sábado, 30 de agosto de 2008

क्रिस्तिअनिस्मो य Latíन

CRISTIANISMO Y LATÍN

Antonio García Ninet

Doctor en Filosofía


Los curas no tienen mucha idea del latín por el hecho de ser curas, por mucho que quieran presumir del "Pater noster..." y del "Credo in unum Deum...". Recuerdo que en la facultad de Filosofía de Valencia (España) había un compañero cura que -quizá sin saberlo- iba ya de mártir por adelantado a causa de los sufrimientos que le producían los discursos de Cicerón, que no son especialmente complicados.

¿Cuál es la causa de que, de acuerdo con las consignas del señor Ratzinger, la jerarquía católica pretenda reintroducir el latín, a pesar de las reformas del Concilio Vaticano II en un sentido contrario? La respuesta es muy sencilla: La jerarquía católica, con el señor Ratzinger, su actual jefe, a la cabeza a tomado esta decisión porque, como juegan a hechiceros, se han dado cuenta de que el pueblo sencillo e ingenuo se asombra más de lo que no entiende, juzgándolo humildemente como verdad sublime a la que su mente es incapaz de llegar, que ante las simplezas y absurdos que capta fácilmente cuando los escucha en su propio idioma.
El señor Roncalli, alias Juan XXIII, no entendió bien el negocio de esos mafiosos. Ha sido preciso que Herr Ratzinger alcanzase el poder supremo de esta multinacional mafiosa para que pusiera de nuevo las cosas en su sitio: Al pueblo no conviene contarle cosas que pueda entender y criticar sino sólo hablarle con expresiones cuyo sentido resulte incomprensible, incluso para la propia jerarquía, pues de ese modo no las podrá criticar y seguirá pensando "¡Qué sublime sabiduría debe de haber en esas palabras cuando mi mente es incapaz de entender nada!". ¿Por qué, si no, estuvo incluida la Biblia en el Indice de Libros Prohibidos? Evidentemente, por ese mismo motivo. ¿Por qué la Santa (?) Inquisición condenó a fray Luís de León? Pues por haber traducido al castellano "El cantar de los cantares", uno de los libros de la Biblia.

Que no pretendan argumentar que las lenguas actuales son incapaces de expresar los contenidos religiosos o que el latín es un lenguaje más perfecto para conseguir los objetivos religiosos, pues lo que sucede es que a la jerarquía católica y a su negocio le viene muy mal que sus creyentes vayan descubriendo la multiud de contradicciones, falsedades y absurdos que hay en los contenidos de esa ideología embaucadora tan absurda y que sólo es el medio inicial para el desarrollo de ese imperio político, económico y social que contamina perniciosamente los distintos puntos de nuestro planeta.

martes, 3 de junio de 2008

Día negro para nuestra democracia: El Congreso de los Diputados, arrodillado ante la Jerarquía Católica
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía

