martes, 4 de diciembre de 2012


                         LA DENIGRACIÓN DE LA MUJER EN LA SECTA CATÓLICA 
Los dirigentes cristianos y los católicos en particular juzgan que la Biblia es la “palabra de Dios”, de manera que esta “palabra” es la que debe servirles de guía a la hora de establecer sus valores morales y de todo tipo. Pero sucede que, como en la Biblia hay en muchas doctrinas que se afirman en unos pasajes para ser negadas en otros, procuran silenciar o sacar a la luz aquellas doctrinas que les resultan más convenientes según las circunstancias del momento. En este sentido, por ejemplo, cuando se está hablando de lo denigrante que es para la mujer el uso del “burka”, que oculta por completo su cuerpo y su rostro, lo cual es un modo de anular su personalidad, procuran silenciar que esto mismo era lo que predicaba su “apóstol de los gentiles”, Pablo de Tarso, diciendo que la mujer debía llevar sobre su cabeza un velo como una señal de sujeción al varón. En cuanto las palabras de Pablo de Tarso son consideradas por la secta católica como parte de la Biblia, son tan “palabra de Dios” como las del resto de dicho libro. En consecuencia, los dirigentes católicos tratan de aplicar esas doctrinas cuando y en la medida que lo creen conveniente para sus intereses. De hecho, hasta no hace muchos años, los curas, los dueños de “las casas de Dios”, prohibían que mujeres o niñas entrasen en la iglesia sin llevar la cabeza cubierta con un velo; su tamaño era lo que podía variar, según los tiempos fueran más o menos propicios para exigir que tuvieran un tamaño mayor o menor. Y, si en estos momentos los dirigentes católicos callan ante el hecho de que las mujeres entren en la iglesia sin velo, es sólo por el temor a perder clientela y poder, y no porque hayan evolucionado desde su machismo primitivo hasta el reconocimiento de la igualdad entre la mujer y el varón.
La visión denigrante de la mujer que los dirigentes católicos aceptan -o deben aceptar- en la medida en que juzgan que la Biblia es la “palabra de su Dios”, tiene las siguientes características:
1) En primer lugar hay que señalar que uno de los prejuicios mitológicos que más negativamente parecen haber influido en el tradicional menosprecio bíblico hacia la mujer es en que aparece en el génesis y en otros pasajes dispersos de la Biblia según el cual
 “Por la mujer comenzó el pecado, por culpa de ella morimos todos”[1].
El autor de este pasaje no parecía tener demasiadas luces, pues la culpa –si existiera, que no es el caso- sería individual: Nadie puede ser culpable de las acciones que otro decida realizar, en cuanto la decisión de hacer caso o a las sugerencias de otro o no la toma cada uno. En caso contrario podría decirse que la culpa de Adán en realidad era de Eva, pero la de Eva era de la serpiente y la de la serpiente era de Dios que la creó. Y por cierto, de acuerdo con la doctrina de la predeterminación, todo lo que el hombre hace es Dios quien lo hace. Así que, para bien o para mal, el ser humano sería un juguete en manos de Dios y nadie sería responsable de nada, ni el hombre ni la mujer.
Pero evidentemente quien escribió el Génesis vivía inmerso en una civilización machista –como casi todas- y por eso se inventó el mito del “pecado original” considerando a Eva como la culpable de todos los males.
  2) En segndo lugar, al protagonismo casi absoluto que se concede el varón frente a la mujer. Este protagonismo se muestra, por ejemplo, cuando al hablar de Dios se dice que es “Padre” y no “Madre”, “Hijo” y no “Hija”, y “Espíritu Santo”, teórico padre de Jesús; Dios creó a Adán como rey de la creación, y a Eva, formada a partir de una costilla de Adán, para que Adán tuviera una ayuda[2]. La mujer fue quien introdujo el pecado en el mundo y, por ello, entre otros castigos, Dios la condenó a ser dominada por el varón [3], lo cual es una forma “religiosa” de justificar las diversas formas del machismo judeo-cristiano; los hijos de Adán y Eva cuyos nombres se mencionan en la Biblia sólo son los de Caín, Abel y Seth, de manera que no se menciona para nada los de las hijas a las que debieron de unirse Caín y Seth para tener descendencia. Los personajes femeninos de la Biblia casi siempre tienen un papel secundario, con la excepción que los dirigentes de la secta cristiana han hecho de María, la madre de Jesús, pero ni siquiera en los evangelios sino bastante tiempo después.
3) De acuerdo con aquella primera valoración negativa de la mujer en la Biblia, tal como aparece en el Génesis pero de manera mucho más acentuada, en Eclesiastés se dice:
-“He hallado que la mujer es más amarga que la muerte, porque ella es como una red, su corazón como un lazo y sus brazos como cadenas. El que agrada a Dios se libra de ella, mas el pecador cae en su trampa”[4],
- “Por más que busqué no encontré; entre mil se puede encontrar un hombre cabal, pero mujer cabal, ni una entre todas”[5].
Y un planteamiento similar aparece en Eclesiástico, otro libro de la Biblia, en el que se equiparan mujer y pecador:
-“Prefiero vivir con león y dragón a vivir con mujer malvada”[6]
-“Toda maldad es poca junto a la de la mujer; ¡caiga sobre ella la suerte del pecador!”[7].
-“Por la mujer comenzó el pecado, por culpa de ella morimos todos”  [8]
-“Vale más maldad de hombre que bondad de mujer”[9]
Y en Zacarías la mujer aparece como símbolo de la maldad:
“El hombre que hablaba conmigo se adelantó y me dijo:
    -Levanta tu vista y mira lo que aparece ahora.
Pregunté:
    -¿Qué es?
Me respondió:
    -Una cuba, y representa la maldad de toda esta tierra.
Entonces se levantó la tapa redonda de plomo y vi una mujer sentada dentro de la cuba. El ángel me dijo:
    -Es la maldad”[10].
Ambos puntos de vista se encuentran en la misma línea del Génesis, donde, como ya se ha señalado en otro momento, Eva, como representante de la mujer, es castigada por Dios a quedar sometida al varón por haber sido la responsable principal de la desobediencia a Dios.
4) Otra expresión del desprecio más absoluto hacia la mujer queda de manifiesto al comparar su papel social con el del hombre, a quien se le da un protagonismo casi absoluto que se muestra, por ejemplo, cuando al hablar de Dios se dice que es “Padre” y no “Madre”, “Hijo” y no “Hija”, y “Espíritu Santo”, teórico padre de Jesús; Dios creó a Adán como rey de la creación, y, a Eva para que Adán tuviera una ayuda y una compañera; la mujer -Eva- fue quien introdujo el pecado en el mundo y, por ello, entre otros castigos, Dios condenó a la humanidad a tener que morir, y a la mujer a ser dominada por el varón[11] lo cual es una forma de justificar “religiosamente” las diversas formas de machismo; los hijos de Adán y Eva cuyos nombres se mencionan en la Biblia sólo son los de Caín, Abel y Seth, de manera que no se menciona para nada los de las hijas a las que debieron de unirse Caín y Seth para tener descendencia; los personajes femeninos de la Biblia casi siempre tienen un papel secundario.
Por otra parte, todos los nombres de los ángeles son nombres de varón: Miguel, Rafael, Gabriel. El propio “Príncipe de las Tinieblas” se muestra como varón: Satán, Lucifer o Luzbel. Y casi todos los nombres relevantes de la Biblia son de varón, como Adán, Caín, Abel, Seth, Noé, Sem, Cam, Jafet, Abraham, Isaac, Esaú, Jacob, los hijos de Jacob: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón, José y Benjamín (y sólo al final una hija llamada Dina, a la que se menciona en muchas menos ocasiones que a sus hermanos); Moisés, Aarón, Josué, Saúl, David, Salomón, Roboam, Gedeón, Sansón, Elí, Samuel, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, Job, Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Tomás, Bartolomé, Judas Tadeo, Judas Iscariote, Mateo, Matías, Marcos, Lucas, Pablo, y apenas alguno de mujer, que casi siempre juega un papel secundario o anecdótico.
Con ocasión del mítico “Diluvio universal”, ni siquiera se menciona el nombre de la mujer ni de las hijas de Noé, que fueron quienes se debieron de salvar, junto con el propio Noé y sus hijos Sem, Cam y Jafet para que la humanidad volviese a multiplicarse, lo cual demuestra evidentemente la escasísima importancia que se concede a la mujer, a pesar de que sin ella la continuidad de la especie habría sido un milagro especialmente digno de reseñar.
