lunes, 21 de febrero de 2011

SI DIOS EXISTIERA, ¿DÓNDE ESTARÍA?
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía


Los dirigentes católicos se contradicen cuando proclaman que Dios es omnipresente y afirman al tiempo que está en un lugar concreto o que está más en un lugar que en otro.
Se trata de una doctrina evidentemente absurda en cuanto el estar o no estar no admite grados, del mismo modo que tampoco los hay entre existir o no, estar vivo o no, estar embarazada o no, y en cuanto no tiene sentido decir que alguien existe, pero sólo un poco, está vivo pero sólo un poco, o que está embarazada pero sólo un poco. Por ello no tiene sentido proclamar que Dios se encuentre en todas partes y afirmar igualmente que se encuentra en el cielo físico, en una tienda o en una casa, o decir que donde se encuentra “de verdad” es en la hostia consagrada.
En el absurdo supuesto de que el Dios cristiano existiera, su omnipotencia le permitiría estar “en el Cielo, en la Tierra y en todo lugar”, como dice el catecismo católico, y, si además su presencia fuera mejor que su ausencia, no tendría sentido afirmar que Dios estuviera de un modo especial y más pleno en las hostias consagradas que en cualquier otro lugar del Universo.
Resulta evidente por ello que la insistencia de los dirigentes católicos en afirmar que donde se encuentra Dios “de verdad” es en las iglesias y en las hostias consagradas proviene de sus intereses económicos, pues sólo desde el momento en que los fieles acuden a la Iglesia para estar más cerca de Dios se les puede tratar de atrapar, adoctrinar y someter mentalmente para que acepten el resto de sus dogmas y doctrinas, para que sigan sus consignas políticas y sociales y para que asuman la “obligación” de entregar a la organización religiosa los “diezmos” y “primicias”, y limosnas para el mantenimiento y prosperidad de sus dirigentes, y para pagar todo el folklore que montan en torno a sus diversas celebraciones (nacimiento de Jesús, Cuaresma, Semana Santa, Resurrección [?] de Jesús, Corpus Christi, Ascensión, múltiples festividades en torno a María, presentada desde las diversas virtudes que se le han ido atribuyendo con el paso del tiempo, festividades patronales de cada localidad y un sin fin de actos rutinarios y repetitivos, como el rezo del “Santo Rosario” y la “Letanía”, que no tienen otra utilidad que la de servir como un ejercicio de hipnosis colectiva, inducida por los gestores de la secta católica a fin de mantener secuestradas las mentes de sus “fieles” para que interioricen fuertemente sus doctrinas y consignas, por muy absurdas que sean.
Evidentemente todo ese folklore contribuye al mantenimiento y al crecimiento del negocio de los dirigentes católicos en cuanto les sirve de propaganda y en cuanto aprovechan cualquier ocasión para pedir a sus fieles una limosna para el “manteni-miento del culto” o para cualquier otro fin que se le ocurra al cura o al obispo de turno. Y así, es evidentemente el interés económico de los cabecillas de esta organización el que les lleva a defender la absurda doctrina que considera las iglesias como “la casa de Dios”, pues sin dicha doctrina peligraría gravemente su montaje económico, en cuanto los fieles, al no tener por qué acudir a las iglesias, no recibirían el adoctrinamiento y el lavado de cerebro adecuados, y eso impediría a sus dirigentes reclutar nuevos siervos para lograr sus objetivos económicos y políticos.
Pero, suponiendo que fuera posible la existencia de un Dios trascendente que al mismo tiempo estuviera en todo lugar, ¿serviría de algo tal supuesta omnipresencia divina? En principio podría servir para impedir la serie interminable de desastres naturales, como terremotos y epidemias, que tantos sufrimientos y muertes provocan. Sin embargo la supuesta omnipresencia divina no impide que en todas las zonas del mundo millones de niños mueran antes de cumplir los diez años en medio del hambre, de las enfermedades y de la miseria más absoluta. Si, estando delante de un estanque de escasa profundidad, viéramos a un niño ahogándose y, pudiendo salvarle, no hiciéramos nada, la sociedad nos despreciaría y nos condenaría judicialmente. Pero ¿no es una pasividad infinitamente mayor la que estaría adoptando ese supuesto