¡No a la presencia y a la intromisión inconstitucional
de los agentes del Vaticano!
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
El señor Rouco Varela, agente del Vaticano en Madrid, sigue criticando de forma absurda las leyes democráticas de nuestro país y, en este caso, la que se refiere a la inclusión de la asignatura Educación para la Ciudadanía en el conjunto de enseñanzas que reciben nuestros estudiantes de secundaría, llegando a considerarla inconstitucional. Lo que no ha matizado es que, efectivamente, tal asignatura es inconstitucional en su país, en el Vaticano, pero no en España, donde por suerte en la actualidad disfrutamos de un gobierno democrático, elegido por el pueblo, a diferencia del gobierno de su país, donde el pueblo no cuenta para nada y sólo su jerarquía cardenalicia elige a su jefe mientras éste elige a los cardenales, sin que el pueblo cuente absolutamente para otra cosa que para obedecer sus consignas y para darles sus limosnas a fin de que ellos vivan más que confortablemente en sus palacios arzobispales, que no son precisamente chozas humildes.
Y, efectivamente, es lógico que este agente del Vaticano hable de inconstitucionalidad de EpC, pues en su país nunca se ha aceptado la democracia ni los valores democráticos ni los Derechos Humanos, objeto de estudio de esa asignatura, y por eso mismo nunca han tenido escrúpulos a la hora de estar al lado de cualquier dictadura con la que hayan podido sacar tajada económica, como en la España franquista, en la que la asignatura de Religión Católica era obligatoria, no respetándose la libertad de creencias, o como en tantas dictaduras apoyadas desde la política mafiosa de su organización vaticana en la que el fin justifica los medios, en la que sus fines de dominio siempre han justificado cualquier medio, como el de gobiernos dictatoriales y sanguinarios.
Por eso y por incontables actitudes de la jerarquía católica y por sus constantes intromisiones en la política de nuestro país hay que indicar de manera inequívoca que aquí lo único inconstitucional es la presencia de esos agentes siniestros que pretenden dirigir desde fuera nuestra política interna, sin respetar nuestra soberanía, y desde intereses que nada tienen que ver con un deseo de colaborar en la búsqueda del bien común de nuestra sociedad sino exclusivamente con la búsqueda de tener el “mercado español” más disponible para sus intereses de dominio y de enriquecimiento ilimitado.
El señor Rouco Varela critica igualmente el “relativismo moral”, defendiendo un absurdo “absolutismo moral”, ligado al dogmatismo fanático de afirmar que el valor de la moral es absoluto, pero no el de cualquier moral sino precisamente el de la suya y el de la de su grupo del Vaticano, por lo que todas las demás son falsas y quienes las siguen están dentro del terreno de la “moral relativista”, es decir, dentro de una moral que no es la que ellos pretenden imponer –al margen de que tampoco la practiquen-.
Acerca del tema de la “moral relativista” se han dicho ya demasiadas tonterías, como la que se resume en la afirmación de que la moral relativista es falsa porque la mía es la verdadera y, por ello, deberían prohibirse todas las formas de moralidad distintas a la mía, que es la que tiene un valor absoluto. Esto es lo que vienen a decir los agentes del Vaticano, que no es nada nuevo, sino que es lo mismo que decían sus antepasados de la Inquisición. Muchos de quienes hablan acerca del valor absoluto o relativo de la moral ni siquiera son conscientes de las barbaridades que dicen cuando pretenden condenar “el relativismo moral”, pues lo que hacen es precisamente eso: Condenar que las personas se guíen en su comportamiento por sus propios principios y exigirles que dejen de seguir lo que su propia conciencia les dicte para seguir las orientaciones del Vaticano y de sus agentes en España. Pretenden que su moral tiene un valor absoluto hasta el punto de negar que quienes no llevan los ostentosos ropajes medievales cardenalicios tengan derecho a seguir los criterios de su propia conciencia a la hora de dirigir su propia vida.
Desde la falta del respeto más elemental al derecho de los demás a su libertad de conciencia pretenden imponen sus propios criterios o doctrinas de moralidad afirmando de manera dogmática que quienes no comparten sus ideas practican un “relativismo moral” intolerable. Y precisamente esa “intolerancia” es lo que ellos practican con su actitud, tanto por lo que se refiere a esa falta de respeto a las conciencias ajenas como por el dogmatismo de pretender imponer sus doctrinas en todos los ámbitos de la sociedad y de las conciencias individuales.
Desde luego lo que son incapaces de respetar es el principio moral de respeto a la libertad de conciencia y de creencias. En teoría deberían respetar el derecho de todos a pensar en libertad, a aceptar o no aceptar las doctrinas religiosas, y, entre ellas la de la existencia o no existencia de eso a lo que ellos llaman “Dios”, y a vivir de acuerdo con su propia conciencia. Consideran que Dios es el fundamento absoluto de la moral y que en consecuencia quienes no creen en Dios –en “su Dios”- no pueden tener una moral digna de tal nombre, y a eso lo llaman “relativismo moral”, como si lo suyo fuera otra cosa. ¿Acaso no es relativista la justificación de la moral a partir de la creencia particular en ese Dios? ¿Acaso piensan que por creer en su Dios eso les da derecho a imponer su punto de vista a cualquiera que no piense como ellos? ¿Acaso los demás pretendemos que ellos sigan nuestra propia forma de moral por el hecho de que la consideremos verdadera? Como primer principio moral de quienes defendemos precisamente ese “relativismo moral” está el del respeto al derecho de los demás a vivir de acuerdo con sus propios principios y a no pretender imponerles nos nuestros. El “relativismo moral” no consiste en otra cosa que en pensar que no existe nada por encima de la propia conciencia a lo que se deba obedecer. Esa máxima, es, por cierto, él único principio moral que debería regir nuestra convivencia: La defensa de la propia conciencia como criterio de moralidad. Curiosamente su pretendido “absolutismo moral” es “relativista” en cuanto pretenden que los demás renuncien al valor absoluto de su propia conciencia a la hora de decidir acerca de sus principios morales y se adapten de manera ciega y relativista a obedecer aquello que se les dicte desde el Vaticano o desde sus agentes en España: “No debes hacer lo que tu conciencia te diga, sino lo que te digamos los cardenales y el Papa, que estamos en contacto con Dios”. Lo que muchos desconocen es que una gran parte de esos agentes del Vaticano no creen para nada en la existencia de ese ser en quien dicen creer sino que sólo lo utilizan como instrumento para pretender imponerse en la sociedad pretendiendo que ellos representan la voz de tal ser y que los demás deben acatar fielmente sus palabras.
El respeto a la conciencia de los demás es algo que ellos, desde su dogmatismo fanático, todavía no han aprendido ni parece interesarle en absoluto en cuanto no renuncien a ser una mafia cuyos tentáculos busquen prolongarse indefinidamente en su afán por dominar las conciencias, la voluntad y, sobre todo, el dinero de los demás.
En resumen, el cumplimiento de nuestra Constitución exige que, como estado soberano que es, España y su gobierno no permitan que agentes extranjeros, como los del Vaticano, interfieran en nuestra política nacional, de manera que, si es preciso expulsarlos de nuestro país como parece ser el caso, por respeto a nuestro pueblo y en defensa de nuestras leyes, se proceda a la expulsión inmediata de tales agentes externos.
sábado, 18 de octubre de 2008
La herejía determinista del señor Ratzinger,
“Papa” de la Iglesia Católica,
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
No se trata de ninguna broma, sino de una verdad evidente para cualquiera que quiera pensar con objetividad: El Papa acaba de afirmar que países que habían sido "ricos en cuanto a fe antiguamente" estaban "perdiendo su identidad bajo la dañina y destructiva influencia de cierta cultura moderna". Pero, cuando el señor Ratzinger critica la falta de fe y el hecho de que esta falta de fe haya sea la consecuencia de “cierta cultura moderna” está defendiendo un determinismo histórico, similar a otras formas de determinismo como el del materialismo histórico de Karl Marx.
Y es muy posible que tanto Ratzinger como Marx lleven su parte de razón en la defensa del determinismo, pero también es verdad que en cuanto esto sea así, la consecuencia que deriva es obvia: Tanto en un caso como en el otro se estará negando el libre albedrío según el cual cada persona es responsable de sus decisiones y éstas no pueden ser consideradas como consecuencia de “cierta cultura moderna” ni como consecuencia de otra cosa que no sea el propio libre albedrío del individuo. Por ello, quien, como el señor Ratzinger, considera que el modo de ser de la sociedad moderna viene determinado por las ideas de pensadores como Nietzsche y sus reflexiones acerca de “la muerte de Dios”, estará reconociendo la gran labor esclarecedora de este genial pensador, pero a la vez estará reconociendo que el acercamiento o alejamiento del hombre a las ideas supersticiosas representadas por su organización viene determinado por la actividad intelectual y crítica de pensadores como el genial filósofo alemán. Y, aunque este reconocimiento se corresponda con la verdad, sin embargo resulta chocante que lo asuma el jefe supremo de la secta católica, secta según cuyos principios el determinismo debería ser inaceptable en cuanto suprimiría la libertad y la responsabilidad individual. Es decir, desde la tesis del determinismo historicista el hecho de vivir en determinada época de la historia sería la causa determinante de la mayor o menor presencia de fe religiosa en los individuos –y del resto de elementos culturales y materiales de su vida- y, en consecuencia, nadie a nivel individual podría ser considerado responsable ni culpable por su carencia de fe, por lo que cualquier condena moral sería absurda. En consecuencia, la misma labor de la propia secta católica sería totalmente absurda en cuanto su pretensión sería igualmente la de determinar las acciones de las personas hacia aquellos objetivos que su jerarquía quisiera proponerles.
Por otra parte y al margen de este determinismo herético del señor Ratzinger, conviene no olvidar que la propia Jerarquía de la Secta Católica ha defendido desde tiempos inmemoriales otra herejía igualmente determinista por lo que se refiere al asunto de la fe, pues efectivamente siempre ha afirmado que la fe es una “virtud teologal” cuya posesión no depende de ninguna acción individual por la que el hombre pueda lograrla sino que es “un don gratuito de Dios”. Si ante tal afirmación alguien plantease la objeción de que, en tal caso, si uno no tiene fe es porque Dios no se la ha dado, la Jerarquía Católica responde que uno debe pedir la fe a Dios. Pero, ¡vaya una respuesta más estúpida! Pues para pedir la fe en Dios previamente se debería estar en posesión de la fe en ese supuesto ser a quien habría que pedírsela, de manera que sólo quien ya poseyera la fe podría pedirla, pero al ya tenerla no lo necesitaría y no la pediría, mientras que quien no la poseyera, al carecer de confianza para pedir algo a alguien en cuya existencia no cree, no caería en el absurdo de pedirle la fe, a no ser que estuviera loco.
