La Jerarquía Católica considera a la divinidad como un tirano capaz de las mayores atrocidades
La Iglesia Católica: Crítica de sus doctrinas fundamentales (30)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación
La Jerarquía Católica defiende la absurda doctrina antropomórfica según la cual Dios sería algo así como un tirano o un patrono de esclavos, dueño de la vida humana y capaz de cometer las mayores atrocidades contra él hasta el punto de poder exigirle el sacrifico de su propia vida o el de otras personas como una muestra de sumisión.
Ese despotismo atribuido a la divinidad aparece de manera especial en el Antiguo Testamento en actos de crueldad de Yahvé contra la humanidad, como la supuesta expulsión de Adán y Eva del Paraíso, el supuesto diluvio universal, que habría extinguido a casi toda la especie humana, la exigencia a Abraham del sacrificio de su hijo Isaac, que, aunque sólo se presentó como una prueba a la que Yahvé le sometía, implicaba la consideración de que la obligación de Abraham era la de obedecerle de manera sumisa y por encima de cualquier respeto a la vida humana y, en este caso, la de su propio hijo. Ante esta supuesta actitud de Yahvé, conviene tener presente que, según las propias doctrinas morales del cristianismo, lo que realmente cuenta en las acciones es la intención y no el hecho material realizado, de manera que para ese Dios lo realmente valioso en el comportamiento de Abraham era su disposición a obedecerle hasta el punto de asesinar a su propio hijo para complacerle por simple capricho y sólo como una prueba de sumisión. Igualmente absurdo habría sido el sadismo representado por los sufrimientos gratuitos inferidos a Job sólo para comprobar hasta dónde alcanzaba su fidelidad; las plagas de Egipto y, en especial, la décima, que en teoría habría supuesto la muerte de todos los primogénitos egipcios que ninguna culpa tenían de la oposición del faraón egipcio a dejar partir en libertad al pueblo judío.
Esta absurda doctrina está inspirada, efectivamente, en el antropomorfismo relacionado con la crueldad que, de hecho, ha caracterizado a la humanidad a lo largo de su historia, crueldad que condujo a los creadores de la religión judía y a su ramificación cristiana a considerar a la divinidad como una especie de tirano absoluto con derecho a tratar al hombre como a un simple juguete sin un valor y un dignidad propia que la propia divinidad tuviera que respetar. Esa bárbara doctrina acerca del modo de ser de la supuesta divinidad no pertenece exclusivamente a los tiempos en que se escribieron los diversos libros de la Biblia sino que posteriormente, en el siglo XIII, Tomás de Aquino, una de las más altas autoridades valoradas por la Jerarquía Católica, escribió –sin que la Jerarquía Católica se haya opuesto a tal doctrina- que el hombre está predestinado por Dios para ser salvado o para ser condenado, sin que tal salvación o tal condena tengan nada que ver con los méritos o deméritos humanos, pues la omnipotencia divina no puede estar subordinada a nada. En este sentido, escribe Tomás de Aquino:
“Y como se ha demostrado que unos, ayudados por la gracia, se dirigen mediante la operación divina al fin último, y otros, desprovistos de dicho auxilio, se desvían del fin último, y todo lo que Dios hace está dispuesto y ordenado desde la eternidad por su sabiduría [...], es necesario que dicha distinción de hombres haya sido ordenada por Dios desde la eternidad. Por lo tanto, en cuanto que designó de antemano a algunos desde la eternidad para dirigirlos al fin último, se dice que los predestinó [...] Y a quienes dispuso desde la eternidad que no había de dar la gracia, se dice que los reprobó o los odió [...] Y puede también demostrarse que la predestinación y la elección no tienen por causa ciertos méritos humanos, no sólo porque la gracia de Dios, que es efecto de la predestinación, no responde a mérito alguno, pues precede a todos los méritos humanos [...] sino también porque la voluntad y providencia divinas son la causa primera de cuanto se hace; y nada puede ser causa de la voluntad y providencia divinas” .
En definitiva, la divinidad que sigue presentando la Jerarquía Católica tendría el derecho de exigir al ser humano su total sumisión, obediencia y adoración sin condiciones de ninguna clase.
Por otra parte, la misma doctrina según la cual Dios manda y el hombre debe obedecerle es simplemente antropomórfica: Sólo manda quien no puede conseguir las cosas por sí mismo o quien disfruta disponiendo de la vida de los demás, pero Dios no necesitaría siervos para conseguir nada, puesto que todo lo posee, ni tampoco podría ser un tirano que disfrutase dando órdenes bajo la amenaza del Infierno en el caso de que no se le obedeciera.
Además suponer que Dios tuviera el derecho a ordenar nada al ser humano plantearía diversos problemas desde el punto de vista lógico:
En primer lugar y como diría Hume, a partir de la existencia de Dios como la de un ser infinitamente poderoso no se deduce que el hombre deba obedecerle. Si Dios creó al hombre, lo hizo porque quiso, pero en ningún caso estableció con el hombre un pacto previo por el cual lo crearía sólo bajo la condición de que se comportase de acuerdo con sus órdenes, pues evidentemente ese pacto no podía establecerse porque el hombre todavía no existía y no pudo aceptarlo libremente.
En segundo lugar, la obediencia a Dios por parte del hombre sólo habría podido tener sentido a partir de los siguientes motivos: 1) Para no ser condenado al Infierno, 2) Para ser premiado con el Cielo, y 3) Para conseguir el bien existente en lo ordenado por Dios.
La aceptación de cualquiera de los tres motivos como justificación de la obediencia a Dios implicaría evidentemente una actitud interesada, que, como Kant diría, no tendría valor moral, ya que obedecer por temor al Infierno o por deseo del Cielo no es cumplir con ningún tipo de deber por simple respeto a una ley moral, y obedecer los mandatos divinos porque lo que manda es bueno equivale a afirmar que lo prioritario a la hora de guiar las acciones no es el hecho de que sea Dios quien las ordene, sino el hecho de que el ser humano haya comprendido que tales acciones son buenas, es decir, beneficiosas para él y tal comprensión sería lo que le impulsaría a su realización, de forma que el fin de la acción no sería el respeto a la ley, sino el de alcanzar el bien derivado del cumplimiento de lo ordenado.
Además y de acuerdo con Tomás de Aquino, el cumplimiento o incumplimiento de las normas morales dictadas por Dios no implicaría en ningún caso que la voluntad divina tuviera que actuar posteriormente premiando o castigando al ser humano como consecuencia de sus acciones, pues esto implicaría una negación de la predestinación divina a la que todo estaría sometido, tal como se ha señalado en la cita anterior.
martes, 8 de abril de 2008
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