SI DIOS EXISTIERA, ¿DÓNDE ESTARÍA?
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
Los dirigentes católicos se contradicen cuando proclaman que Dios es omnipresente y afirman al tiempo que está en un lugar concreto o que está más en un lugar que en otro.
Se trata de una doctrina evidentemente absurda en cuanto el estar o no estar no admite grados, del mismo modo que tampoco los hay entre existir o no, estar vivo o no, estar embarazada o no, y en cuanto no tiene sentido decir que alguien existe, pero sólo un poco, está vivo pero sólo un poco, o que está embarazada pero sólo un poco. Por ello no tiene sentido proclamar que Dios se encuentre en todas partes y afirmar igualmente que se encuentra en el cielo físico, en una tienda o en una casa, o decir que donde se encuentra “de verdad” es en la hostia consagrada.
En el absurdo supuesto de que el Dios cristiano existiera, su omnipotencia le permitiría estar “en el Cielo, en la Tierra y en todo lugar”, como dice el catecismo católico, y, si además su presencia fuera mejor que su ausencia, no tendría sentido afirmar que Dios estuviera de un modo especial y más pleno en las hostias consagradas que en cualquier otro lugar del Universo.
Resulta evidente por ello que la insistencia de los dirigentes católicos en afirmar que donde se encuentra Dios “de verdad” es en las iglesias y en las hostias consagradas proviene de sus intereses económicos, pues sólo desde el momento en que los fieles acuden a la Iglesia para estar más cerca de Dios se les puede tratar de atrapar, adoctrinar y someter mentalmente para que acepten el resto de sus dogmas y doctrinas, para que sigan sus consignas políticas y sociales y para que asuman la “obligación” de entregar a la organización religiosa los “diezmos” y “primicias”, y limosnas para el mantenimiento y prosperidad de sus dirigentes, y para pagar todo el folklore que montan en torno a sus diversas celebraciones (nacimiento de Jesús, Cuaresma, Semana Santa, Resurrección [?] de Jesús, Corpus Christi, Ascensión, múltiples festividades en torno a María, presentada desde las diversas virtudes que se le han ido atribuyendo con el paso del tiempo, festividades patronales de cada localidad y un sin fin de actos rutinarios y repetitivos, como el rezo del “Santo Rosario” y la “Letanía”, que no tienen otra utilidad que la de servir como un ejercicio de hipnosis colectiva, inducida por los gestores de la secta católica a fin de mantener secuestradas las mentes de sus “fieles” para que interioricen fuertemente sus doctrinas y consignas, por muy absurdas que sean.
Evidentemente todo ese folklore contribuye al mantenimiento y al crecimiento del negocio de los dirigentes católicos en cuanto les sirve de propaganda y en cuanto aprovechan cualquier ocasión para pedir a sus fieles una limosna para el “manteni-miento del culto” o para cualquier otro fin que se le ocurra al cura o al obispo de turno. Y así, es evidentemente el interés económico de los cabecillas de esta organización el que les lleva a defender la absurda doctrina que considera las iglesias como “la casa de Dios”, pues sin dicha doctrina peligraría gravemente su montaje económico, en cuanto los fieles, al no tener por qué acudir a las iglesias, no recibirían el adoctrinamiento y el lavado de cerebro adecuados, y eso impediría a sus dirigentes reclutar nuevos siervos para lograr sus objetivos económicos y políticos.
Pero, suponiendo que fuera posible la existencia de un Dios trascendente que al mismo tiempo estuviera en todo lugar, ¿serviría de algo tal supuesta omnipresencia divina? En principio podría servir para impedir la serie interminable de desastres naturales, como terremotos y epidemias, que tantos sufrimientos y muertes provocan. Sin embargo la supuesta omnipresencia divina no impide que en todas las zonas del mundo millones de niños mueran antes de cumplir los diez años en medio del hambre, de las enfermedades y de la miseria más absoluta. Si, estando delante de un estanque de escasa profundidad, viéramos a un niño ahogándose y, pudiendo salvarle, no hiciéramos nada, la sociedad nos despreciaría y nos condenaría judicialmente. Pero ¿no es una pasividad infinitamente mayor la que estaría adoptando ese supuesto Dios omnipresente y omnipotente, que, según la teología católica, no sólo permitiría sino que además programaría que se produjeran toda esa serie de desastres, sufrimientos y muertes? Decir que en tales situaciones nos encontramos ante un “misterio” no parece otra cosa que un acto de hipocresía ante el hecho de tener que reconocer que, si Dios existiera, sería un sádico si, siendo omnipotente y omnipresente, hubiera provocado el sufrimiento absurdo de tantos seres inocentes. Por eso, con ocasión del terremoto de Lisboa en 1755 y ante la contemplación de tantos sufrimientos absurdos, Stendhal llegó a escribir: “La única excusa de Dios es que no existe”.
Por otra parte, la afirmación de la omnipresencia de Dios sólo sería compatible con un panteísmo como el de Spinoza, en el que Dios es omnipresente porque se identifica con el conjunto de la Naturaleza (Deus sive Natura). Pero evidentemente ese Dios dejaría de tener un carácter personal y antropomórfico para ser entendido como la Naturaleza o el conjunto de todo lo existente.
Por otra parte y en cuanto los dirigentes católicos, afirman que la Biblia es la palabra de Dios, deben defender todas y cada una de sus doctrinas, entre las cuales se encuentran la que considera que Dios habita en un lugar físico, como el cielo o como la tienda en que era llevado por los judíos al salir de Egipto o finalmente como el templo que le construyó el rey Salomón, lugares concretos todos ellos que nada tienen que ver con la idea de un Dios que se encuentre en todas partes.
En este sentido, por ejemplo, en 2 Samuel, 7:6, se afirma que Dios había habitado en una casa y que luego habitó en una tienda, acompañando a los judíos en su marcha de Egipto a la tierra prometida:
“Yo no he habitado en una casa desde el día en que saqué de Egipto a los israelitas hasta hoy. He estado peregrinando de un sitio a otro en una tienda que me servía de santuario”.
Igualmente en otro pasaje se dice que Dios habita entre los judíos en un sitio concreto de la tierra, “en medio de los hijos de Israel”:
“No profanéis la tierra que habitáis, en medio de la cual habito yo también, pues yo soy el Señor, que habito en medio de los hijos de Israel” .
Igualmente, Salomón, afirma que Dios habita en una “nube oscura”, pero le dice que le ha construido una casa en la que habite para siempre:
“Entonces Salomón exclamó:
-El Señor ha decidido habitar en la nube oscura; pero yo te he construido una casa, un lugar donde habites para siempre” .
Finalmente, hay otra serie de textos en los que se considera que Dios habita en el cielo, entendido como una realidad física y no como un lugar trascendente o ultra-terreno:
-“Pero ¿acaso puede habitar Dios en la tierra? Si el universo en toda su inmensidad no te puede contener, ¡cuánto menos este templo construido por mí! No obstante, […] Escucha las súplicas que tu siervo y tu pueblo Israel te hagan en este lugar; escúchalas desde el cielo, lugar de tu morada” .
Que el cielo del Antiguo Testamento se corresponde con el cielo, azul o nublado, que vemos cada día es evidente, de acuerdo con la larga serie de momentos en que así se afirma. Así, por ejemplo, en los siguientes:
-“Mientras iban caminando y hablando [Elías y Eliseo], un carro de fuego con caballos de fuego se interpuso entre los dos, y Elías fue arrebatado en un torbellino hacia el cielo” .
El sentido físico de ese cielo se pone de manifiesto cuando, a continuación, los profetas de Jericó dicen a Eliseo:
“-Mira, entre tus siervos hay cincuenta hombres ro-bustos; permite que vayan a buscar a tu maestro, no sea que el espíritu del Señor que lo arrebató lo haya dejado caer en algún monte o en algún valle” .
Otros textos que ratifican el sentido meramente físico del cielo en que habita Yahvé son los siguientes:
-“Te ocultaste tras las nubes para que no llegue a ti la oración” .
-“Mis ojos lloran sin descanso, y no habrá tregua hasta que el Señor se incline y mire desde lo alto de los cielos” .
-“¿No está Dios en la cima de los cielos?
¡Mira qué alta es la bóveda de las estrellas!
Pero tú dijiste: “¿Qué sabe Dios?
¿Cómo puede juzgar a través de las nubes?
Las nubes son un velo que no le deja ver,
cuando pasea por las márgenes del cielo” .
lunes, 21 de febrero de 2011
La contradicción del concepto de Dios como un ser perfecto-antropomórfico.
Si atendemos a las características que el concepto de Dios ha tenido a lo largo de la historia del judeo-cristianismo y de manera especial en la propia Biblia, nos encontramos con una idea totalmente antropomórfica de Dios: Un ser que ama y odia, que es celoso y vengativo, que premia, castiga, ordena, se arrepiente, amenaza y destruye, y que es vulnerable en la misma medida en que puede ser ofendido, desobedecido, traicionado y asesinado.
CRÍTICA: Esta perspectiva respecto a la esencia de ese Dios, propia de “teólogos” como Tomás de Aquino, con-duce a una larga serie de absurdos, como el de considerar que Dios, siendo omnipotente y habiendo programado todas las decisiones y acciones humanas, castigue de manera absurda a los seres humanos, a pesar de que no harían otra cosa que aquello para lo que hubieran sido programados. Tal actuación convierte a Dios en un ser caprichoso, sádico, loco y contra-dictorio. Los redactores del Antiguo Testamento, supues-tamente inspirados por el Espíritu Santo, no repararon en que la predeterminación divina implicaba la automática falta de sentido de categorías morales como las de libre albedrío, responsabilidad, mérito, culpa, recompensa y castigo.
La predeterminación divina, afirmada por la teología católica, no sólo sería una consecuencia lógica necesaria derivada de la idea de Dios como un ser omnipotente sino que, además, aparece de modo explícito en diversos pasajes de la Biblia, tal como se muestra a continuación.
Así, por ejemplo, se dice en Éxodo que el propio Dios habría predeterminado o programado al faraón para que no quisiera dejar marchar a los judíos:
“-[…] Yo haré que [el faraón] se muestre intransigente y que no deje salir al pueblo” .
Otros pasajes en los que la predeterminación divina aparece como una característica del cristianiismo son los siguientes:
-“El Señor dijo a Moisés:
[…] Yo voy a aumentar la obstinación de los egipcios, para que entren en el mar detrás de vosotros, y entonces me cubriré de gloria a costa del faraón” .
-“El Señor había decretado que todas estas ciudades se obstinasen en atacar a Israel, para que así fueran consagradas sin piedad al exterminio y aniquiladas, como había mandado el Señor a Moisés” .
-“Pero ellos no hicieron caso a su padre, porque el Señor quería hacerlos perecer” .
-“Pero Amasías no hizo caso, porque el Señor había determinado entregarlo en manos de Joás, por haber rendido culto a los dioses de Edom”
Otra muestra del antropomorfismo del Dios cristiano aparece en la creencia de que ese Dios habría querido crear a la humanidad para que le amase y le adorase, lo cual supone ignorar que su perfección quedaría anulada desde el momento en que en cierto modo su autosuficiencia dependería de las acciones y sentimientos del ser humano hacia él.
En relación con esta cuestión, tiene especial interés hacer referencia al libro de Job, en el que su autor compren-dió ya que la inmutablidad divina era incompatible con cualquier dependencia respecto a los actos humanos, incluso sin tener en cuenta la predeterminación de tales actos. En este sentido se dice acertadamente en este libro bíblico:
“¿Qué saca el Poderoso con que tú seas justo?
¿Qué gana con tu conducta íntegra?
Pues, como ya se ha dicho, al absurdo de que Dios pudiera obtener algún beneficio o perjuicio de la conducta del hombre hay que sumarle el absurdo de que dicha conducta habría sido programada igualmente por el propio Dios, y, por ello mismo, resulta pueril y absurdo considerar que ese Dios pudiera sentirse más o menos satisfecho o triste como conse-cuencia de “acciones humanas” programadas por él.
--Por otra parte, la existencia de ese Dios como ser perfecto sería incompatible no sólo con la existencia del Uni-verso sino también con la presencia en él de aspectos absur-dos, como de manera especial el sufrimiento, que, como consecuencia de la voluntad divina, estaría presente en la existencia humana. Esta incompatibilidad se hace más paten-te si se tiene en cuenta que, de acuerdo con un aforismo de la filosofía escolástica, el modo de actuar de cada ser representa la manifestación de su ser (“operari sequitur esse”), de manera que, asumiendo incluso la absurda hipótesis de que un ser perfecto hubiera deseado (?) crear algo, lo habría creado tan perfecto como lo fuera él mismo: Su amor infinito le habría llevado a conceder al hombre la perfección en el mismo grado en que su poder se lo hubiese permitido, y, siendo este poder infinito, habría creado al ser humano libre al menos de sufrimiento, del mismo modo que obraría un padre en relación con su hijo. Seguramente los primeros pensadores religiosos judíos comprendieron el problema de la incompatibilidad entre el sufrimiento y Dios, y, por ello, elaboraron el mito de la creación y el del Paraíso, donde Adán y Eva vivían felices, y donde la aparición del sufri-miento habría sido una consecuencia de su desobediencia a Dios, lo cual plantea de nuevo la dificultad insuperable de explicar que una acción programada por el propio Dios, como sería tal desobediencia, merezca que se castigue a quienes sólo hicieron aquello para lo que habían sido programados por él. Y, por si esta consideración ofreciera alguna duda respecto a su valor, conviene no olvidar que el supuesto amor y misericordia infinitas de Dios estarían igualmente en contradicción con el castigo de Adán y Eva –y de toda la humanidad-.
Sin embargo, el pensamiento cristiano, en cuanto considera la Biblia como libro sagrado, no se conformó con el mito de la desobediencia de Adán y Eva como única explicación de los males existentes en la vida humana. Hay diversos momentos en la Biblia en que abiertamente se considera a Dios mismo como principio y origen tanto del bien como del mal, doctrina que, aunque esté en contradic-ción con la de Dios como bondad y amor infinito, da una respuesta a la presencia del mal en el mundo mucho más realista que la del mito de Adán y Eva.
En este sentido, se dice en el libro de Job:
“Si se acepta de Dios el bien ¿no habremos de aceptar también el mal?” .
Igualmente, se dice en Eclesiástico:
“Bien y mal, vida y muerte, pobreza y riqueza, vienen del Señor” ,
reflexión en la que parece asumirse que no hay otra explica-ción para la presencia del mal que la de la voluntad divina, de la que todo dependería, rechazando de forma implícita al mito de Adán y Eva. Pero, claro está, desde el momento en que se considera a Dios como origen del mal, su identi-ficación con la infinita bondad deja de tener sentido y resulta contradictoria en cuanto bien y mal son conceptos excluyentes.
Para terminar, tiene interés añadir que el antropo-morfismo del concepto de Dios queda de manifiesto igual-mente en la consideración de B. Spinoza según la cual la infinitud de Dios es incompatible con la existencia de cualquier realidad ajena a él, en cuanto tal realidad repre-sentaría un límite a la supuesta infinitud divina: El ser de Dios tendría su límite allá donde comenzase el ser de todo aquello que no fuera Dios, y, por ello mismo, no sería infinito.
Si atendemos a las características que el concepto de Dios ha tenido a lo largo de la historia del judeo-cristianismo y de manera especial en la propia Biblia, nos encontramos con una idea totalmente antropomórfica de Dios: Un ser que ama y odia, que es celoso y vengativo, que premia, castiga, ordena, se arrepiente, amenaza y destruye, y que es vulnerable en la misma medida en que puede ser ofendido, desobedecido, traicionado y asesinado.
CRÍTICA: Esta perspectiva respecto a la esencia de ese Dios, propia de “teólogos” como Tomás de Aquino, con-duce a una larga serie de absurdos, como el de considerar que Dios, siendo omnipotente y habiendo programado todas las decisiones y acciones humanas, castigue de manera absurda a los seres humanos, a pesar de que no harían otra cosa que aquello para lo que hubieran sido programados. Tal actuación convierte a Dios en un ser caprichoso, sádico, loco y contra-dictorio. Los redactores del Antiguo Testamento, supues-tamente inspirados por el Espíritu Santo, no repararon en que la predeterminación divina implicaba la automática falta de sentido de categorías morales como las de libre albedrío, responsabilidad, mérito, culpa, recompensa y castigo.
La predeterminación divina, afirmada por la teología católica, no sólo sería una consecuencia lógica necesaria derivada de la idea de Dios como un ser omnipotente sino que, además, aparece de modo explícito en diversos pasajes de la Biblia, tal como se muestra a continuación.
Así, por ejemplo, se dice en Éxodo que el propio Dios habría predeterminado o programado al faraón para que no quisiera dejar marchar a los judíos:
“-[…] Yo haré que [el faraón] se muestre intransigente y que no deje salir al pueblo” .
Otros pasajes en los que la predeterminación divina aparece como una característica del cristianiismo son los siguientes:
-“El Señor dijo a Moisés:
[…] Yo voy a aumentar la obstinación de los egipcios, para que entren en el mar detrás de vosotros, y entonces me cubriré de gloria a costa del faraón” .
-“El Señor había decretado que todas estas ciudades se obstinasen en atacar a Israel, para que así fueran consagradas sin piedad al exterminio y aniquiladas, como había mandado el Señor a Moisés” .
-“Pero ellos no hicieron caso a su padre, porque el Señor quería hacerlos perecer” .
-“Pero Amasías no hizo caso, porque el Señor había determinado entregarlo en manos de Joás, por haber rendido culto a los dioses de Edom”
Otra muestra del antropomorfismo del Dios cristiano aparece en la creencia de que ese Dios habría querido crear a la humanidad para que le amase y le adorase, lo cual supone ignorar que su perfección quedaría anulada desde el momento en que en cierto modo su autosuficiencia dependería de las acciones y sentimientos del ser humano hacia él.
En relación con esta cuestión, tiene especial interés hacer referencia al libro de Job, en el que su autor compren-dió ya que la inmutablidad divina era incompatible con cualquier dependencia respecto a los actos humanos, incluso sin tener en cuenta la predeterminación de tales actos. En este sentido se dice acertadamente en este libro bíblico:
“¿Qué saca el Poderoso con que tú seas justo?
¿Qué gana con tu conducta íntegra?
Pues, como ya se ha dicho, al absurdo de que Dios pudiera obtener algún beneficio o perjuicio de la conducta del hombre hay que sumarle el absurdo de que dicha conducta habría sido programada igualmente por el propio Dios, y, por ello mismo, resulta pueril y absurdo considerar que ese Dios pudiera sentirse más o menos satisfecho o triste como conse-cuencia de “acciones humanas” programadas por él.
--Por otra parte, la existencia de ese Dios como ser perfecto sería incompatible no sólo con la existencia del Uni-verso sino también con la presencia en él de aspectos absur-dos, como de manera especial el sufrimiento, que, como consecuencia de la voluntad divina, estaría presente en la existencia humana. Esta incompatibilidad se hace más paten-te si se tiene en cuenta que, de acuerdo con un aforismo de la filosofía escolástica, el modo de actuar de cada ser representa la manifestación de su ser (“operari sequitur esse”), de manera que, asumiendo incluso la absurda hipótesis de que un ser perfecto hubiera deseado (?) crear algo, lo habría creado tan perfecto como lo fuera él mismo: Su amor infinito le habría llevado a conceder al hombre la perfección en el mismo grado en que su poder se lo hubiese permitido, y, siendo este poder infinito, habría creado al ser humano libre al menos de sufrimiento, del mismo modo que obraría un padre en relación con su hijo. Seguramente los primeros pensadores religiosos judíos comprendieron el problema de la incompatibilidad entre el sufrimiento y Dios, y, por ello, elaboraron el mito de la creación y el del Paraíso, donde Adán y Eva vivían felices, y donde la aparición del sufri-miento habría sido una consecuencia de su desobediencia a Dios, lo cual plantea de nuevo la dificultad insuperable de explicar que una acción programada por el propio Dios, como sería tal desobediencia, merezca que se castigue a quienes sólo hicieron aquello para lo que habían sido programados por él. Y, por si esta consideración ofreciera alguna duda respecto a su valor, conviene no olvidar que el supuesto amor y misericordia infinitas de Dios estarían igualmente en contradicción con el castigo de Adán y Eva –y de toda la humanidad-.
Sin embargo, el pensamiento cristiano, en cuanto considera la Biblia como libro sagrado, no se conformó con el mito de la desobediencia de Adán y Eva como única explicación de los males existentes en la vida humana. Hay diversos momentos en la Biblia en que abiertamente se considera a Dios mismo como principio y origen tanto del bien como del mal, doctrina que, aunque esté en contradic-ción con la de Dios como bondad y amor infinito, da una respuesta a la presencia del mal en el mundo mucho más realista que la del mito de Adán y Eva.
En este sentido, se dice en el libro de Job:
“Si se acepta de Dios el bien ¿no habremos de aceptar también el mal?” .
Igualmente, se dice en Eclesiástico:
“Bien y mal, vida y muerte, pobreza y riqueza, vienen del Señor” ,
reflexión en la que parece asumirse que no hay otra explica-ción para la presencia del mal que la de la voluntad divina, de la que todo dependería, rechazando de forma implícita al mito de Adán y Eva. Pero, claro está, desde el momento en que se considera a Dios como origen del mal, su identi-ficación con la infinita bondad deja de tener sentido y resulta contradictoria en cuanto bien y mal son conceptos excluyentes.
Para terminar, tiene interés añadir que el antropo-morfismo del concepto de Dios queda de manifiesto igual-mente en la consideración de B. Spinoza según la cual la infinitud de Dios es incompatible con la existencia de cualquier realidad ajena a él, en cuanto tal realidad repre-sentaría un límite a la supuesta infinitud divina: El ser de Dios tendría su límite allá donde comenzase el ser de todo aquello que no fuera Dios, y, por ello mismo, no sería infinito.
LA MUJER
según
LA “PALABRA DEL DIOS CRISTIANO”
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
De acuerdo con la “¡palabra de Dios!”, al menos la del Dios judío y cristiano de la Biblia, según se muestra a continuación, la mujer es un simple objeto, que se rapta, se toma, se compra, o se vende o se deja con el mayor desprecio imaginable, proclamando que “por la mujer comenzó el pecado” , que “por culpa de ella morimos todos” , que es “la maldad”, que “es más amarga que la muerte”, que “la cabeza de la mujer es el varón” y que “la mujer debe llevar […] sobre su cabeza una señal de sujeción”, en cuanto debe estar subordinada al varón.
Los dirigentes cristianos y los católicos en particular juzgan que la Biblia es la “palabra de Dios”, de manera que esta “palabra” es la que debe servirles de guía a la hora de establecer sus valores morales y de todo tipo. Pero sucede que, como en la Biblia hay en muchas doctrinas que se afirman en unos pasajes para ser negadas en otros, los dirigentes católicos procuran silenciar o sacar a la luz aquellas doctrinas que les resultan más convenientes según las circunstancias del momento. En este sentido, por ejemplo, cuando se está hablando de lo denigrante que es para la mujer el uso del “burka”, que oculta por completo su cuerpo y su rostro, lo cual es un modo de anular su personalidad, procuran silenciar que esto mismo era lo que predicaba su “apóstol de los gentiles”, Pablo de Tarso, diciendo que la mujer debía llevar sobre su cabeza un velo como una señal de sujeción al varón. Las palabras de Pablo de Tarso son parte de la Biblia, y, por eso, son tan “palabra de Dios” como las del resto de la Biblia. En consecuencia, los dirigentes católicos tratarán de aplicar esas doctrinas cuando y en la medida que lo crean conveniente para sus intereses. De hecho, hasta no hace muchos años, los curas -los dueños de “las casas de Dios”-, prohibían que mujeres o niñas entrasen en la iglesia sin llevar la cabeza cubierta con un velo; su tamaño era lo que podía variar, según los tiempos fueran más o menos propicios para exigir que fueran mayores o menores. Y, si en estos momentos los dirigentes católicos callan ante el hecho de que las mujeres entren en la iglesia sin velo, es sólo por el temor a seguir perdiendo clientela y poder, y no porque hayan evolucionado desde su machismo primitivo hasta el reconocimiento de la igualdad entre la mujer y el varón.