Resulta igualmente curioso y significativo –aunque más anecdótico- que en el Antiguo Testamento la mujer quede ninguneada hasta el punto de que, cuando se enumera la lista de los hijos de cualquier personaje, casi todos los nombres sean de varón y apenas alguno de mujer, como si no hubieran nacido o como una muestra de la consideración tan anecdótica de su existencia que fuera irrelevante incluso mencionarla. Esto sucede por lo que se refiere a los hijos de Adán y Eva, de Noé, Sem, Cam, Jafet, Abraham, Ismael, Isaac, Esaú, Jacob, y a la práctica totalidad de las largas líneas genealógicas que aparecen en la Biblia, donde o bien no se nombra la existencia de las hijas de estos personajes o bien sólo se dice que “también tuvieron hijas”, pero sin nombrarlas o incluso hablando de un número de hijas muy sospechosamente inferior respecto al de hijos.
5) La actitud degradante respecto a la mujer se muestra igualmente de un modo a la vez ingenuo y descarado cuando en Génesis se habla de los varones como “hijos de Dios” y de las mujeres como “hijas de los hombres”, a la vez que se deja claro que la mujer tenía el valor de una simple cosa, en cuanto se “tomaba” o se compraba por parte del varón, de manera que no era libre para decidir sobre su propia vida:
“Cuando los hombres empezaron a multiplicarse en la tierra y les nacieron hijas, los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas y tomaron para sí como mujeres las que más les gustaron”[12].
6) En esta misma línea de degradación de la mujer hay que señalar el hecho de que la poligamia y la posesión de concubinas y de esclavas aparece de un modo absolutamente natural en la sociedad judía, tal como se presenta en la Biblia, en la que la mayoría de sus personajes relevantes tuvieron varias esposas, concubinas y esclavas[13]. Además, de hecho en Deuteronomio se maldice no a quien es polígamo sino a aquel  hijo que se acueste con las mujeres de su padre, lo cual representa una manera bien explícita de aceptar los derechos del padre sobre sus mujeres:
“¡Maldito quien se acueste con una de las mujeres de su padre, porque viola los derechos de su padre!”[14].
Sin embargo, ese tipo de estructura familiar en la que la mujer no mantiene una relación de igualdad con el varón sino que se convierte en una simple esclava o una simple posesión del varón, objeto de compra y de venta, es otro ejemplo de contradicción respecto a la  supuesta inmutabilidad de las leyes divinas, que en otros  momentos, como los actuales, defiende la monogamia y, sobre todo, el respeto a la voluntad de la mujer a la hora de unirse o no con otro ser humano sin que tal unión dependa de otra cosa que de la decisión libre de hombres y mujeres.
Son muchos los personajes relevantes mencionados en la Biblia que tuvieron varias mujeres. Así, acerca de Roboam, hijo de David, dice la Biblia:
“Sus mujeres fueron dieciocho y sesenta las concubinas”[15].
Acerca de Gedeón se dice igualmente que
“tuvo setenta hijos, porque fueron muchas sus mujeres. También su concubina, que vivía en Siquem, le dio un hijo al que llamó Abimélec”[16].
Pero de todos ellos quien destacó de manera extraordinaria sobre los demás fue el rey Salomón, de quien se dice en la Biblia que tuvo setecientas esposas y trescientas concubinas:
 “El rey Salomón se enamoró de muchas mujeres extranjeras, además de la hija de faraón; mujeres moabitas, amonitas, adomitas, sidonias, e hititas, respecto a las cuales el Señor había ordenado a los israelitas: “No os unáis con ellas en matrimonio, porque inclinarán vuestro corazón hacia sus dioses”. Sin embargo, Salomón se enamoró locamente de ellas, y tuvo setecientas esposas con rango real, y trescientas concubinas. Ellas lo pervirtieron y cuando se hizo viejo desviaron hacia otros dioses su corazón, que ya no perteneció al Señor, como el de su padre David. Dio culto a Astarté, diosa de los sidonios, y a Moloc, el ídolo de los amonitas […] Otro tanto hizo para los dioses de todas sus mujeres extranjeras, que quemaban en ellos [en los altares] perfumes y ofrecían sacrificios a sus dioses”[17].
El autor del libro 1 Reyes no critica en ningún caso que Salomón tuviera tantas mujeres y tantas concubinas. Lo que critica es que como sus mujeres eran extrajeras, es decir, no israelitas, podían ejercer sobre él una influencia negativa que le alejase de su Dios y le llevase a adorar a sus propios dioses, que es lo que sucedió especialmente en los últimos años de su vida y, por eso, dice que Salomón
“no fue tan fiel [a Dios] como su padre David”[18],
pues,
“cuando se hizo viejo [éstas esposas y concubinas] desviaron hacia otros dioses su corazón, que ya no perteneció al Señor”[19].
Lo que es evidente es que este alejamiento de Jahvé para adorar a otros dioses le habría costado la vida en el caso de que no hubiera sido rey sino sólo un hombre cualquiera, pues la adoración a otros dioses era un delito que se pagaba con la vida, tal como consta en diversos pasajes bíblicos. En este sentido, en Deuteronomio se dice:
“Si oyes decir que en alguna de las ciudades que el Señor tu Dios te da para que habites en ellas surgen hombres perversos, que intentan seducir a sus conciudadanos para que den culto a otros dioses desconocidos para vosotros, examinarás el caso, preguntarás y te informarás bien. Si se confirma el rumor y se prueba que tal abominación se ha cometido en medio de ti, pasarás a espada a los habitantes de toda aquella ciudad, y la consagrarás al exterminio con todo lo que haya en ella, incluido su ganado, que también pasarás a espada”[20].
Parece claro que el autor de Reyes de manera hipócrita o por puro interés no quiso o no se atrevió a criticar duramente al rey Salomón y se conformó con decir que no fue tan fiel a Dios como su padre David, a pesar de que, de acuerdo con la norma de Deuteronomio, los sacerdotes debían haberlo denunciado y haber exigido su condena a muerte. Pero, como en aquellos momentos Salomón era quien detentaba el poder, los sacerdotes, con la astucia que les ha caracterizado en todo momento, quitaron importancia al hecho de que hubiese adorado al menos a setecientos dioses, mereciendo por ello la pena de muerte.     
Por su parte, Abías
“tuvo catorce mujeres, veintidós hijos y dieciséis hijas”[21].
Y fue el mismo sacerdote Yoyadá quien proporcionó dos esposas a Joás:
“Joás agradó con su conducta al Señor mientras vivió el sacerdote Yoyadá, quien le proporcionó dos esposas de las que Joás tuvo hijos e hijas”[22].
Esta última referencia tiene el interés de poner nuevamente de manifiesto que la poligamia no es vista de manera negativa por sí misma, ya que en este caso es un sacerdote quien le proporciona dos esposas a Joás. Lo negativo se produce cuando esas mujeres son extranjeras, como en el caso de Salomón, porque pueden introducir sus dioses y pervertir al judío alejándolo de su Dios, lo cual equivale a decir que a los sacerdotes lo que les preocupa especialmente es la competencia   que las otras religiones pueden suponer para su propio negocio.
En definitiva, a lo largo de sus diversos libros lo que predomina en la Biblia de forma constante es esta valoración negativa de la mujer, considerada como un simple objeto de comprar, vender, usar y tirar.
De hecho y en relación con lo anterior tiene especial interés aclarar que, a pesar de que el clero católico siga hablando del “decálogo” o de los diez mandamientos de Moisés, cualquiera que sepa leer puede comprobar que en la Biblia sólo aparecen ¡nueve mandamientos!, siendo el noveno y último:
“No codiciarás la casa de tu prójimo, ni su mujer, ni su siervo, ni su buey, ni su asno, ni nada de lo que le pertenezca”[23],
de manera que el mandamiento que actualmente se enumera como el noveno y penúltimo, “no desearás la mujer de tu prójimo”, en la Biblia aparece sólo como una parte del noveno y último, que los dirigentes cristianos dividieron en dos a fin de enmascarar el hecho evidente de que a la mujer se la trata en la Biblia y en ese mismo pasaje relacionado con las tablas de Moisés, como una pertenencia o cosa o a un animal –un buey, un asno-. Y precisamente por este mismo motivo el noveno y último mandamiento no hace referencia a la mujer en exclusiva sino refiriéndose a ella como a un objeto más del prójimo -igual que su casa o su buey-, que ha sido comprada a su padre, sin contar para nada con su consentimiento, y que podría ser codiciada por otro hombre.
Y, por el contrario, no se habla en ningún caso del hombre como de un objeto que pueda ser codiciado ni comprado por la mujer. Recordemos a este respecto que mientras los varones son hijos de Dios, las mujeres son hijas de los hombres y, al parecer, tal estatus les confiere el derecho de poder ser dueños de mujeres, mientras que las mujeres deben someterse a los hombres como esposas, como concubinas o como esclavas.  
