“LA MUJER ES LA MALDAD”
-PALABRA DE DIOS-
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
Según la “¡palabra de Dios!”, al menos la del Dios judío y cristiano, la doctrina católica defiende defiende la esclavitud, y trata a la mujer con el mayor desprecio imaginable, proclamando que ella es “la maldad”, que “es más amarga que la muerte”, que “la cabeza de la mujer es el varón” y que “la mujer debe llevar […] sobre su cabeza una señal de sujeción”, en cuanto debe estar subordinada al varón.
Los dirigentes cristianos y los católicos en particular juzgan que la Biblia es la “palabra de Dios”, de manera que esta “palabra” es la que les sirve de guía a la hora de establecer sus valores morales y de todo tipo. Pero sucede que, como en la Biblia hay en muchas doctrinas que se afirman en unos pasajes para ser negadas en otros, los dirigen-tes católicos procuran silenciar o sacar a la luz aquellas doctrinas que les resultan más convenientes según las circunstancias del momento. En este sentido, por ejemplo, cuando se está hablando de lo denigrante que es para la mujer el uso islámico del “burka”, que oculta por completo su cuerpo y su rostro, lo cual es un modo de anular su personalidad, procuran silenciar que esto mismo era lo que predicaba su “apóstol de los gentiles”, Pablo de Tarso, diciendo que la mujer debía llevar sobre su cabera un velo como una señal de sujeción al varón. Las palabras de Pablo de Tarso son parte de la Biblia, y, por eso, son tan “palabra de Dios” como las del resto de la Biblia. En consecuencia, los dirigentes católicos tratarán de aplicar esas doctrinas cuando y en la medida que les parezca conveniente para sus intereses.
A continuación se presenta de forma algo detallada la visión denigrante de la mujer que los dirigentes católicos aceptan -o deben aceptar- en la misma medida en que juzgan que la Biblia es la “palabra de su Dios”:
a) En primer lugar y de acuerdo con tal visión denigrante de la Biblia, tal como aparece en Zacarías, la mujer aparece como encarnación de la maldad:
“El hombre que hablaba conmigo se adelantó y me dijo:
-Levanta tu vista y mira lo que aparece ahora.
Pregunté:
-¿Qué es?
Me respondió:
-Una cuba, y representa la maldad de toda esta tierra.
Entonces se levantó la tapa redonda de plomo y vi una mujer sentada dentro de la cuba. El ángel me dijo:
-Es la maldad” .
Igualmente en Eclesiastés, de acuerdo con esta misma valoración despreciativa de la mujer, se dice:
-“He hallado que la mujer es más amarga que la muerte, porque ella es como una red, su corazón como un lazo y sus brazos como cadenas. El que agrada a Dios se libra de ella, mas el pecador cae en su trampa” ,
- “Por más que busqué no encontré; entre mil se puede encontrar un hombre cabal, pero mujer cabal, ni una entre todas” .
Y un planteamiento similar aparece en Eclesiástico, otro libro de la Biblia, en el que se dice:
-“Toda maldad es poca junto a la de la mujer; ¡caiga sobre ella la suerte del pecador!” ,
-“Por la mujer comenzó el pecado, por culpa de ella morimos todos”
-“Vale más maldad de hombre que bondad de mujer”
Resulta asombroso que unos libros que se consideran inspirados por Dios lle-guen a decir barbaridades tan incalificables y que el grado de adoctrinamiento recibido por muchos de los llamados cristianos –y especialmente cristianas- sea tan intenso y alienante que prefieran ignorar textos como éstos antes que aceptar que sus dirigentes religiosos simplemente son unos embaucadores sin escrúpulo.
b) La actitud degradante hacia la mujer se muestra igualmente de un modo a la vez ingenuo y ridículo cuando en Génesis se habla de los varones como “hijos de Dios” y de las mujeres como “hijas de los hombres”, a la vez que se deja claro que la mujer tiene el valor de una simple cosa, en cuanto se toma o se compra por parte del varón, de manera que ella no tiene por qué gozar de libertad para decidir sobre su propia vida:
“Cuando los hombres empezaron a multiplicarse en la tierra y les nacieron hijas, los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas y tomaron para sí como mujeres las que más les gustaron” .