Desde luego las doctrinas de la Secta Católica están desastrosamente plagadas de contradicciones y se haría realmente prolija su enumeración, pero, a pesar de todo, conviene señalarlas de modo reiterado y paciente para que quienes confían de buena fe en la palabra de esos hechiceros del mundo moderno vayan comprendiendo paulatinamente la serie de mentiras en las que se funda su negocio tan hipócrita y fraudulento.
“Papa” de la Iglesia Católica,
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
No se trata de ninguna broma, sino de una verdad evidente para cualquiera que quiera pensar con objetividad: El Papa acaba de afirmar que países que habían sido "ricos en cuanto a fe antiguamente" estaban "perdiendo su identidad bajo la dañina y destructiva influencia de cierta cultura moderna". Pero, cuando el señor Ratzinger critica la falta de fe y el hecho de que esta falta de fe haya sea la consecuencia de “cierta cultura moderna” está defendiendo un determinismo histórico, similar a otras formas de determinismo como el del materialismo histórico de Karl Marx.
Y es muy posible que tanto Ratzinger como Marx lleven su parte de razón en la defensa del determinismo, pero también es verdad que en cuanto esto sea así, la consecuencia que deriva es obvia: Tanto en un caso como en el otro se estará negando el libre albedrío según el cual cada persona es responsable de sus decisiones y éstas no pueden ser consideradas como consecuencia de “cierta cultura moderna” ni como consecuencia de otra cosa que no sea el propio libre albedrío del individuo. Por ello, quien, como el señor Ratzinger, considera que el modo de ser de la sociedad moderna viene determinado por las ideas de pensadores como Nietzsche y sus reflexiones acerca de “la muerte de Dios”, estará reconociendo la gran labor esclarecedora de este genial pensador, pero a la vez estará reconociendo que el acercamiento o alejamiento del hombre a las ideas supersticiosas representadas por su organización viene determinado por la actividad intelectual y crítica de pensadores como el genial filósofo alemán. Y, aunque este reconocimiento se corresponda con la verdad, sin embargo resulta chocante que lo asuma el jefe supremo de la secta católica, secta según cuyos principios el determinismo debería ser inaceptable en cuanto suprimiría la libertad y la responsabilidad individual. Es decir, desde la tesis del determinismo historicista el hecho de vivir en determinada época de la historia sería la causa determinante de la mayor o menor presencia de fe religiosa en los individuos –y del resto de elementos culturales y materiales de su vida- y, en consecuencia, nadie a nivel individual podría ser considerado responsable ni culpable por su carencia de fe, por lo que cualquier condena moral sería absurda. En consecuencia, la misma labor de la propia secta católica sería totalmente absurda en cuanto su pretensión sería igualmente la de determinar las acciones de las personas hacia aquellos objetivos que su jerarquía quisiera proponerles.
Por otra parte y al margen de este determinismo herético del señor Ratzinger, conviene no olvidar que la propia Jerarquía de la Secta Católica ha defendido desde tiempos inmemoriales otra herejía igualmente determinista por lo que se refiere al asunto de la fe, pues efectivamente siempre ha afirmado que la fe es una “virtud teologal” cuya posesión no depende de ninguna acción individual por la que el hombre pueda lograrla sino que es “un don gratuito de Dios”. Si ante tal afirmación alguien plantease la objeción de que, en tal caso, si uno no tiene fe es porque Dios no se la ha dado, la Jerarquía Católica responde que uno debe pedir la fe a Dios. Pero, ¡vaya una respuesta más estúpida! Pues para pedir la fe en Dios previamente se debería estar en posesión de la fe en ese supuesto ser a quien habría que pedírsela, de manera que sólo quien ya poseyera la fe podría pedirla, pero al ya tenerla no lo necesitaría y no la pediría, mientras que quien no la poseyera, al carecer de confianza para pedir algo a alguien en cuya existencia no cree, no caería en el absurdo de pedirle la fe, a no ser que estuviera loco.
Desde luego las doctrinas de la Secta Católica están desastrosamente plagadas de contradicciones y se haría realmente prolija su enumeración, pero, a pesar de todo, conviene señalarlas de modo reiterado y paciente para que quienes confían de buena fe en la palabra de esos hechiceros del mundo moderno vayan comprendiendo paulatinamente la serie de mentiras en las que se funda su negocio tan hipócrita y fraudulento.
El condón del señor Ratzinger
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
A estas alturas de la Historia y en conmemoración de la encíclica Humanae Vitae del señor Montini –alias Pablo VI-, el actual jefe de la Jerarquía Católica, el señor Ratzinger –alias Benedicto XVI- vuelve a incurrir en la antigua contradicción de su predecesor, considerando inmoral el uso del preservativo en las relaciones sexuales, incluso en las de carácter matrimonial.
¿Por qué esta postura resulta contradictoria? Por el sencillo hecho de que tanto el señor Montini como el señor Ratzinger aceptan que se pueden utilizar métodos para tratar de evitar un embarazo, pero que esos métodos deben ser “naturales” y no resultado del uso de un medio artificial. Ahora bien, cualquiera que conozca un poco los principios de la moral católica sabe perfectamente que el mérito o la culpa respecto a cualquier acción residen en la intención del que actúa y no en los resultados materiales de su actuación: Son muchos los accidentes de tráfico que vienen seguidos de la muerte de personas inocentes sin que se pueda hablar de culpa moral de nadie en cuanto quienes intervinieron en ellos en ningún momento tuvieron la intención de provocarlos.
Aplicando esta consideración al asunto del condón nos podemos preguntar: ¿existe alguna diferencia entre la intención de quien utiliza el método Ogino y la de quien utiliza el condón? Evidentemente ambos pretenden obtener lo mismo: Unas relaciones sexuales naturalmente placenteras sin el riesgo de un embarazo, en un caso mediante la toma en consideración de los días fértiles de la mujer para no mantener relaciones sexuales que podrían dar lugar a un embarazo, y en el otro utilizando una protección como la del condón que sirva para evitar esta misma posibilidad de un embarazo no deseado. ¿Qué tiene de pecaminoso o de inmoral la búsqueda de un placer tan natural e inocente como el de carácter sexual? Evidentemente nada. Pero si el señor Ratzinger se empeña en considerar que sí, en tal caso debería condenar tanto el uso del condón como el uso del método Ogino, pues la intención en el uso de ambos métodos es exactamente la misma: Obtener placer sexual sin riesgo de embarazo. Dice que el uso del preservativo es antinatural cuando lo antinatural es reprimir la satisfacción de la necesidad sexual por la ridícula consideración dogmática de que el fin de la sexualidad es el de la procreación. ¿Quién se cree que es él para declarar qué es natural y qué no lo es? De acuerdo con ese criterio habría que dar la razón a las sectas que rechazan las transfusiones de sangre en cuanto lo natural es aceptar las enfermedades que Dios envía y dejar que la “naturaleza” de cada uno reaccione y si cure o se muera según sea la voluntad de Dios.
Pero, al margen de esta contradicción tan patente y de las demás barbaridades defendidas por el portavoz de esta jerarquía que defiende lo que considera que puede interesarle por motivos que en otro momento se pueden explicar, en el trasfondo de esta cuestión y en la mentalidad retrógrada de esta Jerarquía Católica, tan alejada de la vida de la gente corriente, late la irracional, hipócrita y ancestral condena de la sexualidad como algo absurdamente bajo y pecaminoso.
Por suerte la mayoría de los mismos católicos de base han dejado de seguir las directrices de esta “mafia del espíritu” desde hace ya algunos años al tomar conciencia de la enorme diferencia entre lo que predican y lo que hacen, tanto en el terreno de la sexualidad, donde son abundantes los casos de pederastia y donde en otras épocas a los curas se les concedía el derecho a vivir con sus queridas o “barraganas” a cambio de dinero que engrosaba las arcas del Vaticano, o como en el de la posesión de riquezas, donde la Jerarquía Católica actúa con una codicia patológica que se manifiesta en toda clase de lujos, tanto en su vestimenta como en las riquezas de sus palacios, que contrasta de manera sarcástica e hiriente con la pobreza y la miseria de tantas personas que mueren de hambre cada día sin que a esta gente le importe lo más mínimo.
Y siguen igual de retrógrados y despóticos a pesar de saber que millones de personas han muerto y seguirán muriendo en África y en el resto del mundo como consecuencia del Sida, no sólo por no disponer de un medio de asepsia como el condón sino también por la absurda condena moral de su uso por parte de estos hechiceros modernos pertenecientes a la Jerarquía Católica, que les amenazan con la condena eterna si les desobedecen.
¡Y pretenden dar clases de moral, cuando su modo de actuar es el modo más flagrante de la inmoralidad más refinada! ¡Más les valdría ponerse a trabajar de una vez y dejarse de monsergas ridículas que ni ellos mismos creen ni mucho menos practican!
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
A estas alturas de la Historia y en conmemoración de la encíclica Humanae Vitae del señor Montini –alias Pablo VI-, el actual jefe de la Jerarquía Católica, el señor Ratzinger –alias Benedicto XVI- vuelve a incurrir en la antigua contradicción de su predecesor, considerando inmoral el uso del preservativo en las relaciones sexuales, incluso en las de carácter matrimonial.
¿Por qué esta postura resulta contradictoria? Por el sencillo hecho de que tanto el señor Montini como el señor Ratzinger aceptan que se pueden utilizar métodos para tratar de evitar un embarazo, pero que esos métodos deben ser “naturales” y no resultado del uso de un medio artificial. Ahora bien, cualquiera que conozca un poco los principios de la moral católica sabe perfectamente que el mérito o la culpa respecto a cualquier acción residen en la intención del que actúa y no en los resultados materiales de su actuación: Son muchos los accidentes de tráfico que vienen seguidos de la muerte de personas inocentes sin que se pueda hablar de culpa moral de nadie en cuanto quienes intervinieron en ellos en ningún momento tuvieron la intención de provocarlos.
Aplicando esta consideración al asunto del condón nos podemos preguntar: ¿existe alguna diferencia entre la intención de quien utiliza el método Ogino y la de quien utiliza el condón? Evidentemente ambos pretenden obtener lo mismo: Unas relaciones sexuales naturalmente placenteras sin el riesgo de un embarazo, en un caso mediante la toma en consideración de los días fértiles de la mujer para no mantener relaciones sexuales que podrían dar lugar a un embarazo, y en el otro utilizando una protección como la del condón que sirva para evitar esta misma posibilidad de un embarazo no deseado. ¿Qué tiene de pecaminoso o de inmoral la búsqueda de un placer tan natural e inocente como el de carácter sexual? Evidentemente nada. Pero si el señor Ratzinger se empeña en considerar que sí, en tal caso debería condenar tanto el uso del condón como el uso del método Ogino, pues la intención en el uso de ambos métodos es exactamente la misma: Obtener placer sexual sin riesgo de embarazo. Dice que el uso del preservativo es antinatural cuando lo antinatural es reprimir la satisfacción de la necesidad sexual por la ridícula consideración dogmática de que el fin de la sexualidad es el de la procreación. ¿Quién se cree que es él para declarar qué es natural y qué no lo es? De acuerdo con ese criterio habría que dar la razón a las sectas que rechazan las transfusiones de sangre en cuanto lo natural es aceptar las enfermedades que Dios envía y dejar que la “naturaleza” de cada uno reaccione y si cure o se muera según sea la voluntad de Dios.