La visión denigrante de la mujer que los dirigentes católicos aceptan -o deben aceptar- en la medida en que juzgan que la Biblia es la “palabra de su Dios”, tal como se muestra a continuación, tiene las siguientes características:
-la mujer es la encarnación de la maldad y es, además, “más amarga que la muerte”;
-los varones son “hijos de Dios”, mientras que las mujeres sólo son “hijas de los hombres”;
-la mujer es una simple cosa;
-no existe un noveno mandamiento relacionado con la mujer de manera exclu-siva, sino sólo un noveno –y último- relacionado con la casa, la mujer, los animales y los demás objetos, es decir, un noveno mandamiento en el que la mujer es colocada al mismo nivel que al resto de “propiedades codiciables”;
-la mujer es objeto de compra;
-la mujer es propiedad del marido;
-el marido puede tener varias mujeres y concubinas, pero la mujer no tiene apenas derechos.
-el marido puede repudiar a la mujer, pero la mujer no puede repudiar al marido.
-la mujer puede ser tomada o raptada con absoluta normalidad;
-es preferible la violación de las propias hijas antes que la ofensa a un invitado.
-la mujer apenas tiene valor; casi todo el protagonismo lo tiene el varón.
-la misma figura de María, la madre de Jesús, es ninguneada o despreciada por Jesús, quien, además, tampoco nombró a ninguna mujer como apóstol.
-el valor de unas pocas mujeres que se ensalzan en la Biblia, como Judith, Yael o Dalila, se basa en su capacidad de seducción o de traición.
-la mujer es un cuerpo sin cabeza, ya que su cabeza es el marido, y, por ello, la mujer debe someterse a él y llevar la cabeza cubierta en señal de sujeción.
Veamos a continuación de forma detallada cada uno de estos aspectos degra-dantes para la mujer:
a) En primer lugar, en la Biblia se dice que la mujer es la encarnación de la maldad, y “más amarga que la muerte”:
“El hombre que hablaba conmigo se adelantó y me dijo:
-Levanta tu vista y mira lo que aparece ahora.
Pregunté:
-¿Qué es?
Me respondió:
-Una cuba, y representa la maldad de toda esta tierra.
Entonces se levantó la tapa redonda de plomo y vi una mujer sentada dentro de la cuba. El ángel me dijo:
-Es la maldad” .
Igualmente en Eclesiastés, de acuerdo con esta misma valoración despreciativa de la mujer, se dice:
-“He hallado que la mujer es más amarga que la muerte, porque ella es como una red, su corazón como un lazo y sus brazos como cadenas. El que agrada a Dios se libra de ella, mas el pecador cae en su trampa” ,
- “Por más que busqué no encontré; entre mil se puede encontrar un hombre cabal, pero mujer cabal, ni una entre todas” .
Y un planteamiento similar aparece en Eclesiástico, otro libro de la Biblia, en el que se equiparan mujer y pecador:
-“Toda maldad es poca junto a la de la mujer; ¡caiga sobre ella la suerte del pecador!” ,
-“Por la mujer comenzó el pecado, por culpa de ella morimos todos”
-“Vale más maldad de hombre que bondad de mujer”
Resulta asombroso que unos libros que se consideran inspirados por Dios lle-guen a decir barbaridades tan incalificables y que el grado de adoctrinamiento recibido por muchos de los llamados cristianos –y especialmente cristianas- sea tan intenso y alienante que prefieran ignorar textos como éstos antes que aceptar que sus dirigentes religiosos simplemente son unos embaucadores sin escrúpulo.
b) La actitud degradante hacia la mujer se muestra igualmente de un modo a la vez ingenuo y ridículo cuando en Génesis se habla de los varones como “hijos de Dios” y de las mujeres como “hijas de los hombres”, a la vez que se deja claro que la mujer tiene el valor de una simple cosa, en cuanto se toma o se compra por parte del varón, de manera que ella no tiene por qué gozar de libertad para decidir sobre su propia vida:
“Cuando los hombres empezaron a multiplicarse en la tierra y les nacieron hijas, los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas y tomaron para sí como mujeres las que más les gustaron” .
c) De acuerdo con esta forma de cosificación de la mujer, Jacob compró a Raquel a su tío Labán a cambio de trabajar siete años para él , pero éste le engañó y
“por la noche […] tomó a su hija Lía y se la trajo a Jacob, y Jacob se unió a ella” .
Pero, como a Jacob le gustaba Raquel, se la volvió a pedir a su tío y éste le dijo:
“-…Termina la semana de bodas con ésta, y te daré también a la otra a cambio de otros siete años de servicio.
Así lo hizo Jacob; terminó la semana con la primera, y después Labán le dio por mujer también a su hija Raquel […] Jacob se unió también a Raquel y la amó más que a Lía; y estuvo al servicio de su tío otros siete años” .
Tiene interés observar cómo en este pasaje se muestra:
1) En primer lugar, la cosificación de la mujer, cuya voluntad no cuenta en absoluto a la hora de tomar la decisión sobre a quién se vende;
2) en segundo lugar, la ausencia de contrato matrimonial, pues, como la mujer es una simple posesión de su padre, el contrato no se hace con ella sino con su futuro propietario que es quien la compra a cambio de dinero o de otra cosa, como, en este caso, el tiempo de trabajo que Jacob acuerda con su tío; y
3) la poligamia como costumbre absolutamente normal, de acuerdo con la cual, Jacob puede solicitar una nueva mujer como quien compra otra vaca, pues el hecho de poseer una no es ningún inconveniente para que pueda comprar más, si tiene algo que pueda interesar al vendedor. Esta costumbre de la poligamia entre los judíos llega a extremos realmente notorios en Salomón, quien, en cuanto la Biblia sea “palabra de Dios” y no engañe, como consecuencia de su riqueza pudo permitirse el capricho de comprar setecientas esposas y trescientas concubinas , al margen de que por la influencia negativa (?) que estas mujeres extranjeras ejercieron sobre él, al inducirle a adorar a otros dioses, dice la Biblia que Salomón
“no fue tan fiel [a Dios] como su padre David” ,
pero no porque se hubiese casado con todas esas mujeres sino porque
“cuando se hizo viejo [éstas esposas y concubinas] desviaron hacia otros dioses su corazón, que ya no perteneció al Señor” .
Igualmente, Abías
“tuvo catorce mujeres, veintidós hijos y dieciséis hijas” .
Y fue el mismo sacerdote Yoyadá quien proporcionó dos esposas a Joás:
“Joás agradó con su conducta al Señor mientras vivió el sacerdote Yoyadá, quien le proporcionó dos esposas de las que Joás tuvo hijos e hijas” .
Esta última referencia tiene el interés de poner de manifiesto nuevamente que la poligamia no es vista de manera negativa por sí misma, ya que es un sacerdote quien le proporciona dos esposas a Joás, sino sólo en cuanto se realice con mujeres extranjeras que pueden introducir sus dioses y pervertir al judío alejándolo de su Dios, lo cual equivale a decir que a los sacerdotes lo que les molesta no es la poligamia sino la competencia que las otras religiones pueden suponer para su propio negocio.
En definitiva, a lo largo de sus diversos libros lo que predomina en la Biblia de forma constante es esta valoración negativa de la mujer, considerada como un simple objeto de comprar, vender, usar y tirar.
d) De hecho y en este sentido tiene especial interés el que, a pesar de que el clero católico siga hablando del “decálogo” o de los diez mandamientos de Moisés, cual-quiera que sepa leer puede comprobar que en la Biblia sólo aparecen ¡nueve manda-mientos!, es decir, que un “eneálogo” y no un “decálogo”, siendo el noveno y último:
“No codiciarás la casa de tu prójimo, ni su mujer, ni su siervo, ni su buey, ni su asno, ni nada de lo que le pertenezca” ,
de manera que el mandamiento que actualmente se enumera como el noveno y penúltimo, “no desearás la mujer de tu prójimo”, en la Biblia aparece sólo como una parte del noveno y último, que los dirigentes cristianos dividieron en dos a fin de enmascarar el hecho evidente de que a la mujer se la trata en la Biblia y en ese mismo pasaje relacionado con las tablas de Moisés, como una pertenencia o cosa o a un animal –un buey, un asno-.
e) Como ya se ha dicho, hay ocasiones en que ni siquiera hay contrato matrimonial entre hombre y mujer, sino sólo un contrato de compra, o un simple rapto, como sucede cuando los ancianos de la comunidad proponen que los benjaminitas rapten mujeres, pues no tenían y la tribu estaba a punto de desaparecer: En un primer momento la comunidad israelita envía tropas contra Yabés Galaad, cuyos habitantes también eran judíos, pero no habían subido a la asamblea del Señor. Y, como los israelitas habían “jurado solemnemente que quien no subiese a Mispá ante el Señor sería castigado con la muerte” (Jueces, 21:5), pasaron a cuchillo a todos sus habitantes menos a las muchachas vírgenes y se las dieron a los benjaminitas (Jueces, 21:10-23). A continuación los mismos benjaminitas, aconsejados por el resto de Israel, raptaron más mujeres en Silón para quienes no tenían todavía, pues la tribu estaba a punto de desaparecer:
“Entonces la asamblea [de Israel] envió doce mil hombres de los más valientes, con esta orden: -Id y pasad a cuchillo a todos los habitantes de Yabés Galaad, incluidas mujeres y niños. Consagraréis al exterminio a todos los varones y a todas las mujeres casadas, pero dejaréis con vida a las vírgenes.
Así lo hicieron. Entre los habitantes de Galaad encontraron cuatrocientas vírgenes que no habían tenido relaciones con ningún hombre y las trajeron al campamento de Siló, en la tierra de Canaán. Luego, la asamblea envió mensajeros a los benjaminitas […] para ofrecerles la paz. Los benjaminitas volvieron, y ellos les dieron las mujeres supervivientes de Yabés Galaad, pero no había bastantes para todos.
[…] Los ancianos de la comunidad se preguntaban:
-Las mujeres de la tribu de Benjamín han sido exterminadas. ¿Qué haremos para procurar mujeres a los que aún no las tienen? […]
Entonces decidieron esto:
-Está cerca la fiesta del Señor que se celebra todos los años en Siló […].
Y dieron este recado a los de Benjamín:
-Id y escondeos entre las viñas. Os quedáis observando, y cuando veáis que las jóvenes de Siló salen a bailar, salís de las viñas, os lleváis cada uno una muchacha de Siló y os volvéis a vuestra tierra […].
Los de Benjamín lo hicieron así y tomaron de entre las que bailaban aquellas que necesitaban; después volvieron cada uno a su heredad, recons-truyeron las ciudades y se establecieron en ellas”.
f) Otro ejemplo más de este desprecio tan absoluto a la mujer es el hecho de que, ante la opción de consentir o no la ofensa a un invitado, se opte por ofrecer a las propias hijas para ser violadas Así sucede en Génesis, 19: 6-8, donde Lot, para proteger a unos extranjeros que tenía alojados en su casa, dice a quienes querían violarlos:
“-Hermanos míos, os suplico que no cometáis tal maldad. Tengo dos hijas que no se han acostado con ningún hombre; os las voy a sacar fuera y haced con ellas lo que queráis, pero no hagáis nada a estos hombres que se han cobijado bajo mi techo” .
Algo muy similar se narra en Jueces, donde, como en el caso anterior, la violación de mujeres no tiene mayor importancia en relación con la ofensa a un invitado. En este sentido se dice en defensa de un invitado:
“-No, hermanos míos, no hagáis, semejante crimen, por favor. Es mi huésped y os pido que no hagáis tal infamia. Aquí está mi hija, que es virgen; os la sacaré para que abuséis de ella y hagáis con ella lo que os plazca; pero no cometáis con este hombre semejante infamia” .
g) Igualmente en las referencias genealógicas de cualquier personaje sólo cuenta la línea paterna y para nada la materna, hasta el punto de que para demostrar la filiación divina de Jesús el evangelio atribuido a Lucas se remonta ¡por la línea genealógica de José! hasta Adán, incurriendo en la contradicción de afirmar la paternidad de José respecto a Jesús porque en ese momento interesa demostrar que Jesús era Hijo de Dios, pero negando tal paternidad cuando le interesa afirmar que María era “virgen” y que concibió por obra del Espíritu Santo y no por sus relaciones sexuales con José.
h) Otra expresión del desprecio más absoluto hacia la mujer queda de manifiesto al comparar su papel social con el del hombre, a quien se le da un protagonismo casi absoluto que se muestra, por ejemplo, cuando al hablar de Dios se dice que es “Padre” y no “Madre”, “Hijo” y no “Hija”, y “Espíritu Santo”, teórico padre de Jesús; Dios creó a Adán como rey de la creación, y, a Eva para que Adán tuviera una compañera; la mujer -Eva- fue quien introdujo el pecado en el mundo y, por ello, entre otros castigos, Dios condenó a la humanidad a tener que morir, y a la mujer a ser dominada por el varón , lo cual es una forma de justificar “religiosamente” las diversas formas de machismo; los hijos de Adán y Eva cuyos nombres se mencionan en la Biblia sólo son los de Caín, Abel y Seth, de manera que no se menciona para nada los de las hijas a las que debieron de unirse Caín y Seth para tener descendencia; los personajes femeninos de la Biblia casi siempre tienen un papel secundario.
Por otra parte, todos los nombres de los ángeles son nombres de varón: Miguel, Rafael, Gabriel. El propio “Príncipe de las Tinieblas” se muestra como varón: Satán, Lucifer o Luzbel. Y casi todos los nombres relevantes de la Biblia son de varón, como Adán, Caín, Abel, Seth, Noé, Sem, Cam, Jafet, Abraham, Isaac, Esaú, Jacob, los hijos de Jacob: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón, José y Benjamín (y sólo al final una hija llamada Dina, a la que se menciona en muchas menos ocasiones que a sus hermanos); Moisés, Aarón, Josué, Saúl, David, Salomón, Roboam, Gedeón, Sansón, Elí, Samuel, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, Job, Pedro, Santiago, Juan, Tomás, Bartolomé, Judas, Mateo, Matías, Marcos, Lucas, Pablo, y apenas alguno de mujer, que casi siempre juega un papel secundario o anecdótico.
Con ocasión del famoso “diluvio universal”, ni siquiera se menciona el nombre de la mujer ni de las hijas de Noé, que fueron quienes se debieron de salvar, junto con el propio Noé y sus hijos Sem, Cam y Jafet para que la humanidad volviese a multipli-carse, lo cual demuestra evidentemente la escasísima importancia que se concede a la mujer, a pesar de que sin ella la continuidad de la especie habría sido un milagro especialmente digno de reseñar.
Resulta igualmente curioso y significativo –aunque más anecdótico- que en el Antiguo Testamento la mujer quede ninguneada hasta el punto de que, cuando se enumera la lista de los hijos de cualquier personaje, casi todos los nombres sean de varón y apenas alguno de mujer, como si no hubieran nacido o como una muestra de la consideración tan anecdótica de su existencia que fuera irrelevante incluso mencionarla. Esto sucede por lo que se refiere a los hijos de Adán y Eva, de Noé, Sem, Cam, Jafet, Abraham, Ismael, Isaac, Esaú, Jacob, y a la práctica totalidad de las largas líneas genealógicas que aparecen en la Biblia, donde o bien no se nombra la existencia de las hijas de estos personajes o bien sólo se dice que “también tuvieron hijas”, pero sin nombrarlas o incluso hablando de un número de hijas muy sospechosamente inferior respecto al de hijos.
i) La misma figura de María tiene un papel insignificante en la Biblia, como puede constatarse en el evangelio falsamente atribuido a Marcos, en donde el propio Jesús llega a tratarla de modo despectivo cuando, en el momento en que ésta y sus otros hijos fueron a buscarlo, sus discípulos le avisaron diciéndole:
“¡Oye! Tu madre y tus hermanos y hermanas están fuera y te buscan”,
y Jesús les respondió:
“ “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”. Y mirando después a los que estaban sentados alrededor, añadió: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” ” .
Esta baja consideración de la mujer, referida a María en este caso, se muestra igualmente cuando se califica a Jesús como “hombre” por ser hijo de María y sólo como “Hijo de Dios” -según el evangelio falsamente atribuido a Lucas- a partir de la enumeración de la genealogía paterna de Jesús por ser hijo de José, cuyo linaje se remontaría hasta Adán, el cual es considerado “hijo de Dios” por haber sido creado por él , y, a pesar de que el escritor de este evangelio hubiera escrito antes que el auténtico padre de Jesús no fue José sino el “Espíritu Santo” , parece que al escritor de este evangelio no se le ocurrió la idea de que ese “Espíritu Santo” fuera también Dios y, por ello, no pudo argumentar que Jesús era hijo de Dios porque el “Espíritu Santo” también era Dios, tal como proclamaron posteriormente los dirigentes cristianos en el concilio de Constantinopla, en el año 381.
j) Igualmente, otra forma de ignorar a la mujer puede verse en cierto modo en la actitud de Jesús, según los evangelios, al haber elegido a doce apóstoles, sin que ninguno de ellos fuera mujer. A la crítica de que aquellos tiempos no eran los más adecuados para la elección de una mujer como apóstol, se podría replicar que si Jesús era “Hijo de Dios”, por lo mismo que defendió una nueva forma de moral igualmente hubiera podido predicar la igualdad entre los seres humanos, pues precisamente el hecho de que no nombrase como apóstol a una mujer ha sido utilizado por algunos obispos como argumento especialmente agudo y profundo (?) para rechazar que la mujer pudiera acceder al sacerdocio, diciendo que, si Jesús hubiera querido que las mujeres accedieran a tales cargos, habría elegido a alguna de ellas como apóstol. Se trata de un argumento absurdo, pero es el que utilizó el arzobispo de Málaga en una entrevista en la CNN+ (27/03/02) para negar a la mujer el acceso al sacerdocio. Siendo coherentes con un argumento tan contundente (?) resulta extraño que la Jerarquía Católica haya consentido que a lo largo de los tiempos quienes no eran judíos ni de raza blanca hayan podido ser ordenados sacerdotes, pues todos los apóstoles eran judíos y de raza blanca.
La pobreza de tal argumento resulta tan evidente que ni siquiera merece una crítica. Es cierto que la sociedad del pueblo judío era fuertemente machista y es muy posible que Jesús no eligiese a ninguna mujer entre sus apóstoles por influjo de aquel lastre y de aquel ambiente machista de la sociedad judía. Pero, por ello mismo, la actitud de Jesús sólo habría demostrado que él mismo no estaba preparado para asumir que la mujer tenía en esencia las mismas capacidades que el varón para ejercer las mismas tareas que éste. Pero, en cualquier caso, el hecho de que en la práctica fuera un seguidor del machismo judío tradicional muestra simplemente que Jesús habría sido una persona como cualquier otra, con los mismos prejuicios, y no un Dios como el que presenta el cristianismo más avanzado.
Por otra parte, en cuanto tal argumentación relacionada con el nombramiento de apóstoles varones habría sido absurda, hay que volver a Pablo de Tarso para compren-der que fueron especialmente sus prejuicios acerca de la mujer, expresados en diversas epístolas, lo que contribuyó de manera especial a dar a la mujer un papel totalmente secundario en la estructura organizativa de los dirigentes católicos, que estuvieron inicialmente muy condicionados por las ideas del llamado “apóstol de los gentiles”.
k) Hay alguna ocasión en que aparecen en la Biblia personajes femeninos de cierta relevancia, como Judith, (Ruth) Yael o Dalila, pero las hazañas de estas heroínas se basaron en la seducción o en la traición, o en ambas formas de actuación.
Así Judith se basó en su capacidad seductora, es decir, de engaño -capacidad que no se considera precisamente una virtud- para cortarle la cabeza a Holofernes:
“[Judit] se calzó las sandalias, se puso collares, pulseras, anillos, pendientes y todas sus joyas; y se acicaló con esmero para ser capaz de seducir a los hombres que la viesen” .
Y, así, una vez que sedujo a Holofernes, Judit se acostó con él, y luego, aprove-chando que éste yacía dormido a causa del vino,
“avanzó hacia el poste que estaba a la cabecera de Holofernes, tomó su alfanje, se acercó a la cama, lo agarró por la cabellera y dijo:
-Fortaléceme en este momento, Señor, Dios de Israel.
Le dio dos golpes en el cuello con toda su fuerza y le cortó la cabeza” .
Otra mujer, Yael, mata a Sísara a traición:
“Bendita entre las mujeres sea Yael […] Agua le pidió, y le dio leche; en copa preciosa le ofreció nata. Con su izquierda agarró un clavo, con su derecha un martillo de obrero y golpeó a Sísara, le partió la cabeza, lo machacó, le atravesó la sien” .
Y la seducción y la traición son las armas utilizadas por Dalila, a quien los filis-teos habían ofrecido una considerable cantidad de dinero para que les entregase a Sansón, consiguiendo que éste le rebelase el secreto dónde radicaba su fuerza. De acuerdo con esta traición,
“ella durmió a Sansón sobre sus rodillas y llamó a un hombre, que le cortó las siete trenzas de su cabeza”
y mandó que avisaran a los filisteos para que vinieran a detenerle. A continuación, perdida su fuerza, los filisteos le detuvieron, lo dejaron ciego y lo encarcelaron.
l) La continuación de este punto de vista degradante respecto a la mujer aparece, como ya se ha dicho, en Pablo de Tarso, quien considera que
“la cabeza de la mujer es el varón” ,
lo cual implica evidentemente la doctrina de que la mujer es un cuerpo sin cabeza propia. Igualmente, justificando el uso del velo que oculta la cabeza de la mujer, afirma que
“toda mujer que ora o habla en nombre de Dios con la cabeza descubierta, deshonra al marido, que es su cabeza” .
Defiende a continuación la idea de la subordinación y sujeción de la mujer respecto al varón y el uso del velo como símbolo de tal sujeción insistiendo en la idea de que el varón “es imagen y reflejo de la gloria de Dios”, mientras que la mujer sólo es “gloria del varón”:
“el varón no debe cubrirse la cabeza, porque es imagen y reflejo de la gloria de Dios. Pero la mujer es gloria del varón, pues no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón, ni fue creado el varón por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por eso […] debe llevar la mujer sobre su cabeza una señal de sujeción” .
Esta doctrina del velo ha llegado hasta la actualidad, a pesar de que no lo haya hecho hasta el extremo al que ha llegado en el mundo musulmán con el uso del “burka” –con pocos milímetros de diferencia respecto a los uniformes de diversas comunidades de monjas católicas- que cubre la práctica totalidad del cuerpo y del rostro femenino. Pero lo esencial de este asunto es que su fundamento último es el mismo: la consi-deración de la mujer como propiedad del marido.
Esta misma idea vuelve a aparecer no sólo en relación con el uso del velo sino también en relación con la norma por la que el apóstol Pablo proclama que la mujer debe someterse al marido, hasta el punto de que se le prohíbe incluso que hable en público y que, si desea saber algo, no debe preguntarlo durante la asamblea, sino luego al marido y de forma privada:
-“La mujer aprenda en silencio con plena sumisión. No consiento que la mujer enseñe ni domine al marido, sino que ha de estar en silencio. Pues primero fue formado Adán, y después Eva. Y no fue Adán el que se dejó engañar, sino la mujer que, seducida, incurrió en la transgresión” .
-“que las mujeres guarden silencio en las reuniones; no les está, pues, permitido hablar, sino que deben mostrarse recatadas, como manda la ley. Y si quieren aprender algo, que pregunten en casa a sus maridos, pues no es decoroso que la mujer hable en la asamblea” .
Los dirigentes católicos intentaron posteriormente disimular esta doctrina bíblica acerca de cuál debía ser el papel de la mujer enalteciendo la figura de María, aunque su opinión acerca de la mujer fue siempre, de manera más o menos explícita, denigrante hasta llegar a considerarla como un simple objeto de compra-venta, creado para vivir sometida al varón.
m) En los últimos años, José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, ha defendido descaradamente una perspectiva similar acerca de la mujer –aunque algo más disimulada- cuando en su patológico escrito Camino, dirigido casi en exclusiva a los varones y a lo “viril”, lo contrapone a lo femenino, que es considerado como inferior en muy diversos aspectos. En este sentido, por ejemplo, escribe:
“Si queréis entregaros a Dios en el mundo, antes que sabios -ellas no hace falta que sean sabias: basta que sean discretas- habéis de ser espirituales” .
Es decir, el varón todavía puede aspirar a ser sabio, pero respecto a las mujeres “basta que sean discretas”.
¿Qué motivos podría tener el señor Escrivá para tal discriminación? Parece que los mismos que le sirvieron a Pablo de Tarso: Ningún otro que prejuicios simplemente irracionales y absurdos, heredados de la mentalidad machista, dominante a lo largo de toda la Biblia.
En definitiva, la importancia de esta doctrina, contraria a la igualdad entre mujer y varón, pone más en evidencia el carácter simplemente “humano, demasiado humano” –y no divino- del conjunto de las doctrinas defendidas en las de los dirigentes de los dirigentes católicos.
