miércoles, 30 de marzo de 2011

El contradictorio Dios cristiano:
Amoroso, déspota, cruel y vengativo

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía


Al igual que en muchas otras cuestiones, la solución de la problemática que representa la pretensión de compatibilizar la idea de un ser omnipotente e infinitamente bueno con la existencia del sufrimiento requiere de una reflexión simplemente racional, basada en el material de los textos bíblicos y pasa también por el análisis lingüístico del término “Dios”, de manera que, según se entienda, se llegará a una conclusión o a otra. Por ello se abordará a continuación el análisis de esta problemática a partir de la toma en consideración de estos dos aspectos del problema.
1. Cuando en el cristianismo se habla de “Dios”, se hace referencia a un supuesto ser que, entre otras cualidades, tendría la de ser omnipotente, amor infinito y creador de todo lo existente; y cuando en el cristianismo se habla del “sufrimiento”, se está haciendo referencia a todo lo que se relaciona con cualquier sensación, sentimiento o vivencia desagradable, como la tristeza, el dolor, el odio, el miedo, el hambre o la sed.
A partir de estos presupuestos es fácil concluir que la existencia de un ser como sería el Dios del cristianismo excluiría la existencia del sufrimiento, mientras que la existencia del sufrimiento excluye la existencia del Dios cristiano. Y por ello, la conclusión evidente de estas consideraciones es la de que el Dios del cristianismo no existe.
2. Sin embargo y a pesar de la facilidad con que se alcanza esta conclusión, a lo largo de mucho tiempo los teólogos cristianos han intentado refutar este argumento, buscando alguna explicación para la existencia del sufrimiento.
2.1. Los dirigentes católicos, olvidando los múltiples textos bíblicos que ponen de manifiesto la crueldad, el carácter vengativo y el despotismo de su Dios, defienden, sin embargo, que es omnipotente y suma bondad, y consideran que estas cualidades de su Dios compatibles con su supuesta bondad infinita, pero, al no encontrar una explicación satisfactoria de esta contradicción, proclaman que se trata de un “misterio”.
2.2. En algunos momentos, sin embargo, han tratado de justificar la presencia del sufrimiento como un castigo divino por el “pecado original” o por los pecados cometidos por la humanidad. Pero, dado que, según la religión judía y la cristiana, Dios es omnipotente y predetermina todo lo que sucede, incluidos los actos humanos, el concepto de pecado es absurdo y, por ello mismo –y por otros diversos motivos-, la idea de purificación del pecado mediante el sufrimiento –basada en la Ley del Talión- es igualmente absurda, pues el sufrimiento no purifica de nada sino que para lo único que sirve es para satisfacer el deseo de venganza. Además esta doctrina carece igualmente de sentido desde el momento en que los dirigentes católicos afirman que su Dios es infinitamente misericordioso, cualidad que implicaría el perdón inmediato de cualquier culpa -suponiendo que este término tuviera algún sentido-, por lo que ni el castigo ni el sufrimiento llegarían a producirse.
2.2.1. El contexto judío en el que aparece una “explicación” del sufrimiento se relaciona con la Ley del Talión, defendida en el Antiguo Testamento –y también en el Nuevo-, que refleja el punto de vista primitivo según el cual mediante un daño se compensaba otro daño –“ojo por ojo, diente por diente” -, de manera quien escribió el libro del Génesis consideró que la desobediencia de Adán y Eva a Dios quedaba compensada mediante las diversas formas de sufrimiento con que Dios les castigó ellos y a la humanidad en general, pues el castigo a los descendientes de quien hubiese cometido determinado daño o determinada ofensa aparece en la Biblia como una forma normal de actuación del Dios judío -y católico-.
2.2.2. Y, si estas consideraciones fueran insuficientes para mostrar la incompatibilidad entre el dios católico y el sufrimiento, puede tenerse en cuenta además el sufrimiento de los niños y el de los animales, que evidentemente no han cometido pecado alguno que les haga “merecedores” (?) de un sufrimiento que el supuesto poder y misericordia infinitas de Dios habría evitado si existiera.
3. En cualquier caso, es evidente que la doctrina que considera compatible la existencia de un Dios omnipotente y amor infinito con la existencia del sufrimiento es una contradicción –y no un misterio-, en cuanto el sufrimiento es un mal y por ello mismo incompatible con la supuesta bondad divina, de manera que o bien Dios no habría sido capaz de evitar el sufrimiento y en tal caso no sería omnipotente, o bien lo habría producido él mismo y en tal caso no sería bondad absoluta.
3.1. Así lo comprendieron diversos pensadores desde hace muchos siglos y así lo comprendió B. Russell, quien lo defendió del siguiente modo:
"El mundo, según se nos dice, fue creado por un dios que es a la vez bueno y omnipotente. Antes de crear el mundo, previó todo el dolor y la miseria que iba a contener; por lo tanto, es responsable de ellos. Es inútil argüir que el dolor del mundo se debe al pecado. En primer lugar eso no es cierto; el pecado no produce el desbordamiento de los ríos ni las erupciones de los volcanes. Pero aunque esto fuera verdad, no serviría de nada. Si yo fuera a engendrar un hijo sabiendo que iba a ser un maniático homicida, sería responsable de sus crímenes. Si Dios sabía de antemano los crímenes que el hombre iba a cometer, era claramente respon-sable de todas las consecuencias de esos pecados cuando decidió crear al hombre. El argumento cristiano usual es que el sufrimiento del mundo es una purificación del pecado, y, por lo tanto, una cosa buena. Este argumento es, claro está, sólo una racionalización del sadismo; pero en todo caso es un argumento pobre. Yo invitaría a cualquier cristiano a acercarse a la sala de niños de un hospital, a que presenciase los sufrimientos que padecen allí, y luego a insistir en la afirmación de que esos niños están tan moralmente abandonados que merecen lo que sufren. Con el fin de afirmar esto, un hombre tiene que destruir en él todo sentimiento de piedad y compasión. Tiene, en resumen, que hacerse tan cruel como el Dios en quien cree. Ningún hombre que cree que los sufrimientos de este mundo son por nuestro bien, puede mantener intactos sus valores éticos, ya que siempre está tratando de hallar excusas para el dolor y la miseria" .
3.2. A continuación se comentan con detenimiento estas consideraciones, presentándolas en forma de argumentación lógica para evitar que su sencillez se confunda con superficialidad, de manera que pueda calibrarse mejor su rigor. Se presentarán igualmente las objeciones y las respuestas más significativas que podrían presentarse a las premisas que conducen a la conclusión correspondiente.
El argumento en cuestión puede plantearse del siguiente modo:
Primera premisa: Si existe un ser omnipotente, infinitamente bueno y creador de todo, entonces todo lo que existe es –o debería ser- bueno.
Segunda premisa: Si existe el sufrimiento, entonces no todo lo que existe es bueno.
Tercera premisa: El sufrimiento existe.
Conclusión: No existe un ser omnipotente, infinitamente bueno y creador de todo.
3.2.1. La conclusión deriva de las premisas de manera absolutamente necesaria de acuerdo con las reglas de la Lógica y, por ello, lo que queda por analizar es sólo si todas y cada una de sus premisas que conducen a la conclusión son verdaderas, pues en el caso de que lo sean la conclusión será igualmente verdadera.
A la primera premisa se le podrían presentar las siguientes objeciones:
a) En primer lugar se podría afirmar que efectivamente Dios lo hizo todo bueno, pero que fue el hombre quien, mediante el “pecado original”, habría desafiado a Dios, quien le habría castigado con las diversas formas de sufrimiento que acompañan su existencia. Efectivamente, según la Biblia, Dios condenó a Eva diciéndole:
“Multiplicaré los dolores de tu preñez, parirás a tus hijos con dolor; desearás a tu marido, y él te dominará” .
Igualmente a Adán le dijo:
“Por haber hecho caso a tu mujer y haber comido del árbol prohibido, maldita sea la tierra por tu culpa. Con fatiga comerás sus frutos todos los días de tu vida […] Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra de la que fuiste formado, porque eres polvo y al polvo volverás” .
Pero tal maldición divina, además ser irracional y absurda por tratarse de un castigo universal, referido a la mujer o al varón en general pero como consecuencia de una falta individual, sería incompatible con las cualidades que se atribuyen al Dios católico, que es ese mismo Dios de la tradición judía. Y, por cierto, en la propia Biblia, “palabra de Dios”, se critica acertadamente, pero en contradicción con las anteriores palabras del Génesis, esta doctrina según la cual los hijos pagan por las culpas de los padres:
“Vosotros decís: “¿Por qué no carga el hijo con la culpa de su padre?” Pues porque el hijo recta y honradamente, ha guardado todos mis mandamientos y los ha puesto en práctica: por eso vivirá. El que peca es el que morirá. El hijo no cargará con la culpa del padre, ni el padre con la del hijo” .
b) Pero, al margen de estas contradicciones doctrinales, hay además muchos sufrimientos –o fenómenos naturales que provocan sufrimientos- que no provienen de supuestos pecados del hombre, como terremotos, enfermedades, sequías, inundaciones, sino de las adversidades de la Naturaleza, que provoca el sufrimiento de los niños y el de muchos otros seres vivos, ajenos indiscutiblemente a cualquier culpa que les hiciera “merecedores” de los sufrimientos que padecen, y cuyo único delito -como diría Calderón- sería el de haber nacido.
En relación con tales males algunos incurren en la ingenuidad de pretender explicar el sufrimiento a partir de la Naturaleza, suponiendo que de esta forma Dios quedaría al margen de las diversas calamidades que rodean la existencia del ser humano y la de los demás seres vivos. Pero, como en el caso de la réplica anterior, es evidente que, si la Naturaleza produce el sufrimiento, en tal caso la Naturaleza será mala, y, en consecuencia, de la misma manera que se considera responsable de un asesinato a la persona que disparó y no a la bala que causó la muerte de la víctima, igualmente habría que entender la relación entre Dios, la Naturaleza y el sufrimiento, considerando a Dios como causa del sufrimiento, y a la Naturaleza como un simple instrumento para su manifestación.
Por otra parte, aunque esta respuesta por sí sola es más que suficiente para refutar el valor de la anterior objeción, puesto que con sólo la presencia de una mínima porción de sufrimiento no causado por el hombre el argumento conserva toda su validez, hay que señalar que, si el hombre fuera causa parcial del sufrimiento, ello implicaría que el hombre, supuestamente creado por Dios, no sería bueno, ya que el modo de ser de cada cosa se conoce por sus obras (“operari sequitur esse”), con lo que el problema volvería a plantearse referido en este caso a la misma naturaleza humana.