Pero, al margen de esta contradicción tan patente y de las demás barbaridades defendidas por el portavoz de esta jerarquía que defiende lo que considera que puede interesarle por motivos que en otro momento se pueden explicar, en el trasfondo de esta cuestión y en la mentalidad retrógrada de esta Jerarquía Católica, tan alejada de la vida de la gente corriente, late la irracional, hipócrita y ancestral condena de la sexualidad como algo absurdamente bajo y pecaminoso.
Por suerte la mayoría de los mismos católicos de base han dejado de seguir las directrices de esta “mafia del espíritu” desde hace ya algunos años al tomar conciencia de la enorme diferencia entre lo que predican y lo que hacen, tanto en el terreno de la sexualidad, donde son abundantes los casos de pederastia y donde en otras épocas a los curas se les concedía el derecho a vivir con sus queridas o “barraganas” a cambio de dinero que engrosaba las arcas del Vaticano, o como en el de la posesión de riquezas, donde la Jerarquía Católica actúa con una codicia patológica que se manifiesta en toda clase de lujos, tanto en su vestimenta como en las riquezas de sus palacios, que contrasta de manera sarcástica e hiriente con la pobreza y la miseria de tantas personas que mueren de hambre cada día sin que a esta gente le importe lo más mínimo.
Y siguen igual de retrógrados y despóticos a pesar de saber que millones de personas han muerto y seguirán muriendo en África y en el resto del mundo como consecuencia del Sida, no sólo por no disponer de un medio de asepsia como el condón sino también por la absurda condena moral de su uso por parte de estos hechiceros modernos pertenecientes a la Jerarquía Católica, que les amenazan con la condena eterna si les desobedecen.
¡Y pretenden dar clases de moral, cuando su modo de actuar es el modo más flagrante de la inmoralidad más refinada! ¡Más les valdría ponerse a trabajar de una vez y dejarse de monsergas ridículas que ni ellos mismos creen ni mucho menos practican!
Embriones humanos y Jerarquía Católica
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
En relación con el nacimiento de un bebé cuyo cordón umbilical posiblemente podrá servir para la curación de su hermano, con su hipocresía, su soberbia y su veneno habitual, al señor Martínez Camino, uno de los jefes de la organización católica española, se le han ocurrido una serie de ridículos y vomitivos comentarios que, en cuanto son significativos de la constante actitud de la jerarquía de su organización, vale la pena reseñar.
Los “obispos” de esta organización católica acaban de afirmar que "el nacimiento de una persona ha venido acompañado de la destrucción de otras, sus propios hermanos". Quien leyera esta frase fuera de contexto podría llegar a pensar que para conseguir el nacimiento de un niño se les ha cortado el cuello -o algo por el estilo- a varios hermanos suyos cuando regresaban del colegio. Pero no, por suerte no ha sido eso lo que ha pasado. Cualquiera puede enterarse de lo que ha sucedido leyendo los periódicos o atendiendo a las informaciones dadas por televisión española. En lo esencial se trataba de conseguir la curación de un niño que nació con una enfermedad que sólo le iba a permitir una corta vida con una constante dependencia de transfusiones de sangre y de las diversas complicaciones para él y para su familia por esa prematura condena de muerte y por la triste calidad de vida a la que la Naturaleza parecía haberle condenado.
El progreso de la Medicina ha permitido sin embargo seleccionar entre diversos embriones uno que fuera compatible con el del niño enfermo a fin de lograr su curación mediante la ayuda de las células madre de su cordón umbilical, de manera que, después de su gestación natural, ya ha nacido ese hermano providencial y su cordón umbilical está guardado para ser utilizado dentro de alrededor de tres meses. ¿Dónde está la “destrucción” de esos hermanos de que ha hablado el señor Camino? Y sólo han hablado de “destrucción”, quizá para atenuar un poco la mayor dureza de esa otra palabra que han utilizado en otras ocasiones: “asesinato”. ¿A qué se refieren estos señores cuando hablan de “destrucción de sus propios hermanos”? Se refieren al hecho de que el resto de embriones iniciales que sirvieron para seleccionar aquél que era compatible con la curación de su hermano no gozaron de la misma suerte en cuanto no fueron implantados en algún otro útero que les permitiera desarrollarse y llegar a convertirse en niños, aunque aquí los señores obispos, desde su dogmatismo fanático que considera que todos tienen la obligación de compartir, protestarían contra mi explicación y proclamarían como dogma de fe indiscutible que esos embriones ya eran seres humanos hechos -aunque no derechos-.
También han dicho que esta forma de medicina es una forma de “eugenesia” en cuanto utiliza un embrión para la curación de un niño y en cuanto no se preocupa por la salvación de los demás embriones, sanos o enfermos
El resto de sus comentarios representa, desde la utilización de los principios de la ética kantiana, una insistencia en una supuesta “dignidad absoluta” de tales embriones, que, según ellos, nunca deberían ser utilizados como medios para nada sino sólo como fines en sí mismos.
Dijeron más adelante que "con estas aclaraciones […] se trata de recordar los principios éticos objetivos ( ) que tutelan la dignidad de todo ser humano", afirmación con la que, de manera soberbia y ridícula, pretenden imponer sus doctrinas no sólo a sus “fieles” sino al resto de la humanidad. En este punto, por otra parte, no hacen otra cosa que seguir el planteamiento del fundador del Opus Dei, cuando hablaba de la “santa intransigencia”. Y eso tiene “su Lógica”, aunque se trate de una Lógica que funciona a partir del desprecio a los principios racionales que deberían regir la convivencia de cualquier agrupación democrática. Su Lógica, esa Lógica de quienes ni firmaron ni aceptan la Declaración Universal de los Derechos Humanos, es la siguiente: Consideramos que un embrión es un ser humano; si no proclamamos que lo es, no seremos fieles a la verdad de nuestras convicciones; nuestras convicciones están inspiradas por Dios y, por ello, nuestras convicciones son verdaderas; si no proclamamos la verdad objetiva y absoluta de nuestras convicciones, no seremos fieles a la palabra divina; por lo tanto, no podemos ser transigentes con quienes no aceptan la verdad objetiva de aquello que nos ha comunicado el propio Dios, y, por ello también y mientras no podamos reinstaurar nuestra añorada Inquisición, debemos denunciar y tratar como asesinos a quienes consienten y practiquen esta forma de medicina basada en la “eugenesia” y en el asesinato de seres humanos –especialmente si tal actividad se relacione de algún modo con los gobernantes del PSOE-.
Pues bien, frente a esta absurda “Lógica” de la jerarquía católica, aunque todos estemos convencidos en muchas ocasiones acerca de la verdad de una parte importante de nuestras opiniones, partimos de una Lógica distinta, que es la que parte del reconocimiento, al estilo socrático, de nuestras propias limitaciones, de la aceptación de que podemos estar equivocados, de la consideración de que nadie se encuentra en poder de la Verdad Absoluta y del punto de vista de que nadie tiene derecho a imponer sus propias opiniones descalificando las de los demás, sino que, ante dos opiniones contradictorias, la buena convivencia exige que, si se ha de adoptar un punto de vista que afecte a dicha convivencia, deba hacerse mediante procedimientos en los que, agotado el diálogo racional y tolerante, finalmente se adopte la decisión de la mayoría, aunque pueda ser equivocada, pues mucho más grave sería que tuviera que imponerse la opinión de una minoría por el simple hecho de que se obstinase en proclamar que ellos se encontraban en posesión de la auténtica verdad. Así que, si todos enfocásemos nuestras diferencias de opinión de este mismo modo tan absurdamente dogmático y fanático como lo hace la jerarquía católica, el diálogo y la tolerancia serían imposibles y todos los problemas los resolveríamos como a ellos les gustaría: Encarcelando a los que disintieran de sus “verdades absolutas” y condenándolos a muerte si persistieran de modo recalcitrante en sus errores inspirados por “el Maléfico”. Si todos, por el hecho de juzgar que nuestras opiniones son las correctas, descalificásemos a los demás y los tratásemos de subnormales o de asesinos como hacen ellos, volveríamos a la barbarie más irracional, a la de los tiempos de su añorada Inquisición, que no representó por cierto un clima especialmente propicio para el desarrollo del pensamiento libre y del progreso científico ni filosófico.
Dicho esto, presento a continuación unas consideraciones relacionadas con el tema del aborto a fin de plantear hasta que punto las doctrinas de la jerarquía católica son coherentes o incongruentes entre sí:
Dice la jerarquía católica que la vida humana es sagrada y que el embrión tiene ya vida humana porque desde el momento de la concepción, en el que un espermatozoide se ha unido a un óvulo, simultáneamente se ha producido el acto mágico por el que Dios habrá creado un alma para ese embrión. Y en cuanto el embrión es ya un ser humano y posee una “dignidad” absoluta, nadie tiene derecho a interrumpir la vida de ese ser humano.
Sin embargo, a todas estas extrañas doctrinas hay que replicar, en primer lugar, que la unión de dos células no constituye un ser humano, que la creencia en la mágica creación de un “alma” puede ser respetable, tanto como la creencia de que dichas células por separado tienen el mismo valor que después de unirse. Desde una perspectiva científica la unión de estas dos células –espermatozoide y óvulo- representa el comienzo de un proceso biológico de multiplicación celular que puede culminar con el paso de los meses en la formación de un ser humano, pero que el establecer en qué momento de la gestación esa primera unión celular puede considerarse ya como un ser humano es una cuestión que tiene un componente de “convencionalismo”: Una célula no es un ser humano, dos células tampoco, cuatro células tampoco, ocho tampoco, dieciséis tampoco… ¿Entonces cuando constituyen un ser humano? Pues el carácter convencional por lo que se refiere al establecimiento de cuándo nos encontramos ante un ser humano puede comprenderse si reflexionamos acerca de qué pensaríamos si alguien nos dijera: “El embrión que tiene solo 5.999.999 células todavía no es un ser humano, pero el que tiene 6.000.000 sí lo es”. En este punto lo único evidente es simplemente de que nos encontramos ante una forma de vida que en el futuro podría convertirse en un ser humano. Y, en cuanto se trata de una forma de vida, todos en general tenemos cierta sensibilidad natural que nos lleva a respetarla, de manera que nadie querría el aborto por sí mismo, ni siquiera el de esa agrupación de células que reciben el nombre de “embrión”, sino sólo como una forma de evitar males mayores en cuanto no se esté en condiciones de llevar adelante un embarazo y los cuidados posteriores necesarios para hacerse cargo de aquel ser humano en que se convertiría dicho embrión al finalizar el proceso de su desarrollo.