De acuerdo con esta forma de cosificación de la mujer, Jacob compró a Raquel a su tío Labán a cambio de trabajar siet años para él , pero éste le engañó y
“por la noche […] tomó a su hija Lía y se la trajo a Jacob, y Jacob se unió a ella” .
Pero, como a Jacob le gustaba Raquel, se la volvió a pedir a su tío y éste le dijo:
“-…Termina la semana de bodas con ésta, y te daré también a la otra a cambio de otros siete años de servicio.
Así lo hizo Jacob; terminó la semana con la primera, y después Labán le dio por mujer también a su hija Raquel […] Jacob se unió también a Raquel y la amó más que a Lía; y estuvo al servicio de su tío otros siete años” .
Tiene interés observar cómo en este pasaje se muestra: a) En primer lugar, la cosificación de la mujer, cuya voluntad no cuenta en absoluto a la hora de tomar la decisión sobre a quién se vende; b) en segundo lugar, la ausencia de contrato matri-monial, pues, como la mujer es una simple posesión de su padre, el contrato no se hace con ella sino con su actual propietario que es quien la cede a cambio de dinero o de otra cosa, como, en este caso, el tiempo de trabajo que Jacob acuerda con su tío; y c) la poligamia como costumbre absolutamente normal, de acuerdo con la cual, Jacob puede solicitar una nueva mujer como quien compra otra vaca, pues el hecho de poseer una no es ningún inconveniente para que pueda comprar más, si tiene algo que pueda interesar al vendedor. Esta costumbre de la poligamia entre los judíos llega a extremos realmente notorios en Salomón, quien, en cuanto la Biblia sea “palabra de Dios” y no engañe, como consecuencia de su riqueza pudo permitirse el capricho de comprar setecientas esposas y trescientas concubinas , al margen de que por la influencia negativa (?) que estas mujeres extranjeras ejercieron sobre él, al inducirle a adorar a otros dioses, dice la Biblia que Salomón
“no fue tan fiel [a Dios] como su padre David” ,
pero no porque se hubiese casado con todas esas mujeres sino porque
“cuando se hizo viejo [éstas esposas y concubinas] desviaron hacia otros dioses su corazón, que ya no perteneció al Señor” .
Igualmente, Abías
“tuvo catorce mujeres, veintidós hijos y dieciséis hijas” .
Y fue el mismo sacerdote Yoyadá quien proporcionó dos esposas a Joás:
“Joás agradó con su conducta al Señor mientras vivió el sacerdote Yoyadá, quien le proporcionó dos esposas de las que Joás tuvo hijos e hijas” .
Esta última referencia tiene el interés de poner de manifiesto nuevamente que la poligamia no es vista de manera negativa por sí misma, pues es un sacerdote quien le proporciona dos esposas a Joás, sino sólo en cuanto se realice con mujeres extranjeras que pueden introducir sus dioses y pervertir al judío alejándolo de su Dios, lo cual equivale a decir que a los sacerdotes lo que les molesta no es la poligamia sino la competencia que las otras religiones pueden suponer para su propio negocio.
Pero, en definitiva, a lo largo de sus diversos libros en la Biblia lo que predomina de forma constante es esta valoración negativa de la mujer, considerada como un simple objeto de comprar, vender, usar y tirar.
c) De hecho y en este sentido tiene especial interés el hecho de que, a pesar de que el clero católico siga hablando de los diez mandamientos o decálogo de Moisés, cualquiera que sepa leer puede comprobar que en la Biblia sólo aparecen nueve mandamientos, siendo el noveno y último:
“No codiciarás la casa de tu prójimo, ni su mujer, ni su siervo, ni su buey, ni su asno, ni nada de lo que le pertenezca” ,
de manera que el mandamiento que actualmente se enumera como el noveno, “no desearás la mujer de tu prójimo”, en la Biblia aparece unido al que actualmente se enseña como el décimo y que, según parece, los dirigentes cristianos dividieron en dos a fin de enmascarar el hecho evidente de que a la mujer se la trata al mismo nivel que a una pertenencia o cosa o a un animal –un buey, un asno-.