7) De acuerdo con esta forma de cosificación de la mujer, ésta es objeto de compra:
 Jacob compró a Raquel a su tío Labán a cambio de trabajar siete años para él[24], aunque éste le engañó y
“por la noche […] tomó a su hija Lía y se la trajo a Jacob, y Jacob se unió a ella”[25]
Pero, como a Jacob le gustaba Raquel, se la volvió a pedir a su tío y éste le dijo:
    “-…Termina la semana de bodas con ésta, y te daré también a la otra a cambio de otros siete años de servicio.
Así lo hizo Jacob; terminó la semana con la primera, y después Labán le dio por mujer también a su hija Raquel […] Jacob se unió también a Raquel y la amó más que a Lía; y estuvo al servicio de su tío otros siete años”[26].
Tiene interés observar cómo en este pasaje se muestra:
a) En primer lugar, la propia cosificación de la mujer, cuya voluntad no cuenta en absoluto a la hora de tomar la decisión sobre a quién se vende;
b) en segundo lugar, la ausencia de contrato matrimonial, pues, como la mujer es una simple posesión de su padre, el contrato no se hace con ella sino con su futuro propietario que es quien la compra a cambio de dinero o de otra cosa, como, en este caso, el tiempo de trabajo –otros siete años- que Jacob acuerda con su tío.
8) La mujer puede ser tomada o raptada con absoluta normalidad:
Como ya se ha dicho, hay ocasiones en que ni siquiera hay contrato matrimonial entre hombre y mujer, sino sólo un contrato de compra, o un simple rapto, como sucede cuando los ancianos de la comunidad proponen que los benjaminitas rapten mujeres, pues no tenían y la tribu estaba a punto de desaparecer: En un primer momento la comunidad israelita envía tropas contra Yabés Galaad, cuyos habitantes también eran judíos, pero no habían subido a la asamblea del Señor. Y, como los israelitas habían “jurado solemnemente que quien no subiese a Mispá ante el Señor sería castigado con la muerte”[27], pasaron a cuchillo a todos sus habitantes menos a las muchachas vírgenes y se las dieron a los benjaminitas[28]. A continuación los mismos benjaminitas, aconsejados por el resto de Israel, raptaron más mujeres en Silón para quienes no tenían todavía, pues la tribu estaba a punto de desaparecer:
“Entonces la asamblea [de Israel] envió doce mil hombres de los más valientes, con esta orden: -Id y pasad a cuchillo a todos los habitantes de Yabés Galaad, incluidas mujeres y niños. Consagraréis al exterminio a todos los varones y a todas las mujeres casadas, pero dejaréis con vida a las vírgenes.
Así lo hicieron. Entre los habitantes de Galaad encontraron cuatrocientas vírgenes que no habían tenido relaciones con ningún hombre y las trajeron al campamento de Siló, en la tierra de Canaán. Luego, la asamblea envió mensajeros a los benjaminitas […] para ofrecerles la paz. Los benjaminitas volvieron, y ellos les dieron las mujeres supervivientes de Yabés Galaad, pero no había bastantes para todos.
[…] Los ancianos de la comunidad se preguntaban:
-Las mujeres de la tribu de Benjamín han sido exterminadas. ¿Qué haremos para procurar mujeres a los que aún no las tienen? […]
Entonces decidieron esto:
-Está cerca la fiesta del Señor que se celebra todos los años en Siló […].
Y dieron este recado a los de Benjamín:
-Id y escondeos entre las viñas. Os quedáis observando, y cuando veáis que las jóvenes de Siló salen a bailar, salís de las viñas, os lleváis cada uno una muchacha de Siló y os volvéis a vuestra tierra […].
Los de Benjamín lo hicieron así y tomaron de entre las que bailaban aquellas que necesitaban; después volvieron cada uno a su heredad, reconstruyeron las ciudades y se establecieron en ellas”[29].
9) Es preferible la violación de las propias hijas antes que la ofensa a un invitado:
Otro ejemplo más de este desprecio tan absoluto a la mujer es el hecho de que, ante la opción de consentir o no la ofensa a un invitado, se opte por ofrecer a las propias hijas para ser violadas Así sucede en Génesis, 19:6-8, donde Lot, para proteger a unos extranjeros que tenía alojados en su casa, dice a quienes querían violarlos:
“-Hermanos míos, os suplico que no cometáis tal maldad. Tengo dos hijas que no se han acostado con ningún hombre; os las voy a sacar fuera y haced con ellas lo que queráis, pero no hagáis nada a estos hombres que se han cobijado bajo mi techo”[30]. 
Algo muy similar se narra en Jueces, donde, como en el caso anterior, la violación de mujeres no tiene mayor importancia en relación con la ofensa a un invitado. En este sentido se dice en defensa de un invitado:
“-No, hermanos míos, no hagáis, semejante crimen, por favor. Es mi huésped y os pido que no hagáis tal infamia. Aquí está mi hija, que es virgen; os la sacaré para que abuséis de ella y hagáis con ella lo que os plazca; pero no cometáis con este hombre semejante infamia”[31].
10) Resulta igualmente sorprendente que en el Antiguo Testamento la mujer quede ninguneada hasta el punto de que, cuando se enumera la lista de los hijos de cualquier personaje, tanto si se trata de Jacob como de cualquier otro, casi todos los nombres sean de varón y apenas alguno de mujer, como si no hubieran nacido o como si su importancia fuera tan anecdótica que fuera irrelevante incluso la mención de su existencia. Esto sucede por lo que se refiere a los hijos de Adán y Eva, Noé, Jafet, Cam, Sem, Abraham, Ismael, Isaac, Esaú, Jacob, y a la práctica totalidad de las largas líneas genealógicas que aparecen en la Biblia, donde o bien no se nombra la existencia de las hijas de estos personajes o bien sólo se dice que también tuvieron hijas, pero sin nombrarlas o incluso hablando de un número de hijas muy llamativamente inferior respecto al de hijos.
11) En las referencia genealógicas sólo cuanta la línea paterna y para nada la materna, hasta el punto de que, como ya se ha dicho en otro capítulo, para demostrar la filiación divina de Jesús el evangelio atribuido a Lucas se remonta por la línea genealógica de José hasta llegar a Adán, incurriendo en la contradicción de afirmar la paternidad de José respecto a Jesús, cuando interesa demostrar que Jesús era Hijo de Dios, pero negando tal paternidad cuando interesa afirmar que María era “virgen” y que concibió por obra del Espíritu Santo y no por sus relaciones sexuales con José. Tal contradicción bíblica hubiera podido ser evitada si los evangelistas correspondientes hubiesen dicho que María quedó embarazada por obra del Espíritu Santo y porque, además, María era hija de Dios, tomando como base para este último argumento la línea genealógica de María que se habría remontado hasta Adán, igual que la de José, pero con la ventaja de que, si José era un padre dudoso para quienes escribieron estos pasajes, María no era una madre dudosa.
12) El papel secundario de la mujer en el Antiguo Testamento se muestra igualmente desde la perspectiva de su tasación económica, tal como aparece en Levítico, donde en relación con los sacrificios religiosos se valora al hombre –entre veinte y sesenta años- en quinientos gramos de plata, mientras que a la mujer se la valora en trescientos:
“El Señor dijo a Moisés:
-Di a los israelitas: Cuando alguien haga al Señor una promesa ofreciendo una persona, la estimación de su valor será la siguiente: el hombre entre veinte y sesenta años, quinientos gramos de plata […]; la mujer, trescientos; el joven entre cinco y veinte años, si es muchacho, doscientos gramos, y si es mucha, cien; entre un mes y cinco años, si es niño, cincuenta gramos, y treinta gramos de plata si es niña; de sesenta años para arriba, el hombre, ciento cincuenta gramos y la mujer cincuenta”[32].
O sea, que eso de que ante Dios todos seamos iguales evidentemente sería una apreciación incorrecta, por lo menos por lo que se refiere al Dios judeo-cristiano.
13) Incluso la figura de María tiene un papel irrelevante, como puede constatarse mediante la lectura del evangelio de Marcos, en donde el propio Jesús llega a tratarla de modo un tanto despectivo, dando impresión de que no se siente especialmente orgulloso de ella, pues, cuando en cierta ocasión sus discípulos van a avisarle de su presencia y la de sus hermanos, él responde que “su madre y sus hermanos son aquellos que cumplen la palabra de Dios”, y no se dice para nada que Jesús se acercase a su madre o que la hiciera pasar para mostrarle alguna señal de afecto filial:
    “¡Oye! Tu madre y tus hermanos y hermanas están fuera y te buscan”
Y Jesús les respondió:
    -¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”
    Y mirando después a los que estaban sentados alrededor, añadió:
    -Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”[33].