c) Otra objeción que suele presentarse es la de que el mal en general y el sufrimiento en particular sería inevitable, ya que sin él no se podría tener conocimiento del bien ni gozar de él. Ya los estoicos se habían servido de esta explicación, pero su valor es claramente nulo, puesto que quienes la presentan olvidan que en la argumentación inicial se hablaba de un ser omnipotente, cualidad que implica la capacidad de hacer todo aquello que no sea contradictorio; y, evidentemente, no existe contradicción alguna en la idea de un mundo absolutamente bueno en el que la felicidad no tuviera como condición la existencia previa de ningún tipo de sufrimiento .
d) Llegados a este punto, en diversas religiones antiguas se llegó a considerar que junto a Dios, como ser infinitamente bueno, existiría un ser muy poderoso causante del mal. Un ejemplo de los planteamientos que van por esta línea se encuentra en la antigua religión persa de Zaratustra (s. VII a. C.), en la que Ormuz representaría el Dios benéfico y Ahrimán el Dios maléfico, que al final de los tiempos sería definitivamente derrotado. Pero en estos casos se olvida que la omnipotencia de Dios podría impedir la existencia de esa fuerza del mal, mientras que su bondad infinita le llevaría efectivamente a impedirla.
Por lo que se refiere a la segunda premisa, es difícil encontrar alguna objeción digna de ser analizada.
a) Una de tales objeciones consiste en indicar que quizás el sufrimiento podría ser bueno al menos en un sentido semejante a aquel en que lo es una intervención quirúrgica, la cual, aunque resulte dolorosa, es causa muchas veces del bien de la curación. La réplica a esta objeción consiste en diferenciar el dolor en sí mismo de aquello a lo que puede conducir, siendo evidente que, si se pudiera producir una curación de forma inmediata sin pasar por una fase de dolor, sería absurdo pasar por ella. Y, si Dios existiera como ser omnipotente e infinitamente bueno, no sólo podría evitar el dolor de la intervención quirúrgica, sino también el de la enfermedad que hizo necesaria dicha intervención.
b) Por otra parte, ante la imposibilidad de negar la existencia del sufrimiento y su incompatibilidad con Dios, algunos han llegado a considerar que el sufrimiento podría ser bueno en algún sentido oculto para el entendimiento humano. En este sentido, resultan especialmente llamativas las excentricidades del fundador del “Opus Dei”, José María Escrivá de Balaguer, quien llega a escribir:
“el dolor es la sal de nuestra vida” ;
“Bendito sea el dolor. -Amado sea el dolor. -Santificado sea el dolor... Glorificado sea el dolor!” ;
“Contigo, Jesús, qué placentero es el dolor y qué luminosa la oscuridad!” ,
palabras que hubieran podido figurar con pleno derecho como lemas a la entrada de cualquier campo de concentración nazi.
Pero este punto de vista, propio de un loco fanático, se refuta por sí mismo a partir de la consideración de que, si el sufrimiento fuera bueno, no tendría ningún sentido el mandamiento de no matar, ni tampoco el interés por remediar el hambre y el sufrimiento de la humanidad, ni el de eliminar las guerras y las torturas más refinadas, e incluso dejaría de tener sentido la práctica de la medicina, pues, si el dolor fuera la sal de la vida, sería muy triste privarnos de él. Pero, además, desde una simple perspectiva lingüística, es evidente que la afirmación según la cual el dolor es placentero es contradictoria por la misma definición de los conceptos de dolor y de placer.
c) Una última objeción, variante de la anterior, consiste en sugerir que el hombre no está capacitado para comprender en qué consiste la bondad de Dios, y que el propio sufrimiento podría ser bueno en algún sentido oculto para el hombre pero compatible con esa forma especial de la bondad divina. La réplica a esta objeción consiste en señalar que referirse a la bondad de Dios como a algo ajeno a las posibilidades humanas de comprensión es utilizar palabras vacías e inútiles. Pues, si se dice que Dios es “bueno” y, a continuación, “se aclara” (?) que “bueno” no significa lo que todo el mundo piensa que significa, y no se explica qué es lo que se pretende decir con ese término, en ese caso se estará perdiendo el tiempo y haciéndolo perder a quienes escuchan tales “explicaciones”. Conviene recordar, en este sentido, que el lenguaje es un producto humano y que el significado de las palabras no es algo que haya que esperar descubrirlo como si de un misterio se tratara, sino que es el ser humano quien se lo ha asignado a lo largo de su evolución histórica y cultural y que, por ello, sería una pérdida de tiempo absurda la construcción de frases cuyo significado fuera oculto incluso para quien las construye.
Y, por lo que se refiere a la tercera premisa, es totalmente superfluo discutirla, pues todos tienen a diario sus propias experiencias a este respecto, de manera que la existencia del sufrimiento no se demuestra sino que se vive y se muestra. Además, si se sabe de qué se está hablando cuando se hace referencia al sufrimiento, es sólo por el hecho de haberlo experimentado; de lo contrario, sucedería como al ciego de nacimiento, que por no haber experimentado el color es incapaz de hacerse una idea adecuada de él.
Una última objeción que podría utilizarse en relación con la totalidad del argumento es la de considerar, como se hace en la propia Biblia, que Dios se caracterizaría esencialmente por su omnipotencia, pero no necesariamente por su bondad, por lo que el mal podría proceder de él directamente. Se dice en este sentido:
- “Si se acepta de Dios el bien ¿no habremos de aceptar también el mal?” .
- “Bien y mal, vida y muerte, pobreza y riqueza, vienen del Señor” .
Pero en casos como éstos se incurre en la contradicción de utilizar un concepto de Dios que no se corresponde con el del supuesto inicial, que se refería a un supuesto ser caracterizado por la omnipotencia y por la bondad infinita.
La conclusión que deriva de estas tres premisas es, como ya se sabe, que no puede existir un ser que reúna al mismo tiempo las cualidades de la omnipotencia y de la infinita bondad, o, lo que es lo mismo, que o bien Dios quiso pero no pudo hacer un mundo sin sufrimiento y, en tal caso, no sería omnipotente, o bien pudo pero no quiso y, en tal caso, no sería infinitamente bueno.
Si, por otra parte, se considera que el concepto judío de Dios sólo debería aplicarse a una realidad absolutamente perfecta, y se supone además que la omnipotencia y la bondad infinita deberían ser constituyentes de dicha perfección, en tal caso la conclusión evidente es la de que ese supuesto Dios no existe.
4. Por lo que se refiere a cómo los judíos –al igual que posteriormente los cristianos- entendían a su Dios, en la Biblia aparecen afirmaciones contradictorias para todos los gustos, de manera que, a pesar de que en la actualidad los dirigentes católicos hablan de Dios como amor y misericordia infinita, en una gran mayoría de textos del Antiguo Testamento aparece un Dios cruel, déspota y vengativo que no tiene inconveniente alguno en matar y en castigar “hasta la tercera y la cuarta generación”, mientras que en el Nuevo Testamento se insiste de manera especial en la idea de la condenación al fuego eterno del Infierno, incompatible con aquel supuesto Dios infinitamente misericordioso.
Y efectivamente en la Biblia pueden encontrarse textos en apoyo de ambos puntos de vista. Así, en apoyo del amor y misericordia infinita de ese Dios se dice:
“Tú tienes compasión de todos, porque todo lo puedes,
y pasas por alto los pecados de los hombres
para que se arrepientan.
Porque amas todo cuanto existe,
y no aborreces nada de lo que hiciste;
pues, si odiaras algo, no lo habrías creado.
¿Cómo subsistiría algo si tú no lo quisieras?
¿Cómo permanecería algo si tú no lo quisieras?
Pero tú eres indulgente con todas las cosas,
porque todas son tuyas, Señor, amigo de la vida” .
Pero igualmente, en contradicción con el texto anterior y poniendo de manifiesto la crueldad arbitraria y despótica de ese mismo Dios, pueden verse una enorme multiplicidad de ejemplos como los siguientes:
- “Si a pesar de todo esto no me obedecéis y seguís obstinados contra mí […] Comeréis la carne de vuestros hijos y de vuestras hijas […] amontonaré vuestros cadáveres sobre los cadáveres de vuestros ídolos y os detestaré […] os dispersaré entre las naciones y os perseguiré con la espada desenvainada” .
- “Así dice el Señor todopoderoso: […] castiga a Amalec y consagra al exterminio todas sus pertenencias sin piedad; mata hombres y mujeres, muchachos y niños de pecho, bueyes y ovejas, camellos y asnos” .
- “El Señor mandó contra ellos al rey de los caldeos, que mató a espada a sus jóvenes en el santuario mismo, sin perdonar a nadie, ni muchacho ni doncella, ni anciano, ni anciana: Dios entregó a todos en su poder” .
- “El ángel del Señor vino al campamento asirio e hirió a ciento ochenta y cinco mil hombres. Cuando se levantaron por la mañana, no había más que cadáveres” .
- “[Así dice el Señor todopoderoso, Dios de Israel] Les haré comer la carne de sus hijos y de sus hijas, y se devorarán unos a otros en la angustia del asedio y en la miseria a que los reducirán los enemigos que buscan matarlos” .
Evidentemente ese Dios, cuya existencia sería compatible con la del sufrimiento, tendría muy poco que ver con el Dios sumamente bondadoso que los dirigentes católicos proclaman, seleccionando textos bíblicos que no hacen referencia a la extrema crueldad que vemos en éstos otros, al margen de que el Dios que los dirigentes católicos presentan siga siendo extremadamente cruel y déspota en cuanto envía al fuego eterno a quienes él mismo ha predeterminado, tal como indicó Tomás de Aquino cuando escribió:
“Y como se ha demostrado que unos, ayudados por la gracia, se dirigen mediante la operación divina al fin último, y otros, desprovistos de dicho auxilio, se desvían del fin último, y todo lo que Dios hace está dispuesto y ordenado desde la eternidad por su sabiduría [...], es necesario que dicha distinción de hombres haya sido ordenada por Dios desde la eternidad. Por lo tanto, en cuanto que designó de antemano a algunos desde la eternidad para dirigirlos al fin último, se dice que los predestinó [...] Y a quienes dispuso desde la eternidad que no había de dar la gracia, se dice que los reprobó o los odió [...] Y puede también demostrarse que la predestinación y la elección no tienen por causa ciertos méritos humanos, no sólo porque la gracia de Dios, que es efecto de la predestinación, no responde a mérito alguno, pues precede a todos los méritos humanos [...] sino también porque la voluntad y providencia divinas son la causa primera de cuanto se hace; y nada puede ser causa de la voluntad y providencia divinas” .

