiza milagros especiales alterando el funcionamiento natural de sus leyes eternas.
La misma crítica aplicada a la oración vale también para los milagros, que, consecuentemente, carecen de sentido. La creencia en ellos sólo se explica a partir del antropomorfismo de suponer que, de pronto y a última hora, Dios, de manera directa o por la mediación de su madre o de los santos, cambia los planes de sus leyes eternas y los rectifica para resolver un asunto particular que, al parecer, no supo prever cuando, desde la eternidad, “predeterminó” el desenvolvimiento de la realidad natural.
En consecuencia esta doctrina supondría creer que o bien Dios se equivocó al establecer sus designios eternos, o bien se equivoca ahora cuando los modifica atendiendo a las súplicas de los hombres o dejándose llevar de la compasión, como si anteriormente no la hubiera tenido en cuenta. Pero ambos planteamientos contradicen la idea de la absoluta perfección divina y, por ello, resultan inaceptables.
Por otra parte, resulta sarcástico y de un egoísmo ridículo llegar a creer que Dios o la Virgen o cualquier santo puedan estar pendientes del reuma o de la parálisis de uno que tiene dinero -al menos para acudir a Lourdes- y que al mismo tiempo se olviden de tantos miles de niños que cada día mueren de hambre, olvidados por Dios y por toda la humanidad.
Sin embargo, a la Jerarquía Católica le interesa fomentar la creencia en los milagros por dos motivos fundamentales:
En primer lugar, por el suculento negocio que se monta en una serie de “santuarios” repartidos por gran parte del planeta, entre los cuales se encuentran los de Lourdes en Francia, Fátima en Portugal, y la misma basílica de “San Pedro” en el Vaticano.
Y, en segundo lugar, porque la histeria colectiva que va asociada a la aglomeración de muchos miles de fieles en esos lugares tiene un efecto multiplicador en el crecimiento del fanatismo de estos fieles que, al verse sumergidos en medio de una multitud que tiene las mismas o parecidas creencias, tienden a creer que ese hecho representa una demostración de la verdad de sus creencias, lo cual es un error, pero contribuye al crecimiento del gran negocio de la Jerarquía Católica. Y digo “de la Jerarquía Católica” porque, en efecto, es ella la que luego se enriquece y disfruta de los beneficios obtenidos mediante la serie de ceremonias teatrales que se realizan en tales lugares en espera de los correspondientes “milagros”, que, cuando se producen, sólo son efecto de un montaje teatral o están relacionados con una enfermedad histérica que, efectivamente, puede provocar que un paralítico pueda llegar a andar. Sin embargo, es bastante sintomático de la falsedad de tales milagros el hecho de que a un cojo nunca le crezca una pierna o que a un ciego sin ojos no le aparezcan unos ojos nuevos o que nunca se consiga resucitar a un muerto y mucho menos si el muerto lleva ya diez años enterrado.
Resulta curioso como simple anécdota relacionada con la auténtica finalidad de estos lugares recordar que –por lo menos hace sólo unos diez años- a la entrada al recinto del santuario de Lourdes había un letrero que decía en varios idiomas: “Prohibido mendigar”. Resulta algo sarcástico que en el mismo lugar al que la gente acude para “mendigar” a María un milagro se prohíba mendigar una simple limosna material a esos fieles que van a mendigar. La explicación de esta prohibición parece consistir en que el dinero que se de a los pobres es dinero que deja de percibir la Jerarquía Católica, que sí mendiga limosnas o incluso pagos ya establecidos por cualquier tipo de petición que se pretenda conseguir de María por la mediación de las oraciones y de las ceremonias organizadas por la Jerarquía Católica y por sus delegados en tales lugares. Otro motivo de tal prohibición, tan contradictoria con los supuestos fines del cristianismo, es que la presencia incontrolada de gente que vive en medio del hambre y de la miseria crearía un ambiente “muy desagradable” a la vista. Pero resulta realmente paradójico que María se tuviera que preocupar especialmente de los ricos que han tenido dinero suficiente para realizar el viaje a su santuario en lugar de preocuparse por la gente que malvive y muere de hambre, tanto si se trata de los pobres que puedan acercarse hasta Lourdes como de los que ni siquiera tienen dinero para llegar a ese lugar.
Así que parece que el auténtico milagro de tales lugares consiste de manera especial en las ganancias de la Jerarquía Católica y en los grande negocios que se crean en tales lugares, relacionados con la venta de recuerdos, de medallas y de imágenes y con la correspondiente creación de establecimientos hoteleros y todo lo que viene asociado a las constantes visitas a esos “santuarios” (?).
martes, 1 de abril de 2008
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