Esta baja consideración de la mujer, referida a María en este caso, se muestra igualmente cuando se considera a Jesús como “hombre” por ser hijo de María y sólo como “Hijo de Dios” -según el evangelio atribuido a Lucas, que afirma tal doctrina- a partir de la enumeración de la genealogía paterna de Jesús por ser hijo de José, cuyo linaje se remontaría hasta Adán, el cual es considerado “hijo de Dios” por haber sido creado por él[34] y a pesar de haber escrito antes que el auténtico padre de Jesús no fue José sino el “Espíritu Santo”[35].
14) La continuación de este punto de vista degradante respecto a la mujer aparece nuevamente y de manera muy acusada en Pablo de Tarso, quien considera al marido como la cabeza de la mujer, lo cual implica evidentemente la doctrina de que la mujer es un cuerpo sin cabeza propia. Dice en efecto Pablo:
“la cabeza de la mujer es el varón”[36];
y, justificando el uso del velo que oculta la cabeza de la mujer, afirma igualmente:
“toda mujer que ora o habla en nombre de Dios con la cabeza descubierta, deshonra al marido, que es su cabeza”[37].
Defiende a continuación las ideas de la subordinación y sujeción de la mujer respecto al varón y del uso del velo como símbolo de tal sujeción afirmando:
“el varón no debe cubrirse la cabeza, porque es imagen y reflejo de la gloria de Dios. Pero la mujer es gloria del varón, pues no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón, ni fue creado el varón por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por eso […] debe llevar la mujer sobre su cabeza una señal de sujeción”[38].
Esta misma idea vuelve a aparecer no sólo en relación con el uso del velo sino también en relación con la norma por la que la mujer debe someterse al marido, hasta el punto de que se le prohíbe incluso que hable en público de manera que, si desea saber algo, debe preguntar luego al marido, pero no durante la asamblea:
-“La mujer aprenda en silencio con plena sumisión. No consiento que la mujer enseñe ni domine al marido, sino que ha de estar en silencio. Pues primero fue formado Adán, y después Eva. Y no fue Adán el que se dejó engañar, sino la mujer que, seducida, incurrió en la transgresión”[39].
-“…que las mujeres guarden silencio en las reuniones; no les está, pues, permitido hablar, sino que deben mostrarse recatadas, como manda la ley. Y si quieren aprender algo, que pregunten en casa a sus maridos, pues no es decoroso que la mujer hable en la asamblea”[40].
La jerarquía católica intentó posteriormente suavizar esta doctrina acerca de la mujer enalteciendo la figura de María, enseñanza que, desde luego, no deriva de los evangelios. A pesar de todo, la doctrina de los dirigentes de la secta católica continuó siendo machista y consistió siempre de manera más o menos explícita en considerarla inferior al varón y creada para vivir sometida a él.
La norma del uso del velo ha llegado hasta la actualidad, a pesar de que no lo haya hecho hasta el extremo al que ha llegado en el mundo musulmán con el uso del “burka” –con pocos milímetros de diferencia respecto a los uniformes de diversas comunidades de monjas católicas- que cubre la práctica totalidad del cuerpo y del rostro femenino. Pero lo esencial de este asunto es que su fundamento último es el mismo: la consideración de la mujer como propiedad del marido.
Esta misma idea vuelve a aparecer no sólo en relación con el uso del velo sino también en relación con la norma por la que el apóstol Pablo proclama que la mujer debe someterse al marido, hasta el punto de que se le prohíbe incluso que hable en público y que, si desea saber algo, no debe preguntarlo durante la asamblea, sino luego al marido y de forma privada:
-“La mujer aprenda en silencio con plena sumisión. No consiento que la mujer enseñe ni domine al marido, sino que ha de estar en silencio. Pues primero fue formado Adán, y después Eva. Y no fue Adán el que se dejó engañar, sino la mujer que, seducida, incurrió en la transgresión”[41].   
-“que las mujeres guarden silencio en las reuniones; no les está, pues, permitido hablar, sino que deben mostrarse recatadas, como manda la ley. Y si quieren aprender algo, que pregunten en casa a sus maridos, pues no es decoroso que la mujer hable en la asamblea”[42].
Los dirigentes católicos intentaron posteriormente disimular esta doctrina bíblica acerca de cuál debía ser el papel de la mujer enalteciendo la figura de María, aunque su opinión acerca de la mujer fue siempre, de manera más o menos explícita, denigrante hasta llegar a considerarla como un simple objeto de compra-venta, creado para vivir sometida al varón.
15) Otra forma de ignorar a la mujer puede verse en cierto modo en la actitud de Jesús al haber elegido a doce apóstoles, sin que ninguno de ellos fuera mujer. A la crítica de que aquellos tiempos no eran los más adecuados para la elección de una mujer como apóstol se podría replicar que, si Jesús era “Hijo de Dios”, por lo mismo que defendió una nueva forma de moral igualmente hubiera podido predicar la igualdad entre los seres humanos, pues precisamente el hecho de que no nombrase como apóstol a una mujer ha sido utilizado por algunos obispos como argumento especialmente agudo y profundo (?) para rechazar que la mujer pudiera acceder al sacerdocio, diciendo que, si Jesús hubiera querido que las mujeres accedieran a tales cargos, habría elegido a alguna de ellas como apóstol. Se trata de un argumento absurdo, pero es el que utilizó el arzobispo de Málaga en una entrevista en la CNN+ (27/03/02) para negar a la mujer el acceso al sacerdocio. 
Siendo coherentes con un argumento tan contundente (?) resulta extraño que la Jerarquía Católica haya consentido que a lo largo de los tiempos quienes no eran judíos ni de raza blanca hayan podido ser ordenados sacerdotes, pues todos los apóstoles eran judíos y de raza blanca. Igualmente, con un argumento similar, se podría haber rechazado al actual jefe de la secta católica y a la mayoría de los anteriores, indicando que, en el supuesto de que Jesús hubiese nombrado a un jefe para su Iglesia, nombró a un judío y no a un alemán ni a un italiano, por lo que el señor Ratzinger, que es alemán y no judío, debería ser removido de ese cargo que ocupa en contra de la voluntad de Jesús cuando –supuestamente- eligió a Pedro, un judío, como jefe de su iglesia.
En definitiva, la pobreza de tal argumento resulta tan evidente que ni siquiera merece una crítica. Es cierto que la sociedad del pueblo judío era fuertemente machista y es muy posible que Jesús no eligiese a alguna mujer entre sus apóstoles por influjo de aquel lastre y de aquel ambiente machista de la sociedad judía. Pero, por ello mismo, la actitud de Jesús sólo demostraría que él mismo no estaba concienciado para asumir que la mujer tenía en esencia las mismas capacidades que el varón para ejercer aquellas tareas de que se ocupaba éste. Pero, en cualquier caso, aunque en la práctica Jesús fue un mero seguidor inconsciente del machismo judío tradicional, nunca defendió explícitamente la existencia de alguna diferencia o de alguna superioridad del varón sobre la mujer, y el hecho de que no nombrase como apóstol a ninguna mujer no representa un argumento para concluir que la mujer deba quedar relegada respecto a la posibilidad de acceder al sacerdocio o a cualquier otro cargo, y, en definitiva, para que aparezca siempre en un segundo plano respecto al varón como si fuera un ser inferior.
Por otra parte, en cuanto tal argumentación relacionada con el nombramiento de apóstoles varones habría sido absurda, hay que volver a Pablo de Tarso para comprender que fueron especialmente sus prejuicios acerca de la mujer, expresados en diversas epístolas, lo que condujo a dar a la mujer un papel totalmente secundario en la estructura organizativa de la organización católica, que estuvo muy condicionada inicialmente por las ideas del llamado “apóstol de los gentiles”.
Ese papel secundario de la mujer no sólo se ha dado en una gran parte de las religiones en el pasado sino que sigue dándose en la actualidad, y no sólo en cuestiones religiosas sino también en cuestiones políticas y sociales, aunque en los últimos años se han producido avances especialmente importantes. Sin embargo, la jerarquía católica, como también sucede en el terreno científico, todavía no ha sido capaz de asumir estos avances en el interior de su organización. No obstante, en cuanto la ausencia de la mujer en cargos más importantes de la Jerarquía, accediendo al sacerdocio, al episcopado y al papado, puedan tener efectos negativos en los intereses económicos y políticos de la secta católica, es muy probable que en un corto plazo de tiempo, en cuanto sus dirigentes comprendan esta situación y en cuanto las propias mujeres pertenecientes a esa organización presionen adecuadamente, se producirá el cambio consiguiente en la mentalidad de esta secta, tal como en estos momentos se está produciendo en la iglesia anglicana, sobre todo a partir del momento en que las “vocaciones” sacerdotales flojeen hasta el punto de que la situación repercuta negativamente en los ingresos económicos de su negocio religioso.