Hay ocasiones en que ni siquiera hay contrato matrimonial entre hombre y mujer, sino sólo un contrato de compra, o un simple rapto, como sucede cuando los ancianos de la comunidad proponen que los benjaminitas rapten mujeres, pues no tenían y la tribu estaba a punto de desaparecer .
d) Otro ejemplo más de este desprecio tan absoluto a la mujer es el hecho de que, ante la opción de consentir o no la ofensa a un invitado, se opte por ofrecer a las propias hijas para ser violadas Así sucede en Génesis, 19, 6-8, donde Lot, para proteger a unos extranjeros que tenía alojados en su casa, dice a quienes querían violarlos:
“-Hermanos míos, os suplico que no cometáis tal maldad. Tengo dos hijas que no se han acostado con ningún hombre; os las voy a sacar fuera y haced con ellas lo que queráis, pero no hagáis nada a estos hombres que se han cobijado bajo mi techo” .
Algo muy similar se narra en Jueces, donde, como en el caso anterior, la violación de mujeres no tiene mayor importancia en relación con la ofensa a un invitado. En este sentido se dice en defensa de un invitado:
“-No, hermanos míos, no hagáis, semejante crimen, por favor. Es mi huésped y os pido que no hagáis tal infamia. Aquí está mi hija, que es virgen; os la sacaré para que abuséis de ella y hagáis con ella lo que os plazca; pero no cometáis con este hombre semejante infamia” .
e) Igualmente en las referencia genealógicas de cualquier personaje sólo cuenta la línea paterna y para nada la materna, hasta el punto de que para demostrar la filiación divina de Jesús el evangelio atribuido a Lucas se remonta ¡por la línea genealógica de José! hasta Adán, incurriendo en la contradicción de afirmar la paternidad de José respecto a Jesús porque en ese momento interesa demostrar que Jesús era Hijo de Dios, pero negando tal paternidad cuando interesa afirmar que María era “virgen” y que concibió por obra del Espíritu Santo y no por sus relaciones sexuales con José.
f) La misma figura de María tiene un papel insignificante en la Biblia, como puede constatarse mediante la lectura del evangelio falsamente atribuido a Marcos, en donde el propio Jesús llega a tratarla de modo un tanto despectivo cuando, en el momento en que ésta y sus otros hijos fueron a buscarlo, sus discípulos le avisaron diciéndole:
“¡Oye! Tu madre y tus hermanos y hermanas están fuera y te buscan”, y Jesús les respondió: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?” Y mirando después a los que estaban sentados alrededor, añadió: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” .
Esta baja consideración de la mujer, referida a María en este caso, se muestra igualmente cuando se califica a Jesús como “hombre” por ser hijo de María y sólo como “Hijo de Dios” -según el evangelio falsamente atribuido a Lucas, que afirma tal doctrina- a partir de la enumeración de la genealogía paterna de Jesús por ser hijo de José, cuyo linaje se remontaría hasta Adán, el cual es considerado “hijo de Dios” por haber sido creado por él y a pesar de haber escrito antes que el auténtico padre de Jesús no fue José sino el “Espíritu Santo” .
g) Otra forma de expresar el desprecio más absoluto hacia la mujer queda de manifiesto al comparar su papel social con el del hombre, a quien se le da un prota-gonismo casi absoluto que se muestra, por ejemplo, cuando al hablar de Dios se dice que es “Padre” y no “Madre”, “Hijo” y no “Hija”, y “Espíritu Santo”, teórico padre de Jesús; Dios creó a Adán como rey de la creación, y, a Eva para que Adán tuviera una compañera; la mujer -Eva- fue quien introdujo el pecado en el mundo y, por ello, entre otros castigos, Dios condenó a la humanidad a tener que morir, y a la mujer a ser dominada por el varón , lo cual es una forma de justificar “religiosamente” las diversas formas de machismo; los hijos de Adán y Eva cuyos nombres se mencionan en la Biblia sólo son los de Caín, Abel y Seth, de manera que no se menciona para nada los de las hijas a las que debieron de unirse Caín y Seth para tener descendencia; los personajes femeninos de la Biblia casi siempre tienen un papel secundario.
