martes, 1 de abril de 2008

La Jerarquía Católica niega la inmutabilidad
y la providencia divina al subordinar
la acción de Dios a las oraciones del hombre

La Iglesia Católica: Crítica de sus doctrinas fundamentales (28)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación

La Jerarquía Católica, al igual que la de la práctica totalidad de religiones desde sus raíces antropomórficas, considera que las oraciones humanas pueden modificar las decisiones inmutables de su divinidad, negando de modo implícito que la propia inmutabilidad y la providencia de su dios.
Al margen de su falsedad, esta doctrina tiene una primordial importancia para el enriquecimiento económico de la Iglesia en cuanto de este modo y mediante las diversas ceremonias en las que la oración se convierte en su finalidad esencial, la Jerarquía Católica recauda una ingente cantidad de dinero como consecuencia de toda clase de rituales mágicos relacionados con los rezos por la salvación de las almas de los difuntos, por las víctimas de un terremoto, por los combatientes de un bando de una guerra, a quien acompañan diversos curas castrenses, por los combatientes del otro bando, a quienes acompañan otros curas, por la victoria de un bando en esa guerra, por la victoria del otro bando, por la paz del mundo, por el buen funcionamiento de los tanques y aviones de guerra, por el Papa, por Franco, por Hitler, por todo aquel que disponga de dinero para pagar a la Jerarquía Católica el dinero estipulado para decir una misa o cincuenta en sufragio por el alma de su abuelo, por nuestras autoridades, por los pobres del mundo para que soporten su situación con cristiana resignación, por los ricos para que mantengan y amplíen su riqueza, por librarnos de las sequías, por librarnos de los diluvios, por librarnos de cualquier plaga, por librarnos de una enfermedad, por habernos salvado de morir en un accidente, por no habernos librado, pero para que nos conceda la eterna salvación, para que nos toque la lotería, por haber hecho que nos tocase, por el perdón de nuestros pecados, por el perdón de los pecados ajenos, por la conversión de los judíos, por la conversión de Rusia, para que realice el milagro de curarnos de una enfermedad incurable, para darle gracias por el engrandecimiento de nuestro patrimonio obtenido mediante la explotación del prójimo, la usura o el robo, para darle gracias por lo bien que vivimos mientras una tercera parte del mundo vive en la más absoluta miseria…
En definitiva, la oración se convierte de este modo en el núcleo fundamental de casi todas las ceremonias religiosas y en lo que da sentido a la asistencia de los fieles al local religioso en donde las oraciones parecen obtener mejores resultados hasta el punto de que sin ellas esos mismos locales –las iglesias- dejarían de tener sentido.
Esta doctrina, tan importante para el funcionamiento de la secta católica, olvida que Dios, siendo infinitamente bueno, omnipotente y omnisciente, no necesitaría que nadie, a través de sus oraciones, tratase de recordarle lo que tiene que hacer ni tratase de influir en él pidiéndole que cambiase sus planes, realizando acciones contrarias a sus designios eternos y perfectos.
Aunque puede parecer natural que uno recurra a Dios cuando se encuentra ante una dificultad frente a la cual se siente impotente, esa actitud es incongruente con las doctrinas religiosas acerca de Dios, pues si es omnipotente, omnisciente e infinitamente bueno, entonces hará siempre lo mejor y no tiene sentido pedirle que lo haga. Es más, en el fondo de esta cuestión existe una especie de dilema que conduce a una contradicción interna en la doctrina católica, contradicción que sólo se resolvería con la desaparición de cualquier forma de oración que implicase una petición a Dios, fuera del tipo que fuese. El núcleo del problema se encuentra en el siguiente dilema: cuando uno hace una petición a Dios o bien le pide que realice lo mejor, o bien le pide que realice algo que no es lo mejor. La primera parte de la alternativa o bien implicaría una especie de desconfianza consciente o inconsciente hacia Dios, por suponer que sólo hará lo mejor si uno se lo pide y no porque sea infinitamente bueno, o bien implicaría cierta ignorancia en asuntos de teología por desconocer que Dios siempre hace lo mejor y que, en consecuencia, no tiene sentido pedirle que realice aquello que necesariamente hará como consecuencia de su infinita bondad.
A lo largo de su historia más remota, los hombres han creado una imagen antropomórfica de Dios de manera que, del mismo modo que encuentran natural pedir favores a los poderosos por la confianza de que las súplicas y manifestaciones de respeto y sumisión podrán influir en una predisposición más favorable respecto a sus peticiones, así también llegan a creer que la mejor o peor predisposición de Dios depende igualmente de las diversas súplicas y oraciones mediante las cuales le manifiesten su respeto, su adoración y su fidelidad.