El día 26 de mayo fue, efectivamente, un día negro para la historia de nuestra democracia. A propuesta de Izquierda Unida se había planteado en el Congreso que los símbolos religiosos desaparecieran de los actos de carácter político. Cualquiera que haya leído nuestra Constitución sabe perfectamente que la presencia de cualquier simbología religiosa en tales actos políticos es contraria a la Constitución desde el momento en que ésta señala, en su artículo 16.3, que
“Ninguna confesión tendrá carácter estatal”
Por ello, una consecuencia evidente de este carácter aconfesional del Estado español es que la simbología religiosa de cualquier tipo debe quedar para el ámbito privado desapareciendo de la actividad y del protocolo de cualquier ceremonia política en cuanto eso es lo que dispone la Constitución y en cuanto además el respeto a la pluralidad de creencias o incredulidades de nuestro pueblo debería implicar la retirada de esa simbología que no por tradicional debe mantenerse como si se tratase del “derecho consuetudinario adquirido” a seguir disfrutando de los injustos privilegios que ha tenido en España a lo largo de los siglos.
El presupuesto básico de la actividad política de cualquier congresista debería ser el de la de la defensa del orden constitucional, procurando que todas sus actuaciones políticas se enmarcasen adecuadamente dentro del marco de la Constitución. Sin embargo, la actuación de la gran mayoría los señores diputados en su reunión del día 26, en la que se sometió a votación si debían suprimirse o no los símbolos religiosos en los actos protocolarios del nombramiento de ministros y, por extensión, en cualquier otro acto político, fue realmente bochornosa precisamente porque en lugar de defender esa Constitución que habían prometido -o jurado- defender, la menospreciaron de modo sorprendente e incalificable.
¿Cómo pudo suceder que la votación fuera ten mayoritariamente contrario a la propuesta de Izquierda Unida, cuando se trataba de la propuesta de que se cumpliera nuestra Constitución, lo cual no siquiera debería haber sido objeto de polémica alguna?
¿Cómo habrá que entender a partir de ahora ese artículo 16.3 de nuestra Constitución? Si el Estado Español no tiene carácter confesional, ¿qué pinta el crucifijo no solo como símbolo en las ceremonias oficiales sino incluso colocado en el centro de la mesa, dejando a un lado la Constitución española, como si la España del siglo XXI siguiera siendo un feudo del Estado del Vaticano y de su Jerarquía. Realmente es inconcebible y sólo podemos creer que es así porque desgraciadamente lo hemos comprobado no sólo en esa votación sino también en la serie de “tributos” o de “impuestos” que nuestro país sigue pagando “religiosamente” (¡?!) a ese otro Estado desparramado por todo el mundo, pero teniendo su sede central enclavada en Roma.
¿¡Hasta cuando seguirá España sometida a la Jerarquía Católica!? Y digo a la “Jerarquía Católica” porque quiero que se me entienda bien. No estoy hablando de los cristianos en general ni de los católicos en particular sino de ese grupo especial constituido por la Jerarquía Católica que es quien maneja de un modo exclusivo y a su arbitrio los hilos políticos y las enormes riquezas de esa organización, pues el resto, los llamados “fieles” o “rebaño” cristiano, a pesar de ser con mucho el grupo mayoritario de esa organización, simplemente adopta una actitud de sumisión pasiva ante las consignas de sus “pastores” y trata de seguirlas en mayor o en menor medida según la fuerza con que llegue hasta ellos el martilleo de las homilías y consignas dominicales.
Parece que desde el punto de vista teórico es habría que tener un cociente intelectual especialmente bajo para no comprender la relación deductiva existente entre el artículo 16.3 de nuestra Constitución y la propuesta presentada por Izquierda Unida.
¿Por qué, sin embargo, el Congreso ha menospreciado dicho artículo para seguir defendiendo la subordinación de nuestro país, arrodillándose ante la autoridad de Roma?
Si, como dijo Bismarck, “la política es el arte de lo posible”, parece que los políticos –y en especial los del PSOE- hayan considerado que en estos momentos no era posible plantar cara a la Jerarquía Católica para colocarla en su sitio, que sería -si acaso- en sus respectivas iglesias o en el Vaticano, y que, por ello, han seguido cediendo al chantaje que implica el mantenimiento de esa simbología religiosa que preside las ceremonias políticas de nuestro país y la continuidad de esa multitud incontable de privilegios con la que se sigue enriqueciendo a la Jerarquía Católica en España a costa del dinero de todos los españoles, incluido no sólo el de quienes practican otra religión o el de quienes no creemos en ninguna sino especialmente el de quienes apenas si tienen dinero para llegar a fin de mes.
¿Qué habrá que hacer para conseguir que finalmente nuestros Estado se libere de la camisa de fuerza representada por la ambición ilimitada de la Jerarquía Católica?
Por el momento parece como si no nos quedase otro remedio que el de denunciar a nuestros políticos, con la honrosa excepción de Izquierda Unida y de algún otro diputado, por haber cedido a ese vergonzoso chantaje.
Y, aunque esa denuncia pueda parecer algo así como el ejercicio del simple “derecho al pataleo”, debemos ser conscientes de que, en nuestra lucha constante por defender la libertad frente al oscurantismo y las ansias opresoras y sin escrúpulos de la Jerarquía Católica, la fuerza de nuestra razón irá creciendo y haciéndose imparable en la misma medida en que no nos resignemos y mantengamos nuestra actitud de denuncia, desenmascarando la constante hipocresía de dicha Jerarquía, sus contantes atropellos de la libertad de nuestro país y la constante sangría económica a la que lo someten mediante el chantaje al que someten a nuestros gobernantes, que no tienen la suficiente valentía como para enfrentarse a esa presión ejercida “con guante de terciopelo y puño de hierro”, como fue la consigna del señor Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei.
La razón y la denuncia constante son, pues, las armas más importante en nuestra lucha por la recuperación de nuestra libertad frente a la esclavitud milenaria de nuestro pueblo a dicha organización.
Y, en esa actitud de crítica racional y de denuncia, hay que destacar de manera especial y como esperanza en esa lucha por la recuperación de la libertad de nuestro pueblo -y de los demás pueblos de de nuestro entorno, como especialmente los de Hispanoamérica- la labor, más importante cada día, de organizaciones como FIdA (Federación Internacional de Ateos), como UCR (Unidad Cívica por la República) y como todas las que luchan por desenmascarar y parar los pies a esta Jerarquía Católica, digna heredera de su “Santa –y atroz- Inquisición”.