Si la jerarquía católica insiste en afirmar que un embrión es un ser humano y que la simple unión de dos células constituyen ya un ser humano, podríamos preguntarles, por qué no consideran igualmente que un ser vivo, como lo es un espermatozoide, que nada ya tan bien en el líquido seminal y busca con ilusión el óvulo en el que pueda continuar adecuadamente su ciclo vital, es ya un “nasciturus”, cuyas posibilidades se truncan desde el momento en que se le niega proporcionarle un óvulo para que su vida pueda desarrollarse felizmente ¿No es un monstruoso asesinato el desprecio y la falta de cuidados para dar vida a la mayor cantidad posible de espermatozoides? ¿No es una obligación moral relacionada con el respeto a la vida humana tratar de fecundar al mayor número posible de mujeres para lograr la salvación del mayor número de espermatozoides y también de óvulos? ¿No es un crimen dejar que tanto unos como otros mueran como consecuencia de nuestra dejadez a la hora de cumplir con el precepto bíblico “creced y multiplicaos”? Los curas y obispos, por cierto, no parecen especialmente preocupados en cumplir con tal precepto –por lo menos en teoría-, pero al menos deberían ser coherentes con él y exhortar a que todos, varones y mujeres, se concienciasen y tratasen de cumplirlo, lo cual debería llevar como consecuencia a que todos los jóvenes tratasen de utilizar sus reservas espermáticas intentando dejar embarazadas a todas las mujeres en edad fértil a fin de evitar el asesinato – en cuanto muerte por omisión de auxilio- de tantos seres humanos larvarios cuyas funciones vitales, aunque no sean especialmente patentes a simple vistas, cualquiera puede reconocer a través de un microscopio. ¡Recuerdo con pena a un espermatozoide que nadaba mejor que Mark Espitz y que me daba la impresión de que me miraba de un modo triste, como si me estuviera diciendo: “¡Búscame un óvulo, por favor!”. Y me sigue remordiendo la conciencia porque en aquel momento fui incapaz de conseguirle lo que me pedía y de haberle proporcionado el óvulo necesario para impedir su muerte, en lugar de haber buscado a la mujer dispuesta para contribuir al desarrollo y florecimiento de su vida tal como por naturaleza le habría correspondido, igual que todos los que hemos tenido el privilegio de crecer y de llegar vivir y a conocer a ese portento de humanidad representado por el señor Martínez Camino y por otros ejemplares de vida asombrosa y misteriosamente viable.
Por otra parte, si la doctrina de la jerarquía católica fuera correcta por lo que se refiere a considerar que un embrión es ya un ser humano, ¿por qué se preocupan tanto acerca de su continuidad vital “en este valle de lágrimas”?
-¿Acaso no creéis en la beatífica vida eterna?
-¡¿Cómo que no creemos?! ¡Pues claro que sí!
-Entonces, ¿qué tiene de malo que enviemos a esos embriones, que vosotros consideráis como auténticos seres humanos, a gozar de la dicha inconmensurable de la Vida Eterna, evitándoles así el peligro de las tentaciones terrenales que podrían poner en un gravísimo riesgo la salvación de su alma? Y mucho más, teniendo en cuenta que desde hace unos años se ha cerrado el Limbo y que ¡todos los niños que mueren sin bautizar van directos al Cielo! ¿No sería ese el mejor regalo que les podríamos hacer?
-Pero, ¿quiénes creéis que sois vosotros para arrogaros el derecho de disponer de la vida de nadie? ¡La dignidad de la persona está por encima de cualquier otra consideración!
-Ya sabemos que somos simples humanos y que, según vosotros, nuestras acciones en favor del aborto libre son inmorales, pero ¿seríais capaces de refutar el argumento que os hemos presentado en favor del aborto? ¿No os parece que acciones como las del aborto son la mejor garantía de la eterna salvación para esos embriones que consideráis humanos? La verdad es que, si yo tuviera la fe que vosotros decís tener, me hubiera gustado no haber llegado a nacer y haber sido un simple aborto, pues a estas horas ya estaría gozando de la auténtica vida celestial y no aquí, en las oficinas del paro, en espera de conseguir una mierda de trabajo. Lo de Jesús decís que fue la “Redención del género humano”, pero ¿qué clase de “redención” fue ésa que sólo sirvió a unos pocos en cuanto, según los Evangelios, la mayoría se va a freír eternamente en el Infierno? Lo de las abortistas sí que es una auténtica “Redención”, pues embrión que destruyen, embrión que asciende directo a la Gloria. Decís que seremos castigadas por nuestra acción criminal, por nuestra falta de respeto a “la dignidad humana”, pero si nosotros creyésemos en esa gloria celestial de la que vosotros habláis, no nos habría importado en absoluto que nadie se hubiera olvidado de esa “dignidad”, pues ahora ya haría algún tiempo que estaríamos disfrutando en el Cielo en lugar de estar aquí escuchando vuestra sandeces. Así que, bien está, faltamos al respeto de esa supuesta dignidad de los embriones y sacrificamos nuestra salvación eterna a cambio de la suya. ¡Eso sí que es una Redención segura! Pues así conseguimos para nuestros queridos abortos la mejor vida que pudieran tener: ¡la vida eterna y eternamente feliz!
-¡¡Que Dios os maldiga!! ¡¡Al fuego eterno!!
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
En relación con el nacimiento de un bebé cuyo cordón umbilical posiblemente podrá servir para la curación de su hermano, con su hipocresía, su soberbia y su veneno habitual, al señor Martínez Camino, uno de los jefes de la organización católica española, se le han ocurrido una serie de ridículos y vomitivos comentarios que, en cuanto son significativos de la constante actitud de la jerarquía de su organización, vale la pena reseñar.
Los “obispos” de esta organización católica acaban de afirmar que "el nacimiento de una persona ha venido acompañado de la destrucción de otras, sus propios hermanos". Quien leyera esta frase fuera de contexto podría llegar a pensar que para conseguir el nacimiento de un niño se les ha cortado el cuello -o algo por el estilo- a varios hermanos suyos cuando regresaban del colegio. Pero no, por suerte no ha sido eso lo que ha pasado. Cualquiera puede enterarse de lo que ha sucedido leyendo los periódicos o atendiendo a las informaciones dadas por televisión española. En lo esencial se trataba de conseguir la curación de un niño que nació con una enfermedad que sólo le iba a permitir una corta vida con una constante dependencia de transfusiones de sangre y de las diversas complicaciones para él y para su familia por esa prematura condena de muerte y por la triste calidad de vida a la que la Naturaleza parecía haberle condenado.
El progreso de la Medicina ha permitido sin embargo seleccionar entre diversos embriones uno que fuera compatible con el del niño enfermo a fin de lograr su curación mediante la ayuda de las células madre de su cordón umbilical, de manera que, después de su gestación natural, ya ha nacido ese hermano providencial y su cordón umbilical está guardado para ser utilizado dentro de alrededor de tres meses. ¿Dónde está la “destrucción” de esos hermanos de que ha hablado el señor Camino? Y sólo han hablado de “destrucción”, quizá para atenuar un poco la mayor dureza de esa otra palabra que han utilizado en otras ocasiones: “asesinato”. ¿A qué se refieren estos señores cuando hablan de “destrucción de sus propios hermanos”? Se refieren al hecho de que el resto de embriones iniciales que sirvieron para seleccionar aquél que era compatible con la curación de su hermano no gozaron de la misma suerte en cuanto no fueron implantados en algún otro útero que les permitiera desarrollarse y llegar a convertirse en niños, aunque aquí los señores obispos, desde su dogmatismo fanático que considera que todos tienen la obligación de compartir, protestarían contra mi explicación y proclamarían como dogma de fe indiscutible que esos embriones ya eran seres humanos hechos -aunque no derechos-.
También han dicho que esta forma de medicina es una forma de “eugenesia” en cuanto utiliza un embrión para la curación de un niño y en cuanto no se preocupa por la salvación de los demás embriones, sanos o enfermos
El resto de sus comentarios representa, desde la utilización de los principios de la ética kantiana, una insistencia en una supuesta “dignidad absoluta” de tales embriones, que, según ellos, nunca deberían ser utilizados como medios para nada sino sólo como fines en sí mismos.
Dijeron más adelante que "con estas aclaraciones […] se trata de recordar los principios éticos objetivos ( ) que tutelan la dignidad de todo ser humano", afirmación con la que, de manera soberbia y ridícula, pretenden imponer sus doctrinas no sólo a sus “fieles” sino al resto de la humanidad. En este punto, por otra parte, no hacen otra cosa que seguir el planteamiento del fundador del Opus Dei, cuando hablaba de la “santa intransigencia”. Y eso tiene “su Lógica”, aunque se trate de una Lógica que funciona a partir del desprecio a los principios racionales que deberían regir la convivencia de cualquier agrupación democrática. Su Lógica, esa Lógica de quienes ni firmaron ni aceptan la Declaración Universal de los Derechos Humanos, es la siguiente: Consideramos que un embrión es un ser humano; si no proclamamos que lo es, no seremos fieles a la verdad de nuestras convicciones; nuestras convicciones están inspiradas por Dios y, por ello, nuestras convicciones son verdaderas; si no proclamamos la verdad objetiva y absoluta de nuestras convicciones, no seremos fieles a la palabra divina; por lo tanto, no podemos ser transigentes con quienes no aceptan la verdad objetiva de aquello que nos ha comunicado el propio Dios, y, por ello también y mientras no podamos reinstaurar nuestra añorada Inquisición, debemos denunciar y tratar como asesinos a quienes consienten y practiquen esta forma de medicina basada en la “eugenesia” y en el asesinato de seres humanos –especialmente si tal actividad se relacione de algún modo con los gobernantes del PSOE-.
Pues bien, frente a esta absurda “Lógica” de la jerarquía católica, aunque todos estemos convencidos en muchas ocasiones acerca de la verdad de una parte importante de nuestras opiniones, partimos de una Lógica distinta, que es la que parte del reconocimiento, al estilo socrático, de nuestras propias limitaciones, de la aceptación de que podemos estar equivocados, de la consideración de que nadie se encuentra en poder de la Verdad Absoluta y del punto de vista de que nadie tiene derecho a imponer sus propias opiniones descalificando las de los demás, sino que, ante dos opiniones contradictorias, la buena convivencia exige que, si se ha de adoptar un punto de vista que afecte a dicha convivencia, deba hacerse mediante procedimientos en los que, agotado el diálogo racional y tolerante, finalmente se adopte la decisión de la mayoría, aunque pueda ser equivocada, pues mucho más grave sería que tuviera que imponerse la opinión de una minoría por el simple hecho de que se obstinase en proclamar que ellos se encontraban en posesión de la auténtica verdad. Así que, si todos enfocásemos nuestras diferencias de opinión de este mismo modo tan absurdamente dogmático y fanático como lo hace la jerarquía católica, el diálogo y la tolerancia serían imposibles y todos los problemas los resolveríamos como a ellos les gustaría: Encarcelando a los que disintieran de sus “verdades absolutas” y condenándolos a muerte si persistieran de modo recalcitrante en sus errores inspirados por “el Maléfico”. Si todos, por el hecho de juzgar que nuestras opiniones son las correctas, descalificásemos a los demás y los tratásemos de subnormales o de asesinos como hacen ellos, volveríamos a la barbarie más irracional, a la de los tiempos de su añorada Inquisición, que no representó por cierto un clima especialmente propicio para el desarrollo del pensamiento libre y del progreso científico ni filosófico.