Por otro lado, la segunda parte de la alternativa implicaría algo así como tentar a Dios, al rogarle que deje de hacer lo mejor en un sentido absoluto para hacer lo que uno valore como lo mejor para él. A la objeción según la cual, aunque Dios realiza siempre lo mejor, desea que el hombre se lo pida, hay que responder que es absurdo tener que pedir lo que de antemano se sabe que necesariamente se ha de cumplir por ser lo mejor y por depender de Dios, que sólo actúa de acuerdo con este principio. Además, suponer que Dios desea que el hombre le pida cualquier cosa implica de nuevo el regreso a esa interpretación antropomórfica de Dios, pues, si Dios fuera perfecto, sería una equivocación suponer en él la existencia de deseos, ya que sólo quien carece de algo puede desearlo, pero por definición un ser perfecto de nada carece y, por ello, nada desea.
Quizá alguien pudiera objetar que sería el hecho de pedirle algo a Dios lo que convertiría esa petición en algo bueno. Pero ya en el siglo XIV Guillermo de Ockam señaló que la bondad de cualquier realidad estaba subordinada a la omnipotencia divina; y, en consecuencia, que Dios había establecido los valores no porque fueran buenos en sí mismos, sino que eran buenos porque Él así lo había establecido, de manera que no existía nada que fuera bueno en sí mismo y que sirviera de guía a la que se sometiesen las decisiones divinas, pues en tal caso Dios dejaría de ser omnipotente, por estar subordinadas sus decisiones a ese supuesto bien absoluto que estaría por encima de Él, debiendo servirle de criterio para sus decisiones. Esta situación se presenta como mayormente absurda en cuanto la bondad o maldad de cualquier posible acción divina estaría subordinada al hecho de que el hombre la pidiese a Dios, en lugar de que su bondad o maldad estuviera subordinada a la propia divinidad, tal como planteaba Ockham.
Tomando, pues, como referencia estas observaciones de Ockham, si se hace depender el bien de una acción del hecho de que el hombre la pida en ese caso se estará negando la omnipotencia de Dios al subordinar su voluntad a un bien que lo es no porque él así lo haya establecido, sino porque el hombre lo haya pedido. Además, aceptando ese planteamiento, uno podría pedirle a Dios, por ejemplo, que matase a todos sus enemigos, pero no parece que tal petición se pueda convertir en buena por el hecho de pedirla. Por lo tanto, parece claro que el criterio de la bondad de una petición no puede encontrarse en el hecho de que el hombre la pida a Dios, sino que previamente dicha acción debe ya ser buena en cuanto, como pensaba Ockam, el propio Dios así lo haya decidido.
En definitiva, toda esa tradición relacionada con las distintas modalidades de la oración tiene un componente esencial y exclusivamente antropomórfico por el que se tiende a ver a Dios como un ser cuya voluntad puede ser comprada o modificada mediante suplicas, sacrificios, gestos de sumisión y obediencia, etc. Y, en este sentido, habría que considerar la oración (en cuanto petición) como una ofensa a Dios, pues o bien supondría una desconfianza, o bien una pretensión de tentar a Dios-, y, en cualquier caso, no tendría sentido verla como un acto piadoso.
En cuanto casi todo el ritual cristiano gira en torno a la oración y en cuanto la oración sería una ofensa a Dios, en esta misma medida el conjunto de rituales y ceremonias que giran en torno a la oración carece de sentido: Así sucede no sólo con las diversas ceremonias relacionadas con lo anteriormente señalado, sino también con las distintas oraciones prefabricadas, como el Padre nuestro, el Ave María, la Salve, la Letanía, el Rosario, el Vía Crucis, la Misa, el Réquiem por los difuntos, y todas las ceremonias cuya esencia se relaciona siempre con peticiones y ruegos a Dios.
Eliminada la oración del ritual religioso, ¿qué sentido podría tener acudir a la iglesia? ¿Qué se le podría decir a Dios que él no supiese? ¿Quizá habría que acercarse a la Iglesia para agradecerle sus favores? Pero a Dios no le supone ningún esfuerzo el hacerlos; además, si los hiciera, no sería porque el hombre se lo pidiese sino porque serían la manifestación de su perfección, la cual le llevaría en todo momento a obrar de acuerdo con ella, tanto cuando pareciese que beneficiaba al hombre como cuando pareciese que le perjudicaba.
Dios haría siempre lo mejor y no podría hacer otra cosa porque su perfección le llevaría a querer sólo mejor, y, por ello, la oración carecería de sentido.
Aceptando esta crítica, se podría argumentar que la oración podría ser un medio para sentir más intensamente la unión con Dios, venciendo así la sensación de soledad que en ocasiones acompaña al hombre y tomando una conciencia renovada de la presencia de Dios y de su constante protección. Sin embargo, desde el momento en que uno tratase de ponerse “en contacto con Dios”, sólo estaría demostrando su desconfianza respecto a la constante omnipresencia divina y esa conducta sólo sería una muestra más de debilidad y no un mérito especial.
Por ello, si a la Iglesia no la guiasen intereses económicos, como los que se muestran en los grandes montajes de Lourdes o de Fátima, debería prohibir la oración. Pero eso significaría su suicidio como institución económica –que es lo que especialmente es-, pues la existencia de los ambiciosos intereses económicos de la Jerarquía Católica, cuya economía se sustenta en la ingenua credulidad de la gente, dificulta enormemente la superación de este antropomorfismo criticado por Platón hace ya cerca de 2.500 años.

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