Dios omnipresente y omnipotente, que, según la teología católica, no sólo permitiría sino que además programaría que se produjeran toda esa serie de desastres, sufrimientos y muertes? Decir que en tales situaciones nos encontramos ante un “misterio” no parece otra cosa que un acto de hipocresía ante el hecho de tener que reconocer que, si Dios existiera, sería un sádico si, siendo omnipotente y omnipresente, hubiera provocado el sufrimiento absurdo de tantos seres inocentes. Por eso, con ocasión del terremoto de Lisboa en 1755 y ante la contemplación de tantos sufrimientos absurdos, Stendhal llegó a escribir: “La única excusa de Dios es que no existe”.
Por otra parte, la afirmación de la omnipresencia de Dios sólo sería compatible con un panteísmo como el de Spinoza, en el que Dios es omnipresente porque se identifica con el conjunto de la Naturaleza (Deus sive Natura). Pero evidentemente ese Dios dejaría de tener un carácter personal y antropomórfico para ser entendido como la Naturaleza o el conjunto de todo lo existente.
Por otra parte y en cuanto los dirigentes católicos, afirman que la Biblia es la palabra de Dios, deben defender todas y cada una de sus doctrinas, entre las cuales se encuentran la que considera que Dios habita en un lugar físico, como el cielo o como la tienda en que era llevado por los judíos al salir de Egipto o finalmente como el templo que le construyó el rey Salomón, lugares concretos todos ellos que nada tienen que ver con la idea de un Dios que se encuentre en todas partes.
En este sentido, por ejemplo, en 2 Samuel, 7:6, se afirma que Dios había habitado en una casa y que luego habitó en una tienda, acompañando a los judíos en su marcha de Egipto a la tierra prometida:
“Yo no he habitado en una casa desde el día en que saqué de Egipto a los israelitas hasta hoy. He estado peregrinando de un sitio a otro en una tienda que me servía de santuario”.
Igualmente en otro pasaje se dice que Dios habita entre los judíos en un sitio concreto de la tierra, “en medio de los hijos de Israel”:
“No profanéis la tierra que habitáis, en medio de la cual habito yo también, pues yo soy el Señor, que habito en medio de los hijos de Israel” .
Igualmente, Salomón, afirma que Dios habita en una “nube oscura”, pero le dice que le ha construido una casa en la que habite para siempre:
“Entonces Salomón exclamó:
-El Señor ha decidido habitar en la nube oscura; pero yo te he construido una casa, un lugar donde habites para siempre” .
Finalmente, hay otra serie de textos en los que se considera que Dios habita en el cielo, entendido como una realidad física y no como un lugar trascendente o ultra-terreno:
-“Pero ¿acaso puede habitar Dios en la tierra? Si el universo en toda su inmensidad no te puede contener, ¡cuánto menos este templo construido por mí! No obstante, […] Escucha las súplicas que tu siervo y tu pueblo Israel te hagan en este lugar; escúchalas desde el cielo, lugar de tu morada” .
Que el cielo del Antiguo Testamento se corresponde con el cielo, azul o nublado, que vemos cada día es evidente, de acuerdo con la larga serie de momentos en que así se afirma. Así, por ejemplo, en los siguientes:
-“Mientras iban caminando y hablando [Elías y Eliseo], un carro de fuego con caballos de fuego se interpuso entre los dos, y Elías fue arrebatado en un torbellino hacia el cielo” .
El sentido físico de ese cielo se pone de manifiesto cuando, a continuación, los profetas de Jericó dicen a Eliseo:
“-Mira, entre tus siervos hay cincuenta hombres ro-bustos; permite que vayan a buscar a tu maestro, no sea que el espíritu del Señor que lo arrebató lo haya dejado caer en algún monte o en algún valle” .
Otros textos que ratifican el sentido meramente físico del cielo en que habita Yahvé son los siguientes:
-“Te ocultaste tras las nubes para que no llegue a ti la oración” .
-“Mis ojos lloran sin descanso, y no habrá tregua hasta que el Señor se incline y mire desde lo alto de los cielos” .
-“¿No está Dios en la cima de los cielos?
¡Mira qué alta es la bóveda de las estrellas!
Pero tú dijiste: “¿Qué sabe Dios?
¿Cómo puede juzgar a través de las nubes?
Las nubes son un velo que no le deja ver,
cuando pasea por las márgenes del cielo” .

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