Por otra parte, todos los nombres de los ángeles son nombres de varón: Miguel, Rafael, Gabriel. El propio “Príncipe de las Tinieblas” se muestra como varón: Lucifer, Luzbel o Satán. Y casi todos los nombres relevantes de la Biblia son de varón, como Adán, Caín, Abel, Seth, Noé, Sem, Cam, Jafet, Abraham, Isaac, Esaú, Jacob, los hijos de Jacob: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón, José y Benjamín (y sólo al final una hija llamada Dina, a la que se menciona en muchas menos ocasiones que a sus hermanos); Moisés, Aarón, Josué, Saúl, David, Salomón, Roboam, Gedeón, Sansón, Elí, Samuel, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, Job, Pedro, Santiago, Juan, Tomás, Bartolomé, Judas, Mateo, Matías, Marcos, Lucas, Pablo, y apenas alguno de mujer, que casi siempre juega un papel secundario o anecdótico.
Con ocasión del famoso “diluvio universal”, ni siquiera se menciona el nombre de la mujer ni de las hijas de Noé, que fueron quienes se debieron de salvar, junto con el propio Noé y sus hijos Sem, Cam y Jafet para que la humanidad volviese a multipli-carse, lo cual demuestra evidentemente la escasísima importancia que se concede a la mujer, a pesar de que sin ella la continuidad de la especie habría sido un milagro especialmente digno de reseñar.
Resulta igualmente curioso y significativo –aunque más anecdótico- que en el Antiguo Testamento la mujer quede ninguneada hasta el punto de que, cuando se enumera la lista de los hijos de cualquier personaje, casi todos los nombres sean de varón y apenas alguno de mujer, como si no hubieran nacido o como si su importancia fuera tan anecdótica que fuera irrelevante incluso la mención de su existencia. Esto sucede por lo que se refiere a los hijos de Adán y Eva, de Noé, Sem, Cam, Jafet, Abraham, Ismael, Isaac, Esaú, Jacob, y a la práctica totalidad de las largas líneas genealógicas que aparecen en la Biblia, donde o bien no se nombra la existencia de las hijas de estos personajes o bien sólo se dice que también tuvieron hijas, pero sin nombrarlas o incluso hablando de un número de hijas muy sospechosamente inferior respecto al de hijos.
h) Igualmente, otra forma de ignorar a la mujer puede verse en cierto modo en la actitud de Jesús, según los evangelios, al haber elegido a doce apóstoles, sin que ninguno de ellos fuera mujer. A la crítica de que aquellos tiempos no eran los más adecuados para la elección de una mujer como apóstol, se podría replicar que si Jesús era “Hijo de Dios”, por lo mismo que defendió una nueva forma de moral igualmente hubiera podido predicar la igualdad entre los seres humanos y predicar con el ejemplo, pues precisamente el hecho de que no nombrase como apóstol a una mujer ha sido utilizado por algunos obispos como argumento especialmente agudo y profundo (?) para rechazar que la mujer pudiera acceder al sacerdocio, diciendo que, si Jesús hubiera querido que las mujeres accedieran a tales cargos, habría elegido a alguna de ellas como apóstol. Se trata de un argumento absurdo, aunque no parece existir otro, además de la propia tradición del judaísmo, para negar a la mujer el acceso a dicha función sacer-dotal. Y, en este sentido, el obispo de Málaga “aclaró” el motivo de esta absurda actitud machista de los dirigentes católicos en una entrevista en la CNN+ (27/03/02), en la que argumentaba que las mujeres no podían ser sacerdotisas porque Jesús no designó a ninguna mujer como apóstol. Siendo coherentes con un argumento tan contundente (?) resulta extraño que la Jerarquía Católica haya consentido que a lo largo de los tiempos quienes no eran judíos ni de raza blanca hayan podido ser ordenados sacerdotes, pues todos los apóstoles eran judíos y de raza blanca.
La pobreza de tal argumento resulta tan evidente que ni siquiera merece una crítica. Es cierto que la sociedad del pueblo judío era fuertemente machista y es muy posible que Jesús no eligiese a ninguna mujer entre sus apóstoles por influjo de aquel lastre y de aquel ambiente machista de la sociedad judía. Pero, por ello mismo, la actitud de Jesús sólo habría demostrado que él mismo no estaba preparado para asumir que la mujer tenía en esencia las mismas capacidades que el varón para ejercer aquellas tareas de que se ocupaba éste. Pero, en cualquier caso, el hecho de que en la práctica fuera un seguidor del machismo judío tradicional muestra simplemente que Jesús habría sido una persona como cualquier otra, con los mismos prejuicios, y no un Dios. Y, desde luego, el hecho de que no hubiese nombrado como apóstol a ninguna mujer es un argumento absurdo para concluir que la mujer debiera quedar relegada respecto a la posibilidad de acceder al sacerdocio y al episcopado, apareciendo siempre en un según-do plano respecto al varón como si fuera inferior a él.