miércoles, 2 de marzo de 2011

PREDETERMINACIÓN DIVINA
Y
LIBERTAD HUMANA
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
Los dirigentes católicos, de acuerdo con sus habituales contradicciones “misteriosas”, afirman que Dios predetermina las decisiones y las acciones del hombre, a la vez que declaran que el hombre es libre y responsable de tales actos predeterminados por Dios.
La predeterminación divina se defiende en diversos lugares de la Biblia y es una doctrina oficial de la teología católica que, a la vez afirma igualmente el llamado “libre albedrío” humano, consistente en poder querer tanto lo bueno o como lo malo.
En efecto, a pesar de la evidente contradicción entre la doctrina de que un mismo acto sea causado a un mismo tiempo por la omnipotencia divina y por la “libre” voluntad humana, y a pesar de haber existido teólogos católicos que han intentado en vano demostrar la compatibilidad entre ambas doctrinas, los dirigentes católicos defienden su verdad porque la predeterminación divina sería una de las manifestaciones de la omnipotencia divina, mientras que la libertad humana es el fundamento necesario de la moral, junto con sus categorías de responsabilidad, mérito y culpa, premio y castigo.
La doctrina a favor del “libre albedrío”, entendido como capacidad para elegir entre el bien y el mal, es la más generalmente defendida en la Biblia y en la iglesia católica. Aparece en un sinfín de textos bíblicos, como el de la misma desobediencia de Eva y Adán o como el de la obediencia de Abraham a Dios cuando éste le pide que le sacrifique a su hijo Isaac, situación en la que Dios le dice:
“- Juro por mí mismo, palabra del Señor, que por haber hecho esto y no haberme negado a tu único hijo, te colmaré de bendiciones y multiplicaré inmensamente tu descendencia” .
La defensa del libre albedrío puede verse también en la serie de textos en que se condiciona la “salvación eterna” del hombre a su comportamiento libremente encaminado al cumplimiento o incumplimiento de las leyes divinas. En este sentido se dice en la Biblia:
“El Señor aborrece toda maldad,
y quienes lo temen la detestan.
El hizo al hombre al principio,
y lo dejó a su propio albedrío.
Si quieres guardarás los mandamientos;
de ti depende el permanecer fiel” .
Pero, al mismo tiempo, en el Antiguo Testamento y en apoyo de la predeterminación divina aparecen textos como los siguientes:
- “Pero el Señor hizo que el faraón se obstinara y no los dejara marchar [a los judíos] .
-“El Señor hizo que el faraón se obstinara, para que no le obedeciese; puso así de manifiesto su poder bajo el cielo” .
-“Y el Señor hizo que los egipcios se mostraran benévolos con el pueblo”
-“El Señor había decretado que todas estas ciudades se obstinasen en atacar a Israel, para que así fueran consagradas sin piedad al exterminio y aniquiladas, como había mandado el Señor a Moisés” .
- “…el Señor hizo que los madianitas se matasen unos a otros en el campamento” .
-“Pero ellos no hicieron caso a su padre, porque el Señor quería hacerlos perecer” .
Una posible objeción al valor de estos textos es que hacen referencia a situaciones concretas en las que efectivamente Dios habría intervenido, actuación que no habría por qué considerar extensible a la totalidad de los actos humanos, pues éstos se producirían de manera general como consecuencia de la libre voluntad del hombre. Sin embargo, además de los textos citados, existen muchos otros en los que de manera inequívoca se defiende el carácter general de la predeterminación divina, como son los siguientes:
-“Judit invocó al señor a gritos diciendo: […]
Tú hiciste el pasado, el presente y el futuro. Tú proyectas el pasado y el futuro, todo lo proyectado ha sucedido” .
-“El Señor ha hecho todo para un fin,
incluso al malvado para la desgracia” .
-“Todo cuanto existe ya estaba prefijado”
-“…las decisiones divinas no dependen del comportamiento humano, sino que Dios llama” .
Los teólogos católicos pretenden que, aunque no se comprenda cómo pueden ser compatibles ambos conceptos, realmente lo son y, que, si tal compatibilidad no se entiende, es porque se trata de un misterio.
CRÍTICA: La doctrina de la predeterminación divina es consecuencia del concepto antropomórfico de un Dios como realidad suprema omnipotente a la que todo está sometido, pero tal doctrina es evidentemente contradictoria con la supuesta libertad humana que considera los actos humanos como consecuencias de una voluntad autónoma. La imposibilidad de conciliar ambas doctrinas condujo a los dirigentes católicos a la aceptación simultánea de ambas, convirtiendo en “misterio” lo que en realidad era una simple contradicción, pues estas doctrinas conducen alternativamente al concepto contradictorio de un ser omnipotente que a la vez no lo sería en cuanto se aceptase la libertad del hombre, o al concepto igualmente contradictorio de un ser libre que tampoco lo sería, en cuanto se aceptase la existencia de un ser efectivamente omnipotente del que todas las acciones y sucesos dependieran.
En relación con esta cuestión en el siglo XIII Tomás de Aquino (1225-1274), aunque intentó armonizar ambas doctrinas, defendió planteamientos contradictorios, de forma que, a fin de justificar la responsabilidad moral, afirmó la libertad humana, pero, a fin de defender la omnipotencia divina, negó de modo implícito la libertad humana desde el momento en que consideró que las decisiones humanas eran causadas por Dios.
Así, por lo que se refiere a su defensa de la libertad, Tomás de Aquino estaba de acuerdo con la tradición socrática de que todo lo que se desea se desea por considerarlo bueno, es decir, que nadie desea el mal por el mal, afirmando pues que
“la voluntad no puede dirigirse hacia ningún objetivo a no ser por la consideración del bien” ,
y que, por ello, el hombre estaría determinado necesariamente por un bien absoluto como lo sería el propio Dios:
“ninguna otra cosa puede ser causa de la voluntad, sólo Dios mismo, que es el bien universal”
o la felicidad:
“sólo el bien que es perfecto y no le falta nada es el bien que la voluntad no puede no querer, y éste es la bienaventuranza” .
Sin embargo, para escapar del determinismo que derivaría de la atracción que el bien provocaría de modo exclusivo, consideró igualmente que el hombre era libre en cuanto dependía de su voluntad la elección de cualquiera de los bienes que se presentaban ante él , y, en este sentido, afirmó que
“El hombre no elige con necesidad, precisamente porque lo que es posible que no exista no es necesario que exista. Pero la razón de que es posible elegir y no elegir puede apreciarse por la doble potestad del hombre, porque el hombre puede querer y no querer, obrar y no obrar, y puede también querer esto o lo otro, hacer esto o lo otro. Y la razón de esto está en la virtud misma de la razón, pues la voluntad puede tender hacia cuanto la razón puede aprehender como bueno. Ahora bien, la razón puede aprehender como bien no sólo el querer y el obrar, sino también el no querer y el no obrar. Y además, en todos los bienes particulares puede considerar la razón de algún bien o el defecto de algún bien, que tiene razón de mal. Según esto, puede aprehender cualquiera de estos bienes como elegible o como rechazable. En cambio, al bien perfecto, que es la bienaventuranza, la razón no puede aprehenderlo bajo razón de mal o de algún defecto; y por eso el hombre quiere la bienaventuranza necesariamente y no puede querer no ser feliz” .
Sin embargo y en contra de este punto de vista, hay que decir que Tomás de Aquino, aunque acierta cuando escribe que “la voluntad puede tender hacia cuanto la razón puede aprehender como bueno”, pero parece que equivoca cuando escribe que “la razón puede aprehender como bien no sólo el querer y el obrar, sino también el no querer y el no obrar”, pues afirmar que la razón en cuanto tal puede “puede aprehender como bien no sólo el querer y el obrar, sino también el no querer y el no obrar” es confuso o erróneo: Es confuso en cuanto no explica que podría haber situaciones objetivas que determinasen que lo que en un momento dado es bueno en otro podría ser malo, y sólo en ese sentido la frase citada tendría sentido, mientras que, si con ella Tomás de Aquino quisiera dar a entender que una misma realidad, como la de “el querer y el obrar”, podría ser captado indistintamente por la razón como bueno o como malo, tal consideración sería falsa porque la razón en cuanto tal sirve para captar las verdades que estén a su alcance, pero no para captar como verdadero lo falso ni como falso lo verdadero. Pero, además, si existiera tal posibilidad, eso no resolvería el problema, en cuanto la voluntad seguiría optando por aquel bien –subjetivo- que la razón le hubiera presentado como bien.
La opinión que parece defender Tomás de Aquino es como la de quien juzgase que, cuando uno se equivoca al hacer una simple suma, como 4 + 3 = 9, habría sido la razón la que se habría equivocado voluntariamente, y presenta así la razón como una mezcla de razón, deseos y pasiones, lo cual es falso por definición, aunque sea cierto que la razón es una parte del psiquismo humano, unida al resto de otros elementos, como los deseos y las pasiones y que, por lo tanto, no actúa con independencia de ellos. Por ello, la razón sólo es razón cuando intuye certeramente la verdad de una proposición, pero no cuando yerra, pues en tales casos el error se produce por la interferencia de factores psíquicos ajenos a la propia razón, pero que interfieren en su actividad por ser todos ellos elementos del psiquismo humano. Y, por ello, aunque el jugador de ajedrez que quiere ganar una partida intenta jugar lo más racionalmente que puede, puede perder la partida en diversas ocasiones como consecuencia de su nerviosismo, su precipitación o su cansancio, los cuales interfieren negativamente con el uso de su inteligencia y contribuyen a que no acierte a encontrar las jugadas adecuadas para ganar.
Y de este modo, de acuerdo el intelectualismo socrático, todo el que obra mal en último término lo hace por ignorancia. Tomás de Aquino siguió en muchas ocasiones las doctrinas de Aristóteles –que en este asunto siguió a Sócrates-, pero, al tomar conciencia de que los planteamientos del cristianismo y los aristotélicos estaban en contradicción, intentó esquivar el determinismo aristotélico, basado en el intelectualismo socrático
Además, Tomás de Aquino no tuvo en cuenta que, aunque se puede querer y no querer en razón del bien o de la ausencia de bien, en cuanto los bienes se muestran como diversamente valiosos, la voluntad se inclina necesariamente por aquel bien que la razón presenta como el mejor –aunque su apreciación sea incorrecta por la presencia de los factores psíquicos mencionados.
Tomás de Aquino reconoce que todo lo que es objeto de elección lo es en cuanto la razón lo intuye como bueno, y ése es el motivo por el cual afirma que el hombre quiere la bienaventuranza necesariamente, en cuanto la razón no puede aprehenderla como mal. En consecuencia, si desde este planteamiento Tomás de Aquino afirma que la intuición del bien absoluto determinaría la correspondiente elección de la voluntad, tal determinismo seguiría existiendo en relación con los bienes limitados, en cuanto la capacidad para elegir o no elegir el más valioso sólo sería la manifestación de la limitación de la razón humana o la interferencia de esos otros elementos psíquicos mencionados y la correspondiente incapacidad de la razón para valorar con total objetividad el mayor o menor grado de bondad existente en sus diversas posibilidades de elección, de manera que, si tal razón fuera capaz de una clarividencia plena, elegiría necesariamente aquello que aprehendiera como bueno y, en consecuencia, seguiría estando determinada por el mayor bien objetivo, aunque éste fuera limitado.
Además, si la elección se realizase sin motivo, ésta sería azarosa, y no tendría sentido llamarla libre. Tomás de Aquino, comprendiendo esta dificultad, trató de justificar la elección de cada momento a partir del modo de ser de la propia naturaleza, pero, aunque de este modo pretendió superar el determinismo derivado de la atracción del bien, sólo consiguió dar una visión más completa de tal doctrina, en cuanto hizo depender de la propia naturaleza la elección de la voluntad al escribir:
“Qualis unusquisque est, talis finis videtur ei”
Finalmente, para librarse del determinismo que derivaría de esa naturaleza de cada uno, afirmó igualmente que tal naturaleza habría sido también objeto de elección. Pero esta “solución” es absurda, pues, en primer lugar, nadie elige su propia naturaleza –ya que toda elección se produce a partir de la posesión de una naturaleza inicial-, y, en segundo lugar, aun aceptando que dicha elección fuera posible, nuevamente surgiría el dilema de que o bien se habría elegido la propia naturaleza por un motivo -y en ese caso sería ese motivo el que habría determinado la elección de dicha naturaleza- o bien se la habría elegido sin motivo alguno -y en tal caso se volvería nuevamente a una interpretación de la causa de los actos voluntarios a partir del azar-. En consecuencia, el libre albedrío sería una palabra vacía de contenido, ya que o bien equivaldría a determinismo, o bien equivaldría a azar.
Por otra parte, cuando Tomás de Aquino trató el tema de la omnipotencia divina, en lugar de intentar salvar la responsabilidad humana defendió un planteamiento absolu-tamente determinista. Así, criticando a Orígenes (185-254), defendió la tesis de que Dios no sólo es la causa de la existencia de la voluntad humana como potencia, sino también la causa de las elecciones concretas de la voluntad:
“Algunos, no entendiendo cómo Dios puede causar el movimiento de nuestra voluntad sin perjuicio de la libertad misma, se empeñaron en exponer torcidamente dichas autoridades [bíblicas]. Y así decían que Dios causa en nosotros el querer y el obrar, en cuanto que causa en nosotros la potencia de querer, pero no en el sentido de que nos haga querer esto o aquello. Así lo expone Orígenes [...].
De esto parece haber nacido la opinión de algunos, que decían que la providencia no se extiende a cuanto cae bajo el libre albedrío, o sea, a las elecciones, sino que se refiere a los sucesos exteriores. Pues quien elige conseguir o realizar algo, por ejemplo, enriquecerse o edificar, no siempre lo podrá alcanzar [...].
Todo lo cual, en verdad, está en abierta oposición con el testimonio de la Sagrada Escritura. Se dice en Isaías: Todo cuanto hemos hecho lo has hecho tú, Señor. Luego no sólo recibimos de Dios la potencia de querer, sino también la operación” .
Por ello y desde estas consideraciones, critica el punto de vista de Orígenes, quien habría salvado la libertad del hombre, pero no la omnipotencia divina, mientras que, desde la perspectiva de Tomás de Aquino se salvaría la omnipotencia divina pero no la libertad humana.
Insistiendo en este mismo punto de vista, añadió un poco más adelante:
“Dios es causa no sólo de nuestra voluntad, sino también de nuestro querer”.
Y en el capítulo siguiente concluyó así:
“Por consiguiente, como Él es la causa de nuestra elección y de nuestro querer, nuestras elecciones y voliciones están sujetas a la divina providencia”.
Tomás de Aquino enfocó también el tema de la libertad desde la problemática de la “salvación” y la de la “predestinación”, y en estas cuestiones, frente a otras opiniones “heterodoxas” como la de Pelagio (360-425), que había defendido la tesis de que el hombre se salvaba por sus méritos y se condenaba por sus culpas, venció la tesis de que toda salvación viene de Dios y no de los méritos procedentes del buen uso de su libertad por parte del hombre; y, complementariamente, defendió igualmente la tesis de que Dios había predestinado desde la eternidad a los hombres para su salvación o reprobación, pero mediante esta tesis, aunque dejaba a salvo la omnipotencia divina, el protagonismo del hombre respecto a los actos realizados por él (?) desaparecía por completo.
Los planteamientos tomistas -al igual que anteriormente los de Aurelio Agustín- se mantuvieron en esta línea “ortodoxa”, y contribuyeron a su fijación como doctrina oficial de la iglesia católica.
Por lo que se refiere al tema de la salvación, Tomás de Aquino, criticando a Pelagio, consideró que el hombre era incapaz de conseguir la bienaventuranza por sus propios méritos y que sólo el auxilio divino podía permitirle alcanzar este objetivo ; que nadie merecía por sí mismo dicho auxilio ; y que desde la eternidad Dios había determinado a quiénes lo concedería y a quiénes lo negaría para que en unos casos brillase su misericordia y en otros su justicia (?):
“Mas como quiera que Dios, entre los hombres que persisten en los mismos pecados, a unos los convierta previniéndolos y a otros los soporte o permita que procedan naturalmente [?], no se ha de investigar la razón por qué convierte a éstos y no a los otros, pues esto depende de su simple voluntad, del mismo modo que dependió de su voluntad el que, al hacer todas las cosas de la nada, unas fueran más excelentes que otras; tal como de la simple voluntad del artífice nace el formar de una misma materia, dispuesta de idéntico modo, unos vasos para usos nobles y otros para usos bajos” .
Por lo que se refiere de manera más concreta al tema de la predestinación, la postura de Tomás de Aquino fue idéntica a la de los luteranos y los calvinistas en cuanto defendió que la elección y la reprobación del hombre habían sido ordenadas por Dios desde la eternidad, sin que pudiera aceptarse que la decisión divina estuviera causada a su vez por los méritos del hombre:
“Y como se ha demostrado que unos, ayudados por la gracia, se dirigen mediante la operación divina al fin último, y otros, desprovistos de dicho auxilio, se des-vían del fin último, y todo lo que Dios hace está dispuesto y ordenado desde la eternidad por su sabiduría [...], es necesario que dicha distinción de hombres ha-ya sido ordenada por Dios desde la eternidad. Por lo tanto, en cuanto que designó de antemano a algunos desde la eternidad para dirigirlos al fin último, se dice que los predestinó [...] Y a quienes dispuso desde la eternidad que no había de dar la gracia, se dice que los reprobó o los odió [...] Y puede también demostrarse que la predestinación y la elección no tienen por causa ciertos méritos humanos, no sólo porque la gracia de Dios, que es efecto de la predestinación, no responde a mérito alguno, pues precede a todos los méritos humanos [...] sino también porque la voluntad y providencia divinas son la causa primera de cuanto se hace; y nada puede ser causa de la voluntad y providencia divinas” .
Por extraña y absurda que pueda parecer la doctrina de la predestinación, hay que tener en cuenta que sólo ella -tal como Tomás de Aquino comprendió- dejaba a salvo la omnipotencia divina, ya que, de lo contrario, ésta habría quedado subordinada -y, en consecuencia, negada- en cuanto la salvación fuera consecuencia de las acciones y de los méritos del hombre. Sin embargo, la doctrina tomista tiene el inconveniente de convertir al hombre en una especie de marioneta cuyas acciones sólo aparentemente serían suyas, y, por lo tanto, tales acciones no deberían considerarse como fundamento de alguna clase de mérito o de culpa, por cuanto en último término dependerían de la voluntad de Dios.
En relación con la problemática entre la predeterminación divina y la libertad humana todavía hubo diversas polémicas, como la de Erasmo de Rotterdam (1467-1536) frente a Martín Lutero (1483-1546), defendiendo el primero la libertad del hombre en su obra De libero arbitrio, y negándola el segundo en su correspondiente escrito De servo arbitrio; o también las del dominico Domingo Báñez (1528-1604) frente al jesuita Luis de Molina (1536-1600), en las que pretendiendo ambos defender desde la ortodoxia católica la omnipotencia de Dios y la libertad del hombre, no llegaron a una solución del problema, pues la solución de Báñez, como la de Tomás de Aquino, salvaba la omnipotencia divina, pero anulaba la libertad del hombre, mientras que la de Molina, como la de Orígenes o como la del también jesuita Francisco Suárez, salvaba la libertad humana, pero anulaba la omnipotencia divina.
Como no hubo forma –ni podía haberla- de encontrar una solución satisfactoria para este problema, en el año 1594 el papa Clemente VIII prohibió que siguieran las discusiones, aunque no se atrevió a condenar ninguno de ambos puntos de vista. Posteriormente Pablo V, para acabar con las discusiones entre dominicos y jesuitas, optó por aceptar que ambas tesis podían ser defendidas y que ninguna de ellas era herética.
Una consecuencia de la imposibilidad de salvar la libertad humana, si se afirmaba la omnipotencia divina, era que la responsabilidad humana dejaba de tener sentido y, en consecuencia, debían desaparecer todas las doctrinas derivadas de la supuesta responsabilidad, como las relacionadas con las ideas de mérito, culpa, bondad, maldad, premio y castigo.
Como esta contradicción entre una omnipotencia divina limitada por los actos humanos libres y una libertad humana sometida a una omnipotencia divina podía tener repercusiones peligrosas para la supervivencia de las confesiones religiosas que las aceptasen, los teólogos calificaron tales doctrinas –al igual que muchas otras- como “misterio” , término mediante el cual se pretendía hacer referencia no a una doctrina simplemente contradictoria, sino a doctrinas incomprensibles para la limitada capacidad humana, pero comprensibles para Dios.