martes, 20 de mayo de 2008

La hipocresía del cardenal Cañizares
y de sus colegas

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía

Aunque han pasado más de dos meses desde que el señor Cañizares, cardenal de Toledo, realizó una serie de declaraciones al diario italiano Il corriere della sera, me ha parecido conveniente comentar algunas de sus palabras porque representan la pauta constante seguida por la Jerarquía de la organización a la que pertenece, cuyo centro se encuentra en el Vaticano, estado independiente que, por lo mismo que es respetado, debería respetar el funcionamiento interno de los demás estados y, mucho más, teniendo en cuenta que se trata de un estado con un sistema político medieval, totalmente alejado del sistema democrático defendido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
En referencia al aborto y a la eutanasia y basándose en su prejuicio acerca del momento en que nos encontramos ante una vida humana y del absurdo de que el hombre tenga la obligación de sufrir mientras su dios así lo quiera, dijo el señor Cañizares que “quien niega el derecho a la vida está en contra de la democracia y conduce a la sociedad hacia el desastre”, olvidando que fue la Jerarquía de su organización la que tradicionalmente, desde hace ya muchos siglos, defendió y sigue defendiendo la pena de muerte y la ha estado aplicando, tanto cuando contó con suficiente poder político, sirviéndose del tribunal de su “Santa Inquisición” para condenar a todo aquel de quien sospechase que podía poner en peligro su autoridad ideológica y política, como posteriormente, cuando ha estado apoyando sistemas políticos dictatoriales como los de Hitler, Franco y los de las diversas dictaduras de Hispanoamérica durante los últimos años, colaborando incluso en los crímenes y asesinatos realizadas por tales dictaduras.
Fue realmente vergonzoso el comportamiento de la Jerarquía católica –no el de los católicos-, pero igualmente lamentable y estúpidamente osado que ahora el señor Cañizares y otros colegas suyos pretendan dárselas de ¡¡¡defensores de la democracia!!! teniendo en cuenta no sólo el comportamiento tradicional de su organización sino el hecho de que quienes dicen pretender la defensa de la democracia en un estado ajeno al suyo sean los “príncipes” de un sistema político, como lo es el del Estado del Vaticano, que nunca ha sido ni pretende ser democrático sino que sigue anclado en un régimen político medieval, en el que sus miembros de base no pintan absolutamente nada en las decisiones que sus autoridades quieran tomar, tanto en el ámbito religioso teórico como en el de las decisiones acerca del destino de las incalculables riquezas con que cuenta dicho estado, riquezas que prioritariamente se dedican a engrandecer el poder y el refinado lujo de esos obispos, cardenales y papas, pretenciosos y ridículos “príncipes” feudales del siglo XXI.
Pero, además de que no practican la democracia en sus propias instituciones, tienen el hipócrita descaro de atacar a un estado democrático que aprueba sus leyes no como consecuencia de decisiones arbitrarias y autoritarias de sus gobernantes -como son las que toma la jerarquía de esa organización- sino como consecuencia del funcionamiento de instituciones democráticas, como la del Congreso de los Diputados, elegidas por el pueblo, que son las encargadas de elaborar y de aprobar o rechazar las leyes que rigen nuestra convivencia.
Añade este señor que “quien niega el derecho a la vida… conduce a la sociedad al desastre”, y también tiene razón en esto, pues en efecto la actitud sanguinaria de la Jerarquía de la Iglesia de Roma condujo al desastre a las sociedades europeas durante las cruzadas, durante la conquista y exterminio de los pueblos autóctonos de Hispanoamérica, durante las guerras de religión que alentaron en Europa a lo largo de mucho años de su historia, y durante nuestra sangrienta guerra civil, que ellos santificaron con el nombre de “Cruzada nacional”.
Afirma igualmente que España está cayendo en la “dictadura del relativismo”, como si tal relativismo fuera una desgracia. Parece que a este señor y a sus colegas no les hace ninguna gracia que los españoles dejen de ser sumisos corderos de las consignas de los agentes del Vaticano, que con Franco vivían tan bien y tan identificados con su régimen fascista que incluso nos dejaron innumerable fotos saludando al estilo de aquel fascismo autoritario, opresor del pueblo y enemigo de la democracia, de la justicia y de la libertad. Y sí, es verdad, la superación de aquella dictadura dio paso a una libertad de información, de pensamiento y de expresión que ha provocado que muchos españoles –y cada día más- hayan tomado conciencia de que son dueños de su vida y de que nadie tiene el derecho de pensar por ellos ni decirles cómo deben pensar, y mucho menos que tengan la obligación de regirse de acuerdo con las directrices de unos señores que, como agentes del Vaticano, siguen sus consignas y se inmiscuyen constantemente en nuestras instituciones y en nuestra forma de vida en lugar de ocuparse de democratizar su propio estado y de vivir de su trabajo en lugar de extorsionar continuamente al estado español como vampiros succionando la sangre de sus víctimas.