Dicho esto, presento a continuación unas consideraciones relacionadas con el tema del aborto a fin de plantear hasta que punto las doctrinas de la jerarquía católica son coherentes o incongruentes entre sí:
Dice la jerarquía católica que la vida humana es sagrada y que el embrión tiene ya vida humana porque desde el momento de la concepción, en el que un espermatozoide se ha unido a un óvulo, simultáneamente se ha producido el acto mágico por el que Dios habrá creado un alma para ese embrión. Y en cuanto el embrión es ya un ser humano y posee una “dignidad” absoluta, nadie tiene derecho a interrumpir la vida de ese ser humano.
Sin embargo, a todas estas extrañas doctrinas hay que replicar, en primer lugar, que la unión de dos células no constituye un ser humano, que la creencia en la mágica creación de un “alma” puede ser respetable, tanto como la creencia de que dichas células por separado tienen el mismo valor que después de unirse. Desde una perspectiva científica la unión de estas dos células –espermatozoide y óvulo- representa el comienzo de un proceso biológico de multiplicación celular que puede culminar con el paso de los meses en la formación de un ser humano, pero que el establecer en qué momento de la gestación esa primera unión celular puede considerarse ya como un ser humano es una cuestión que tiene un componente de “convencionalismo”: Una célula no es un ser humano, dos células tampoco, cuatro células tampoco, ocho tampoco, dieciséis tampoco… ¿Entonces cuando constituyen un ser humano? Pues el carácter convencional por lo que se refiere al establecimiento de cuándo nos encontramos ante un ser humano puede comprenderse si reflexionamos acerca de qué pensaríamos si alguien nos dijera: “El embrión que tiene solo 5.999.999 células todavía no es un ser humano, pero el que tiene 6.000.000 sí lo es”. En este punto lo único evidente es simplemente de que nos encontramos ante una forma de vida que en el futuro podría convertirse en un ser humano. Y, en cuanto se trata de una forma de vida, todos en general tenemos cierta sensibilidad natural que nos lleva a respetarla, de manera que nadie querría el aborto por sí mismo, ni siquiera el de esa agrupación de células que reciben el nombre de “embrión”, sino sólo como una forma de evitar males mayores en cuanto no se esté en condiciones de llevar adelante un embarazo y los cuidados posteriores necesarios para hacerse cargo de aquel ser humano en que se convertiría dicho embrión al finalizar el proceso de su desarrollo.
Si la jerarquía católica insiste en afirmar que un embrión es un ser humano y que la simple unión de dos células constituyen ya un ser humano, podríamos preguntarles, por qué no consideran igualmente que un ser vivo, como lo es un espermatozoide, que nada ya tan bien en el líquido seminal y busca con ilusión el óvulo en el que pueda continuar adecuadamente su ciclo vital, es ya un “nasciturus”, cuyas posibilidades se truncan desde el momento en que se le niega proporcionarle un óvulo para que su vida pueda desarrollarse felizmente ¿No es un monstruoso asesinato el desprecio y la falta de cuidados para dar vida a la mayor cantidad posible de espermatozoides? ¿No es una obligación moral relacionada con el respeto a la vida humana tratar de fecundar al mayor número posible de mujeres para lograr la salvación del mayor número de espermatozoides y también de óvulos? ¿No es un crimen dejar que tanto unos como otros mueran como consecuencia de nuestra dejadez a la hora de cumplir con el precepto bíblico “creced y multiplicaos”? Los curas y obispos, por cierto, no parecen especialmente preocupados en cumplir con tal precepto –por lo menos en teoría-, pero al menos deberían ser coherentes con él y exhortar a que todos, varones y mujeres, se concienciasen y tratasen de cumplirlo, lo cual debería llevar como consecuencia a que todos los jóvenes tratasen de utilizar sus reservas espermáticas intentando dejar embarazadas a todas las mujeres en edad fértil a fin de evitar el asesinato – en cuanto muerte por omisión de auxilio- de tantos seres humanos larvarios cuyas funciones vitales, aunque no sean especialmente patentes a simple vistas, cualquiera puede reconocer a través de un microscopio. ¡Recuerdo con pena a un espermatozoide que nadaba mejor que Mark Espitz y que me daba la impresión de que me miraba de un modo triste, como si me estuviera diciendo: “¡Búscame un óvulo, por favor!”. Y me sigue remordiendo la conciencia porque en aquel momento fui incapaz de conseguirle lo que me pedía y de haberle proporcionado el óvulo necesario para impedir su muerte, en lugar de haber buscado a la mujer dispuesta para contribuir al desarrollo y florecimiento de su vida tal como por naturaleza le habría correspondido, igual que todos los que hemos tenido el privilegio de crecer y de llegar vivir y a conocer a ese portento de humanidad representado por el señor Martínez Camino y por otros ejemplares de vida asombrosa y misteriosamente viable.
Por otra parte, si la doctrina de la jerarquía católica fuera correcta por lo que se refiere a considerar que un embrión es ya un ser humano, ¿por qué se preocupan tanto acerca de su continuidad vital “en este valle de lágrimas”?
-¿Acaso no creéis en la beatífica vida eterna?
-¡¿Cómo que no creemos?! ¡Pues claro que sí!
-Entonces, ¿qué tiene de malo que enviemos a esos embriones, que vosotros consideráis como auténticos seres humanos, a gozar de la dicha inconmensurable de la Vida Eterna, evitándoles así el peligro de las tentaciones terrenales que podrían poner en un gravísimo riesgo la salvación de su alma? Y mucho más, teniendo en cuenta que desde hace unos años se ha cerrado el Limbo y que ¡todos los niños que mueren sin bautizar van directos al Cielo! ¿No sería ese el mejor regalo que les podríamos hacer?
-Pero, ¿quiénes creéis que sois vosotros para arrogaros el derecho de disponer de la vida de nadie? ¡La dignidad de la persona está por encima de cualquier otra consideración!
-Ya sabemos que somos simples humanos y que, según vosotros, nuestras acciones en favor del aborto libre son inmorales, pero ¿seríais capaces de refutar el argumento que os hemos presentado en favor del aborto? ¿No os parece que acciones como las del aborto son la mejor garantía de la eterna salvación para esos embriones que consideráis humanos? La verdad es que, si yo tuviera la fe que vosotros decís tener, me hubiera gustado no haber llegado a nacer y haber sido un simple aborto, pues a estas horas ya estaría gozando de la auténtica vida celestial y no aquí, en las oficinas del paro, en espera de conseguir una mierda de trabajo. Lo de Jesús decís que fue la “Redención del género humano”, pero ¿qué clase de “redención” fue ésa que sólo sirvió a unos pocos en cuanto, según los Evangelios, la mayoría se va a freír eternamente en el Infierno? Lo de las abortistas sí que es una auténtica “Redención”, pues embrión que destruyen, embrión que asciende directo a la Gloria. Decís que seremos castigadas por nuestra acción criminal, por nuestra falta de respeto a “la dignidad humana”, pero si nosotros creyésemos en esa gloria celestial de la que vosotros habláis, no nos habría importado en absoluto que nadie se hubiera olvidado de esa “dignidad”, pues ahora ya haría algún tiempo que estaríamos disfrutando en el Cielo en lugar de estar aquí escuchando vuestra sandeces. Así que, bien está, faltamos al respeto de esa supuesta dignidad de los embriones y sacrificamos nuestra salvación eterna a cambio de la suya. ¡Eso sí que es una Redención segura! Pues así conseguimos para nuestros queridos abortos la mejor vida que pudieran tener: ¡la vida eterna y eternamente feliz!
-¡¡Que Dios os maldiga!! ¡¡Al fuego eterno!!
sábado, 30 de agosto de 2008
क्रिस्तिअनिस्मो य Latíन
CRISTIANISMO Y LATÍN
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
Los curas no tienen mucha idea del latín por el hecho de ser curas, por mucho que quieran presumir del "Pater noster..." y del "Credo in unum Deum...". Recuerdo que en la facultad de Filosofía de Valencia (España) había un compañero cura que -quizá sin saberlo- iba ya de mártir por adelantado a causa de los sufrimientos que le producían los discursos de Cicerón, que no son especialmente complicados.
¿Cuál es la causa de que, de acuerdo con las consignas del señor Ratzinger, la jerarquía católica pretenda reintroducir el latín, a pesar de las reformas del Concilio Vaticano II en un sentido contrario? La respuesta es muy sencilla: La jerarquía católica, con el señor Ratzinger, su actual jefe, a la cabeza a tomado esta decisión porque, como juegan a hechiceros, se han dado cuenta de que el pueblo sencillo e ingenuo se asombra más de lo que no entiende, juzgándolo humildemente como verdad sublime a la que su mente es incapaz de llegar, que ante las simplezas y absurdos que capta fácilmente cuando los escucha en su propio idioma.
El señor Roncalli, alias Juan XXIII, no entendió bien el negocio de esos mafiosos. Ha sido preciso que Herr Ratzinger alcanzase el poder supremo de esta multinacional mafiosa para que pusiera de nuevo las cosas en su sitio: Al pueblo no conviene contarle cosas que pueda entender y criticar sino sólo hablarle con expresiones cuyo sentido resulte incomprensible, incluso para la propia jerarquía, pues de ese modo no las podrá criticar y seguirá pensando "¡Qué sublime sabiduría debe de haber en esas palabras cuando mi mente es incapaz de entender nada!". ¿Por qué, si no, estuvo incluida la Biblia en el Indice de Libros Prohibidos? Evidentemente, por ese mismo motivo. ¿Por qué la Santa (?) Inquisición condenó a fray Luís de León? Pues por haber traducido al castellano "El cantar de los cantares", uno de los libros de la Biblia.
Que no pretendan argumentar que las lenguas actuales son incapaces de expresar los contenidos religiosos o que el latín es un lenguaje más perfecto para conseguir los objetivos religiosos, pues lo que sucede es que a la jerarquía católica y a su negocio le viene muy mal que sus creyentes vayan descubriendo la multiud de contradicciones, falsedades y absurdos que hay en los contenidos de esa ideología embaucadora tan absurda y que sólo es el medio inicial para el desarrollo de ese imperio político, económico y social que contamina perniciosamente los distintos puntos de nuestro planeta.
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
Los curas no tienen mucha idea del latín por el hecho de ser curas, por mucho que quieran presumir del "Pater noster..." y del "Credo in unum Deum...". Recuerdo que en la facultad de Filosofía de Valencia (España) había un compañero cura que -quizá sin saberlo- iba ya de mártir por adelantado a causa de los sufrimientos que le producían los discursos de Cicerón, que no son especialmente complicados.