martes, 22 de febrero de 2011

Acerca de Dios como un ser perfecto pero antropomórfico, y principio del bien y del mal
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía

Si atendemos a las características que el concepto de Dios ha tenido a lo largo de la historia del judeo-cristianismo y de manera especial en la propia Biblia, nos encontramos con una idea totalmente antropomórfica: Un ser que ama y odia, que es celoso y vengativo, que premia, castiga, ordena, se arrepiente, amenaza y destruye, y que es vulnerable en la misma medida en que puede ser ofendido, desobedecido, traicionado y asesinado.
CRÍTICA: Esta perspectiva respecto a la esencia de ese Dios, propia de “teólogos” como Tomás de Aquino, conduce a una larga serie de absurdos, como el de considerar que Dios, siendo omnipotente y habiendo programado todas las decisiones y acciones humanas, castigue de manera absurda a los seres humanos, a pesar de que no harían otra cosa que aquello para lo que hubieran sido programados. Tal actuación convierte a Dios en un ser caprichoso, sádico, loco y contradictorio. Los redactores del Antiguo Testamento, supuestamente inspirados por el Espíritu Santo, no repararon en que la predeterminación divina implicaba la automática falta de sentido de categorías morales como las de libre albedrío, responsabilidad, mérito, culpa, recompensa y castigo.
La predeterminación divina, afirmada por la teología católica, no sólo sería una consecuencia lógica necesaria derivada de la idea de Dios como un ser omnipotente sino que, además, aparece de modo explícito en diversos pasajes de la Biblia, tal como se muestra a continuación.
Así, por ejemplo, se dice en Éxodo que el propio Dios habría predeterminado o programado al faraón para que no quisiera dejar marchar a los judíos:
“-[…] Yo haré que [el faraón] se muestre intransigente y que no deje salir al pueblo” .
Otros pasajes bíblicos en los que se afirma la predeterminación divina son los siguientes:
-“El Señor dijo a Moisés:
[…] Yo voy a aumentar la obstinación de los egipcios, para que entren en el mar detrás de vosotros, y entonces me cubriré de gloria a costa del faraón” .
-“El Señor había decretado que todas estas ciudades se obstinasen en atacar a Israel, para que así fueran consagradas sin piedad al exterminio y aniquiladas, como había mandado el Señor a Moisés” .
-“Pero ellos no hicieron caso a su padre, porque el Señor quería hacerlos perecer” .
-“Pero Amasías no hizo caso, porque el Señor había determinado entregarlo en manos de Joás, por haber rendido culto a los dioses de Edom”
Otra muestra del antropomorfismo del Dios cristiano aparece en la creencia de que ese Dios habría querido crear a la humanidad para que le amase y le adorase, lo cual supone ignorar que su perfección quedaría anulada desde el momento en que, desde un planteamiento como ése, su autosuficiencia dejaría de serlo en cuanto dependería de las acciones y sentimientos del ser humano hacia él.
En relación con esta cuestión, tiene especial interés hacer referencia al libro de Job, en el que su autor comprendió de algún modo que la inmutablidad divina era incompatible con cualquier dependencia respecto a los actos humanos, incluso sin tener en cuenta la predeterminación de tales actos. En este sentido se dice acertadamente en este libro bíblico:
“¿Qué saca el Poderoso con que tú seas justo?
¿Qué gana con tu conducta íntegra?
Pues, como ya se ha dicho, al absurdo de que Dios pudiera obtener algún beneficio o perjuicio de la conducta del hombre hay que sumarle el absurdo de que dicha conducta habría sido programada igualmente por el propio Dios, y, por ello mismo, resulta pueril y absurdo considerar que ese Dios pudiera sentirse más o menos satisfecho o triste como consecuencia de “las acciones humanas” en cuanto programadas por él.
Por otra parte, la existencia de ese Dios como ser perfecto sería incompatible no sólo con la existencia del Universo sino, además, con la presencia en él de aspectos absurdos, como de manera especial el sufrimiento, que, como consecuencia de la voluntad divina, estaría presente en la existencia humana. Esta incompatibilidad se hace más patente si se tiene en cuenta que, de acuerdo con un aforismo de la filosofía escolástica, el modo de actuar de cada ser representa la manifestación de su ser (“operari sequitur esse”), de manera que, asumiendo incluso la absurda hipótesis de que un ser perfecto hubiera deseado (?) crear algo, lo habría creado tan perfecto como hubiera podido, y siendo omnipotente y siendo infinito su amor –según afirman los dirigentes cristianos-, habría creado al hombre con la mayor perfección posible, y, desde luego, libre al menos de sufrimiento, del mismo modo que obraría un padre en relación con su hijo. Seguramente los primeros pensadores religiosos judíos comprendieron el problema de la incompatibilidad entre el sufrimiento y Dios, y, por ello, elaboraron el mito del Paraíso, donde Adán y Eva vivían felices, y en el que el sufrimiento habría aparecido como consecuencia de su desobediencia a Dios. Pero tal explicación es pueril, tanto porque no tiene en cuenta la predeterminación divina de los actos humanos que el propio cristianismo defiende, lo cual plantea de nuevo la dificultad insuperable de explicar que una acción programada por el propio Dios, como sería tal desobediencia, podría merecer que se castigase a quienes sólo hicieron aquello para lo que habían sido programados por él, como también porque se basa en el absurdo dogma del “pecado original”, según el cual el pecado de Adán y Eva se trasmite de padres a hijos,. Y, por si estas consideraciones no fueran suficientes, conviene no olvidar que el supuesto amor y misericordia infinitas de Dios estarían igualmente en contradicción con el castigo de Adán y Eva –y de toda la humanidad-.
Sin embargo, el pensamiento cristiano, en cuanto considera la Biblia como libro sagrado, no se conformó con el mito de la desobediencia de Adán y Eva como única explicación de los males existentes en la vida humana. Hay diversos momentos en la Biblia en que abiertamente se considera a Dios mismo como principio y origen tanto del bien como del mal, doctrina que, aunque esté en contradicción con la de Dios como bondad y amor infinito, da una respuesta a la presencia del mal en el mundo mucho menos contradictoria que la del mito de Adán y Eva, a pesar de que esta nueva perspectiva implicaría la renuncia a considerar a Dios como infinita bondad, la cual sería excluyente con la presencia del mal.
En este sentido, se dice en el libro de Job:
“Si se acepta de Dios el bien ¿no habremos de aceptar también el mal?” .
Igualmente, se dice en Eclesiástico:
“Bien y mal, vida y muerte, pobreza y riqueza, vienen del Señor” ,
reflexión en la que parece asumirse que no hay otra explicación para la presencia del mal que la de la voluntad divina, de la que todo dependería, rechazando de forma implícita al mito de Adán y Eva.
Para terminar, tiene interés añadir que el antropomorfismo del concepto de Dios queda de manifiesto igualmente en la consideración de B. Spinoza según la cual la infinitud de Dios es incompatible con la existencia de cualquier realidad ajena a él, en cuanto tal realidad representaría un límite a su supuesta infinitud: El ser de Dios tendría su límite allá donde comenzase el ser de todo aquello que no fuera Dios, y, por ello mismo, no sería infinito.

lunes, 21 de febrero de 2011

SI DIOS EXISTIERA, ¿DÓNDE ESTARÍA?
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía


Los dirigentes católicos se contradicen cuando proclaman que Dios es omnipresente y afirman al tiempo que está en un lugar concreto o que está más en un lugar que en otro.
Se trata de una doctrina evidentemente absurda en cuanto el estar o no estar no admite grados, del mismo modo que tampoco los hay entre existir o no, estar vivo o no, estar embarazada o no, y en cuanto no tiene sentido decir que alguien existe, pero sólo un poco, está vivo pero sólo un poco, o que está embarazada pero sólo un poco. Por ello no tiene sentido proclamar que Dios se encuentre en todas partes y afirmar igualmente que se encuentra en el cielo físico, en una tienda o en una casa, o decir que donde se encuentra “de verdad” es en la hostia consagrada.
En el absurdo supuesto de que el Dios cristiano existiera, su omnipotencia le permitiría estar “en el Cielo, en la Tierra y en todo lugar”, como dice el catecismo católico, y, si además su presencia fuera mejor que su ausencia, no tendría sentido afirmar que Dios estuviera de un modo especial y más pleno en las hostias consagradas que en cualquier otro lugar del Universo.
Resulta evidente por ello que la insistencia de los dirigentes católicos en afirmar que donde se encuentra Dios “de verdad” es en las iglesias y en las hostias consagradas proviene de sus intereses económicos, pues sólo desde el momento en que los fieles acuden a la Iglesia para estar más cerca de Dios se les puede tratar de atrapar, adoctrinar y someter mentalmente para que acepten el resto de sus dogmas y doctrinas, para que sigan sus consignas políticas y sociales y para que asuman la “obligación” de entregar a la organización religiosa los “diezmos” y “primicias”, y limosnas para el mantenimiento y prosperidad de sus dirigentes, y para pagar todo el folklore que montan en torno a sus diversas celebraciones (nacimiento de Jesús, Cuaresma, Semana Santa, Resurrección [?] de Jesús, Corpus Christi, Ascensión, múltiples festividades en torno a María, presentada desde las diversas virtudes que se le han ido atribuyendo con el paso del tiempo, festividades patronales de cada localidad y un sin fin de actos rutinarios y repetitivos, como el rezo del “Santo Rosario” y la “Letanía”, que no tienen otra utilidad que la de servir como un ejercicio de hipnosis colectiva, inducida por los gestores de la secta católica a fin de mantener secuestradas las mentes de sus “fieles” para que interioricen fuertemente sus doctrinas y consignas, por muy absurdas que sean.
Evidentemente todo ese folklore contribuye al mantenimiento y al crecimiento del negocio de los dirigentes católicos en cuanto les sirve de propaganda y en cuanto aprovechan cualquier ocasión para pedir a sus fieles una limosna para el “manteni-miento del culto” o para cualquier otro fin que se le ocurra al cura o al obispo de turno. Y así, es evidentemente el interés económico de los cabecillas de esta organización el que les lleva a defender la absurda doctrina que considera las iglesias como “la casa de Dios”, pues sin dicha doctrina peligraría gravemente su montaje económico, en cuanto los fieles, al no tener por qué acudir a las iglesias, no recibirían el adoctrinamiento y el lavado de cerebro adecuados, y eso impediría a sus dirigentes reclutar nuevos siervos para lograr sus objetivos económicos y políticos.
Pero, suponiendo que fuera posible la existencia de un Dios trascendente que al mismo tiempo estuviera en todo lugar, ¿serviría de algo tal supuesta omnipresencia divina? En principio podría servir para impedir la serie interminable de desastres naturales, como terremotos y epidemias, que tantos sufrimientos y muertes provocan. Sin embargo la supuesta omnipresencia divina no impide que en todas las zonas del mundo millones de niños mueran antes de cumplir los diez años en medio del hambre, de las enfermedades y de la miseria más absoluta. Si, estando delante de un estanque de escasa profundidad, viéramos a un niño ahogándose y, pudiendo salvarle, no hiciéramos nada, la sociedad nos despreciaría y nos condenaría judicialmente. Pero ¿no es una pasividad infinitamente mayor la que estaría adoptando ese supuesto Dios omnipresente y omnipotente, que, según la teología católica, no sólo permitiría sino que además programaría que se produjeran toda esa serie de desastres, sufrimientos y muertes? Decir que en tales situaciones nos encontramos ante un “misterio” no parece otra cosa que un acto de hipocresía ante el hecho de tener que reconocer que, si Dios existiera, sería un sádico si, siendo omnipotente y omnipresente, hubiera provocado el sufrimiento absurdo de tantos seres inocentes. Por eso, con ocasión del terremoto de Lisboa en 1755 y ante la contemplación de tantos sufrimientos absurdos, Stendhal llegó a escribir: “La única excusa de Dios es que no existe”.
Por otra parte, la afirmación de la omnipresencia de Dios sólo sería compatible con un panteísmo como el de Spinoza, en el que Dios es omnipresente porque se identifica con el conjunto de la Naturaleza (Deus sive Natura). Pero evidentemente ese Dios dejaría de tener un carácter personal y antropomórfico para ser entendido como la Naturaleza o el conjunto de todo lo existente.
Por otra parte y en cuanto los dirigentes católicos, afirman que la Biblia es la palabra de Dios, deben defender todas y cada una de sus doctrinas, entre las cuales se encuentran la que considera que Dios habita en un lugar físico, como el cielo o como la tienda en que era llevado por los judíos al salir de Egipto o finalmente como el templo que le construyó el rey Salomón, lugares concretos todos ellos que nada tienen que ver con la idea de un Dios que se encuentre en todas partes.
En este sentido, por ejemplo, en 2 Samuel, 7:6, se afirma que Dios había habitado en una casa y que luego habitó en una tienda, acompañando a los judíos en su marcha de Egipto a la tierra prometida:
“Yo no he habitado en una casa desde el día en que saqué de Egipto a los israelitas hasta hoy. He estado peregrinando de un sitio a otro en una tienda que me servía de santuario”.
Igualmente en otro pasaje se dice que Dios habita entre los judíos en un sitio concreto de la tierra, “en medio de los hijos de Israel”:
“No profanéis la tierra que habitáis, en medio de la cual habito yo también, pues yo soy el Señor, que habito en medio de los hijos de Israel” .
Igualmente, Salomón, afirma que Dios habita en una “nube oscura”, pero le dice que le ha construido una casa en la que habite para siempre:
“Entonces Salomón exclamó:
-El Señor ha decidido habitar en la nube oscura; pero yo te he construido una casa, un lugar donde habites para siempre” .
Finalmente, hay otra serie de textos en los que se considera que Dios habita en el cielo, entendido como una realidad física y no como un lugar trascendente o ultra-terreno:
-“Pero ¿acaso puede habitar Dios en la tierra? Si el universo en toda su inmensidad no te puede contener, ¡cuánto menos este templo construido por mí! No obstante, […] Escucha las súplicas que tu siervo y tu pueblo Israel te hagan en este lugar; escúchalas desde el cielo, lugar de tu morada” .
Que el cielo del Antiguo Testamento se corresponde con el cielo, azul o nublado, que vemos cada día es evidente, de acuerdo con la larga serie de momentos en que así se afirma. Así, por ejemplo, en los siguientes:
-“Mientras iban caminando y hablando [Elías y Eliseo], un carro de fuego con caballos de fuego se interpuso entre los dos, y Elías fue arrebatado en un torbellino hacia el cielo” .
El sentido físico de ese cielo se pone de manifiesto cuando, a continuación, los profetas de Jericó dicen a Eliseo:
“-Mira, entre tus siervos hay cincuenta hombres ro-bustos; permite que vayan a buscar a tu maestro, no sea que el espíritu del Señor que lo arrebató lo haya dejado caer en algún monte o en algún valle” .
Otros textos que ratifican el sentido meramente físico del cielo en que habita Yahvé son los siguientes:
-“Te ocultaste tras las nubes para que no llegue a ti la oración” .
-“Mis ojos lloran sin descanso, y no habrá tregua hasta que el Señor se incline y mire desde lo alto de los cielos” .
-“¿No está Dios en la cima de los cielos?
¡Mira qué alta es la bóveda de las estrellas!
Pero tú dijiste: “¿Qué sabe Dios?
¿Cómo puede juzgar a través de las nubes?
Las nubes son un velo que no le deja ver,
cuando pasea por las márgenes del cielo” .
La contradicción del concepto de Dios como un ser perfecto-antropomórfico.