La valoración tan degradante de la mujer no sólo se ha dado en una gran parte de las religiones del pasado sino que sigue dándose en la actualidad, y no sólo en cues-tiones religiosas sino también en cuestiones políticas y sociales, aunque en los últimos años se han producido avances importantes. Sin embargo, los dirigentes católicos, como también sucede en el terreno científico, todavía no han sido capaces de asumir estos avances en el interior de su organización. No obstante, en cuanto la ausencia de la mujer en cargos más importantes, accediendo al sacerdocio, al episcopado y al papado, puedan tener efectos negativos en los intereses económicos y políticos de la organización católica, es probable que en un corto plazo de tiempo, en cuanto comprendan esta situación y en cuanto las propias mujeres pertenecientes a esa organización religiosa presionen adecuadamente, se produzca el cambio consiguiente en la estrategia de los dirigentes católicos, tal como en estos momentos se está produciendo en la Iglesia Anglicana, sobre todo a partir del momento en que las “vocaciones” sacerdotales flojeen hasta el punto de que la situación repercuta negativamente en la buena marcha del negocio religioso.
Conviene tener en cuenta en este sentido que la revolución política y social por lo que se refiere a los derechos de la mujer en Occidente comenzó a realizarse hace poco más de cien años, así que, teniendo en cuenta que los dirigentes católicos llevan en casi todos los terrenos un desfase de muchos siglos y que no pueden desviarse alegremente de las “sagradas” doctrinas de la Biblia, es “lógico” (?) que tengan sus prevenciones a la hora de aceptar la igualdad entre la mujer y el varón, pues, como para los dirigentes católicos la Biblia es la “palabra de Dios”, teóricamente infalible, renunciar a ella equivaldría a tratar a su Dios como a un mentiroso o a aceptar que los escritos bíblicos sólo tienen carácter humano y no divino, y tal cambio no sería especialmente favorable para su negocio.
según
LA “PALABRA DEL DIOS CRISTIANO”
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
De acuerdo con la “¡palabra de Dios!”, al menos la del Dios judío y cristiano de la Biblia, según se muestra a continuación, la mujer es un simple objeto, que se rapta, se toma, se compra, o se vende o se deja con el mayor desprecio imaginable, proclamando que “por la mujer comenzó el pecado” , que “por culpa de ella morimos todos” , que es “la maldad”, que “es más amarga que la muerte”, que “la cabeza de la mujer es el varón” y que “la mujer debe llevar […] sobre su cabeza una señal de sujeción”, en cuanto debe estar subordinada al varón.
Los dirigentes cristianos y los católicos en particular juzgan que la Biblia es la “palabra de Dios”, de manera que esta “palabra” es la que debe servirles de guía a la hora de establecer sus valores morales y de todo tipo. Pero sucede que, como en la Biblia hay en muchas doctrinas que se afirman en unos pasajes para ser negadas en otros, los dirigentes católicos procuran silenciar o sacar a la luz aquellas doctrinas que les resultan más convenientes según las circunstancias del momento. En este sentido, por ejemplo, cuando se está hablando de lo denigrante que es para la mujer el uso del “burka”, que oculta por completo su cuerpo y su rostro, lo cual es un modo de anular su personalidad, procuran silenciar que esto mismo era lo que predicaba su “apóstol de los gentiles”, Pablo de Tarso, diciendo que la mujer debía llevar sobre su cabeza un velo como una señal de sujeción al varón. Las palabras de Pablo de Tarso son parte de la Biblia, y, por eso, son tan “palabra de Dios” como las del resto de la Biblia. En consecuencia, los dirigentes católicos tratarán de aplicar esas doctrinas cuando y en la medida que lo crean conveniente para sus intereses. De hecho, hasta no hace muchos años, los curas -los dueños de “las casas de Dios”-, prohibían que mujeres o niñas entrasen en la iglesia sin llevar la cabeza cubierta con un velo; su tamaño era lo que podía variar, según los tiempos fueran más o menos propicios para exigir que fueran mayores o menores. Y, si en estos momentos los dirigentes católicos callan ante el hecho de que las mujeres entren en la iglesia sin velo, es sólo por el temor a seguir perdiendo clientela y poder, y no porque hayan evolucionado desde su machismo primitivo hasta el reconocimiento de la igualdad entre la mujer y el varón.
La visión denigrante de la mujer que los dirigentes católicos aceptan -o deben aceptar- en la medida en que juzgan que la Biblia es la “palabra de su Dios”, tal como se muestra a continuación, tiene las siguientes características:
-la mujer es la encarnación de la maldad y es, además, “más amarga que la muerte”;
-los varones son “hijos de Dios”, mientras que las mujeres sólo son “hijas de los hombres”;
-la mujer es una simple cosa;
-no existe un noveno mandamiento relacionado con la mujer de manera exclu-siva, sino sólo un noveno –y último- relacionado con la casa, la mujer, los animales y los demás objetos, es decir, un noveno mandamiento en el que la mujer es colocada al mismo nivel que al resto de “propiedades codiciables”;
-la mujer es objeto de compra;
-la mujer es propiedad del marido;
-el marido puede tener varias mujeres y concubinas, pero la mujer no tiene apenas derechos.
-el marido puede repudiar a la mujer, pero la mujer no puede repudiar al marido.
-la mujer puede ser tomada o raptada con absoluta normalidad;
-es preferible la violación de las propias hijas antes que la ofensa a un invitado.
-la mujer apenas tiene valor; casi todo el protagonismo lo tiene el varón.
-la misma figura de María, la madre de Jesús, es ninguneada o despreciada por Jesús, quien, además, tampoco nombró a ninguna mujer como apóstol.
-el valor de unas pocas mujeres que se ensalzan en la Biblia, como Judith, Yael o Dalila, se basa en su capacidad de seducción o de traición.
-la mujer es un cuerpo sin cabeza, ya que su cabeza es el marido, y, por ello, la mujer debe someterse a él y llevar la cabeza cubierta en señal de sujeción.
Veamos a continuación de forma detallada cada uno de estos aspectos degra-dantes para la mujer:
a) En primer lugar, en la Biblia se dice que la mujer es la encarnación de la maldad, y “más amarga que la muerte”:
“El hombre que hablaba conmigo se adelantó y me dijo:
-Levanta tu vista y mira lo que aparece ahora.
Pregunté:
-¿Qué es?
Me respondió:
-Una cuba, y representa la maldad de toda esta tierra.
Entonces se levantó la tapa redonda de plomo y vi una mujer sentada dentro de la cuba. El ángel me dijo:
-Es la maldad” .
Igualmente en Eclesiastés, de acuerdo con esta misma valoración despreciativa de la mujer, se dice:
-“He hallado que la mujer es más amarga que la muerte, porque ella es como una red, su corazón como un lazo y sus brazos como cadenas. El que agrada a Dios se libra de ella, mas el pecador cae en su trampa” ,
- “Por más que busqué no encontré; entre mil se puede encontrar un hombre cabal, pero mujer cabal, ni una entre todas” .
Y un planteamiento similar aparece en Eclesiástico, otro libro de la Biblia, en el que se equiparan mujer y pecador:
-“Toda maldad es poca junto a la de la mujer; ¡caiga sobre ella la suerte del pecador!” ,
-“Por la mujer comenzó el pecado, por culpa de ella morimos todos”
-“Vale más maldad de hombre que bondad de mujer”
Resulta asombroso que unos libros que se consideran inspirados por Dios lle-guen a decir barbaridades tan incalificables y que el grado de adoctrinamiento recibido por muchos de los llamados cristianos –y especialmente cristianas- sea tan intenso y alienante que prefieran ignorar textos como éstos antes que aceptar que sus dirigentes religiosos simplemente son unos embaucadores sin escrúpulo.
b) La actitud degradante hacia la mujer se muestra igualmente de un modo a la vez ingenuo y ridículo cuando en Génesis se habla de los varones como “hijos de Dios” y de las mujeres como “hijas de los hombres”, a la vez que se deja claro que la mujer tiene el valor de una simple cosa, en cuanto se toma o se compra por parte del varón, de manera que ella no tiene por qué gozar de libertad para decidir sobre su propia vida:
“Cuando los hombres empezaron a multiplicarse en la tierra y les nacieron hijas, los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas y tomaron para sí como mujeres las que más les gustaron” .
c) De acuerdo con esta forma de cosificación de la mujer, Jacob compró a Raquel a su tío Labán a cambio de trabajar siete años para él , pero éste le engañó y
“por la noche […] tomó a su hija Lía y se la trajo a Jacob, y Jacob se unió a ella” .
Pero, como a Jacob le gustaba Raquel, se la volvió a pedir a su tío y éste le dijo:
“-…Termina la semana de bodas con ésta, y te daré también a la otra a cambio de otros siete años de servicio.
Así lo hizo Jacob; terminó la semana con la primera, y después Labán le dio por mujer también a su hija Raquel […] Jacob se unió también a Raquel y la amó más que a Lía; y estuvo al servicio de su tío otros siete años” .
Tiene interés observar cómo en este pasaje se muestra:
1) En primer lugar, la cosificación de la mujer, cuya voluntad no cuenta en absoluto a la hora de tomar la decisión sobre a quién se vende;
2) en segundo lugar, la ausencia de contrato matrimonial, pues, como la mujer es una simple posesión de su padre, el contrato no se hace con ella sino con su futuro propietario que es quien la compra a cambio de dinero o de otra cosa, como, en este caso, el tiempo de trabajo que Jacob acuerda con su tío; y
3) la poligamia como costumbre absolutamente normal, de acuerdo con la cual, Jacob puede solicitar una nueva mujer como quien compra otra vaca, pues el hecho de poseer una no es ningún inconveniente para que pueda comprar más, si tiene algo que pueda interesar al vendedor. Esta costumbre de la poligamia entre los judíos llega a extremos realmente notorios en Salomón, quien, en cuanto la Biblia sea “palabra de Dios” y no engañe, como consecuencia de su riqueza pudo permitirse el capricho de comprar setecientas esposas y trescientas concubinas , al margen de que por la influencia negativa (?) que estas mujeres extranjeras ejercieron sobre él, al inducirle a adorar a otros dioses, dice la Biblia que Salomón
“no fue tan fiel [a Dios] como su padre David” ,
pero no porque se hubiese casado con todas esas mujeres sino porque
“cuando se hizo viejo [éstas esposas y concubinas] desviaron hacia otros dioses su corazón, que ya no perteneció al Señor” .
Igualmente, Abías
“tuvo catorce mujeres, veintidós hijos y dieciséis hijas” .
Y fue el mismo sacerdote Yoyadá quien proporcionó dos esposas a Joás:
“Joás agradó con su conducta al Señor mientras vivió el sacerdote Yoyadá, quien le proporcionó dos esposas de las que Joás tuvo hijos e hijas” .
Esta última referencia tiene el interés de poner de manifiesto nuevamente que la poligamia no es vista de manera negativa por sí misma, ya que es un sacerdote quien le proporciona dos esposas a Joás, sino sólo en cuanto se realice con mujeres extranjeras que pueden introducir sus dioses y pervertir al judío alejándolo de su Dios, lo cual equivale a decir que a los sacerdotes lo que les molesta no es la poligamia sino la competencia que las otras religiones pueden suponer para su propio negocio.
En definitiva, a lo largo de sus diversos libros lo que predomina en la Biblia de forma constante es esta valoración negativa de la mujer, considerada como un simple objeto de comprar, vender, usar y tirar.
d) De hecho y en este sentido tiene especial interés el que, a pesar de que el clero católico siga hablando del “decálogo” o de los diez mandamientos de Moisés, cual-quiera que sepa leer puede comprobar que en la Biblia sólo aparecen ¡nueve manda-mientos!, es decir, que un “eneálogo” y no un “decálogo”, siendo el noveno y último:
“No codiciarás la casa de tu prójimo, ni su mujer, ni su siervo, ni su buey, ni su asno, ni nada de lo que le pertenezca” ,
de manera que el mandamiento que actualmente se enumera como el noveno y penúltimo, “no desearás la mujer de tu prójimo”, en la Biblia aparece sólo como una parte del noveno y último, que los dirigentes cristianos dividieron en dos a fin de enmascarar el hecho evidente de que a la mujer se la trata en la Biblia y en ese mismo pasaje relacionado con las tablas de Moisés, como una pertenencia o cosa o a un animal –un buey, un asno-.
e) Como ya se ha dicho, hay ocasiones en que ni siquiera hay contrato matrimonial entre hombre y mujer, sino sólo un contrato de compra, o un simple rapto, como sucede cuando los ancianos de la comunidad proponen que los benjaminitas rapten mujeres, pues no tenían y la tribu estaba a punto de desaparecer: En un primer momento la comunidad israelita envía tropas contra Yabés Galaad, cuyos habitantes también eran judíos, pero no habían subido a la asamblea del Señor. Y, como los israelitas habían “jurado solemnemente que quien no subiese a Mispá ante el Señor sería castigado con la muerte” (Jueces, 21:5), pasaron a cuchillo a todos sus habitantes menos a las muchachas vírgenes y se las dieron a los benjaminitas (Jueces, 21:10-23). A continuación los mismos benjaminitas, aconsejados por el resto de Israel, raptaron más mujeres en Silón para quienes no tenían todavía, pues la tribu estaba a punto de desaparecer:
“Entonces la asamblea [de Israel] envió doce mil hombres de los más valientes, con esta orden: -Id y pasad a cuchillo a todos los habitantes de Yabés Galaad, incluidas mujeres y niños. Consagraréis al exterminio a todos los varones y a todas las mujeres casadas, pero dejaréis con vida a las vírgenes.
Así lo hicieron. Entre los habitantes de Galaad encontraron cuatrocientas vírgenes que no habían tenido relaciones con ningún hombre y las trajeron al campamento de Siló, en la tierra de Canaán. Luego, la asamblea envió mensajeros a los benjaminitas […] para ofrecerles la paz. Los benjaminitas volvieron, y ellos les dieron las mujeres supervivientes de Yabés Galaad, pero no había bastantes para todos.
[…] Los ancianos de la comunidad se preguntaban:
-Las mujeres de la tribu de Benjamín han sido exterminadas. ¿Qué haremos para procurar mujeres a los que aún no las tienen? […]
Entonces decidieron esto:
-Está cerca la fiesta del Señor que se celebra todos los años en Siló […].
Y dieron este recado a los de Benjamín:
-Id y escondeos entre las viñas. Os quedáis observando, y cuando veáis que las jóvenes de Siló salen a bailar, salís de las viñas, os lleváis cada uno una muchacha de Siló y os volvéis a vuestra tierra […].
Los de Benjamín lo hicieron así y tomaron de entre las que bailaban aquellas que necesitaban; después volvieron cada uno a su heredad, recons-truyeron las ciudades y se establecieron en ellas”.
f) Otro ejemplo más de este desprecio tan absoluto a la mujer es el hecho de que, ante la opción de consentir o no la ofensa a un invitado, se opte por ofrecer a las propias hijas para ser violadas Así sucede en Génesis, 19: 6-8, donde Lot, para proteger a unos extranjeros que tenía alojados en su casa, dice a quienes querían violarlos:
“-Hermanos míos, os suplico que no cometáis tal maldad. Tengo dos hijas que no se han acostado con ningún hombre; os las voy a sacar fuera y haced con ellas lo que queráis, pero no hagáis nada a estos hombres que se han cobijado bajo mi techo” .
Algo muy similar se narra en Jueces, donde, como en el caso anterior, la violación de mujeres no tiene mayor importancia en relación con la ofensa a un invitado. En este sentido se dice en defensa de un invitado:
“-No, hermanos míos, no hagáis, semejante crimen, por favor. Es mi huésped y os pido que no hagáis tal infamia. Aquí está mi hija, que es virgen; os la sacaré para que abuséis de ella y hagáis con ella lo que os plazca; pero no cometáis con este hombre semejante infamia” .
g) Igualmente en las referencias genealógicas de cualquier personaje sólo cuenta la línea paterna y para nada la materna, hasta el punto de que para demostrar la filiación divina de Jesús el evangelio atribuido a Lucas se remonta ¡por la línea genealógica de José! hasta Adán, incurriendo en la contradicción de afirmar la paternidad de José respecto a Jesús porque en ese momento interesa demostrar que Jesús era Hijo de Dios, pero negando tal paternidad cuando le interesa afirmar que María era “virgen” y que concibió por obra del Espíritu Santo y no por sus relaciones sexuales con José.
h) Otra expresión del desprecio más absoluto hacia la mujer queda de manifiesto al comparar su papel social con el del hombre, a quien se le da un protagonismo casi absoluto que se muestra, por ejemplo, cuando al hablar de Dios se dice que es “Padre” y no “Madre”, “Hijo” y no “Hija”, y “Espíritu Santo”, teórico padre de Jesús; Dios creó a Adán como rey de la creación, y, a Eva para que Adán tuviera una compañera; la mujer -Eva- fue quien introdujo el pecado en el mundo y, por ello, entre otros castigos, Dios condenó a la humanidad a tener que morir, y a la mujer a ser dominada por el varón , lo cual es una forma de justificar “religiosamente” las diversas formas de machismo; los hijos de Adán y Eva cuyos nombres se mencionan en la Biblia sólo son los de Caín, Abel y Seth, de manera que no se menciona para nada los de las hijas a las que debieron de unirse Caín y Seth para tener descendencia; los personajes femeninos de la Biblia casi siempre tienen un papel secundario.
Por otra parte, todos los nombres de los ángeles son nombres de varón: Miguel, Rafael, Gabriel. El propio “Príncipe de las Tinieblas” se muestra como varón: Satán, Lucifer o Luzbel. Y casi todos los nombres relevantes de la Biblia son de varón, como Adán, Caín, Abel, Seth, Noé, Sem, Cam, Jafet, Abraham, Isaac, Esaú, Jacob, los hijos de Jacob: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón, José y Benjamín (y sólo al final una hija llamada Dina, a la que se menciona en muchas menos ocasiones que a sus hermanos); Moisés, Aarón, Josué, Saúl, David, Salomón, Roboam, Gedeón, Sansón, Elí, Samuel, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, Job, Pedro, Santiago, Juan, Tomás, Bartolomé, Judas, Mateo, Matías, Marcos, Lucas, Pablo, y apenas alguno de mujer, que casi siempre juega un papel secundario o anecdótico.
Con ocasión del famoso “diluvio universal”, ni siquiera se menciona el nombre de la mujer ni de las hijas de Noé, que fueron quienes se debieron de salvar, junto con el propio Noé y sus hijos Sem, Cam y Jafet para que la humanidad volviese a multipli-carse, lo cual demuestra evidentemente la escasísima importancia que se concede a la mujer, a pesar de que sin ella la continuidad de la especie habría sido un milagro especialmente digno de reseñar.
Resulta igualmente curioso y significativo –aunque más anecdótico- que en el Antiguo Testamento la mujer quede ninguneada hasta el punto de que, cuando se enumera la lista de los hijos de cualquier personaje, casi todos los nombres sean de varón y apenas alguno de mujer, como si no hubieran nacido o como una muestra de la consideración tan anecdótica de su existencia que fuera irrelevante incluso mencionarla. Esto sucede por lo que se refiere a los hijos de Adán y Eva, de Noé, Sem, Cam, Jafet, Abraham, Ismael, Isaac, Esaú, Jacob, y a la práctica totalidad de las largas líneas genealógicas que aparecen en la Biblia, donde o bien no se nombra la existencia de las hijas de estos personajes o bien sólo se dice que “también tuvieron hijas”, pero sin nombrarlas o incluso hablando de un número de hijas muy sospechosamente inferior respecto al de hijos.
i) La misma figura de María tiene un papel insignificante en la Biblia, como puede constatarse en el evangelio falsamente atribuido a Marcos, en donde el propio Jesús llega a tratarla de modo despectivo cuando, en el momento en que ésta y sus otros hijos fueron a buscarlo, sus discípulos le avisaron diciéndole:
“¡Oye! Tu madre y tus hermanos y hermanas están fuera y te buscan”,
y Jesús les respondió:
“ “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”. Y mirando después a los que estaban sentados alrededor, añadió: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” ” .
Esta baja consideración de la mujer, referida a María en este caso, se muestra igualmente cuando se califica a Jesús como “hombre” por ser hijo de María y sólo como “Hijo de Dios” -según el evangelio falsamente atribuido a Lucas- a partir de la enumeración de la genealogía paterna de Jesús por ser hijo de José, cuyo linaje se remontaría hasta Adán, el cual es considerado “hijo de Dios” por haber sido creado por él , y, a pesar de que el escritor de este evangelio hubiera escrito antes que el auténtico padre de Jesús no fue José sino el “Espíritu Santo” , parece que al escritor de este evangelio no se le ocurrió la idea de que ese “Espíritu Santo” fuera también Dios y, por ello, no pudo argumentar que Jesús era hijo de Dios porque el “Espíritu Santo” también era Dios, tal como proclamaron posteriormente los dirigentes cristianos en el concilio de Constantinopla, en el año 381.
j) Igualmente, otra forma de ignorar a la mujer puede verse en cierto modo en la actitud de Jesús, según los evangelios, al haber elegido a doce apóstoles, sin que ninguno de ellos fuera mujer. A la crítica de que aquellos tiempos no eran los más adecuados para la elección de una mujer como apóstol, se podría replicar que si Jesús era “Hijo de Dios”, por lo mismo que defendió una nueva forma de moral igualmente hubiera podido predicar la igualdad entre los seres humanos, pues precisamente el hecho de que no nombrase como apóstol a una mujer ha sido utilizado por algunos obispos como argumento especialmente agudo y profundo (?) para rechazar que la mujer pudiera acceder al sacerdocio, diciendo que, si Jesús hubiera querido que las mujeres accedieran a tales cargos, habría elegido a alguna de ellas como apóstol. Se trata de un argumento absurdo, pero es el que utilizó el arzobispo de Málaga en una entrevista en la CNN+ (27/03/02) para negar a la mujer el acceso al sacerdocio. Siendo coherentes con un argumento tan contundente (?) resulta extraño que la Jerarquía Católica haya consentido que a lo largo de los tiempos quienes no eran judíos ni de raza blanca hayan podido ser ordenados sacerdotes, pues todos los apóstoles eran judíos y de raza blanca.
La pobreza de tal argumento resulta tan evidente que ni siquiera merece una crítica. Es cierto que la sociedad del pueblo judío era fuertemente machista y es muy posible que Jesús no eligiese a ninguna mujer entre sus apóstoles por influjo de aquel lastre y de aquel ambiente machista de la sociedad judía. Pero, por ello mismo, la actitud de Jesús sólo habría demostrado que él mismo no estaba preparado para asumir que la mujer tenía en esencia las mismas capacidades que el varón para ejercer las mismas tareas que éste. Pero, en cualquier caso, el hecho de que en la práctica fuera un seguidor del machismo judío tradicional muestra simplemente que Jesús habría sido una persona como cualquier otra, con los mismos prejuicios, y no un Dios como el que presenta el cristianismo más avanzado.
Por otra parte, en cuanto tal argumentación relacionada con el nombramiento de apóstoles varones habría sido absurda, hay que volver a Pablo de Tarso para compren-der que fueron especialmente sus prejuicios acerca de la mujer, expresados en diversas epístolas, lo que contribuyó de manera especial a dar a la mujer un papel totalmente secundario en la estructura organizativa de los dirigentes católicos, que estuvieron inicialmente muy condicionados por las ideas del llamado “apóstol de los gentiles”.
k) Hay alguna ocasión en que aparecen en la Biblia personajes femeninos de cierta relevancia, como Judith, (Ruth) Yael o Dalila, pero las hazañas de estas heroínas se basaron en la seducción o en la traición, o en ambas formas de actuación.
Así Judith se basó en su capacidad seductora, es decir, de engaño -capacidad que no se considera precisamente una virtud- para cortarle la cabeza a Holofernes:
“[Judit] se calzó las sandalias, se puso collares, pulseras, anillos, pendientes y todas sus joyas; y se acicaló con esmero para ser capaz de seducir a los hombres que la viesen” .
Y, así, una vez que sedujo a Holofernes, Judit se acostó con él, y luego, aprove-chando que éste yacía dormido a causa del vino,
“avanzó hacia el poste que estaba a la cabecera de Holofernes, tomó su alfanje, se acercó a la cama, lo agarró por la cabellera y dijo:
-Fortaléceme en este momento, Señor, Dios de Israel.
Le dio dos golpes en el cuello con toda su fuerza y le cortó la cabeza” .
Otra mujer, Yael, mata a Sísara a traición:
“Bendita entre las mujeres sea Yael […] Agua le pidió, y le dio leche; en copa preciosa le ofreció nata. Con su izquierda agarró un clavo, con su derecha un martillo de obrero y golpeó a Sísara, le partió la cabeza, lo machacó, le atravesó la sien” .
