Acerca de Dios como un ser perfecto pero antropomórfico, y principio del bien y del mal
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
Si atendemos a las características que el concepto de Dios ha tenido a lo largo de la historia del judeo-cristianismo y de manera especial en la propia Biblia, nos encontramos con una idea totalmente antropomórfica: Un ser que ama y odia, que es celoso y vengativo, que premia, castiga, ordena, se arrepiente, amenaza y destruye, y que es vulnerable en la misma medida en que puede ser ofendido, desobedecido, traicionado y asesinado.
CRÍTICA: Esta perspectiva respecto a la esencia de ese Dios, propia de “teólogos” como Tomás de Aquino, conduce a una larga serie de absurdos, como el de considerar que Dios, siendo omnipotente y habiendo programado todas las decisiones y acciones humanas, castigue de manera absurda a los seres humanos, a pesar de que no harían otra cosa que aquello para lo que hubieran sido programados. Tal actuación convierte a Dios en un ser caprichoso, sádico, loco y contradictorio. Los redactores del Antiguo Testamento, supuestamente inspirados por el Espíritu Santo, no repararon en que la predeterminación divina implicaba la automática falta de sentido de categorías morales como las de libre albedrío, responsabilidad, mérito, culpa, recompensa y castigo.
La predeterminación divina, afirmada por la teología católica, no sólo sería una consecuencia lógica necesaria derivada de la idea de Dios como un ser omnipotente sino que, además, aparece de modo explícito en diversos pasajes de la Biblia, tal como se muestra a continuación.
Así, por ejemplo, se dice en Éxodo que el propio Dios habría predeterminado o programado al faraón para que no quisiera dejar marchar a los judíos:
“-[…] Yo haré que [el faraón] se muestre intransigente y que no deje salir al pueblo” .
Otros pasajes bíblicos en los que se afirma la predeterminación divina son los siguientes:
-“El Señor dijo a Moisés:
[…] Yo voy a aumentar la obstinación de los egipcios, para que entren en el mar detrás de vosotros, y entonces me cubriré de gloria a costa del faraón” .
-“El Señor había decretado que todas estas ciudades se obstinasen en atacar a Israel, para que así fueran consagradas sin piedad al exterminio y aniquiladas, como había mandado el Señor a Moisés” .
-“Pero ellos no hicieron caso a su padre, porque el Señor quería hacerlos perecer” .
-“Pero Amasías no hizo caso, porque el Señor había determinado entregarlo en manos de Joás, por haber rendido culto a los dioses de Edom”
Otra muestra del antropomorfismo del Dios cristiano aparece en la creencia de que ese Dios habría querido crear a la humanidad para que le amase y le adorase, lo cual supone ignorar que su perfección quedaría anulada desde el momento en que, desde un planteamiento como ése, su autosuficiencia dejaría de serlo en cuanto dependería de las acciones y sentimientos del ser humano hacia él.
En relación con esta cuestión, tiene especial interés hacer referencia al libro de Job, en el que su autor comprendió de algún modo que la inmutablidad divina era incompatible con cualquier dependencia respecto a los actos humanos, incluso sin tener en cuenta la predeterminación de tales actos. En este sentido se dice acertadamente en este libro bíblico:
“¿Qué saca el Poderoso con que tú seas justo?
¿Qué gana con tu conducta íntegra?
Pues, como ya se ha dicho, al absurdo de que Dios pudiera obtener algún beneficio o perjuicio de la conducta del hombre hay que sumarle el absurdo de que dicha conducta habría sido programada igualmente por el propio Dios, y, por ello mismo, resulta pueril y absurdo considerar que ese Dios pudiera sentirse más o menos satisfecho o triste como consecuencia de “las acciones humanas” en cuanto programadas por él.
Por otra parte, la existencia de ese Dios como ser perfecto sería incompatible no sólo con la existencia del Universo sino, además, con la presencia en él de aspectos absurdos, como de manera especial el sufrimiento, que, como consecuencia de la voluntad divina, estaría presente en la existencia humana. Esta incompatibilidad se hace más patente si se tiene en cuenta que, de acuerdo con un aforismo de la filosofía escolástica, el modo de actuar de cada ser representa la manifestación de su ser (“operari sequitur esse”), de manera que, asumiendo incluso la absurda hipótesis de que un ser perfecto hubiera deseado (?) crear algo, lo habría creado tan perfecto como hubiera podido, y siendo omnipotente y siendo infinito su amor –según afirman los dirigentes cristianos-, habría creado al hombre con la mayor perfección posible, y, desde luego, libre al menos de sufrimiento, del mismo modo que obraría un padre en relación con su hijo. Seguramente los primeros pensadores religiosos judíos comprendieron el problema de la incompatibilidad entre el sufrimiento y Dios, y, por ello, elaboraron el mito del Paraíso, donde Adán y Eva vivían felices, y en el que el sufrimiento habría aparecido como consecuencia de su desobediencia a Dios. Pero tal explicación es pueril, tanto porque no tiene en cuenta la predeterminación divina de los actos humanos que el propio cristianismo defiende, lo cual plantea de nuevo la dificultad insuperable de explicar que una acción programada por el propio Dios, como sería tal desobediencia, podría merecer que se castigase a quienes sólo hicieron aquello para lo que habían sido programados por él, como también porque se basa en el absurdo dogma del “pecado original”, según el cual el pecado de Adán y Eva se trasmite de padres a hijos,. Y, por si estas consideraciones no fueran suficientes, conviene no olvidar que el supuesto amor y misericordia infinitas de Dios estarían igualmente en contradicción con el castigo de Adán y Eva –y de toda la humanidad-.
Sin embargo, el pensamiento cristiano, en cuanto considera la Biblia como libro sagrado, no se conformó con el mito de la desobediencia de Adán y Eva como única explicación de los males existentes en la vida humana. Hay diversos momentos en la Biblia en que abiertamente se considera a Dios mismo como principio y origen tanto del bien como del mal, doctrina que, aunque esté en contradicción con la de Dios como bondad y amor infinito, da una respuesta a la presencia del mal en el mundo mucho menos contradictoria que la del mito de Adán y Eva, a pesar de que esta nueva perspectiva implicaría la renuncia a considerar a Dios como infinita bondad, la cual sería excluyente con la presencia del mal.
En este sentido, se dice en el libro de Job:
“Si se acepta de Dios el bien ¿no habremos de aceptar también el mal?” .
Igualmente, se dice en Eclesiástico:
“Bien y mal, vida y muerte, pobreza y riqueza, vienen del Señor” ,
reflexión en la que parece asumirse que no hay otra explicación para la presencia del mal que la de la voluntad divina, de la que todo dependería, rechazando de forma implícita al mito de Adán y Eva.
Para terminar, tiene interés añadir que el antropomorfismo del concepto de Dios queda de manifiesto igualmente en la consideración de B. Spinoza según la cual la infinitud de Dios es incompatible con la existencia de cualquier realidad ajena a él, en cuanto tal realidad representaría un límite a su supuesta infinitud: El ser de Dios tendría su límite allá donde comenzase el ser de todo aquello que no fuera Dios, y, por ello mismo, no sería infinito.
martes, 22 de febrero de 2011
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