Si atendemos a las características que el concepto de Dios ha tenido a lo largo de la historia del judeo-cristianismo y de manera especial en la propia Biblia, nos encontramos con una idea totalmente antropomórfica de Dios: Un ser que ama y odia, que es celoso y vengativo, que premia, castiga, ordena, se arrepiente, amenaza y destruye, y que es vulnerable en la misma medida en que puede ser ofendido, desobedecido, traicionado y asesinado.
CRÍTICA: Esta perspectiva respecto a la esencia de ese Dios, propia de “teólogos” como Tomás de Aquino, con-duce a una larga serie de absurdos, como el de considerar que Dios, siendo omnipotente y habiendo programado todas las decisiones y acciones humanas, castigue de manera absurda a los seres humanos, a pesar de que no harían otra cosa que aquello para lo que hubieran sido programados. Tal actuación convierte a Dios en un ser caprichoso, sádico, loco y contra-dictorio. Los redactores del Antiguo Testamento, supues-tamente inspirados por el Espíritu Santo, no repararon en que la predeterminación divina implicaba la automática falta de sentido de categorías morales como las de libre albedrío, responsabilidad, mérito, culpa, recompensa y castigo.
La predeterminación divina, afirmada por la teología católica, no sólo sería una consecuencia lógica necesaria derivada de la idea de Dios como un ser omnipotente sino que, además, aparece de modo explícito en diversos pasajes de la Biblia, tal como se muestra a continuación.
Así, por ejemplo, se dice en Éxodo que el propio Dios habría predeterminado o programado al faraón para que no quisiera dejar marchar a los judíos:
“-[…] Yo haré que [el faraón] se muestre intransigente y que no deje salir al pueblo” .
Otros pasajes en los que la predeterminación divina aparece como una característica del cristianiismo son los siguientes:
-“El Señor dijo a Moisés:
[…] Yo voy a aumentar la obstinación de los egipcios, para que entren en el mar detrás de vosotros, y entonces me cubriré de gloria a costa del faraón” .
-“El Señor había decretado que todas estas ciudades se obstinasen en atacar a Israel, para que así fueran consagradas sin piedad al exterminio y aniquiladas, como había mandado el Señor a Moisés” .
-“Pero ellos no hicieron caso a su padre, porque el Señor quería hacerlos perecer” .
-“Pero Amasías no hizo caso, porque el Señor había determinado entregarlo en manos de Joás, por haber rendido culto a los dioses de Edom”
Otra muestra del antropomorfismo del Dios cristiano aparece en la creencia de que ese Dios habría querido crear a la humanidad para que le amase y le adorase, lo cual supone ignorar que su perfección quedaría anulada desde el momento en que en cierto modo su autosuficiencia dependería de las acciones y sentimientos del ser humano hacia él.
En relación con esta cuestión, tiene especial interés hacer referencia al libro de Job, en el que su autor compren-dió ya que la inmutablidad divina era incompatible con cualquier dependencia respecto a los actos humanos, incluso sin tener en cuenta la predeterminación de tales actos. En este sentido se dice acertadamente en este libro bíblico:
“¿Qué saca el Poderoso con que tú seas justo?
¿Qué gana con tu conducta íntegra?
Pues, como ya se ha dicho, al absurdo de que Dios pudiera obtener algún beneficio o perjuicio de la conducta del hombre hay que sumarle el absurdo de que dicha conducta habría sido programada igualmente por el propio Dios, y, por ello mismo, resulta pueril y absurdo considerar que ese Dios pudiera sentirse más o menos satisfecho o triste como conse-cuencia de “acciones humanas” programadas por él.
--Por otra parte, la existencia de ese Dios como ser perfecto sería incompatible no sólo con la existencia del Uni-verso sino también con la presencia en él de aspectos absur-dos, como de manera especial el sufrimiento, que, como consecuencia de la voluntad divina, estaría presente en la existencia humana. Esta incompatibilidad se hace más paten-te si se tiene en cuenta que, de acuerdo con un aforismo de la filosofía escolástica, el modo de actuar de cada ser representa la manifestación de su ser (“operari sequitur esse”), de manera que, asumiendo incluso la absurda hipótesis de que un ser perfecto hubiera deseado (?) crear algo, lo habría creado tan perfecto como lo fuera él mismo: Su amor infinito le habría llevado a conceder al hombre la perfección en el mismo grado en que su poder se lo hubiese permitido, y, siendo este poder infinito, habría creado al ser humano libre al menos de sufrimiento, del mismo modo que obraría un padre en relación con su hijo. Seguramente los primeros pensadores religiosos judíos comprendieron el problema de la incompatibilidad entre el sufrimiento y Dios, y, por ello, elaboraron el mito de la creación y el del Paraíso, donde Adán y Eva vivían felices, y donde la aparición del sufri-miento habría sido una consecuencia de su desobediencia a Dios, lo cual plantea de nuevo la dificultad insuperable de explicar que una acción programada por el propio Dios, como sería tal desobediencia, merezca que se castigue a quienes sólo hicieron aquello para lo que habían sido programados por él. Y, por si esta consideración ofreciera alguna duda respecto a su valor, conviene no olvidar que el supuesto amor y misericordia infinitas de Dios estarían igualmente en contradicción con el castigo de Adán y Eva –y de toda la humanidad-.

Sin embargo, el pensamiento cristiano, en cuanto considera la Biblia como libro sagrado, no se conformó con el mito de la desobediencia de Adán y Eva como única explicación de los males existentes en la vida humana. Hay diversos momentos en la Biblia en que abiertamente se considera a Dios mismo como principio y origen tanto del bien como del mal, doctrina que, aunque esté en contradic-ción con la de Dios como bondad y amor infinito, da una respuesta a la presencia del mal en el mundo mucho más realista que la del mito de Adán y Eva.
En este sentido, se dice en el libro de Job:
“Si se acepta de Dios el bien ¿no habremos de aceptar también el mal?” .
Igualmente, se dice en Eclesiástico:
“Bien y mal, vida y muerte, pobreza y riqueza, vienen del Señor” ,
reflexión en la que parece asumirse que no hay otra explica-ción para la presencia del mal que la de la voluntad divina, de la que todo dependería, rechazando de forma implícita al mito de Adán y Eva. Pero, claro está, desde el momento en que se considera a Dios como origen del mal, su identi-ficación con la infinita bondad deja de tener sentido y resulta contradictoria en cuanto bien y mal son conceptos excluyentes.
Para terminar, tiene interés añadir que el antropo-morfismo del concepto de Dios queda de manifiesto igual-mente en la consideración de B. Spinoza según la cual la infinitud de Dios es incompatible con la existencia de cualquier realidad ajena a él, en cuanto tal realidad repre-sentaría un límite a la supuesta infinitud divina: El ser de Dios tendría su límite allá donde comenzase el ser de todo aquello que no fuera Dios, y, por ello mismo, no sería infinito.
LA MUJER
según
LA “PALABRA DEL DIOS CRISTIANO”
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía


De acuerdo con la “¡palabra de Dios!”, al menos la del Dios judío y cristiano de la Biblia, según se muestra a continuación, la mujer es un simple objeto, que se rapta, se toma, se compra, o se vende o se deja con el mayor desprecio imaginable, proclamando que “por la mujer comenzó el pecado” , que “por culpa de ella morimos todos” , que es “la maldad”, que “es más amarga que la muerte”, que “la cabeza de la mujer es el varón” y que “la mujer debe llevar […] sobre su cabeza una señal de sujeción”, en cuanto debe estar subordinada al varón.
Los dirigentes cristianos y los católicos en particular juzgan que la Biblia es la “palabra de Dios”, de manera que esta “palabra” es la que debe servirles de guía a la hora de establecer sus valores morales y de todo tipo. Pero sucede que, como en la Biblia hay en muchas doctrinas que se afirman en unos pasajes para ser negadas en otros, los dirigentes católicos procuran silenciar o sacar a la luz aquellas doctrinas que les resultan más convenientes según las circunstancias del momento. En este sentido, por ejemplo, cuando se está hablando de lo denigrante que es para la mujer el uso del “burka”, que oculta por completo su cuerpo y su rostro, lo cual es un modo de anular su personalidad, procuran silenciar que esto mismo era lo que predicaba su “apóstol de los gentiles”, Pablo de Tarso, diciendo que la mujer debía llevar sobre su cabeza un velo como una señal de sujeción al varón. Las palabras de Pablo de Tarso son parte de la Biblia, y, por eso, son tan “palabra de Dios” como las del resto de la Biblia. En consecuencia, los dirigentes católicos tratarán de aplicar esas doctrinas cuando y en la medida que lo crean conveniente para sus intereses. De hecho, hasta no hace muchos años, los curas -los dueños de “las casas de Dios”-, prohibían que mujeres o niñas entrasen en la iglesia sin llevar la cabeza cubierta con un velo; su tamaño era lo que podía variar, según los tiempos fueran más o menos propicios para exigir que fueran mayores o menores. Y, si en estos momentos los dirigentes católicos callan ante el hecho de que las mujeres entren en la iglesia sin velo, es sólo por el temor a seguir perdiendo clientela y poder, y no porque hayan evolucionado desde su machismo primitivo hasta el reconocimiento de la igualdad entre la mujer y el varón.
La visión denigrante de la mujer que los dirigentes católicos aceptan -o deben aceptar- en la medida en que juzgan que la Biblia es la “palabra de su Dios”, tal como se muestra a continuación, tiene las siguientes características:
-la mujer es la encarnación de la maldad y es, además, “más amarga que la muerte”;
-los varones son “hijos de Dios”, mientras que las mujeres sólo son “hijas de los hombres”;
-la mujer es una simple cosa;
-no existe un noveno mandamiento relacionado con la mujer de manera exclu-siva, sino sólo un noveno –y último- relacionado con la casa, la mujer, los animales y los demás objetos, es decir, un noveno mandamiento en el que la mujer es colocada al mismo nivel que al resto de “propiedades codiciables”;
-la mujer es objeto de compra;
-la mujer es propiedad del marido;
-el marido puede tener varias mujeres y concubinas, pero la mujer no tiene apenas derechos.
-el marido puede repudiar a la mujer, pero la mujer no puede repudiar al marido.
-la mujer puede ser tomada o raptada con absoluta normalidad;
-es preferible la violación de las propias hijas antes que la ofensa a un invitado.
-la mujer apenas tiene valor; casi todo el protagonismo lo tiene el varón.
-la misma figura de María, la madre de Jesús, es ninguneada o despreciada por Jesús, quien, además, tampoco nombró a ninguna mujer como apóstol.
-el valor de unas pocas mujeres que se ensalzan en la Biblia, como Judith, Yael o Dalila, se basa en su capacidad de seducción o de traición.
-la mujer es un cuerpo sin cabeza, ya que su cabeza es el marido, y, por ello, la mujer debe someterse a él y llevar la cabeza cubierta en señal de sujeción.
Veamos a continuación de forma detallada cada uno de estos aspectos degra-dantes para la mujer:
a) En primer lugar, en la Biblia se dice que la mujer es la encarnación de la maldad, y “más amarga que la muerte”:
“El hombre que hablaba conmigo se adelantó y me dijo:
-Levanta tu vista y mira lo que aparece ahora.
Pregunté:
-¿Qué es?
Me respondió:
-Una cuba, y representa la maldad de toda esta tierra.
Entonces se levantó la tapa redonda de plomo y vi una mujer sentada dentro de la cuba. El ángel me dijo:
-Es la maldad” .
Igualmente en Eclesiastés, de acuerdo con esta misma valoración despreciativa de la mujer, se dice:
-“He hallado que la mujer es más amarga que la muerte, porque ella es como una red, su corazón como un lazo y sus brazos como cadenas. El que agrada a Dios se libra de ella, mas el pecador cae en su trampa” ,
- “Por más que busqué no encontré; entre mil se puede encontrar un hombre cabal, pero mujer cabal, ni una entre todas” .
Y un planteamiento similar aparece en Eclesiástico, otro libro de la Biblia, en el que se equiparan mujer y pecador:
-“Toda maldad es poca junto a la de la mujer; ¡caiga sobre ella la suerte del pecador!” ,
-“Por la mujer comenzó el pecado, por culpa de ella morimos todos”
-“Vale más maldad de hombre que bondad de mujer”
Resulta asombroso que unos libros que se consideran inspirados por Dios lle-guen a decir barbaridades tan incalificables y que el grado de adoctrinamiento recibido por muchos de los llamados cristianos –y especialmente cristianas- sea tan intenso y alienante que prefieran ignorar textos como éstos antes que aceptar que sus dirigentes religiosos simplemente son unos embaucadores sin escrúpulo.
b) La actitud degradante hacia la mujer se muestra igualmente de un modo a la vez ingenuo y ridículo cuando en Génesis se habla de los varones como “hijos de Dios” y de las mujeres como “hijas de los hombres”, a la vez que se deja claro que la mujer tiene el valor de una simple cosa, en cuanto se toma o se compra por parte del varón, de manera que ella no tiene por qué gozar de libertad para decidir sobre su propia vida:
“Cuando los hombres empezaron a multiplicarse en la tierra y les nacieron hijas, los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas y tomaron para sí como mujeres las que más les gustaron” .
c) De acuerdo con esta forma de cosificación de la mujer, Jacob compró a Raquel a su tío Labán a cambio de trabajar siete años para él , pero éste le engañó y
“por la noche […] tomó a su hija Lía y se la trajo a Jacob, y Jacob se unió a ella” .
Pero, como a Jacob le gustaba Raquel, se la volvió a pedir a su tío y éste le dijo:
“-…Termina la semana de bodas con ésta, y te daré también a la otra a cambio de otros siete años de servicio.
Así lo hizo Jacob; terminó la semana con la primera, y después Labán le dio por mujer también a su hija Raquel […] Jacob se unió también a Raquel y la amó más que a Lía; y estuvo al servicio de su tío otros siete años” .
Tiene interés observar cómo en este pasaje se muestra:
1) En primer lugar, la cosificación de la mujer, cuya voluntad no cuenta en absoluto a la hora de tomar la decisión sobre a quién se vende;
2) en segundo lugar, la ausencia de contrato matrimonial, pues, como la mujer es una simple posesión de su padre, el contrato no se hace con ella sino con su futuro propietario que es quien la compra a cambio de dinero o de otra cosa, como, en este caso, el tiempo de trabajo que Jacob acuerda con su tío; y
3) la poligamia como costumbre absolutamente normal, de acuerdo con la cual, Jacob puede solicitar una nueva mujer como quien compra otra vaca, pues el hecho de poseer una no es ningún inconveniente para que pueda comprar más, si tiene algo que pueda interesar al vendedor. Esta costumbre de la poligamia entre los judíos llega a extremos realmente notorios en Salomón, quien, en cuanto la Biblia sea “palabra de Dios” y no engañe, como consecuencia de su riqueza pudo permitirse el capricho de comprar setecientas esposas y trescientas concubinas , al margen de que por la influencia negativa (?) que estas mujeres extranjeras ejercieron sobre él, al inducirle a adorar a otros dioses, dice la Biblia que Salomón
“no fue tan fiel [a Dios] como su padre David” ,
pero no porque se hubiese casado con todas esas mujeres sino porque
“cuando se hizo viejo [éstas esposas y concubinas] desviaron hacia otros dioses su corazón, que ya no perteneció al Señor” .
Igualmente, Abías
“tuvo catorce mujeres, veintidós hijos y dieciséis hijas” .
Y fue el mismo sacerdote Yoyadá quien proporcionó dos esposas a Joás:
“Joás agradó con su conducta al Señor mientras vivió el sacerdote Yoyadá, quien le proporcionó dos esposas de las que Joás tuvo hijos e hijas” .
Esta última referencia tiene el interés de poner de manifiesto nuevamente que la poligamia no es vista de manera negativa por sí misma, ya que es un sacerdote quien le proporciona dos esposas a Joás, sino sólo en cuanto se realice con mujeres extranjeras que pueden introducir sus dioses y pervertir al judío alejándolo de su Dios, lo cual equivale a decir que a los sacerdotes lo que les molesta no es la poligamia sino la competencia que las otras religiones pueden suponer para su propio negocio.
En definitiva, a lo largo de sus diversos libros lo que predomina en la Biblia de forma constante es esta valoración negativa de la mujer, considerada como un simple objeto de comprar, vender, usar y tirar.
d) De hecho y en este sentido tiene especial interés el que, a pesar de que el clero católico siga hablando del “decálogo” o de los diez mandamientos de Moisés, cual-quiera que sepa leer puede comprobar que en la Biblia sólo aparecen ¡nueve manda-mientos!, es decir, que un “eneálogo” y no un “decálogo”, siendo el noveno y último:
“No codiciarás la casa de tu prójimo, ni su mujer, ni su siervo, ni su buey, ni su asno, ni nada de lo que le pertenezca” ,
de manera que el mandamiento que actualmente se enumera como el noveno y penúltimo, “no desearás la mujer de tu prójimo”, en la Biblia aparece sólo como una parte del noveno y último, que los dirigentes cristianos dividieron en dos a fin de enmascarar el hecho evidente de que a la mujer se la trata en la Biblia y en ese mismo pasaje relacionado con las tablas de Moisés, como una pertenencia o cosa o a un animal –un buey, un asno-.
e) Como ya se ha dicho, hay ocasiones en que ni siquiera hay contrato matrimonial entre hombre y mujer, sino sólo un contrato de compra, o un simple rapto, como sucede cuando los ancianos de la comunidad proponen que los benjaminitas rapten mujeres, pues no tenían y la tribu estaba a punto de desaparecer: En un primer momento la comunidad israelita envía tropas contra Yabés Galaad, cuyos habitantes también eran judíos, pero no habían subido a la asamblea del Señor. Y, como los israelitas habían “jurado solemnemente que quien no subiese a Mispá ante el Señor sería castigado con la muerte” (Jueces, 21:5), pasaron a cuchillo a todos sus habitantes menos a las muchachas vírgenes y se las dieron a los benjaminitas (Jueces, 21:10-23). A continuación los mismos benjaminitas, aconsejados por el resto de Israel, raptaron más mujeres en Silón para quienes no tenían todavía, pues la tribu estaba a punto de desaparecer:
“Entonces la asamblea [de Israel] envió doce mil hombres de los más valientes, con esta orden: -Id y pasad a cuchillo a todos los habitantes de Yabés Galaad, incluidas mujeres y niños. Consagraréis al exterminio a todos los varones y a todas las mujeres casadas, pero dejaréis con vida a las vírgenes.
Así lo hicieron. Entre los habitantes de Galaad encontraron cuatrocientas vírgenes que no habían tenido relaciones con ningún hombre y las trajeron al campamento de Siló, en la tierra de Canaán. Luego, la asamblea envió mensajeros a los benjaminitas […] para ofrecerles la paz. Los benjaminitas volvieron, y ellos les dieron las mujeres supervivientes de Yabés Galaad, pero no había bastantes para todos.
[…] Los ancianos de la comunidad se preguntaban:
-Las mujeres de la tribu de Benjamín han sido exterminadas. ¿Qué haremos para procurar mujeres a los que aún no las tienen? […]
Entonces decidieron esto:
-Está cerca la fiesta del Señor que se celebra todos los años en Siló […].
Y dieron este recado a los de Benjamín:
-Id y escondeos entre las viñas. Os quedáis observando, y cuando veáis que las jóvenes de Siló salen a bailar, salís de las viñas, os lleváis cada uno una muchacha de Siló y os volvéis a vuestra tierra […].
Los de Benjamín lo hicieron así y tomaron de entre las que bailaban aquellas que necesitaban; después volvieron cada uno a su heredad, recons-truyeron las ciudades y se establecieron en ellas”.
f) Otro ejemplo más de este desprecio tan absoluto a la mujer es el hecho de que, ante la opción de consentir o no la ofensa a un invitado, se opte por ofrecer a las propias hijas para ser violadas Así sucede en Génesis, 19: 6-8, donde Lot, para proteger a unos extranjeros que tenía alojados en su casa, dice a quienes querían violarlos:
“-Hermanos míos, os suplico que no cometáis tal maldad. Tengo dos hijas que no se han acostado con ningún hombre; os las voy a sacar fuera y haced con ellas lo que queráis, pero no hagáis nada a estos hombres que se han cobijado bajo mi techo” .
Algo muy similar se narra en Jueces, donde, como en el caso anterior, la violación de mujeres no tiene mayor importancia en relación con la ofensa a un invitado. En este sentido se dice en defensa de un invitado:
“-No, hermanos míos, no hagáis, semejante crimen, por favor. Es mi huésped y os pido que no hagáis tal infamia. Aquí está mi hija, que es virgen; os la sacaré para que abuséis de ella y hagáis con ella lo que os plazca; pero no cometáis con este hombre semejante infamia” .
g) Igualmente en las referencias genealógicas de cualquier personaje sólo cuenta la línea paterna y para nada la materna, hasta el punto de que para demostrar la filiación divina de Jesús el evangelio atribuido a Lucas se remonta ¡por la línea genealógica de José! hasta Adán, incurriendo en la contradicción de afirmar la paternidad de José respecto a Jesús porque en ese momento interesa demostrar que Jesús era Hijo de Dios, pero negando tal paternidad cuando le interesa afirmar que María era “virgen” y que concibió por obra del Espíritu Santo y no por sus relaciones sexuales con José.