En este sentido conviene tener en cuenta además que la revolución política y social por lo que se refiere a la lucha por la igualdad de derechos para la mujer comenzó hace sólo poco más de cien años, así que, teniendo en cuenta que los dirigentes católicos llevan en este terreno un desfase de muchos siglos, es “lógico” (?) que le cueste aceptar la idea de la igualdad de la mujer respecto al varón.
17) Hay alguna ocasión en que aparecen en la Biblia  personajes femeninos de cierta relevancia, como  Judith, Yael o Dalila, pero las hazañas de estas heroínas se basaron en la seducción o en la traición, o en ambas formas de actuación, de manera que su conducta, aunque elogiable hasta cierto punto para los judíos, iba acompañada de unos métodos contrarios a los mandamientos de Moisés.
Así Judith se basó en su capacidad seductora, es decir, de engaño –cualidad que en la misma Biblia no se considera precisamente como una virtud- para cortarle la cabeza a Holofernes:
“[Judit] se calzó las sandalias, se puso collares, pulseras, anillos, pendientes y todas sus joyas; y se acicaló con esmero para ser capaz de seducir a los hombres que la viesen”[43].
Y, así, una vez que sedujo a Holofernes, Judit se acostó con él, y luego, aprovechando que éste yacía dormido a causa del vino,
“avanzó hacia el poste que estaba a la cabecera de Holofernes, tomó su alfanje, se acercó a la cama, lo agarró por la cabellera y dijo:
-Fortaléceme en este momento, Señor, Dios de Israel.
Le dio dos golpes en el cuello con toda su fuerza y le cortó la cabeza”[44].
Otra mujer, Yael, mata a Sísara a traición:
“Bendita entre las mujeres sea Yael […] Agua le pidió, y le dio leche; en copa preciosa le ofreció nata. Con su izquierda agarró un clavo, con su derecha un martillo de obrero y golpeó a Sísara, le partió la cabeza, lo machacó, le atravesó la sien”[45].
Y la seducción y la traición son las armas utilizadas por Dalila, a quien los filisteos habían ofrecido una considerable cantidad de dinero para que les entregase a Sansón, consiguiendo que éste le rebelase el secreto dónde radicaba su fuerza. De acuerdo con esta traición,
“ella durmió a Sansón sobre sus rodillas y llamó a un hombre, que le cortó las siete trenzas de su cabeza”[46]
y mandó que avisaran a los filisteos para que vinieran a detenerle. A continuación, perdida su fuerza, los filisteos le detuvieron, lo dejaron ciego y lo encarcelaron.
16) En los últimos años, José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, ha defendido descaradamente una perspectiva similar acerca de la mujer cuando en su patológico escrito Camino, dirigido casi en exclusiva a los varones y a lo “viril”, lo contrapone a lo femenino, que es considerado como inferior en muy diversos aspectos.
En este sentido, por ejemplo, escribe:
“Si queréis entregaros a Dios en el mundo, antes que sabios -ellas no hace falta que sean sabias: basta que sean discretas- habéis de ser espirituales […]”[47].
Es decir, el varón todavía puede aspirar a ser sabio, pero respecto a las mujeres “basta que sean discretas”. Obsérvese incluso que esa referencia a las mujeres se hace entre paréntesis y en tercera persona, mientras que la referencia a los varones es totalmente prioritaria y realizada de forma directa, en segunda persona del plural, como si estuviera hablando con ellos de modo directo.
¿Qué motivos podría tener el señor Escrivá para tal discriminación? Parece que los mismos que le sirvieron a Pablo de Tarso: Ningún otro motivo que el constituido por prejuicios simplemente irracionales y absurdos, heredados de una  mentalidad arcaica, pero dominante en la Biblia.
La importancia de esta doctrina, contraria a la igualdad entre mujer y varón, pone más en evidencia el carácter simplemente humano –y no divino- del conjunto de las doctrinas de la secta católica, y sirve además como una de las muchas muestras de la conexión de esta mentalidad machista entre el judaísmo, el cristianismo y la religión musulmana. En esta última todavía en la actualidad la mujer aparece sojuzgada y negada hasta el punto de tener que ocultarse cubriendo la práctica totalidad de su cuerpo con el denigrante “burka”, del que se encuentran a escasísimos milímetros los uniformes de la mayoría de comunidades de monjas católicas.


[1] Eclesiástico, 25:24.
[2] Génesis, 2:20-22.
[3] Génesis, 3:16.
[4] Eclesiástes, 7:26.
[5] Eclesiastés, 7:28.
[6] Eclesiástico, 25:16.
[7] Eclesiástico, 25:19.
[8] Eclesiástico, 25:24
[9] Eclesiástico, 42:14
[10] Zacarías, 5:5-8.
[11] Génesis, 3:16.
[12] Génesis, 6:1-2. La cursiva es mía.
[13] 1 Reyes, 11:3.
[14] Deuteronomio, 27:20.
[15] 2 Crónicas, 11: 21.             
[16] Jueces, 8:30-31.
[17] 1 Reyes, 11:1-10.                                                                                    
[18] 1 Reyes, 11:6.
[19] 1 Reyes, 11:5.
[20] Deuteronomio, 13:13-16.
[21] 2 Crónicas, 13:20-21.
[22] 2 Crónicas, 24:2.

[23]  Éxodo, 20:17. Ese mismo número de mandamientos es el que aparece en Deuteronomio, 5:7-21, donde la exposición literal del noveno y último mandamiento dice: “No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo, su campo, su esclavo o su esclava, su buey o su asno, ni nada de lo que le pertenece”.

[24] Génesis, 29:18-19.
[25] Génesis, 29:23.
[26] Génesis, 29:27-30.
[27] Jueces, 21:5.
[28] Jueces, 21:10-23.
[29] Jueces, 21:10-23
[30] Génesis, 19:7-8.
[31] Jueces, 19:23.

[32] Levítico, 27:1-7.
[33] Marcos, 3:31-35.
[34] Lucas, 3:23-38.
[35] Lucas, 1:35.
[36] Pablo, Corintios, 4:3.
[37] Pablo, Corintios, 4:5.
[38] Pablo, Corintios, 4:7-10.
[39] Pablo: Timoteo, 2:11-14.
[40] Pablo, I Corintios, 14:34-35.
[41] Pablo de Tarso: Timoteo, 2:11-14.
[42] Pablo, I Corintios, 14:34-35.

[43] Judith, 10:4.
[44] Judith, 13:6-8
[45] Jueces, 5:24-26.
[46] Jueces, 16:19.
[47] José María Escrivá: Camino, aforismo 946.

domingo, 2 de diciembre de 2012


SOBRE EL ABORTO
La contradicción según la cual los dirigentes de la secta católica condenan el aborto, a pesar de que en el Antiguo Testamento son muchos los momentos en que Yahvé no duda en ordenar la muerte de mujeres y de niños e incluso de mujeres embarazadas, a pesar de que consideran arbitrariamente que la unión de dos células es ya un ser humano, y a pesar de que, en el caso de que lo fuera, el aborto sería la mejor garantía de que ese ser humano fuera a reunirse con Dios sin necesidad de pasar por “este valle de lágrimas”, poniendo en riesgo su “eterna salvación” como consecuencia de la posibilidad de morir en pecado mortal, lo cual implicaría su “eterna condenación”.
La reproducción de la vida humana se realiza a partir del momento en que las células sexuales masculina y femenina, espermatozoide y óvulo, se unen formando una sola célula llamada cigoto. A partir de dicha unión, el cigoto comienza un proceso de multiplicación y de diferenciación celular de acuerdo con las instrucciones genéticas existentes en él, proceso al final del cual y al cabo de alrededor de nueve meses nacerá un nuevo ser humano.
1. El concepto de aborto hace referencia a la interrupción natural o provocada del embarazo antes de concluido el plazo a partir del cual nacería un nuevo ser humano, apto para vivir de manera autónoma aunque con la ayuda de otros seres vivos, como especialmente la de su madre, que le proporcionen alimento y unas condiciones adecuadas para su supervivencia.