¿Cuál es la causa de que, de acuerdo con las consignas del señor Ratzinger, la jerarquía católica pretenda reintroducir el latín, a pesar de las reformas del Concilio Vaticano II en un sentido contrario? La respuesta es muy sencilla: La jerarquía católica, con el señor Ratzinger, su actual jefe, a la cabeza a tomado esta decisión porque, como juegan a hechiceros, se han dado cuenta de que el pueblo sencillo e ingenuo se asombra más de lo que no entiende, juzgándolo humildemente como verdad sublime a la que su mente es incapaz de llegar, que ante las simplezas y absurdos que capta fácilmente cuando los escucha en su propio idioma.
El señor Roncalli, alias Juan XXIII, no entendió bien el negocio de esos mafiosos. Ha sido preciso que Herr Ratzinger alcanzase el poder supremo de esta multinacional mafiosa para que pusiera de nuevo las cosas en su sitio: Al pueblo no conviene contarle cosas que pueda entender y criticar sino sólo hablarle con expresiones cuyo sentido resulte incomprensible, incluso para la propia jerarquía, pues de ese modo no las podrá criticar y seguirá pensando "¡Qué sublime sabiduría debe de haber en esas palabras cuando mi mente es incapaz de entender nada!". ¿Por qué, si no, estuvo incluida la Biblia en el Indice de Libros Prohibidos? Evidentemente, por ese mismo motivo. ¿Por qué la Santa (?) Inquisición condenó a fray Luís de León? Pues por haber traducido al castellano "El cantar de los cantares", uno de los libros de la Biblia.
Que no pretendan argumentar que las lenguas actuales son incapaces de expresar los contenidos religiosos o que el latín es un lenguaje más perfecto para conseguir los objetivos religiosos, pues lo que sucede es que a la jerarquía católica y a su negocio le viene muy mal que sus creyentes vayan descubriendo la multiud de contradicciones, falsedades y absurdos que hay en los contenidos de esa ideología embaucadora tan absurda y que sólo es el medio inicial para el desarrollo de ese imperio político, económico y social que contamina perniciosamente los distintos puntos de nuestro planeta.
martes, 3 de junio de 2008
Día negro para nuestra democracia: El Congreso de los Diputados, arrodillado ante la Jerarquía Católica
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
El día 26 de mayo fue, efectivamente, un día negro para la historia de nuestra democracia. A propuesta de Izquierda Unida se había planteado en el Congreso que los símbolos religiosos desaparecieran de los actos de carácter político. Cualquiera que haya leído nuestra Constitución sabe perfectamente que la presencia de cualquier simbología religiosa en tales actos políticos es contraria a la Constitución desde el momento en que ésta señala, en su artículo 16.3, que
“Ninguna confesión tendrá carácter estatal”
Por ello, una consecuencia evidente de este carácter aconfesional del Estado español es que la simbología religiosa de cualquier tipo debe quedar para el ámbito privado desapareciendo de la actividad y del protocolo de cualquier ceremonia política en cuanto eso es lo que dispone la Constitución y en cuanto además el respeto a la pluralidad de creencias o incredulidades de nuestro pueblo debería implicar la retirada de esa simbología que no por tradicional debe mantenerse como si se tratase del “derecho consuetudinario adquirido” a seguir disfrutando de los injustos privilegios que ha tenido en España a lo largo de los siglos.
El presupuesto básico de la actividad política de cualquier congresista debería ser el de la de la defensa del orden constitucional, procurando que todas sus actuaciones políticas se enmarcasen adecuadamente dentro del marco de la Constitución. Sin embargo, la actuación de la gran mayoría los señores diputados en su reunión del día 26, en la que se sometió a votación si debían suprimirse o no los símbolos religiosos en los actos protocolarios del nombramiento de ministros y, por extensión, en cualquier otro acto político, fue realmente bochornosa precisamente porque en lugar de defender esa Constitución que habían prometido -o jurado- defender, la menospreciaron de modo sorprendente e incalificable.
¿Cómo pudo suceder que la votación fuera ten mayoritariamente contrario a la propuesta de Izquierda Unida, cuando se trataba de la propuesta de que se cumpliera nuestra Constitución, lo cual no siquiera debería haber sido objeto de polémica alguna?
¿Cómo habrá que entender a partir de ahora ese artículo 16.3 de nuestra Constitución? Si el Estado Español no tiene carácter confesional, ¿qué pinta el crucifijo no solo como símbolo en las ceremonias oficiales sino incluso colocado en el centro de la mesa, dejando a un lado la Constitución española, como si la España del siglo XXI siguiera siendo un feudo del Estado del Vaticano y de su Jerarquía. Realmente es inconcebible y sólo podemos creer que es así porque desgraciadamente lo hemos comprobado no sólo en esa votación sino también en la serie de “tributos” o de “impuestos” que nuestro país sigue pagando “religiosamente” (¡?!) a ese otro Estado desparramado por todo el mundo, pero teniendo su sede central enclavada en Roma.
¿¡Hasta cuando seguirá España sometida a la Jerarquía Católica!? Y digo a la “Jerarquía Católica” porque quiero que se me entienda bien. No estoy hablando de los cristianos en general ni de los católicos en particular sino de ese grupo especial constituido por la Jerarquía Católica que es quien maneja de un modo exclusivo y a su arbitrio los hilos políticos y las enormes riquezas de esa organización, pues el resto, los llamados “fieles” o “rebaño” cristiano, a pesar de ser con mucho el grupo mayoritario de esa organización, simplemente adopta una actitud de sumisión pasiva ante las consignas de sus “pastores” y trata de seguirlas en mayor o en menor medida según la fuerza con que llegue hasta ellos el martilleo de las homilías y consignas dominicales.
Parece que desde el punto de vista teórico es habría que tener un cociente intelectual especialmente bajo para no comprender la relación deductiva existente entre el artículo 16.3 de nuestra Constitución y la propuesta presentada por Izquierda Unida.
¿Por qué, sin embargo, el Congreso ha menospreciado dicho artículo para seguir defendiendo la subordinación de nuestro país, arrodillándose ante la autoridad de Roma?
Si, como dijo Bismarck, “la política es el arte de lo posible”, parece que los políticos –y en especial los del PSOE- hayan considerado que en estos momentos no era posible plantar cara a la Jerarquía Católica para colocarla en su sitio, que sería -si acaso- en sus respectivas iglesias o en el Vaticano, y que, por ello, han seguido cediendo al chantaje que implica el mantenimiento de esa simbología religiosa que preside las ceremonias políticas de nuestro país y la continuidad de esa multitud incontable de privilegios con la que se sigue enriqueciendo a la Jerarquía Católica en España a costa del dinero de todos los españoles, incluido no sólo el de quienes practican otra religión o el de quienes no creemos en ninguna sino especialmente el de quienes apenas si tienen dinero para llegar a fin de mes.
¿Qué habrá que hacer para conseguir que finalmente nuestros Estado se libere de la camisa de fuerza representada por la ambición ilimitada de la Jerarquía Católica?
Por el momento parece como si no nos quedase otro remedio que el de denunciar a nuestros políticos, con la honrosa excepción de Izquierda Unida y de algún otro diputado, por haber cedido a ese vergonzoso chantaje.
Y, aunque esa denuncia pueda parecer algo así como el ejercicio del simple “derecho al pataleo”, debemos ser conscientes de que, en nuestra lucha constante por defender la libertad frente al oscurantismo y las ansias opresoras y sin escrúpulos de la Jerarquía Católica, la fuerza de nuestra razón irá creciendo y haciéndose imparable en la misma medida en que no nos resignemos y mantengamos nuestra actitud de denuncia, desenmascarando la constante hipocresía de dicha Jerarquía, sus contantes atropellos de la libertad de nuestro país y la constante sangría económica a la que lo someten mediante el chantaje al que someten a nuestros gobernantes, que no tienen la suficiente valentía como para enfrentarse a esa presión ejercida “con guante de terciopelo y puño de hierro”, como fue la consigna del señor Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei.
La razón y la denuncia constante son, pues, las armas más importante en nuestra lucha por la recuperación de nuestra libertad frente a la esclavitud milenaria de nuestro pueblo a dicha organización.
Y, en esa actitud de crítica racional y de denuncia, hay que destacar de manera especial y como esperanza en esa lucha por la recuperación de la libertad de nuestro pueblo -y de los demás pueblos de de nuestro entorno, como especialmente los de Hispanoamérica- la labor, más importante cada día, de organizaciones como FIdA (Federación Internacional de Ateos), como UCR (Unidad Cívica por la República) y como todas las que luchan por desenmascarar y parar los pies a esta Jerarquía Católica, digna heredera de su “Santa –y atroz- Inquisición”.
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
El día 26 de mayo fue, efectivamente, un día negro para la historia de nuestra democracia. A propuesta de Izquierda Unida se había planteado en el Congreso que los símbolos religiosos desaparecieran de los actos de carácter político. Cualquiera que haya leído nuestra Constitución sabe perfectamente que la presencia de cualquier simbología religiosa en tales actos políticos es contraria a la Constitución desde el momento en que ésta señala, en su artículo 16.3, que
“Ninguna confesión tendrá carácter estatal”
Por ello, una consecuencia evidente de este carácter aconfesional del Estado español es que la simbología religiosa de cualquier tipo debe quedar para el ámbito privado desapareciendo de la actividad y del protocolo de cualquier ceremonia política en cuanto eso es lo que dispone la Constitución y en cuanto además el respeto a la pluralidad de creencias o incredulidades de nuestro pueblo debería implicar la retirada de esa simbología que no por tradicional debe mantenerse como si se tratase del “derecho consuetudinario adquirido” a seguir disfrutando de los injustos privilegios que ha tenido en España a lo largo de los siglos.
El presupuesto básico de la actividad política de cualquier congresista debería ser el de la de la defensa del orden constitucional, procurando que todas sus actuaciones políticas se enmarcasen adecuadamente dentro del marco de la Constitución. Sin embargo, la actuación de la gran mayoría los señores diputados en su reunión del día 26, en la que se sometió a votación si debían suprimirse o no los símbolos religiosos en los actos protocolarios del nombramiento de ministros y, por extensión, en cualquier otro acto político, fue realmente bochornosa precisamente porque en lugar de defender esa Constitución que habían prometido -o jurado- defender, la menospreciaron de modo sorprendente e incalificable.
¿Cómo pudo suceder que la votación fuera ten mayoritariamente contrario a la propuesta de Izquierda Unida, cuando se trataba de la propuesta de que se cumpliera nuestra Constitución, lo cual no siquiera debería haber sido objeto de polémica alguna?
¿Cómo habrá que entender a partir de ahora ese artículo 16.3 de nuestra Constitución? Si el Estado Español no tiene carácter confesional, ¿qué pinta el crucifijo no solo como símbolo en las ceremonias oficiales sino incluso colocado en el centro de la mesa, dejando a un lado la Constitución española, como si la España del siglo XXI siguiera siendo un feudo del Estado del Vaticano y de su Jerarquía. Realmente es inconcebible y sólo podemos creer que es así porque desgraciadamente lo hemos comprobado no sólo en esa votación sino también en la serie de “tributos” o de “impuestos” que nuestro país sigue pagando “religiosamente” (¡?!) a ese otro Estado desparramado por todo el mundo, pero teniendo su sede central enclavada en Roma.