Y la seducción y la traición son las armas utilizadas por Dalila, a quien los filis-teos habían ofrecido una considerable cantidad de dinero para que les entregase a Sansón, consiguiendo que éste le rebelase el secreto dónde radicaba su fuerza. De acuerdo con esta traición,
“ella durmió a Sansón sobre sus rodillas y llamó a un hombre, que le cortó las siete trenzas de su cabeza”
y mandó que avisaran a los filisteos para que vinieran a detenerle. A continuación, perdida su fuerza, los filisteos le detuvieron, lo dejaron ciego y lo encarcelaron.
l) La continuación de este punto de vista degradante respecto a la mujer aparece, como ya se ha dicho, en Pablo de Tarso, quien considera que
“la cabeza de la mujer es el varón” ,
lo cual implica evidentemente la doctrina de que la mujer es un cuerpo sin cabeza propia. Igualmente, justificando el uso del velo que oculta la cabeza de la mujer, afirma que
“toda mujer que ora o habla en nombre de Dios con la cabeza descubierta, deshonra al marido, que es su cabeza” .
Defiende a continuación la idea de la subordinación y sujeción de la mujer respecto al varón y el uso del velo como símbolo de tal sujeción insistiendo en la idea de que el varón “es imagen y reflejo de la gloria de Dios”, mientras que la mujer sólo es “gloria del varón”:
“el varón no debe cubrirse la cabeza, porque es imagen y reflejo de la gloria de Dios. Pero la mujer es gloria del varón, pues no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón, ni fue creado el varón por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por eso […] debe llevar la mujer sobre su cabeza una señal de sujeción” .
Esta doctrina del velo ha llegado hasta la actualidad, a pesar de que no lo haya hecho hasta el extremo al que ha llegado en el mundo musulmán con el uso del “burka” –con pocos milímetros de diferencia respecto a los uniformes de diversas comunidades de monjas católicas- que cubre la práctica totalidad del cuerpo y del rostro femenino. Pero lo esencial de este asunto es que su fundamento último es el mismo: la consi-deración de la mujer como propiedad del marido.
Esta misma idea vuelve a aparecer no sólo en relación con el uso del velo sino también en relación con la norma por la que el apóstol Pablo proclama que la mujer debe someterse al marido, hasta el punto de que se le prohíbe incluso que hable en público y que, si desea saber algo, no debe preguntarlo durante la asamblea, sino luego al marido y de forma privada:
-“La mujer aprenda en silencio con plena sumisión. No consiento que la mujer enseñe ni domine al marido, sino que ha de estar en silencio. Pues primero fue formado Adán, y después Eva. Y no fue Adán el que se dejó engañar, sino la mujer que, seducida, incurrió en la transgresión” .
-“que las mujeres guarden silencio en las reuniones; no les está, pues, permitido hablar, sino que deben mostrarse recatadas, como manda la ley. Y si quieren aprender algo, que pregunten en casa a sus maridos, pues no es decoroso que la mujer hable en la asamblea” .
Los dirigentes católicos intentaron posteriormente disimular esta doctrina bíblica acerca de cuál debía ser el papel de la mujer enalteciendo la figura de María, aunque su opinión acerca de la mujer fue siempre, de manera más o menos explícita, denigrante hasta llegar a considerarla como un simple objeto de compra-venta, creado para vivir sometida al varón.
m) En los últimos años, José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, ha defendido descaradamente una perspectiva similar acerca de la mujer –aunque algo más disimulada- cuando en su patológico escrito Camino, dirigido casi en exclusiva a los varones y a lo “viril”, lo contrapone a lo femenino, que es considerado como inferior en muy diversos aspectos. En este sentido, por ejemplo, escribe:
“Si queréis entregaros a Dios en el mundo, antes que sabios -ellas no hace falta que sean sabias: basta que sean discretas- habéis de ser espirituales” .
Es decir, el varón todavía puede aspirar a ser sabio, pero respecto a las mujeres “basta que sean discretas”.
¿Qué motivos podría tener el señor Escrivá para tal discriminación? Parece que los mismos que le sirvieron a Pablo de Tarso: Ningún otro que prejuicios simplemente irracionales y absurdos, heredados de la mentalidad machista, dominante a lo largo de toda la Biblia.
En definitiva, la importancia de esta doctrina, contraria a la igualdad entre mujer y varón, pone más en evidencia el carácter simplemente “humano, demasiado humano” –y no divino- del conjunto de las doctrinas defendidas en las de los dirigentes de los dirigentes católicos.
La valoración tan degradante de la mujer no sólo se ha dado en una gran parte de las religiones del pasado sino que sigue dándose en la actualidad, y no sólo en cues-tiones religiosas sino también en cuestiones políticas y sociales, aunque en los últimos años se han producido avances importantes. Sin embargo, los dirigentes católicos, como también sucede en el terreno científico, todavía no han sido capaces de asumir estos avances en el interior de su organización. No obstante, en cuanto la ausencia de la mujer en cargos más importantes, accediendo al sacerdocio, al episcopado y al papado, puedan tener efectos negativos en los intereses económicos y políticos de la organización católica, es probable que en un corto plazo de tiempo, en cuanto comprendan esta situación y en cuanto las propias mujeres pertenecientes a esa organización religiosa presionen adecuadamente, se produzca el cambio consiguiente en la estrategia de los dirigentes católicos, tal como en estos momentos se está produciendo en la Iglesia Anglicana, sobre todo a partir del momento en que las “vocaciones” sacerdotales flojeen hasta el punto de que la situación repercuta negativamente en la buena marcha del negocio religioso.
Conviene tener en cuenta en este sentido que la revolución política y social por lo que se refiere a los derechos de la mujer en Occidente comenzó a realizarse hace poco más de cien años, así que, teniendo en cuenta que los dirigentes católicos llevan en casi todos los terrenos un desfase de muchos siglos y que no pueden desviarse alegremente de las “sagradas” doctrinas de la Biblia, es “lógico” (?) que tengan sus prevenciones a la hora de aceptar la igualdad entre la mujer y el varón, pues, como para los dirigentes católicos la Biblia es la “palabra de Dios”, teóricamente infalible, renunciar a ella equivaldría a tratar a su Dios como a un mentiroso o a aceptar que los escritos bíblicos sólo tienen carácter humano y no divino, y tal cambio no sería especialmente favorable para su negocio.
miércoles, 26 de enero de 2011
Familias cristianas a la carta
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
En los últimos años al jefe de la organización católica le ha dado por hacer congresos en defensa de “la familia cristina”. Al menos eso es lo que suelen decir sus cómplices, de puertas para afuera. Pero en realidad tales congresos no son para defender “la familia cristiana”, pues nadie la ha atacado para que tenga que defenderla. Parece evidente que lo que en realidad pretende este señor y sus cómplices es, por el contrario, atacar el derecho de los demás a vivir de acuerdo con su libertad para establecer otras modalidades de familia.
¿Realmente les importa mucho o poco al papa y a sus compinches que la gente viva como mejor le plazca? En realidad parece que no. Entonces, ¿por qué ataca la libertad de los demás para vivir como deseen? Pues por la sencilla razón de que las diversas “normas morales” de los dirigentes católicos – normas en las que ni ellos mismos creen ni por supuesto practican- les sirven como armas arrojadizas para lanzarlas contra los gobiernos que pretenden liberarse de su poder, de su control y de su chantaje económico. Y esto es lo que en estos momentos están haciendo en contra el gobierno del PSOE en España, pues una forma de contribuir a su desgaste político es precisamente presentarse hipócritamente como “defensores” de1a familia cristiana, como dando a entender que el gobierno socialista la esté atacando por el simple hecho de que respete la libertad de las personas para establecer vínculos de convivencia según las diversas maneras por las que quiera optar, sin aceptar que “la familia cristiana” deba ser la única que tenga derecho a ser considerada como “familia”.
Pero lo más interesante del caso es que, si los dirigentes católicos consideran que la Biblia es la palabra de Dios y que su organización debe regirse por dicha palabra, entonces la consecuencia lógica es la existencia de diversas formas de “familia cristina” contradictorias entre sí , y, entre ellas y como más llamativas, por una parte,
a) la que defiende la poligamia,
b) la que defiende la posesión de concubinas,
c) la que defiende el divorcio, y
d) la que establece la subordinación de la mujer al marido;
y, por otra, las correspondientes formas que
a) rechazan la poligamia,
b) rechazan la posesión de concubinas
c) rechazan el divorcio, y
d) rechazan la subordinación de la mujer al varón.
Las primeras formas de familia tienen especialmente en común la consideración de la mujer como un simple objeto de compra-venta, y ello explica que el rey Salomón tuviera 700 esposas y 300 concubinas que pudo comprar gracias a sus inmensas riquezas, explica también que en la Biblia se hiciera referencia a la ley sagrada que permitía el repudio de la mujer por parte del marido –aunque no a la del correspondiente repudio del marido por parte de la mujer-, explica igualmente que el propio Yahvé diera a Israel su acta de divorcio, explica la posesión de concubinas, meros “juguetes sexuales”, por parte de los “venerables” patriarcas de Israel, y explica que Pablo de Tarso y toda la tradición de la organización católica hayan defendido la inferioridad y el sometimiento de la mujer respecto al varón.
Tal consideración explica y justifica que Jacob comprase a Lía a su tío Labán, como primera esposa, y a Raquel como segunda una semana después. Y explica igualmente que Pablo de Tarso, principal artífice del cristianismo, ordenara que la mujer llevase la cabeza cubierta como señal de sujeción al marido y que le prohibiera hablar en las asambleas, pues además, mientras, según la supuesta “palabra de Dios” plasmada en la Biblia, los hombres tenían la importante dignidad de ser “hijos de Dios”, las mujeres sólo eran “hijas de los hombres”.
A continuación puede verse en la propia Biblia la presencia de las características mencionadas de los diversos “matrimonios judíos” y de los “matrimonios católicos”, que en teoría no deberían estar en contradicción entre sí en cuanto tanto unos como otros sean considerados como derivados de las leyes morales de Yahvé, dios judío a la vez que cristiano:
a) La presencia de la poligamia en la Biblia es constante y no sólo como una costumbre sino como una norma que tiene su bendición divina, como puede comprobarse mediante la intervención de Yoyadá, uno de los sacerdotes de Yahvé, “quien le proporcionó [a Joás] dos esposas de las que tuvo hijos e hijas” .
Es muy numerosa la serie de personajes bíblicos especialmente relevantes y venerados, cuyas familias no fueron precisamente monogámicas, sino todo lo contrario.
Así sucede en el caso del patriarca Abraham, que tuvo a Sara como esposa, pero que, a petición de ésta, aceptó también como esposa a su esclava Agar y tuvo a Isaac como fruto de esta nueva relación . Se dice además en la Biblia que Abraham tuvo varias concubinas, es decir, mujeres que no tenían siquiera la categoría de esposas y que sólo eran una posesión del hombre con la finalidad de su satisfacción sexual:
-“Abraham dio todos sus bienes a Isaac. A los hijos de sus concubinas les hizo donaciones, y antes de morir los envió lejos de su hijo Isaac hacia las tierras de oriente” .
Igualmente, se narra en la Biblia que Jacob compró a Raquel a su tío Labán a cambio de trabajar para él durante siete años, aunque éste engañó y, en su lugar…
“…por la noche Labán tomó a su hija Lía y se la trajo a Jacob, y Jacob se unió a ella” .
Pero, como Jacob estaba enamorado de Raquel, se lo dijo a su tío y éste se la ofreció a cambio de trabajar para él otros siete años:
“-…Termina la semana de bodas con ésta, y te daré también a la otra a cambio de otros siete años de servicio.
Así lo hizo Jacob; terminó la semana con la primera, y después Labán le dio por mujer también a su hija Raquel […] Jacob se unió también a Raquel y la amó más que a Lía; y estuvo al servicio de su tío otros siete años” .
Por su parte, Esaú, hermano mayor de Jacob, tuvo al menos cuatro mujeres. En Génesis, 26:34, se habla sólo de Judit y de Besemat, pero poco más adelante se deja de mencionar a Judit y se dice:
-“Esaú tomó sus mujeres de entre las cananeas: Adá, hija del hitita Elón; Olibama, hija de Aná, hijo del reveo Sibeón; Basemat, hija de Ismael y hermana de Nebayot .
Lo mismo se dice de Gedeón, de Roboam, de Abías y de muchos otros personajes bíblicos:
-“Gedeón tuvo setenta hijos, porque fueron muchas sus mujeres. También su concubina, que vivía en Siquem, le dio un hijo al que llamó Abimélec” .
- “Sus mujeres [las de Roboam] fueron dieciocho y sesenta las concubinas .
- “Abías […] tuvo catorce mujeres”
La poligamia era, pues, una costumbre general, como puede verse por otros múltiples ejemplos , pero el record más espectacular en este terreno lo tuvo el rey Salomón, quien
“tuvo setecientas esposas con rango real, y trescientas concubinas” .
A todo esto hay que añadir que la poligamia no fue simplemente una costumbre sino una institución reglamentada por ley, como puede constatarse en Levítico y en Deuteronomio, donde se hace referencia a las diversas leyes por las que debía regirse el pueblo judío. Así, en esto libros, dando por descontada la existencia de la poligamia, lo que se condena son las relaciones sexuales de un hijo con cualquiera de las mujeres de su padre:
-“No ofenderás a tu padre teniendo relaciones sexuales con otra mujer suya” .
-“¡Maldito quien se acueste con una de las mujeres de su padre, porque viola los derechos de su padre!” .
c) Por lo que se refiere al divorcio, su reglamentación, especialmente laxa, aparece en Deuteronomio, donde se dice:
“Si un hombre se casa con una mujer, pero luego encuentra en ella algo indecente y deja de agradarle, le entregará por escrito un acta de divorcio y la echará de casa. Si después de salir de su casa ella se casa con otro, y también el segundo marido deja de amarla, le entrega por escrito el acta de divorcio y la echa de casa” .
Además y al margen de que ésta fuera una costumbre aceptada en el pueblo de Israel, el carácter de ley divina de esa costumbre aparece con una claridad meridiana en la Biblia cuando se dice que el propio Yahvé se divorció de Israel. En este sentido se dice en Jeremías:
“El Señor me dijo en tiempo del rey Josías:
-¿Has visto lo que ha hecho Israel, la apóstata? Ha ido a todos los altozanos y se ha prostituido bajo cualquier árbol frondoso. Yo pensaba: “Después de haber hecho todo esto, volverá a mí”. Pero no ha vuelto. Su hermana, Judá, la pérfida, lo vio: y vio también que yo repudié a Israel, la apóstata, por todos sus adulterios, dándole su acta de divorcio” .
Pero, además, el divorcio no fue sólo una ley a la que uno podía acogerse sino que llegó a ser una exigencia divina por lo que se refiere a los matrimonios con mujeres extranjeras, que debieron ser repudiadas y expulsadas, junto con los hijos habidos con ellas, según se dice en Esdras:
“Entonces Secanías, hijo de Yejiel, […] dijo a Esdras:
-Nosotros hemos traicionado a nuestro Dios casándonos con mujeres extranjeras de las gentes del país. Pero aún le queda a Israel una esperanza. Nos comprometemos solemnemente ante nuestro Dios a echar a todas estas mujeres extranjeras y a los hijos nacidos de ellas […]
Entonces Esdras se levantó e hizo jurar a los jefes de los sacerdotes, de los levitas y de todos los israelitas que procederían según lo dicho” .
Poco después, Esdras, dirigiéndose al pueblo, dijo:
“-Vosotros habéis pecado casándoos con mujeres extranjeras, y con ello habéis aumentado la culpa de Israel. Ahora, pues, glorificad al Señor, Dios de nuestros antepasados y cumplid su voluntad. Separaos de la población del país y de las mujeres extranjeras” .
Conviene señalar, a pesar de su evidencia, el carácter radicalmente machista del matrimonio judío, en el que el varón puede tener varias esposas, pero la mujer no puede tener varios maridos, en el que el varón puede tener las concubinas que le permita su capricho y sus riquezas, en el que el marido tiene derecho a divorciarse, pero ni de lejos se plantea la posibilidad de que sea la mujer quien se divorcie del marido, y en el que en definitiva la mujer es objeto de compra por el marido, mientras que una situación inversa resulta absolutamente impensable.
Fue después, a partir de Pablo de Tarso, cuando los puntos de vista del Antiguo Testamento, defensores de las primeras formas de familia señaladas, fueron sustituidos, por lo menos en parte, por los últimos. Esta sustitución se ha producido claramente respecto a las cuestiones relacionadas con la poligamia y con el concubinato, pero no tan claramente respecto al divorcio y a la igualdad en valor y dignidad entre varón y mujer.
Así, por lo que se refiere al divorcio, los dirigentes católicos lo habían aceptado durante la mayor parte de su historia, hasta que finalmente en el Concilio de Trento, en 1563, llegaron a establecer la doctrina contraria, la que afirmaba el carácter indisoluble del matrimonio. Sin embargo, la hipocresía de los dirigentes católicos se puso claramente de manifiesto al introducir la doctrina de la “nulidad matrimonial”, que no representó otra cosa que una nueva forma de introducir el divorcio, pero dándole un nuevo nombre y convirtiéndolo en una fuente sustancial de ingresos para las arcas de la iglesia católica, al establecer tribunales eclesiásticos y juicios de “nulidad matrimonial” en los que, mediante diversas artimañas jurídico-eclesiásticas, tales tribunales llegan a plantearse de un modo cínico y teatral si en realidad ha habido matrimonio o no, incluso después de una convivencia de años y después de que el matrimonio haya tenido varios hijos. Para la obtención de la nulidad matrimonial –o simplemente el divorcio- lo más importante, según los casos más conocidos de nulidades matrimoniales, es disponer del dinero suficiente para pagar un proceso que puede costar entre 3.000 y 50.000 euros. La probabilidad de conseguir la nulidad matrimonial es del 90 %, poco más o menos, ya que existe toda una serie de disquisiciones que facilitan acogerse a un argumento o a otro para conseguirla, especialmente si se tiene en cuenta que la fuerza de los argumentos suele ser directamente proporcional a la cantidad de dinero con que se los apoye. Una vez obtenida la nulidad matrimonial, los católicos separados podrán casarse de nuevo “por la Iglesia” sin incurrir en “pecado”. En tales casos, la jerarquía católica, en lugar de reconocer su aceptación fáctica del divorcio, lo que proclama es que en realidad no hubo matrimonio. En España es conocido el caso de la princesa Leticia, casada por la Iglesia con el príncipe Felipe, pero divorciada previamente de un anterior matrimonio civil.
Mediante el recurso a la “nulidad matrimonial”, los dirigentes católicos no sólo ha encontrado de hecho una forma de introducir de nuevo el divorcio sino también una nueva manera de diversificar las fuentes de sus ingresos económicos, aprendiendo al tiempo a ser más prudentes en estos asuntos para así evitar situaciones como la producida cuando Enrique VIII de Inglaterra pidió el divorcio y el jefe de los dirigentes católicos se lo negó, lo cual tuvo como consecuencia la secesión de la iglesia de Inglaterra, la correspondiente creación de la Iglesia Anglicana y la consiguiente pérdida económica y de poder político de la Iglesia de Roma.
Por otra parte, la contradicción de los dirigentes católicos no sólo se da entre la doctrina que defienden actualmente y las que se defienden en el Antiguo Testamento y en el propio cristianismo hasta el siglo XVI, sino que además existe otra contradicción interna en las doctrinas actualmente defendidas por esta organización, pues, por una parte, defienden que el matrimonio se produce como consecuencia de un vínculo establecido por el propio Dios, tal como se dice en el evangelio de Marcos , o por una orden de Jesús, según interpreta Pablo de Tarso en su primera carta a los Corintios , pero, por otra, cuando en relación con su doctrina acerca del matrimonio se habla de los sujetos – o ministros- de este compromiso, afirmando que los sujetos del matrimonio son los contrayentes, quienes libremente deciden compartir su vida, de manera que el papel de Dios sería muy secundario y consistente sólo en otorgar su bendición a dicha unión pero no la de establecerla, y, en consecuencia, la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio dejaría de tener un fundamento en las palabras del evangelio de Marcos –“lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”- en cuanto tal unión habría sido el resultado de una decisión de los contrayentes, los cuales en cualquier momento que lo quisieran tendrían derecho a deshacer su vínculo.
Los dirigentes católicos olvidan, cuando les interesa, diversos aspectos de sus principios morales “para adaptarse a los nuevos tiempos”, lo cual en principio no estaría nada mal, pues el progreso es bueno en todos los terrenos. Sin embargo, no parece que tal adaptación a los nuevos tiempos deba tener algún sentido desde la perspectiva de la doctrina católica en cuanto implica una corrección de las leyes morales supuestamente establecidas por Dios, cuyo valor debería considerarse eterno como consecuencia de la propia inmutabilidad divina, pues Dios –en el caso de que existiera- no tendría por qué adaptarse a “los nuevos tiempos”, sino éstos a Dios.
Finalmente, conviene insistir en que todas estas consideraciones, tanto las que se fundamentan en el Antiguo Testamento como las provenientes de doctrinas posteriores del cristianismo, deben ser valoradas de manera absoluta por los dirigentes de la organización católica desde el momento en que la Teología católica considera que Dios es inmutable y que, en consecuencia sus leyes son igualmente inmutable.
Y, por ello, la contradicción entre estas leyes es una clara prueba de su carácter simplemente arbitrario y de que no representan la plasmación de unas normas de origen divino sino que sólo son el resultado del oportunismo de los dirigentes de esta organización, que defienden en cada momento lo que consideran que podrá proporcionarles más poder y más riquezas.
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
En los últimos años al jefe de la organización católica le ha dado por hacer congresos en defensa de “la familia cristina”. Al menos eso es lo que suelen decir sus cómplices, de puertas para afuera. Pero en realidad tales congresos no son para defender “la familia cristiana”, pues nadie la ha atacado para que tenga que defenderla. Parece evidente que lo que en realidad pretende este señor y sus cómplices es, por el contrario, atacar el derecho de los demás a vivir de acuerdo con su libertad para establecer otras modalidades de familia.
¿Realmente les importa mucho o poco al papa y a sus compinches que la gente viva como mejor le plazca? En realidad parece que no. Entonces, ¿por qué ataca la libertad de los demás para vivir como deseen? Pues por la sencilla razón de que las diversas “normas morales” de los dirigentes católicos – normas en las que ni ellos mismos creen ni por supuesto practican- les sirven como armas arrojadizas para lanzarlas contra los gobiernos que pretenden liberarse de su poder, de su control y de su chantaje económico. Y esto es lo que en estos momentos están haciendo en contra el gobierno del PSOE en España, pues una forma de contribuir a su desgaste político es precisamente presentarse hipócritamente como “defensores” de1a familia cristiana, como dando a entender que el gobierno socialista la esté atacando por el simple hecho de que respete la libertad de las personas para establecer vínculos de convivencia según las diversas maneras por las que quiera optar, sin aceptar que “la familia cristiana” deba ser la única que tenga derecho a ser considerada como “familia”.
Pero lo más interesante del caso es que, si los dirigentes católicos consideran que la Biblia es la palabra de Dios y que su organización debe regirse por dicha palabra, entonces la consecuencia lógica es la existencia de diversas formas de “familia cristina” contradictorias entre sí , y, entre ellas y como más llamativas, por una parte,
a) la que defiende la poligamia,
b) la que defiende la posesión de concubinas,
c) la que defiende el divorcio, y
d) la que establece la subordinación de la mujer al marido;
y, por otra, las correspondientes formas que
a) rechazan la poligamia,
b) rechazan la posesión de concubinas
c) rechazan el divorcio, y
d) rechazan la subordinación de la mujer al varón.
Las primeras formas de familia tienen especialmente en común la consideración de la mujer como un simple objeto de compra-venta, y ello explica que el rey Salomón tuviera 700 esposas y 300 concubinas que pudo comprar gracias a sus inmensas riquezas, explica también que en la Biblia se hiciera referencia a la ley sagrada que permitía el repudio de la mujer por parte del marido –aunque no a la del correspondiente repudio del marido por parte de la mujer-, explica igualmente que el propio Yahvé diera a Israel su acta de divorcio, explica la posesión de concubinas, meros “juguetes sexuales”, por parte de los “venerables” patriarcas de Israel, y explica que Pablo de Tarso y toda la tradición de la organización católica hayan defendido la inferioridad y el sometimiento de la mujer respecto al varón.