Por otra parte, en cuanto tal argumentación relacionada con el nombramiento de apóstoles varones habría sido absurda, hay que volver a Pablo de Tarso para compren-der que fueron especialmente sus prejuicios acerca de la mujer, expresados en diversas epístolas, lo que contribuyó de manera especial a dar a la mujer un papel totalmente secundario en la estructura organizativa de los dirigentes católicos, que estuvieron inicialmente muy condicionados por las ideas del llamado “apóstol de los gentiles”.
i) Hay alguna ocasión en que aparecen personajes femeninos de cierta rele-vancia, como Judith, Yael o Dalila, pero las hazañas de estas heroínas se basaron en la seducción o en la traición, o en ambas formas de actuación.
Así Judith se basó en su capacidad seductora, es decir, de engaño -capacidad que no se considera precisamente una virtud- para cortarle la cabeza a Holofernes:
“[Judit] se calzó las sandalias, se puso collares, pulseras, anillos, pendientes y todas sus joyas; y se acicaló con esmero para ser capaz de seducir a los hombres que la viesen” .
Y, así, una vez que sedujo a Holofernes, Judit se acostó con él, y luego, aprovechando que éste yacía dormido a causa del vino,
“avanzó hacia el poste que estaba a la cabecera de Holofernes, tomó su alfanje, se acercó a la cama, lo agarró por la cabellea y dijo:
-Fortaléceme en este momento, Señor, Dios de Israel.
Le dio dos golpes en el cuello con toda su fuerza y le cortó la cabeza” .
Otra mujer, Yael, mata a Sísara a traición:
“Bendita entre las mujeres sea Yael […] Agua le pidió, y le dio leche; en copa preciosa le ofreció nata. Con su izquierda agarró un clavo, con su derecha un martillo de obrero y golpeó a Sísara, le partió la cabeza, lo machacó, le atravesó la sien” .
Y la seducción y la traición son las armas utilizadas por Dalila, a quien los filis-teos habían ofrecido una considerable cantidad de dinero para que les entregase a Sansón, consiguiendo que éste le rebelase el secreto dónde radicaba su fuerza. De acuerdo con esta traición,
“ella durmió a Sansón sobre sus rodillas y llamó a un hombre, que le cortó las siete trenzas de su cabeza”
y mandó que avisaran a los filisteos para que vinieran a detenerle. A continuación, perdida su fuerza, los filisteos le detuvieron, lo dejaron ciego y lo encarcelaron.
j) La continuación de este punto de vista degradante respecto a la mujer aparece, como ya se ha dicho, en Pablo de Tarso, quien considera que
“la cabeza de la mujer es el varón” ,
lo cual implica evidentemente la doctrina de que la mujer es un cuerpo sin cabeza propia. Igualmente, justificando el uso del velo que oculta la cabeza de la mujer, afirma que
“toda mujer que ora o habla en nombre de Dios con la cabeza descubierta, deshonra al marido, que es su cabeza” .
Defiende a continuación la idea de la subordinación y sujeción de la mujer respecto al varón y el uso del velo como símbolo de tal sujeción insistiendo en la idea de que el varón “es imagen y reflejo de la gloria de Dios”, mientras que la mujer sólo es “gloria del varón”:
“el varón no debe cubrirse la cabeza, porque es imagen y reflejo de la gloria de Dios. Pero la mujer es gloria del varón, pues no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón, ni fue creado el varón por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por eso […] debe llevar la mujer sobre su cabeza una señal de sujeción” .
Esta doctrina católica del velo ha llegado hasta la actualidad, a pesar de que no lo haya hecho hasta el extremo al que ha llegado en el mundo musulmán con el uso del “burka” –con pocos milímetros de diferencia respecto a los uniformes de diversas comunidades de monjas católicas- que cubre la práctica totalidad del cuerpo y del rostro femenino. Pero lo esencial de este asunto es que el fundamento último de esta norma es el mismo: la consideración de la mujer como propiedad del marido.