Si por “relativismo” entiende este pobre señor que muchos españoles hayan dejado de seguir las consignas del Vaticano o las de sus agentes en España a la hora de tomar decisiones acerca de su propia vida, eso será una mala noticia para él, pero una excelente noticia para quienes amamos la libertad y el derecho inalienable de cada persona a vivir de acuerdo con su propia conciencia sin someterla al arbitrio de ninguna confesión religiosa ni de cualquier otro tipo, con intereses privados muy distintos, por cierto, de los que proclaman en público.
A pesar de los constantes ataques de su organización al gobierno socialista de España, el señor Cañizares dijo que no estaba en contra del gobierno, a la vez que se quejaba de que España representaba “la punta más avanzada de la revolución” del relativismo como consecuencia de leyes socialistas que confiaban al Estado la formación moral de los jóvenes. Pero a lo que este pobre señor teme no es a que el estado español asuma su derecho y su deber de preocuparse por la formación y por la educación de sus ciudadanos, sino de manera especial a que tal formación siga abriendo los ojos de nuestra juventud hasta el punto de llegar a comprender que la lección más importante que debe aprender es la de vivir de acuerdo con sus propias convicciones y a decidir libremente acerca de su propia vida sin aceptar las pretensiones de ninguna organización que pretenda arrogarse el derecho a indicarle qué valores y qué concepción de la vida debe aceptar, sin más argumentos que el de una supuesta autoridad moral que pretenden tener por la gracia de “su Dios”, que en realidad no es otro que “el Dios dinero”, que buscan por todos los medios de modo compulsivo.
¿Acaso habría que confiar dicha formación moral a una organización que se ha caracterizado milenariamente por su absoluta falta de escrúpulos a la hora de aliarse con cualquier dictador que les haya ofrecido una buena tajada económica por su colaboracionismo? ¿Acaso habría que confiar la formación moral de los jóvenes a quienes se caracterizan por la desvergüenza más absoluta a la hora de predicar la pobreza a la vez que, poseyendo riquezas incalculables, hacen ostentación de los lujos más asombrosos que se pueda imaginar sin preocuparse para nada de la miseria del mundo y de los millones de niños que cada año mueren de hambre?
A pesar de su antipatía por el gobierno democrático socialista, tan alejada de su simpatía por la dictadura franquista, dijo también el señor Cañizares que la Jerarquía episcopal colaboraría con el gobierno “siempre y cuando se mueva en el camino de la Constitución y persiga, como hace la Iglesia, el bien común”. Pero, ¿desde cuándo les ha importado nuestra Constitución a estos señores, como no haya sido para criticar su carácter laico y democrático? Ahora va a resultar que el señor Cañizares se convierte en adalid de nuestra Constitución, a pesar de que continuamente la ha estado atacando, especialmente cuando critica las leyes que aprueba el Parlamento, leyes que emanan y son consecuencia del desarrollo de esa misma Constitución que dice defender. ¡Hay que ser hipócrita y simple para afirmar tales mentiras y para creer que el pueblo va a seguir creyendo en ellas, cuando de forma reiterada demuestra con sus hechos lo contrario de lo que dice defender! ¡Y encima se atreve a afirmar cínicamente que su organización se preocupa por “el bien común”, a pesar de que no destina ni el uno por cien de las enormes riquezas de que dispone para aliviar el hambre ni la miseria del mundo!
Como colofón de sus reflexiones acerca de la actual situación de nuestro país, insistió este pobre señor, tan respetuoso con nuestro país y con nuestro gobierno, en que Zapatero “conduce a la sociedad hacia el desastre” y está “en contra de la democracia” porque “niega el derecho a la vida”, permitiendo leyes como la del aborto. Claro está, acostumbrado al franquismo y a la dictadura del jefe de su propia organización como lo más natural del mundo, no se le ocurrió pensar que el presidente Zapatero no es un dictador al estilo franquista ni un autócrata al estilo del jefe de su organización que promulgue o derogue leyes a su arbitrio sino que es el pueblo soberano, a través sus representantes el encargado de proponerlas, de aprobarlas o de rechazarlas, y siendo el presidente Zapatero y su gobierno quienes tienen encomendada en estos momentos la misión de hacer que se cumplan.