Tal consideración explica y justifica que Jacob comprase a Lía a su tío Labán, como primera esposa, y a Raquel como segunda una semana después. Y explica igualmente que Pablo de Tarso, principal artífice del cristianismo, ordenara que la mujer llevase la cabeza cubierta como señal de sujeción al marido y que le prohibiera hablar en las asambleas, pues además, mientras, según la supuesta “palabra de Dios” plasmada en la Biblia, los hombres tenían la importante dignidad de ser “hijos de Dios”, las mujeres sólo eran “hijas de los hombres”.
A continuación puede verse en la propia Biblia la presencia de las características mencionadas de los diversos “matrimonios judíos” y de los “matrimonios católicos”, que en teoría no deberían estar en contradicción entre sí en cuanto tanto unos como otros sean considerados como derivados de las leyes morales de Yahvé, dios judío a la vez que cristiano:
a) La presencia de la poligamia en la Biblia es constante y no sólo como una costumbre sino como una norma que tiene su bendición divina, como puede comprobarse mediante la intervención de Yoyadá, uno de los sacerdotes de Yahvé, “quien le proporcionó [a Joás] dos esposas de las que tuvo hijos e hijas” .
Es muy numerosa la serie de personajes bíblicos especialmente relevantes y venerados, cuyas familias no fueron precisamente monogámicas, sino todo lo contrario.
Así sucede en el caso del patriarca Abraham, que tuvo a Sara como esposa, pero que, a petición de ésta, aceptó también como esposa a su esclava Agar y tuvo a Isaac como fruto de esta nueva relación . Se dice además en la Biblia que Abraham tuvo varias concubinas, es decir, mujeres que no tenían siquiera la categoría de esposas y que sólo eran una posesión del hombre con la finalidad de su satisfacción sexual:
-“Abraham dio todos sus bienes a Isaac. A los hijos de sus concubinas les hizo donaciones, y antes de morir los envió lejos de su hijo Isaac hacia las tierras de oriente” .
Igualmente, se narra en la Biblia que Jacob compró a Raquel a su tío Labán a cambio de trabajar para él durante siete años, aunque éste engañó y, en su lugar…
“…por la noche Labán tomó a su hija Lía y se la trajo a Jacob, y Jacob se unió a ella” .
Pero, como Jacob estaba enamorado de Raquel, se lo dijo a su tío y éste se la ofreció a cambio de trabajar para él otros siete años:
“-…Termina la semana de bodas con ésta, y te daré también a la otra a cambio de otros siete años de servicio.
Así lo hizo Jacob; terminó la semana con la primera, y después Labán le dio por mujer también a su hija Raquel […] Jacob se unió también a Raquel y la amó más que a Lía; y estuvo al servicio de su tío otros siete años” .
Por su parte, Esaú, hermano mayor de Jacob, tuvo al menos cuatro mujeres. En Génesis, 26:34, se habla sólo de Judit y de Besemat, pero poco más adelante se deja de mencionar a Judit y se dice:
-“Esaú tomó sus mujeres de entre las cananeas: Adá, hija del hitita Elón; Olibama, hija de Aná, hijo del reveo Sibeón; Basemat, hija de Ismael y hermana de Nebayot .
Lo mismo se dice de Gedeón, de Roboam, de Abías y de muchos otros personajes bíblicos:
-“Gedeón tuvo setenta hijos, porque fueron muchas sus mujeres. También su concubina, que vivía en Siquem, le dio un hijo al que llamó Abimélec” .
- “Sus mujeres [las de Roboam] fueron dieciocho y sesenta las concubinas .
- “Abías […] tuvo catorce mujeres”
La poligamia era, pues, una costumbre general, como puede verse por otros múltiples ejemplos , pero el record más espectacular en este terreno lo tuvo el rey Salomón, quien
“tuvo setecientas esposas con rango real, y trescientas concubinas” .
A todo esto hay que añadir que la poligamia no fue simplemente una costumbre sino una institución reglamentada por ley, como puede constatarse en Levítico y en Deuteronomio, donde se hace referencia a las diversas leyes por las que debía regirse el pueblo judío. Así, en esto libros, dando por descontada la existencia de la poligamia, lo que se condena son las relaciones sexuales de un hijo con cualquiera de las mujeres de su padre:
-“No ofenderás a tu padre teniendo relaciones sexuales con otra mujer suya” .
-“¡Maldito quien se acueste con una de las mujeres de su padre, porque viola los derechos de su padre!” .
c) Por lo que se refiere al divorcio, su reglamentación, especialmente laxa, aparece en Deuteronomio, donde se dice:
“Si un hombre se casa con una mujer, pero luego encuentra en ella algo indecente y deja de agradarle, le entregará por escrito un acta de divorcio y la echará de casa. Si después de salir de su casa ella se casa con otro, y también el segundo marido deja de amarla, le entrega por escrito el acta de divorcio y la echa de casa” .
Además y al margen de que ésta fuera una costumbre aceptada en el pueblo de Israel, el carácter de ley divina de esa costumbre aparece con una claridad meridiana en la Biblia cuando se dice que el propio Yahvé se divorció de Israel. En este sentido se dice en Jeremías:
“El Señor me dijo en tiempo del rey Josías:
-¿Has visto lo que ha hecho Israel, la apóstata? Ha ido a todos los altozanos y se ha prostituido bajo cualquier árbol frondoso. Yo pensaba: “Después de haber hecho todo esto, volverá a mí”. Pero no ha vuelto. Su hermana, Judá, la pérfida, lo vio: y vio también que yo repudié a Israel, la apóstata, por todos sus adulterios, dándole su acta de divorcio” .
Pero, además, el divorcio no fue sólo una ley a la que uno podía acogerse sino que llegó a ser una exigencia divina por lo que se refiere a los matrimonios con mujeres extranjeras, que debieron ser repudiadas y expulsadas, junto con los hijos habidos con ellas, según se dice en Esdras:
“Entonces Secanías, hijo de Yejiel, […] dijo a Esdras:
-Nosotros hemos traicionado a nuestro Dios casándonos con mujeres extranjeras de las gentes del país. Pero aún le queda a Israel una esperanza. Nos comprometemos solemnemente ante nuestro Dios a echar a todas estas mujeres extranjeras y a los hijos nacidos de ellas […]
Entonces Esdras se levantó e hizo jurar a los jefes de los sacerdotes, de los levitas y de todos los israelitas que procederían según lo dicho” .
Poco después, Esdras, dirigiéndose al pueblo, dijo:
“-Vosotros habéis pecado casándoos con mujeres extranjeras, y con ello habéis aumentado la culpa de Israel. Ahora, pues, glorificad al Señor, Dios de nuestros antepasados y cumplid su voluntad. Separaos de la población del país y de las mujeres extranjeras” .
Conviene señalar, a pesar de su evidencia, el carácter radicalmente machista del matrimonio judío, en el que el varón puede tener varias esposas, pero la mujer no puede tener varios maridos, en el que el varón puede tener las concubinas que le permita su capricho y sus riquezas, en el que el marido tiene derecho a divorciarse, pero ni de lejos se plantea la posibilidad de que sea la mujer quien se divorcie del marido, y en el que en definitiva la mujer es objeto de compra por el marido, mientras que una situación inversa resulta absolutamente impensable.
Fue después, a partir de Pablo de Tarso, cuando los puntos de vista del Antiguo Testamento, defensores de las primeras formas de familia señaladas, fueron sustituidos, por lo menos en parte, por los últimos. Esta sustitución se ha producido claramente respecto a las cuestiones relacionadas con la poligamia y con el concubinato, pero no tan claramente respecto al divorcio y a la igualdad en valor y dignidad entre varón y mujer.
Así, por lo que se refiere al divorcio, los dirigentes católicos lo habían aceptado durante la mayor parte de su historia, hasta que finalmente en el Concilio de Trento, en 1563, llegaron a establecer la doctrina contraria, la que afirmaba el carácter indisoluble del matrimonio. Sin embargo, la hipocresía de los dirigentes católicos se puso claramente de manifiesto al introducir la doctrina de la “nulidad matrimonial”, que no representó otra cosa que una nueva forma de introducir el divorcio, pero dándole un nuevo nombre y convirtiéndolo en una fuente sustancial de ingresos para las arcas de la iglesia católica, al establecer tribunales eclesiásticos y juicios de “nulidad matrimonial” en los que, mediante diversas artimañas jurídico-eclesiásticas, tales tribunales llegan a plantearse de un modo cínico y teatral si en realidad ha habido matrimonio o no, incluso después de una convivencia de años y después de que el matrimonio haya tenido varios hijos. Para la obtención de la nulidad matrimonial –o simplemente el divorcio- lo más importante, según los casos más conocidos de nulidades matrimoniales, es disponer del dinero suficiente para pagar un proceso que puede costar entre 3.000 y 50.000 euros. La probabilidad de conseguir la nulidad matrimonial es del 90 %, poco más o menos, ya que existe toda una serie de disquisiciones que facilitan acogerse a un argumento o a otro para conseguirla, especialmente si se tiene en cuenta que la fuerza de los argumentos suele ser directamente proporcional a la cantidad de dinero con que se los apoye. Una vez obtenida la nulidad matrimonial, los católicos separados podrán casarse de nuevo “por la Iglesia” sin incurrir en “pecado”. En tales casos, la jerarquía católica, en lugar de reconocer su aceptación fáctica del divorcio, lo que proclama es que en realidad no hubo matrimonio. En España es conocido el caso de la princesa Leticia, casada por la Iglesia con el príncipe Felipe, pero divorciada previamente de un anterior matrimonio civil.
Mediante el recurso a la “nulidad matrimonial”, los dirigentes católicos no sólo ha encontrado de hecho una forma de introducir de nuevo el divorcio sino también una nueva manera de diversificar las fuentes de sus ingresos económicos, aprendiendo al tiempo a ser más prudentes en estos asuntos para así evitar situaciones como la producida cuando Enrique VIII de Inglaterra pidió el divorcio y el jefe de los dirigentes católicos se lo negó, lo cual tuvo como consecuencia la secesión de la iglesia de Inglaterra, la correspondiente creación de la Iglesia Anglicana y la consiguiente pérdida económica y de poder político de la Iglesia de Roma.
Por otra parte, la contradicción de los dirigentes católicos no sólo se da entre la doctrina que defienden actualmente y las que se defienden en el Antiguo Testamento y en el propio cristianismo hasta el siglo XVI, sino que además existe otra contradicción interna en las doctrinas actualmente defendidas por esta organización, pues, por una parte, defienden que el matrimonio se produce como consecuencia de un vínculo establecido por el propio Dios, tal como se dice en el evangelio de Marcos , o por una orden de Jesús, según interpreta Pablo de Tarso en su primera carta a los Corintios , pero, por otra, cuando en relación con su doctrina acerca del matrimonio se habla de los sujetos – o ministros- de este compromiso, afirmando que los sujetos del matrimonio son los contrayentes, quienes libremente deciden compartir su vida, de manera que el papel de Dios sería muy secundario y consistente sólo en otorgar su bendición a dicha unión pero no la de establecerla, y, en consecuencia, la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio dejaría de tener un fundamento en las palabras del evangelio de Marcos –“lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”- en cuanto tal unión habría sido el resultado de una decisión de los contrayentes, los cuales en cualquier momento que lo quisieran tendrían derecho a deshacer su vínculo.
Los dirigentes católicos olvidan, cuando les interesa, diversos aspectos de sus principios morales “para adaptarse a los nuevos tiempos”, lo cual en principio no estaría nada mal, pues el progreso es bueno en todos los terrenos. Sin embargo, no parece que tal adaptación a los nuevos tiempos deba tener algún sentido desde la perspectiva de la doctrina católica en cuanto implica una corrección de las leyes morales supuestamente establecidas por Dios, cuyo valor debería considerarse eterno como consecuencia de la propia inmutabilidad divina, pues Dios –en el caso de que existiera- no tendría por qué adaptarse a “los nuevos tiempos”, sino éstos a Dios.
Finalmente, conviene insistir en que todas estas consideraciones, tanto las que se fundamentan en el Antiguo Testamento como las provenientes de doctrinas posteriores del cristianismo, deben ser valoradas de manera absoluta por los dirigentes de la organización católica desde el momento en que la Teología católica considera que Dios es inmutable y que, en consecuencia sus leyes son igualmente inmutable.
Y, por ello, la contradicción entre estas leyes es una clara prueba de su carácter simplemente arbitrario y de que no representan la plasmación de unas normas de origen divino sino que sólo son el resultado del oportunismo de los dirigentes de esta organización, que defienden en cada momento lo que consideran que podrá proporcionarles más poder y más riquezas.
viernes, 17 de diciembre de 2010
Las contradicciones del supuesto
“pecado original”, del supuesto “mesías”
y de la supuesta “salvación”
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
El llamado “pecado original” con el que la Humanidad –a excepción de María- habría nacido, es una ridícula contradicción que ni siquiera aparece en el Antiguo Testamento, teniendo en cuenta, entre otras cosas, que el concepto de pecado hace referencia a una acción voluntaria en contra de una supuesta ley divina y que en el momento de nacer nadie ha realizado acción alguna voluntaria ni tendría por qué pagar por las supuestas culpas de otros.
1. Desde el Concilio de Cartago a finales del siglo IV, la jerarquía cristiana afirma como dogma de fe la existencia de un “pecado” cometido por Adán y Eva, que se transmitiría al resto de la humanidad con la excepción de María, la madre de Jesús. Se trata del llamado “pecado original”, cometido por Adán y Eva, desobedeciendo a Dios al comer del árbol del bien y del mal.
Sin embargo, en el Antiguo Testamento no se menciona tal “pecado original”, aunque se hace referencia a la desobediencia de Adán y Eva a una prohibición de Dios y al correspondiente castigo, tal como puede leerse en el Génesis, donde Dios le habría dicho a Eva después de su desobediencia:
“Multiplicaré los dolores de tu preñez, parirás a tus hijos con dolor; desearás a tu marido, y él te dominará” ,
y a continuación dijo a Adán:
“Por haber hecho caso a tu mujer y haber comido del árbol prohibido, maldita sea la tierra por tu culpa. Con fatiga comerás sus frutos todos los días de tu vida […] Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra de la que fuiste formado, porque eres polvo y al polvo volverás” .
O sea, esa desobediencia habría determinado que Dios les expulsara del Paraíso, les condenase a ganar el pan con el sudor de su frente, a parir con dolor, y, en el caso de la mujer, a quedar sometida al hombre. Sin embargo y por lo que se refiere a la cuestión de la mortalidad del hombre, tiene especial interés llamar la atención sobre el hecho de que en el último texto citado no se considera que exista una relación de causalidad entre aquella desobediencia primitiva y la mortalidad del ser humano, sino que simplemente se dé como un hecho que el hombre es polvo y al polvo volverá, al margen de aquel supuesto pecado.
Sin embargo y fiel al machismo bíblico, pero en contradicción con el texto anterior por lo que se refiere a la causa de la mortalidad del hombre, el autor de Eclesiástico dice que
“Por la mujer comenzó el pecado, por culpa de ella morimos todos” .
Pero, así como son muchas las ocasiones en que se hace referencia a Dios, castigando hasta la tercera y la cuarta generación, ésta es la única ocasión en que se hace referencia al primer pecado considerando a la mujer, representada por Eva, culpable de tal pecado; sin embargo, en ningún momento se afirma que el resto de la humanidad nazca con él, al margen de que herede sus consecuencias y, por ello mismo, tampoco se menciona nunca un pecado “tan original” que requiera de la encarnación divina para liberar de él a la Humanidad.
2. Lo que sí es frecuente en el Antiguo Testamento es la referencia a sucesivos salvadores, “libertadores” o “mesías” que Dios enviaría para librar a su pueblo de la esclavitud a que otros pueblos le sometían a lo largo de su historia.
2.1. El salvador por excelencia es el propio Dios, que es quien, según los textos del Antiguo Testamento, liberó a Israel de la esclavitud a que le tenía sometido el faraón de Egipto. Y así, se dice en Génesis:
“Os tomaré para que seáis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios; entonces cono-ceréis que yo soy el Señor, vuestro Dios, el que os libró de la opresión egipcia” .
En este primer texto tiene interés hacer referencia a la primera frase, en la que el propio Dios seleccionaría para sí al pueblo de Israel –“para que seáis mi pueblo”- en lugar de considerarse a sí mismo como Dios único y de todos los pueblos. Complemen-tariamente ese Dios se impone a sí mismo como Dios de Israel al que el propio Israel debe reconocer como tal en cuanto fue él quien les “libró de la opresión egipcia”.
En otros textos, como el que sigue, se insiste en esta misma idea: Yahvé se convierte en Dios de Israel de manera especial como consecuencia de su actuación como libertador –mesías- de Israel, al margen de que, como se acepta en otros momentos, haya otros dioses que el pueblo de Israel tiene que ignorar y no adorar, pues ese “Dios celoso” considera como la mayor ofensa que su pueblo llegue a adorar a otros dioses:
“Yo soy el Señor tu Dios desde Egipto. No conoces a otro Dios fuera de mí, yo soy el único salvador” .
Conviene aclarar que las manifestaciones celosas de ese dios no son otra cosa que las manifestaciones teatrales y mentirosas de los sacerdotes judíos que tiene como finalidad seguir dominando a su pueblo, ya que es a partir de él de donde obtiene su sustento, sus riquezas y su poder.
Otros textos igualmente significativos son:
a) “Él mató a los primogénitos de Egipto […] Derrotó a muchas naciones y mató a reyes poderosos: a Sijón, rey de los amorreos, a Og, rey de Basán, y a todos los reyes de Canaán; y dio sus tierras en herencia a su pueblo Israel […] Porque el Señor salva a su pueblo y se compadece de sus siervos” .
Fruto de la liberación de Israel frente a Egipto, en cuya descripción se hace referencia ¡con orgullo! del absurdo asesinato de los primogénitos egipcios, realizado por Dios, se habría producido la alianza de este Dios con el pueblo de Israel, a quien habría de defender de otros pueblos siempre que le guardase fidelidad. Es este Dios quien considera a Israel como “su siervo”, a quien él mismo eligió:
b) “Tú, Israel, siervo mío; Jacob, a quien yo elegí” ,
y es el propio Dios quien directamente, al menos según los diversos escritores de la Biblia, salva a su pueblo Israel de la esclavitud en múltiples ocasiones.
En este punto conviene insistir en que a) la salvación siempre se relaciona con el pueblo de Israel, que es el pueblo elegido por Dios, b) esa salvación tiene un sentido inequívocamente político, que suele ir acompañada de la destrucción o al menos la derrota del pueblo que había esclavizado a Israel y c) que esa derrota suele ir acompa-ñada de actos de bárbara crueldad realizados por el propio Dios, como puede verse en el texto a, antes citado, y en los textos que siguen y, más concretamente en los textos d, e y, especialmente, g:
c) “Yo mismo os liberaré muy pronto, mi salvación no tardará. Traeré a Sión mi salvación y colmaré a Israel de mi esplendor” .
d) “Él mató a los primogénitos de Egipto […] Derrotó a muchas naciones y mató a reyes poderosos: a Sijón, rey de los amorreos, a Og, rey de Basán, y a todos los reyes de Canaán; […] Porque el Señor salva a su pueblo y se compadece de sus siervos” .
e) “Voy a vengarme y seré implacable, dice nuestro libertador, cuyo nombre es el Señor todopoderoso, el Santo de Israel”
f) “¡Salid de Babilonia, huid de los caldeos! Anunciadlo y proclamadlo con gritos de júbilo, publicadlo hasta el confín de la tierra. Decid: “El Señor ha rescatado a su siervo Jacob [ = Israel]” ” .
g) “Obligaré a tus opresores a comer su propia carne, se emborracharán con su sangre como si fuera vino. Y todos sabrán que yo soy el Señor, tu salvador y que tu libertador es el fuerte de Jacob” .
h) “Pronto quedará libre el que estaba cautivo; no morirá en la fosa ni le faltará el pan. Yo soy el Señor, tu Dios, el que agita el mar y hace bramar sus olas […] He puesto mi palabra en tu boca, y te he cobijado al amparo de mi mano. Desplegué el cielo, cimenté la tierra, y dije a Sión: “Tú eres mi pueblo”” .
i) “Aunque nosotros lo creíamos castigado, herido por Dios y humillado, eran nuestras rebeliones las que lo traspasaban, y nuestras culpas las que lo trituraban. Sufrió el castigo para nuestro bien y con sus llagas nos curó. Andábamos todos errantes como ovejas […] y el Señor cargó sobre él [=Israel (?)] todas nuestras culpas […] Lo arrancaron de la tierra de los vivos, lo hirieron por los pecados de mi pueblo” .
j) “Mi siervo traerá a muchos la salvación cargando con sus culpas. Le daré un puesto de honor, un lugar entre los poderosos, por haberse entregado a la muerte y haber compartido la suerte de los pecadores” .
k) “Dios es nuestra salvación” .
l) “Cantad al Señor un cantar nuevo, porque ha hecho maravillas […] El Señor hace pública su victoria, a la vista de la naciones revela su salvación .
Tiene interés observar que, aunque a primera vista los textos i y j pudieran parecer una especie de profecía relacionada con Jesús, sin embargo una interpretación como ésa implicaría una contradicción con los textos anteriores, pertenecientes a Isaías, que se refieren claramente al pueblo de Israel y a una liberación de carácter meramente político y no moral ni religioso. Además, el texto i, en el que se nombra a los pecadores, no menciona a ningún “hijo” de Dios, sino a un “siervo” de Dios, que podría referirse al propio pueblo de Israel, pues así se le llama en muchos momentos, como en los textos b y f. Pero, además, el textos l, perteneciente al libro de los Salmos, se refiere clara y nuevamente a la salvación del pueblo de Israel de sus enemigos, tal como puede comprenderse si se tiene en cuenta la utilización de los conceptos de “victoria” [sobre otros pueblos] y de “naciones” [ante las cuales se pone de manifiesto el poder de Yahvé], y no a la salvación de un supuesto pecado original o de cualesquiera otros pecados relacionados con el conjunto de la Humanidad, heredados o no a partir de Adán y Eva. Además el sentido político y no religioso ni moral de tal “victoria” se muestra más evidente si se tiene en cuenta la larga serie de textos y momentos del Antiguo Testamento en los que Yahvé actúa de ese mismo modo, provocando la destrucción y muerte de los enemigos de Israel.
2.2. En otros momentos y de acuerdo con este concepto de salvador, entendido como libertador, no se hace referencia al propio Dios de un modo directo, sino indicando que Dios suscitó en Israel a un libertador que en su nombre le salvó de los enemigos que le tenían esclavizado. Así sucede, por ejemplo, en los textos siguientes:
m) “Entonces la ira del Señor se encendió contra Israel y los entregó en poder de Cusán Risatain, rey de Edom […] Pero clamaron al Señor, y el Señor les suscitó un libertador para salvarlos: Otoniel, hijo de Quenaz y hermano menor de Caleb” .
n) “Los israelitas estuvieron sometidos a Eglón, rey de Moab, dieciocho años. Pero clamaron al Señor, y el Señor les suscitó un libertador: Eud, hijo de Guera, benjaminita” .
ñ) “El Señor suscitó a Israel un libertador, que los libró del yugo de Siria, y los israelitas habitaron como antes en sus casas” .
Esta serie de textos parecen más que suficientes para dejar definitivamente claro que el sentido que tienen en el Antiguo Testamento las referencias a un libertador –o mesías- es claramente político, en relación con la liberación de Israel respecto a la situación de esclavitud a que fue sometido en múltiples ocasiones, y no un sentido tan alejado y distinto de éste como lo sería el que aparece después en el Nuevo testamento, en el que el propio Hijo de Dios libera a la humanidad del pecado original mediante su sacrificio en una cruz.
2.2.1. En efecto, este cambio de sentido del concepto de “libertador” o “mesías” se muestra en el evangelio de Juan, referido a la obtención de la vida eterna, y, de manera especialmente clara, en los escritos de Pablo de Tarso, quien adopta no sólo la idea de que el Hijo de Dios “libera” del pecado sino también que su “liberación” no se dirige exclusivamente al pueblo de Israel, como sucedía en el Antiguo Testamento, sino a todos los pueblos de la tierra, tanto judíos como “gentiles”, es decir, no judíos.