h) Otra expresión del desprecio más absoluto hacia la mujer queda de manifiesto al comparar su papel social con el del hombre, a quien se le da un protagonismo casi absoluto que se muestra, por ejemplo, cuando al hablar de Dios se dice que es “Padre” y no “Madre”, “Hijo” y no “Hija”, y “Espíritu Santo”, teórico padre de Jesús; Dios creó a Adán como rey de la creación, y, a Eva para que Adán tuviera una compañera; la mujer -Eva- fue quien introdujo el pecado en el mundo y, por ello, entre otros castigos, Dios condenó a la humanidad a tener que morir, y a la mujer a ser dominada por el varón , lo cual es una forma de justificar “religiosamente” las diversas formas de machismo; los hijos de Adán y Eva cuyos nombres se mencionan en la Biblia sólo son los de Caín, Abel y Seth, de manera que no se menciona para nada los de las hijas a las que debieron de unirse Caín y Seth para tener descendencia; los personajes femeninos de la Biblia casi siempre tienen un papel secundario.
Por otra parte, todos los nombres de los ángeles son nombres de varón: Miguel, Rafael, Gabriel. El propio “Príncipe de las Tinieblas” se muestra como varón: Satán, Lucifer o Luzbel. Y casi todos los nombres relevantes de la Biblia son de varón, como Adán, Caín, Abel, Seth, Noé, Sem, Cam, Jafet, Abraham, Isaac, Esaú, Jacob, los hijos de Jacob: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón, José y Benjamín (y sólo al final una hija llamada Dina, a la que se menciona en muchas menos ocasiones que a sus hermanos); Moisés, Aarón, Josué, Saúl, David, Salomón, Roboam, Gedeón, Sansón, Elí, Samuel, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, Job, Pedro, Santiago, Juan, Tomás, Bartolomé, Judas, Mateo, Matías, Marcos, Lucas, Pablo, y apenas alguno de mujer, que casi siempre juega un papel secundario o anecdótico.
Con ocasión del famoso “diluvio universal”, ni siquiera se menciona el nombre de la mujer ni de las hijas de Noé, que fueron quienes se debieron de salvar, junto con el propio Noé y sus hijos Sem, Cam y Jafet para que la humanidad volviese a multipli-carse, lo cual demuestra evidentemente la escasísima importancia que se concede a la mujer, a pesar de que sin ella la continuidad de la especie habría sido un milagro especialmente digno de reseñar.
Resulta igualmente curioso y significativo –aunque más anecdótico- que en el Antiguo Testamento la mujer quede ninguneada hasta el punto de que, cuando se enumera la lista de los hijos de cualquier personaje, casi todos los nombres sean de varón y apenas alguno de mujer, como si no hubieran nacido o como una muestra de la consideración tan anecdótica de su existencia que fuera irrelevante incluso mencionarla. Esto sucede por lo que se refiere a los hijos de Adán y Eva, de Noé, Sem, Cam, Jafet, Abraham, Ismael, Isaac, Esaú, Jacob, y a la práctica totalidad de las largas líneas genealógicas que aparecen en la Biblia, donde o bien no se nombra la existencia de las hijas de estos personajes o bien sólo se dice que “también tuvieron hijas”, pero sin nombrarlas o incluso hablando de un número de hijas muy sospechosamente inferior respecto al de hijos.
i) La misma figura de María tiene un papel insignificante en la Biblia, como puede constatarse en el evangelio falsamente atribuido a Marcos, en donde el propio Jesús llega a tratarla de modo despectivo cuando, en el momento en que ésta y sus otros hijos fueron a buscarlo, sus discípulos le avisaron diciéndole:
“¡Oye! Tu madre y tus hermanos y hermanas están fuera y te buscan”,
y Jesús les respondió:
“ “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”. Y mirando después a los que estaban sentados alrededor, añadió: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” ” .
Esta baja consideración de la mujer, referida a María en este caso, se muestra igualmente cuando se califica a Jesús como “hombre” por ser hijo de María y sólo como “Hijo de Dios” -según el evangelio falsamente atribuido a Lucas- a partir de la enumeración de la genealogía paterna de Jesús por ser hijo de José, cuyo linaje se remontaría hasta Adán, el cual es considerado “hijo de Dios” por haber sido creado por él , y, a pesar de que el escritor de este evangelio hubiera escrito antes que el auténtico padre de Jesús no fue José sino el “Espíritu Santo” , parece que al escritor de este evangelio no se le ocurrió la idea de que ese “Espíritu Santo” fuera también Dios y, por ello, no pudo argumentar que Jesús era hijo de Dios porque el “Espíritu Santo” también era Dios, tal como proclamaron posteriormente los dirigentes cristianos en el concilio de Constantinopla, en el año 381.
j) Igualmente, otra forma de ignorar a la mujer puede verse en cierto modo en la actitud de Jesús, según los evangelios, al haber elegido a doce apóstoles, sin que ninguno de ellos fuera mujer. A la crítica de que aquellos tiempos no eran los más adecuados para la elección de una mujer como apóstol, se podría replicar que si Jesús era “Hijo de Dios”, por lo mismo que defendió una nueva forma de moral igualmente hubiera podido predicar la igualdad entre los seres humanos, pues precisamente el hecho de que no nombrase como apóstol a una mujer ha sido utilizado por algunos obispos como argumento especialmente agudo y profundo (?) para rechazar que la mujer pudiera acceder al sacerdocio, diciendo que, si Jesús hubiera querido que las mujeres accedieran a tales cargos, habría elegido a alguna de ellas como apóstol. Se trata de un argumento absurdo, pero es el que utilizó el arzobispo de Málaga en una entrevista en la CNN+ (27/03/02) para negar a la mujer el acceso al sacerdocio. Siendo coherentes con un argumento tan contundente (?) resulta extraño que la Jerarquía Católica haya consentido que a lo largo de los tiempos quienes no eran judíos ni de raza blanca hayan podido ser ordenados sacerdotes, pues todos los apóstoles eran judíos y de raza blanca.
La pobreza de tal argumento resulta tan evidente que ni siquiera merece una crítica. Es cierto que la sociedad del pueblo judío era fuertemente machista y es muy posible que Jesús no eligiese a ninguna mujer entre sus apóstoles por influjo de aquel lastre y de aquel ambiente machista de la sociedad judía. Pero, por ello mismo, la actitud de Jesús sólo habría demostrado que él mismo no estaba preparado para asumir que la mujer tenía en esencia las mismas capacidades que el varón para ejercer las mismas tareas que éste. Pero, en cualquier caso, el hecho de que en la práctica fuera un seguidor del machismo judío tradicional muestra simplemente que Jesús habría sido una persona como cualquier otra, con los mismos prejuicios, y no un Dios como el que presenta el cristianismo más avanzado.
Por otra parte, en cuanto tal argumentación relacionada con el nombramiento de apóstoles varones habría sido absurda, hay que volver a Pablo de Tarso para compren-der que fueron especialmente sus prejuicios acerca de la mujer, expresados en diversas epístolas, lo que contribuyó de manera especial a dar a la mujer un papel totalmente secundario en la estructura organizativa de los dirigentes católicos, que estuvieron inicialmente muy condicionados por las ideas del llamado “apóstol de los gentiles”.
k) Hay alguna ocasión en que aparecen en la Biblia personajes femeninos de cierta relevancia, como Judith, (Ruth) Yael o Dalila, pero las hazañas de estas heroínas se basaron en la seducción o en la traición, o en ambas formas de actuación.
Así Judith se basó en su capacidad seductora, es decir, de engaño -capacidad que no se considera precisamente una virtud- para cortarle la cabeza a Holofernes:
“[Judit] se calzó las sandalias, se puso collares, pulseras, anillos, pendientes y todas sus joyas; y se acicaló con esmero para ser capaz de seducir a los hombres que la viesen” .
Y, así, una vez que sedujo a Holofernes, Judit se acostó con él, y luego, aprove-chando que éste yacía dormido a causa del vino,
“avanzó hacia el poste que estaba a la cabecera de Holofernes, tomó su alfanje, se acercó a la cama, lo agarró por la cabellera y dijo:
-Fortaléceme en este momento, Señor, Dios de Israel.
Le dio dos golpes en el cuello con toda su fuerza y le cortó la cabeza” .
Otra mujer, Yael, mata a Sísara a traición:
“Bendita entre las mujeres sea Yael […] Agua le pidió, y le dio leche; en copa preciosa le ofreció nata. Con su izquierda agarró un clavo, con su derecha un martillo de obrero y golpeó a Sísara, le partió la cabeza, lo machacó, le atravesó la sien” .
Y la seducción y la traición son las armas utilizadas por Dalila, a quien los filis-teos habían ofrecido una considerable cantidad de dinero para que les entregase a Sansón, consiguiendo que éste le rebelase el secreto dónde radicaba su fuerza. De acuerdo con esta traición,
“ella durmió a Sansón sobre sus rodillas y llamó a un hombre, que le cortó las siete trenzas de su cabeza”
y mandó que avisaran a los filisteos para que vinieran a detenerle. A continuación, perdida su fuerza, los filisteos le detuvieron, lo dejaron ciego y lo encarcelaron.
l) La continuación de este punto de vista degradante respecto a la mujer aparece, como ya se ha dicho, en Pablo de Tarso, quien considera que
“la cabeza de la mujer es el varón” ,
lo cual implica evidentemente la doctrina de que la mujer es un cuerpo sin cabeza propia. Igualmente, justificando el uso del velo que oculta la cabeza de la mujer, afirma que
“toda mujer que ora o habla en nombre de Dios con la cabeza descubierta, deshonra al marido, que es su cabeza” .
Defiende a continuación la idea de la subordinación y sujeción de la mujer respecto al varón y el uso del velo como símbolo de tal sujeción insistiendo en la idea de que el varón “es imagen y reflejo de la gloria de Dios”, mientras que la mujer sólo es “gloria del varón”:
“el varón no debe cubrirse la cabeza, porque es imagen y reflejo de la gloria de Dios. Pero la mujer es gloria del varón, pues no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón, ni fue creado el varón por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por eso […] debe llevar la mujer sobre su cabeza una señal de sujeción” .
Esta doctrina del velo ha llegado hasta la actualidad, a pesar de que no lo haya hecho hasta el extremo al que ha llegado en el mundo musulmán con el uso del “burka” –con pocos milímetros de diferencia respecto a los uniformes de diversas comunidades de monjas católicas- que cubre la práctica totalidad del cuerpo y del rostro femenino. Pero lo esencial de este asunto es que su fundamento último es el mismo: la consi-deración de la mujer como propiedad del marido.
Esta misma idea vuelve a aparecer no sólo en relación con el uso del velo sino también en relación con la norma por la que el apóstol Pablo proclama que la mujer debe someterse al marido, hasta el punto de que se le prohíbe incluso que hable en público y que, si desea saber algo, no debe preguntarlo durante la asamblea, sino luego al marido y de forma privada:
-“La mujer aprenda en silencio con plena sumisión. No consiento que la mujer enseñe ni domine al marido, sino que ha de estar en silencio. Pues primero fue formado Adán, y después Eva. Y no fue Adán el que se dejó engañar, sino la mujer que, seducida, incurrió en la transgresión” .
-“que las mujeres guarden silencio en las reuniones; no les está, pues, permitido hablar, sino que deben mostrarse recatadas, como manda la ley. Y si quieren aprender algo, que pregunten en casa a sus maridos, pues no es decoroso que la mujer hable en la asamblea” .
Los dirigentes católicos intentaron posteriormente disimular esta doctrina bíblica acerca de cuál debía ser el papel de la mujer enalteciendo la figura de María, aunque su opinión acerca de la mujer fue siempre, de manera más o menos explícita, denigrante hasta llegar a considerarla como un simple objeto de compra-venta, creado para vivir sometida al varón.
m) En los últimos años, José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, ha defendido descaradamente una perspectiva similar acerca de la mujer –aunque algo más disimulada- cuando en su patológico escrito Camino, dirigido casi en exclusiva a los varones y a lo “viril”, lo contrapone a lo femenino, que es considerado como inferior en muy diversos aspectos. En este sentido, por ejemplo, escribe:
“Si queréis entregaros a Dios en el mundo, antes que sabios -ellas no hace falta que sean sabias: basta que sean discretas- habéis de ser espirituales” .
Es decir, el varón todavía puede aspirar a ser sabio, pero respecto a las mujeres “basta que sean discretas”.
¿Qué motivos podría tener el señor Escrivá para tal discriminación? Parece que los mismos que le sirvieron a Pablo de Tarso: Ningún otro que prejuicios simplemente irracionales y absurdos, heredados de la mentalidad machista, dominante a lo largo de toda la Biblia.
En definitiva, la importancia de esta doctrina, contraria a la igualdad entre mujer y varón, pone más en evidencia el carácter simplemente “humano, demasiado humano” –y no divino- del conjunto de las doctrinas defendidas en las de los dirigentes de los dirigentes católicos.
La valoración tan degradante de la mujer no sólo se ha dado en una gran parte de las religiones del pasado sino que sigue dándose en la actualidad, y no sólo en cues-tiones religiosas sino también en cuestiones políticas y sociales, aunque en los últimos años se han producido avances importantes. Sin embargo, los dirigentes católicos, como también sucede en el terreno científico, todavía no han sido capaces de asumir estos avances en el interior de su organización. No obstante, en cuanto la ausencia de la mujer en cargos más importantes, accediendo al sacerdocio, al episcopado y al papado, puedan tener efectos negativos en los intereses económicos y políticos de la organización católica, es probable que en un corto plazo de tiempo, en cuanto comprendan esta situación y en cuanto las propias mujeres pertenecientes a esa organización religiosa presionen adecuadamente, se produzca el cambio consiguiente en la estrategia de los dirigentes católicos, tal como en estos momentos se está produciendo en la Iglesia Anglicana, sobre todo a partir del momento en que las “vocaciones” sacerdotales flojeen hasta el punto de que la situación repercuta negativamente en la buena marcha del negocio religioso.
Conviene tener en cuenta en este sentido que la revolución política y social por lo que se refiere a los derechos de la mujer en Occidente comenzó a realizarse hace poco más de cien años, así que, teniendo en cuenta que los dirigentes católicos llevan en casi todos los terrenos un desfase de muchos siglos y que no pueden desviarse alegremente de las “sagradas” doctrinas de la Biblia, es “lógico” (?) que tengan sus prevenciones a la hora de aceptar la igualdad entre la mujer y el varón, pues, como para los dirigentes católicos la Biblia es la “palabra de Dios”, teóricamente infalible, renunciar a ella equivaldría a tratar a su Dios como a un mentiroso o a aceptar que los escritos bíblicos sólo tienen carácter humano y no divino, y tal cambio no sería especialmente favorable para su negocio.