En cuanto el aborto puede ser involuntario o voluntario, en relación con este último se ha planteado la cuestión de si es moralmente aceptable y, en el caso de que así se considere, en qué supuestos o hasta qué momento del desarrollo del feto lo sería. Se suele considerar que la respuesta a esta cuestión depende de cuándo se considere que se está ante un ser humano y cuándo no, entendiéndose que el aborto voluntario sólo sería moralmente aceptable en el caso en el que el organismo vivo cuyo proceso de desarrollo se interrumpiera no fuera todavía un ser humano, sino sólo una agrupación celular diferente.
2. Entre las perspectivas relacionadas con la licitud o ilicitud, moralidad o inmoralidad del aborto habría que mencionar especialmente la científica, a la que se hará una breve referencia, pero lo que aquí se va a tratar especialmente es del punto de vista de la jerarquía de la secta católica.
2.1. Las diversas culturas en los distintos momentos de la historia han mantenido puntos de vista muy diferentes acerca del momento de la gestación en el que puede hablarse de la existencia de un auténtico “ser humano” como resultado de las transformaciones que se producen a partir de la unión de las células sexuales que podrían culminar en el nacimiento de un niño.
En relación con esta cuestión y después de muchos años de discusión infructuosa, todavía en la actualidad sigue habiendo una controversia que lo único que demuestra, si acaso, es el absurdo de pretender fijar un momento mágico en el que se produciría dicha transformación en lugar de aceptar que esa cuestión en el fondo tiene cierto carácter convencional, pues, al margen de doctrinas religiosas basadas en creencias dogmáticas, es evidente que entre el momento en que se produce la unión de un espermatozoide y un óvulo, y el momento en que esa unión celular o cigoto alcanza un cierto desarrollo a partir del cual puede decirse que nos encontramos ante un ser humano, existe un tiempo en el que afirmar o negar que nos encontremos ante tal ser humano dependerá del concepto que se tenga de ser humano, al margen de que la jerarquía católica defienda ahora –que no siempre- que el simple cigoto ya lo es.
Sin embargo, del mimo modo que las células sexuales por separado no constituyen un ser humano no parece que tenga sentido considerar que su unión lo sea –como si de pronto la supuesta divinidad católica hubiera insuflado a dicha unión celular un “alma” espiritual-  ni tampoco que una estructura formada por cuatro, ocho o dieciséis células lo sean. Eso demuestra la imposibilidad para señalar un momento exacto a partir del cual pueda afirmarse que se está en presencia de tal ser. Esto mismo puede comprenderse igualmente si uno se plantea qué pensaría si alguien le dijera: “La unión de x número de células todavía no es un ser humano, pero la de x + una célula ya lo es”. En este punto lo único evidente es que antes del comienzo del ciclo de multiplicación celular, el espermatozoide y el óvulo ya existían como formas de vida, y que del mismo modo que nadie diría que esas dos células por separado constituyan un ser humano, por lo mismo no tendría sentido afirmar que inmediatamente después de su unión lo constituyan, aunque estén un poco más cerca de llegar a serlo y aunque a lo largo de un proceso de multiplicación celular haya un momento en el que pueda decirse que ya lo constituyen.
En relación con esta cuestión los científicos han diferenciado diversas fases de desarrollo del cigoto, como son las de pre-embrión, embrión, feto y neonato, por nombrar sólo las más representativas. El desarrollo natural del cigoto dará lugar en último término al alumbramiento del neonato, y será después del alumbramiento cuando el neonato será legalmente reconocido como persona. Pero referirse al momento mágico antes del cual no hay ser humano y después del cual sí lo hay es simplemente una pérdida de tiempo en cuanto la opinión que se defienda depende de criterios subjetivos o culturales, o simplemente es un punto de vista que tiene carácter convencional y, por ello mismo, no admite una solución matemática.
2.2. Por lo que se refiere a esta cuestión, la jerarquía católica ha defendido a lo largo de los siglos teorías muy diversas acerca del momento en que, a partir de la unión entre un espermatozoide y un óvulo, puede afirmarse la existencia de vida humana. Así por ejemplo el concilio de Vienne, en 1.312, consideró que este cambio se producía al final del tercer mes después del embarazo, pero en 1.869 Pío IX consideró que la vida humana comenzaba a partir de la formación del cigoto y, en consecuencia, proclamó que el concepto de aborto era aplicable a cualquier momento de la interrupción del embarazo, pues sería en el momento de la unión de las células sexuales y de la formación del cigoto cuando Dios crearía un alma inmaterial para ese minúsculo ser.
Precisamente esa misma contradicción entre ambas doctrinas de la secta católica es una demostración más del carácter arbitrario y convencional que tiene pretender señalar un momento exacto en el que se produzca dicha transformación. 
Pero, consecuente con el punto de vista de Pío IX y en contra del punto de vista del concilio de Vienne la jerarquía católica considera que el cigoto es ya un ser humano y que, por ello mismo, el aborto voluntario en cualquier fase del embarazo es un asesinato, una de las manifestaciones de la “cultura de la muerte”, según expresión del papa Juan Pablo II.
CRÍTICA: Ahora bien, en cuanto la Jerarquía Católica defiende el dogma de la infalibilidad de los Concilios y el de la infalibilidad del Papa, y en cuanto el Concilio de Vienne y las declaraciones del Papa Pío IX en 1869 se contradicen, la Jerarquía Católica estaría proclamando como dogma de fe la verdad de tal contradicción, lo cual no contribuye mucho a la solución del problema, ya que, como dice la Lógica, a partir de una contradicción se deduce cualquier cosa, por lo que se podría deducir como consecuencia la negación de la doctrina de Pio IX y también la del concilio de Vienne.
Pero, en relación con los planteamientos de la jerarquía católica y al margen de la contradicción en que incurre, tiene interés reflexionar acerca de dos cuestiones: En primer lugar, acerca del problema que plantea el aborto de un supuesto ser humano cuando se tiene en cuenta que, de acuerdo con el dogma de fe relacionado con “la vida eterna”, cualquier ser humano muerto antes de tener uso de razón va directamente al Cielo a gozar de la vida eterna. Ahora bien, teniendo en cuenta que, como consecuencia de las tentaciones de la vida terrena un ser humano puede incurrir en “sentencia de eterna condenación” -según palabras del Nuevo Testamento y de la Jerarquía Católica-, en el caso de que uno creyese firmemente esa doctrina católica, ¿no sería un acto de auténtica caridad tratar de evitar a los niños el gravísimo peligro de ir de cabeza al Infierno y enviarles a gozar directamente de la Vida Eterna?
Y, en segundo lugar, teniendo en cuanta la asombrosa diferencia existente, por lo que se refiere al trato a los niños, entre la actuación de Yahvé en el Antiguo Testamento, y la que los dirigentes de la secta católica dicen defender en la actualidad, es una contradicción que en el Antiguo Testamento algún personaje bíblico, como el profeta Oseas, llegue a pedir al Señor que dé a las mujeres de Efraín “vientres que aborten y pechos secos”[1], y que diga a continuación:
“Aunque aun les nazcan hijos, yo haré que muera el fruto amado de sus entrañas. Mi dios los rechazará, porque no han escuchado, y andarán errantes entre las naciones”[2].
Igualmente y en relación con Samaría, escribe Oseas:
-“Samaría tendrá su castigo, por haberse rebelado contra su Dios.
    Serán pasados a filo de espada; sus niños serán estrellados y reventadas sus mujeres encinta”[3].
En un sentido similar, ya en Deuteronomio Moisés recrimina a los comandantes de su tropa:
“¿Por qué habéis dejado con vida a las mujeres? Fueron ellas precisamente las que, siguiendo el consejo de Balaán, sedujeron a los israelitas, apartándolos del señor […] Matad, pues, a todos los niños varones y a todas las mujeres que hayan tenido relaciones sexuales con algún hombre[4].
En un sentido similar, aunque no se da una defensa explícita del aborto, en Esdras se da un desprecio absoluto por los hijos que los israelitas tuvieron con mujeres extranjeras, hasta el punto de que se comprometen a expulsarlas, a ellas y a sus propios hijos:
“Nos comprometemos solemnemente ante nuestro Dios a echar a todas estas mujeres extranjeras y a los hijos nacidos de ellas”[5],
mujeres e hijos que al final fueron efectivamente expulsados de su lado.