domingo, 11 de mayo de 2008

¡¡ALEGRÉMONOS POR LA DECADENCIA
DE LA SECTA CATÓLICA,
PERO SIGAMOS EN LA LUCHA HASTA SU DERROTA FINAL!!

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía

El Vaticano se queja de la secularización en España... Pero, ¿por qué se queja? ¿No sucede todo de acuerdo con la voluntad de Dios? ¿No es Dios quien da la fe y la gracia a quien quiere? Al menos eso dice Tomás de Aquino en su Suma Teológica.
Quizá la explicación haya que buscarla en otra parte. Por ejemplo en la repugnante contradicción de una iglesia inmensamente rica que predica a los pobres la resignación cristiana a la vez que les pide dinero para construir seminarios e iglesias y luego impide a esos mismos pobres estudiar en sus colegios e universidades, que reserva para los ricos y para los miembros del Opus.
Quizá la explicación haya que buscarla también en que el pueblo de España está comenzando a abrir los ojos tomando conciencia de que el colectivo de la jerarquía católica vive como Pantagruel, muy al estilo de los grandes millonarios en sus palacios mientras predica, el ayuno, la penitencia y el sacrificio a los demás.
Quizás la explicación se encuentre también en el contraste entre la hipocresía de la forma de vida de esa jerarquía tan dada a las bacanales, a la pederastia y demás desviaciones sexuales motivadas por falta de auténtica labor productiva para la sociedad y la exigencia de todas las penalidades para el pueblo sencillo que no tiene ni para llegar a fin de mes.
Quizás parte de la explicación se encuentre igualmente en el ejemplo (?) de tantos curas que no tienen otro trabajo que el de decir alguna misa al cabo del día y pasarse el resto del tiempo en el bar o en otros lugares un tanto especiales pero que no están precisamente relacionados con las enseñanzas que predican.
Quizá la explicación se encuentre asimismo en que el pueblo ha comenzado a hacerse culto y a comprender en consecuencia que las doctrinas cristianas son un absurdo total, pues no se puede hablar de un Dios absolutamente misericordioso que condena al fuego eterno, no se puede hablar de un Dios que muere para redimirnos del pecado original cuando nadie tiene culpa de ese supuesto pecado, no se puede hablar de un dios providente cuando se supone que él y solo él ha programado con su "eterna sabiduría" (?) tantos desastres, enfermedades, miserias y sufrimientos para la humanidad, no se puede hablar de un dios que quiere nuestra salvación y que desde la eternidad ya ha predestinado a quiénes salvará y a quiénes condenará sin que en sus decisiones influya para nada el mérito o la culpa del hombre, pues nada puede ser causa de la voluntad divina según enseña el propio Tomás de Aquino, doctor de la Iglesia Católica.
Quizá la explicación se encuentre también en la contradicción de unas doctrinas que en teoría defienden el amor a los enemigos y al mismo tiempo afirman que Dios juzgará al final de los tiempos a la humanidad para separar a los buenos para conducirlos a la vida eterna, y a los malos para enviarlos al fuego eterno, lo cual no es precisamente un ejemplo de ese "amor al enemigo" sino una muestra de la "venganza eterna" de ese Dios.
Quizá la explicación se encuentra igualmente en todo ese folklore en que se ha convertido la actividad de la Jerarquía Católica, tan ricamente revestida con sus atuendos medievales, pero un millón de veces superior en su precio al que podría servir para vestir a un millón de mendigos sin nada que ponerse para no pasar frío.
Quizá la explicación se encuentre también en que la gente va comprendiendo poco a poco que para salvarse -si es que hay que salvarse de algo y para algo- no hace ninguna falta acudir a esas iglesias en las que se hace de todo menos dedicarse a ayudar a quienes padecen hambre y sed de justicia y de alimentos y de solidaridad.
Quizá la explicación se encuentre también en que el pueblo va comprendiendo que la auténtica misión de la iglesia es la de ser, como ya señaló Marx, la droga del pueblo, la adormidera que trata de impedirle que resuelva sus auténticos problemas laborales y sociales para liberarse de la opresión que padece por culpa del sistema de producción capitalista en el que los obreros son explotados y la jerarquía de esa Iglesia es la principal cómplice de dicha explotación en cuanto predica la resignación y la obediencia y defiende siempre a los partidos de la derecha capitalista y a las dictaduras que oprimen al pueblo sencillo.
¡¡Alegrémonos de que el poder de esa mafia esté desapareciendo y luchemos por aligerarles cuanto antes de la carga de las incalculables riquezas que a lo largo de los siglos han ido robando al pueblo!!

martes, 8 de abril de 2008

La Jerarquía Católica se ha servido de su supuesto “objetivo celestial” para luchar por un “objetivo terrenal” centrado en el poder y las riquezas, y valiéndose de instituciones
como la Inquisición y de su complicidad
con los tiranos de todos los tiempos

La Iglesia Católica: Crítica de sus doctrinas fundamentales (31)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación



A lo largo de la Historia, la Jerarquía Católica y en especial el “Papa”, como autoridad suprema, ha mantenido una actitud opresora contra las libertades individuales a fin de adquirir y acrecentar sus beneficios económicos y su poder político. Tal actitud quedó especialmente reflejada en instituciones como su “Santa Inquisición”, en su alianza con la monarquía y con la nobleza desde la Edad Media hasta la Revolución Francesa de 1789, y en su constante confabulación sin escrúpulos con los gobiernos opresores de cualquier signo que le permitiesen gozar de libertad para adoctrinar al pueblo, desde una constante actitud opresora en contra de sus libertades, y del chantaje o de la confabulación con el poder político.
La institución de la “Santa Inquisición”, tan cruelmente opresora por lo que se refiere al respeto de la vida humana y de valores como los de la libertad de pensamiento y de expresión, fue utilizada por la jerarquía católica para mantener su poder sobre quienes podían atacar sus doctrinas mediante la luz del libre pensamiento racional, contribuyendo así a la pérdida de su poder político y económico. Los tiempos en los que la Jerarquía Católica ha tenido mayor poder político han sido a la vez los más escandalosos y sanguinarios en el funcionamiento de esta institución, mediante la que cometieron innumerables asesinatos para mantener su poder y su riqueza a costa de la libertad y de la vida de un incalculable número de personas.
A lo largo de la Edad Media y hasta ya entrado el siglo XIX, la Inquisición fue el brazo ejecutor de la Iglesia Católica al que se sometieron muchas monarquías europeas, colaborando con la Iglesia Católica en su labor opresora en contra de la vida y de la libertad de los pueblos.
Complementariamente, en los últimos siglos la Jerarquía Católica ha sido cómplice constante de los poderes económicos y políticos del capitalismo y de la mayor parte de las dictaduras del planeta, sin otras excepciones que las de los países con dictaduras contrarias a la religión.
Esta actitud de la Jerarquía católica no se corresponde para nada con lo que se dice que fue el mensaje de Jesús, el teórico fundador del Cristianismo, quien –según los Evangelios- defendió a los pobres y advirtió a los ricos de que muy difícilmente entrarían en el reino de los cielos. Sin embargo, a la Jerarquía Católica, le ha interesado infinitamente más la compañía de los ricos, de quienes ha recibido una gran parte de su riqueza a cambio de una parcela de Cielo, que la relación con los pobres, que sólo son una carga nada rentable a no ser por tratarse de su coartada para referirse a su misión. La relación de la Jerarquía Católica con las clases privilegiadas comenzó en el siglo IV y adquirió rápidamente una importancia extraordinaria que con altibajos sigue conservando en la actualidad. Pero esa relación representa desde luego una clara muestra de cuáles son los auténticos intereses de dicha jerarquía, que para nada se relacionan con la “salvación” (?) de nadie sino sólo con el enriquecimiento de sus dirigentes.
La cínica actitud de la Jerarquía católica es todavía más sangrante cuando en los últimos tiempos observamos no sólo su relación con los poderosos sino también su condena a quienes —como los “Teólogos de la Liberación”- han tratado de adoptar una postura más activa en defensa de los pobres y de los oprimidos. Pero es evidente que, si a la Jerarquía Católica le interesa conseguir más poder y más riquezas de las que tiene, no puede dedicarse mediante sus críticas a morder la mano de los ricos y de los poderosos, que son quienes le otorgan sus privilegios. Por eso tiene que llamar al orden a quienes, como los “Teólogos de la Liberación”, se desvían de su política avariciosa y sin escrúpulos, y adoptan la actitud de defender al pobre frente al rico, como si hubiesen olvidado en qué organización están ubicados.
La Jerarquía Católica considera a la divinidad como un tirano capaz de las mayores atrocidades

La Iglesia Católica: Crítica de sus doctrinas fundamentales (30)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación

La Jerarquía Católica defiende la absurda doctrina antropomórfica según la cual Dios sería algo así como un tirano o un patrono de esclavos, dueño de la vida humana y capaz de cometer las mayores atrocidades contra él hasta el punto de poder exigirle el sacrifico de su propia vida o el de otras personas como una muestra de sumisión.
Ese despotismo atribuido a la divinidad aparece de manera especial en el Antiguo Testamento en actos de crueldad de Yahvé contra la humanidad, como la supuesta expulsión de Adán y Eva del Paraíso, el supuesto diluvio universal, que habría extinguido a casi toda la especie humana, la exigencia a Abraham del sacrificio de su hijo Isaac, que, aunque sólo se presentó como una prueba a la que Yahvé le sometía, implicaba la consideración de que la obligación de Abraham era la de obedecerle de manera sumisa y por encima de cualquier respeto a la vida humana y, en este caso, la de su propio hijo. Ante esta supuesta actitud de Yahvé, conviene tener presente que, según las propias doctrinas morales del cristianismo, lo que realmente cuenta en las acciones es la intención y no el hecho material realizado, de manera que para ese Dios lo realmente valioso en el comportamiento de Abraham era su disposición a obedecerle hasta el punto de asesinar a su propio hijo para complacerle por simple capricho y sólo como una prueba de sumisión. Igualmente absurdo habría sido el sadismo representado por los sufrimientos gratuitos inferidos a Job sólo para comprobar hasta dónde alcanzaba su fidelidad; las plagas de Egipto y, en especial, la décima, que en teoría habría supuesto la muerte de todos los primogénitos egipcios que ninguna culpa tenían de la oposición del faraón egipcio a dejar partir en libertad al pueblo judío.
Esta absurda doctrina está inspirada, efectivamente, en el antropomorfismo relacionado con la crueldad que, de hecho, ha caracterizado a la humanidad a lo largo de su historia, crueldad que condujo a los creadores de la religión judía y a su ramificación cristiana a considerar a la divinidad como una especie de tirano absoluto con derecho a tratar al hombre como a un simple juguete sin un valor y un dignidad propia que la propia divinidad tuviera que respetar. Esa bárbara doctrina acerca del modo de ser de la supuesta divinidad no pertenece exclusivamente a los tiempos en que se escribieron los diversos libros de la Biblia sino que posteriormente, en el siglo XIII, Tomás de Aquino, una de las más altas autoridades valoradas por la Jerarquía Católica, escribió –sin que la Jerarquía Católica se haya opuesto a tal doctrina- que el hombre está predestinado por Dios para ser salvado o para ser condenado, sin que tal salvación o tal condena tengan nada que ver con los méritos o deméritos humanos, pues la omnipotencia divina no puede estar subordinada a nada. En este sentido, escribe Tomás de Aquino:
“Y como se ha demostrado que unos, ayudados por la gracia, se dirigen mediante la operación divina al fin último, y otros, desprovistos de dicho auxilio, se desvían del fin último, y todo lo que Dios hace está dispuesto y ordenado desde la eternidad por su sabiduría [...], es necesario que dicha distinción de hombres haya sido ordenada por Dios desde la eternidad. Por lo tanto, en cuanto que designó de antemano a algunos desde la eternidad para dirigirlos al fin último, se dice que los predestinó [...] Y a quienes dispuso desde la eternidad que no había de dar la gracia, se dice que los reprobó o los odió [...] Y puede también demostrarse que la predestinación y la elección no tienen por causa ciertos méritos humanos, no sólo porque la gracia de Dios, que es efecto de la predestinación, no responde a mérito alguno, pues precede a todos los méritos humanos [...] sino también porque la voluntad y providencia divinas son la causa primera de cuanto se hace; y nada puede ser causa de la voluntad y providencia divinas” .
En definitiva, la divinidad que sigue presentando la Jerarquía Católica tendría el derecho de exigir al ser humano su total sumisión, obediencia y adoración sin condiciones de ninguna clase.
Por otra parte, la misma doctrina según la cual Dios manda y el hombre debe obedecerle es simplemente antropomórfica: Sólo manda quien no puede conseguir las cosas por sí mismo o quien disfruta disponiendo de la vida de los demás, pero Dios no necesitaría siervos para conseguir nada, puesto que todo lo posee, ni tampoco podría ser un tirano que disfrutase dando órdenes bajo la amenaza del Infierno en el caso de que no se le obedeciera.
Además suponer que Dios tuviera el derecho a ordenar nada al ser humano plantearía diversos problemas desde el punto de vista lógico:
En primer lugar y como diría Hume, a partir de la existencia de Dios como la de un ser infinitamente poderoso no se deduce que el hombre deba obedecerle. Si Dios creó al hombre, lo hizo porque quiso, pero en ningún caso estableció con el hombre un pacto previo por el cual lo crearía sólo bajo la condición de que se comportase de acuerdo con sus órdenes, pues evidentemente ese pacto no podía establecerse porque el hombre todavía no existía y no pudo aceptarlo libremente.
En segundo lugar, la obediencia a Dios por parte del hombre sólo habría podido tener sentido a partir de los siguientes motivos: 1) Para no ser condenado al Infierno, 2) Para ser premiado con el Cielo, y 3) Para conseguir el bien existente en lo ordenado por Dios.
La aceptación de cualquiera de los tres motivos como justificación de la obediencia a Dios implicaría evidentemente una actitud interesada, que, como Kant diría, no tendría valor moral, ya que obedecer por temor al Infierno o por deseo del Cielo no es cumplir con ningún tipo de deber por simple respeto a una ley moral, y obedecer los mandatos divinos porque lo que manda es bueno equivale a afirmar que lo prioritario a la hora de guiar las acciones no es el hecho de que sea Dios quien las ordene, sino el hecho de que el ser humano haya comprendido que tales acciones son buenas, es decir, beneficiosas para él y tal comprensión sería lo que le impulsaría a su realización, de forma que el fin de la acción no sería el respeto a la ley, sino el de alcanzar el bien derivado del cumplimiento de lo ordenado.
Además y de acuerdo con Tomás de Aquino, el cumplimiento o incumplimiento de las normas morales dictadas por Dios no implicaría en ningún caso que la voluntad divina tuviera que actuar posteriormente premiando o castigando al ser humano como consecuencia de sus acciones, pues esto implicaría una negación de la predestinación divina a la que todo estaría sometido, tal como se ha señalado en la cita anterior.

martes, 1 de abril de 2008

La Jerarquía Católica realiza suculentos negocios con la idea de los “milagros”, los cuales estarían en contradicción con el cumplimiento de los supuestos planes eternos de su dios