miércoles, 26 de enero de 2011

Familias cristianas a la carta
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
En los últimos años al jefe de la organización católica le ha dado por hacer congresos en defensa de “la familia cristina”. Al menos eso es lo que suelen decir sus cómplices, de puertas para afuera. Pero en realidad tales congresos no son para defender “la familia cristiana”, pues nadie la ha atacado para que tenga que defenderla. Parece evidente que lo que en realidad pretende este señor y sus cómplices es, por el contrario, atacar el derecho de los demás a vivir de acuerdo con su libertad para establecer otras modalidades de familia.
¿Realmente les importa mucho o poco al papa y a sus compinches que la gente viva como mejor le plazca? En realidad parece que no. Entonces, ¿por qué ataca la libertad de los demás para vivir como deseen? Pues por la sencilla razón de que las diversas “normas morales” de los dirigentes católicos – normas en las que ni ellos mismos creen ni por supuesto practican- les sirven como armas arrojadizas para lanzarlas contra los gobiernos que pretenden liberarse de su poder, de su control y de su chantaje económico. Y esto es lo que en estos momentos están haciendo en contra el gobierno del PSOE en España, pues una forma de contribuir a su desgaste político es precisamente presentarse hipócritamente como “defensores” de1a familia cristiana, como dando a entender que el gobierno socialista la esté atacando por el simple hecho de que respete la libertad de las personas para establecer vínculos de convivencia según las diversas maneras por las que quiera optar, sin aceptar que “la familia cristiana” deba ser la única que tenga derecho a ser considerada como “familia”.
Pero lo más interesante del caso es que, si los dirigentes católicos consideran que la Biblia es la palabra de Dios y que su organización debe regirse por dicha palabra, entonces la consecuencia lógica es la existencia de diversas formas de “familia cristina” contradictorias entre sí , y, entre ellas y como más llamativas, por una parte,
a) la que defiende la poligamia,
b) la que defiende la posesión de concubinas,
c) la que defiende el divorcio, y
d) la que establece la subordinación de la mujer al marido;
y, por otra, las correspondientes formas que
a) rechazan la poligamia,
b) rechazan la posesión de concubinas
c) rechazan el divorcio, y
d) rechazan la subordinación de la mujer al varón.
Las primeras formas de familia tienen especialmente en común la consideración de la mujer como un simple objeto de compra-venta, y ello explica que el rey Salomón tuviera 700 esposas y 300 concubinas que pudo comprar gracias a sus inmensas riquezas, explica también que en la Biblia se hiciera referencia a la ley sagrada que permitía el repudio de la mujer por parte del marido –aunque no a la del correspondiente repudio del marido por parte de la mujer-, explica igualmente que el propio Yahvé diera a Israel su acta de divorcio, explica la posesión de concubinas, meros “juguetes sexuales”, por parte de los “venerables” patriarcas de Israel, y explica que Pablo de Tarso y toda la tradición de la organización católica hayan defendido la inferioridad y el sometimiento de la mujer respecto al varón.
Tal consideración explica y justifica que Jacob comprase a Lía a su tío Labán, como primera esposa, y a Raquel como segunda una semana después. Y explica igualmente que Pablo de Tarso, principal artífice del cristianismo, ordenara que la mujer llevase la cabeza cubierta como señal de sujeción al marido y que le prohibiera hablar en las asambleas, pues además, mientras, según la supuesta “palabra de Dios” plasmada en la Biblia, los hombres tenían la importante dignidad de ser “hijos de Dios”, las mujeres sólo eran “hijas de los hombres”.
A continuación puede verse en la propia Biblia la presencia de las características mencionadas de los diversos “matrimonios judíos” y de los “matrimonios católicos”, que en teoría no deberían estar en contradicción entre sí en cuanto tanto unos como otros sean considerados como derivados de las leyes morales de Yahvé, dios judío a la vez que cristiano:
a) La presencia de la poligamia en la Biblia es constante y no sólo como una costumbre sino como una norma que tiene su bendición divina, como puede comprobarse mediante la intervención de Yoyadá, uno de los sacerdotes de Yahvé, “quien le proporcionó [a Joás] dos esposas de las que tuvo hijos e hijas” .
Es muy numerosa la serie de personajes bíblicos especialmente relevantes y venerados, cuyas familias no fueron precisamente monogámicas, sino todo lo contrario.
Así sucede en el caso del patriarca Abraham, que tuvo a Sara como esposa, pero que, a petición de ésta, aceptó también como esposa a su esclava Agar y tuvo a Isaac como fruto de esta nueva relación . Se dice además en la Biblia que Abraham tuvo varias concubinas, es decir, mujeres que no tenían siquiera la categoría de esposas y que sólo eran una posesión del hombre con la finalidad de su satisfacción sexual:
-“Abraham dio todos sus bienes a Isaac. A los hijos de sus concubinas les hizo donaciones, y antes de morir los envió lejos de su hijo Isaac hacia las tierras de oriente” .
Igualmente, se narra en la Biblia que Jacob compró a Raquel a su tío Labán a cambio de trabajar para él durante siete años, aunque éste engañó y, en su lugar…
“…por la noche Labán tomó a su hija Lía y se la trajo a Jacob, y Jacob se unió a ella” .
Pero, como Jacob estaba enamorado de Raquel, se lo dijo a su tío y éste se la ofreció a cambio de trabajar para él otros siete años:
“-…Termina la semana de bodas con ésta, y te daré también a la otra a cambio de otros siete años de servicio.
Así lo hizo Jacob; terminó la semana con la primera, y después Labán le dio por mujer también a su hija Raquel […] Jacob se unió también a Raquel y la amó más que a Lía; y estuvo al servicio de su tío otros siete años” .
Por su parte, Esaú, hermano mayor de Jacob, tuvo al menos cuatro mujeres. En Génesis, 26:34, se habla sólo de Judit y de Besemat, pero poco más adelante se deja de mencionar a Judit y se dice:
-“Esaú tomó sus mujeres de entre las cananeas: Adá, hija del hitita Elón; Olibama, hija de Aná, hijo del reveo Sibeón; Basemat, hija de Ismael y hermana de Nebayot .
Lo mismo se dice de Gedeón, de Roboam, de Abías y de muchos otros personajes bíblicos:
-“Gedeón tuvo setenta hijos, porque fueron muchas sus mujeres. También su concubina, que vivía en Siquem, le dio un hijo al que llamó Abimélec” .
- “Sus mujeres [las de Roboam] fueron dieciocho y sesenta las concubinas .
- “Abías […] tuvo catorce mujeres”
La poligamia era, pues, una costumbre general, como puede verse por otros múltiples ejemplos , pero el record más espectacular en este terreno lo tuvo el rey Salomón, quien
“tuvo setecientas esposas con rango real, y trescientas concubinas” .
A todo esto hay que añadir que la poligamia no fue simplemente una costumbre sino una institución reglamentada por ley, como puede constatarse en Levítico y en Deuteronomio, donde se hace referencia a las diversas leyes por las que debía regirse el pueblo judío. Así, en esto libros, dando por descontada la existencia de la poligamia, lo que se condena son las relaciones sexuales de un hijo con cualquiera de las mujeres de su padre:
-“No ofenderás a tu padre teniendo relaciones sexuales con otra mujer suya” .
-“¡Maldito quien se acueste con una de las mujeres de su padre, porque viola los derechos de su padre!” .
c) Por lo que se refiere al divorcio, su reglamentación, especialmente laxa, aparece en Deuteronomio, donde se dice:
“Si un hombre se casa con una mujer, pero luego encuentra en ella algo indecente y deja de agradarle, le entregará por escrito un acta de divorcio y la echará de casa. Si después de salir de su casa ella se casa con otro, y también el segundo marido deja de amarla, le entrega por escrito el acta de divorcio y la echa de casa” .
Además y al margen de que ésta fuera una costumbre aceptada en el pueblo de Israel, el carácter de ley divina de esa costumbre aparece con una claridad meridiana en la Biblia cuando se dice que el propio Yahvé se divorció de Israel. En este sentido se dice en Jeremías:
“El Señor me dijo en tiempo del rey Josías:
-¿Has visto lo que ha hecho Israel, la apóstata? Ha ido a todos los altozanos y se ha prostituido bajo cualquier árbol frondoso. Yo pensaba: “Después de haber hecho todo esto, volverá a mí”. Pero no ha vuelto. Su hermana, Judá, la pérfida, lo vio: y vio también que yo repudié a Israel, la apóstata, por todos sus adulterios, dándole su acta de divorcio” .
Pero, además, el divorcio no fue sólo una ley a la que uno podía acogerse sino que llegó a ser una exigencia divina por lo que se refiere a los matrimonios con mujeres extranjeras, que debieron ser repudiadas y expulsadas, junto con los hijos habidos con ellas, según se dice en Esdras:
“Entonces Secanías, hijo de Yejiel, […] dijo a Esdras:
-Nosotros hemos traicionado a nuestro Dios casándonos con mujeres extranjeras de las gentes del país. Pero aún le queda a Israel una esperanza. Nos comprometemos solemnemente ante nuestro Dios a echar a todas estas mujeres extranjeras y a los hijos nacidos de ellas […]
Entonces Esdras se levantó e hizo jurar a los jefes de los sacerdotes, de los levitas y de todos los israelitas que procederían según lo dicho” .
Poco después, Esdras, dirigiéndose al pueblo, dijo:
“-Vosotros habéis pecado casándoos con mujeres extranjeras, y con ello habéis aumentado la culpa de Israel. Ahora, pues, glorificad al Señor, Dios de nuestros antepasados y cumplid su voluntad. Separaos de la población del país y de las mujeres extranjeras” .
Conviene señalar, a pesar de su evidencia, el carácter radicalmente machista del matrimonio judío, en el que el varón puede tener varias esposas, pero la mujer no puede tener varios maridos, en el que el varón puede tener las concubinas que le permita su capricho y sus riquezas, en el que el marido tiene derecho a divorciarse, pero ni de lejos se plantea la posibilidad de que sea la mujer quien se divorcie del marido, y en el que en definitiva la mujer es objeto de compra por el marido, mientras que una situación inversa resulta absolutamente impensable.
Fue después, a partir de Pablo de Tarso, cuando los puntos de vista del Antiguo Testamento, defensores de las primeras formas de familia señaladas, fueron sustituidos, por lo menos en parte, por los últimos. Esta sustitución se ha producido claramente respecto a las cuestiones relacionadas con la poligamia y con el concubinato, pero no tan claramente respecto al divorcio y a la igualdad en valor y dignidad entre varón y mujer.
Así, por lo que se refiere al divorcio, los dirigentes católicos lo habían aceptado durante la mayor parte de su historia, hasta que finalmente en el Concilio de Trento, en 1563, llegaron a establecer la doctrina contraria, la que afirmaba el carácter indisoluble del matrimonio. Sin embargo, la hipocresía de los dirigentes católicos se puso claramente de manifiesto al introducir la doctrina de la “nulidad matrimonial”, que no representó otra cosa que una nueva forma de introducir el divorcio, pero dándole un nuevo nombre y convirtiéndolo en una fuente sustancial de ingresos para las arcas de la iglesia católica, al establecer tribunales eclesiásticos y juicios de “nulidad matrimonial” en los que, mediante diversas artimañas jurídico-eclesiásticas, tales tribunales llegan a plantearse de un modo cínico y teatral si en realidad ha habido matrimonio o no, incluso después de una convivencia de años y después de que el matrimonio haya tenido varios hijos. Para la obtención de la nulidad matrimonial –o simplemente el divorcio- lo más importante, según los casos más conocidos de nulidades matrimoniales, es disponer del dinero suficiente para pagar un proceso que puede costar entre 3.000 y 50.000 euros. La probabilidad de conseguir la nulidad matrimonial es del 90 %, poco más o menos, ya que existe toda una serie de disquisiciones que facilitan acogerse a un argumento o a otro para conseguirla, especialmente si se tiene en cuenta que la fuerza de los argumentos suele ser directamente proporcional a la cantidad de dinero con que se los apoye. Una vez obtenida la nulidad matrimonial, los católicos separados podrán casarse de nuevo “por la Iglesia” sin incurrir en “pecado”. En tales casos, la jerarquía católica, en lugar de reconocer su aceptación fáctica del divorcio, lo que proclama es que en realidad no hubo matrimonio. En España es conocido el caso de la princesa Leticia, casada por la Iglesia con el príncipe Felipe, pero divorciada previamente de un anterior matrimonio civil.
Mediante el recurso a la “nulidad matrimonial”, los dirigentes católicos no sólo ha encontrado de hecho una forma de introducir de nuevo el divorcio sino también una nueva manera de diversificar las fuentes de sus ingresos económicos, aprendiendo al tiempo a ser más prudentes en estos asuntos para así evitar situaciones como la producida cuando Enrique VIII de Inglaterra pidió el divorcio y el jefe de los dirigentes católicos se lo negó, lo cual tuvo como consecuencia la secesión de la iglesia de Inglaterra, la correspondiente creación de la Iglesia Anglicana y la consiguiente pérdida económica y de poder político de la Iglesia de Roma.
Por otra parte, la contradicción de los dirigentes católicos no sólo se da entre la doctrina que defienden actualmente y las que se defienden en el Antiguo Testamento y en el propio cristianismo hasta el siglo XVI, sino que además existe otra contradicción interna en las doctrinas actualmente defendidas por esta organización, pues, por una parte, defienden que el matrimonio se produce como consecuencia de un vínculo establecido por el propio Dios, tal como se dice en el evangelio de Marcos , o por una orden de Jesús, según interpreta Pablo de Tarso en su primera carta a los Corintios , pero, por otra, cuando en relación con su doctrina acerca del matrimonio se habla de los sujetos – o ministros- de este compromiso, afirmando que los sujetos del matrimonio son los contrayentes, quienes libremente deciden compartir su vida, de manera que el papel de Dios sería muy secundario y consistente sólo en otorgar su bendición a dicha unión pero no la de establecerla, y, en consecuencia, la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio dejaría de tener un fundamento en las palabras del evangelio de Marcos –“lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”- en cuanto tal unión habría sido el resultado de una decisión de los contrayentes, los cuales en cualquier momento que lo quisieran tendrían derecho a deshacer su vínculo.
Los dirigentes católicos olvidan, cuando les interesa, diversos aspectos de sus principios morales “para adaptarse a los nuevos tiempos”, lo cual en principio no estaría nada mal, pues el progreso es bueno en todos los terrenos. Sin embargo, no parece que tal adaptación a los nuevos tiempos deba tener algún sentido desde la perspectiva de la doctrina católica en cuanto implica una corrección de las leyes morales supuestamente establecidas por Dios, cuyo valor debería considerarse eterno como consecuencia de la propia inmutabilidad divina, pues Dios –en el caso de que existiera- no tendría por qué adaptarse a “los nuevos tiempos”, sino éstos a Dios.
Finalmente, conviene insistir en que todas estas consideraciones, tanto las que se fundamentan en el Antiguo Testamento como las provenientes de doctrinas posteriores del cristianismo, deben ser valoradas de manera absoluta por los dirigentes de la organización católica desde el momento en que la Teología católica considera que Dios es inmutable y que, en consecuencia sus leyes son igualmente inmutable.
Y, por ello, la contradicción entre estas leyes es una clara prueba de su carácter simplemente arbitrario y de que no representan la plasmación de unas normas de origen divino sino que sólo son el resultado del oportunismo de los dirigentes de esta organización, que defienden en cada momento lo que consideran que podrá proporcionarles más poder y más riquezas.