Esta misma idea vuelve a aparecer no sólo en relación con el uso del velo sino también en relación con la norma por la que el apóstol Pablo proclama que la mujer debe someterse al marido, hasta el punto de que se le prohíbe incluso que hable en público y que, si desea saber algo, no debe preguntarlo durante la asamblea, sino luego al marido y de forma privada:
-“La mujer aprenda en silencio con plena sumisión. No consiento que la mujer enseñe ni domine al marido, sino que ha de estar en silencio. Pues primero fue formado Adán, y después Eva. Y no fue Adán el que se dejó engañar, sino la mujer que, seducida, incurrió en la transgresión” .
-“que las mujeres guarden silencio en las reuniones; no les está, pues, permitido hablar, sino que deben mostrarse recatadas, como manda la ley. Y si quieren aprender algo, que pregunten en casa a sus maridos, pues no es decoroso que la mujer hable en la asamblea” .
Los dirigentes católicos intentaron posteriormente disimular esta doctrina bíblica acerca de cuál debía ser el papel de la mujer enalteciendo la figura de María, aunque su opinión acerca de la mujer fue siempre, de manera más o menos explícita, denigrante hasta llegar a considerarla como un simple objeto de compra-venta, creado para vivir sometida al varón.
k) En los últimos años, José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, ha defendido descaradamente una perspectiva similar acerca de la mujer cuando en su patológico escrito Camino, dirigido casi en exclusiva a los varones y a lo “viril”, lo contrapone a lo femenino, que es considerado como inferior en muy diversos aspectos. En este sentido, por ejemplo, escribe:
“Si queréis entregaros a Dios en el mundo, antes que sabios -ellas no hace falta que sean sabias: basta que sean discretas- habéis de ser espirituales” .
Es decir, el varón todavía puede aspirar a ser sabio, pero respecto a las mujeres “basta que sean discretas”.
¿Qué motivos podría tener el señor Escrivá para tal discriminación? Parece que los mismos que le sirvieron a Pablo de Tarso: Ningún otro que prejuicios simplemente irracionales y absurdos, heredados de la mentalidad machista que domina en toda la Biblia.
En definitiva, la importancia de esta doctrina, contraria a la igualdad entre mujer y varón, pone más en evidencia el carácter simplemente “humano, demasiado humano” –y no divino- del conjunto de las doctrinas defendidas en las de los dirigentes de los dirigentes católicos.
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La valoración tan degradante de la mujer no sólo se ha dado en una gran parte de las religiones del pasado sino que sigue dándose en la actualidad, y no sólo en cuestiones religiosas sino también en cuestiones políticas y sociales, aunque en los últimos años se han producido avances especialmente importantes. Sin embargo, los dirigentes católicos, como también sucede en el terreno científico, todavía no han sido capaces de asumir estos avances en el interior de su organización. No obstante, en cuanto la ausencia de la mujer en cargos más importantes, accediendo al sacerdocio, al episcopado y al papado, puedan tener efectos negativos en los intereses económicos y políticos de la organización católica, es probable que en un corto plazo de tiempo, en cuanto comprendan esta situación y en cuanto las propias mujeres pertenecientes a esa organización religiosa presionen adecuadamente, se produzca el cambio consiguiente en la mentalidad de los dirigentes católicos, tal como en estos momentos se está produ-ciendo en la Iglesia Anglicana, sobre todo a partir del momento en que las “vocaciones” sacerdotales flojeen hasta el punto de que la situación repercuta negativamente en la buena marcha del negocio religioso.
Conviene tener en cuenta en este sentido que la revolución política y social por lo que se refiere a los derechos de la mujer comenzó a realizarse hace poco más de cien años, así que, teniendo en cuenta que los dirigentes católicos llevan en casi todos los terrenos un desfase de siglos, es “lógico” (?) que les cueste aceptar la idea de la igual-dad de la mujer respecto al varón. Pero el problema más grave e insoluble de todos con-siste en que, como para los dirigentes católicos la Biblia es “la palabra de Dios” que es teóricamente infalible, renunciar a esa palabra equivaldría a tratar a su Dios como a un mentiroso o a aceptar que los escritos bíblicos sólo tienen carácter humano y no divino, y a eso es muy difícil que lleguen a renunciar nunca.
martes, 9 de noviembre de 2010
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