La Iglesia Católica: Crítica de sus doctrinas fundamentales (29)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación

La Jerarquía Católica desde hace ya muchos siglos ha encontrado otra forma de diversificar sus grandes negocios económicos inculcando en los fieles la idea de que Dios realiza milagros especiales alterando el funcionamiento natural de sus leyes eternas.
La misma crítica aplicada a la oración vale también para los milagros, que, consecuentemente, carecen de sentido. La creencia en ellos sólo se explica a partir del antropomorfismo de suponer que, de pronto y a última hora, Dios, de manera directa o por la mediación de su madre o de los santos, cambia los planes de sus leyes eternas y los rectifica para resolver un asunto particular que, al parecer, no supo prever cuando, desde la eternidad, “predeterminó” el desenvolvimiento de la realidad natural.
En consecuencia esta doctrina supondría creer que o bien Dios se equivocó al establecer sus designios eternos, o bien se equivoca ahora cuando los modifica atendiendo a las súplicas de los hombres o dejándose llevar de la compasión, como si anteriormente no la hubiera tenido en cuenta. Pero ambos planteamientos contradicen la idea de la absoluta perfección divina y, por ello, resultan inaceptables.
Por otra parte, resulta sarcástico y de un egoísmo ridículo llegar a creer que Dios o la Virgen o cualquier santo puedan estar pendientes del reuma o de la parálisis de uno que tiene dinero -al menos para acudir a Lourdes- y que al mismo tiempo se olviden de tantos miles de niños que cada día mueren de hambre, olvidados por Dios y por toda la humanidad.
Sin embargo, a la Jerarquía Católica le interesa fomentar la creencia en los milagros por dos motivos fundamentales:
En primer lugar, por el suculento negocio que se monta en una serie de “santuarios” repartidos por gran parte del planeta, entre los cuales se encuentran los de Lourdes en Francia, Fátima en Portugal, y la misma basílica de “San Pedro” en el Vaticano.
Y, en segundo lugar, porque la histeria colectiva que va asociada a la aglomeración de muchos miles de fieles en esos lugares tiene un efecto multiplicador en el crecimiento del fanatismo de estos fieles que, al verse sumergidos en medio de una multitud que tiene las mismas o parecidas creencias, tienden a creer que ese hecho representa una demostración de la verdad de sus creencias, lo cual es un error, pero contribuye al crecimiento del gran negocio de la Jerarquía Católica. Y digo “de la Jerarquía Católica” porque, en efecto, es ella la que luego se enriquece y disfruta de los beneficios obtenidos mediante la serie de ceremonias teatrales que se realizan en tales lugares en espera de los correspondientes “milagros”, que, cuando se producen, sólo son efecto de un montaje teatral o están relacionados con una enfermedad histérica que, efectivamente, puede provocar que un paralítico pueda llegar a andar. Sin embargo, es bastante sintomático de la falsedad de tales milagros el hecho de que a un cojo nunca le crezca una pierna o que a un ciego sin ojos no le aparezcan unos ojos nuevos o que nunca se consiga resucitar a un muerto y mucho menos si el muerto lleva ya diez años enterrado.
Resulta curioso como simple anécdota relacionada con la auténtica finalidad de estos lugares recordar que –por lo menos hace sólo unos diez años- a la entrada al recinto del santuario de Lourdes había un letrero que decía en varios idiomas: “Prohibido mendigar”. Resulta algo sarcástico que en el mismo lugar al que la gente acude para “mendigar” a María un milagro se prohíba mendigar una simple limosna material a esos fieles que van a mendigar. La explicación de esta prohibición parece consistir en que el dinero que se de a los pobres es dinero que deja de percibir la Jerarquía Católica, que sí mendiga limosnas o incluso pagos ya establecidos por cualquier tipo de petición que se pretenda conseguir de María por la mediación de las oraciones y de las ceremonias organizadas por la Jerarquía Católica y por sus delegados en tales lugares. Otro motivo de tal prohibición, tan contradictoria con los supuestos fines del cristianismo, es que la presencia incontrolada de gente que vive en medio del hambre y de la miseria crearía un ambiente “muy desagradable” a la vista. Pero resulta realmente paradójico que María se tuviera que preocupar especialmente de los ricos que han tenido dinero suficiente para realizar el viaje a su santuario en lugar de preocuparse por la gente que malvive y muere de hambre, tanto si se trata de los pobres que puedan acercarse hasta Lourdes como de los que ni siquiera tienen dinero para llegar a ese lugar.
Así que parece que el auténtico milagro de tales lugares consiste de manera especial en las ganancias de la Jerarquía Católica y en los grande negocios que se crean en tales lugares, relacionados con la venta de recuerdos, de medallas y de imágenes y con la correspondiente creación de establecimientos hoteleros y todo lo que viene asociado a las constantes visitas a esos “santuarios” (?).