En este sentido escribe Pablo de Tarso:
o) “Quien alcance la salvación por la fe, ese vivirá” .
p) “el hombre alcanza la salvación por la fe y no por el cumplimiento de la ley” .
q) “Y si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado universal, mucho más por obra de uno solo, Jesucristo, vivirán y reinarán los que acogen la sobrea-bundancia de la gracia y del don de la salvación” .
r) “si proclamas con tu boca que Jesús es el Señor y crees con tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás” .
s) “Dios salva al hombre, no por el cumplimiento de la ley, sino a través de la fe en Jesucristo. Así que nosotros hemos creído en Cristo Jesús para alcanzar la salva-ción por medio de esa fe en Cristo y no por el cumplimiento de la ley. En efecto, por el cumplimiento de la ley ningún hombre alcanzará la salvación” .
Y, en un sentido bastante similar, pero haciendo hincapié de manera especial en el supuesto sacrificio de Jesús muriendo en la cruz “para librarnos de nuestros pecados”, escribe Juan:
t) “el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto, para que todo el que crea en él tenga vida eterna” .
u) “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” .
v) “envió a su Hijo para librarnos de nuestros pecados” [pero ya no de nuestros enemigos o de los del pueblo de Israel ni del “pecado original”].
2.2.2. Al margen de este cambio de sentido del concepto de libertador en estos textos del Nuevo Testamento, tiene interés señalar la contradicción existente entre los texto p y s, de Pablo de Tarso y el punto de vista que aparece en la carta de Santiago, pues, mientras Pablo insiste en que la salvación viene por la fe y no por las obras o por el cumplimiento de la ley, en la carta de Santiago se insiste en que
“por las obras alcanza [el hombre] la salvación y no sólo por la fe” .
Por su parte, el texto v hace referencia a la liberación “de nuestros pecados” , y dejan de referirse a nuestros “enemigos” o a “los enemigos del pueblo de Israel” o al “pecado original”.
3. Como consecuencia de esta liberación, se habría producido una alianza de Dios con el pueblo de Israel, de acuerdo con la cual Israel debería permanecer fiel a su Dios libertador, y él sería su protector siempre que Israel mantuviera su fidelidad y no adorase a otros dioses -cuya existencia, por cierto, se afirma en diversas ocasiones-. Por ello, parece más que evidente que la encarnación, muerte y resurrección de Jesús, al que los dirigentes católicos dicen considerar “Hijo de Dios”, no fue otra cosa que un montaje de quienes, como Pablo de Tarso, participaron en la formación de la secta cristiana, surgida de la religión judía.
Lo más probable es que la idea de una falta o de un pecado, como el que se conoce como “pecado original”, inicialmente se debiese al hecho de que el pensamiento judeo-cristiano se había preguntado por la causa de la muerte y de los continuos padecimientos de la vida, como enfermedades, hambre, peligros, calor, frío, lluvias destructivas, etc. El pensamiento de entonces, del mismo modo que había llevado al hombre a una interpretación antropomórfica de toda esa serie de fenómenos, conside-rando que estaban provocados por seres invisibles dotados de poderes extraordinarios, igualmente debió de conducir a los sacerdotes judíos a construir –de modo más cons-ciente e interesado- sus diversas fábulas para controlar y dominar a su pueblo, fábulas según las cuales los sufrimientos que padecía el pueblo se debían a determinadas ofensas realizadas contra Yahvé, y advirtiendo que sólo mediante la fidelidad a su Dios –es decir, a las órdenes de los sacerdotes- y mediante el cumplimiento de ciertos sacri-ficios y donación de bienes a los sacerdotes de Aarón, podría aplacar su ira y conseguir su perdón.
3.1. La doctrina de los dirigentes católicos, que consideran que el supuesto pecado original se trasmite de padres a hijos desde Adán y Eva, de los cuales descen-dería toda la humanidad, parece que fue defendida inicialmente por Pablo de Tarso, aunque en los evangelios ya se hace referencia a la salvación por “los pecados” en general, y quedó expresada en la serie de ocasiones en que, con la mayor frescura y aparente naturalidad del mundo escribe:
“por el delito de uno solo la condenación alcanzó a todos los hombres” ,
aunque éstos no hubiesen cometido delito, ofensa o daño alguno.
Un modo de pensar tan absurdo pudo tener un fundamento importante en la mentalidad de los autores de la Biblia, en donde se cuenta, por ejemplo, que en la última de las famosas plagas de Egipto Yahvé, de manera despótica y absurda, castigó a los egipcios con la muerte de todos sus primogénitos a fin de conseguir que su faraón permitiese la marcha de los judíos. Igualmente son muchas las ocasiones en las que los sacerdotes, aparentando trasmitir órdenes del Señor, exhortan a los judíos a atacar a determinados pueblos y a exterminar a toda su población, incluyendo a ancianos, mujeres y niños; y son también numerosas las ocasiones en las que Yahvé –según lo presentan los sacerdotes- se muestra como un ser vengativo que castiga las ofensas reci-bidas “hasta la tercera y cuarta generación” , lo cual representa ya el mismo tipo de arbitrariedad que el condenar a todas las generaciones posteriores, tal como sucedería según el supuesto “pecado original”, aunque en este último caso la injusta arbitrariedad queda elevada a la máxima potencia. ¿Qué delito habían cometido estas personas para merecer aquella absurda represalia? Ninguno. Simplemente se cumplía a nivel de fábula bíblica lo que parecía ser habitual y natural en el contexto de la “cultura” judía.
Y, por cierto, la ocupación de la llamada “tierra prometida” es un ejemplo de barbarie total, en cuanto los judíos llegan a la tierra de Canaán y la ocupan sin más, conquistándola y asesinando a sus habitantes, a partir del argumento según el cual los dirigentes sacerdotales de Israel, que se hacen pasar por emisarios de ese Dios, dicen que ésa era “la tierra prometida” que Yahvé les había dado:
“Él […] derrotó a muchas naciones y mató a reyes poderosos: a Sijón, rey de los amorreos, a Og, rey de Basán, y a todos los reyes de Canaán; y dio sus tierras en herencia a su pueblo Israel […] Porque el Señor salva a su pueblo y se compadece de sus siervos”
Conviene tener en cuenta que en el Génesis, primer libro de la Biblia, en el que aparece el relato de aquella desobediencia, Dios castiga absurdamente a la serpiente –que, por cierto, nada tiene que ver con el demonio- y a su descendencia, y castiga a Eva y a Adán, pero nada en absoluto se dice de un castigo para su descendencia, al margen del simple hecho de que, una vez expulsados del Paraíso, ya no regresaron a aquel idílico lugar, pues una de las finalidades de la expulsión era la de evitar que comieran del “árbol de la vida”, que les hubiera permitido vivir para siempre .
Pero además, en el Antiguo Testamento no sólo no se habla del llamado “pecado original”, extensivo a toda la humanidad, sino que existen textos en los que de manera explícita se habla en contra de ese supuesto pecado. Así sucede, por ejemplo, en Ezequías, donde se dice:
Vosotros decís: “¿Por qué no carga el hijo con la culpa de su padre?” Pues porque el hijo, recta y honradamente, ha guardado todos mis mandamientos y los ha puesto en práctica: por eso vivirá. El que peca es el que morirá. El hijo no cargará con la culpa del padre, ni el padre con la del hijo”
3.2. El dogma absurdo del pecado original implica además diversas contradic-ciones nuevas:
La primera consiste en el hecho de que en el Antiguo Testamento no se menciona nada que haga referencia a tal pecado, a diferencia de lo que luego, a finales del siglo IV, la secta cristina vino a defender hasta proclamar el dogma correspondiente. Y sólo en el Nuevo Testamento comienza a hablarse del Hijo de Dios muriendo para redimir al hombre de ese pecado.
La segunda consiste en el propio carácter absurdo y contradictorio de un pecado que se hereda, pues en cuanto el concepto de pecado hace referencia a una acción voluntariamente cometida en contra de supuestas leyes divinas, no tiene sentido la tesis de que el hombre nazca ya en pecado, pues antes de nacer no puede haber realizado acción alguna, ni voluntaria ni involuntaria, en contra de tales supuestas leyes. De hecho, el mismo Aurelio Agustín –“san Agustín”- sólo pudo encontrar, como expli-cación de la “herencia” de ese pecado, una nueva doctrina tan absurda como la anterior, consistente en la teoría de que los hijos heredaban de los padres no sólo el cuerpo, sino también el alma -doctrina conocida con el nombre de “traducianismo”-, ya que estando relacionado el pecado con una potencia del alma como sería la voluntad, si el hombre sólo heredase el cuerpo, Aurelio Agustín- no entendía qué lógica podía haber en la doctrina de este supuesto pecado, pues el cuerpo era sólo el instrumento del que se servía el alma para realizar aquellos actos que podían estar o no de acuerdo con la voluntad divina, pero no podía ser el origen del pecado, mientras que, por otra parte, si el alma era creada directamente por Dios para cada uno de los hombres, era absurdo imaginar que Dios hubiese creado un alma en pecado. Sin embargo, los dirigentes cristianos de la época no aceptaron la tesis de Agustín, seguramente porque, al consi-derar el alma como una realidad espiritual, no podían aceptar que el alma espiritual se transmitiese de padres a hijos como consecuencia de una relación meramente física. Así que, no encontrando ninguna explicación racional para esta doctrina, no tuvieron ningún reparo en considerar el pecado original -¡y tan “original”!- como un misterio, concepto con el que los dirigentes cristianos tratan de esconder y negar la serie de contradicciones en que van incurriendo a lo largo de su ya larga historia.
Y, en tercer lugar, en cuanto la jerarquía católica considera que la omnipotencia divina pudo evitar que María naciera en pecado, esta doctrina representaría la demos-tración más evidente de que nacer en pecado no era necesario e inevitable, y, en consecuencia, plantea una insuperable dificultad: ¿No es contradictorio con la supuesta omnipotencia y amor infinito de Dios negar que concediese al resto de la humanidad la gracia que concedió a María? ¿Por qué no la concedió? ¿Acaso pensó que era bueno que el hombre naciera en pecado? Pero, si era bueno, ¿por qué privó a María de ese “privilegio”? Y, si no era bueno, ¿por qué sólo utilizó su poder para librar del pecado a María y no al resto de la humanidad? Pues, suponiendo que el amor de Dios fuera infinito, no tendría sentido que ese poder se debilitase, una vez concedida esa gracia a María. Y tampoco tendría sentido considerar que su amor fuera “más infinito” para unos que para otros. Quizá alguien, con ganas de decir disparates, pudiera sugerir que el pecado original era bueno a fin de que Dios manifestase su amor muriendo en una cruz, pero en tal caso la consideración del pecado como bueno sería contradictoria con la supuesta necesidad de la llamada “redención”. Además, habría sido un nuevo absurdo que el perdón a la humanidad se obtuviese por la mediación del sufrimiento y de la muerte injusta de alguien, tanto si se trataba de un hombre como si se trataba del mismo Dios en una cruz. Tal explicación sólo podría tener sentido en el contexto de una mentalidad sádica en la que las ofensas al rey o al faraón sólo se perdonaban con la muerte del ofensor o de algún familiar como su hijo -en este caso, el propio Dios convertido en hombre-, que pagaría por el delito de otro hombre. Por ello mismo, esta doctrina representaría además una aplicación de la ley del Talión, “ojo por ojo, diente por diente”, que, aunque defendida en el Antiguo Testamento , fue luego criticada por Jesús -según los Evangelios-, y habría sido radicalmente incompatible con la constante referencia al perdón y a la misericordia infinitas de Dios, cuya aplicación debería ser gratuita precisamente por tratarse de una gracia y no el resultado de una “transacción” como la que podría expresar la supuesta “redención”, doctrina basada en la aplicación de una doctrina transaccional del estilo de “tú me ofreces un sacrificio y, a cambio, yo te perdono”.
3.3. Por otra parte, el pecado original, considerado en sí mismo, plantea además otros dos problemas que muestran igualmente su carácter absurdo:
1) Si en el momento de la supuesta creación de Adán y Eva no hubo contrato alguno entre Dios y “nuestros primeros padres”, que estableciese para éstos la obliga-ción de obedecer los mandatos que él quisiera imponerles, es absurda la doctrina según la cual el hombre tuviera la obligación de obedecer a Dios a partir del argumento de que, como Dios les había creado, tenía derecho a exigirles obediencia en aquello que quisiera mandarles, argumento que, como acertadamente señaló Hume respecto a la imposibilidad de obtener una conclusión prescriptiva a partir de premisas meramente descriptivas, no puede ser concluyente.
2) Es igualmente absurdo que Dios impusiera a Adán y a Eva la prohibición de comer de aquel árbol –al igual que cualquier otro deber o prohibición- en cuanto, a causa de su predeterminación y de su presciencia, no sólo sabría de antemano que comerían del fruto prohibido sino que además les habría predeterminado para que lo hicieran.
Así que de nuevo nos encontramos ante la idea antropomórfica de un Dios que, al igual que un niño que, jugando con sus muñecos, deja volar su fantasía e imagina diversas aventuras entre ellos aunque sólo sea él quien actúe mientras que sus juguetes sólo “hacen” aquello que él quiere que “hagan”, del mismo modo sería el propio Dios, quien, de acuerdo con la Biblia y con la teología católica, habría determinado las acciones del hombre y la misma ilusión de cada uno de ser el auténtico protagonista de “sus actos” y, por ello mismo, habría sido un nuevo absurdo castigar a Adán y a Eva por ejecutar aquella desobediencia para cuya ejecución el propio Dios les habría programado. Y evidentemente este mismo absurdo es el que existe para el castigo de cualquier otra desobediencia o pecado, en cuanto todos los actos realizados por el hombre, según se defiende en la Biblia y en la misma teología católica, hayan sido programados o predeterminados por Dios.
4. Según parece, en relación con la muerte de Jesús sus discípulos difundieron muy pronto la afirmación de que había resucitado y que, si no estaba con ellos, era porque había ascendido al Cielo para regresar prontamente a fin de establecer su reino después de un “juicio universal”. Esta idea de la resurrección de Jesús fue tan importante dentro de la dogmática cristiana que Pablo de Tarso llegó a afirmar:
“Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe carece de sentido” .
De hecho, según los relatos que aparecen en Hechos de los apóstoles, los primeros cristianos vivieron en comunidades, compartiendo sus bienes, plenamente convencidos de la pronta y nueva venida del Mesías, como rey y como juez, hasta que con el paso del tiempo, fueron constatando que tal regreso no se producía. Tal frustración determinó una serie de cambios en la mentalidad de aquellos primeros cristianos, desde una vida más solidaria en organizaciones que en principio vivieron en buenas relaciones y sin una articulación especialmente jerarquizada hasta una organi-zación sumamente jerarquizada y dirigida finalmente por el “obispo” de Roma.
A partir de ese momento, los dirigentes cristianos, como consecuencia de su ambición, fueron mezclando sus “intereses espirituales” con los materiales hasta que éstos últimos se convirtieron en lo auténticamente esencial y se dedicaron de manera de modo más o menos encubierto a crear su propio “reino terrenal”, adquiriendo gran poder político y grandes riquezas a partir de su alianza con los emperadores romanos y a partir de la formación de una amplia y diversa base social entre sus fieles, convir-tiéndose progresivamente, desde entonces hasta la actualidad, en una potencia política y económica de primer orden, a pesar de que, desde el punto de vista de su extensión territorial el estado del Vaticano sea el más pequeño del mundo.
5. Aunque el dogma de la redención, unido al de la resurrección y ascensión de Jesús al Cielo, se convirtió en el pilar más importante del Catolicismo, se trata de una doctrina contradictoria con la del amor y de la misericordia infinita de Dios, el cual, si algo tenía que perdonar, para ello no tenía necesidad del “sacrificio” de su propio hijo, pues hubiera bastado con su simple voluntad.
En este punto es evidente que esta doctrina no encajaba en absoluto con las nuevas acerca de un Dios más humanizado, sino más bien con las del Dios justiciero y vengativo del Antiguo Testamento, en el que Yahvé se muestra como un déspota que exige sacrificios y que por cualquier motivo sin importancia es capaz de eliminar a la casi totalidad de la especie humana -como ya habría sucedido en el mito del “diluvio universal”, cuando Yahvé no sólo decidió eliminar a la práctica totalidad de la humanidad de aquel momento, sino incluso toda forma de vida, con la excepción de una pareja de cada especie -.
Y así, se da la paradoja de que, por una parte, se dice que Dios es amor, pero, por otra y de modo contradictorio, ese mismo Dios aparece como un ser déspota, cruel y vengativo, que exige sacrificios para conceder su perdón y que llega a arrepentirse de haber creado al hombre –como si su omnisciencia no le hubiera permitido saber cómo se iba a comportar y como si su predeterminación no eximiese al hombre de cualquier responsabilidad por “sus” actos, que en realidad habrían sido actos del propio Dios en cuanto habrían sido programados por él.
Conviene recordar que en el Antiguo Testamento el propio Dios establece para el pueblo de Israel la vengativa Ley del Talión:
“ojo por ojo y diente por diente” ,
ley según la cual, el perdón de cualquier falta o daño sólo podía producirse mediante un castigo o un daño equivalente a la ofensa o daño causado por el ofensor. Por ello, si el ofendido había sido el propio Dios, la ofensa cometida no podía lavarse mediante un sacrificio humano, pues el ofendido era infinitamente superior, mientras que el ofensor valía menos que las patas de un gusano. Así que sólo el propio Dios hecho hombre podía ofrecerse a sí mismo en sacrificio ante su “Padre” para pagar aquella gravísima (?) desobediencia.
Sin embargo, aunque desde la perspectiva teológica introducida en alguno de los libros del Antiguo Testamento y en diversos pasajes del nuevo era absurdo que Dios mismo no pudiera perdonar sin más, todavía en aquellos tiempos se siguió encontrando más natural el punto de vista dominante del Antiguo Testamento, en el que se veía a Dios un ser especialmente celoso, despótico, vengativo y cruel. Por ello y como ya se ha dicho, la paradoja de la doctrina de “la redención” es que en ella se pretende ofrecer un sincretismo entre la perspectiva del Antiguo Testamento respecto al Dios de los ejércitos y de la venganza, y la del Nuevo, en la que Dios llega a perdonar –aunque no siempre, ni mucho menos- sin más requisito que el de la fe, a pesar de que tal sincretismo resultaba inviable por contradictorio con el punto de vista del Antiguo Testamento.
5.1. Esa misma paradoja entre la concepción de la divinidad en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, se presenta en la misma figura de Jesús en cuanto, por una parte, predica el amor a los enemigos, pero, por otra, castiga con el fuego eterno a quienes no creen en él, o cae en la contradicción de amenazar con el juicio divino a todo el que juzgue a los demás, pues en cuanto exhorta a sus discípulos con las palabras “no juzguéis, para que Dios no os juzgue ”, que implican una valoración negativa del hecho de juzgar, la consecuencia lógica que debería derivar de tales palabras es la que el propio Dios no debería incurrir en aquel tipo de conducta que él mismo desaprobaba, ni siquiera aplicándola a quienes cometiesen la falta de juzgar a los demás.
6. La doctrina de la “Redención” no tuvo exclusivamente la finalidad de ser presentada como la forma mediante la cual Dios otorgaba su perdón, sino que, de acuerdo con las “religiones mistéricas” aparecidas más de un siglo antes que el Cristia-nismo, sirvió a los dirigentes cristianos para ofrecer al creyente la doctrina de su propia filiación e identificación con Dios a través de su incorporación al “cuerpo místico de Cristo”, materializado en “su Iglesia”. Tal incorporación era la que proporcionaba al cristiano no sólo el perdón de Dios sino la novedad de la “vida eterna”, a la que no se había hecho referencia en casi ningún momento de los libros del Antiguo Testamento, en los que sólo se habla:
1) de una larga vida, o
2) de la multiplicación de la propia descendencia,
3) de la muerte como el final absoluto de la vida del hombre, y
4) de la defensa del “carpe diem”, a partir de la toma de conciencia de la finitud de la vida humana.
6.1. Así, respecto a las referencias a una larga vida del propio pueblo o de la propia descendencia, se habla en multitud de ocasiones, como las siguientes:
1) “El señor se le apareció [a Isaac] y le dijo: […] Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo” .
2) “Tu descendencia será como el polvo de la tierra” .
Como puede verse, en estos dos primeros textos no se habla de vida eterna ni tampoco de una vida terrena especialmente prolongada sino sólo de una descendencia muy numerosa.
En los textos que siguen se hace ya referencia a una larga vida terrena personal como recompensa de la fidelidad a Dios:
3) “Daréis culto al Señor vuestro Dios […] y os daré una vida muy larga”.
4) “Y el Señor bendijo el final de la vida de Job más que su comienzo […] Después de todo esto, Job vivió todavía hasta la edad de ciento cuarenta años, y vio a sus hijos y a sus nietos, hasta la cuarta generación” .
5) “El temor del Señor alarga la vida, los años del malvado se acortan”
Conviene reflexionar en que si los judíos hubieran creído en una vida eterna, hablar de una vida terrena más o menos larga no sólo hubiera estado de sobra sino que habría sido un contrasentido respecto a dicha creencia, ya que mientras los dirigentes católicos dicen que esta vida es sólo un destierro y un valle de lágrimas, la “otra vida” represen-taría el definitivo regreso al Paraíso.
6) [Moisés dijo] “Guarda sus leyes y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en la tierra que el Señor te da para siempre” .
Igualmente, tampoco este texto habría tenido sentido, con esa referencia a una vida larga si en la mente de quien lo escribió hubiera estado la creencia de que después de la muerte había una vida mejor y eterna, pues, si así lo hubiera imaginado, la prolongación de la vida terrena se le habría mostrado más como un castigo que otra cosa.
7) “No te postrarás ante ellos ni les darás culto, porque yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la maldad de los hombres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación” .
El castigo hasta la tercera y cuarta generación es señal de crueldad, pero sobre todo es una prueba de que en esos momentos a los judíos no se les había ocurrido todavía la idea de que pudiera haber un más allá después de esta vida, ni para bien ni para mal: Ni gloria eterna, ni castigo eterno.
6.2. En los textos siguientes 1 y 2 –y en muchos otros- ni siquiera se habla de una larga vida sino solo de tomar posesión de la tierra prometida y de de la multipli-cación de la propia descendencia, única forma de inmortalidad que se les ocurrió o que tuvieron la osadía de idear en aquellos momentos:
1) “Haz lo que es justo y bueno a los ojos del Señor, para que seas dichoso y entres a tomar posesión de la tierra buena que el Señor prometió a tus antepa-sados, expulsando delante de ti a todos tus enemigos” .
2) “Poned en práctica todos los mandamientos que yo os prescribo hoy. De esta manera viviréis, os multiplicaréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor prometió con juramento a vuestros antepasados .
6.3. Pero, además, por si podía quedar alguna duda sobre está negación implícita del más allá, pueden verse otra serie de textos en los que de manera inequívoca y explícita se niega explícitamente esta posibilidad, entendiendo que la muerte es el fin absoluto de la vida humana:
1) “eres polvo y al polvo volverás” .
2) “El hombre es como un soplo; sus días, como sombra que no deja huella” .
3) “Como nube que pasa y se disipa, así es el que baja al abismo para no volver” .
4) “mis días son un soplo” .
5) “Recuerda que me amasaste como arcilla, y que al polvo me has de devolver” .
6) “Déjame ya en paz para que pueda gozar de algún consuelo, antes de que me vaya, para no volver, a la región de las tinieblas y las sombras, a la tierra oscura de sombras y caos, donde la misma claridad es noche oscura” .
7) “Puesto que están contados ya sus días y has establecido el número de sus meses, y le has fijado un límite que no traspasará, aparta de él tus ojos y olvídate de él; que, como un jornalero, acabe su jornada” .
8) “Pero el hombre, cuando muere, queda inerte” .
9) “el hombre que yace muerto no se levantará jamás […] no volverá a levantarse de su sueño” .
10) “¿Dónde está mi esperanza? Mi felicidad, ¿quién la divisa? Bajarán conmigo hasta el abismo, cuando juntos nos hundamos en el polvo” .
11) “Acaban felizmente sus días [los impíos], y en paz descienden al abismo” .
12) “Hay quienes mueren en pleno vigor, en el colmo de la dicha y de la paz, […] Otros mueren llenos de amargura, sin haber gustado la felicidad. Pero ambos yacen juntos en el polvo, cubiertos de gusanos” .
13) “una misma es la suerte de los hombres y la de los animales: la muerte de unos es como la de los otros, ambos tienen un mismo hálito vital, sin que el hombre aventaje al animal, pues todo es vanidad. Todos van al mismo lugar: todos vienen del polvo y vuelven al polvo .
14) “Los vivos saben que han de morir, pero los muertos no saben nada; no tendrán ya recompensa alguna y quedarán completamente en el olvido”
15) “el ser humano no es inmortal” .