¿¡Hasta cuando seguirá España sometida a la Jerarquía Católica!? Y digo a la “Jerarquía Católica” porque quiero que se me entienda bien. No estoy hablando de los cristianos en general ni de los católicos en particular sino de ese grupo especial constituido por la Jerarquía Católica que es quien maneja de un modo exclusivo y a su arbitrio los hilos políticos y las enormes riquezas de esa organización, pues el resto, los llamados “fieles” o “rebaño” cristiano, a pesar de ser con mucho el grupo mayoritario de esa organización, simplemente adopta una actitud de sumisión pasiva ante las consignas de sus “pastores” y trata de seguirlas en mayor o en menor medida según la fuerza con que llegue hasta ellos el martilleo de las homilías y consignas dominicales.
Parece que desde el punto de vista teórico es habría que tener un cociente intelectual especialmente bajo para no comprender la relación deductiva existente entre el artículo 16.3 de nuestra Constitución y la propuesta presentada por Izquierda Unida.
¿Por qué, sin embargo, el Congreso ha menospreciado dicho artículo para seguir defendiendo la subordinación de nuestro país, arrodillándose ante la autoridad de Roma?
Si, como dijo Bismarck, “la política es el arte de lo posible”, parece que los políticos –y en especial los del PSOE- hayan considerado que en estos momentos no era posible plantar cara a la Jerarquía Católica para colocarla en su sitio, que sería -si acaso- en sus respectivas iglesias o en el Vaticano, y que, por ello, han seguido cediendo al chantaje que implica el mantenimiento de esa simbología religiosa que preside las ceremonias políticas de nuestro país y la continuidad de esa multitud incontable de privilegios con la que se sigue enriqueciendo a la Jerarquía Católica en España a costa del dinero de todos los españoles, incluido no sólo el de quienes practican otra religión o el de quienes no creemos en ninguna sino especialmente el de quienes apenas si tienen dinero para llegar a fin de mes.
¿Qué habrá que hacer para conseguir que finalmente nuestros Estado se libere de la camisa de fuerza representada por la ambición ilimitada de la Jerarquía Católica?
Por el momento parece como si no nos quedase otro remedio que el de denunciar a nuestros políticos, con la honrosa excepción de Izquierda Unida y de algún otro diputado, por haber cedido a ese vergonzoso chantaje.
Y, aunque esa denuncia pueda parecer algo así como el ejercicio del simple “derecho al pataleo”, debemos ser conscientes de que, en nuestra lucha constante por defender la libertad frente al oscurantismo y las ansias opresoras y sin escrúpulos de la Jerarquía Católica, la fuerza de nuestra razón irá creciendo y haciéndose imparable en la misma medida en que no nos resignemos y mantengamos nuestra actitud de denuncia, desenmascarando la constante hipocresía de dicha Jerarquía, sus contantes atropellos de la libertad de nuestro país y la constante sangría económica a la que lo someten mediante el chantaje al que someten a nuestros gobernantes, que no tienen la suficiente valentía como para enfrentarse a esa presión ejercida “con guante de terciopelo y puño de hierro”, como fue la consigna del señor Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei.
La razón y la denuncia constante son, pues, las armas más importante en nuestra lucha por la recuperación de nuestra libertad frente a la esclavitud milenaria de nuestro pueblo a dicha organización.
Y, en esa actitud de crítica racional y de denuncia, hay que destacar de manera especial y como esperanza en esa lucha por la recuperación de la libertad de nuestro pueblo -y de los demás pueblos de de nuestro entorno, como especialmente los de Hispanoamérica- la labor, más importante cada día, de organizaciones como FIdA (Federación Internacional de Ateos), como UCR (Unidad Cívica por la República) y como todas las que luchan por desenmascarar y parar los pies a esta Jerarquía Católica, digna heredera de su “Santa –y atroz- Inquisición”.
martes, 20 de mayo de 2008
La hipocresía del cardenal Cañizares
y de sus colegas
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
Aunque han pasado más de dos meses desde que el señor Cañizares, cardenal de Toledo, realizó una serie de declaraciones al diario italiano Il corriere della sera, me ha parecido conveniente comentar algunas de sus palabras porque representan la pauta constante seguida por la Jerarquía de la organización a la que pertenece, cuyo centro se encuentra en el Vaticano, estado independiente que, por lo mismo que es respetado, debería respetar el funcionamiento interno de los demás estados y, mucho más, teniendo en cuenta que se trata de un estado con un sistema político medieval, totalmente alejado del sistema democrático defendido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
En referencia al aborto y a la eutanasia y basándose en su prejuicio acerca del momento en que nos encontramos ante una vida humana y del absurdo de que el hombre tenga la obligación de sufrir mientras su dios así lo quiera, dijo el señor Cañizares que “quien niega el derecho a la vida está en contra de la democracia y conduce a la sociedad hacia el desastre”, olvidando que fue la Jerarquía de su organización la que tradicionalmente, desde hace ya muchos siglos, defendió y sigue defendiendo la pena de muerte y la ha estado aplicando, tanto cuando contó con suficiente poder político, sirviéndose del tribunal de su “Santa Inquisición” para condenar a todo aquel de quien sospechase que podía poner en peligro su autoridad ideológica y política, como posteriormente, cuando ha estado apoyando sistemas políticos dictatoriales como los de Hitler, Franco y los de las diversas dictaduras de Hispanoamérica durante los últimos años, colaborando incluso en los crímenes y asesinatos realizadas por tales dictaduras.
Fue realmente vergonzoso el comportamiento de la Jerarquía católica –no el de los católicos-, pero igualmente lamentable y estúpidamente osado que ahora el señor Cañizares y otros colegas suyos pretendan dárselas de ¡¡¡defensores de la democracia!!! teniendo en cuenta no sólo el comportamiento tradicional de su organización sino el hecho de que quienes dicen pretender la defensa de la democracia en un estado ajeno al suyo sean los “príncipes” de un sistema político, como lo es el del Estado del Vaticano, que nunca ha sido ni pretende ser democrático sino que sigue anclado en un régimen político medieval, en el que sus miembros de base no pintan absolutamente nada en las decisiones que sus autoridades quieran tomar, tanto en el ámbito religioso teórico como en el de las decisiones acerca del destino de las incalculables riquezas con que cuenta dicho estado, riquezas que prioritariamente se dedican a engrandecer el poder y el refinado lujo de esos obispos, cardenales y papas, pretenciosos y ridículos “príncipes” feudales del siglo XXI.
Pero, además de que no practican la democracia en sus propias instituciones, tienen el hipócrita descaro de atacar a un estado democrático que aprueba sus leyes no como consecuencia de decisiones arbitrarias y autoritarias de sus gobernantes -como son las que toma la jerarquía de esa organización- sino como consecuencia del funcionamiento de instituciones democráticas, como la del Congreso de los Diputados, elegidas por el pueblo, que son las encargadas de elaborar y de aprobar o rechazar las leyes que rigen nuestra convivencia.
Añade este señor que “quien niega el derecho a la vida… conduce a la sociedad al desastre”, y también tiene razón en esto, pues en efecto la actitud sanguinaria de la Jerarquía de la Iglesia de Roma condujo al desastre a las sociedades europeas durante las cruzadas, durante la conquista y exterminio de los pueblos autóctonos de Hispanoamérica, durante las guerras de religión que alentaron en Europa a lo largo de mucho años de su historia, y durante nuestra sangrienta guerra civil, que ellos santificaron con el nombre de “Cruzada nacional”.
Afirma igualmente que España está cayendo en la “dictadura del relativismo”, como si tal relativismo fuera una desgracia. Parece que a este señor y a sus colegas no les hace ninguna gracia que los españoles dejen de ser sumisos corderos de las consignas de los agentes del Vaticano, que con Franco vivían tan bien y tan identificados con su régimen fascista que incluso nos dejaron innumerable fotos saludando al estilo de aquel fascismo autoritario, opresor del pueblo y enemigo de la democracia, de la justicia y de la libertad. Y sí, es verdad, la superación de aquella dictadura dio paso a una libertad de información, de pensamiento y de expresión que ha provocado que muchos españoles –y cada día más- hayan tomado conciencia de que son dueños de su vida y de que nadie tiene el derecho de pensar por ellos ni decirles cómo deben pensar, y mucho menos que tengan la obligación de regirse de acuerdo con las directrices de unos señores que, como agentes del Vaticano, siguen sus consignas y se inmiscuyen constantemente en nuestras instituciones y en nuestra forma de vida en lugar de ocuparse de democratizar su propio estado y de vivir de su trabajo en lugar de extorsionar continuamente al estado español como vampiros succionando la sangre de sus víctimas.
Si por “relativismo” entiende este pobre señor que muchos españoles hayan dejado de seguir las consignas del Vaticano o las de sus agentes en España a la hora de tomar decisiones acerca de su propia vida, eso será una mala noticia para él, pero una excelente noticia para quienes amamos la libertad y el derecho inalienable de cada persona a vivir de acuerdo con su propia conciencia sin someterla al arbitrio de ninguna confesión religiosa ni de cualquier otro tipo, con intereses privados muy distintos, por cierto, de los que proclaman en público.
A pesar de los constantes ataques de su organización al gobierno socialista de España, el señor Cañizares dijo que no estaba en contra del gobierno, a la vez que se quejaba de que España representaba “la punta más avanzada de la revolución” del relativismo como consecuencia de leyes socialistas que confiaban al Estado la formación moral de los jóvenes. Pero a lo que este pobre señor teme no es a que el estado español asuma su derecho y su deber de preocuparse por la formación y por la educación de sus ciudadanos, sino de manera especial a que tal formación siga abriendo los ojos de nuestra juventud hasta el punto de llegar a comprender que la lección más importante que debe aprender es la de vivir de acuerdo con sus propias convicciones y a decidir libremente acerca de su propia vida sin aceptar las pretensiones de ninguna organización que pretenda arrogarse el derecho a indicarle qué valores y qué concepción de la vida debe aceptar, sin más argumentos que el de una supuesta autoridad moral que pretenden tener por la gracia de “su Dios”, que en realidad no es otro que “el Dios dinero”, que buscan por todos los medios de modo compulsivo.
¿Acaso habría que confiar dicha formación moral a una organización que se ha caracterizado milenariamente por su absoluta falta de escrúpulos a la hora de aliarse con cualquier dictador que les haya ofrecido una buena tajada económica por su colaboracionismo? ¿Acaso habría que confiar la formación moral de los jóvenes a quienes se caracterizan por la desvergüenza más absoluta a la hora de predicar la pobreza a la vez que, poseyendo riquezas incalculables, hacen ostentación de los lujos más asombrosos que se pueda imaginar sin preocuparse para nada de la miseria del mundo y de los millones de niños que cada año mueren de hambre?