En otros momentos el propio Yahvé -o diversos personajes bíblicos especialmente importantes- no tienen inconveniente en asesinar cruelmente a cientos de miles de niños, no dejando a nadie con vida, tal como se muestra en los textos siguientes:
- “El Señor me dijo: […] Les haré comer la carne de sus hijos y de sus hijas, y se devorarán unos a otros en la angustia del asedio y en la miseria a que los reducirán los enemigos que buscan matarles”[6];
- “Y pude oír lo que [el Dios de Israel] dijo a los otros: -Recorred la ciudad detrás de él, matando sin compasión y sin piedad. Matad a viejos, jóvenes, doncellas, niños y mujeres, hasta exterminarlos”[7]
sin que dé la menor importancia a esas muertes, a pesar de que en aquellos momentos los escritores de la Biblia en general creían que la muerte terrenal era definitiva, no imaginando la posibilidad de la existencia de una vida más allá de la muerte, por lo que dicha muerte la veían como un final realmente trágico[8], frente al enfoque actual de los dirigentes de la secta católica, que, a pesar de aceptar en teoría que el Antiguo Testamento es tan “palabra de Dios” como el Nuevo, hablan escandalizarse y con enfurecida condena del aborto de un embrión o de un pre-embrión, cuya realidad como ser humano no sólo es objeto de polémica por parte de los científicos sino que fue negada incluso por la misma jerarquía católica de otros tiempos. Por ello, teniendo en cuenta esta valoración contradictoria de la vida terrena, la forma de actuar de los dirigentes católicos transmite la impresión de que en realidad son ellos quienes en verdad no creen en esa “Vida Eterna” de la que tanto hablan, y que por ello parece que consideren de una gravedad extrema la interrupción de la vida terrena de esos seres humanos en formación, como si estuvieran convencidos de que no van a tener otra vida, a pesar de que, en el caso de que esos embriones todavía no fueran humanos, eso no debería plantearles ningún problema de conciencia, y a pesar de que, en el caso de que lo fueran, se les estaría enviando a disfrutar de la vida celestial sin necesidad de pasar por los sufrimientos de “este valle de lágrimas” y por los peligros de caminar hacia su condenación eterna.
3.1. Por lo que se refiere a la primera cuestión, parece efectivamente que, si la doctrina de la Jerarquía Católica fuera correcta al considerar que un cigoto fuera ya un ser humano, no tendría ningún sentido su preocupación por su continuidad vital “en este valle de lágrimas”. En cualquier caso, este problema podría expresarse mediante un hipotético diálogo entre un obispo y un ateo como el siguiente:
- Pero, ¿acaso no crees en la vida eterna? –podría preguntar el ateo que hubiera realizado las anteriores reflexiones-.
-¿Cómo que no creo? ¡Pues claro que sí! –podría responder un obispo aparentemente escandalizado-.
-Entonces ¿por qué te preocupa el tema del aborto?
-¿Cómo que por qué me preocupa? ¡El aborto es un asesinato!
-Bueno. Eso es una afirmación precipitada, pues habría que averiguar primero si el cigoto, el embrión o el feto son seres humanos, o en qué casos sí y en qué casos no.
-Pues para mí no hay ningún problema. Tanto el cigoto como el embrión y el feto son seres humanos, y, en consecuencia, un aborto voluntario es lo mismo que asesinar a cualquier niño o a cualquier adulto.
-Pero, vamos a ver: Si consideras que el mismo cigoto es ya un ser humano, su aborto implicaría que desde ese momento comenzaría a gozar de la vida eterna. ¿Es así o no? ¿No te parece que de ese modo se le estaría haciendo un enorme favor? ¿No te das cuenta de que así se le evitarían los peligros de la vida terrenal y los riesgos para la salvación eterna de su alma? No olvides que, según la doctrina de tu religión, ¡todos los niños que mueren van directos al Cielo! ¡Ni siquiera pasarían por el Limbo, que recientemente ha sido eliminado, ni por el Purgatorio! ¿No sería ése el mejor regalo que se podría hacer a esos supuestos seres humanos?
-Pero, ¿quién eres tú para arrogarte el derecho de disponer de la vida de nadie? ¡La dignidad de la persona está por encima de cualquier otra consideración!
-Ya sé que soy un simple ser humano como tú, y que, según tu religión, el aborto es inmoral, pero la verdad es que no entiendo por qué quienes creéis en una vida eterna calificáis como inmoral una acción como ésa, que no significa otra cosa que cambiar esta vida tan llena de penalidades por esa otra llena de una felicidad plena y además eterna.
-¡No te hagas el tonto, que sabes muy bien que el aborto es un asesinato y todo asesinato es inmoral!
-Bien. Supongamos que lo sea. Te insisto en la pregunta: Si con ese “asesinato”, consigo que ese supuesto niño, en lugar de vivir una vida llena de peligros y de penalidades, fuera directamente al Cielo, como afirma la jerarquía católica, ¿no crees que le haría un impagable favor?
-¡Lo que creo es que te estás pasando de la raya con tus absurdos razonamientos!
-¿Por qué dices eso? Te aseguro que, si yo tuviera la fe que tú dices tener, no me habría importado haber sido un simple aborto, pues a estas horas hace ya tiempo que estaría gozando de la “Vida Celestial”, y no aquí, haciendo cola en las oficinas del paro, en espera de un puesto de trabajo.
- Pero, ¡¿cómo puedes hablar tan a la ligera de asesinatos como si fueran obras de caridad?!
- Te advierto que no estoy hablando de lo que yo creo sino de lo que implican las doctrinas que defiende tu propia religión. Y así, si yo creyera firmemente en esas doctrinas, no sabría como refutar el argumento que te he expuesto.
-¡Pues yo tengo esas creencias y precisamente por ellas estoy seguro de que tu idea es una monstruosidad!
-Entiendo que la conclusión te parezca chocante, pero la cuestión principal es si es válida o no, y yo no encuentro argumentos para rechazar su validez.
-¡Por favor! ¡No me digas que hablas en serio!
-Pues sí, claro que hablo en serio. Insisto: La cuestión es la de si puedes refutar o no el argumento que te he expuesto.
-Pues no veo ninguna dificultad: En cuanto es Dios quien da la vida, ningún ser humano tiene derecho a matar a otro.
-Efectivamente, en eso tal vez podrías tener razón, aunque me parece que habría que analizarlo con detalle. Si Dios existiera y fuera el dueño de la vida humana, con mi acción yo estaría desobedeciéndole. De acuerdo. Pero la pregunta que sigo haciéndote es la de si a ese supuesto ser humano le estaría haciendo un favor o no al enviarlo a gozar de una felicidad eterna.
-Te repito lo que te he dicho antes: Las órdenes de Dios son sagradas y tú no eres quien para interferir en sus planes segando una vida humana porque se te haya ocurrido una idea tan absurda. ¿No has pensado en que tu acción podría significar tu propia condenación?
-Es posible. Pero yo no me refiero a lo que Dios pudiera hacer conmigo, sino a lo que yo podría hacer por ese hipotético ser humano. Qué sería mejor para él: ¿lanzarlo a esta aventura de la vida terrena, que podría significar su eterna condenación en el Infierno, o alejarle de ese peligro ayudándole a alcanzar la Vida Eterna?
-Pero, ¿cómo puedes tener la soberbia de pretender convertirte en un Dios para disponer de la vida de otros?
-¡Tampoco es para tanto! Yo no pretendo sustituir a tu Dios ni causar ningún daño a ese presunto niño, sino precisamente todo lo contrario. Debes tener en cuenta además que en los evangelios se dice que “muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”, y eso significa que la probabilidad de que ese posible niño fuera a parar al Infierno no sería precisamente pequeña sino todo lo contrario. Así que insisto: ¿No crees que a ese niño le estaría haciendo un bien indudable al evitarle tener que jugar a la siniestra lotería de la vida terrenal?
-¡Déjate de tonterías y no me vengas con argumentos absurdos!
-Vale. Te dejo. Pero tan en cuenta que lo único que he hecho ha sido extraer las conclusiones que derivan de vuestras doctrinas, que yo, desde luego, no comparto. Y por eso mismo y aunque te parezca una idea de locos, considero que la decisión de abortar debería considerarse como la auténticamente congruente con vuestras doctrinas, pues en cuanto un embrión o un pre-embrión o un simple cigoto constituyan un ser humano, el aborto es la mejor manera de garantizar su felicidad eterna, pues, como ya te he dicho, su muerte le garantiza que no correrá el peligro de su eterna condenación sino que irá directamente al Cielo.
-¡¡Déjame ya en paz!! ¡Allá tú con tus absurdos razonamientos! ¡Aprende a ser más humilde y a no confiar en una facultad tan débil como la razón humana! ¡Aprende a aceptar la palabra de Dios, a creer en ella y a ponerla en práctica! ¡Y olvida esos ridículos desvaríos!