16) “Los años del hombre están contados, el tiempo del descanso eterno [ es decir, la muerte] es para todos imprevisible y son muchos si llegan a cien [los años de vida].
17) Una gota del mar, un grano de arena, esos son sus pocos años junto a la eternidad”.
18) Por eso el Señor es paciente con los hombres, y derrama sobre ellos su misericordia.
Él ve y sabe que su fin es miserable, por eso los perdona una y otra vez .
19) “El hombre tiene los días contados, pero los días de Israel no tienen número” .
20) “Recuerda que no hay retorno; no aprovechará al muerto tu tristeza y te harás daño a ti.
Ten presente que su suerte será también la tuya: “A mí me tocó ayer, a ti te toca hoy”” .
21) “Todo lo que de la tierra viene, a la tierra vuelve” .
22) “No temas por estar sentenciado a muerte; recuerda a los que te precedieron y te seguirán.
Es el destino que el Señor ha impuesto a todo viviente.
¿Por qué rebelarte contra la voluntad del Altísimo?
Aunque vivas diez, cien, o mil años,
nadie discutirá en el abismo la duración de tu vida” .
Conviene recordar que para los dirigentes católicos la Biblia es la “palabra de Dios”, tanto la parte del Antiguo como la del Nuevo Testamento. En consecuencia, en cuanto existe una contradicción evidente entre los textos citados y aquellos otros en los que se habla de “la vida eterna”, tal contradicción es una prueba más del absurdo de estas doctrinas.
6.4 Una consecuencia –a la vez que una confirmación del sentido de esta creencia de que la muerte es el fin absoluto de la vida- es la aparición complementaria de la filosofía del “carpe diem”, planteamiento vital que aparecerá de nuevo en la Edad Media, apostando por disfrutar de la vida mientras dura, pues es lo único que tenemos:
1) “yo alabo la alegría, porque la única felicidad del hombre bajo el sol consiste en comer, beber y disfrutar, pues eso le acompañará en los días de vida que Dios le conceda bajo el sol” .
2) “Da, recibe y disfruta de la vida, porque no hay que esperar deleite en el abismo. Todo viviente se gasta como un vestido, porque es ley eterna que hay que morir” .
Sin embargo y a pesar de su carácter contradictorio, los dirigentes cristianos, al orientar y adoctrinar a sus fieles para que lean e interpreten la Biblia como ellos quieran, al procurar que tales fieles desarrollen lo menos posible su capacidad racional y crítica, y, al introducir las doctrinas de la salvación y de la vida eterna como dogmas, han conseguido un provecho económico muy sustancial, a pesar del carácter contradictorio de estas doctrinas con los anteriores textos y a pesar de la contradicción consistente en que ¡¡un Dios infinitamente misericordioso necesite del sacrificio de su propio hijo para poder perdonar!!
Con una doctrina de ese tipo, que exalta la idea del sacrificio y del amor divino hasta la muerte, los dirigentes católicos pudieron lograr además otros propósitos, como 1) el de la satisfacción del rencor de los primeros cristianos hacia quienes inicialmente les habían perseguido, en cuanto la Redención no se aplicaría a sus perseguidores, que serían condenados al “fuego eterno”, y 2) la atracción provocada por esta nueva religión en quienes pudieran sentirse solos, abandonados, miserables y descontentos con su situación económica y social, ofreciéndoles el amor y el cobijo de Jesús y la esperanza de una compensación en “otra vida mejor” a cambio de su fe, de su sumisión y de su entrega a la “Iglesia de Jesús” (?) –así como la entrega de una parte considerable de sus bienes- y su acatamiento de las consignas de los dirigentes católicos.
Por lo que se refiere a la satisfacción del rencor de los cristianos contra los paganos y por su forma de proselitismo mediante el miedo a un castigo eterno ya Pablo de Tarso escribió:
“Puesto que Dios es justo, vendrá a retribuir con sufrimiento a los que os ocasionan sufrimiento; y vosotros, los que sufrís, descansaréis con nosotros cuando Jesús, el Señor […] aparezca entre llamas de fuego y tome venganza de los que no quieren conocer a Dios ni obedecer el evangelio de Jesús, nuestro Señor. Éstos sufrirán el castigo de una perdición eterna, lejos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” .
En esta misma línea, todavía después de más de mil años de la creación de esta secta, ya en el siglo XIII Tomás de Aquino llegó a escribir:
“Para que la felicidad de los santos más les complazca y de ella den a Dios más amplias gracias, se les concede que contemplen perfectamente los castigos de los condenados” .
Por otra parte, cuando los dirigentes católicos hacen referencia a la “Redención”, considerándola como la puerta para la salvación, olvidan que, de acuerdo con sus propias doctrinas -en este caso la de Pablo de Tarso-, aunque “el hombre se salva por la fe”, los dirigentes católicos defienden categóricamente que la fe es un don de Dios, por lo que sólo se salvaría aquel a quien Dios concediera dicha fe. A quien critique tal arbitrariedad le replican en algunos casos que, si no tiene fe, debe pedirla a Dios, sin tomar conciencia de lo absurdo que es pedir nada a alguien en cuya existencia no se cree previamente. Además, para que dicha “salvación” se produjera, debería cumplirse otro requisito indispensable como lo es el de la “predestinación” divina, según la cual es el propio Dios quien desde la eternidad ha establecido a quiénes salvará y a quiénes condenará, tal como se dice en diversos lugares de la Biblia como cuando Pablo de Tarso escribe: “Por eso Dios les envía [a quienes va a condenar] un poder embaucador [=que les embaucará], de modo que crean en la mentira y se condenen todos los que en lugar de creer en la verdad, se complacen en la iniquidad” . Y, por ello, tampoco las obras tendrían valor alguno para la salvación, ya que Dios salva a quien quiere y la voluntad divina no puede estar subordinada a nada. Esta consideración conduce a ver la historia de la supuesta redención como una simple comedia burlesca de ese Dios tan caprichoso que juega a ofrecerse en sacrificio para luego condenar de modo absurdo y ridículo a la mayor parte de los seres por quienes se habría sacrificado.
Pero, de nuevo, como la capacidad humana para razonar y para ser coherente con la razón es tan insignificante, deben de ser muy pocos los católicos que se hayan detenido a considerar estas cuestiones, otorgando su confianza a su propia razón en lugar de dársela al obispo o al cura de turno, que predican desde el púlpito de una catedral o de una iglesia rural con sus pomposos disfraces de pavo real, aunque sus palabras sean de una incoherencia total.
“pecado original”, del supuesto “mesías”
y de la supuesta “salvación”
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
El llamado “pecado original” con el que la Humanidad –a excepción de María- habría nacido, es una ridícula contradicción que ni siquiera aparece en el Antiguo Testamento, teniendo en cuenta, entre otras cosas, que el concepto de pecado hace referencia a una acción voluntaria en contra de una supuesta ley divina y que en el momento de nacer nadie ha realizado acción alguna voluntaria ni tendría por qué pagar por las supuestas culpas de otros.
1. Desde el Concilio de Cartago a finales del siglo IV, la jerarquía cristiana afirma como dogma de fe la existencia de un “pecado” cometido por Adán y Eva, que se transmitiría al resto de la humanidad con la excepción de María, la madre de Jesús. Se trata del llamado “pecado original”, cometido por Adán y Eva, desobedeciendo a Dios al comer del árbol del bien y del mal.
Sin embargo, en el Antiguo Testamento no se menciona tal “pecado original”, aunque se hace referencia a la desobediencia de Adán y Eva a una prohibición de Dios y al correspondiente castigo, tal como puede leerse en el Génesis, donde Dios le habría dicho a Eva después de su desobediencia:
“Multiplicaré los dolores de tu preñez, parirás a tus hijos con dolor; desearás a tu marido, y él te dominará” ,
y a continuación dijo a Adán:
“Por haber hecho caso a tu mujer y haber comido del árbol prohibido, maldita sea la tierra por tu culpa. Con fatiga comerás sus frutos todos los días de tu vida […] Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra de la que fuiste formado, porque eres polvo y al polvo volverás” .
O sea, esa desobediencia habría determinado que Dios les expulsara del Paraíso, les condenase a ganar el pan con el sudor de su frente, a parir con dolor, y, en el caso de la mujer, a quedar sometida al hombre. Sin embargo y por lo que se refiere a la cuestión de la mortalidad del hombre, tiene especial interés llamar la atención sobre el hecho de que en el último texto citado no se considera que exista una relación de causalidad entre aquella desobediencia primitiva y la mortalidad del ser humano, sino que simplemente se dé como un hecho que el hombre es polvo y al polvo volverá, al margen de aquel supuesto pecado.
Sin embargo y fiel al machismo bíblico, pero en contradicción con el texto anterior por lo que se refiere a la causa de la mortalidad del hombre, el autor de Eclesiástico dice que
“Por la mujer comenzó el pecado, por culpa de ella morimos todos” .
Pero, así como son muchas las ocasiones en que se hace referencia a Dios, castigando hasta la tercera y la cuarta generación, ésta es la única ocasión en que se hace referencia al primer pecado considerando a la mujer, representada por Eva, culpable de tal pecado; sin embargo, en ningún momento se afirma que el resto de la humanidad nazca con él, al margen de que herede sus consecuencias y, por ello mismo, tampoco se menciona nunca un pecado “tan original” que requiera de la encarnación divina para liberar de él a la Humanidad.
2. Lo que sí es frecuente en el Antiguo Testamento es la referencia a sucesivos salvadores, “libertadores” o “mesías” que Dios enviaría para librar a su pueblo de la esclavitud a que otros pueblos le sometían a lo largo de su historia.
2.1. El salvador por excelencia es el propio Dios, que es quien, según los textos del Antiguo Testamento, liberó a Israel de la esclavitud a que le tenía sometido el faraón de Egipto. Y así, se dice en Génesis:
“Os tomaré para que seáis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios; entonces cono-ceréis que yo soy el Señor, vuestro Dios, el que os libró de la opresión egipcia” .
En este primer texto tiene interés hacer referencia a la primera frase, en la que el propio Dios seleccionaría para sí al pueblo de Israel –“para que seáis mi pueblo”- en lugar de considerarse a sí mismo como Dios único y de todos los pueblos. Complemen-tariamente ese Dios se impone a sí mismo como Dios de Israel al que el propio Israel debe reconocer como tal en cuanto fue él quien les “libró de la opresión egipcia”.
En otros textos, como el que sigue, se insiste en esta misma idea: Yahvé se convierte en Dios de Israel de manera especial como consecuencia de su actuación como libertador –mesías- de Israel, al margen de que, como se acepta en otros momentos, haya otros dioses que el pueblo de Israel tiene que ignorar y no adorar, pues ese “Dios celoso” considera como la mayor ofensa que su pueblo llegue a adorar a otros dioses:
“Yo soy el Señor tu Dios desde Egipto. No conoces a otro Dios fuera de mí, yo soy el único salvador” .
Conviene aclarar que las manifestaciones celosas de ese dios no son otra cosa que las manifestaciones teatrales y mentirosas de los sacerdotes judíos que tiene como finalidad seguir dominando a su pueblo, ya que es a partir de él de donde obtiene su sustento, sus riquezas y su poder.
Otros textos igualmente significativos son:
a) “Él mató a los primogénitos de Egipto […] Derrotó a muchas naciones y mató a reyes poderosos: a Sijón, rey de los amorreos, a Og, rey de Basán, y a todos los reyes de Canaán; y dio sus tierras en herencia a su pueblo Israel […] Porque el Señor salva a su pueblo y se compadece de sus siervos” .
Fruto de la liberación de Israel frente a Egipto, en cuya descripción se hace referencia ¡con orgullo! del absurdo asesinato de los primogénitos egipcios, realizado por Dios, se habría producido la alianza de este Dios con el pueblo de Israel, a quien habría de defender de otros pueblos siempre que le guardase fidelidad. Es este Dios quien considera a Israel como “su siervo”, a quien él mismo eligió:
b) “Tú, Israel, siervo mío; Jacob, a quien yo elegí” ,
y es el propio Dios quien directamente, al menos según los diversos escritores de la Biblia, salva a su pueblo Israel de la esclavitud en múltiples ocasiones.
En este punto conviene insistir en que a) la salvación siempre se relaciona con el pueblo de Israel, que es el pueblo elegido por Dios, b) esa salvación tiene un sentido inequívocamente político, que suele ir acompañada de la destrucción o al menos la derrota del pueblo que había esclavizado a Israel y c) que esa derrota suele ir acompa-ñada de actos de bárbara crueldad realizados por el propio Dios, como puede verse en el texto a, antes citado, y en los textos que siguen y, más concretamente en los textos d, e y, especialmente, g:
c) “Yo mismo os liberaré muy pronto, mi salvación no tardará. Traeré a Sión mi salvación y colmaré a Israel de mi esplendor” .
d) “Él mató a los primogénitos de Egipto […] Derrotó a muchas naciones y mató a reyes poderosos: a Sijón, rey de los amorreos, a Og, rey de Basán, y a todos los reyes de Canaán; […] Porque el Señor salva a su pueblo y se compadece de sus siervos” .
e) “Voy a vengarme y seré implacable, dice nuestro libertador, cuyo nombre es el Señor todopoderoso, el Santo de Israel”
f) “¡Salid de Babilonia, huid de los caldeos! Anunciadlo y proclamadlo con gritos de júbilo, publicadlo hasta el confín de la tierra. Decid: “El Señor ha rescatado a su siervo Jacob [ = Israel]” ” .
g) “Obligaré a tus opresores a comer su propia carne, se emborracharán con su sangre como si fuera vino. Y todos sabrán que yo soy el Señor, tu salvador y que tu libertador es el fuerte de Jacob” .
h) “Pronto quedará libre el que estaba cautivo; no morirá en la fosa ni le faltará el pan. Yo soy el Señor, tu Dios, el que agita el mar y hace bramar sus olas […] He puesto mi palabra en tu boca, y te he cobijado al amparo de mi mano. Desplegué el cielo, cimenté la tierra, y dije a Sión: “Tú eres mi pueblo”” .
i) “Aunque nosotros lo creíamos castigado, herido por Dios y humillado, eran nuestras rebeliones las que lo traspasaban, y nuestras culpas las que lo trituraban. Sufrió el castigo para nuestro bien y con sus llagas nos curó. Andábamos todos errantes como ovejas […] y el Señor cargó sobre él [=Israel (?)] todas nuestras culpas […] Lo arrancaron de la tierra de los vivos, lo hirieron por los pecados de mi pueblo” .
j) “Mi siervo traerá a muchos la salvación cargando con sus culpas. Le daré un puesto de honor, un lugar entre los poderosos, por haberse entregado a la muerte y haber compartido la suerte de los pecadores” .
k) “Dios es nuestra salvación” .
l) “Cantad al Señor un cantar nuevo, porque ha hecho maravillas […] El Señor hace pública su victoria, a la vista de la naciones revela su salvación .
Tiene interés observar que, aunque a primera vista los textos i y j pudieran parecer una especie de profecía relacionada con Jesús, sin embargo una interpretación como ésa implicaría una contradicción con los textos anteriores, pertenecientes a Isaías, que se refieren claramente al pueblo de Israel y a una liberación de carácter meramente político y no moral ni religioso. Además, el texto i, en el que se nombra a los pecadores, no menciona a ningún “hijo” de Dios, sino a un “siervo” de Dios, que podría referirse al propio pueblo de Israel, pues así se le llama en muchos momentos, como en los textos b y f. Pero, además, el textos l, perteneciente al libro de los Salmos, se refiere clara y nuevamente a la salvación del pueblo de Israel de sus enemigos, tal como puede comprenderse si se tiene en cuenta la utilización de los conceptos de “victoria” [sobre otros pueblos] y de “naciones” [ante las cuales se pone de manifiesto el poder de Yahvé], y no a la salvación de un supuesto pecado original o de cualesquiera otros pecados relacionados con el conjunto de la Humanidad, heredados o no a partir de Adán y Eva. Además el sentido político y no religioso ni moral de tal “victoria” se muestra más evidente si se tiene en cuenta la larga serie de textos y momentos del Antiguo Testamento en los que Yahvé actúa de ese mismo modo, provocando la destrucción y muerte de los enemigos de Israel.
2.2. En otros momentos y de acuerdo con este concepto de salvador, entendido como libertador, no se hace referencia al propio Dios de un modo directo, sino indicando que Dios suscitó en Israel a un libertador que en su nombre le salvó de los enemigos que le tenían esclavizado. Así sucede, por ejemplo, en los textos siguientes:
m) “Entonces la ira del Señor se encendió contra Israel y los entregó en poder de Cusán Risatain, rey de Edom […] Pero clamaron al Señor, y el Señor les suscitó un libertador para salvarlos: Otoniel, hijo de Quenaz y hermano menor de Caleb” .
n) “Los israelitas estuvieron sometidos a Eglón, rey de Moab, dieciocho años. Pero clamaron al Señor, y el Señor les suscitó un libertador: Eud, hijo de Guera, benjaminita” .
ñ) “El Señor suscitó a Israel un libertador, que los libró del yugo de Siria, y los israelitas habitaron como antes en sus casas” .
Esta serie de textos parecen más que suficientes para dejar definitivamente claro que el sentido que tienen en el Antiguo Testamento las referencias a un libertador –o mesías- es claramente político, en relación con la liberación de Israel respecto a la situación de esclavitud a que fue sometido en múltiples ocasiones, y no un sentido tan alejado y distinto de éste como lo sería el que aparece después en el Nuevo testamento, en el que el propio Hijo de Dios libera a la humanidad del pecado original mediante su sacrificio en una cruz.
2.2.1. En efecto, este cambio de sentido del concepto de “libertador” o “mesías” se muestra en el evangelio de Juan, referido a la obtención de la vida eterna, y, de manera especialmente clara, en los escritos de Pablo de Tarso, quien adopta no sólo la idea de que el Hijo de Dios “libera” del pecado sino también que su “liberación” no se dirige exclusivamente al pueblo de Israel, como sucedía en el Antiguo Testamento, sino a todos los pueblos de la tierra, tanto judíos como “gentiles”, es decir, no judíos.
En este sentido escribe Pablo de Tarso:
o) “Quien alcance la salvación por la fe, ese vivirá” .
p) “el hombre alcanza la salvación por la fe y no por el cumplimiento de la ley” .
q) “Y si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado universal, mucho más por obra de uno solo, Jesucristo, vivirán y reinarán los que acogen la sobrea-bundancia de la gracia y del don de la salvación” .
r) “si proclamas con tu boca que Jesús es el Señor y crees con tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás” .
s) “Dios salva al hombre, no por el cumplimiento de la ley, sino a través de la fe en Jesucristo. Así que nosotros hemos creído en Cristo Jesús para alcanzar la salva-ción por medio de esa fe en Cristo y no por el cumplimiento de la ley. En efecto, por el cumplimiento de la ley ningún hombre alcanzará la salvación” .
Y, en un sentido bastante similar, pero haciendo hincapié de manera especial en el supuesto sacrificio de Jesús muriendo en la cruz “para librarnos de nuestros pecados”, escribe Juan:
t) “el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto, para que todo el que crea en él tenga vida eterna” .
u) “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” .
v) “envió a su Hijo para librarnos de nuestros pecados” [pero ya no de nuestros enemigos o de los del pueblo de Israel ni del “pecado original”].
2.2.2. Al margen de este cambio de sentido del concepto de libertador en estos textos del Nuevo Testamento, tiene interés señalar la contradicción existente entre los texto p y s, de Pablo de Tarso y el punto de vista que aparece en la carta de Santiago, pues, mientras Pablo insiste en que la salvación viene por la fe y no por las obras o por el cumplimiento de la ley, en la carta de Santiago se insiste en que
“por las obras alcanza [el hombre] la salvación y no sólo por la fe” .
Por su parte, el texto v hace referencia a la liberación “de nuestros pecados” , y dejan de referirse a nuestros “enemigos” o a “los enemigos del pueblo de Israel” o al “pecado original”.
3. Como consecuencia de esta liberación, se habría producido una alianza de Dios con el pueblo de Israel, de acuerdo con la cual Israel debería permanecer fiel a su Dios libertador, y él sería su protector siempre que Israel mantuviera su fidelidad y no adorase a otros dioses -cuya existencia, por cierto, se afirma en diversas ocasiones-. Por ello, parece más que evidente que la encarnación, muerte y resurrección de Jesús, al que los dirigentes católicos dicen considerar “Hijo de Dios”, no fue otra cosa que un montaje de quienes, como Pablo de Tarso, participaron en la formación de la secta cristiana, surgida de la religión judía.
Lo más probable es que la idea de una falta o de un pecado, como el que se conoce como “pecado original”, inicialmente se debiese al hecho de que el pensamiento judeo-cristiano se había preguntado por la causa de la muerte y de los continuos padecimientos de la vida, como enfermedades, hambre, peligros, calor, frío, lluvias destructivas, etc. El pensamiento de entonces, del mismo modo que había llevado al hombre a una interpretación antropomórfica de toda esa serie de fenómenos, conside-rando que estaban provocados por seres invisibles dotados de poderes extraordinarios, igualmente debió de conducir a los sacerdotes judíos a construir –de modo más cons-ciente e interesado- sus diversas fábulas para controlar y dominar a su pueblo, fábulas según las cuales los sufrimientos que padecía el pueblo se debían a determinadas ofensas realizadas contra Yahvé, y advirtiendo que sólo mediante la fidelidad a su Dios –es decir, a las órdenes de los sacerdotes- y mediante el cumplimiento de ciertos sacri-ficios y donación de bienes a los sacerdotes de Aarón, podría aplacar su ira y conseguir su perdón.
3.1. La doctrina de los dirigentes católicos, que consideran que el supuesto pecado original se trasmite de padres a hijos desde Adán y Eva, de los cuales descen-dería toda la humanidad, parece que fue defendida inicialmente por Pablo de Tarso, aunque en los evangelios ya se hace referencia a la salvación por “los pecados” en general, y quedó expresada en la serie de ocasiones en que, con la mayor frescura y aparente naturalidad del mundo escribe:
“por el delito de uno solo la condenación alcanzó a todos los hombres” ,
aunque éstos no hubiesen cometido delito, ofensa o daño alguno.
Un modo de pensar tan absurdo pudo tener un fundamento importante en la mentalidad de los autores de la Biblia, en donde se cuenta, por ejemplo, que en la última de las famosas plagas de Egipto Yahvé, de manera despótica y absurda, castigó a los egipcios con la muerte de todos sus primogénitos a fin de conseguir que su faraón permitiese la marcha de los judíos. Igualmente son muchas las ocasiones en las que los sacerdotes, aparentando trasmitir órdenes del Señor, exhortan a los judíos a atacar a determinados pueblos y a exterminar a toda su población, incluyendo a ancianos, mujeres y niños; y son también numerosas las ocasiones en las que Yahvé –según lo presentan los sacerdotes- se muestra como un ser vengativo que castiga las ofensas reci-bidas “hasta la tercera y cuarta generación” , lo cual representa ya el mismo tipo de arbitrariedad que el condenar a todas las generaciones posteriores, tal como sucedería según el supuesto “pecado original”, aunque en este último caso la injusta arbitrariedad queda elevada a la máxima potencia. ¿Qué delito habían cometido estas personas para merecer aquella absurda represalia? Ninguno. Simplemente se cumplía a nivel de fábula bíblica lo que parecía ser habitual y natural en el contexto de la “cultura” judía.
Y, por cierto, la ocupación de la llamada “tierra prometida” es un ejemplo de barbarie total, en cuanto los judíos llegan a la tierra de Canaán y la ocupan sin más, conquistándola y asesinando a sus habitantes, a partir del argumento según el cual los dirigentes sacerdotales de Israel, que se hacen pasar por emisarios de ese Dios, dicen que ésa era “la tierra prometida” que Yahvé les había dado:
“Él […] derrotó a muchas naciones y mató a reyes poderosos: a Sijón, rey de los amorreos, a Og, rey de Basán, y a todos los reyes de Canaán; y dio sus tierras en herencia a su pueblo Israel […] Porque el Señor salva a su pueblo y se compadece de sus siervos”
Conviene tener en cuenta que en el Génesis, primer libro de la Biblia, en el que aparece el relato de aquella desobediencia, Dios castiga absurdamente a la serpiente –que, por cierto, nada tiene que ver con el demonio- y a su descendencia, y castiga a Eva y a Adán, pero nada en absoluto se dice de un castigo para su descendencia, al margen del simple hecho de que, una vez expulsados del Paraíso, ya no regresaron a aquel idílico lugar, pues una de las finalidades de la expulsión era la de evitar que comieran del “árbol de la vida”, que les hubiera permitido vivir para siempre .