A pesar de su antipatía por el gobierno democrático socialista, tan alejada de su simpatía por la dictadura franquista, dijo también el señor Cañizares que la Jerarquía episcopal colaboraría con el gobierno “siempre y cuando se mueva en el camino de la Constitución y persiga, como hace la Iglesia, el bien común”. Pero, ¿desde cuándo les ha importado nuestra Constitución a estos señores, como no haya sido para criticar su carácter laico y democrático? Ahora va a resultar que el señor Cañizares se convierte en adalid de nuestra Constitución, a pesar de que continuamente la ha estado atacando, especialmente cuando critica las leyes que aprueba el Parlamento, leyes que emanan y son consecuencia del desarrollo de esa misma Constitución que dice defender. ¡Hay que ser hipócrita y simple para afirmar tales mentiras y para creer que el pueblo va a seguir creyendo en ellas, cuando de forma reiterada demuestra con sus hechos lo contrario de lo que dice defender! ¡Y encima se atreve a afirmar cínicamente que su organización se preocupa por “el bien común”, a pesar de que no destina ni el uno por cien de las enormes riquezas de que dispone para aliviar el hambre ni la miseria del mundo!
Como colofón de sus reflexiones acerca de la actual situación de nuestro país, insistió este pobre señor, tan respetuoso con nuestro país y con nuestro gobierno, en que Zapatero “conduce a la sociedad hacia el desastre” y está “en contra de la democracia” porque “niega el derecho a la vida”, permitiendo leyes como la del aborto. Claro está, acostumbrado al franquismo y a la dictadura del jefe de su propia organización como lo más natural del mundo, no se le ocurrió pensar que el presidente Zapatero no es un dictador al estilo franquista ni un autócrata al estilo del jefe de su organización que promulgue o derogue leyes a su arbitrio sino que es el pueblo soberano, a través sus representantes el encargado de proponerlas, de aprobarlas o de rechazarlas, y siendo el presidente Zapatero y su gobierno quienes tienen encomendada en estos momentos la misión de hacer que se cumplan.
y de sus colegas
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
Aunque han pasado más de dos meses desde que el señor Cañizares, cardenal de Toledo, realizó una serie de declaraciones al diario italiano Il corriere della sera, me ha parecido conveniente comentar algunas de sus palabras porque representan la pauta constante seguida por la Jerarquía de la organización a la que pertenece, cuyo centro se encuentra en el Vaticano, estado independiente que, por lo mismo que es respetado, debería respetar el funcionamiento interno de los demás estados y, mucho más, teniendo en cuenta que se trata de un estado con un sistema político medieval, totalmente alejado del sistema democrático defendido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
En referencia al aborto y a la eutanasia y basándose en su prejuicio acerca del momento en que nos encontramos ante una vida humana y del absurdo de que el hombre tenga la obligación de sufrir mientras su dios así lo quiera, dijo el señor Cañizares que “quien niega el derecho a la vida está en contra de la democracia y conduce a la sociedad hacia el desastre”, olvidando que fue la Jerarquía de su organización la que tradicionalmente, desde hace ya muchos siglos, defendió y sigue defendiendo la pena de muerte y la ha estado aplicando, tanto cuando contó con suficiente poder político, sirviéndose del tribunal de su “Santa Inquisición” para condenar a todo aquel de quien sospechase que podía poner en peligro su autoridad ideológica y política, como posteriormente, cuando ha estado apoyando sistemas políticos dictatoriales como los de Hitler, Franco y los de las diversas dictaduras de Hispanoamérica durante los últimos años, colaborando incluso en los crímenes y asesinatos realizadas por tales dictaduras.
Fue realmente vergonzoso el comportamiento de la Jerarquía católica –no el de los católicos-, pero igualmente lamentable y estúpidamente osado que ahora el señor Cañizares y otros colegas suyos pretendan dárselas de ¡¡¡defensores de la democracia!!! teniendo en cuenta no sólo el comportamiento tradicional de su organización sino el hecho de que quienes dicen pretender la defensa de la democracia en un estado ajeno al suyo sean los “príncipes” de un sistema político, como lo es el del Estado del Vaticano, que nunca ha sido ni pretende ser democrático sino que sigue anclado en un régimen político medieval, en el que sus miembros de base no pintan absolutamente nada en las decisiones que sus autoridades quieran tomar, tanto en el ámbito religioso teórico como en el de las decisiones acerca del destino de las incalculables riquezas con que cuenta dicho estado, riquezas que prioritariamente se dedican a engrandecer el poder y el refinado lujo de esos obispos, cardenales y papas, pretenciosos y ridículos “príncipes” feudales del siglo XXI.
Pero, además de que no practican la democracia en sus propias instituciones, tienen el hipócrita descaro de atacar a un estado democrático que aprueba sus leyes no como consecuencia de decisiones arbitrarias y autoritarias de sus gobernantes -como son las que toma la jerarquía de esa organización- sino como consecuencia del funcionamiento de instituciones democráticas, como la del Congreso de los Diputados, elegidas por el pueblo, que son las encargadas de elaborar y de aprobar o rechazar las leyes que rigen nuestra convivencia.
Añade este señor que “quien niega el derecho a la vida… conduce a la sociedad al desastre”, y también tiene razón en esto, pues en efecto la actitud sanguinaria de la Jerarquía de la Iglesia de Roma condujo al desastre a las sociedades europeas durante las cruzadas, durante la conquista y exterminio de los pueblos autóctonos de Hispanoamérica, durante las guerras de religión que alentaron en Europa a lo largo de mucho años de su historia, y durante nuestra sangrienta guerra civil, que ellos santificaron con el nombre de “Cruzada nacional”.
Afirma igualmente que España está cayendo en la “dictadura del relativismo”, como si tal relativismo fuera una desgracia. Parece que a este señor y a sus colegas no les hace ninguna gracia que los españoles dejen de ser sumisos corderos de las consignas de los agentes del Vaticano, que con Franco vivían tan bien y tan identificados con su régimen fascista que incluso nos dejaron innumerable fotos saludando al estilo de aquel fascismo autoritario, opresor del pueblo y enemigo de la democracia, de la justicia y de la libertad. Y sí, es verdad, la superación de aquella dictadura dio paso a una libertad de información, de pensamiento y de expresión que ha provocado que muchos españoles –y cada día más- hayan tomado conciencia de que son dueños de su vida y de que nadie tiene el derecho de pensar por ellos ni decirles cómo deben pensar, y mucho menos que tengan la obligación de regirse de acuerdo con las directrices de unos señores que, como agentes del Vaticano, siguen sus consignas y se inmiscuyen constantemente en nuestras instituciones y en nuestra forma de vida en lugar de ocuparse de democratizar su propio estado y de vivir de su trabajo en lugar de extorsionar continuamente al estado español como vampiros succionando la sangre de sus víctimas.
Si por “relativismo” entiende este pobre señor que muchos españoles hayan dejado de seguir las consignas del Vaticano o las de sus agentes en España a la hora de tomar decisiones acerca de su propia vida, eso será una mala noticia para él, pero una excelente noticia para quienes amamos la libertad y el derecho inalienable de cada persona a vivir de acuerdo con su propia conciencia sin someterla al arbitrio de ninguna confesión religiosa ni de cualquier otro tipo, con intereses privados muy distintos, por cierto, de los que proclaman en público.
A pesar de los constantes ataques de su organización al gobierno socialista de España, el señor Cañizares dijo que no estaba en contra del gobierno, a la vez que se quejaba de que España representaba “la punta más avanzada de la revolución” del relativismo como consecuencia de leyes socialistas que confiaban al Estado la formación moral de los jóvenes. Pero a lo que este pobre señor teme no es a que el estado español asuma su derecho y su deber de preocuparse por la formación y por la educación de sus ciudadanos, sino de manera especial a que tal formación siga abriendo los ojos de nuestra juventud hasta el punto de llegar a comprender que la lección más importante que debe aprender es la de vivir de acuerdo con sus propias convicciones y a decidir libremente acerca de su propia vida sin aceptar las pretensiones de ninguna organización que pretenda arrogarse el derecho a indicarle qué valores y qué concepción de la vida debe aceptar, sin más argumentos que el de una supuesta autoridad moral que pretenden tener por la gracia de “su Dios”, que en realidad no es otro que “el Dios dinero”, que buscan por todos los medios de modo compulsivo.
¿Acaso habría que confiar dicha formación moral a una organización que se ha caracterizado milenariamente por su absoluta falta de escrúpulos a la hora de aliarse con cualquier dictador que les haya ofrecido una buena tajada económica por su colaboracionismo? ¿Acaso habría que confiar la formación moral de los jóvenes a quienes se caracterizan por la desvergüenza más absoluta a la hora de predicar la pobreza a la vez que, poseyendo riquezas incalculables, hacen ostentación de los lujos más asombrosos que se pueda imaginar sin preocuparse para nada de la miseria del mundo y de los millones de niños que cada año mueren de hambre?
A pesar de su antipatía por el gobierno democrático socialista, tan alejada de su simpatía por la dictadura franquista, dijo también el señor Cañizares que la Jerarquía episcopal colaboraría con el gobierno “siempre y cuando se mueva en el camino de la Constitución y persiga, como hace la Iglesia, el bien común”. Pero, ¿desde cuándo les ha importado nuestra Constitución a estos señores, como no haya sido para criticar su carácter laico y democrático? Ahora va a resultar que el señor Cañizares se convierte en adalid de nuestra Constitución, a pesar de que continuamente la ha estado atacando, especialmente cuando critica las leyes que aprueba el Parlamento, leyes que emanan y son consecuencia del desarrollo de esa misma Constitución que dice defender. ¡Hay que ser hipócrita y simple para afirmar tales mentiras y para creer que el pueblo va a seguir creyendo en ellas, cuando de forma reiterada demuestra con sus hechos lo contrario de lo que dice defender! ¡Y encima se atreve a afirmar cínicamente que su organización se preocupa por “el bien común”, a pesar de que no destina ni el uno por cien de las enormes riquezas de que dispone para aliviar el hambre ni la miseria del mundo!
Como colofón de sus reflexiones acerca de la actual situación de nuestro país, insistió este pobre señor, tan respetuoso con nuestro país y con nuestro gobierno, en que Zapatero “conduce a la sociedad hacia el desastre” y está “en contra de la democracia” porque “niega el derecho a la vida”, permitiendo leyes como la del aborto. Claro está, acostumbrado al franquismo y a la dictadura del jefe de su propia organización como lo más natural del mundo, no se le ocurrió pensar que el presidente Zapatero no es un dictador al estilo franquista ni un autócrata al estilo del jefe de su organización que promulgue o derogue leyes a su arbitrio sino que es el pueblo soberano, a través sus representantes el encargado de proponerlas, de aprobarlas o de rechazarlas, y siendo el presidente Zapatero y su gobierno quienes tienen encomendada en estos momentos la misión de hacer que se cumplan.
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