Seguramente el diálogo podría terminar así, pues ni la razón proporciona creencias ni la fe proporciona razones, por lo que sería un dialogo improductivo mientras el señor obispo quisiera imponer sus creencias de manera irracional y mientras el ateo se empeñase en seguir razonando en lugar de asumir ciegamente las palabras del obispo
No obstante, parece que en realidad los obispos y demás dirigentes de la secta católica no creen en la vida eterna, tanto por su actitud tan irracional ante el aborto como por la desolación que con que realizan sus rituales funerarios como si el difunto hubiera muerto definitivamente en lugar de haber pasado a mejor vida,
3.2. Por lo que se refiere a la segunda cuestión, la que se relaciona con el contraste radical entre la absoluta crueldad con que en el Antiguo Testamento los dirigentes de Israel y Yahvé, que por suerte son una misma realidad –pues las supuestas órdenes de Yahvé son en realidad las de los sacerdotes, que han descubierto que “hablando en nombre de Yahvé” conseguirán que el pueblo les escuche con mejor disposición-, aniquilan a niños inocentes, y la actitud de la jerarquía católica manifestando tanta preocupación por la vida de seres de los que ni siquiera puede demostrar que sean humanos, parece que lo único que podría concluirse es, en primer lugar la paradoja de que mientras en los pasajes del Antiguo Testamento en que no cree en la vida eterna, hay además un desprecio contra la vida terrena de mujeres y de niños que no son responsables de nada, en el Nuevo Testamento, donde ya se cree en una vida eterna, se defiende, sin embargo, la vida terrena –al menos en esos discutibles comienzos- como si en realidad no creyeran en aquella otra cuya existencia sería la única deseable.
En cualquier caso, tiene interés mostrar algunos pasajes de aquella “palabra de Dios”, en donde se muestra ese trato según el cual, si la vida terrena fuera sagrada, sería una contradicción que Dios hubiera ordenado tales asesinatos, que, efectivamente, aparecen en el Antiguo Testamento, tal como puede comprobarse en los siguientes pasajes:
a) “A media noche hizo morir el Señor a todos los primogénitos en Egipto, desde el primogénito del faraón, el heredero del trono, hasta el del que estaba preso en la cárcel”[9].
b) “[Moisés les dijo] Matad, pues, a todos los niños varones y a todas las mujeres que hayan tenido relaciones sexuales con algún hombre”[10].
c) “Josué conquistó Maquedá y la pasó a cuchillo, consagrando al exterminio a su rey y a todos sus habitantes sin dejar ni uno”[11].
d) “Entonces la asamblea envió doce mil hombres de los más valientes, con esta orden:
Id y pasad a cuchillo a todos los habitantes de Yabés de Galaad, incluidas mujeres y niños”[12].
f) “Así dice el Señor todopoderoso: He resuelto castigar a Amalec por lo que hizo a Israel, cerrándole el paso cuando subía de Egipto. Así que vete, castiga a Amalec y consagra al exterminio todas sus pertenencias sin piedad; mata hombres, mujeres, muchachos y niños de pecho, bueyes y ovejas, camellos y asnos”[13].
g) “Oráculo contra Babilonia que Isaías, hijo de Amós, recibió en esta visión: […] Haré que los cielos se estremezcan y la tierra se mueva de su sitio; […] Al que encuentren lo atravesarán, al que agarren lo pasarán a espada. Delante de ellos estrellarán a sus hijos, saquearan sus casas y violarán a sus mujeres”[14].
h) “Por eso, así dice el Señor […] Yo los castigaré: sus jóvenes morirán a espada, sus hijos y sus hijas morirán de hambre”[15].
i) “Y el Señor me dijo:
[…] Y aquellos a quienes ellos profetizan serán tirados por las calles de Jerusalén, víctimas del hambre y de la espada; no habrá quien los sepulte, ni a ellos ni a sus mujeres ni a sus hijos; yo haré recaer sobre ellos su maldad”[16].
j) “El Señor me dijo: […] Les haré comer la carne de sus hijos y de sus hijas, y se devorarán unos a otros en la angustia del asedio y en la miseria a que los reducirán los enemigos que buscan matarles”[17].
k) “Por eso, así dice el Señor: […] Por tus prácticas idolátricas haré contigo lo que jamás he hecho ni volveré a hacer: Los padres se comerán a sus hijos, y los hijos a sus padres. Ejecutaré mi sentencia contra ti y esparciré a todos los vientos lo que quede de ti”[18].
l) “Y pude oír lo que [el Dios de Israel] dijo a los otros:
    -Recorred la ciudad detrás de él, matando sin compasión y sin piedad. Matad a viejos, jóvenes, doncellas, niños y mujeres, hasta exterminarlos”[19].
A través de la lectura de estos pasajes se muestra la contradicción entre las órdenes de los sacerdotes de Yahvé, que ponen de manifiesto su falta de amor y de misericordia hacia aquellas gentes a las que asesinan sin piedad, despreciando el valor de la vida terrena de sus enemigos, y la actitud de la jerarquía católica, que dice escandalizarse ante la idea de un aborto, como si creyera que su muerte es una pérdida definitiva y no tuviera ninguna fe en su supervivencia en la Vida Eterna. De hecho, la sospecha de esta falta de fe en la vida eterna por parte del clero en general se acrecienta cuando uno asiste a un funeral y escucha sus teatrales sermones afligidos como si lo que realmente creyeran fuera que el difunto hubiera muerto para siempre en lugar de haber pasado a una vida más plena y definitiva.
Y, aunque se trate de una cuestión marginal, tiene interés observar el carácter injusto, arbitrario u cruel de estas órdenes; su brutalidad en cuanto en muchos de ellos no sólo se ordena la muerte de mujeres y de niños sino que el autor de los correspondientes escritos se recrea en su crueldad cuando exige pasar a cuchillo a todos los habitantes de una ciudad, incluyendo “mujeres y niños” sin dejar a nadie vivo, cuando en el texto f  se ordena matar “hombres, mujeres, muchachos y niños de pecho, bueyes y ovejas, camellos y asnos”, cuando en el texto g se dice “al que encuentren lo atravesarán, al que agarren lo pasarán a espada. Delante de ellos estrellarán a sus hijos, saquearan sus casas y violarán a sus mujeres”, cuando en el texto j se dice “les haré comer la carne de sus hijos y de sus hijas, y se devorarán unos a otros en la angustia del asedio y en la miseria a que los reducirán los enemigos que buscan matarles”, cuando en el texto k se dice “los padres se comerán a sus hijos, y los hijos a sus padres” o cuando en el texto l se dice “matad a viejos, jóvenes, doncellas, niños y mujeres, hasta exterminarlos”.
Esta serie de crueldades y de matanzas no parecen obedecer a otro fin que el de conseguir que el pueblo de Israel llegue a hacerse dueño de toda una extensa región, aunque para ello deba exterminar a sus mujeres y sus niños en cuanto las mujeres podrían tener nuevos hijo y en cuanto los niños inocentes de hoy serán los enemigos de mañana en cuanto se les permita vivir. 
4. En conclusión, asumiendo que la doctrina de la Jerarquía Católica fuera verdadera y que, después de la muerte terrenal, cigotos, embriones, fetos y niños fueran al Cielo, en tal caso no habría justificación alguna para la crítica del aborto e incluso del asesinato de esos niños, pues, como ya se ha demostrado, por mucho que a simple vista pueda parecer el argumento de un loco, la supuesta muerte de tales seres no sería una muerte real sino sólo el “tránsito” de su vida terrena, tan llena de sufrimientos y peligros, a la vida celestial. Pero, como ya se ha indicado, cuando la jerarquía católica critica el aborto, parece que sea más escéptica acerca de la existencia de esa vida eterna que el más escéptico de todos los ateos.


[1] Oseas, 9:14.
[2] Oseas, 9:16-17.
[3] Oseas, 14:1.
[4] Números, 13:15-17. La cursiva es mía.
[5] Esdras, 10:3.
[6] Jeremías, 19:1-9.
[7] Ezequiel, 9:5-6.
[8] Una prueba evidente de esto es que Yahvé promete a quienes le son fieles una larga vida o una descendencia numerosa –como las arenas del desierto-, pero no la vida eterna, hasta que a alguien se le ocurrió esa atractiva idea y la fue plasmando en algunos escritos del Antiguo Testamento y en todos los del nuevo.
[9] Éxodo, 12:29.
[10] Números, 31:17.
[11] Josué,10:28
[12] Jueces, 21:10.
[13] 1 Samuel, 15:2-3.
[14] Isaías, 13, 1- 13, 16.
[15] Jeremías, 11:21-22.
[16] Jeremías, 14:14-16.
[17] Jeremías, 19:1-9.
[18] Ezequiel, 5:8-10.
[19] Ezequiel, 9:5-6.