Pero además, en el Antiguo Testamento no sólo no se habla del llamado “pecado original”, extensivo a toda la humanidad, sino que existen textos en los que de manera explícita se habla en contra de ese supuesto pecado. Así sucede, por ejemplo, en Ezequías, donde se dice:
Vosotros decís: “¿Por qué no carga el hijo con la culpa de su padre?” Pues porque el hijo, recta y honradamente, ha guardado todos mis mandamientos y los ha puesto en práctica: por eso vivirá. El que peca es el que morirá. El hijo no cargará con la culpa del padre, ni el padre con la del hijo”
3.2. El dogma absurdo del pecado original implica además diversas contradic-ciones nuevas:
La primera consiste en el hecho de que en el Antiguo Testamento no se menciona nada que haga referencia a tal pecado, a diferencia de lo que luego, a finales del siglo IV, la secta cristina vino a defender hasta proclamar el dogma correspondiente. Y sólo en el Nuevo Testamento comienza a hablarse del Hijo de Dios muriendo para redimir al hombre de ese pecado.
La segunda consiste en el propio carácter absurdo y contradictorio de un pecado que se hereda, pues en cuanto el concepto de pecado hace referencia a una acción voluntariamente cometida en contra de supuestas leyes divinas, no tiene sentido la tesis de que el hombre nazca ya en pecado, pues antes de nacer no puede haber realizado acción alguna, ni voluntaria ni involuntaria, en contra de tales supuestas leyes. De hecho, el mismo Aurelio Agustín –“san Agustín”- sólo pudo encontrar, como expli-cación de la “herencia” de ese pecado, una nueva doctrina tan absurda como la anterior, consistente en la teoría de que los hijos heredaban de los padres no sólo el cuerpo, sino también el alma -doctrina conocida con el nombre de “traducianismo”-, ya que estando relacionado el pecado con una potencia del alma como sería la voluntad, si el hombre sólo heredase el cuerpo, Aurelio Agustín- no entendía qué lógica podía haber en la doctrina de este supuesto pecado, pues el cuerpo era sólo el instrumento del que se servía el alma para realizar aquellos actos que podían estar o no de acuerdo con la voluntad divina, pero no podía ser el origen del pecado, mientras que, por otra parte, si el alma era creada directamente por Dios para cada uno de los hombres, era absurdo imaginar que Dios hubiese creado un alma en pecado. Sin embargo, los dirigentes cristianos de la época no aceptaron la tesis de Agustín, seguramente porque, al consi-derar el alma como una realidad espiritual, no podían aceptar que el alma espiritual se transmitiese de padres a hijos como consecuencia de una relación meramente física. Así que, no encontrando ninguna explicación racional para esta doctrina, no tuvieron ningún reparo en considerar el pecado original -¡y tan “original”!- como un misterio, concepto con el que los dirigentes cristianos tratan de esconder y negar la serie de contradicciones en que van incurriendo a lo largo de su ya larga historia.
Y, en tercer lugar, en cuanto la jerarquía católica considera que la omnipotencia divina pudo evitar que María naciera en pecado, esta doctrina representaría la demos-tración más evidente de que nacer en pecado no era necesario e inevitable, y, en consecuencia, plantea una insuperable dificultad: ¿No es contradictorio con la supuesta omnipotencia y amor infinito de Dios negar que concediese al resto de la humanidad la gracia que concedió a María? ¿Por qué no la concedió? ¿Acaso pensó que era bueno que el hombre naciera en pecado? Pero, si era bueno, ¿por qué privó a María de ese “privilegio”? Y, si no era bueno, ¿por qué sólo utilizó su poder para librar del pecado a María y no al resto de la humanidad? Pues, suponiendo que el amor de Dios fuera infinito, no tendría sentido que ese poder se debilitase, una vez concedida esa gracia a María. Y tampoco tendría sentido considerar que su amor fuera “más infinito” para unos que para otros. Quizá alguien, con ganas de decir disparates, pudiera sugerir que el pecado original era bueno a fin de que Dios manifestase su amor muriendo en una cruz, pero en tal caso la consideración del pecado como bueno sería contradictoria con la supuesta necesidad de la llamada “redención”. Además, habría sido un nuevo absurdo que el perdón a la humanidad se obtuviese por la mediación del sufrimiento y de la muerte injusta de alguien, tanto si se trataba de un hombre como si se trataba del mismo Dios en una cruz. Tal explicación sólo podría tener sentido en el contexto de una mentalidad sádica en la que las ofensas al rey o al faraón sólo se perdonaban con la muerte del ofensor o de algún familiar como su hijo -en este caso, el propio Dios convertido en hombre-, que pagaría por el delito de otro hombre. Por ello mismo, esta doctrina representaría además una aplicación de la ley del Talión, “ojo por ojo, diente por diente”, que, aunque defendida en el Antiguo Testamento , fue luego criticada por Jesús -según los Evangelios-, y habría sido radicalmente incompatible con la constante referencia al perdón y a la misericordia infinitas de Dios, cuya aplicación debería ser gratuita precisamente por tratarse de una gracia y no el resultado de una “transacción” como la que podría expresar la supuesta “redención”, doctrina basada en la aplicación de una doctrina transaccional del estilo de “tú me ofreces un sacrificio y, a cambio, yo te perdono”.
3.3. Por otra parte, el pecado original, considerado en sí mismo, plantea además otros dos problemas que muestran igualmente su carácter absurdo:
1) Si en el momento de la supuesta creación de Adán y Eva no hubo contrato alguno entre Dios y “nuestros primeros padres”, que estableciese para éstos la obliga-ción de obedecer los mandatos que él quisiera imponerles, es absurda la doctrina según la cual el hombre tuviera la obligación de obedecer a Dios a partir del argumento de que, como Dios les había creado, tenía derecho a exigirles obediencia en aquello que quisiera mandarles, argumento que, como acertadamente señaló Hume respecto a la imposibilidad de obtener una conclusión prescriptiva a partir de premisas meramente descriptivas, no puede ser concluyente.
2) Es igualmente absurdo que Dios impusiera a Adán y a Eva la prohibición de comer de aquel árbol –al igual que cualquier otro deber o prohibición- en cuanto, a causa de su predeterminación y de su presciencia, no sólo sabría de antemano que comerían del fruto prohibido sino que además les habría predeterminado para que lo hicieran.
Así que de nuevo nos encontramos ante la idea antropomórfica de un Dios que, al igual que un niño que, jugando con sus muñecos, deja volar su fantasía e imagina diversas aventuras entre ellos aunque sólo sea él quien actúe mientras que sus juguetes sólo “hacen” aquello que él quiere que “hagan”, del mismo modo sería el propio Dios, quien, de acuerdo con la Biblia y con la teología católica, habría determinado las acciones del hombre y la misma ilusión de cada uno de ser el auténtico protagonista de “sus actos” y, por ello mismo, habría sido un nuevo absurdo castigar a Adán y a Eva por ejecutar aquella desobediencia para cuya ejecución el propio Dios les habría programado. Y evidentemente este mismo absurdo es el que existe para el castigo de cualquier otra desobediencia o pecado, en cuanto todos los actos realizados por el hombre, según se defiende en la Biblia y en la misma teología católica, hayan sido programados o predeterminados por Dios.
4. Según parece, en relación con la muerte de Jesús sus discípulos difundieron muy pronto la afirmación de que había resucitado y que, si no estaba con ellos, era porque había ascendido al Cielo para regresar prontamente a fin de establecer su reino después de un “juicio universal”. Esta idea de la resurrección de Jesús fue tan importante dentro de la dogmática cristiana que Pablo de Tarso llegó a afirmar:
“Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe carece de sentido” .
De hecho, según los relatos que aparecen en Hechos de los apóstoles, los primeros cristianos vivieron en comunidades, compartiendo sus bienes, plenamente convencidos de la pronta y nueva venida del Mesías, como rey y como juez, hasta que con el paso del tiempo, fueron constatando que tal regreso no se producía. Tal frustración determinó una serie de cambios en la mentalidad de aquellos primeros cristianos, desde una vida más solidaria en organizaciones que en principio vivieron en buenas relaciones y sin una articulación especialmente jerarquizada hasta una organi-zación sumamente jerarquizada y dirigida finalmente por el “obispo” de Roma.
A partir de ese momento, los dirigentes cristianos, como consecuencia de su ambición, fueron mezclando sus “intereses espirituales” con los materiales hasta que éstos últimos se convirtieron en lo auténticamente esencial y se dedicaron de manera de modo más o menos encubierto a crear su propio “reino terrenal”, adquiriendo gran poder político y grandes riquezas a partir de su alianza con los emperadores romanos y a partir de la formación de una amplia y diversa base social entre sus fieles, convir-tiéndose progresivamente, desde entonces hasta la actualidad, en una potencia política y económica de primer orden, a pesar de que, desde el punto de vista de su extensión territorial el estado del Vaticano sea el más pequeño del mundo.
5. Aunque el dogma de la redención, unido al de la resurrección y ascensión de Jesús al Cielo, se convirtió en el pilar más importante del Catolicismo, se trata de una doctrina contradictoria con la del amor y de la misericordia infinita de Dios, el cual, si algo tenía que perdonar, para ello no tenía necesidad del “sacrificio” de su propio hijo, pues hubiera bastado con su simple voluntad.
En este punto es evidente que esta doctrina no encajaba en absoluto con las nuevas acerca de un Dios más humanizado, sino más bien con las del Dios justiciero y vengativo del Antiguo Testamento, en el que Yahvé se muestra como un déspota que exige sacrificios y que por cualquier motivo sin importancia es capaz de eliminar a la casi totalidad de la especie humana -como ya habría sucedido en el mito del “diluvio universal”, cuando Yahvé no sólo decidió eliminar a la práctica totalidad de la humanidad de aquel momento, sino incluso toda forma de vida, con la excepción de una pareja de cada especie -.
Y así, se da la paradoja de que, por una parte, se dice que Dios es amor, pero, por otra y de modo contradictorio, ese mismo Dios aparece como un ser déspota, cruel y vengativo, que exige sacrificios para conceder su perdón y que llega a arrepentirse de haber creado al hombre –como si su omnisciencia no le hubiera permitido saber cómo se iba a comportar y como si su predeterminación no eximiese al hombre de cualquier responsabilidad por “sus” actos, que en realidad habrían sido actos del propio Dios en cuanto habrían sido programados por él.
Conviene recordar que en el Antiguo Testamento el propio Dios establece para el pueblo de Israel la vengativa Ley del Talión:
“ojo por ojo y diente por diente” ,
ley según la cual, el perdón de cualquier falta o daño sólo podía producirse mediante un castigo o un daño equivalente a la ofensa o daño causado por el ofensor. Por ello, si el ofendido había sido el propio Dios, la ofensa cometida no podía lavarse mediante un sacrificio humano, pues el ofendido era infinitamente superior, mientras que el ofensor valía menos que las patas de un gusano. Así que sólo el propio Dios hecho hombre podía ofrecerse a sí mismo en sacrificio ante su “Padre” para pagar aquella gravísima (?) desobediencia.
Sin embargo, aunque desde la perspectiva teológica introducida en alguno de los libros del Antiguo Testamento y en diversos pasajes del nuevo era absurdo que Dios mismo no pudiera perdonar sin más, todavía en aquellos tiempos se siguió encontrando más natural el punto de vista dominante del Antiguo Testamento, en el que se veía a Dios un ser especialmente celoso, despótico, vengativo y cruel. Por ello y como ya se ha dicho, la paradoja de la doctrina de “la redención” es que en ella se pretende ofrecer un sincretismo entre la perspectiva del Antiguo Testamento respecto al Dios de los ejércitos y de la venganza, y la del Nuevo, en la que Dios llega a perdonar –aunque no siempre, ni mucho menos- sin más requisito que el de la fe, a pesar de que tal sincretismo resultaba inviable por contradictorio con el punto de vista del Antiguo Testamento.
5.1. Esa misma paradoja entre la concepción de la divinidad en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, se presenta en la misma figura de Jesús en cuanto, por una parte, predica el amor a los enemigos, pero, por otra, castiga con el fuego eterno a quienes no creen en él, o cae en la contradicción de amenazar con el juicio divino a todo el que juzgue a los demás, pues en cuanto exhorta a sus discípulos con las palabras “no juzguéis, para que Dios no os juzgue ”, que implican una valoración negativa del hecho de juzgar, la consecuencia lógica que debería derivar de tales palabras es la que el propio Dios no debería incurrir en aquel tipo de conducta que él mismo desaprobaba, ni siquiera aplicándola a quienes cometiesen la falta de juzgar a los demás.
6. La doctrina de la “Redención” no tuvo exclusivamente la finalidad de ser presentada como la forma mediante la cual Dios otorgaba su perdón, sino que, de acuerdo con las “religiones mistéricas” aparecidas más de un siglo antes que el Cristia-nismo, sirvió a los dirigentes cristianos para ofrecer al creyente la doctrina de su propia filiación e identificación con Dios a través de su incorporación al “cuerpo místico de Cristo”, materializado en “su Iglesia”. Tal incorporación era la que proporcionaba al cristiano no sólo el perdón de Dios sino la novedad de la “vida eterna”, a la que no se había hecho referencia en casi ningún momento de los libros del Antiguo Testamento, en los que sólo se habla:
1) de una larga vida, o
2) de la multiplicación de la propia descendencia,
3) de la muerte como el final absoluto de la vida del hombre, y
4) de la defensa del “carpe diem”, a partir de la toma de conciencia de la finitud de la vida humana.
6.1. Así, respecto a las referencias a una larga vida del propio pueblo o de la propia descendencia, se habla en multitud de ocasiones, como las siguientes:
1) “El señor se le apareció [a Isaac] y le dijo: […] Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo” .
2) “Tu descendencia será como el polvo de la tierra” .
Como puede verse, en estos dos primeros textos no se habla de vida eterna ni tampoco de una vida terrena especialmente prolongada sino sólo de una descendencia muy numerosa.
En los textos que siguen se hace ya referencia a una larga vida terrena personal como recompensa de la fidelidad a Dios:
3) “Daréis culto al Señor vuestro Dios […] y os daré una vida muy larga”.
4) “Y el Señor bendijo el final de la vida de Job más que su comienzo […] Después de todo esto, Job vivió todavía hasta la edad de ciento cuarenta años, y vio a sus hijos y a sus nietos, hasta la cuarta generación” .
5) “El temor del Señor alarga la vida, los años del malvado se acortan”
Conviene reflexionar en que si los judíos hubieran creído en una vida eterna, hablar de una vida terrena más o menos larga no sólo hubiera estado de sobra sino que habría sido un contrasentido respecto a dicha creencia, ya que mientras los dirigentes católicos dicen que esta vida es sólo un destierro y un valle de lágrimas, la “otra vida” represen-taría el definitivo regreso al Paraíso.
6) [Moisés dijo] “Guarda sus leyes y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en la tierra que el Señor te da para siempre” .
Igualmente, tampoco este texto habría tenido sentido, con esa referencia a una vida larga si en la mente de quien lo escribió hubiera estado la creencia de que después de la muerte había una vida mejor y eterna, pues, si así lo hubiera imaginado, la prolongación de la vida terrena se le habría mostrado más como un castigo que otra cosa.
7) “No te postrarás ante ellos ni les darás culto, porque yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la maldad de los hombres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación” .
El castigo hasta la tercera y cuarta generación es señal de crueldad, pero sobre todo es una prueba de que en esos momentos a los judíos no se les había ocurrido todavía la idea de que pudiera haber un más allá después de esta vida, ni para bien ni para mal: Ni gloria eterna, ni castigo eterno.
6.2. En los textos siguientes 1 y 2 –y en muchos otros- ni siquiera se habla de una larga vida sino solo de tomar posesión de la tierra prometida y de de la multipli-cación de la propia descendencia, única forma de inmortalidad que se les ocurrió o que tuvieron la osadía de idear en aquellos momentos:
1) “Haz lo que es justo y bueno a los ojos del Señor, para que seas dichoso y entres a tomar posesión de la tierra buena que el Señor prometió a tus antepa-sados, expulsando delante de ti a todos tus enemigos” .
2) “Poned en práctica todos los mandamientos que yo os prescribo hoy. De esta manera viviréis, os multiplicaréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor prometió con juramento a vuestros antepasados .
6.3. Pero, además, por si podía quedar alguna duda sobre está negación implícita del más allá, pueden verse otra serie de textos en los que de manera inequívoca y explícita se niega explícitamente esta posibilidad, entendiendo que la muerte es el fin absoluto de la vida humana:
1) “eres polvo y al polvo volverás” .
2) “El hombre es como un soplo; sus días, como sombra que no deja huella” .
3) “Como nube que pasa y se disipa, así es el que baja al abismo para no volver” .
4) “mis días son un soplo” .
5) “Recuerda que me amasaste como arcilla, y que al polvo me has de devolver” .
6) “Déjame ya en paz para que pueda gozar de algún consuelo, antes de que me vaya, para no volver, a la región de las tinieblas y las sombras, a la tierra oscura de sombras y caos, donde la misma claridad es noche oscura” .
7) “Puesto que están contados ya sus días y has establecido el número de sus meses, y le has fijado un límite que no traspasará, aparta de él tus ojos y olvídate de él; que, como un jornalero, acabe su jornada” .
8) “Pero el hombre, cuando muere, queda inerte” .
9) “el hombre que yace muerto no se levantará jamás […] no volverá a levantarse de su sueño” .
10) “¿Dónde está mi esperanza? Mi felicidad, ¿quién la divisa? Bajarán conmigo hasta el abismo, cuando juntos nos hundamos en el polvo” .
11) “Acaban felizmente sus días [los impíos], y en paz descienden al abismo” .
12) “Hay quienes mueren en pleno vigor, en el colmo de la dicha y de la paz, […] Otros mueren llenos de amargura, sin haber gustado la felicidad. Pero ambos yacen juntos en el polvo, cubiertos de gusanos” .
13) “una misma es la suerte de los hombres y la de los animales: la muerte de unos es como la de los otros, ambos tienen un mismo hálito vital, sin que el hombre aventaje al animal, pues todo es vanidad. Todos van al mismo lugar: todos vienen del polvo y vuelven al polvo .
14) “Los vivos saben que han de morir, pero los muertos no saben nada; no tendrán ya recompensa alguna y quedarán completamente en el olvido”
15) “el ser humano no es inmortal” .
16) “Los años del hombre están contados, el tiempo del descanso eterno [ es decir, la muerte] es para todos imprevisible y son muchos si llegan a cien [los años de vida].
17) Una gota del mar, un grano de arena, esos son sus pocos años junto a la eternidad”.
18) Por eso el Señor es paciente con los hombres, y derrama sobre ellos su misericordia.
Él ve y sabe que su fin es miserable, por eso los perdona una y otra vez .
19) “El hombre tiene los días contados, pero los días de Israel no tienen número” .
20) “Recuerda que no hay retorno; no aprovechará al muerto tu tristeza y te harás daño a ti.
Ten presente que su suerte será también la tuya: “A mí me tocó ayer, a ti te toca hoy”” .
21) “Todo lo que de la tierra viene, a la tierra vuelve” .
22) “No temas por estar sentenciado a muerte; recuerda a los que te precedieron y te seguirán.
Es el destino que el Señor ha impuesto a todo viviente.
¿Por qué rebelarte contra la voluntad del Altísimo?
Aunque vivas diez, cien, o mil años,
nadie discutirá en el abismo la duración de tu vida” .
Conviene recordar que para los dirigentes católicos la Biblia es la “palabra de Dios”, tanto la parte del Antiguo como la del Nuevo Testamento. En consecuencia, en cuanto existe una contradicción evidente entre los textos citados y aquellos otros en los que se habla de “la vida eterna”, tal contradicción es una prueba más del absurdo de estas doctrinas.
6.4 Una consecuencia –a la vez que una confirmación del sentido de esta creencia de que la muerte es el fin absoluto de la vida- es la aparición complementaria de la filosofía del “carpe diem”, planteamiento vital que aparecerá de nuevo en la Edad Media, apostando por disfrutar de la vida mientras dura, pues es lo único que tenemos:
1) “yo alabo la alegría, porque la única felicidad del hombre bajo el sol consiste en comer, beber y disfrutar, pues eso le acompañará en los días de vida que Dios le conceda bajo el sol” .
2) “Da, recibe y disfruta de la vida, porque no hay que esperar deleite en el abismo. Todo viviente se gasta como un vestido, porque es ley eterna que hay que morir” .
Sin embargo y a pesar de su carácter contradictorio, los dirigentes cristianos, al orientar y adoctrinar a sus fieles para que lean e interpreten la Biblia como ellos quieran, al procurar que tales fieles desarrollen lo menos posible su capacidad racional y crítica, y, al introducir las doctrinas de la salvación y de la vida eterna como dogmas, han conseguido un provecho económico muy sustancial, a pesar del carácter contradictorio de estas doctrinas con los anteriores textos y a pesar de la contradicción consistente en que ¡¡un Dios infinitamente misericordioso necesite del sacrificio de su propio hijo para poder perdonar!!
Con una doctrina de ese tipo, que exalta la idea del sacrificio y del amor divino hasta la muerte, los dirigentes católicos pudieron lograr además otros propósitos, como 1) el de la satisfacción del rencor de los primeros cristianos hacia quienes inicialmente les habían perseguido, en cuanto la Redención no se aplicaría a sus perseguidores, que serían condenados al “fuego eterno”, y 2) la atracción provocada por esta nueva religión en quienes pudieran sentirse solos, abandonados, miserables y descontentos con su situación económica y social, ofreciéndoles el amor y el cobijo de Jesús y la esperanza de una compensación en “otra vida mejor” a cambio de su fe, de su sumisión y de su entrega a la “Iglesia de Jesús” (?) –así como la entrega de una parte considerable de sus bienes- y su acatamiento de las consignas de los dirigentes católicos.
Por lo que se refiere a la satisfacción del rencor de los cristianos contra los paganos y por su forma de proselitismo mediante el miedo a un castigo eterno ya Pablo de Tarso escribió:
“Puesto que Dios es justo, vendrá a retribuir con sufrimiento a los que os ocasionan sufrimiento; y vosotros, los que sufrís, descansaréis con nosotros cuando Jesús, el Señor […] aparezca entre llamas de fuego y tome venganza de los que no quieren conocer a Dios ni obedecer el evangelio de Jesús, nuestro Señor. Éstos sufrirán el castigo de una perdición eterna, lejos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” .
En esta misma línea, todavía después de más de mil años de la creación de esta secta, ya en el siglo XIII Tomás de Aquino llegó a escribir:
“Para que la felicidad de los santos más les complazca y de ella den a Dios más amplias gracias, se les concede que contemplen perfectamente los castigos de los condenados” .
Por otra parte, cuando los dirigentes católicos hacen referencia a la “Redención”, considerándola como la puerta para la salvación, olvidan que, de acuerdo con sus propias doctrinas -en este caso la de Pablo de Tarso-, aunque “el hombre se salva por la fe”, los dirigentes católicos defienden categóricamente que la fe es un don de Dios, por lo que sólo se salvaría aquel a quien Dios concediera dicha fe. A quien critique tal arbitrariedad le replican en algunos casos que, si no tiene fe, debe pedirla a Dios, sin tomar conciencia de lo absurdo que es pedir nada a alguien en cuya existencia no se cree previamente. Además, para que dicha “salvación” se produjera, debería cumplirse otro requisito indispensable como lo es el de la “predestinación” divina, según la cual es el propio Dios quien desde la eternidad ha establecido a quiénes salvará y a quiénes condenará, tal como se dice en diversos lugares de la Biblia como cuando Pablo de Tarso escribe: “Por eso Dios les envía [a quienes va a condenar] un poder embaucador [=que les embaucará], de modo que crean en la mentira y se condenen todos los que en lugar de creer en la verdad, se complacen en la iniquidad” . Y, por ello, tampoco las obras tendrían valor alguno para la salvación, ya que Dios salva a quien quiere y la voluntad divina no puede estar subordinada a nada. Esta consideración conduce a ver la historia de la supuesta redención como una simple comedia burlesca de ese Dios tan caprichoso que juega a ofrecerse en sacrificio para luego condenar de modo absurdo y ridículo a la mayor parte de los seres por quienes se habría sacrificado.
Pero, de nuevo, como la capacidad humana para razonar y para ser coherente con la razón es tan insignificante, deben de ser muy pocos los católicos que se hayan detenido a considerar estas cuestiones, otorgando su confianza a su propia razón en lugar de dársela al obispo o al cura de turno, que predican desde el púlpito de una catedral o de una iglesia rural con sus pomposos disfraces de pavo real, aunque sus palabras sean de una incoherencia total.
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